19 de noviembre de 2017

el comentario 2 comentarios

Hoja de reclamaciones


¡Dejadme en paz!, ¡que me dejéis!, espías, que sois unos espías. ¡Comunistas! ¡Malditos!

¿No veis que ya viene la señorita de la Oficina de Consumo a atenderme?

Buenos días, ya llevo un rato esperándola. Sus compañeros me han dicho que había ido a desayunar. ¿Os queréis callar?, no habléis los dos a la vez. ¡Ella tiene derecho a almorzar! 

Señorita, mire, he venido a poner una reclamación porque compré una caseta de madera, de esas de jardín, y resulta que ayer la que me entregaron era de resina, así que se la llevaron y cuando fui a que me devolvieran el dinero se negaron. Le traigo la factura y el contrato de financiación. ¡Callaos de una vez que no escucho a la señorita!, ya le hablo yo que a vosotros, con tanto chillido, no hay quien os entienda. Pero si no me entero ni yo cuando os ponéis así. ¡Comunistas! 

Ya sé que le tendría que haber traído la hoja de reclamaciones rellena y sellada por la tienda y si no se la presento es porque, discutiendo ayer con ellos, me puse muy nerviosa y me marché alterada. Se niegan a cambiarme y a llevarme la cabaña de nuevo y tampoco aceptan la posibilidad de anular la financiación. 

Por favor, hágame usted el escrito de la reclamación porque yo, aunque tengo estudios, ya veo poco y con estos temblores de manos apenas puedo escribir.

Mi nombre es Carmen, aquí le dejo mi carné que ya no me lo sé. Tengo la cabeza muy mala. Y tú, cállate ya. Maldito. Pero si en vida no me hablabas ¿por qué me das castigo ahora? Sí, ya le he dicho que la caseta era de resina en vez de madera.

Perdone usted, le explico todo. A ver, fui al centro comercial y vi una cabaña de aperos en la que yo, con todo lo grande que soy, cabía tumbada y de pie y, además, quedaba espacio para meter estos dos carros de la compra, que aunque están viejos y rotos, llevan mi vida dentro. Cabían hasta estos dos que no paran en todo el día de pelearse conmigo.

No, la dirección que va en el DNI ya no es la mía. Ahora vive ahí mi hija con su familia. De vez en cuando cojo un autobús y voy, pero poco, así que, mejor que allí no me envíen la respuesta a la reclamación. 

Míreme, señorita. ¿Tiene hijos?, ¿usted cree que no me avergüenzo cuando miro a mis nietos a la cara y que no me doy cuenta de todo lo que arrastro conmigo? 

Señorita, sé que es necesaria una dirección a efectos de notificaciones pero yo no tengo donde recibir cartas, qué quiere que le diga. Si no le importa me lo puede enviar al centro médico del barrio del Pilar que allí hay unas buenas personas. Me dejan dormir en el porche y no llaman a la Policía. Por la mañana, en cuanto llegan, me permiten entrar a los aseos a lavarme; me arreglo la trenza, me pinto los labios y cuando acabo me dan un café. Ahora es como si viviese ahí. 

Mire, cuando dejé de pagar el alquiler porque mi pensión no daba para todo, me fui a vivir a mi coche que, aunque ni arrancaba, al menos me daba cobijo, y un día que fui al mercado a hacer mi ruta, al volver se lo había llevado la grúa. Creo que me denunció un municipal, que es espía alemán, porque yo sabía mucho de cuando la guerra. 

Es que usted no sabe cómo está el mundo. Hay mucho espía. Mire, mire, seguro que algunos de sus compañeros lo son, ¿no ve cómo nos observan por el rabillo del ojo? Yo llevo encima dos. Uno es Roberto, mi marido, y el otro no sé quién es, pero es rojo. 

Estaba deseando quedarme viuda y me quedé en la gloria cuando se fue, pero a los pocos meses, de repente, un día empecé a oír voces, me asusté y eché a correr por la calle. Sentía que todo el mundo me miraba y me perseguía; me explotaba la cabeza de dolor y me caí y, cuando desperté, estaba en un hospital militar. Lo sé porque todo era blanco, con luces que parpadeaban y gente muy seria: alemana. Por más que me preguntaban no les di ninguna información sobre mí y en venganza por mi silencio, me inyectaron en la cabeza, para que me vigilasen, a mi marido y a un comunista ateo que es aún peor que él.

Disculpe, vale, me centro en la reclamación. 

Mire, me he cansado de vivir a la intemperie y aunque poco, gano lo suficiente como para pagar a plazos una caseta. Quedé por la tarde en el parque de los patos, ese de las mimosas y los pinos porque allí hay un ficus muy grande y bajo él quería que montasen la cabaña. Cuando llegaron con el camión se pusieron como fieras conmigo porque decían que sin una autorización no la montaban ahí porque era un parque público. Les dije que yo no necesita permiso porque era una persona muy importante cuando la guerra e incluso, si se fijaban, el parque llevaba mi nombre, así que podían instalarla sin problemas. Al final, como me puse muy nerviosa y estos dos no paraban de gritarme, los del camión llamaron a los municipales y se llevaron mi casa. Ahora no me quieren devolver el dinero porque dicen que la financiación está aceptada y la caseta está en perfecto estado, por lo que no procede la devolución. 

Entonces usted dice que estoy dentro del plazo de desestimiento del contrato con la financiera y, que en todo caso, el problema estaría con el establecimiento porque en realidad, ellos no han incumplido nada.

Señorita, en el porche del centro médico paso frío, me mira la gente al pasar y se ríen de mí porque como nadie ve a estos dos se creen que me peleo sola, y digo yo, por favor señorita, usted que trabaja en este ayuntamiento ¿por qué no puedo poner en el parque una caseta pequeña para dormir cuando tantas noches he pasado allí en un banco?


2 comentarios:

  1. Querida Inma.

    Me encantó el relato. No voy a hacer ningún comentario adicional porque no tiene sentido. Un relato divertido, con ritmo impecable, jugando con el lector, tierno y real.

    Que más puedo decirle ?
    Ah! si, Cariños.

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