30 de noviembre de 2015

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Corazón negro



Con el paso de los tiempos
erosionan mi corazón 
los sentimientos.

Con el paso de los minutos
atraviesan mi mente
los pensamientos.

Con cada uno de mis pasos
me acerco mas y mas
a mi túmulo.
Dios De Nada
http://dondeseescondenmisdemonios.blogspot.com.es/
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28 de noviembre de 2015

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Ver por medio de tus ojos!


Sé que muchos escritores han llevado al cine este concepto: Poder ser Tú, estando en otras personas. "Like Father, Like Son", "18 Again", "17 Again" y todos los "Again" que podamos imaginar en todas las circunstancias y todas las edades. Aunque lo repitan mil y un veces, este concepto a mí no deja de fascinarme.
Ayer estuve en el salón de clases de mi muchachito. Son muy bonitos, con sus dibujos en las paredes, su casillero enmarcado con un letrero que además de tener su nombre, está su foto, orgulloso y sonriente resaltando ese sentimiento de pertenencia que desde muy chicos tienen con un "Es Mío" por delante.
Todos Fuimos niños y pasamos por ese mismo salón de tercer año de primaria, ahora lo veo como un pasado muy lejano, generando no más que algunas imágenes de recuerdos, no muy claras si era tercero de primaria o cualquier otro año.
Al estar ahí treinta y tantos años más tarde y en otra circunstancia, imaginé si por al menos un día podría regresar. No como yo mismo, más bien viendo por medio de los ojos de mi hijo, siendo él.
Sería lo máximo entender que ve y siente cuando está ahí, sin mí y sin mi protección. Divertirme o sufrir lo que vive en la escuela, en su salón de clases o en el patio. Poder saber cómo es con sus amigos, de qué habla y cómo lo hace. Sentirme niño otra vez por unas horas o minutos. Tener esa libertad que te regala la vida los primeros años, la que más tarde te la arrebata con las responsabilidades y compromisos, dejándola como algo que ahí estuvo y no duró nada.
Ser él aunque sea por una mañana, para amarlo más, para entenderlo mejor.

José Memun
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24 de noviembre de 2015

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No te refugies en abril.

Fuente: elaboración propia.

El doloroso sentimiento que me azotaba por dentro se permeaba en lo oscuro por fuera: una oscuridad acechante que envolvía todo aquello cuanto veía. Mis ojos cerrados permitían escapar con monótona lentitud las lágrimas que se mezclaban con la lluvia en mi rostro. El frío iba en aumento. El viento que movía las perennes hojas del bosque, atropellaba mi cuerpo con descaro y sin gracia. Una agobiante angustia recobraba sus fuerzas dentro mío y congelaba todo cuanto músculo se le interponiese. Esa gélida llovizna no menguaba: no daba tregua; carcomía en mi interior con su paciencia. Es que estaba allí observando con ojos cerrados mi desnuda alma destruirse. Intenté gritar en un espasmo ahogado de desazón desmedida, pero el vacío que me rodeaba no tenía lugar para sonidos. Apenas si mis labios lograron responderme, y sentí como exhalaban el poco aire contenido. Mi cuerpo se tensó aún más a la espera de la inminente inexistencia. 
El viento arremetió más impetuosamente que antes contra mi vulnerada espalda, y liberó de mis manos aquello que fingía protegerme el cuerpo. La lluvia continuó haciendo estragos en la escena.
Volvió a mí la desesperación propia del ahogo; y aun así recostado sobre tu cama, la helada lluvia continuó atacándome; y la templanza de tu cuerpo a mi lado no lograba conformarme; y mi mano sobre la tuya no destruía la furia de aquel viento, ni retenía la compresión de ese vacío, ni deslucía la danza de aquellas hojas perennes... tan solo lograba ahondar en mí esta irremediable soledad.

Eugene.



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21 de noviembre de 2015

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El puma


Medio entre sentado y atento para saltar, el gaucho mordía un hueso con poca carne de una liebre que había cazado por ahí. Fundido con la espesa arboleda verde y marrón, fuelles que la naturaleza regaló para el viento; observaba el infinito estar de no esperar y estar atento. Pensamiento triste de coplas cayendo como piedras. Así pasaba sus horas, sin hacer demasiado ruido; no solo podía ser escuchado por quienes lo perseguían, sino que podían escucharlo aquellos a quien él necesitaba cazar. El sol caía lentamente, siempre hay campo para recorrer. El gaucho preparaba su noche; consistía en buscar pasto mullido y alto para cubrirse y una manta vieja y olorienta que abrigaba, a veces, los veinte grados que bajaba la temperatura. La noche de este hombre venía dura y nunca solía cerrar dos ojos, desde hacía algunos años.
Alguna vez, muy mamado, se entrometió en casa de un vecino durante la madrugada; violó a su mujer, mató a su hijo y golpeó duramente al perro. Por mas disculpas que pidió y a pesar de no dejar de atribuirle la acción a su alcoholismo feroz, toda la estructura judicial se volvió contra él. Siempre contaba que aquel dueño de su ira alcohólica era un juez de Paz que injustamente había mandado matar a su familia. Era mentira por cierto, pero le daba la ilusión de héroe, como el Martín Fierro.

El gaucho amaneció contento; rara vez tenía la posibilidad de sentir esa alegría fugaz que uno transita los primeros instantes de una buena mañana. Comió algunos pedazos de pan y se quedó sentado, tratando de escuchar los ruidos del amanecer. Es difícil de explicar, para mi, la profunda soledad que transita el hombre de campo en esas circunstancias, el infinito silencio de un alma asociada a su naturaleza. El alma de este gaucho era el sonido que desprende el aletear de un Aguilucho Pampa; el delgado movimiento de la nube entre las nubes; el brillo del sol sobre una pequeña culebra. Instalado en su reposo atento, se dejaba estar, y su presente era enorme, tremendo, como una explosión de suavidad sobre la corteza de piedra de su rígido cuerpo de varón.

El fino y seco matorral comenzó a moverse. El gaucho calculó la presencia de un puma y sin hacer demasiados movimientos empuño su daga a la espera del encuentro. Intuía que era ese animal por el serpenteo de la maleza; por el olor en el aire; por el sigilo al andar. Extraña sorpresa tubo el gaucho cuando el que salió del matorral fue un hombre de unos cincuenta años, pelado, con una femenina túnica naranja hasta sus pies. Ahora su rostro dibujó un aspecto feroz y altivo; el cuchillo parecía ponerse candente por el calor del puño que apretaba listo para cortar con absoluta violencia. Ahora era gaucho bravo, del que se debe andar con un responsable cuidado. El hombrecillo simple y de rostro rojizo le contó al gaucho que estaba perdido, que había salido a buscar un lugar tranquilo para meditar y terminó caminando a la deriva, durante siglos tal vez. El otro estaba rígido, su cuerpo mantenía la tensión necesaria para lanzar cuchillo certero en menos de lo de lo que la visión puede percibir del movimiento, mientras su cabeza trataba de comprender lo que estaba viendo. “Entiendo que no entiendas, y se que soy un desconocido para ti, pero ya que no tengo como volver y veo que tu también estás solo, podríamos compartir el día juntos; siempre es reconfortante una buena compañía”; y se sentó muy cerca de donde estaba el gaucho. Sacó un pedazo de pan y quedó sonriente, pacíficamente sonriente mirando el horizonte y comiendo. Pasaron algunos minutos hasta que el gaucho pronunció palabra: “no veo que tenga arma, no veo en usted ninguna actitud maliciosa, tampoco parece de los que andan escapando y esas cosas”, le dijo mas tranquilo esperando alguna explicación. “Soy de muy lejos, y es verdad, uno a veces camina para dejar atrás algunas cosas, o camina para ir a buscarlas; en mi caso solo camino por el hecho de andar; venga, siéntese a mi lado y comparta mi pan”. Se quedaron algunas horas en silencio, cada tanto se encontraban en una mirada rápida pero profunda; el simpático visitante no abandonaba esa sonrisa plena que le regalaba su honesta felicidad; en cambio el gaucho lo miraba desconcertado, con el ceño fruncido, y pensaba de donde habría salido el fenómeno que sonreía a su lado.

Cerca de la noche, el visitante se acercó a un delgado árbol en donde el brillo de la luna parecía hacer nido; se sentó con las piernas cruzadas y las manos sobre sus rodillas. El gaucho miraba esta escena confundido mientras preparaba su guarida nocturna entre la maleza. “Amigo, no es conveniente andar mostrándose tanto; ¿por qué no se tira conmigo acá?”; el extranjero rió fuerte al escuchar esto; “no se preocupe buen hombre, en este lugar creo encontrar mayor refugio que ahí donde usted se esconde; sepa que cualquiera que intente acercarse a mi, me confundirá con la pintura del paisaje, seré río entre los ríos, seré noche con la noche, seré el delgado vibrar de una…” en ese preciso momento, un enorme puma saltó de un árbol clavando sus temibles colmillos en el cráneo del extranjero; el gaucho salió velozmente del matorral cuchillo en mano, pero cuando pudo ensartar al bicho y dejarlo bastante herido y tirado sobre un costado, al extranjero ya le había masticado medio brazo y arrancado el cuarenta por ciento de la garganta. Nada pudo salvarlo, fueron tres o cuatro segundos que le sirvieron al animal para despellejar al visitante que gritaba desesperado de terror y de dolor. Al otro día, luego de dormir un poco, el gaucho enterró el cuerpo del peregrino por los alrededores; tomó su túnica prestada para tener otras ropas con las que vestir y con la piel del puma consiguió otra manta para las frías noches.

Luego emprendió la marcha; tomó por un camino desconocido que seguramente conduciría hacia un lugar desconocido. Pensaba en su madre, esa pobrecita que fregaba los trapos sangrientos de un impresentable militar de campaña; una mujer hermosa, pero arañada por injustos vaivenes de la vida. Luego de que su esposo muriera incinerado una noche que se quedó dormido en su toldería, totalmente borracho, con un cigarrillo en la boca; su madre solía recordarle siempre: “no importa cuánto confíes en tu destino, hombre precavido vale por dos”.

Rodrigo Tanoira


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18 de noviembre de 2015

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Tiempo


Te vi tras la reja, como cuando éramos niños: Yo te miraba tomándome de los barrotes y mi estómago se estrujaba, no sé si de las ganas de comer ese chupetín redondo y multicolor que lamías lentamente, observándome de reojo o, porque me gustaba tu pelo rubio ensortijado volando al viento de la tarde, agitado por el rodar de tu bicicleta. Ibas a la clase de inglés los martes y jueves a las seis de la tarde y pasabas lentamente por la acera frente a mi casa. 
Hoy, yo recogía unas violetas del jardín cuando te divisé, casi desde el suelo. Como si fuera ayer, te vi. Sólo que no llevabas el chupetín en tu mano, tus rizos no ondulaban en el aire que corría entre las ventanillas abiertas de tu automóvil, más, creo que te quedaba muy poco de ellos y, mientras mi corazón se agitaba, permanecí agachada, zozobrando en el miedo de que te detuvieras. Continué seleccionando florecillas azules e intenté enderezarme gradualmente, pero no pude. Mi ciático me jugó una mala pasada esta vez. Sin embargo, nos miramos, creo que más profundamente que antes. Y cuando pasaste, supe que el hilo invisible que sujetaba nuestras memorias, seguía indemne, después de cuarenta años.


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14 de noviembre de 2015

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Bajo el mismo cielo

Bajo el mismo cielo
Fotografía de Belén Ferro Moreno

Yo era como una casa en ruinas
con los resabios de una vida,
con las paredes arañadas por el tiempo,
sin puertas ni ventanas
con el alma herida.

Era piedra sacudida por viento,
bañada de soledad,
pintada de ausencia,
con los pies anclados a la tierra
y cuyo único techo era el cielo.

Pero llegaste allí,
en el escalón preciso para reconstruirme,
en el instante que se muestra 
la belleza del mundo.

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11 de noviembre de 2015

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Amor galáctico


Este cuento yo lo escribí pero yo no lo invente, fue ese viejo sabio filosofo pseudo poeta de barbas que vive en mi mente, él, que goza de la palabra y define lo importante, y aparte, no me lo contó a mí, se lo contó al pequeño niño de cabello y ojos marrones, inocente, curioso y dudoso, él, que no conoce límites porque nadie se los ha enseñado, ese pequeño niño también vive en mi mente, recuerdo esa tarde ahí, asombrosa y llena de emociones. Pero bueno, esto dice más o menos así...

Antes de que el universo se pusiera de acuerdo para crear planetas donde pudiera nacer vida como el nuestro, las galaxias y órbitas no existían, los planetas eran capaces de moverse por voluntad propia y de comunicarse en su lenguaje, los soles no ardían y podían ir y venir sin lastimar a nadie. Un día un planeta sol gigante creo un pequeño planeta, cosa que solo se ve una vez por universo, el amor de estos dos tan incomparable fue tal que cautivó a todo el universo y acaparó la atención de todos, todos los planetas le regalaron luz al nuevo planeta, para llenarlo de energía y así creciera, nadie conocía tan lindo sentimiento, tan puro, tan noble. Al ver lo que este nuevo sentimiento causo en todos, el guardián del universo decidió crear un planeta especial, uno donde pudieran sentir lo mismo, donde un ser sea tan maravilloso y especial para dar a luz a otro ser. Esta noticia lleno de alegría, pero... ¿cómo saber si los habitantes de ese planeta valorarían el regalo que se les dio?. Llego un día gris, y con él, un sacrificio, el guardan del universo decidió separar a la gigante sol de su creación, la cual ella llamaba Luna, solo al ser testigos de este gran sacrificio y dolor todos los días, todo el tiempo, podrían valorar su regalo. Separaron al Sol y a la Luna, condenados a tratar de reencontrarse pero jamás poder hacerlo, por si fuera poco, el guardián prendió fuego a la Madre Sol para que si algún día ésta pudiera alcanzar a su creación, jamás la tocase.

El niño que vive dentro de mi mente me dijo que entiendo todo, me dijo "­­­­­­­­­­­­­­­Por eso el sol quema con tanta fuerza, le arrebataron a su hija, está enojada. Y por eso el brillo de la luna es tan suave y sereno, esta triste, extraña a su madre." Tenía razón, el sacrificio de unos, es ejemplo de otros.

Nicolás Cázares Ruiz.


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7 de noviembre de 2015

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Un viaje algo diferente…


Todo inició con la llegada de un mail de Paypal, con una gran promoción: un teléfono celular Samsung S6 con 30% de descuento. Me venía como traje a la medida, no nada más quería ese aparato, el mío estaba destruido y funcionaba gracias a la providencia… Se me había caído varias veces, así que además de la pantalla rota (por segunda vez) la pila duraba algo así como nada.

Así que después de dos clics (literal), el teléfono ya era mío. Estaba terminando un desayuno y acompañando de algunos amigos, mientras traían la cuenta e intercambiaba algunas ideas hice la compra, fue tan fácil como darle like a algún comentario de Facebook. Minutos más tarde comenzaría la gran travesía. La llegada del mail de confirmación del pedido me emocionó, tanto como comprar mi boleto de avión a esta gran aventura.

El día del abordaje por fin llegó. No había que salir de casa previendo llegar al aeropuerto dos horas antes del despegue, tampoco hay que hacer cola para documentar o batallar en la cola de revisión de seguridad (sacar mi computadora de mi mochila en verdad me molesta, ni hablar de quitarme el cinturón o los zapatos…). Éste se anunció con la llegada de otro tan esperado mail uniendo a dos grandes, uno el que me vendió el tan anhelado producto, y el otro el que será el encargado de llevarlo por el mundo en esta gran travesía, hasta tener el aparato en mis manos. Con un Tracking number (número de rastreo) te dan de manera gratuita un asiento en primera fila, solo hay que darle clic (esta es solo una vez) y seguir la liga para que nuestro vuelo inicie. Una vez el cinturón abrochado, asegurada la mesa de seguridad y el respaldo sin reclinar, ¡Vámonos! ¡Despegamos!

¡Primera parada Singapur!, el paquete fue recolectado a las 14.21 pm del jueves 20 de agosto, ósea mi futuro teléfono, reloj, cámara y acompañante ya está listo. Dos horas más tarde salió de “la estación origen” despegamos a toda velocidad, saliendo de un lugar galáctico con un destino aún desconocido para mí, pero solo con ver que venía de la estación origen me trasportó a la guerra de las galaxias imaginando por un momento que Han Solo sería el encargado de traerme personalmente mi Galaxy S6 y por qué no, Cheubbaca me ayudaría a configurarlo.

Beijín fue la gran anfitriona de mi tan esperado paquete, llegó a las 17.16 del viernes 21 de agosto. Con su gran muralla y la Cuidad Prohibida, mi futuro teléfono pasó un gran fin de semana. Ayudándome a imaginar todo lo que haría ese fin de semana, todos los mercados que recorrería y todo las chcharas que compraría. Pero como todo lo que inicia acaba, la travesía por el continente asiático pronto terminaría, acercándose a su destino.

Me relaje un rato, faltaba un largo camino. Sin saber cuál sería su siguiente destino imaginé que ya debería ser en continente americano, así que baje la persiana, recline el asiento y me dispuse a dormir un rato para esperar el anuncio del futuro aterrizaje.

Lunes a las 03.11 am el anuncio de llegada se hizo visible y además por fin supimos el destino: Memphis TN. Sentí un gran alivio ya de estar más cerca de mi tierra, al menos ya en continente americano. Imaginé mi paquete disfrutando de las vista del rio Misisipi además de tomar un paseo en el Memphis Queen para disfrutar un poco de las vistas, por qué no ya estábamos ahí…



Toluca Mx fue la siguiente parada, llegó a eso de las 18.41 pm del mismo lunes, ¡muy rápido! al parecer nada más perdimos el tiempo viendo que hacer en Memphis. Unas horas después ya había pisado suelo mexicano. Al llegarme la notificación sentí que ya no estaba ni aquí ni allá, me invadía ese mismo sentimiento que nos da el último día de un viaje. Ahora solo a esperar maletas para tocar ese tan anhelado botón verde en aduana y salir a casa… Así que a las 7.11 am del martes marcaba que el paquete estaba disponible para parea ser revisado por aduana ¡uy no… botón rojo! “El que nada debe, nada teme” pensé al ver esto, de seguro solo espulgaran un poco verán que es un inocente teléfono celular, que recorría el mundo entero para llegar a mis manos.

La espera fue larga y desgastante, los minutos eternos y el nervio estaba a todo. Ya sin uñas por morder y todas las tapas de mis plumas destruidas finalmente llegó la gran noticia “Liberación de envíos Internacionales” eran las 15.41 pm, esa hora nunca la olvidaré. Las últimas horas había vivido una angustia que me había envejecido años, sin contar la cantidad de plumas mordidas. Después de la tempestad viene la calma, a mi llegó a esa hora donde sentí un gran alivio al saber que lo peor ya había pasado, ahora solo esperar a ese miércoles 26 de agosto a las 14.40, hora que según ellos, el paquete llegaría a mi puerta.

Dormí bien esa noche, puse mi alarma muy temprano para estar listo y arreglado, por ningún motivo podía faltar a la entrega, aunque faltaban horas, pretendía estar ahí a su llegada. No supe que ponerme, si lo recibía en jeans para estar más casual o de plano en un buen pantalón de gabardina para verme más presentable. Había recorrido el mundo entero para estar en mis manos, es lo menos que podría yo hacer.

Naucalpan fue su destino inmediato, arribó a las 8.56 am a la estación local de FedEx. No quise ver más el reloj, pretendía que el tiempo volara y el tan esperado encuentro no se haga más largo. Sin lograrlo revisé por donde estaba y a las 9.58 am ya por fin “En el vehículo de FedEx para su entrega” se dejó ver en la pantalla aliviando todos mis miedos y angustias.

14.35 pm, en mi oficina. Detuve todas mis obligaciones, pendientes y tareas, corrí a la recepción donde me apoderé del asiento de Paty. Sin ninguna explicación, cuando regresó del “tocador” (como ella le llama al baño) ya su silla estaba ocupada por un desesperado que había recorrido el mundo entero para ese momento, al menos así lo sentí.

En punto de las 14.40 efectivamente un gran hombre, un caballero bien armado con un uniforme de color café y un cinturón resguardando todas sus armas. Caminó hacia mí con una sobre envuelto en papel burbuja. Me llamó por mi nombre haciéndome sentir importante para antes de entregarme el paquete informarme que debía casi 2 mil pesos de impuestos… -Que ahorro ni que la chin…..” pensé al ser informado de semejante cargo y sin tener otra alternativa hice el pago para completar la unión entre mi paquete y yo.

No lo voy a ocultar fue un gran viaje, una aventura sin precedentes que ocurre todos los días a todas horas y además por todo el Mundo. Es fascinante.
José Memun
http://www.nuevoenletras.blogspot.mx/
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4 de noviembre de 2015

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Una noche



El campo clamaba por un poco de agua. El Pancho, apurado, estaba arreando las vacas ya que pronto llegaría la noche. Cuando terminó de encerrarlas en el corral parecía que el cielo se venía abajo. Rumbeó para el rancho y en mitad del camino casi quedó ciego por el refucilo que iluminó todo.
“Mala noche”, reflexionó. “A ver si entoavía anda por ahí la luz mala", se dijo. 
Unas nubes negras que avanzaban a gran velocidad, le daban la sensación de venírseles encima.
“Y falta un trecho pa´ llegar a las casas”, pensó. Viendo una de aquéllas, muy espesa y amenazante, parada justo enfrente suyo, se imaginó que habría que librar batalla. Según su entender, tenía forma de diablo. El Pancho no se achicó, se quedó quieto, como helado, ante el monstruo y en ademán de tomar el facón de su cintura, metió la mano en el bolsillo trasero de su bombacha, sacó una crucecita de madera que llevaba siempre consigo y se la presentó a la nube diabólica, semejante ahora, a esas gárgolas de los cuentos de misterio.
“¡No te tengo miedo a vos, ¿sabés?!” y alzando la cruz a la altura de la frente enfiló para su casa con firme decisión. La gárgola se fue tras el valiente con terrible designio, revoleándolo por el aire, lo elevó y arrojó varias veces acortando las distancias hasta que el pobre hombre quedó tirado, casi en las puertas de su rancho. 
Cuando amainó la tormenta y comenzó a amanecer, los peones buscaron al Pancho, pero la búsqueda fue infructuosa; su cuerpo o lo que quedaría de él, nunca fue hallado. Sólo encontraron la crucecita de madera partida en dos.



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