30 de octubre de 2015

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La plaga del baile


Nosotros pusimos las primeras tarimas porque nos asustamos mucho y, bueno, también porque nos obligaron, pero principalmente porque estábamos preocupados. Ya para entonces se habían juntado todos los que debían con la consigna de descubrir cómo sacarle a doña Troffea el diablo de adentro, que la obligaba a lanzarse a la calle con tanta desfachatez como no se había visto por esta ciudad de Dios.

“Líbranos padre nuestro de la plaga que nos lleva contoneándonos de lado a lado, hechos unas fieras a la hora de dar las vueltas, gritando cuando las piernas se tironean y los pies ya sangran”

Para que decir que a todos nos parecía de lo más escandaloso durante las primeras horas. Dicen que sería algo que se le pego por el fuego, de regreso del horno de pan, aunque el panadero no sufrió perjuicio idéntico. Sería de felicidad, quién sabe, seguro son habladas de los que no hacen más que inventar, porque a la señora Dios le quitó dos hijos apenas el año pasado, así que no tenía razón de andar por ahí bailoteando de puro gusto. Nadie puede juzgar a los que se hacen figuraciones porque con éstas cosas uno sospecha. Todas las gentes del pueblo sospecharon, los galenos y el señor gobernador sospecharon, los dos curas del pueblo sospecharon. Al poco todos se echaron sobre ella, con la seguridad de que era llevada por esas artes de la serpiente traidora. Todos querían apaciguarle los ánimos con rezos y hasta dos o tres malas palabras.

“Del diablo, quítanos Señor de las alturas sus tentaciones impuras, que no se apodere de nosotros la fiebre que nos aleja de ti y nos hace apartarnos también de los desgraciados”

Ya la estaban metiendo al agua de la fuente para que se le saliera el mal, cuando se dejaron venir tres igualitos, subiendo las manos en cadencia con las nalgas retozonas, atravesando patios y subiéndose a jardineras y puentes. Puros hijos disciplinados de Dios en otros tiempos. Se pusieron a corretearlos también a ellos, sosteniéndoles los antebrazos y sacudiéndolos de los hombros, pero los otros en vaivén callado y con los ojos cerrados, trataron de tomarlos en un improvisado baile de parejas. Así llegaron otros, unos viejos con las piernas torcidas, unos jóvenes alternando los hombros. Los niños locos de alegría les armaban rondas alrededor y les tiraban a veces piedras.

“Mira Señor a este pueblo tuyo, compadécete de los que así se frotan con los otros, meciendo sus cuerpos juntos, compadécete de la impudicia de la carne Señor”

Nosotros nos reíamos, sí que nos reíamos, de burla y de nervios, viendo a las hijas de los señores nobles levantándose las faldas entre zapateros o señoras de mercado. Los que miraban se organizaron para llevar cazos rellenos de agua bendita a la plaza, pero el frescor del agua de pileta sólo les hacía redoblar el ánimo. No era el diablo, dijeron, pero seguimos sospechando. Los galenos se metieron en sus cuevas a recalentar plantas amargas, pero ni bien se las tomaban los danzantes, se vomitaban todito encima, bañando de paso a sus compañeros de baile, esas hijas de señores nobles, labriegos que se retorcían con sus atados de trigo, mujeres con buen ritmo que llevaban a los niños prendidos todavía de un pecho.

“Las enfermedades hechas de los malos enconos, de las envidias, de los malos espíritus que atormentan a las pobres gentes que no encuentran su medicina”

No sé, quizás era una danza de alegría, aunque es difícil creerlo, así como andaban todos ampollados y con los pelos revueltos. Día y noche se anexaban más. Los que quedaban buenos no bebían del agua de esas fuentes, temiendo pertenecer a ese grupo incontable que se congregaba en medio del pueblo retorciéndose como peces dando bocanadas. No quisimos comer de su pan, ni ir a las tiendas de sus familias, no quisimos cortarnos el cabello, ni sacarnos con ellos las muelas. El gobernador se encerró de nuevo a piedra y lodo con los que aún no tenían la afectación.

“Si la enfermedad lleva su curso, que no se permita que la danza merme a pesar de los rigores del calor, el hambre y la sed. Mas pronto sufre el cuerpo, mas pronto comienza la fortaleza”

Medio día después salieron con el entrecejo consternado y nos fueron a buscar. Nosotros nos habíamos metido en las casas, porque luego de la sorna nos entró un temor grande de juntarnos con esas almas en pena que pulían las piedras del pueblo con las plantas desnudas, no queríamos que nos cayera el maleficio de su enfermedad. Nos sacaron casi a la fuerza so pretexto de que abandonábamos a contagiados a su horrorosa suerte y esas cosas no son dignas de las buenas conciencias.

“Que haga el hombre lo que su conciencia le dicte, pero sea piadoso con los inocentes a quienes les acomete la desgracia. Es menester del buen ciudadano velar también por su vecino”

Ahí vamos dale que dale, todos cargados de maderas y herramientas a construir en medio de la casa de gobierno y la iglesia un templete bien afianzado, entre el ruidero de otros que sacaban sus instrumentos para armar un festejo como si de verdad hubiera algo que celebrar. Yo digo que si llegaron otras gentes al pueblo, no se dieron cuenta de que la fiesta que montamos no era de dicha sino de pura desesperanza.

“Que el cuerpo exude los malos humores que le rellenan también el alma, para que pronto adquiera salud y la forma normal de comportarse, si no fuese así, que se le condene a errar solitario”

Muchos de los apestados agitándose se golpeaban contra la gente y las casas, aquello era un hervidero de cuerpos olorosos, con gritos de vez en cuando si uno caía muerto de repente. Seguimos construyendo pistas y templetes, altos o bajos lo mismo, los músicos con los dedos partidos, los seminaristas y los curas con los ojos elevados al cielo pidiendo clemencia y el gobernador encerrado imaginándose el siguiente paso, que unos dicen sería renunciar.

“Y si así no lo hiciese, que el pueblo en todo su derecho se lo demandiese, se lo exigiese, se lo obliguiese. Un representante del pueblo que no baila a su compás, es un acorde que lo desafina”

Todos bailando desde que salía el sol hasta que se ponía, sin atender razones, llorosos y adoloridos, por ellos, por sus muertos en las hambrunas que se pasan en estas tierras, por los hijos que se apagan de tan flacos y amarillos, por las penas que se pasan cuando no llueve o cuando de más llueve.

“Dios bendito y misericordioso sana los males del alma a todos los desesperanzados que no sabemos si nuestra gente podrá seguir en pie. Que los menjurjes nos salven las enfermedades del cuerpo. Que la conciencia se nos limpie sabiendo que es real justicia, mientras los miramos alejándose de nosotros, cayendo como moscas que llegan a ti Señor”

-.-

Así como llegó la “plaga de baile” que azotó Estrasburgo allá en el año del Señor de 1518, afectando a más de 400 buenos ciudadanos, de los cuales a algunos habrá matado de extenuación, también se cesó. Las teorías no han encontrado una causa suficiente.

Ren Solleiro

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27 de octubre de 2015

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Sensus vitae


A los seis años, tres meses y doce días de vida se le cayó su primer diente de leche. Era el segundo incisivo superior izquierdo. Lo perdió casi sin enterarse, mientras roía un hueso de caña para sorber la médula. Su madre le había hablado de una antigua tradición familiar, por la cual, cuando se caía un diente, había que arrojarlo al mar mientras subía la marea, y si las olas no lo devolvían, cualquier deseo podía hacerse realidad. Claro que todos sus antepasados habían vivido en Luarca, en cambio, cuando él aún tenía todos los dientes bien amarrados, sus padres habían decidido emigrar a Madrid, donde todavía no se había inventado el mar. Lo que más se le acercaba eran las contaminadas aguas del río Manzanares, protegidas por una infranqueable barrera de coches asesinos lanzados a toda velocidad por autopistas que corrían paralelas al cauce. Dadas las circunstancias, Manuel tuvo que conformarse con el váter compartido del descansillo de la escalera como santuario privado para el ritual propiciatorio de su primer diente. Al fin y al cabo, por lo que él sabía, era la única ruta posible hacia el mar.

Otros tres dientes siguieron idéntico camino, pero como no viera cumplido su deseo, decidió cambiar de táctica. El primer colmillo no contó, porque se lo tragó accidentalmente y, aunque su destino fuera el mismo, se olvidó de formular la petición. Luego vino un premolar del lado inferior derecho y, en esta ocasión, lo dejó caer directamente en la boca de una alcantarilla después de introducirlo en una cáscara de nuez para que flotara. La idea se le ocurrió leyendo "El soldadito de plomo", aunque más tarde pensó que, igual que le ocurría al protagonista del cuento, su improvisado barquito podía llegar a ser menú de algún pez hambriento por lo que, a partir de entonces, tomó la precaución de erizarlo de alfileres.

La madre de Manuel murió dos meses antes de que éste cumpliera ocho años. Durante el velatorio se dio cuenta de que otro diente le bailaba en la encía a punto de caerse y se le ocurrió que quizá su madre si, como todos decían, estaba más cerca de Dios, pudiese pedir cosas más importantes, así que se lo arrancó de un tirón y lo dejó caer disimuladamente dentro del ataúd. Desde el cielo, ella podría dejarlo en el mar cuando quisiese. Justo después del entierro sus abuelos se lo llevaron a Peñafiel. A su padre no lo vio pero le dijeron que, de momento, no podía hacerse cargo de él. Las tierras de secano de Valladolid, aunque llanas, no eran precisamente el "mar Océano", sin embargo, Manuel tenía por que alegrarse, pues ahora podía contar con dos ríos. Uno de ellos era el Duero, inmenso y caudaloso, limpio, con personalidad, que a buen seguro encauzaría todas sus peticiones. Tres premolares siguieron su curso en sendos barquitos de madera.

Los dientes de leche siguieron cayendo pero Manuel no veía cumplido su deseo. Cierto día que se encontraba especialmente desilusionado, se atrevió a hablar de su secreto con su mejor amigo y éste, totalmente sorprendido ante el hecho de que su compañero no hubiese oído hablar en su vida del Ratoncito Pérez, quiso abrirle los ojos. Le contó que él ponía siempre sus dientes bajo la almohada, mientras dormía, y a la mañana siguiente, en su lugar encontraba la moneda que dejaba el ratoncito coleccionador de dientes. Manuel pensó que una peseta era mucho más que nada, por lo que esa noche se acostó sobre una enorme muela de tres raíces. Lo ocurrido, sin embargo, fue que pasó la noche en vela, hundido por el peso de la traición. Afortunadamente, con la primera claridad descubrió aliviado que su diente seguía allí. Puede que el ratoncito no hubiese pasado al verle despierto, pero en todo caso no quiso darle una segunda oportunidad, no fuese que, por una pocas monedas, perdiese la opción al gran premio.

Superada la etapa de crisis, Manuel retornó a su fe, y desde las ruinas de aquel castillo con forma de barco, que navegaba sobre los tejados de Peñafiel, juró fidelidad a su sueño. Por lo menos hasta que tuvo en sus manos el último diente de leche. El mismo diente que quiso regalar a su chica en prenda de amor, pero que ésta rechazó diciendo que le parecía una guarrería y que no quería volver a saber nada más de ninguna de las partes de su cuerpo, en conjunto o por separado; por lo que la mencionada pieza dental también embarcó en las riberas del Duero, con rumbo al mar, llevándose los postreros retazos de su niñez.

Tenía catorce años y una flamante dentadura completa cuando volvió a Madrid. Vivió con su padre en un cuartucho de Vallecas y cambió de trabajo muchas más veces que de camisa, consecuencia de ese talante inquieto e inconformista que, heredado de su madre, iba forjando su carácter. La vida pretendía enseñarle que la ilusión se pierde con la edad, pero una oportuna paliza de su padre mantuvo la magia cuando, al escupir una bocanada de sangre, descubrió un diente partido que tintineaba en el lavabo. Manuel comprendió la señal y esa noche dejó Madrid. Su padre nunca tuvo la ocasión de volver a pegarle y tampoco vio el diente que Manuel le había dejado bajo la almohada, con sus mejores deseos.

Una vida errante llevó a Manuel de una ciudad a otra, de un cuartucho a otro, de un trabajo a otro, dejando trozos de sí mismo en cada sitio pero sin llevarse nada como equipaje. Cada empleo que conseguía a duras penas le proporcionaba lo suficiente para sobrevivir y pagarse el viaje a un nuevo destino, a un nuevo cuartucho con una sola cama. Nunca dejaba nada que no mereciese la pena dejar, siempre habría delante un lugar que mereciese la pena buscar. Por el camino, dos fulminantes caries y cuatro metros de caída desde la plataforma de un andamio permitieron que su sueño navegase por grandes ríos, hacia un futuro desconocido que en cualquier momento podía traerle la felicidad.

Un día brumoso de otoño, el mismo día que, treinta y siete años antes, viniera al mundo, le sorprendió asomado a las aguas del Rhin, en Colonia. Pero entonces no tenía ningún diente que arrojar a la corriente, para que llegase al mar, para que el mar se lo quedase para siempre. Aquella mañana en que cumplía treinta y siete años, Manuel no quería pensar en nada. No quería recordar el sueño en el que veía todos sus dientes de niño esparcidos por la arena, entre las algas sucias de la resaca. Manuel observaba las estelas que las gabarras de transporte dejaban en el centro del río. Y sentía miedo. Miedo al final. Las estelas de los barcos. Manuel no viajaba hacia el mar. Sólo sus dientes. Sólo su esperanza, su ilusión. No su amargura, su miedo a la decepción. Aquella fría mañana otoñal sólo miraba las estelas en el agua, vacío, solo.

Durante muchos años mantuvo intacta el resto de su dentadura. Al principio no quería pensar demasiado en ello, pero a medida que pasaba el tiempo fue creciendo en su mente el tumor de la obsesión. Dejó de cepillarse los dientes y cualquier dolor de muelas le hacía recobrar la esperanza, se atiborraba de dulces y chocolate, fumaba un cigarro tras otro, usaba la dentadura para abrir las botellas de cerveza, machacaba nueces y piñones y compraba paquetes y paquetes de chicle americano. El esfuerzo dedicado a tal dejadez comenzó a dar sus frutos el año en que Manuel cumplía los cincuenta y cinco. Los problemas de integración social debidos al mal aliento dieron paso a las afecciones físicas provocadas por la deficiencia de calcio o el aumento del nivel de glucosa, pero lo mejor fue cuando empezaron a sangrarle las encías con frecuencia. El médico diagnosticó una piorrea muy avanzada y el Rhin acogió en su seno a un desarraigado premolar.

Fueron tiempos felices. Por lo menos perdía una pieza dental cada año. Consiguió empleo fijo en una fábrica de cerveza y se mudó a un edificio de doce plantas cercano al río, con un apartamento sólo para él, retrete privado, agua caliente y calefacción. Incluso compró un pez al que llamaba Rich y, al menos una vez por semana, iba al cine a ver un estreno. Un día, cuando más cerca estaba de pensar que el mar le concedería su deseo, su vida cambió de nuevo. La reconversión industrial provocó el cierre de la fábrica y Manuel perdió su empleo. Una vez más, se encontró sin nada que ganar. Y sin nada que perder. Dejó de ir al cine, se fue del apartamento, sus últimas monedas fueron para comprar un bote de comida para peces. Después, Rich volvió al río.

Mientras tuvo energías y ánimo suficiente continuó peregrinando por caminos y riberas, de ciudad en ciudad, de río en río, viviendo de la beneficencia y buscando refugio en los albergues. Transcurridos dos inviernos, su sustento dependía de la caridad de los transeúntes, mantas y cartones eran su cama en los fríos callejones, y los pocos dientes que le quedaban hacían su travesía en botellas de vino. Sin llegar a saber muy bien cómo, su viaje terminó en Copenhague. Ciudad activa y cosmopolita, ancestral puerto de mercaderes, parecía un lugar tan bueno como cualquier otro para dejar que transcurriera el resto de su vida... cerca del mar.

Entre amplias plazas y animadas calles comerciales, ante las suntuosas puertas del Tívoli o en el acogedor vestíbulo de la Estación Central, Manuel consumía sus días. Pero bajo aquella capa de mugre, de alcohol y de olvido, aún latía un pulso. Un pulso que le empujó un día a caminar hasta el puerto, como si una postrera obligación le llevase a enfrentarse a su destino. Y allí, junto al mar, en un muelle solitario al atardecer, se encontró con algo que, así, sin más, hizo estallar su corazón y limpió su alma del miedo. Sus ojos vidriosos contemplaron una pequeña silueta, recortada contra el rojo sol de poniente, y aquella imagen al final del camino dio cuerpo a su fe.

Los turistas mostraban una tierna curiosidad por aquel vagabundo que parecía una grotesca figura de cera en el borde del muelle. Algunos atrevidos incluso le preguntaban el motivo de su extasiada y estática sonrisa. Manuel contestaba que todavía le quedaba un diente y cuando este se le cayera, pensaba ponerlo a los pies de la sirenita, porque sabía que ella nunca dejaría que el mar lo devolviese. Quienes le escuchaban le miraban con indulgencia, le daban alguna moneda y se volvían para hacerse una foto junto a la pequeña escultura, símbolo de la ciudad, que miraba al horizonte sentada sobre una roca.
Isidoro A. Valcárcel
 
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24 de octubre de 2015

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No


Mi costumbre de empujar afuera mi pasado
no hizo con vos la excepción
Cierro la boca y mi alma, para evitar más promesas ilógicas
que no está a tu alcance cumplir.
Ahí te dejo tu inmensidad desolada,
Llévate lo que te sirva y corre a ser feliz
Que yo me quedo en paz con lo que te impedía serlo.
Sabré hacer con mis pedazos un nuevo intento,
Me reconstruiré, testaruda eterna,
Y nadie volverá a pedirme silencio,
Porque sabré entender que mi voz no sabe callar
lo que las entrañas moviliza.
Aprenderé con indiferencia
a hacer daño del mismo modo que lo haces vos…
Anda con tu capricho,
que nadie tendrá que recriminarte tu vanidad egoísta.
No tendrás que volver a mirar por encima de tu hombro,
Ni esconder de mis ojos tu irracionalidad,
no estarás más obligado a esforzar tu creatividad con mentiras
y solo ocuparas tu tiempo y espacio en satisfacer tu frivolidad.
No habrá ya vaso que rebalse,
solo vidrios rotos estrellados contra una pared.
Tampoco habrá quien ataje tu caída,
Ni quien espere tu regreso con sonrisa abierta.
Tendrás la libertad, y el mundo, vacío,
La conformidad del silencio, callado, oscuro,
Y llenaras tu encierro con tontos cuentos de amor.
Tendrás la vida dispuesta,
y tus sueños de plástico y papel moneda
Y allá estará esperándote la pared.
Pero no, esta vez no!
No habrá quien contenga tus compuertas desbordadas.
Esta vez el hastío se convirtió en monstruo,
Hizo hogar en mi corazón,
cerró la puerta con llave y se la tragó.

Daiana Bobboni
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22 de octubre de 2015

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Terrateniente de tus lunares.


Mujer, tú que crees que te posees, tú, que me has visto arder sobre tu cuerpo, tú, que con sonrisas conseguías treguas de paz en medio de guerras, tú, que regalas gemidos a otros oídos, tú, que crees inocentemente que ya no eres mía. Mujer, te tengo una noticia, el tiempo que estuve contigo dibuje mapas, explore profundidades, luché contra demonios, bese ángeles, soporte tormentas, trace diagramas, planee estrategias, me ate fuertemente a tu corazón, nudos que duran toda una vida. Encontré planetas sobre tu piel, con ellos forme constelaciones hermosas, clave con firmeza mi bandera , les di vida, tomé esta flama que arde por corazón y encendí tu camino, tus mejores momentos, tus emociones más fuerte, las veces que creíste que no podrías ser más loca y feliz, tomé tus miedos y los hice míos, a cambio, me diste la paz que necesitaba, calmaste al monstruo come emociones que llevaba dentro, me enseñaste a conversar con la mirada y también que el infinito existe en un beso. Mujer, tú que llevas tus lunares a donde sea que vayas, tú que posees esta historia de la que pocos saben y muchos opinan, me dediqué a conquistarte, a hacerte mía, pero no de esa forma exclusiva y superficial con la que algunos ogros en vez de hombres creen tener, te hice mía desde adentro, te hice mía para que me pienses cuando ya no me tengas, para que me extrañes cuando todo falle, para que regreses cuando estés lista, mujer, yo soy el terrateniente de tus lunares.

Nicolás Cázares Ruiz.

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20 de octubre de 2015

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«...chocolate, café, canela... ¿limón?»



— Contame, ¿qué sentís?

La miré como quién mira a un extraño pedirle direcciones, con asombro y curiosidad.
«¿Qué siento?», ha de ser la pregunta más burda y sencilla de todas las que he recibido por su parte; aún así, me encontré sin palabras de respuesta, sin ideas claras en la mente. Me encontré por primera vez, como hace tanto, inútil.
¿Qué siento?, me pregunté a mi mismo. ¿Qué es en realidad lo que siento?, ¿rabia?, ¿tristeza?
Si lo analizo lógicamente, si siento rabia he de sentir tristeza. La tristeza alimenta y se escuda en una rabia sin sentido. Es la tristeza de un niño, de alguien que no comprende ni maneja sus emociones.
Pero, ¿es qué acaso no lo soy? Un niño me refiero. Soy un niño intentando sentir lo de un adulto. Buscando emociones que escapan no solo a mi entendimiento pero a mi desarrollo emocional. No estoy preparado para sentir... pero «¿Qué..?», esa es la pregunta. No debo desviarme.

— Enojo — respondí con poco convencimiento.

— ¿Enojo?

— Yo creo que si, es decir, para serte honesto no sé exactamente lo que siento. Es como una mezcla, ¿no?, un sinfín de emociones complejas que me comprimen acá en el pecho. Pero supongo que es enojo, rabia, tristeza... todo parte de un mismo todo. Como una masa de todo un poquito, eso y otras cosas... ¿viste cuando degustas un postre nuevo, qué decís: «uh, tiene chocolate, café, canela... ¿limón?»?, viste que siempre sentís como que hay algo más, o muchos «algo más». Bueno eso me pasa.


Mientras la veía anotar cosas en su cuaderno, perdí la vista en la nada y me inundé nuevamente en mis pensamientos. ¿Realmente sentía enojo? Sentía como el objetivo de mi ejemplo, alejarme de mis emociones y escudarme en el pensamiento lógico, se perdía en un pasado lejano; y como todas esas emociones complejas se apoderaban agresivamente de mí. Pensarlo solo logro humedecer mis ojos de una forma melancólicamente desagradable, pero no intenté disimularlo, no quería. «¡Debo permitirme sentir!» me recordé a mi mismo.

Las lágrimas se formaron en mis ojos y cayeron por su propio peso, sobre mis mejillas, y la barba entrecortada del mentón. La congoja y desesperación de la noche anterior volvieron a invadirme en ese momento; podía sentir el agujero negro en mi interior, una suerte de succión en mi pecho. Podía sentir todos mis músculos contraerse. Mi cuerpo tenso ante la inminente llegada del espasmo. Solo dos lágrimas lograron escapar esta vez (una por cada ojo), pero los espasmos continuaron. Mis ojos cerrados en todo momento. Nunca sentí tanto dolor en mi vida, he de admitirlo. La sensación de poderío en desgracia, de sentir como tu mente se preocupa única y exclusivamente por ti, lo que sientes tú en ese momento. No existe el cuidado ni la vergüenza. Solamente esa desesperante desazón pacífica, que recorre y abruma todos los sentires; y en su suerte de estancia, relaja hasta los músculos de la mente.

El espasmo se sucedió tal como la noche anterior. Duró apenas unos minutos. Luego mi mente tomó control. Mi rostro volvió a conformarse en una mueca de aceptación. Sequé mis ojos y mejillas, y me volví a acomodar en el asiento del consultorio. Inhalé y exhalé un par de veces, y aún con los ojos cerrados fui encontrando la paz en mí. Una vez calmo murmuré con una triste sonrisa en mis labios.

— Más tristeza que otra cosa creo yo, ¿no?



Eugene.





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17 de octubre de 2015

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Sirope


“Reportamos en vivo y directo desde el lugar de los hechos, donde un cuerpo aún no identificado fue encontrado a entradas horas de la noche en uno de los apartamentos de la residencia. De acuerdo a la información que hasta ahora se maneja, las autoridades fueron alertadas al recibir un llamado de la propietaria del inmueble tras tropezar con el cadáver, luego de ingresar a su morada. Los agentes del cuerpo policial todavía no han logrado establecer relación alguna entre el occiso y la propietaria, de quien se aguarda un testimonio que dé luz al singular acontecimiento.

Ya se han levantado las...”

La reportera de súbito hace un alto en su discurso, la cámara enfoca en la entrada del edificio la estrepitosa salida de una mujer que en menos de un segundo se encuentra rodeada por los micrófonos, cámaras y reporteros de otras cadenas de radio y televisión, hambrientos por quedarse con la mejor tajada de la noticia. Dos oficiales la escoltan. No tardan en llover flashes y preguntas. ¿Cuál es su versión –clic-clap-clic– de los hechos? –Chas– La dama los observa, los examina... ¿Tiene idea –chas– de cómo apareció un cadáver –clic– en su residencia? No despega los labios, mira a lado y otro con la vista perdida. ¿Cuál es su relación –clac-chas– con el cadáver? Se la ve perturbada, nerviosa, meditabunda... ¿Tiene consciencia –clap– de que el suceso la coloca –clic-clic– como principal sospechosa? –Clap-clic-chas–.

De golpe su cabeza se dirige hacia el emisor de la última interrogante, entorna la mirada, tiembla. Intenta emitir palabra pero en la agitación de sus labios se hace presente la duda. Se paraliza, por momentos se queda en blanco... O eso creen la docena de periodistas que la tienen en la mira y los miles de televidentes y escuchas que siguen a distancia la noticia. Ella, por su parte, sabe que desde hace un par o más de horas antes es imposible que en su mente abunde ese color, ni siquiera para limpiar o aclarar las imágenes que no cesan de reproducirse en su interior.

Como si hubiese tomado fotografías a medida que se desplazaba dentro de la estancia, veía las gotas de sangre en el suelo marcándole el recorrido hasta perderse en un pozo que engalanaba la alfombra del centro de la sala y que le daba un toque más vivo a sus floreados motivos. Sobre la retocada alfombra, la mesilla con fines decorativos y escasa utilidad era reemplazada por una especie de silla plegable que no recordaba tener en sus dominios y sobre la cual descansaba, en una trabajosa posición, el cuerpo de un desconocido. Tal vez, la manera forzada en que cada extremidad se sujetaba al tronco debió colaborar en la formación de esa idea. Jamás hubiera podido imaginar a uno de sus conocidos mutilados de ese o cualquier otro modo, aunque la imagen cobrara vida frente a sí. Los puntos en donde se había intentado inútilmente recolocar las extremidades seguían manando el rojo líquido, el cual iba tomando una composición extraña a medio camino entre el sirope de fresa y el de chocolate. Toda una delicia en obra de arte.

Tras el impacto del susto, los irreprimibles gritos, el llamado con voz sobresaltada y entrecortada a la policía, la turbación que la sacudía de pies a cabeza y viceversa, apenas pudo percatarse de que había algo reclamando su atención en la escena. Volvió a encararla recelosa, caminando insegura por su propia morada como si se le ofreciera un campo minado y, a cierta distancia, notó que uno de los brazos del cadáver aferraba una hoja de papel escrita contra el regazo. Había absorbido tanta sangre que era casi imposible leer el enunciado. 

Se infundió de un falso velo de valentía, se acercó otro paso e intentando reconocer las letras leyó: te-di-je-que-mo-ri... te di-je-que-mo... que mo-ri-rí-a-por ti. Cuando hubo hilvanado la frase, la soltó de golpe y de improviso se tapó la boca al pronunciarla. Emitió un gemido quedo, abrió hasta más no poder los ojos, retrocedió aturdida, dio media vuelta al borde de la desesperación y luego otra, tropezó con uno de los muebles. El estropicio hizo eco en la sala e, intempestivamente, una de las extremidades superiores del cuerpo retumbó en el suelo.

Gritó consternada y arrancó a huir hacia el pasillo mientras en su cabeza repicaban las sirenas de los autos policiales acercándose, el golpe seco del brazo al caer, sus pasos aproximándose a la salida, las frase del agente telefónico como el coro de una canción: “...mantenga la calma, ¿me oye? Mantenga la calma. Asegúrese de no tocar ni hacer nada hasta nuestra llegada”; las gotas que iban cayendo del cuerpo impactando sobre el suelo, en cuyo sonido antes no había reparado... Todo le hizo una cacofonía funesta en el oído. 

Luego escuchó que se rodaba una silla y alguien alzaba la voz para dejarse oír bramando “¡moriría por ti, moriría por ti!”. Giró perturbada hacia su espalda, luego al frente, no vio nada. La silla seguía rodando, alguien le repetía la frase. Tardó en darse cuenta de que el último par de sonidos correspondían a la evocación de un momento específico sucedido la mañana del pasado domingo y ahogó un grito de terror al dar con el origen de la silla plegable, sobre la cual ahora descansaba un cadáver.

Escuchó pasos aproximarse, giró perturbada hacia su espalda, luego al frente. Otra vez hacia su espalda, nada. Otra vez hacia el frente...

– ¡Aaaahhhhh! 

– ¡Mantenga la calma! Hemos recibido una llamada de esta dirección inform...

...Nada. Dejó de oír. Entretanto los cuerpos policiales irrumpían en su morada, perdió momentáneamente el equilibrio. A falta de audición se le intensificó el olfato: percibía el olor de los uniformes de los oficiales aunado al humo de la calle, la fragancia de su perfume cediendo a los sudores de su piel, el aire cargado de una extraña acidez. Sintió que empezaba a fluirle el olor de su propia sangre a través de la nariz... 

–Levante la cabeza, señorita –le escuchó a un oficial. Su vecina debía estar preparando la cena. Había algo... otro olor que no lograba identificar, pero...–. ¡Señorita! Levante la cabeza, por favor. –...le amargó la boca y le causó náuseas. Estuvo a punto de vomitarse la ropa. Su vecina también debía estar preparando un postre...–. ¡Llamen a los paramédicos que la mujer...! –Le pareció que también olía a sirope, pero cerró los ojos sin lograr identificar el sabor... 

Ahora que había vuelto a abrirlos y había recuperado la audición, solo tenía plagada de rojo sucio la cabeza. Las cámaras enfocándola le molestaban y la algarabía que se traía el lote de periodistas acosándola con preguntas, le producía otra irritante cacofonía. 

Cuenta hasta diez, cuenta hasta diez... –se repetía mentalmente para serenarse, a la vez que los dos oficiales que la escoltaban hacia la patrulla hacían lo suyo para abrirle y abrirse paso.

Uno... respira.

– ¿Puede relatarnos su versión de los hechos? –Dos... exhala. Se atravesó un reportero interponiendo un micrófono entre ella y él. La dama negó con la cabeza, indispuesta.

Tres... respira.

– ¿Puede explicar cómo apareció un cadáver en su residencia? –Otro la increpa. Cuatro... exhala. Ella no despega los labios y como respuesta mira hacia los lados con la vista perdida.

Cinco... respira.

– ¿Cuál es su relación con el cadáver? –Niega de nuevo. Seis... respira. Se la ve perturbada, nerviosa, meditabunda… 

Siete... ¡respira!

– ¿Tiene consciencia de que el suceso la coloca como principal sospechosa?

Ocho... Aguanta el aire.

De golpe su cabeza se dirige hacia el emisor de la última interrogante, entorna la mirada, tiembla. Nueve... suelta. Los oficiales logran llegar a su destino, alguien le abre la puerta de la patrulla y la obliga a entrar, antes de acatar la orden percibe un ligero jalón en el bolsillo inferior de su abrigo.

Diez... Suelta el aire, ¡suelta el aire...! –se reprende en vano, a esas alturas le cuesta trabajo respirar.

– ¡Entre al coche! –le instan de manera amenazante. Obedece. En el asiento trasero se palpa el bolsillo y descubre que han puesto algo en él. Introduce una mano vacilante, sus dedos topan con un trozo de papel. Lo toma, lo extiende trémula y se le hace un nudo en la garganta cuando lee su contenido en silencio.

A unos cuantos kilómetros, sin perder detalle de cómo la patrulla policial se pone en marcha, alguien reproduce los fonemas que habría pronunciado la mujer de haber leído el mensaje en voz alta: – ¿Imagina qué sorpresa se llevó quien la sorprendió esta noche y la que usted será pronto para alguien más? Cuide sus palabras de hoy en adelante, no sabe a quién puedan condenar. El juego apenas inicia. Empiece a esconderse... si quiere. (Ja, ja... si puede) –Agregó irónicamente– Yo ya he dejado de contar.

– ¿Ehh? –Le reclama la atención un niño halándole los pliegues de la capa–. ¿Trabaja en tv? ¿Practica usted para un papel? Mamá dice que de grande...

– ¡Barghh, mocosos! –gruñe torciendo el gesto. En un ademán de disgusto retira la mano del pequeño de su vestimenta con una estoica sacudida y llevándoselo por el medio, reemprende impasible su camino.

Dentro del coche, esta vez en movimiento, la mujer se mantenía atónita, sin habla, sumida en un extraño trance; y la nota, había resbalado de sus dedos temblorosos hasta posarse indiferente entre sus zapatos.

Los oficiales, ajenos a ella y a todo, mantenían una superflua conversación:

– ¿No huele algo extraño? ¿Como empalagoso?

– ¿Cómo así? ¿Como a algo dulce?

–No sé, como a caramelo rancio...

El hombre esperó aguardando la afirmación del otro, pero este solo se encogió de hombros.

Sin embargo, la mujer, pálida, fuera de sí y desprovista de toda emoción; gritaba para sus adentros: ¡a sirope, maldita sea! ¡Huele a sirope! 

Solo que ya no le importaba el sabor.


Aldo Simetra


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14 de octubre de 2015

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Una vaca y un cuchillo

 
Tenía una vaca y un cuchillo. Una tapera de rancho que daba pena verla de reojo y la inmensidad gloriosa y patriótica de la santa Pampa a su merced; dando por verdad, que para el gaucho, toda la tierra es cancha.

Ismael Sosa, mientras observaba la sombra que su rotunda nariz proyectaba en la tierra, le sacaba filo a una rama, de vicio; y no le perdía oído a su fiel vaca, que no muy lejos, calmaba el hambre. Era vaca fina, animalito servidor e inofensivo; Sosa sabría degustar sabrosos mates de leche que ordeñaba directamente sobre el porongo. Su animal era el amigo confieso, la mujer cariñosa, el hijo testigo; podía encontrar en ella la excusa para no morir solo y sin tener cerca sangre caliente cuando la de él se hiele en penumbras.

La había conseguido en Santa Fe, en una feria de juegos. Era noche de buena suerte y Sosa le echaba mano a toda las jugadas. Llevaba tres bolsas de papa en tres partidas de truco y el beso de una corpulenta italiana en algunos pases de taba. Embriagado por la suerte se acercó hasta los gallos, adivinó quien parecía mas recio y apostó las bolsas; “no arriesgo el beso porque con las mujeres no se juega”, dijo, y se aparto del montón para ver la pelea. Los gallos, entorpecidos en los sacudones que sus propios impulsos generaban; se arrancaban los ojos, pedazos de piel y el desplumaje era patético. Estas luchas causaban gran emoción en la paisanada, aunque algunos eran reacios a la insensible contienda. No faltaba algún tomador de vino que hiciera algo inapropiado al respecto. Como la de un joven delgado al que apodaban “Pavito Real”, que abrumado por el alcohol de dos días de fiesta, dejó brotar de su corazón la angustia del dolor injusto al ver lo sangriento de las riñas, y corrió envuelto en lágrimas, como un Pampero en lluvia, a salvar la vida de esos animales que viajaban a la muerte por culpa de la ambición y la torpeza del hombre. En el justiciero recorrido fue interceptado por un chango que intentó dominarlo; “Pavito Real” no opuso resistencia y se dejó llevar hasta los alrededores de la pulpería. Volvió mucho mas tranquilo, rato después.

Sosa no sacaba los ojos de encima del plumerón rojo que había elegido y este, menos bravo de lo que aparentaba, llevaba adelante una lucha decente. Como la mayoría estaba con el, y algunas apuestas eran espesas, el aliento para el gallo era altivo, emocionante; cada picotazo del ave era aplaudido con algarabía, inclusive, algunos se abrazaban emocionados. Aquel animalito, en esas circunstancias, representaba la dignidad gaucha, sobre todo la del cobarde que sabía vivenciar la furia a través de los gallos peleadores. Finalmente ganó, pero minutos después colapso de un paro; así que lo sumaron al bidón de apuestas. La repartija fue despareja, como las apuestas propiamente dichas. Mas que un reparto de premios, era un saqueo. Sosa parecía llevarse una manta de vicuña, pero alguien le aconsejó no desperdiciar el ternerito, que en dos meses iba a ser una delicia.

Sosa llevaba cinco años con su vaca, alimentándola y cuidándola como a la mujer, sabiendo que ante cualquier necesidad humana estaba la necesidad de querer y ser querido. No faltaba, a luz del lucero, las coplas que encarnaban su nombre y daban gracias a la Pampa por tener las cualidades que no la dejaban morir.

Ismael Sosa afilaba su vara con la rudeza del paisano y la sutileza del artista. No había necesidad de tallar nada, pero el vicio estaba en la punta, en el filo, en la profunda agudeza del daño por provocar estaba la mirada. Porque esa es la fija del gaucho, que pocas cosas cree indispensables. De ahí la otra obsesión de Sosa, su cuchillo. Nunca se separaba de el ni para dormir, lo hacía sentir seguro, confiado, varón. Entre puño y hoja no media mas de treinta centímetros; era rústico en su talla, pero amarrado a los gruesos dedos de Sosa se lo veía como una serpiente encendida en fuego. “Ese cuchillo tiene olor a personas y a diablos” solían decir en Areco. Lo intensa que puede ser la relación de un gaucho con su cuchillo era claramente perceptible en Sosa, que adoraba empuñarlo y juguetear con el hasta en situaciones complicadas. Como en lo de Juárez, el porteño.

Si bien el frío no acobarda a las fieras, a menudo las agazapa y Sosa andaba ese invierno medio desnudo y perdido en pagos cercanos a los suyos. Venía de una redada, malas juergas para pobres. Juárez tenía una posada vieja y barata cerca del centro de Buenos Aires; un lugar donde solían esconderse temporalmente los que escapaban o ocultaban algo. Y ahí fue a parar Sosa. Cuando entró al lugar echó una de esas miradas densas del macho bravo, intentando transmitir la seguridad y el valor de su temple y a efectos de que nadie le cause problemas. Medio se recostó en una baulera y de muy buena manera pidió una jarra de vino. Al rato y con la sangre en tinto, comenzó a adormecerse.

La cabeza se pierde en la nada, en la tibieza del abandonarse al cansancio, arañando residuos espirituales, entregando, confiando en la pureza de sus consejos y devolviéndose al vientre de la noche, que aparentemente, todo apacigua, calma, tranquiliza. Hasta que un cuchillo le acarició la garganta.

Sosa quedó tieso, con las órbitas oculares intentando descubrir la gravedad del asunto. “Depende lo frío del cuchillo para saber que tan bravo es su dueño”, escuchó que su atacante decía. “No parece tan bravo aquel que ataca por la espalda”, arriesgó mientras su garganta sentía el delgado filo abrirse paso sobre la piel. Muy audaz este hombre, Juárez, que puso un trabuco sobre la sien del maula y obligó a que soltara a Sosa. Este apenas estuvo a tiro de defenderse exclamó al pulpero bajara el arma y dejara a estos dos paisanos resolver sus asuntos en la vereda. “No se arriesgue buen hombre, mire que este no es de confiar”, “provoca por la espalda, pero después mata de frente”. Ese gaucho era nada mas y nada menos que “El indio”, hijo de inmigrantes, se crió en una toldería donde convivía con quienes lo secuestraron de su familia, hasta que escapó en su adolescencia y se fue a trabajar la tierra para unos estancieros que lo trataban como a un esclavo. Pasado de todo, enloqueció, se enfermó de sangre, sus manos solicitaron el ahogo profundo de la piel caliente, muriendo. Así se dedicó a matar y a vivir huyendo. Siempre hay quien mata por placer y escapa para no dejar de hacerlo.

Se trenzaron en la calle como dos hienas afiebradas. El indio era rápido, inteligente y con una brutal necesidad de vencer a su rival; en cambio Sosa era la paciencia, el movimiento preciso en la acción mas concreta; su cuerpo, su mirada y su intención pertenecían a un mismo mecanismo asesino, formaban parte de una célula letal. Sabía que su rival lo había elegido porque lo entendía un oponente de esos que te mejoran la imagen de guapo; sabía entonces que El indio le iba a tener mucho respeto en la lucha, y tal vez algo de miedo. Por eso, El indio, bailaba con la mas fea, porque a pesar de la agilidad y el temple, un buen luchador necesita ser sabio para no dejarse llevar por una falsa confianza o una estúpida astucia.

Así mató a El indio. Y esa historia marcó un antes y un después en su vida. Pero eso es vino de otra cepa.

Sosa tenía entre sus manos la punta mas filosa que podía dar aquella madera, y la observaba complaciente, haciéndola parte de su universo telúrico.

Su vida de campo era solitaria, penosa y reflexiva. No tenía muchas cosas materiales, pero cada una de ellas contenía un valor inmenso. Ni hablar de la vaca y el cuchillo.

Cuando el sol comenzaba a adormecer, a eso de las siete; un paisano vecino de Sosa se entrometió en la calma piadosa de la diminuta porción de Pampa en la que vivía nuestro gaucho; a los gritos, nervioso. “¡Ismael, amigo, hay que irse!, está llegando un malón de indios de la frontera; están arrasando con todo; hasta mataron a Juan Bulnes, delante de su hija, “la linda”. Sosa lo escuchaba tranquilo, ni siquiera levantó el mentón para observar a su vecino. “Son alrededor de treinta salvajes”, repitió algunas veces; pero al ver la reacción pasiva del gaucho y al no sentir siquiera que este podría contestarle una palabra, empezó a alejarse al trote desesperado. La vaca rumiaba complaciente, hasta se podía notar en su gesto un aura de ternura hacia su amo. Ese amor que impone la naturaleza para sostener las necesidades mas profundas de la vida. Uno puede morir de amor, tanto como de sed o de hambre, solía pensar Sosa en silencio. Algunas horas pasaron hasta que Sosa escuchó el rumor del bravo galope que a lo lejos venía. Se ató el pelo para atrás, se arregló un poco la barba y se acomodó los trapos que usaba como vestimenta. La vaca miraba una puesta de sol que emitía estertores apocalípticos, pero que no delataba nada peligroso. Un minuto después, las figuras enrojecidas por la furia se montaron sobre la línea del horizonte. El gaucho tanteo la daga, cargó un trabuco viejo y oxidado y se dedicó a esperar.

La llegada del malón al rancho de Sosa fue en un parpadeo; nuestro valiente gaucho desenfundó su daga mientras disparaba al pecho de los salvajes. Tres cayeron a causa del arma, y en una lucha desigual cuerpo a cuerpo, habiendo cuereado a dos con su temple imponente, otros siete lo dejaron medio muerto sobre una piedra, con dos puntadas serias en el abdomen y varios golpes de boleadora en la cabeza. Cuando los indios encendieron su cueva, rajaron al grito pelado en busca de mas miseria. Sosa, que sentía como la sangre brotaba de su garganta, y aunque no le quedaba un suspiro, inclinó la cabeza para rastrear la vaca. Ella estaba sobre el suelo, inundada de sangre; emitía un gemido tibio entre los chasquidos del fuego. Sosa no soportó el dolor de verla sufrir y a la rastra se le acercó. Primero la besó fuertemente en la boca, haciéndole notar la firmeza del amo y la ternura del compañero. La vaca se dejaba ir hacia aquel final inexorable, pero en medio de ese crepúsculo de oscuridad, sufría enormemente, así como padecía enormes dolores en el cuerpo el gaucho temible, que con lo poco que le quedaba, intentaba rescatar a su animal de la agonía. Cuando esta parecía no ceder al afecto y la compasión, Sosa entendió que debía ser mas macho que aquel que se trenzó con los indios. Seguía su cuchillo empuñado y con una fuerte presión en el pecho lanzó tajo certero al cuello del animal, que desbordó en un torrente de sangre y de muerte abriéndose camino por la carne acabada de Ismael Sosa, hasta terminar humedeciendo los pastos de una tierra que hace años escurre sangre.

Encontraron a Sosa y su vaca nueve días después. Estaban abrazados, como dos amantes; sus cueros rostizados; dos amplios gestos abarcando el cielo, la Pampa y la eternidad gloriosa de una vida gaucha.


Rodrigo Tanoira

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11 de octubre de 2015

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Desaparecer


Y así fue como la sacudida me hizo morir en vida,

como cada partícula de mi alma se iba desintegrando en el aire,

dejando el futuro impredecible y vacío como un infinito desierto crudo.

Como la conciencia se me había partido en mil pedazo, quedando completamente nula,

dejando un inconsciente solo y asustado que iba apagando una a una las luces de mi recuerdo.

El estómago estrujado, aplastando sin piedad las velitas del amor desesperado.

Casi respirando, entrecortado, bocanadas de miedo, dejando apenas, un poco de aliento para poder hablar.

Tragando lagrimas que iban armando el laberinto de enredo en la garganta.

Congelándose así, toda mi sangre que aceleraba frenética por las venas.

Hundiendo a la fuerza toda gota de pasado que estuviera teñida de vos.

Cediendo la mirada, ya sin luz, cegada de rabia.

Escapando de los demonios que se nutren del tormento ajeno.

Humillando las palabras típicas del consuelo.

Negando como un amnésico, desquiciado tu nombre y tus manos.

Demoliendo consejos a garrotazos, carcomiendo el corazón debilitado.

Sin fuerzas de venganza, ni redimiendo trizas de pasión.

Así fue como iba desapareciendo en la distancia la memoria de los besos.

Anestesiando a la piel con frio... enfermando de dolor...

Arrastrando los zapatos a las calles desoladas, sombrías y quietas.

Así fue como la perfección iba cayendo en picada, como la lluvia afilada de tormenta que va cortando el suelo.

Atentando sobre cualquier gesto esperanzador,

Con la impotencia del ya es tarde.

Rehusando el chantaje del encuentro furtivo.

Permitiéndole el paso a la tan temida soledad, que entraba perversa en el desvelo.

Así iba atravesando mi cuerpo el puñal definitivo de asesino,

Sin piedad,

sin culpa,

sin el soplo absurdo del último deseo.

Así se alejaban mis manos de tus dedos,

así, como bajaba el sol en el horizonte de un mar de invierno.

Eliana Villella



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8 de octubre de 2015

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Todos tenemos el ombligo diferente


Las lecciones de vida no necesariamente las aprendemos de los grandes sabios, de las personas mayores o de un buen libro de motivación personal. Estas en su mayoría se nos presentan en la vida cotidiana, podría decir que están en el aire que respiramos, en las calles que caminamos y en la gente que frecuentamos. Su presentación es variable, pueden venir envueltas en un gesto, enmarcadas en un comentario o el la envoltura de lujo: una buena o mala acción de alguien.

Su efecto puede ser desde alegrar o amargar un momento hasta cambiar el rumbo de vida de una o varias personas, ¿Grueso no? Por eso hay que estar al pendiente y tener cuidado de los que decimos o hacemos, no sabemos lo que los demás podrán percibir de nosotros y si los estamos beneficiando o afectando.

Hace unos días en una fiesta infantil, después de mojarse y al cambiarse de ropa los niños, uno de ellos avergonzado se quitaba la playera alejándose de sus compañeros, tapándose con ambas manos su ombligo. El pequeño de 6 años, al tener ambas manos ocupadas, se le dificultaba sacar su ropa de su mochila. Me acerque para ayudarlo.

-¿Qué onda pequeño, porque te tapas el ombligo? le pregunté tratando de ser su amigo y no el Papá de su amigo.

-Me tapo porque mi ombligo es diferente al de los demás- Me contestó con algo de vergüenza en su carita, sin mover las manos de su ombligo y con dos chamaquitos curiosos a lado, a lo que tomando 2 cojines a manera de casita, logré aislarlo para que se sienta cómodo.

-Hijo, no te preocupes por eso, no todos tenemos el ombligo igual... Mira el mío también esta salido...- le respondí mostrando mi ombligo a lo que sonrió y me mostró el suyo, sin ver nada de particular, llamé a los pequeños curiosos que seguían ahí parados como reporteros buscando una buena nota, y les pedí que saquen el ombligo al aire fresco.

Ese día tuve la suerte de percatarme que alguien requería de algo, y sin importar qué, logré que olvide su incomodidad, se sienta seguro de sí mismo y que aprenda cada uno de nosotros somos distintos y tenemos necesidades diferentes, así como ombligos... dudo que hayan varios iguales. Sin querer ambos aprendimos una gran lección.

Lo único malo de todo esto, fue el reclamo de mi Psicóloga "Me estas quitando futuros clientes". 
 

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5 de octubre de 2015

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Un seguro que cubre todos tus sueños...

Una tarde estaba en una cafetería sentado en mi mesa y en mi mundo así de la nada y de repente me toco un señor la espalda.

-Jovencito tienes cara que requieres un seguro, ¡Verás soy agente de seguros!- Me dijo con mirada firme. No era joven, calculé andaba cerca de los 70 años. Portaba un traje gris Oxford, impecable sin arruga alguna, camisa blanca de cuello corto, moderna y bien entallada, remataba con una corbata a rayas vino con azul marino entonando perfectamente haciendo que todo él se viera perfectamente armónico y elegante. Al analizarlo bien, efectivamente su aspecto era de vendedor de seguros.

-Gracias señor, creo que por el momento estoy bien y no requiero nada.- Le respondí inseguro y un poco temeroso, no sabía que intención tenía el elegante y armónico hombre.

-¿Jovencito le puedo dejar mi tarjeta de presentación? Algún día podrá requerirlo y con gusto lo atenderé, ¡quedo a sus órdenes!- me respondió con su brazo extendido y entre sus dedos una flamante tarjeta blanca con letras en colores rojos, grandes y muy llamativos. A lo que con el afán de concluir el tan espontáneo encuentro, extendí mi mano tomando la tarjeta.

Minutos después y con mi página aun en blanco, me gano la curiosidad, saque la tarjeta de mí bolsa. Quería saber cómo se llamaba este misterioso caballero elegante y bien perfumado que de la nada me había abordado:
                                 
LIC. ABELARDO ESQUIVEL VILLAURUTIA
AGENTE DE SEGUROS
“ASEGURO TODOS TUS SUEÑOS”

Al leer esto, mi mente se puso aún más en blanco. Esa tarde me disponía de escribir un tramo más de mi novela. Al no poder articular ni una letra más recargué mi espalda en la silla y cerré lo ojos. Mi mete se fue a otro lugar, al menos en el que físicamente estaba y comenzó a soñar con este caballero…

Quería encontrarlo, Salí corriendo del lugar, busqué y busqué por varias cuadras alrededor del café. Pensé que seguiría abordando futuros asegurados. ¡No podía estar muy lejos!.

Al verlo corrí hacia él y al llegar le toque la espalda a lo que asombrado volteo hacia mí. Me reconoció de inmediato y sonrió.

-Licenciado siempre si requiero de sus servicios, sabe quiero que me asegure mis sueños, ¿puede? ¡Tengo tantos como hojas de ese árbol!- A lo que al suspirar me miró fijamente dejándome petrificado y sin poderme mover me tomo del hombro llevándome de regreso a la cafetería donde me encontró en un principio.

Nos sentamos en la misma mesa, ahí seguían mis cosas nadie las había tomado (recuerden que es un sueño). Cargaba con él un portafolio negro, muy grande y con dos candados resguardando todos sus documentos confidenciales. Al abrir su portafolio al estilo “Misión Imposible” sacó una gran libreta rosa. –La gente tiene michos sueños- pensé al ver que tardaba en encontrar una página libre. Cuando lo logró, sacó su pluma de la bolsa interna de su saco y me dijo:

-¡Ahora si joven! dígame por favor que sueños desea asegurar, no deje ninguno para poder darle una cotización…- concluyó mirando no más que su libreta, con la pluma recargada en el papel esperando que salga cualquier palabra de mi boca que él pueda escribir, a lo que por unos minutos no logré responder.

¡No sabía que pedir! ¡No sabía por dónde empezar! ¡No sabía si empezar!

Salí corriendo buscándolo para asegurar mis sueños, todos ellos, los que pasan por mi mente cuando imagino una vida feliz, cómoda y plena. Cuando finalmente estaba la persona que me vendería esa tan anhelada póliza que cubriría mis sueños no supe que pedir… o más bien no supe si quería pedir…

¿Pedirías?...

¿Qué pedirías?...


José Memun


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3 de octubre de 2015

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Curiosidad Infantil


El sábado era día de reunión obligada en la cuadra. Doña Cleotilde, Doña Hortencia, Tati y La Bruja, asistían sin falta a esas “fiestellas” que eran de entrada unas relajadas fiestas, según decían, pero que siempre terminaban en querellas donde se presumía hasta de las cosas más inocuas y superfluas. Cada siete días a alguien le tocaba poner su casa al servicio de la comunidad y entonces los vecinos, cada cual con una encomienda precisa que no podía rechazar ni delegar, se daban cita en el lugar. 

En el encuentro ya se sabía que la concurrencia se dividiría en cuatro grupos y que los dos principales se formarían cuando los hombres se refugiaran en el salón o el patio y las mujeres, en el comedor o la cocina. Los primeros para conversar del deporte o del auto de la temporada, de tecnología o mecánica, de política y de mujeres (siempre y cuando las suyas no se enteraran); beber alcohol y recrearse la vista (si se podía). Y las segundas, para conversar de las prendas, los cosméticos y accesorios de moda, de farándula o del último cuento de la temporada, de recetas y de hombres (se enteraran o no los suyos); beber alcohol y recrearse la vista (también si se podía). 

Los otros dos grupos de menor importancia, lo constituirían los rezagados carentes de empatía grupal y los hijos de los dos primeros, a quienes justo ese día se les levantaba la supervisión adulta con la condición de que se mantuvieran alejados y bajo ninguna circunstancia se dejaran caer bajo la lengua de sus papás u otros parientes y allegados de mayor edad. ¡A saber qué podrían escuchar...! 

Bananito, aún muy joven para conocer los estragos que causaría en su vida semejante sobrenombre, tenía la lección aprendida sobre no velarle los labios a los adultos; en cambio, paraba bien las orejas, afinaba el oído y sabía cómo pescar un mueble tras el cual esconderse, un rincón por el que nadie volteara a mirar o una mesa vestida con un mantel lo suficientemente largo bajo la cual descansar. 

Para el sábado que nos concierne, fue un armario lo que cayó en sus redes. Llevaba casi media hora entretenido escuchando a ña Hortencia discutir con la Tati porque en su juventud, según explicaba, conseguía más conquistas que ella llevando más ropa de la que se usaba ahora y mostrando menos piel, mientras ña Cleotilde afirmaba que en los tiempos de antes no hacía tanto calor como en los presentes y la Bruja les callaba la boca a una y a otra alegando que la primera de milagro había logrado sacarle un suspiro al tontorrón con quien se había casado y que la última no estaba en condiciones de comparar el clima de una época con otra atravesando pleno climaterio, cuando de improviso se abrió la puerta del armario. 

Bananito estuvo a punto de creer que la diversión en esas veladas, por vez primera, se le acabaría muy temprano; sin embargo, se alivió al ver que quien se asomaba era la sobrina de sus vecinos de enfrente. 

– ¡Búscate otro sitio para ti, mocosa! –Le espetó, defendiendo su territorio–. Aquí no hay espacio para dos. 

La niña entrecerró los ojos y luego hizo amago de emitir un grito de molestia. Bananito se apresuró a taparle la boca y halarla hacia el interior del mueble temiendo que alguien pudiese descubrir su novedoso escondite. No tuvo que pedirle a la niña que no gritara, porque se mantenía callada sonriendo con aires de suficiencia. Luego el que entrecerró los ojos fue él cuando la escuchó decir: 

– ¿Ves cómo si había sitio para mí? Y por cierto, tú eres el que lleva mocos en la nariz. 

–Pues si no te gusta, ¡te sales!

– ¡Ash! Solo digo que respirarías mejor con la nariz limpia. 

– ¡Shh, pecosa! Respiraría mejor si estuvieses afuera. 

– ¡Listo! Al cabo que será más divertido ver cómo te sacan a coscorrones de esta cosa que quedarme contigo aquí. 

No alcanzó ni a abrir el armario. Bananito la haló del vestido reteniéndola y entonces le gustó oír: 

–Vale, mocosa, te quedas. Pero haces chitón. 

–Me llamo Clarissa, menso. Y... ¿qué es lo divertido de quedarse aquí dentro? 

– ¡Me da igual cómo te llames! ¡Juro que donde no te calles te lleno de mocos el vestido! 

Esa vez la niña abrió la boca sin segundas intenciones, nada más que para expresar repugnancia. 

–Ahora cierra el pico y escucha... 

–...Durante algún tiempo salí con uno que se la pasaba hablando maravillas de su poderío y a la hora del té... ¡Jum! Resultó que más reino y castillo tenía mi sobrino. ¡Y eso que solo tiene dos añitos! –Se escuchaba la voz de ña Cleotilde.

Seguro que luego quiso marearte diciendo que lo importante era el movimiento del barco. –Intervino ña Hortencia.

¡Pues claro! Pero yo ahí le advertí que vigilara las aguas dónde se movía, porque no era lo mismo navegar en ééésste mar abierto que en una lagunita... 

– ¿Entiendes algo? –Reclamó la atención de Bananito.

– ¡Ni te creas que te voy a servir de diccionario!

–Pero...

–Shh, shh –la calló displicente.

Yo, cuando se trata de palomas, prefiero una en la mano que ciento volando –opinó ña Hortencia, sin importarle si venía o no a tema–. Por eso hace años me decidí por una y, ¡aunque a veces la caga como-no-tienes-idea!, al menos no ha salido espantada como otras que solo me dejaron las plumas... 

– ¿De qué hablan? –Insistió Clarissa perdida.

–Jijijiji. De las palomas del parque no va a ser, jeje.

–Pero... 

– ¡Shh! ¡Shh! 

¡Pues siga limpiándole las cagadas a su paloma! –Le replicó la Tati ufana–. Que igual, a esa edad que se gasta, no creo que cace otra. ¡Jajaj! Yo estoy muy joven para conformarme con una sin haber siquiera probado la cuarta parte de la especie. 

Debería empezar a pescaaar, mijita, hágame caaaso... –objetó ña Hortencia en tono cantarín, sin mostrarse ofendida–. Yo sé lo que le digo. Algún día el mar se le va a quedar sin peces o uste’, sin cebo... 

–Pero ¿están hablando de aves o de pescado? –Inquirió la niña, cada vez más ofuscada.

– ¡Shh! ¡shh! 

– ¡Puf! –Se desinfló, cruzando caprichosa los brazos ante las reiteradas solicitudes de silencio de Bananito.

¡Déjela que haga su tour de polla en polla! –Terció ña Cleotilde–. Un día de estos se va a topar con el gallo o la gallina de los huevos de oro y la van a mandar a volar. ¡Ahí sí la va a ver llorar...! 

– ¡Anda! ¿Y ahora qué tienen que ver los pollitos? 

– ¡Jijijiji! Pos nada. ¡Sí serás tonta! Jiji. No están hablando de esa clase de pollos. ¡Jijiji!

– ¿Ah, no? Pero si... 

– ¡Shh! ¡Shh! 

¡Ay, no! –Se quejó La Bruja a vox populi–. ¡Estas mujeres se reúnen no más que para hablar de pitos y ver quién lo suena o a cuál se lo han sonado más duro! 

– ¡Eso sí lo entendí! ¿A que en un rato se escuchan los pitidos? 

– ¡Jijijijiji! ¡Te crees que los pitos de los que hablan son como los que usan los profes de gimnasia en el cole! ¡Jojo...!

– ¿Ah, no? 

– ¡Jijijiji, juju, ji-ji...! ¡No, mensa! –El niño se carcajeaba a partes iguales de la conversación y de la ingenuidad de Clarissa. Dentro del habitáculo del armario se le hacía cada vez más complicado controlar la risa.

– ¡Ay, no! ¡Entonces, ¿de qué hablaban?! 

– ¡Jijijiji, jaja! No te digo. 

– ¡Me dices o abro el pico! –Lo amenazó Clarissa, hastiada de escucharlo reírse y molesta por no poder ser partícipe de lo que le causaba chiste.

– ¡Jijiji! Va-vale. Pero conste que tú lo pediste… 

Bananito, dando a entender que no le bastaba el hermetismo del cubículo, se posicionó muy cerca de la oreja de Clarissa y, tal si le contara un secreto, le respondió la incógnita entre susurros. Lo primero que hizo la niña al oírlo fue abrir mucho los ojos, pillada desprevenida, y luego la boca, mientras ambos iban alcanzando al unísono mayor abertura. Su inicial impresión fue creer que Bananito le estaba jugando una broma y quiso refutarle aquello, pero cuando el muchacho la arrinconó serio con un “¿qué te apuestas?”, empezó a hacerse a la idea de que tal vez, y solo tal vez, no le mintiese. 

El reto se quedó a medias cuando a Bananito volvió a hacerle gracia alguna otra ocurrencia dicha del otro lado de la puerta del armario. Clarissa volteó la mirada hacia arriba, gruñendo, y pensando que igual no se podía creer en un tontuelo que se reía intercalando en un orden irritante los sonidos de las íes con los de las demás vocales. “¡Si hasta la risa la finge el muy menso!”, se dijo. No obstante, acordó salir de dudas con alguien en quien sí confiase.

Para la hora en que se encontró de vuelta en casa, el asunto había rondado suficiente tiempo su cabeza hasta que la necesidad de aclararlo por completo se le hizo irreprimible.

Observaban la tv en la sala de estar, retornando a la normalidad del hogar luego de tener que soportar los disparates de las “fiestellas” sabatinas. La madre de Clarissa hizo un alto en esa recién recuperada armonía para ir por algo de comida y a la niña se le ocurrió de pronto que tenía la oportunidad perfecta y la persona indicada para salir de dudas. Arrastrándose gatuna sobre la alfombra se postró a los pies del sillón en donde su padre descansaba con la mirada fija en un programa deportivo, le haló tierna e insistente el dobladillo del pantalón demandando su atención. El padre, que ya tenía aprendido a qué seguía ese gesto, hizo una mueca y fingió no darse por aludido. La niña, que nunca daba su brazo a torcer y dispuesta a salirse con la suya, se levantó del suelo de un salto y se le plantó en frente con los brazos cruzados obstaculizándole con toda la intención la vista de la pantalla del televisor.

– ¿Y ahora qué pasa, Clarissa? Quite de allí que no me deja ver.

–Quiero preguntarle algo, apá.

–Ahora estoy ocupado, vaya y pregúntele a su mamá que está en la cocina.

Ella nunca había entendido esa forma de estar ocupado viendo la tv.

– ¡Jo! No, apá, quiero que me responda uste’.

El padre se inclinaba hacia lado y lado del sillón para ganar visión, pero cada que lo hacía Clarissa se movía impidiéndoselo.

– ¡Clarissa! ¡Quite, que me voy a perder el partido!

– ¡Uy, pero porque quiere, apá! Si tan solo...

– ¡Ahhh, suelte, suelte a ver! –Replicó el padre vencido, desinflándose entre los almohadones del mueble.

Ahí sí se dignó a descruzar complacida los brazos y vacilante inquirió:

– ¿Por qué le llaman “paloma” a lo que tienes entre las piernas? –El padre se desencajó con la pregunta. Apenas intentaba reaccionar cuando escuchó que su hija agregaba–: ¿Acaso vuela?

–Ehh... ehm... –balbuceaba, buscando en vano algo qué contestar–. Bueno, esto...

– ¿Y por qué le llaman “polla”? ¿Acaso pía? –Contraatacó sin dejarle oportunidad de pensar.

“¡¿De dónde carrizo se ha sacado semejantes preguntas esta niña?!”, se cuestionaba atónito el padre. Por momentos lo invadían leves deseos de reírse, pero la presión de tener que dar alguna respuesta sepultaba cualquier amago de risa.

–Y si también le dicen “pito”, es porque silba, ¿a que sí?

A estas alturas el partido había disminuido en importancia y el hombre se encontró en un apuro negando y afirmando al mismo tiempo las declaraciones que la niña le expresaba.

–Bueno no... ehh, sí. No. Eh, quiero decir que si las palomas vuelan y las pollas... este, bueno, sí, pían... Pe... pe-pe... ¡¿Pero quién te ha estado hablando de esas cosas, mija?! –El padre, obcecado, buscó una salida alternativa. 

Justo en ese instante la madre retornó a la estancia y los examinó con la vista. El padre guardó silencio. La niña, que había estado evaluando el tema por su cuenta, tras subir la ceja frunciendo el ceño con afán de curiosidad insatisfecha, pareció resumirle o referirle a su madre la materia en disputa en una frase:

–Amá, ¿y nuestra cosita qué hace?

La madre, que vaya uste’ a saber qué cuentas había sacado, increpó a uno y otro con expresión encendida para luego sentenciar:

– ¡Camine pa’l cuarto, Clarissa! –Donde se le ocurriera a la niña protestar, invalidó su reproche chasqueando los dedos al tiempo que le señalaba con el índice el camino a la habitación y repetía, inflexible: – ¡Pa´l cuarto, dije!

Entretanto su hija acataba la orden le lanzaba al marido una mirada asesina en la que parecía clamar sin decirlo: “¡te vas a enterar, desgraciado, de con quién te casaste!”. La niña, sin ápice de culpa, pero tampoco indiferente a la escena, se retiró a su alcoba sacudiendo nerviosa una mano y pensando: “¡uy, la que se va a armar!”.

Una vez en la recámara, Clarissa pegó la oreja a la puerta cerrada esperando oír algo de lo que iba aconteciendo en la sala; no obstante, solo logró percibir a un volumen mayor el ruido de la programación del televisor. Se rindió. Se dijo que de todas maneras ya era hora de dormir, aunque el asunto todavía no le terminaba de encajar en la cabeza.

Como tenía por costumbre, antes de irse a la cama fue al baño y al momento de recolocarse la ropa íntima en su sitio tuvo una idea. De pie, frente al retrete, se dobló hasta posicionar su cabeza al nivel de sus piernas separadas y observó con detenimiento la intersección entre ellas. Tras unos segundos de contemplativo estudio concluyó:

–Bueno, alas no tienes...

Desde la misma postura, sopló leve su entrepierna y soltó aburrida:

– ¡Bah! Tampoco silbas.

Luego, le llamó la atención un pequeño bultito que sobresalía en el conjunto. Usando la yema de un índice le dispensó un par de golpecitos, tal cual hiciera con el pico de un pajarillo, para después espetar dubitativa:

– ¿Será que hay que darte maíz pa’ que píes?

Dándose por vencida por primera vez en ese día, abandonó el examen resoplando consternada y se recolocó la ropa íntima, esta vez al completo. De regreso al cuarto mientras se metía entre las sábanas de su cama, no pudo evitar mirar decepcionada hacia su entrepierna. Entonces, antes de acostarse, negó con la cabeza bufándole por encima del pijama:

– ¡No me puedo creer que tú solamente mees!


Fritzy Zamor

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1 de octubre de 2015

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Nuestro amor


Quiero aclarar algo, existen los imposibles; Nuestro amor lo es.

Eres el más guapo de todos y me escogiste a mí. Una chica desinteresada del amor, aquella que no dura ni un mes en una relación. La chica más perfeccionista y estricta que pudiste hallar. Elegiste a la chica que sabías era difícil enamorar.

Eres el más guapo, sin embargo me quisiste a mi. Cuando comenzaste a mover los labios -esos que sabías que se convertirían en el sueño de todas mis noches- frente a mi y pronunciaste la frase que daría inicio a todas nuestras bellas pláticas, sabías que me enamorarías, lo sabías, y yo no lo creía.

Poco a poco, tus ojos de sueño en los que reflejabas los míos llenos de alegría al verte, todas las risas que me sacaste con tus tontas bromas; las más bobas pero las que más quise; con las que me enamoraste, todas tus sonrisas de travesura que me regalabas al vernos después de 22 eternas horas, horas en las que no te sacaba de mi mente.

Tu cabello casi tan brillante como tu manera de pensar; tu inteligencia que también me enamoró.

Tu forma de expresar lo mucho que me querías. Tu manera tan parecida a la mía de insinuar el amor que me tenías. Observar juntos el cielo, las nubes y las estrellas, que amaras platicar bajo el rayo del sol tanto como yo amo hacerlo.

Cariño, pasó el tiempo y yo creía que no podía querer más, pero ¿como no lo ibas a lograr? Si solo tú sabes perfectamente como y cuando besarme, solo tú sabes dar los abrazos más cálidos y protectores, tomar mi mano dulce y suavemente con tus manos callosas, de hombre fuerte y cariñoso a la vez. Todo era como tú, perfecto.

Justamente como lo dije, "era". Lo arruinaste, lo arruiné. Lo arruinamos los dos.

Lo que nos separó para nada fue tan grande como lo que nos unió.

¿Quién me querrá y soportará mi malhumor como tú? ¿quién se va a reír con mis bromas pesadas? ¿quien le va a dar la importancia que yo le doy a las estrellas como lo hacías tú? ¿habrá alguien que ame tanto la naturaleza como tú y como yo? ¿podré encontrar a otro que aprecie la vida como lo hacemos tu y yo ¿quien es es la combinación perfecta de hombre tierno, caballeroso y tan atractivo como tú? ¿acaso alguien se pondrá a observar todo conmigo como solías hacerlo?

Espero no encontrar alguien como tú, porque cada vez que lo vea te recordaré y te extrañaré tanto como el primer día sin ti. Yo estoy aquí queriendo estar contigo pero aquí seguiré, queriendo, porque es lo mejor para los dos.

Miranda Rivas.
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