30 de diciembre de 2015

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Demasiado pronto para nada, demasiado tarde para todo...


Cada día recobro el sentido medio aturdido sentado al borde de la cama. Son las cinco menos cuarto de la madrugada, es lunes. A mi lado duerme todavía la que desde hace 8 meses se convirtió en mi mujer. No quiero irme, daría lo que fuera por poder permanecer un rato más a su lado con los ojos cerrados…

Salgo de la habitación y dirijo mis pasos somnolientos por el pasillo. Arrastro los pies, no doy ni una luz, ni mi cabeza ni mis ojos están preparados todavía para ningún destello. Estoy enfadado, pero no me pasa nada…tan solo es demasiado pronto para nada, demasiado pronto para todo.

Llego a la cocina y saco el tetrabrik de leche, la derramo en el vaso y la tinto con polvos de cacao. No tengo hambre, así que ese será todo mi alimento hasta el mediodía. La bebo deprisa, no tengo demasiado tiempo para disfrutar de varios tragos. Acabo y deposito el vaso en la pila. Vuelvo a la oscuridad del pasillo y subo las escaleras que me llevan al baño. Bendita agua que refresca mi cuerpo. Maldita agua que despiertas mi mente. Comienzo a ser consciente, me escuecen los ojos, me duelen los brazos, mis piernas están demasiado cansadas….no pienses en ello Jorge, me repito constantemente. Cepillo mis dientes y vuelvo a la planta de abajo donde me visto con mi mono de trabajo, me calzo las botas de seguridad, cojo lo necesario para pasar la jornada y entro a la habitación de la que hace tan solo cuarenta minutos no quería salir.

Sigue tumbada, descansando…aun así, despierta al escuchar mis pasos, es imposible ser sigiloso, las botas pesan demasiado. Te quiero cariño y un beso. Y yo a ti…otro beso. Una última mirada y vuelvo a salir.

Compruebo de nuevo mi mochila para no olvidar nada, cartera, móvil, llaves y la tarjeta de fichar, la que comunica la hora a la que entro y la hora a la que salgo….la chivata.

Bajo al garaje y monto en el coche, bajo las ventanillas, quito el freno de mano, pongo música, y aprieto el botón del mando a distancia que acciona la puerta del garaje, y allá voy…un día más…acelero y salgo del garaje por la rampa que da la calle, la misma rampa que día tras día me escupe ahí fuera, a la rutina, a la vida.

Durante el trayecto no acabo de ser consciente al cien por cien ni del camino ni de la velocidad, solo sé que he salido, y que he llegado.

Unas quinientas personas comparten mi atuendo, todos llevan mi misma cara, mi mismo caminar. Solo nos diferencia que unos bajan del autobús y otros bajamos del coche…pero el camino es el mismo...ponemos el pie en el asfalto y nos dirigimos al reloj, a fichar, a pasar la chivata.

Una vez pasado el trámite saco mi café cortado con tres de azúcar y me siento en un banco…a la fresca con mis compañeros. No hay palabras, solo suspiros…..y es que aún es demasiado pronto para nada, demasiado pronto para todo.

Seis menos cinco de la mañana, me coloco los manguitos y los guantes…elementos de seguridad los llaman, pero no me libraran ni de la artrosis, la tendinitis o las varices.

A las seis toca una melodía pegadiza, tanto que ya no la sacas de la cabeza en toda la mañana. Y comienza el baile. Mis compañeros y yo bailamos al ritmo que marca la cadena con movimientos casi coreográficos, sino fuera porque se nos ve respirar se pensaría que somos androides, robots programados como los que trabajan junto a nosotros con sus ruidos infernales. Desde el momento en que la melodía entra en mis oídos debo mentalizarme y empezar a luchar contra las ganas de salir corriendo. Una dura lucha la que se libra en mi cabeza durante las ocho horas de jornada. Por un lado, pienso en que esto me da dinero para vivir, pagar una hipoteca y tener algún capricho de vez en cuando y por otro mi propio YO que sin cesar un segundo me dice que corra, que no quiere estar allí, que vale para mucho más, que no se merece que le haga eso…que no merecemos hacernos eso. A las nueve vuelve a sonar la melodía inicial….disponemos de un descanso de quince minutos para comer y beber algo. Yo paso, necesito sentarme, estoy muy cansado.

Las horas no pasan, cada segundo es eterno, ocho horas haciendo exactamente lo mismo, cuatrocientos ochenta minutos de montar, clipar, pegar y darle al botón. Lo mismo cada día…ochocientos cuarenta y seis aparatos por turno, ciento diez cada hora, uno cada veintiséis segundos.

Todo pasa tan despacio que te da tiempo a evadirte. Cada movimiento está tan automatizado que la mente se queda en blanco y cuando vuelves en ti te asustas al comprobar que te estás perdiendo en el lado más oscuro de tu cabeza, en el rincón donde se oculta la nada, el vacío, la soledad en ti mismo….sin embargo y sin querer vuelves ahí una y otra vez. Creo que es un mecanismo de defensa que mi mente emplea para evitar que enloquezca….hay demasiado tiempo para pensar, demasiado tiempo para darle vueltas a las cosas.

Tras ocho horas de ausencia vuelvo en mi con la misma música que ha hecho que me evada, la de la salida, de vuelta al reloj con la chivata en la mano derecha para informar de mi salida…mañana más de lo mismo, más de exactamente lo mismo.

Todos corren hacia sus coches como si los persiguieran, como si al montar y arrancarlos fueran a volver a nacer…yo no tengo fuerzas, ni ganas. La fila de vehículos es eterna…no quiero malgastar gasolina…así que me siento a esperar a que salgan todos. Al derrumbarme sobre el banco que recoge mis restos mis piernas palpitan…siento como un hormigueo recorre mis brazos y mis gemelos, bebo despacio el refresco que minutos antes he sacado de la expendedora…cada sorbo refresca mi gaznate y mi alma…

Parece que el camino se despeja, me dirijo hacia el coche, arranco y piso el acelerador…atravieso la empresa sin mirar nada ni a nadie…quiero irme, y cuando estoy a punto de salir…el semáforo de la entrada impide mi salida, - Este desgraciado siempre está en rojo – pienso mientras cabeceo negando con la cabeza. Ese semáforo es el causante de la fila de coches que impide que me vaya corriendo a mi casa. Dos minutos de disco rojo con un pie el embrague y el otro en el acelerador ansioso por ser pisado.

Salgo, y de repente estoy en el garaje sin saber cómo he llegado allí, mi mente tiene una facilidad increíble de repente para evadirse cuando algo se vuelve rutinario.

Al bajar del coche mis cuerdas vocales producen el típico ruido del anciano al levantarse…hace calor, estoy pegajoso y asqueado….necesito subir y ducharme.

Giro la llave, siempre dos vueltas de pestillo y aparece ante mí la misma a la que bese nueve horas antes. Su sonrisa es la que me saca de los rincones oscuros de mi cabeza. Caigo sobre sus brazos y me sostiene mientras me pregunta que tal me ha ido….cada día la misma respuesta – bien, como siempre, voy a la ducha- la beso y voy al cuarto. Me desnudo y subo las escaleras, directo al baño. Cada gota de agua se lleva por el desagüe casi toda la negatividad que ha acumulado mi cuerpo durante la mañana, no solo me limpia el cuerpo, bendita agua que me refrescas y sanas mi alma. Renovado me pongo cómodo y bajo al salón, ahí está ella, esperándome para comer, nunca le he dado las gracias por tener todo preparado a mi regreso, moriría de inanición si al volver a casa tuviera que hacerme yo la comida, son las tres menos cuarto de la tarde y la mañana por fin ha acabado.

Ella trabaja por la tarde, y por algún motivo el rato que transcurre desde que llego hasta que ella ha de irse pasa volando. Supongo que ahí tengo la prueba de que el tiempo es relativo, un minuto del mismo día puede ser eterno o efímero…todo depende del modo en que lo vives.

Cuando desaparece por la puerta quedo solo tirado en el sofá, soy un trapo, un cuerpo semimuerto, un zombi, mis piernas reposan en el chaiselonge y siento que pesan toneladas, me duelen los dedos anular corazón e índice de cada mano. Mi muñeca derecha esta medio dormida, la contractura de la espalda cada día se hace más insoportable...

Veo la televisión…a veces solo la miro pues la tengo apagada, y lo que veo en su reflejo no me gusta…ese no soy yo…yo vibraba, yo era enérgico, yo no soy lo que estoy viendo…mi mirada se pierde en mi reflejo y me repito que hay que cambiar esto, que algo hay que hacer para salir de la situación en la que me encuentro, y ¿Qué hacer? Me pregunto….nada…me respondo…ya es demasiado tarde para todo, demasiado pronto para nada. Y mientras me busco en la pantalla de mi televisor apagado me duermo en algún momento.

Cuando pienso en ese instante no puedo evitar esbozar una sonrisa, pues caigo rendido en el sueño más profundo sin saber cómo y sin importar ni preocuparme la posición…he dormido doblado hacia adelante, caído hacia un lado, tumbado y sentado, y al despertar siempre estoy aturdido….da igual si duermo de noche o de día, siempre me despierto como si me hubieran golpeado en la cabeza, siempre sin querer despertarme, con ganas únicamente de tumbarme de nuevo y agarrar el sueño perdido para volver con él al lugar donde los sueños que nunca recuerdo me mantienen cuerdo.

Al despertar vuelvo a la ducha para despejarme, los dolores se han mitigado, pero no han desaparecido, y lo peor es que aún es lunes.

Bajo de la ducha a preparar la cena, se acercan las ocho, pronto regresará y seguro que esta hambrienta y cansada. Prepararé lo que pueda, lo que me apetezca, pero no me apetece nada…no tengo hambre…solo sueño.

Aun así siempre hago alguna cosa, un poco aunque sea…no puedo vivir con un vaso de leche a las cinco de la mañana y lo que como al medio día.

Cuando llega, la apremio a que corra a la mesa, son la nueve cuando cenamos, y antes de acostarme de nuevo quiero hablar con ella tumbados en las hamacas, mirando las estrellas en la terraza. Quiero saber que tal le ha ido la tarde, como se encuentra, que es lo que piensa, hablarle de mí, de lo que pienso y siento, hablar de nosotros, de lo felices que somos cuando estamos juntos.

Ella sonríe al notar mis prisas, siempre acabo el primero y me manda a la terraza alegando que ahora sube a acompañarme…es el mejor rato del día, por fin refresca, corre una brisa maravillosa que acaricia mi piel y se lleva el calor de mi cuerpo, me tumbo y miro al cielo, luna nueva, es perfecto, mil estrellas sobre mí y mi mujer a puntito de subir a disfrutar al fin el único momento que tenemos tranquilo los dos junto en todo el día.

Preparo todo, las tumbonas, unas almohadas para la cabeza y una mantita fina por si el aire le resulta molesto. La terraza huele a tomillo, me encanta.

Me tumbo a esperar y a los cinco minutos aparece ella por la puerta, se acomoda en su tumbona y charlamos y reímos durante unos instantes, instantes que una vez más pasan demasiado rápido... y es que el tiempo es relativo.

Son las doce, y permanecemos callados, cogidos de la mano mirando estrellas, buscando siempre esa estrella fugaz que nos conceda nuestros deseos. Llegará, lo pediré y me lo concederá, solo he de ser paciente. Pienso cada noche al recoger la terraza.

Me cepillo los dientes, bebo un vaso de agua fría, entro a la habitación, ella me espera – Te quiero cariño y un beso – y yo a ti…otro beso –

La miro, me mira, retiro su pelo de la cara….que bonita eres…y duermo.

Son las cinco menos cuarto de la madrugada, es martes…o lunes….no se…lo único que sé es que es demasiado pronto para nada, demasiado tarde para todo.

Jorge Tomey.


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22 de diciembre de 2015

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Mirándome Morir



Ante el espejo
tiemblo...

Cronos me está marcando con sus huellas,
más bien heridas, zarpazos.
¿Acaso tus manos, no son, si no garras
que posas sobre mí, para tatuar minutos?
Mendigas vida. Entregas muerte.

Ante el espejo
tiemblo...

Empieza a conjugar el pretérito
todas sus formas, todos sus verbos;
ar, er, ir de principio a fin.
Pesa lo realizado,
pesa lo no hecho.
Vislumbro en el futuro
lo deseado por hacer.
Sin embargo sigo inerte,
vegetativo sobre el presente.
Mientras la araña de tres patas
teje su tela sobre mi frente.

Y sigo ante el espejo
temblando...

Buscando disfrazar el tiempo,
con lágrimas de adolescente
carcajadas colegiales
pañuelos de colores
címbalos y panderetas
que entona el silencio en sinfonía.
Pero el cristal no miente.
No sabe de sobornos.
Es como un niño, dice lo que ve.
No sabe de política y apellidos,
de raza o religión.
Y el cartógrafo de las horas
sigue su tarea. Mapa de días,
que traza en el frágil lienzo
que cubre mi mortal predio.
No con lápiz. Con bisturí.

Y temblando me miro.
Me miro temblar...

Santoral mensajero,
que el otoño se extinga en ti.
El negro de mi pelo
es alegría es festín.
Fuego llama de años,
no quemes el carbón de mi sien.
Cenizas pronto habrá.
Blanco principio del fin.
Mis flores agonizan.
Mis luciérnagas se opacan.
Blanca huesa no me huelas,
no tengas sed de mí
que mis átomos inertes
nutrirán tu vientre al fin.

...Con el espejo empañado
sigo, mirándome morir...


Por: Jairo Bohórquez Guillén
http://www.jairobohorquezguillen.blogspot.com.ar/

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20 de diciembre de 2015

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Vida que va muriendo.



El ruido de la ciudad lo mataba. No se daba cuenta pero cada día moría. Poco a poco su vida se consumía con el pasar de los coches y el smog que tanto le molestaba aspirar. Nunca pudo cumplir su sueño. Estancado como pilar de muelle, Rodrigo vivía, o más bien moría cada minuto que respiraba. Sobrevivir la rutina era su lema diario. Desde el sonar de su despertados 6.15 am hasta que apagaba e televisor a las 10.pm, pasaba las horas en la soledad de su vida, misma que se resumía a ir y volver del trabajo.

Trabajar para sobrevivir, solo para poder pasar el día, comprar lo mínimo necesario para techo, ropa y alimento.

Pasaba el día frente al monitor de una computadora, con su diadema puesta atendiendo llamadas de clientes insatisfechos. Irónicamente como si su insatisfacción no era suficiente. “Al menos ellos tienen un número al que llamar” pensaba, sabiendo que la suya no había línea 1800 para desahogarse. Muerto en Vida… ¡Vida que va muriendo!

A sus 26 años de edad solo contaba con su hermana, sus padres habían muerto antes de su tiempo en un accidente, ellos eran muy pequeños. Al cuidado de su tía Elisa, crecieron hasta que ella sin fuerzas y muy anciana, también dejo de estar en este mundo para pasar a uno mejor, según dijo a sus sobrinos en su lecho de muerte. Sin tener su mayoría de edad se encontraron solos y con la idea clavada como astilla en el corazón, que al morir irían a un lugar mejor. Vivir muriendo, transitando por la carretera a un lugar mejor.

Cecilia había logrado graduarse, al igual que su hermano, ambos eran actuarios de profesión. Solo que ella, siguiendo a su novio salió de la jungla de concreto hacia la provincia en busca de un futuro menos gris y más verde.

Solo en esta vida que va muriendo, Rodrigo deambulaba por las calles. Reservado y solitario de su pequeño departamento caminaba hacia el metro, donde al transbordar dos veces lo dejaría a unas cuantas cuadras de su trabajo, pasando antes a comprar un café. Tres sobres de azúcar, eso si el café lo tomaba muy dulce, siendo esto lo único con ese matiz en su vida que iba muriendo.

Sentado en su cubículo lo primero que se le presentaría era ese inmenso reloj al final del pasillo, marcando las 8.00 am en punto. Contestaría la primera llamada incongruente y contradictoria a su vida o más bien al camino a su muerte. Mirando el reloj cada oportunidad que tenía solo esperaba que marcara la 13.00 pm para poder salir a tomar su lunch. Una caja que contenía un sándwich de queso y una lata de refresco, le era proporcionada por sus empleadores. Y con 30 largos minutos para ingerirla, 13.30 pm estaría listo para recibir la siguiente queja y registrarla en el sistema. Pasando los minutos, observados por Rodrigo, si no todos la mayoría de ellos, a la marca de las 16.55 concluiría con sus llamaras para enviar todos sus reportes atendidos en el día. Sin saber el destinatario del pasar de las horas de su vida, en cinco minutos terminaría para que a la 17.00 pm retirarse. Haciendo exactamente la misma rutina matutina, así que su regreso le resultaba idéntico solo que al revés.

No fue hasta un bien día que conoció a Estela. Tenía la misma caja que él y se disponía a comerse el contenido. Rodrigo no fue el que hizo contacto con ella pues sentía que no tendría ningún interés en él. Y sin la confianza de unir por lo menos tres palabras que representaran una frase, decidió mejor no decir nada, por más que los ojos de Estela le parecieran como dos perlas hermosas, una luz entre la obscuridad y mil colores al gris monocromático que su mirada percibía siempre. La miró bien, vestía muy primaveral para la temporada de invierno. Un vestido largo y sin magas lleno de flores rojas. Calzaba alpargatas de piel entrelazada, dejando ver casi su pie completo. Cargaba una bolsa de mimbre grande y decorada con una enorme flor de terciopelo azul.

Sin embargo, para Estela era todo diferente. Rodrigo le pareció un tipo como todos los demás, ni guapo ni feo. Su instinto curioso no la dejó irse sin al menos saber quién era y que era lo que hacía.

-M mm siempre el mismo sándwich… ya es hora que lo hagan diferente, ¿no crees?- Rompió el hielo para iniciar una conversación mientras masticaba el inicio de la segunda mitad de su humilde comida.

- E e e ¡Pues sí! El mismo- Contestó sin tener una postura firme sobre el tema, nunca se lo había cuestionado. Para él, era el medio de solo no tener hambre.

-Pues no sé qué opines, pero para mí ¡esto es una vergüenza! Y no es justo que nos traten así, les damos los mejor de nuestros días. Y si quieres que oigamos esas malditas quejas todo el día con atención, lo menos es que nos den bien de comer. ¡Por cierto me llamo Estela! ¿Tú?
      -Yo, opino igual…
      -No. ¿Digo que como te llamas?
      -Rodrigo.
      -¡Mucho gusto Rodrigo! Soy de la sección 5 por si un día quieres venirme a visitar…

Fue muriendo un poco más mientras los días pasaban, no veía la manera de, por más ganas que tenía, buscar a Estela. La sección 5 estaba a unos cuantos metros de él, puesto que el formaba parte de la sección 4.Tampoco la volvió a ver a la hora de la comida.

Aunque hacia lo mismo, para él su vida monocromática, desde esas breves palabras con Estela, ya no se sentía igual. Sin darse cuenta, y por primera vez, despreció la comida que le dieron, deseando algo mejor. Por tramos dejó de usar el metro para poder caminar más por las calles, aunque llegara mas tarde a su casa, igual allá nadie ni nada lo esperaba. Se levantaba por las mañanas con otras ganas, y pensaba: ¡Hoy se de seguro la encuentro! Generando en él una ilusión. Poderosa fuente de energía que, además de eliminar la monocromía de su vida, lo impulsaba a romper esa rutina aburrida y a desear… algo más, algo mejor. Aquí y no allá.

Ahora y no en un mejor lugar, como dijo su tía en su lecho de muerte. Recordando los ojos de Estela, aseguraba que no había mejor lugar que este, donde estuviera ella. Contradiciendo esa idea clavada que todos los días se moría un poco y cambiándola a que todos los días se vivía un poco.

Así como lo negro se hace blanco y lo salado se puede convertir en dulce, su vida dio un gran giro. Se levantaba todos los días un poco más temprano para arreglarse un mejor. Se percató que su ropa era anticuada, decidió además de ponerse en forma, comprar nueva. Un cambio de look completo. Preparado para su encuentro con Estela, que sin fecha agendada y cierta, él estaría preparado viviendo un poco más cada día.

Al pasar del tiempo, el Rodrigo reservado se había convertido en amiguero y excelente conversador. De ser solitario, a diario era incluido en actividades organizadas al término del horario laboral a las que acudía con frecuencia. Descubrió que detrás de esa bebida amarilla y llena de espuma, además de un sabor refrescante, tenía un imán de amigos al solo sostener la botella en su mano y más de una ocasión, por horas sin darse cuenta, tenía la misma botella vacía.

No fue hasta una de estas excursiones nocturnas con sus compañeros de trabajo, que decidió preguntar si alguien conocía a Estela, ¡Si la de la sección 5! Sus ojos de perlas hermosas, no los había logrado borra de su mente y sueños. Seguía siendo su motivo e inspiración del arreglo diario.

La respuesta fue constante e igual por todos:

¿Estela? ¿Sección 5? ¡De que hablas! No existe tal… ¡Solo hay 4 secciones!

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18 de diciembre de 2015

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Crucifijo


Desesperado, intentaba arrancar de la boca de su padre moribundo un sonido, un gemido que respondiera sus preguntas. En un principio había intentado ser amable pero ahora ya solo le profería gritos y recriminaciones.

– ¿Dónde tienes el dinero? ¡Contéstame! ¡Soy tu hijo!

No contestaba. Las hundidas mejillas estaban cubiertas por el llanto y sus antes vivos ojos parecían clavados al crucifijo colgado en la pared. Al notarlo, aumento su desesperación y le gritó aún más fuerte:

– ¡Deja de implorar a tu Dios y responde!

Ya no lo hizo. Entre reproches se agotó su último aliento.

Tiempo después volvió al pueblo de su padre. La humilde casa donde antes vivía, ahora estaba convertida en una lujosa y moderna mansión. Fue a conversar con el hombre de la tienda de la esquina, así se enteró de que a los compradores de la casa les había sonreído la fortuna. Al demoler la antigua casa, encontraron dinero oculto en una pared, detrás de un crucifijo.
Antonio Torres

https://xcentrismo.wordpress.com/
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15 de diciembre de 2015

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Vestigios de un Futuro Pasado


¿Quien es, pues, el creador y padre de este Universo?
 Difícil es encontrarlo; y cuando se ha encontrado, imposible hacer que la multitud lo conozca.

Platón (La República)
 
El ser humano parece ser creado a partir de un molde imperfecto el cual a sufrido el deterioro de milenios de existencia. Tal deterioro parte en sus inicios del cambio de mentalidad en la raza humana, que comienza a razonar y extender sus conocimientos ramificando las ideas y hallazgos conocidos hasta entonces en diferentes ciencias, las cuales aun a día de hoy siguen estando incompletas por el déficit de consciencia en aquello que nos rodea y que somos incapaces de comprender. La Filosofía es considerada como la primera de las ciencias de la cual proceden todo el conjunto que conforman las actuales. Aunque es extraño que aun siendo el origen de todo lo que en este mundo podemos llegar a asimilar mediante nuestro pensamiento, sea a la vez esta la materia más olvidada y efímera en cuanto a nuestra existencia se refiere. El mundo se ha sumido en un pasado constante ya que del modo en el que propiamente un observador puede contemplar, parece que hemos dejado a parte el plantearnos la realidad como antes lo hacíamos; impulsivos, sedientos por conocer, ansiosos por plantearnos cuestiones de las que no teníamos respuesta pero que aun así seguían proliferando dudas. En nuestro presente incierto parece que preferimos estancarnos en la sumisión absoluta de los intelectos humanos, la vida se digiere de forma instintiva por los sentimientos banales que el ser inerte puede abarcar en su diminuta inmensidad inmersa en el sueño infinito de que un día del futuro pasado pueda reaccionar y avivar su razón de un modo, en el que sienta y exista pero del mismo modo culmine su obra propia del mismo modo desde el que fue creado y realizado a obra y semejanza de sus ancestros, aquellos que llenaron de ideas mentalmente tangibles las ciencias actuales. Cierto es que el ser humano se considera y ratifica libre en cuanto a ideología y potencial del que demuestra ser dueño, pero no se conoce en ninguno de los sentidos etimológicos de la evolución que el humano como forma completa y razonada de vida se convierta en algo inerte y sin razón propia. No se puede llamar futuro, al modelo de presente que intenta involucionar los cambios que nos costaron tanto trabajo y esfuerzo en un pasado. La deshumanización del ser comienza de un modo irreversible para la raza humana y proseguirá por eras hasta que el humano conozca su verdadera y única intención por la cual fue diseñado para vivir. Hasta entonces muchas sociedades habrá, muchas marchitarán y otras quedaran con restos de la flor que fueron, aquellos vestigios de un futuro pasado.

Álvaro Verdugo Barcia 
http://otravidacualquiera.blogspot.com.es/
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13 de diciembre de 2015

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Am(è)n


Ya no tengo moral. Mientras unos la doblan, a mí se me ha ido desvaneciendo junto con las nueve letras inútiles que componen la palabra “vergüenza” y que fui borrando una a una al perderme en la insinuación de su ojos negros, en la provocación de sus labios prietos, en el carácter de su mandíbula tersa que me incitaba descarada a recorrer el camino velludo que iniciaba entre sus pectorales y serpenteaba hasta ese paraje infinito tan idéntico a aquel en el cual Eva descubrió un nuevo paraíso. Entretanto mi dedo resbala por el trémulo y pronunciado abultamiento de la parte frontal de su cuello, descubro dónde descansa el verdadero fruto del deseo y no la culpo por, antaño, caer en la tentación de morderlo. 

– ¿En qué estas pensando? 

–En pecar... –Mi dedo que ahora se encamina hacia su torso desnudo va dibujando un alfabeto que ni yo reconozco alrededor de su pecho. No sé ni me importa si escribo en griego, en latín o en arameo. 

–Te expulsarán del Edén –me advierte sonriendo cómplice, deteniendo un instante mi mano que se aventura sin permiso y sin pudor en la profundidad del sendero. 

–No del todo –retomo mi cometido y al alcanzar el final del recorrido susurro–: me permitirán visitarlo de a ratitos. 

¡Cuánta misericordia encuentro en lo divino! Mi mano se ase al único tronco que se erige en el espeso terreno, el cual recibe el calor de mi tacto con un tenue estremecimiento. De arriba, en la copa, se escucha un seco silbido y las ramas inquietas acompañan el sonido. 

– ¡Para...! Estate quieta un segundo –suplica sutilmente– Entre todas las formas de esclavitud que existen elijo esa que me somete a tus deseos, pero concédeme la libertad de retardar este momento. 

El brillo inalterable de sus pupilas fulminando las mías me hace vacilar. Cedo. No obstante, manifiesto mi desacuerdo con un mohín. Tras acariciarlos con el pulgar, suaviza el rictus de mis labios y atrae su cabeza hacia mí. Hace varias escalas en diferentes partes de mi rostro para luego permitir que nuestras bocas se reconozcan y se pongan al día cual par de viejos conocidos que, al reencontrarse, se esfuerzan por recuperar en un instante el tiempo perdido. Deja la revista rutinaria a medias o la empieza más a fondo para abarcar otros rumbos de mi anatomía. Se explaya y disfruta impacientándome, lo reprendo por su lentitud excesiva halándole el lóbulo de la oreja con los dientes y cuando se incorpora para hacer lo propio y censurarme, como poseída por Eva, ¡le muerdo la manzana!

– ¡Ehh! ¡Vas a arder en el infierno, bandida! –Protesta gruñendo, para después apresarme aferrando mis muñecas. 

– ¿En el tuyo o en el mío? –Replico retadora a la vez que él, ante mi ausencia de contrición, decide la penitencia que en breve me hará sufrir. 

Me anticipa que no hallaré salvación ni en cien aves marías ni padre nuestro alguno. Yo, lejos de pedir auxilio, clamo en silencio por si se me escapa un grito nadie acuda a rescatarme. Rezo en vano para complacerle al tiempo que sus dedos cobran vida y se convierten en aviesos andarines que reproducen en mi cuerpo rastros placenteramente nuevos. La destreza oculta entre sus manos es... me-me... Las sensaciones que emprenderán la huida junto a la peligrosa prisionera de sus labios... Las ¡ah! Las tur-baciones generadas por su respiración que-que estoy segura producen tornados al otro lado del planeta... El vértigoo-¡ooh, síí! de sopo-ortar su peso y a igual tiempo buscar sostén en él te-te temiendo perder el equilibrio al borde del abis-mmm-mo y romperme en dos ¡aaah-ahh! o en ci-eeen, o que él se rompa en mí en dos o-oh-ooho en-mil... 

– ¡Dios te salve, ¡o-oh!, padre mío! 

–Esa plegaria no la conocía... ¿Se encuentra usted bien? 

– ¡Aah!, ¿a-ah? 

– ¿Que si se encuentra bien? 

–Sí-ahh, digo, uhm, ¡sí...! bi-bien.

–Parece usted a punto del desmayo... 

–Eh, ¿sí? N-no, estoy bien, la ver-dad. 

¿Lo estoy? 

–Pero si tiene la frente perlada de sudor, ¿puedo ayudarle en algo? 

– ¡Ahh! –Suspiro– ¡Si se quitara esa...! 

Una serie de imágenes vuelven a tomar su curso en mi cabeza como una descarga de centellas y... 

– ¿Qué dice? 

¿Ah? ¿Qué? ¿Qué he dicho?

– ¿En verdad está bien? 

Lo miro casi rozando el descaro, él enfundado en su traje de luto... 

“– ¡Modera tu apetito, modera tu apetito!”.

“– ¡Jamás!”.

Si supiera que minutos antes nuestros cuerpos desnudos nos servían de vestimenta y abrigo... Y ahí están sus ojos negros perversos, sus labios que dan sed y la sacian – ¡que no se te noten, mujer, las ganas de beber agua!–, su barbilla retadora dándole sombra al fruto prohibido – ¡ni tampoco las ansias de morder... de comer!– y señalándome el sendero al paraíso, acaso el mismo que el de Eva u otro distinto – ¿será igual de velludo a cómo lo imagino?–. ¿Y mi moral y mi vergüenza? –No pase lista que ninguna hará acto de presencia... 

–Se lo aseguro... padre. 

La última palabra sale de mi boca con la misma dificultad y penuria con la que se hace una confesión aunque, por supuesto, no espero la absolución. Huyo de la iglesia sin siquiera persignarme mientras en mis fantasías otra reproducción mía, en otro contexto y decorado, se queda a mitad del éxtasis con la vista perdida en dos oscuros hábitos que, uno sobre el otro, hacen bulto en un rincón del escenario. Odio que las prendas logren entremezclarse hasta tal punto en el mundo de las ilusiones, me enferma su confirmación velada de que quienes las usan no pueden alcanzar un nivel similar de intimidad en la realidad. 

La oración se me queda pequeña –o grande, según se vea– para consolar mis males. Me pregunto por qué la palabra "amén", que está designada para que las cosas sean, solo por estar mal acentuada yo no puedo usarla para cumplir el deseo de amar y ser amada, de amar y que me amen; ¿por qué no dejarle únicamente a los dioses, los santos y los escritos sagrados, cualesquiera que sean, aquello de entregarse con el espíritu, mas no con el cuerpo, y olvidarse de hallar gozo y regocijo en la carne? ¡Que yo soy mortal y humana, y tengo derecho a encontrar un mínimo resquicio de dicha y plenitud en esta existencia mundana! 

– ¿Y tu moral? ¿Y tu vergüenza? ¿Ah, alma pecaminosa? 

– ¡¡No pase lista, ninguna hará acto de presencia!! 

Siento un cúmulo de miradas sobre mí, me acosan obrando un efecto semejante al de un sinfín de índices acusadores cuyos extremos intentaran darme alcance. No sé a quién le he contestado lo anterior o si en realidad alguien me lo ha increpado. Adivino la sorpresa y el desconcierto tomar forma tras mis pasos. Ruego porque nadie siga el rastro. Rompo en risas.

– ¡Jajaja! ¡Ro-ga-ja-jaaar! ¡Por amor a...! – ¿Dios? ¿Cristo? ¿Quién? 

Trago saliva. Mis pensamientos me abruman. Por toda pregunta, con o sin respuesta, una nueva interrogante y la misma disyuntiva atravesada entre cada sien. Veo rojo. Un rojo que me asusta y me tienta, que me hace dar marcha atrás, mas antes de dar la espalda me seduce. ¿Arderé en el infierno o ya estoy en él? Me ataca una carcajada silenciosa y frustrada seguida de un “no lo sé” y al unísono se manifiesta una réplica, mitad alivio, mitad pena... La oscuridad reinante en mi aposento invoca sombras y voces que me empiezan a lamer, a morder. Sucumbo a ellas. Tal vez me estén convocando para prenderme en llamas o ya me he quemado en vida de tanto arder.


Fritzy Zamor


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9 de diciembre de 2015

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La nueva alumna


La llegada de una nueva alumna a la escuela, parecía tener más atención de lo normal, y todo porque aquella chica era diferente, no sólo en su andar, o en su aspecto, que no era el más femenino, también por ser tan pálida y delgada; su sudadera ancha y chaqueta holgada, dejaban entre dicho tan sólo en el primer día, que sufría de algún tipo de desorden alimenticio.

-Chicos quiero presentarles a su nueva compañera, su nombre es Martina –la profesora la presentó con gran entusiasmo, sólo los chicos del salón la observaban, sobre todo los que pertenecían al equipo de fútbol, mientras que las chicas se miraban entre sí, murmurando sobre su ropa y su piel.

Martina hizo como si no hubiera visto el comportamiento de sus nuevos compañeros, y se sentó junto a la ventana. Frente a ella había una chica de cabello rizado, que se giró tímidamente para regalarle una sonrisa, Martina no supo cómo responder, debido a la frialdad con la que miraba, de donde venía no era común mostrar afecto.

Los curiosos que intentaron acercarse durante la jornada escolar fracasaron, mucho antes de acercarse a Martina, cada vez que abrían la boca para decirle algo ella los ignoraba y continuaba con su camino. Y todo se volvía más extraño, conforme pasaban los días, ya era conocida como “la chica rara”, la que todos empezaban a ignorar; pero algunos no se rendían, a pesar de que en los meses que llevaba ahí, no se había manifestado con una palabra, ni siquiera en clases participaba.

-Hola muñeca, sé que la gente te anda molestando, no te preocupes, yo no soy igual a ellos –el capitán del equipo de fútbol, se creía el chico más apuesto y popular, y aunque así era, Martina no se desvelaba por sus encantos, y siguió empacando los libros en su mochila.

-No deberías hablarle, de todas maneras es que como si le hablaras a una pared, nunca vas a obtener una respuesta –la novia del chico fue quien se acercó para quitárselo de encima a Martina, ella se levantó de su asiento y salió del salón. Pero no todo terminaba ahí para el capitán del equipo, que librándose de su novia siguió a Martina. A ella no le era indiferente el muchacho, pero no tenía intención alguna de involucrarse con alguien.

A una calle de su casa, Martina decidió esconderse en la maleza que cubría una bodega abandonada, esperando a que el joven pasara y así enfrentarlo. El chico algo nervioso, pasó desapercibido y fue cuando Martina aprovechó para salir detrás de él.

-¿A quién buscas?

-¡Martina, me asustaste! –dijo en medio de un grito el muchacho, soltando una risa nerviosa –te busco a ti, no sabía que vivías por aquí.

-Es mejor que te devuelvas, no es un lugar muy seguro.

-Pero… te seguí para hablar contigo, espero que no te moleste.

-A mí no me molesta, pero a tu novia sí. Es mejor que regreses, ella te debe estar buscando –Martina intentó retomar su camino, pero el joven se atravesó en medio, acercándose mucho más de lo era debido.

-Aléjate –dijo Martina con voz grave y mirada penetrante. Pese a la advertencia ya hecha, el chico siguió insistiendo, acercándose a ella de manera atrevida, buscando un beso, que ella no estaba dispuesta a dar. Pero un sonido proveniente de la bodega espantó al muchacho, que se alejó de ella inmediatamente asustado.

-¿Escuchaste eso? –dio la vuelta para verificar que nadie estuviese cerca, pero al girarse de nuevo frente a Martina, se encontró con unos ojos totalmente negros, y colmillos sobresaliendo de su boca, era una criatura diabólica, que rugía como una bestia -¿Martina? –dijo aterrorizado, dando pequeños pasos hacia atrás, sin obtener respuesta alguna por parte de la que parecía ser Martina. Sin más opciones que correr, el chico arriesgándose a que lo atacara la criatura, pasó por su lado para devolverse por el mismo camino que había llegado.

Al siguiente día, Martina apareció en la escuela como si nada hubiese pasado, el capitán del equipo, Leonardo, también entró al salón de clases, intentando aparentar que estaba bien, aunque en cuanto vio a la chica se paralizó y huyó. Pero no por mucho tiempo, le valió más la curiosidad por saber qué había ocurrido el día anterior, y la única capaz de darle respuestas era Martina. En el receso la tomó del brazo y la llevó junto a las canchas, donde no había nadie que los viera.

-¿Qué fue lo que pasó ayer?, ¿Acaso eres un demonio, o algo parecido? –Leonardo notó la piel de Martina, ya no estaba pálida.

-Debiste irte cuando te lo dije.

-Esa no fue la pregunta.

-¿Si te digo quien soy, me vas a dejar en paz?

-Sí –respondió convencido.

-Soy un vampiro –le dijo y se empezó a alejar. Leonardo quedó tan impactado por su respuesta que no quiso seguir insistiendo y la dejó ir.

Esa misma tarde vio en noticias, que cerca de la bodega abandonada, habían sido hallados los cadáveres de dos hombres, según los reportes eran ladrones. Lo extraño del asunto era que tenían marcas en el cuello, mordidas, y en sus cuerpos no había ni una sola gota de sangre. Leonardo entendió que la respuesta de Martina era cierta.

Después de aquella conversación, Leonardo no volvió a tener contacto con Martina, sólo se veían pasar por los corredores de la escuela. Con el tiempo entendió, que cuando ella tenía la piel pálida y sin vida, no había bebido sangre; y que cuando su piel se volvía de un color dorado, de inmediato los rumores y las noticias aparecían sobre la muerte misteriosa de algún hombre, la mayoría con mordeduras, y con antecedentes criminales. Leonardo no era parte del menú, no sólo de momento, porque Martina no veía en él la maldad que en muchos hombres veía; sin embargo dejó que el tiempo transcurriera sin más preguntas, compartiendo el salón de clase, con su compañera, la vampira.

Zahira Mesa


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6 de diciembre de 2015

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Mientras él sea mi marido, él manda


Ayer Souad me invitó a tomar el F´tor en su casa, junto a sus dos hijos. Esta es la primera comida del día, la que rompe el ayuno cuando se pone el sol; estamos en Ramadán.

Queda poco más de una hora para la llamada a la oración, cuando cruzamos una de las entradas a la ciudad antigua; Souad vive en la Kasbah. En la calle que lleva a su casa hay mucho bullicio: Vendedores ambulantes gritan los precios de su mercancía: fruta, zumos, dátiles, bollería,... La gente va como loca comprando. Todos con bolsas. Todos con prisas. Parece el fin del mundo.

A medida que nos acercamos a la Kasbah, las personas van desapareciendo. A esta hora ya deben estar todos en sus casas. Las mujeres preparando las mesas. Los hombres, seguramente, mirando la televisión mientras esperan el momento de poder comer.

Después de subir una empinada cuesta, por fin, llegamos donde Souad.Una casita pequeña, situada en una planta baja y con una diminuta ventana que apenas deja entrar la luz. La puerta, como la de sus vecinos. Está pintada de color azul. Apenas entra, Souad se saca el pañuelo y la chilaba. Y deja los zapatos en un rincón. Y así, descalza sirve la comida: Harira —una sopa tradicional marroquí—, cuatro huevos duros, algo de bollería y unos cuantos dulces. Para beber, un batido de leche con aguacate y zumo de naranja natural.

—Los ricos ponen muchas más cosas —dice ella, disculpándose por ofrecerme una mesa tan sencilla.

Nos sentamos en el suelo alrededor de la mesa. Sus dos hijos, ella y yo. En la casa no hay ni una silla. De hecho, este cuarto que ahora nos sirve de comedor, de noche se transforma en la habitación de su hijo mayor. No tiene cama. No cabría; el sofá sirve para el mismo propósito.

Todavía no podemos comer. Hasta que no escuchemos la señal, permaneceremos así sentados, a la expectativa. Y entonces, de repente, un hombre entra en la casa y me saluda. No sé quién es. No recuerdo haberlo visto antes. Sin decir nada más a nadie se escabulle en el otro cuarto. Allí es donde duermenhabitualmente Souad y su hija pequeña. En la habitación hay dos matarbas —sofá típico marroquí—, uno para cada una.También un armario sin puerta. A parte de eso, sólo hay un póster de un calendario colgado en la pared. En la casa no hay más habitaciones. El baño —que es de los tradicionales, o sea un simple agujero en el suelo—,no tiene ducha. Souad y sus hijos van una vez por semana a lavarse al Hammam. Tampoco tiene puerta, sólo una cortina de plástico a modo de separación.

—Cuando viene mi abuela tiene que ir a casa del vecino —y al decirlo se le escapa un poco la risa—, está tan gorda que aquí no cabe.

En el otro extremo, un par de estanterías colgadas en la pared y un par de armarios bajos hacen la función de cocina. No hay fuegos eléctricos. La sopa se calienta en el suelo con una bombonapequeña de camping gas. La casa tampoco cuenta con agua corriente. El agua la trae su hijo en garrafas de plástico de cinco litros, que llena en una fuente públicadel barrio.

Souad se sienta a mi lado y me susurra al oído que el hombre que ha venido es su marido, el padre de su hija pequeña.

—¿Pensaba que eras madre soltera? —le digo sorprendida ante tamaña revelación.

—Es que lo soy. Rachid (que así se llama su marido) ha venido a pasar el Ramadán aquí —dice y, como para intentar explicármelo mejor, añade:—Es que tiene muchos problemas con su otra mujer.

Y mientras yo digiero la información, ella le prepara el plato de comida. Se levanta y se lo sirve en la otra habitación. A él no lo vuelvo a ver en todo el rato que estoy en la casa. No sale de su agujero ni para despedirme cuando me voy.

Souad tiene treinta y cuatro años y es originaria de Jbl Kibir, una ciudad pequeñita del norte de Marruecos. Su madre la abandonó cuando era una niña y la dejó al cuidado de su abuela; que no la llevó a la escuela porque le daba miedo que sufriera algún tipo de agresión durante el trayecto. No sólo por eso. Souad, debía ayudar con las tareas domésticas. Y así creció. Limpiando la casa y cuidando de los animales. Hasta que con quince años se quedó embarazada de su hijo mayor, que pronto cumplirá los diecisiete.

—Recuerdo que, por las noches,él no paraba de llorar y yo no sabía como hacer para que se callara. Era sólo una niña…

El padre, soldado de profesión y mucho mayor que ella, se fue a España en busca de fortuna y la dejó sola con el bebé. No estaban casados. Con este embarazo Souad trajo la deshonra a sus familiares y la echaron de casa.

Sola, sin familia y sin nadie que le tendiera una mano, Souad encontró refugio en Tánger. En una casa de acogida para madres solteras, regentada por las hermanas de la Madre Teresa de Calcuta. Souad vivió con ellas hasta que el crío cumplió tres añitos. Después, la ayudaron a buscar trabajo, le encontraron una casa con un alquiler bajo y ella empezó su vida como madre soltera.

Unos años más tarde, con la intención de arreglar el desastre y convertirla en una mujer respetable, sus familiares la casaron con Rachid. Un primo lejano del pueblo. Y Souad volvió a quedarse embarazada. Pero Rachid no trabajaba, siempre estaba metido en líos con la policíay al final la abandonó para casarse con otra. Desde entonces Souad vive con sus dos hijos y lucha a diario para sacar a su familia adelante. Trabaja cuidando niños. No tiene más ayuda que la de sus vecinos. También la que le ofrecen las monjas. Pero Souad no se queja nunca, siempre luce una sonrisa en la cara. Como ahora mismo, que me informa de que ya podemos comer.

El silencio esabsoluto. Sobrecogedor. Inquietante. Sólo el leve ruido de los tenedores y los dientes al masticar ponen la banda sonora de esta escena de película. La imagen se repite en todos los hogares de la ciudad. En Marruecos, incluso los sin techo respetan el Ramadán. No hacerlo te puede llevar a la cárcel. Saltarse el ayuno está castigado con una pena de seis meses.

Terminamos la comida, charlamos un rato y Souad saca una caja donde guarda algunas fotos de su juventud. Me cuesta reconocerla. En las imágenes aparece una muchacha muy guapa, sin pañuelo y vestida con ropa occidental. Nos reímos. Pero se hace tarde, así que me despido con la promesa de volver otro día. Una vez en la puerta, ella se pone el pañuelo y las babuchas. “Te acompaño”, me dice. “No hace falta”, le contesto. Pero ella insiste. Cuando ya nos hemos alejado lo suficiente de su casa, mira que no haya nadie alrededor, me coge del brazo y me pide en una voz apenas inaudible que le guarde unos papeles. “En mi casa no están seguros”. Son del abogado, me cuenta. Y así es como me entero que esta semana tiene una cita para ir al juzgado y firmar el divorcio.

“Rachid siempre ha sido una persona problemática. Siempre está metido en líos. Entra y sale de la cárcel. No trabaja, me trata mal. Nunca se ha hecho cargo de la pequeña, pero tampoco nunca ha querido divorciarse”.

Entonces me explica que, de vez en cuando, aparece y cuando lo hace,ella debe tratarlo como a su un marido. Pues legalmente lo es. Souad le deja la única habitación que hay en la casa, le lava la ropa, le sirve la comida,…y esto es lo que ha estado haciendo durante todo el mes del Ramadán.Peroesta vez Rachid exige más. Se niega a irse. Tiene problemas con su otra mujer. No tiene trabajo ni lugar al que marcharse, por eso su intención es instalarse en casa de Souad para siempre. Y por si fuera poco, quiere que ella eche a su hijo mayor.

—Mientras él sea el marido —dice Souad—, él manda.

Y aquí es donde ella se planta. Ya no puede más. A pesar del miedo ha decidido no rendirse eir a ver a un abogado. No quiere nada de él, me cuenta. No pide ni indemnización ni pensión alimenticia, sólo que la deje vivir tranquila. Souad quiere el divorcio. Y desde el 2004 con el nuevo código de familia, la “Mudawana” ella y todas las mujeres marroquíes tienen este derecho. Pero está avergonzada. Me lo cuenta como si me estuviera confesando el más cruel de los crímenes. DI-VOR-CIO. En su boca esta palabra suena mal, muy mal.

—No se lo digas a nadie, por favor —me pide.

—Pero que no pasa nada—la intento tranquilizar.

—Para vosotros los extranjeros es normal pero aquí hay gente que ahora me conoce y me saluda. Si se enteran que estoy divorciada quizás dejen de hablarme.

Y es que a pesar de que, poco a poco, cambian las costumbres y desaparecen las apariencias, en Marruecos una mujer divorciada está condenada. La sociedad no lo acepta. Souad va contracorriente. Forma parte de una minoría.Su independencia, deseada por muchas mujeres, no gusta a todo el mundo.

Llega el día de ir al Tribunal. Souad está nerviosa. Esta noche casi no ha dormido. Entra en el edificio despacio, con miedo, con respeto y entonces ve…un MONTÓN de gente haciendo cola para divorciarse. No se lo puede creer. Mientras espera su turno charla con una vieja que está sentada a su lado. Vendrá a acompañar a su hija—piensa ella—. Pero no.La mujer viene a divorciarse y se lo cuenta sin inmutarse.

—Era el día del divorcio en Marruecos—. Comenta, entre risas Souad, cuando vuelvo a encontrarla por la calle.

Está feliz. Sonríe. Se ha quitado un peso de encima y se le nota en la cara. Ahora es libre. Tiene el control de su vida. Por primera vez en mucho tiempo no está sometida a ningún hombre, ni padre, ni hermano ni marido. Y no pasa nada.

Por Adaia Teruel



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4 de diciembre de 2015

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100 hermosos cuentos de la literatura universal

Compartimos una de lista muy subjetiva de El dinosaurio sobre los 100 Mejores Cuentos de la Literatura Universal. Como toda lista tendrá sus fallas, pero la idea es ante todo recomendar grandes obras del cuento.
Haciendo click en el titulo de cada cuento pueden leerlo.
La lista se ha organizado por orden alfabético.
Si consideran que algún otro cuento podría incluirse en esta lista, no duden en dejar un comentario con sus recomendaciones.
  1. A la deriva – Horacio Quiroga
  2. Aceite de perro – Ambrose Bierce
  3. Algunas peculiaridades de los ojos – Philip K. Dick
  4. Ante la ley – Franz Kafka
  5. Bartleby el escribiente – Herman Melville
  6. Bola de sebo – Guy de Mauppassant
  7. Casa tomada – Julio Cortázar
  8. Cómo se salvó Wang Fo – Marguerite Yourcenar
  9. Continuidad de los parques – Julio Cortázar
  10. Corazones solitarios – Rubem Fonseca
  11. Dejar a Matilde – Alberto Moravia
  12. Diles que no me maten – Juan Rulfo
  13. El ahogado más hermoso del mundo – Gabriel García Márquez
  14. El Aleph – Jorges Luis Borges
  15. El almohadón de plumas – Horacio Quiroga
  16. El artista del trapecio – Franz Kafka
  17. El banquete – Julio Ramón Ribeyro
  18. El barril amontillado – Edgar Allan Poe
  19. El capote – Nikolai Gogol
  20. El color que cayó del espacio – H.P. Lovecraft
  21. El corazón delator – Edgar Allan Poe
  22. El cuentista – Saki
  23. El cumpleaños de la infanta – Oscar Wilde
  24. El destino de un hombre – Mijail Sholojov
  25. El día no restituido – Giovanni Papini
  26. El diamante tan grande como el Ritz – Francis Scott Fitzgerald
  27. El episodio de Kugelmass – Woody Allen
  28. El escarabajo de oro – Edgar Allan Poe
  29. El extraño caso de Benjamin Button – Francis Scott Fitzgerald
  30. El fantasma de Canterville – Oscar Wilde
  31. El gato negro – Edgar Allan Poe
  32. El gigante egoísta – Oscar Wilde
  33. El golpe de gracia – Ambrose Bierce
  34. El guardagujas – Juan José Arreola
  35. El horla – Guy de Maupassannt
  36. El inmortal – Jorge Luis Borges
  37. El jorobadito – Roberto Arlt
  38. El nadador – John Cheever
  39. El perseguidor – Julio Cortázar
  40. El pirata de la costa – Francis Scott Fitzgerald
  41. El pozo y el péndulo – Edgar Allan Poe
  42. El príncipe feliz – Oscar Wilde
  43. El rastro de tu sangre en la nieve – Gabriel García Márquez
  44. El regalo de los reyes magos – O. Henry
  45. El ruido del trueno – Ray Bradbury
  46. El traje nuevo del emperador – Hans Christian Andersen
  47. En el bosque – Ryonuosuke Akutakawa
  48. En memoria de Paulina – Adolfo Bioy Casares
  49. Encender una hoguera – Jack London
  50. Enoch Soames – Max Beerbohm
  51. Esa mujer – Rodolfo Walsh
  52. Exilio – Edmond Hamilton
  53. Funes el memorioso – Jorge Luis Borges
  54. Harrison Bergeron – Kurt Vonnegut
  55. La caída de la casa de Usher – Edgar Allan Poe
  56. La capa – Dino Buzzati
  57. La casa inundada – Felisberto Hernández
  58. La colonia penitenciaria – Franz Kafka
  59. La condena – Franz Kafka
  60. La dama del perrito – Anton Chejov
  61. La gallina degollada – Horacio Quiroga
  62. La ley del talión – Yasutaka Tsutsui
  63. La llamada de Cthulhu – H.P. Lovecraft
  64. La lluvia de fuego – Leopoldo Lugones
  65. La lotería – Shirley Jackson
  66. La metamorfosis – Franz Kafka
  67. La noche boca arriba – Julio Cortázar
  68. La pata de mono – W.W. Jacobs
  69. La perla – Yukio Mishima
  70. La primera nevada – Julio Ramón Ribeyro
  71. La tempestad de nieve – Alexander Puchkin
  72. La tristeza – Anton Chejov
  73. La última pregunta – Isaac Asimov
  74. Las babas del diablo – Julio Cortázar
  75. Las nieves del Kilimajaro – Ernest Hemingway
  76. Las ruinas circulares – Jorge Luis Borges
  77. Los asesinatos de la Rue Morgue – Edgar Allan Poe
  78. Los asesinos – Ernest Hemigway
  79. Los muertos – James Joyce
  80. Los nueve billones de nombre de dios – Arthur C. Clarke
  81. Macario – Juan Rulfo
  82. Margarita o el poder de Farmacopea – Adolfo Bioy Casares
  83. Markheim – Robert Louis Stevenson
  84. Mecánica popular – Raymond Carver
  85. Misa de gallo – J.M. Machado de Assis
  86. Mr. Taylor – Augusto Monterroso
  87. No hay camino al paraiso – Charles Bukowski
  88. No oyes ladrar los perros – Juan Rulfo
  89. Parábola del trueque – Juan José Arreola
  90. Paseo nocturno – Rubem Fonseca
  91. Regreso a Babilonia – Francis Scott Fitzgerald
  92. Solo vine a hablar por teléfono – Gabriel García Márquez
  93. Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril – Haruki Murakami
  94. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius – Jorge Luis Borges
  95. Tobermory – Saki
  96. Un día perfecto para el pez plátano – J.D. Salinger
  97. Un marido sin vocación – Enrique Jardiel Poncela
  98. Una rosa para Emilia – William Faulkner
  99. Vecinos – Raymond Carver
  100. Vendrán lluvias suaves – Ray Bradbury

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2 de diciembre de 2015

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Esquizofrenia


La lluvia me cuenta, como queriendo pasar por la ventana, que todo amor tiene espinas. Que precisamente es una de las razones por las cuales se le asemeja a la rosa: provoca dolor, pero es hermoso. Yo le contesto a la lluvia que no tiene ni moral ni ética para venir a mi ventana y contarme algo así, porque es una traidora...ella es una de las razones por las cuales existen y que si fuera aliada mía ( o en cualquier tipo de relación, como la amistad) no alimentaría los vivos colores de sus pétalos y ni pensar de dar de beber a sus raíces.

No me contestó, al parecer esta vez gané la discusión.

Me levanté entonces para darme una ducha y se me apareció mi ángel de la guarda. Me ha repetido una y otra vez durante toda la semana que no cierre mi corazón al amor, que algún día llegará, que lo bueno llega el día menos pensado, que si cierro mi corazón en una caja fuerte se transformará en una bomba atómica capaz de despedazarme y claro, con toda aquella radiación terminaré convertido en un monstruo. Yo le pregunté que de dónde había sacado tanta imaginación para contarme algo así y que al parecer tendría que ir a visitar a un psicólogo, porque las alitas que lleva en la espalda, aquella aureola tan luminosamente santificada y tanta perfección en un solo ser, no son garantía de salud mental.

Tampoco me contestó, así que cerré la ducha y proseguí a secarme.

Vestido ya, pasé a la cocina para tomar desayuno. Ahí llegó el diablo. Me dijo que la mujer era como aquel trozo de brazo de reina que estaba comiendo: dulce y envenenadamente vicioso. Me quedé mirándolo con cara de agradecimiento por haberme hecho rechazar mi desayuno y le contesté de la forma más cortés posible que devolviera su trasero al infierno y que tuviera cuidado con quemarse.

Se devolvió.

Cerrando la puerta para presentarme nuevamente a un día laboral más, me saludó la muerte. Me di la media vuelta para mirarla a los ojos, a ver qué comentario inteligente iba a recibir esta mañana llena de consejos. Me dijo que todo tenía su fin, que todo algún día acaba y que qué más daba todo aquello, ya que probablemente este mismo día iba a tomar mi última copa de vino. Así que acepté su invitación.

Y aquí estoy, fumando un cigarro, después de hacer el amor con ella, la muerte. Ahora sé que el amor existe y la fidelidad también.


Manuel Rivero
Foto original Manu Rivero

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