30 de junio de 2015

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Ciclos cerrados


"Y sigo mi camino... cuando me doy cuenta de que mucho ha quedado atrás, lo que era presente ahora es pasado, qué ironía. Continúo dejando en ese largo y duro camino tantas cosas, tantas personas y tantas situaciones. Esta línea de la que dependemos es tan delgada y corta, y a pesar de eso caben infinidad de momentos… Infinidad de personas… No puedo arrepentirme ahora, seguiré y lo que tenga que dejar, aquello que se convierta en carga se quedará, a final de cuentas son ciclos que tienden a ser cerrados... Y sigo mi camino".

Miranda Rivas


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28 de junio de 2015

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Tórtolos


Gabriela e Ignacio eran del tipo de parejas de la que la gente no podía apartar la mirada por el magnetismo que emanaba y al mismo tiempo de las que daba vergüenza mirar. Vivían en un mundillo en el que los otros no tenían cabida y en el que muchos habrían querido entrar. Había quien volteaba la cabeza al verlos, pero tomaba la precaución de pasar muy de cerca por su lado a ver si le salpicaba algo de lo que los desbordaba y como a ellos, se les pegaba algo bueno. Una pérdida de tiempo. Ellos gozaban de esa magia que solo se puede tener cuando se admira y que es muy difícil de percibir cuando se posee. Eran dos felices exiliados dentro de la multitud, esclavos voluntarios de sus locuras, dos almas libres ajenas a una realidad obligada que no les ofrecía novedad.

Ellos encontraban esta última inventándose y construyéndose en el otro, arrancándose deseos de los ojos, cumpliéndose sueños con las manos, sudándose el desayuno, la cena y el almuerzo, pero siempre ganándose el cuerpo. Se turnaban para ser confesor y médico, ejercicio y medicina, ritual y rutina. Se dañaban y reparaban a gusto y a disgusto, y en ese caso, terminaban por reírse de sí mismos.

– ¿Cómo quedé?

Jugaban a hacerse y deshacerse, a reinventar la quietud de la noche. Gabriela le había puesto a Ignacio un secador y un cepillo entre las manos tras sentarse frente al peinador. Él se había quedado confundido sosteniendo ambos artículos antes de soltarle un "yo no sé hacer esto, chica", que ella rechazó con ligereza diciendo: “mejor empieza”. No hubo acabado de tomarle un mechón de pelo cuando ella se abandonó a sus dedos con una confianza y entrega que le hicieron imposible no encontrar la determinación y destreza para llevar a cabo la tarea.

A ella también le había tocado aceptar su "sí o sí" y abofetear su inexperiencia cuando él la había enfrentado con las tijeras y los instrumentos de afeitado. Cualquier palabra o expresión que ella hubiera formulado quedó anulada con un "a ver si tienes buena mano".

Ninguno se había visto al espejo y había llegado la hora de evaluar los resultados:

–Me gusta más cómo quedas cuando vas a la peluquería. –Respondió él, frunciendo el ceño.

–Jajajaja... ¿No vas a sentirte orgulloso de tu trabajo? –Él hizo una mueca frunciendo los labios y le hizo la misma pregunta sobre su aspecto, a la que ella contestó diciendo:

–Bueno, digamos que quien te vea estará seguro de que no pasaste por la barbería. Ahora sí nadie más que yo te va a querer. –Ignacio sonrió y se dispuso a constatar por sí mismo su apariencia. Al ver la parte inferior de su rosto surcado por una franja intermitente de pelo exclamó:

– ¡Pero si me has dejado la cara como una carretera plagada de líneas discontinuas!

–Yo diría que se asemeja más a un rayado peatonal. Te hubiese dejado un flequillo para que sirviera de señalización. –Replicó ella sin pizca de arrepentimiento. Ignorando su expresión desencajada, lo empujó con suavidad para mirarse al espejo.

– ¡Vaya! ¡No sabía que mi cabello podía tener tanto volumen! –Expresó sorprendida con los ojos desmesuradamente abiertos.

–Estás hecha una reina de la selva. –Dejó caer él, encontrando en ello una forma de desquitarse. Ella, algo enfadada y atravesándolo con la mirada, objetó:

– ¡Las leonas no tienen melena!

Con la negación impregnándole la cara, continuó luchando con su imagen. Él tomó posición detrás de ella, también enfrentándose a la suya. Y a fuerza de aceptar el desastre que el uno había hecho en el otro, terminaron por admirar el reflejo propio.

–La mía sí. –Susurró él invalidando sin más su reproche.

–Y bien que me estrellaría en esa carretera... –Repuso ella suspirando, dejando caer medio afligida las pestañas.

Ambos se observaron rendidos a través del espejo y la intensidad del silencio que reinó fue a penas comparable con la magnitud del arrebato que protagonizaron minutos después.

De pronto Ignacio sintió el impulso de tomar a Gabriela entre sus brazos y tras ella encontrar nuevo lugar entre su regazo sus piernas se enredaron con el cable del secador olvidado en la mesa del peinador y que terminó cayendo irremediablemente merced a sus vanos intentos de soltarse. Mientras Ignacio giraba de un lado a otro para liberarla, sus pies arrasaron con todos los implementos que ocupaban el mueble, los cuales salieron presurosos a hacerle compañía al aparato abandonado en el piso. 

– ¡Ups! –Soltó ella a medio reír tapándose la boca con los dedos. Él completando la sonrisa por ella, prosiguió divertido su camino hacia la cama sin reparar en que una crema de peinar recién escapada del tocador le salía al encuentro para hacerlo tropezar. Ignacio impactó en Gabriela cuya espalda aterrizó sobre el colchón y este se vengó de la brutal acometida haciéndolos rebotar uno junto al otro frente a la mesita de noche. 

– ¡Hombre, haberme dicho que preferías el suelo y no arrugábamos las sábanas!

Comentó Gabriela aliviando así la expresión de susto y preocupación que había surcado el semblante de Ignacio. Él todavía ruborizado y abatido la observó con el ceño fruncido, entonces ella tuvo que marcarle el próximo movimiento guindándosele del cuello y anulando la distancia entre sus labios. Un rato después Gabriela lo sintió sonreír sobre su boca y cuando creyó que la reciente tensión empezaba a brillar por su ausencia mientras iban colmando de nuevas formas su mutua horizontalidad, se encontraron librando un cuerpo a cuerpo con la mesilla de noche, que tembló ligeramente al ser desalojada de su habitual puesto y como protesta hizo oscilar a la lámpara que la habitaba hasta que resbaló con estrépito, se desconectó errática del enchufe, quebró su sola bombilla y provocó que la luz del cuarto parpadeara febril hasta sumirlos en la oscuridad.

Esa fue la última torpeza que cometieron o bueno, la última en la que repararon. Se perdieron en un amasijo de ósculos almibarados, en presiones cálidas de sus cajas torácicas, en las estremecedoras erupciones de cada folículo de su dermis. Se balancearon en las contracciones y distenciones de sus bíceps y sus cuádriceps, sus columnas vertebrales dibujaron curvas y líneas rectas, saltaron sin vértigo desde el más alto rompiente de sus cavidades pélvicas, se sacaron secantes y tangentes, calcularon sus ángulos y sus vértices, demudaron agradecidos sus neuronas, reventaron sin piedad sus escleróticas, dilataron sus pupilas, le hicieron justicia a su sombra escondida, le encontraron un punto axial a la penumbra que los asistía con la mirada silente, confabuladora y fija, y no le dieron paz a sus esqueletos hasta que el último de sus huesos en pie, amenazando con resquebrajarse, se rindió tambaleante.

Al día siguiente se les veía a ambos sonrientes y rozagantes: ella recia llevando como un halo su melena, él galante mostrando a mandíbula batiente su rayado peatonal y ninguno con ojos para los demás.

La gente, sin embargo, los miraba de reojo medio avergonzada como si sus rostros reflejaran lo que habían estado haciendo antes del amanecer o bien, como si temiera interrumpir su notable intimidad. Dejaba transparentar su incomodidad con la empalagosa naturalidad de aquellos en exagerados gestos de asombro, en doble moral afectada, en vuelos de cabezas a otro lado, pero queriendo volver al sitio del que habían despegado. Hay una razón por la que las demostraciones de cariño de ese tipo son tan poco bien recibidas (por quienes las presencian): dan hambre y cuando no se tiene qué comer... 

En otras palabras, daban envidia de la buena. De esa que instaba a tirarles a Gabriela e Ignacio algo por la cabeza para ver si cambiaban esa mirada tan fofa y despejaban así la duda sobre si era el amor o la estupidez lo que obraba de tal forma. Seguramente las dos cosas.

Mientras los observaba caminar embelesados por la calle desde un banquito de la plaza, la anciana sentada a mi lado debió inferir o compartir parte de mis pensamientos porque se descalzó y me ofreció uno de sus zapatos antes de señalarme a la pareja de tórtolos. 

Me reí sin poder ocultar unas sonoras carcajadas que me hicieron doblarme en el asiento aun ante la mirada vigilante y reprobadora de mi acompañante. Rechacé el zapato que me tendía y seguí deleitándome mirándolos. Si estaban soñando, ¿para qué despertarlos?

Alguien me dijo alguna vez que en realidad el amor no se hacía, sino que ya estaba hecho. Bastaba seguir con la vista a Gabriela e Ignacio para empezar a creer que sí, que era cierto: que era el amor lo que no se cansaba de hacerlos.


Fritzy Zamor


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26 de junio de 2015

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Ojala, jodamos


Ya lo dijo Escandar, la única derrota es rendirse, todo lo demás es el camino.
Y caminar a tu lado, es la mejor manera de hacer camino, como si fuera la primera vez que vamos a estamparnos, la primera de las siete vidas que nos quedan por vivir.

El primer tren, en el que descarrilarías una y otra vez con tal de volverte a montar.
Ya he pasado por varios trenes, y es cierto que duele salirse de las vías, e incluso he sido alguna vez el maquinista cabrón.
Pero es pensar en la paliza del controlador lo que te hace ver la realidad de estar viajando sin billete.
Cada asalto fallido al precipicio de tus clavículas, cada mirada al paisaje más bonito de la tierra.

Vamos a echarle más ramas a la hoguera, vamos a devorar hasta el último resquicio de cobardía oculta en nuestras ganas, vamos a dejar a un lado los no quiero y los no puedo, ya vale de rendirse.
Vamos a hacer locuras, a valorar los te quiero, a jugar a yo siempre, a devorarnos a besos.

Que no nos importe la distancia, amanecer en la playa tras cientos de kilómetros de madrugada, y otras formas de seguir haciendo esta vida mucho mejor, de seguir haciendo camino.

Aunque si me lo permitís, quitaré un ápice de razón a Escandar en eso de que todo lo demás es camino.
Machado tenía razón, con eso de que… caminante no hay camino, se hace camino al andar.

Al andar, al reír, al mirarte a los ojos, y ver que no hay camino sin guía, ni rumbo sin horizonte, y que prefiero perder el norte, antes que perderte a ti.

 Raúl Esteban Aparicio
http://elojotuertodelhuracan.blogspot.com.es/
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24 de junio de 2015

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Rendez-vous


A ella, la rabia la consumía pues no podía soportar que por el espejo retrovisor leyera en los labios de aquel tipo “eres una perra estúpida”; sabía que a veces era un poco distraída, pero nunca se daba una vuelta prohibida o se pasaba una luz roja de manera intencional, aunque sucediera más veces de las que ella hubiera deseado. A él, la impotencia lo hacía sentirse vulnerable, después de que aquel grupo de jóvenes le gritara "anciano decrépito imbécil" y lo invitara a bajarse del auto para pelear por su hombría, tras hacer ese viraje brusco delante suyo; sabía que perdería y por eso prefirió seguir su marcha, a pesar de que según su criterio ellos habían sido los culpables. Así, ella y él, él y ella, se encontraron algunos metros más adelante, cuando una colisión frontal los hizo rozar sus labios mientras volaban sin control al atravesar el cristal que los protegía del viento. Los curiosos aseguraron que de no ser por la gran cantidad de sangre, habría sido una escena de amor perfecta.

Alérgeno
http://letrasyliteraturaalergeno.blogspot.mx/
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22 de junio de 2015

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Cada vez más cerca de tí


Con cada palpito creía que más se desvanecía mi alma,

Porque aunque el cuerpo se encuentre con vida,

No quiere decir que yo esté viva,

Porque con tu partida marcaste una gran herida,

Tan permanente como lo será tu ausencia en mi vida,

Sé que nunca volveré a ver esa sonrisa y ese pequeño reflejo de felicidad,

En esa minúscula pupila,

Porque aunque tú ya no te encuentres con vida,

Debo decir que contigo arrebataste la mía,

Y no te puedo culpar por tan lamentable suceso,

Pero tengo plena confianza de que el hecho de que ya no estés junto a mí.

Me hace sentir más cerca de ti y de eso que llaman MORIR.
 
 
http://unpensamientoenletras.blogspot.com.ar/
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20 de junio de 2015

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Nuevos propósitos altamente subversivos


Para el nuevo año me propuse:

Hacer volar una cometa a la pata coja
Enterrar un tesoro cerca del mar
Aprender algo completamente inútil, esperanto quizás
Coleccionar tazas rotas
Ahuyentar espíritus viejos con hojas de laurel
Viajar a un país en grave conflicto
Construir una cárcel con flores
Dibujar barquitos de papel
Despertar cantando ópera a las siete de la mañana
Bailar con la cara pintada a la puerta del Congreso
Reír y llorar sin motivo aparente, como los enajenados
Teñirme el pelo de gris para adquirir sabiduría
Rezar en algún idioma desconocido
Apostatar y crear una nueva religión
Romper dos o tres televisores
Insultar veladamente a alguien muy bien considerado

Y, sobre y ante todo, lo más radical sin ninguna duda:
Vivir cada día con la ilusión de un niño.

Os dejé a vosotros los gimnasios, las dietas,
los idiomas, dejar de fumar, pasar tiempo con la familia,
llamar por teléfono a los amigos, leer más…
Lo mío era mucho más fácil.

Mónica Sánchez García
http://aguaconlimon.com/
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18 de junio de 2015

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¡Bon Appétit!


– ¿Qué haría si le anuncio que posiblemente está a punto de alimentarse de su esposo?

La dama arruga la frente consternada, me escruta con los ojos intentando entender mis palabras. Imperturbable la observo sin siquiera mover las pupilas. Disfruto levantando el labio en un amago de sonrisa que mi invitada interpreta correctamente mientras el color abandona su rostro y el miedo resplandece en su mirada. Justo antes de que el terror se apodere de ella me permito un gesto compasivo y le suelto:

– Es broma. 

Niega de forma apenas perceptible emitiendo un gemido que se oye como un lamento, le muestro mi perfecta dentadura amigablemente y ahí es cuando deja salir el aire que se le atora en los pulmones, me devuelve trémula la sonrisa y la sangre vuelve a fluir con avidez en sus mejillas.

– ¿De verdad, no sabe dónde encontrarlo? Dicen que este fue el último sitio que visitó. –Insiste suplicante mientras reprime un sollozo. ¡Ahh... y vuelta a empezar!

Con ella van cuatro en lo que va de semana. Se pierde una persona en el pueblo, se corre el cuento de que no se los ve desde que atravesaron mi umbral y entonces, tengo yo alguien irrumpiendo en mi residencia a la hora de la cena e impidiéndome ir a cazar. Ya se me ocurrirá qué hacer con el ingenioso que encuentra en que la gente se extravié en el interior de mi hogar algo gracioso. Yo, solemne seguidor de la etiqueta, antepongo los modales a mi comodidad y asumo el papel de anfitrión: los invito a sentarse a mi mesa, digo algo con gracia para romper el hielo impuesto por su falta de decoro (¡mira que presentarse en casa ajena sin mera cita o previo acuerdo!). De inmediato abordan el motivo de su visita: “Creí que podría hallar a mi hijo/hermana/padre aquí y bla, bla, bla...” Al menos todo queda entre familia, pero algo diferente no estaría mal para variar; empieza a repugnarme tanto lazo filial. 

La señora ahora llora, ¿cómo dirían los campesinos de este ignoto pueblo? “A moco tendido”; ehm, la jerga coloquial nunca me ha gustado mucho. Si hubiese probado su copa se habría ahorrado su lastimero llanto al enterarse del contenido. La insto a beber. Ella obedece. No pierdo detalle de la forma en que inclina con parsimonia la cabeza mientras vierte la copa entre sus labios, el líquido se abre paso en su garganta a través de las distensiones en su cuello y en un auto reflejo repito el movimiento de tragar que visualizo, molestándome ostensiblemente al advertir una necesidad irreprimible de llenar también mi organismo. Sin embargo, mi invitada me resulta cada vez más provocativa y me domino.

–Sí que tenía buen gusto su marido.

Ella hace una mueca extrañada. Dudo si le ha sentado mal mi cumplido o lo que ha bebido.

– ¿Cómo dice...? –Replica retirando a medias la copa de su boca, dilucidando mi duda, mientras lucha por identificar el sabor que se adhiere a sus papilas gustativas–. Disculpe, ¿qué, qué...?

–Su marido –Digo por toda respuesta. Me mira otra vez consternada y confusa, las arrugas que se le forman en la frente arruinan la tersura de su rostro. Yo inclino la cabeza a medias sin quitarle los ojos de encima que se avivan cada vez con la conciencia de su proximidad y empiezan a dar muestras del deseo que me embarga. Aleja la copa de su rostro un tanto asqueada, pero aún la sostiene entre las manos que la agitan torpemente intentando ir en consonancia con sus pensamientos cada vez más esquivos, más errantes, más confusos.

–Ha...ha... ¿Ha-rold? –Dice sin convicción, a la vez que la incertidumbre y el espanto luchan por inmortalizarla en una suerte de cuadro. La mujer mira por turnos la copa y mi rostro. Decido ayudarla a aclarar sus ideas.

– ¡Et voilà, el nombre! Me preguntaba cuál sería cuando se lo serví.

Mi invitada parece reaccionar o enloquecer, me mira con los ojos desorbitados, se ha detenido nuevamente el flujo sanguíneo hacia sus mejillas, las manos temblorosas en demasía han dejado finalmente caer la copa y lo poco que quedaba de su marido ha conseguido descansar en paz ensuciando el linóleo de mi piso. Suspiro ruidosamente restándole importancia al asunto.

–No se preocupe, estaba un poco rancio. De seguro usted ha podido degustarlo en mejor estado.

Lanza un gemido inarticulado, parece atorársele en la garganta junto con el sorbo de plasma que acaba de consumir. Durante casi un minuto la veo asfixiarse sosteniéndose con ambas manos el cuello y debatiendo entre vomitar palabras o una parte de su cónyuge que es incapaz de digerir. Al final se dobla sobre sí misma obedeciendo a arcadas involuntarias, pero no logra expulsar más que saliva. 

–Us-ted... ¡¿Usted le mató?! –Me acusa. Hago una mueca de disgusto.

–Es una forma de verlo –replico imperturbable desde mi posición– ¿No le parece lamentable que ustedes los humanos sean envoltorios desechables? 

La dama se queda horrorizada con los ojos en blanco, me mira con gesto reprobador, su cabeza se mece al ritmo del vaivén de la negación, sus labios se fruncen y se estiran, vacilan, me tientan, me exigen...

–No, no... Es... es otra broma. Juega... jue-ga con-mis nervios. Está solo...

– ¡Oh!, ofrezco disculpas por mi sentido del humor. ¿Aceptaría también mis condolencias? Después de todo, su marido era un hombre muy... nutritivo. 

Al oír esas últimas palabras algo se enciende en la mirada de la mujer, la ira inunda sus marcadas facciones, su cuerpo se tensa. Por primera vez deja de observarme a voluntad y evalúa los utensilios predispuestos en la mesa, que para mí no son más que parte del decorado. Sus ojos se clavan insistentes en un cuchillo que no tarda en cambiar de lugar. Como en cámara muy, muy, lenta noto la media rotación del tronco, el levantamiento del brazo al nivel de la cabeza, el leve giro de la muñeca con el puño cerrado alrededor del mango del filoso utensilio, la curva que se dibuja en el aire cuando hace ademán de herirme con el arma que ha elegido, las venas y los tendones extendiéndose bajo la piel, la contracción de los músculos de su antebrazo, los pliegues que surcan su cuello, el sube y baja acelerado de su protuberante pecho, el mechón de cabello que se ha colado entre ellos, las pequeñas gotas que transparentan su frente, la presión que oprime su boca dejando entrever sus dientes, el ardor en las pupilas, su aliento, el aroma que emana su carne haciéndose más nítido y activando mis instintos. Llega mi turno de quedarme impávido: como un espectador deleitándose ante una maniobra circense veo con asombro el punzante objeto a un palmo de mi tez y la mujer con expresión pétrea resguardada tras él; amenazante, si las ligeras convulsiones de su cuerpo no la delatasen. 

Quiero reírme de su ingenuidad, pero me descoloca su entereza. Hago que en su semblante se refleje mi desorden interno al mostrarle mi verdadera imagen: las arrugas que se extienden por mi cuello hasta perderse más allá de mi frente se acumulan bajo la piel de mis ojos, que se tornan despiadados sin el falso velo de humanidad; los labios separados en un amago de sonrisa que hace visible mis afilados incisivos, contra los que no podrá luchar su inútil cuchillo. Acerco mi mano cadavérica a una de sus mejillas, con la uña gélida del dedo índice repaso su tersa superficie dejando un trazo vivo y chorreante. Luego lo llevo hacia mi boca saboreándolo con fruición.

Ella contiene la respiración, suelta el cuchillo, entreabre los labios, se traga la nada que llena su boca, parpadea, gime, deja libre una lágrima… Es cuando desgarro la lentitud y pasividad imperante, me apodero de ella, desato su aliento, le obligo a vomitar el vacío que toma forma de grito, detengo el aleteo de sus párpados evitando que sus fluidos terminen por humedecer todo su rostro y encarcelo hasta el último de sus sollozos. Litros y litros de ella se derraman en mi boca, tiene la densidad y la concentración perfecta como para embotellarla al estilo del más exquisito vino, pero quiero bebérmela hasta la última gota y prefiero la cata antes que las preparaciones enológicas. 

¡Vaya, vaya, alguien se acerca...! Irrumpe a mi vereda... Le oigo atravesar la verja..., sus pasos repiquetean sobre el camino de grava... 

Ahora sube los peldaños de piedra... ¡Demonios! 

La interrupción...

Escucho sus toques en mi puerta, su insistencia denota que no se irá antes de echar abajo el umbral. El ruido que hace me impide darme festín a gusto. A desgana abandono el cuerpo a medio drenar y me arrojo colérico hacia el portal.

– ¡Es que ni en paz se puede comer aquí!

– ¡Oh, lo siento! –Su exagerada reacción me alerta sobre mi aspecto y en un parpadeo de ella adopto una imagen a su semejanza. Sacude la cabeza como deshaciéndose de un disparate, pero me observa fijamente temiendo que vaya a desmaterializarme.

–Le ruego me disculpe. Busco a mi cuñada. En el pueblo...

¡Por las tinieblas! ¡Qué familia tan numerosa! 

Parte de mis pensamientos se exteriorizan en la dureza de mi semblante y la presión de mi mandíbula. Ella opta por guardar silencio y observarme.

–Eh... Tiene un poco de salsa en... –me advierte con torpeza señalando mi barbilla. Limpiándome con la ayuda de la lengua y el dorso de un dedo índice, sonrío ante su errada perspicacia. Mi gesto debe de resultarle gracioso, porque sus labios se distienden divertidos.

– ¿Su cuñada?

–Ah, sí. Beatrice. Fue tras mi hermano. ¿No se habrán dejado caer por aquí?

–Veamos... Suelo ser más locuaz con el estómago lleno. –La invitación...:– ¿Gustaría de acompañarme a cenar?

Balbuceando busca alguna excusa para rechazarme, yo le lanzo una nada decorosa mirada abarcando toda su silueta y añado:

–No se imagina el honor que me haría el tenerla en mi mesa.

Como sabía que haría se sonroja y atraviesa el umbral tras aceptar mi invitación con una ligera inclinación de cabeza. Mientras la precedo hacia el comedor no deja insistir en el verdadero motivo por el que está allí:

–...cualquier dato del que disponga... Abrigo la esperanza de que me sea de utilidad para dar con su paradero.

–En el mejor de los casos están disfrutando del paraíso.

– ¿Y en el peor? –el chiste...:

– ¿Quién sabe? Puede que hayan alimentado a un vampiro.

– ¿Las criaturas mitológicas que salen de noche en busca de sangre humana? 

–Admiro la creatividad de su especie. Me pregunto qué cuento de ficción les habrá hecho creer que nosotros jamás tomamos desayuno.

Arruga la frente consternada, me escruta con los ojos intentando entender mis palabras. Imperturbable la observo sin siquiera mover las pupilas. Disfruto levantando el labio en un amago de sonrisa que mi invitada interpreta correctamente mientras el color abandona su rostro y el miedo resplandece en su mirada. Justo antes de que el terror se apodere de ella me permito un gesto compasivo y le suelto:

–Es solo una broma de mal gusto.

– ¡Qué curioso es su sentido del humor, señor! Y bien, ¿sabe usted algo de ellos?

–Por favor, beba un poco. En seguida le cuento. A la postre, quizá nos quede tiempo para esclarecer algunas cuestiones sobre mitología.

Ella hace una mueca extrañada. Dudo si le ha sentado mal mi comentario o lo que ha bebido.

¿Cómo dice...? –Replica retirando a medias la copa de su boca, dilucidando mi duda, mientras lucha por identificar el sabor que se adhiere a sus papilas gustativas–. Disculpe, ¿qué, qué...?

Esta vez sí me sé el nombre:

– ¿Encuentra a gusto su Beatrice?


Aldo Simetra


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16 de junio de 2015

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Asfalto


Y me acerqué a él porque lo vi echado en el suelo detrás de un contenedor de basura y la gente lo rodeaba para no pisarlo. Al llegar a su lado gruñó como una bestia, se levantó y, cojeando, se marchó.  Por mi maldita manía de ayudar sin que me lo pidan, él abandonó su refugio.
Al día siguiente me alegré al verlo en el mismo sitio. Con prudencia me senté a unos metros y así, poco a poco, durante varios días, me acercaba un poquito más, hasta que por fin me miró tranquilo. Comencé a llevarle comida, al principio no la quiso, desconfiaba hasta de los mendrugos de pan. Y como a veces hacía frío me acercaba a él para darle calor.
Rocé por primera vez su pelo y se contrajo de dolor. De ese dolor a palos no olvidados; yo tampoco he olvidado los míos pero al fin y al cabo ¿quién no ha recibido un golpe de esos, de piel adentro?
Así empezó nuestra amistad, sin adornos y hasta conseguí un cartón mullido para él. Paseábamos en silencio y cuando se cansaba, pues ya era muy viejo, se sentaba, tranquilo, pegado a mi cuerpo. A la sombra en verano, y al sol, en invierno.
Hoy una furgoneta amarilla entró como un rayo en el barrio y unos hombres con monos blancos han ido tras él, y por más que corrimos lo alcanzaron. Les arañó, les mordió, intentó escapar pero  lo ataron. A pesar del rugido del motor, se oían sus alaridos y yo corría. Corría tras  ellos y suplicaba para que lo dejaran conmigo, que no le hacía daño a nadie pero cuanto más rápido iba más se alejaban y no me escuchaban a pesar de que yo, con todas mis fuerzas, ladraba. 

Inma Barranco



 latazadeletras
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12 de junio de 2015

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Un amor desigual


Observar tu pupila fue factible,
lo complejo fue compenetrar tu alma,
llena de locura pureza y maldad,
con tu mirar transmites una profunda tristeza,
disfrazada con la sutileza de un océano azul,
en el cual me hundía lentamente...
Pero cada palabra tuya era mi ancla,
me llevaste a lo mas profundo,
donde me permutaste en tus recuerdos,
me liberaste en el reflejo de cada lagrima,
de cada suspiro, en cada te odio y en cada te amo,
que pronunciabas con la misma intensidad y el mismo sentimiento,
Puede ser esto cierto? querido te robaste mi alma, te robaste mi aliento,
ya no me encuentro desde la primera mirada,
ten cuidado pequeño travieso mi fragancia interna esta en tu corazón y sin ti no me hallo,
a ti te entrego lo mas amargo de mi ser y dulce a la vez,
cuando abras los ojos y mires al cielo recuerdame amor mio,
recuerdame con la misma melancolía y alegría que compartimos en cada momento grato,
porque si tu no lo llevas a cabo yo cumpliré en contrato con suspiro y cada verso dedicado a ti,
sin mas preámbulos el amor y el odio es lo que mas me une a ti un hecho masoquista debo decir,
porque tu y yo somos un amor desigual.


Fernanda Betancourt.
http://unpensamientoenletras.blogspot.com.ar/
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10 de junio de 2015

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Por encima de mi cadaver


Se abre el telón. Se ve a dos personas conocidas, Andrés y Oscar. Uno (Andrés) es mayor que el otro (Oscar) y se puede observar en el tamaño de la barriga (los dos se la rascan), sobre todo, porque uno hace más actividad física que el otro.

Los dos miran alrededor, están en un edificio, a juzgar por los desconchones, viejo y además son incapaces de reconocerlo, nunca antes han estado en el. Hay manchas de humedad en el techo y pequeños charcos en el suelo. La iluminación de la habitación es pobre, están en penumbra y la única luz que puede verse entra a través de los oxidados barrotes de una ventana minúscula situada a tres cuartos de la altura de la sala. Las únicas salidas son la ventana (imposible, ya hemos comentado el tema de las barrigas prominentes) o una puerta contra incendios situada en un lateral. Esa parece, por tanto, la única posibilidad de salir de allí. Andrés y Oscar se miran fijamente y después a la puerta. Andrés (en adelante, el gordo) siempre ha pensado que Oscar (en adelante, el guapo) es un cachondo mental y va a hacer, en vistas de la situación, algún comentario ingenioso del tipo, "nos han dejado solos, cariño" o algo parecido. Pero esta vez no. Esta vez el guapo está completamente desorientado y el gordo se ha dado cuenta de ello, por eso, intenta dirigir el tema de conversación hacia la próxima acción a tomar para salir del atolladero.

Gordo: "Creo que esta es la única salida posible, no hay mas puertas y además tenemos que salir de aquí porque huele a perros muertos", mientras mira a la puerta.
 Guapo: "Si, tienes razón y a todo esto donde cono estamos?, no tengo ni idea de que sitio es este", mientras mira a todos los puntos del espacio.

Gordo: "Bueno, lo único que podemos hacer es salir y ver qué es lo que hay fuera. No quiero quedarme aquí toda mi vida", dice mientras va a agarrar el pomo de la puerta. Mira al guapo y este asiente.

Cuando la puerta se abre, se puede ver una escalera, una de esas típicas de edificio destinado a algún propósito oficial, donde la gente entra en manada todos los días. En este caso, rematan en el piso de hormigón lo que da a entender que de estar en algún sitio, deberían de ocupar el sótano. Al lado de las escaleras, hay un ventanal cuarteado con decenas de pequeñas celdas de cristal esmerilado por donde, esta vez sí, entra la claridad a raudales, aunque puede verse como cada cierto tiempo las nubes atraviesan y cubren el sol en uno de esos crepitares ondulantes de luz. Moviéndose poco a poco deciden enfilar el primer tramo para escalar al primer piso y ver si pueden averiguar algo más acerca de donde están. Los peldaños en este sentido les ayudan ya que no son muy grandes, antes bien, podría decirse que se adaptan perfectamente al tamaño de sus pisadas. Hay algo de familiar en todo aquello.

El primer piso es algo mas extraño aun que el sótano. La entrada es una boca negra, donde se acaba toda iluminación y todo rastro de habitabilidad que pudiera haber, con la salvedad de que ambos pueden ser observados de forma completamente nítida, como si una linterna o un foco estuvieran dirigidos hacia ellos. Acceden a lo que parece ser un pasillo donde hay un sinfín de taquillas en fila pegadas a una pared y el primer ser humano que pueden ver desde que aparecieron abajo. La zona de las taquillas si tiene mas visibilidad pero no llega a ser una de esas luces que lo llena todo sino, más bien, hay como copos de luz gigantes que llenan la estancia, como si abrieras y cerraras los ojos repetidas y consecutivas veces. El guapo mira al gordo y ven como la primera persona que han divisado desde que se encontraron pasa por delante de ellos rumbo a la oscuridad, "debe de haber una puerta al final", se imagina el gordo. El guapo piensa en parar al transeúnte para pedirle información, básicamente, para averiguar donde están, pero en el momento que va a abrir la boca ve a otra persona incorporándose al corredor. Entonces ven como comienza a llenarse todo de personas, algunas paradas frente a los armarios, dejando sus cosas, otras hablando entre sí animadamente, etc. Aquello parece definitivamente un instituto. Hay todo un rio de gente rodeada por una semioscuridad y ninguno de ellos hace por reparar en su presencia, en realidad, parece como si no existieran. Excepto por un pequeño grupo de personas. Una de ellas, completamente calva, se acerca al guapo y al gordo y les dice:

Calvo: "Hola, buenas tardes, les estábamos esperando. Me imagino que vienen por lo de la entrevista. Por favor, pasen por aquí.", indicando el camino que supuestamente debían tomar.

El guapo y el gordo están perplejos, Se miran entre si y no comprenden nada y piensan, "¿una entrevista?, ¿para qué?, ¿quién es este calvo?". El guapo se adelanta y se dirige al calvo.

Guapo: "Perdone caballero, ¿podría usted decirme para qué es la entrevista, por favor?".

Calvo: "Para locutor de radio, por supuesto. Últimamente, estamos perdiendo a muchos de ellos: el número de programas ha subido y la gente cada vez quiere más y más temas distintos. Al principio, con música y noticias les sobraba pero después empezaron a pedir de todo y todo distinto: programas de cine, de humor, reportajes, etc. La lista no para de crecer, lo cual es bueno, pero no damos abasto. Así que decidimos que queríamos comenzar este proceso de selección para ver si podíamos incorporar a más gente que pudiera llevar las secciones. Y por eso, están ustedes aquí. Ahora, por favor síganme y comenzaremos con la primera prueba”.

El guapo y el gordo, en sus respectivas agendas mentales, hicieron un hueco para procesar toda la información. Estaban en un instituto, mal iluminado, con gente joven por todos lados y un hombre calvo que les había dado la bienvenida a una entrevista para hacer un programa de radio del cual no sabían ni la temática ni nada de nada. El guapo había recibido formación como locutor anteriormente y sabia que partía con ventaja. El gordo sabia que el guapo había recibido formación y tenía experiencia en la radio y sabia que no tenia ningún as en la manga, pero aun así hacer entrevistas era su gimnasia mental de cuando en cuando y amaba los retos y situaciones donde se sabía perdido así que decidió que iba a darle una oportunidad a aquella situación. Ahora, ambos se miran y asienten. Deciden seguir al calvo hacia el lugar de la entrevista.

La comitiva les guía hacia una sala que no es una sala sino un tenderete, como una haima, toda de blanco, en la penumbra. La tienda está iluminada por detrás y por los laterales dándole un aspecto algo fantasmagórico. Dentro, hay una pantalla, como de cine, en la cual se exhiben películas a juzgar por el armatoste que han colocado encima de una mesa improvisada para la ocasión. Hay también algunos rollos con números (1, 2, 3, etc.) que corresponden a películas o documentales sin determinar, aunque estando en la sede de una radio/instituto seguramente tienen que ver con temas de actualidad, aunque el soporte es un poco antiguo. Entonces, el calvo llama al orden y les pide que ocupen sus localidades.

Calvo: "Por favor, siéntense. La película va a comenzar en breves instantes. Les pediría que estuvieran atentos a todos los detalles ya que la posterior entrevista ira sobre preguntas acerca de lo que van a ver y lo que pueden recordar".

El guapo se revuelve en su asiento, se siente un poco amenazado por lo que el sin pelo acaba de decir. Su memoria nunca ha sido su mejor cualidad y después de una vida de matar neuronas a base de cerveza, todavía menos. Sabe que el gordo, friki donde los haya, se caracteriza precisamente por eso y tiene la mente llena de miles de conocimientos chorra que no sirven para nada pero, en esta situación, puede significar el pasaporte a la gloria.

El gordo sabe que las tornas están cambiando y la situación se ha igualado un poco más, aunque no sabe exactamente hasta que punto aquello puede salirle bien. Tratara de estar lo más atento posible, lo cual tampoco es difícil porque vive en un estado de sempiterna atención/tensión por intentar estar a tono con las circunstancias.

La proyección comienza y ante los ojos de nuestros dos protagonistas, una película en blanco y negro inunda la pantalla. Los títulos de crédito indican que se trata de un film americano pero lo que termina de desequilibrar la balanza es la música. En cuanto suenan los primeros acordes de la banda sonora, el gordo, gafapasta por vocación y matriculado con aprovechamiento en historia del cine cuando estudiaba en el instituto, reconoce de seguida el titulo, "El mago de Oz". La ironía y la carcajada que acalla en su cabeza es máxima: el guapo le ha llamado más de una vez Dorothy en tono guasón. En cualquier caso, quiere tomar ventaja de la situación y disfrutar del largometraje ya que nunca ha tenido la oportunidad de verlo entero. Sin embargo, a lo largo de la trama se ve asaltado por numerosas preguntas: el perro que aparece es exactamente el mismo que el que el recordaba de visionados anteriores? porque en esta versión es excesivamente pequeño, Totó no levanta ni dos palmos del suelo. Por otra parte, el mejor de amigo de la protagonista es un portugués que mezcla su idioma con el ingles resultando un galimatías ininteligible que solo Celia? (la protagonista ha dejado de llamarse Dorothy y ahora se llama Celia) puede entender. Termina la historia con una secuencia en la que Celia decide irse a casa por su propio pie, en lugar de calzarse los zapatos que la mandarían de vuelta en un santiamén y el resto del elenco no entiende por qué prefiere esa forma de viajar.

Toda vez que el negativo se acaba, los dueños del proyector lo apagan para intercambiar impresiones. El guapo y el gordo están mirando la pantalla fijamente, no dan crédito a la bazofia de versión que acaban de ver. El guapo toma la iniciativa y dedica unos comentarios.

Guapo: "No sabía que esta versión fuera tan.....interesante. Me ha gustado, sobre todo, (carraspea ahora)...la fotografía. Unos paisajes y unos decorados inmensos", explica mientras se toca la oreja lentamente. Obviamente se está inventando la crítica sobre la marcha.

Calvo: "Se rodo al aire libre", añade el de la frente prominente.

Guapo: "Muy buena la localización entonces", matiza con voz mas ronca.

El gordo prefiere no realizar ningún juicio de valor y permanecer callado. La versión le ha parecido peor que si le clavaran tres puñales en los costados pero, como dice el refrán, donde manda patrón no manda marinero y si esa es la prueba que deben pasar que así sea.

El calvo les hace un gesto con la mano pidiéndoles que le sigan hacia otra habitación, la cual han dado en llamar la "habitación del miedo", pues es allí donde la mayoría de los cuestionarios post-cinematográficos tienen lugar. Es una sala pequeña pero con techo alto, con la salvedad de que todo se encuentra inmerso en la oscuridad, solo hay 6 flexos que delimitan la escasa área que se necesita para llevar a cabo el examen. A su vez, pueden comprobar que no están solos. Hay más personas mirándoles, el sequito que vieron al principio, con sus bolígrafos en sus manos esperando para tomar notas de las respuestas. Parecen autómatas, sin vida, quietos como un reptil y mirándolos con ojos completamente estáticos. Alguna que otra gota de sudor cae de sus cabezas y estalla contra el suelo. El guapo y el gordo tragan saliva.

La hora de la verdad ha llegado. En silencio, los contendientes ocupan sus posiciones. No hace falta papel y lápiz para este test, los alumnos solo tienen que responder a una serie de preguntas de forma oral, intercalando las respuestas mientras el oponente los mira. Sin embargo, por una especie de pacto no escrito, no se prestan atención, simplemente responden mirando al tendido y cuando no están activos, cruzan sus manos mientras apoyan los codos en sus piernas. A esperar que todo aquello acabe. Les preguntan de todo: acerca de la película, la banda sonora, el nombre de la protagonista, la raza del perro, la nacionalidad del asistente, qué planta está mascando el granjero, etc. Las preguntas van cayendo al mismo ritmo que la respiración se contorsiona y se vuelve irregular. El gordo falla la última y proceden al recuento. Mientras cuentan, el calvo levanta la mirada repetidas veces observando al gordo fijamente, con una media sonrisa, la misma que tú utilizarías para intimidar (sí, esa). El grupo canta las respuestas y los aciertos como uno sólo. El guapo y el gordo sonríen y se lamentan a partes iguales.

Cuando el séquito termina de corregir enuncia el resultado en voz alta, con una voz cruel al unísono:

Séquito: "Resultados del examen. Oscar Javier Rosa Jiménez, A. Andrés Jesús Mena Gallego, A.....-".

El gordo se halla estupefacto. No puede creer que el guapo le haya derrotado, se supone que él es más listo y ha visto mucho más cine. Él tendría que haber ganado.

Gordo: "¿Pero A- o menos que A?", con la mirada perdida. Le tiembla un párpado mientras pregunta. La cámara se centra en su cara.

Todos los miembros inquisidores están mano sobre mano, con gesto adusto y actitud displicente. Sin mover un sólo músculo. De repente, una voz tan aguda como la bocina de una bicicleta afirma dubitativa "A-".

La cámara enfoca ahora los ojos del gordo. Las pupilas dilatadas, como si estuviese bajo el efecto de alguna droga. Mira hacia abajo, el mundo se le ha venido encima. La oportunidad de su vida y se la birla el guapo, que en realidad tampoco es tan guapo. No sabe qué va a hacer ahora, como va a poder asimilar aquello. Quizá con el debido tiempo podría volver a optar a un puesto de locutor pero en otra radio o incluso en esa misma (¿por qué no?) pero en una sección distinta. El guapo empieza a quitarle hierro al asunto: balbuceando no sé qué de que no es tan grave, que si el gordo es un tío lleno de recursos y seguro que va a poder encontrar otro trabajo, que si puede llegar a ser un locutor muy famoso de todas formas, le dice que muchos locutores empezaron siendo descartados y después triunfaron. Ante la última afirmación el guapo se traba, no recuerda ningún ejemplo. El gordo hace tiempo que no le escucha, está en su mundo y en su mundo todo es mejor. En un esfuerzo por contenerse y aceptar la derrota como un hombre se pasa la mano por la frente para intentar relajar tensiones y entonces la ve. La solución a sus problemas. En lo alto de la mesa hay una pistola, brillante, inmaculada, hipnotizante, susurrándole que es suya, que le ponga fin a su sufrimiento, que descargue su ira con una ráfaga de santa poesía metálica.

El gordo siente una llamada tan intensa como la del anillo único a Frodo, entrando en una espiral de locura y embriaguez interna que enlaza una cosa con otra, sin poder pararla: los sietes pecados capitales, uno tras otro, deglutidos como grasa con la que se cebara a un cerdo, siete debates del estado de la nación seguidos (con sus correspondientes alegaciones), cuarenta faltas tiradas por Cristiano Ronaldo (para colmo falladas), tres discos rayados de Camela, una selección de los mejores momentos de "Sálvame", siete partidos seguidos de un equipo de Clemente, la cuadratura del círculo y la explicación de la teoría de la relatividad gravitacional expuesta por un tartamudo, un ticket de la tintorería para un traje de Paco Clavel, una vorágine de ideas mezcladas todas ellas para rematar con una foto del Fari después de haber chupao un limón. Esta última imagen lo llena de desesperanza. La mente del gordo ya no puede más, está a punto de estallar cuando, de repente, consigue salir del bucle para encontrarse al guapo diciendo..........."¿Carrascal?". Fundido a negro.

Carrascal??????. El gordo agarra la pistola y le descerraja siete tiros al guapo, que cae derribado mientras con su brazo tieso le hace la señal del dedo. Su extremidad se relaja súbitamente y exhala un último suspiro. El guapo ha muerto, larga vida al gordo. El gordo se queda estático mientras el séquito le mira fijamente con la misma cara que antes del tiroteo. Los jadeos del gordo no les extrañan y se quedan allí mirándolo, sin pestañear. De repente, el calvo gira el cuello lentamente y los demás le siguen con la mirada hasta apuntar al cadáver del guapo.

Un sonido de saliva en la boca comienza a resonar en la habitación. Es aún más obsceno que el de Aníbal Lecter al acordarse del hígado y del chianti. Los miembros del séquito están derramando literalmente su baba sobre el guapo que ahora ya denitivamente no es guapo (en adelante, lo llamaremos el acribillado). Entonces, los del séquito dejan sus exquisitos y estrictos modales a un lado y comienzan a engordar los músculos de la boca, mientras desencajan las mandíbulas en una mueca que haría que un mismísimo alien se acojonara y muestran unos dientes afilados y largos como si de un perro del infierno se tratara. Comienza la carnicería. Todos se lanzan en caída libre a por su trozo como una jauría de lobos. Incluso uno de ellos salta y hace el gesto de estar zambulléndose. El acribillado es pasto de los comensales que al terminar, mientras se relamen y se quitan los restos de piel y sangre de la boca, miran al gordo. Lo ven como una gigantesca chuleta de ternera, con salsa barbacoa y todo.

Los presentes se ponen un poquito más tensos de lo normal. Los que acaban de comer (en adelante, los comensales) con el calvo a la cabeza, se levantan de sus sillas y se dirigen hacia el gordo que da un par de pasos hacia atrás quedando en la penumbra, hasta que se detiene. De repente, una risa, un murmullo comienza a llenar el silencio de la habitación y los comensales se detienen a oír las carcajadas. El gordo ocupa su espacio de luz donde sus ojos son como dos vetas en un mármol recién extraído, de una forma antinatural, sin párpados, riéndose. Los comensales, al verle, empiezan a reírse también y pronto, las carcajadas son de campeonato.
 Gordo: "Me habéis dejado algo para cenar, cabrones?", pregunta mientras señala al acribillado con la pistola.

En ese momento, el acribillado se incorpora y con una caja de dientes en cuarto creciente que no sabe cómo mantener dentro de la boca, se cuadra. La cabeza tambaleándose a ambos lados.

Acribillado/cena: ".......Urdaci?".

El gordo(/abominación) y los comensales se vuelven hacia el acribillado. Lo miran con desdén. El gordo agarra la pistola y le pega otro tiro entre ceja y ceja.

Gordo: "Te calles ya, coñoooooo!!!!!".

FIN


Andres Jesus Mena Gallego

Este relato está escrito en memoria y homenaje a las tardes de lectura de nuestras propias historias en el Colegio Virgen de la Fuensanta.
http://loqueescriboenmicuaderno.blogspot.com.ar/
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8 de junio de 2015

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Te amo...a secas.


Una vez le dije a una chica que la amaba. Sí. Así a secas se lo dije. Después de mucho tiempo y sin vacilar y aunque ya parecía muy evidente se lo dije de todas formas. No parecía que estuviera fuera de lugar. Todo el tiempo hablábamos. Al principio lo que tuvimos fue sólo una relación normal en la que dos personas que están acostumbradas a verse por tener amigos en común hablan y se preguntan cosas. Conociéndonos. No tenía nada especial. Éramos sólo amigos; bueno, nunca lo decidimos o lo dijimos simplemente actuábamos como si lo fuéramos. Un día me sentía muy enojado y ella me escuchó. Supo algunas de mis frustraciones y pareció entenderlas claramente. Me dio algunos consejos. Nada fuera de lo normal. Después ella vino a mí con un problema. Yo sólo la escuché. Parecía que trataba de hacerme entender algo, pero no supe leer las señales del todo. Sólo le di un abrazo, de esos que la gente se da en los bares cuando esperas el año nuevo. Nada extraordinario. Nuestros cuerpos se juntaron por unos segundos nada más. Y después nos fuimos.

Meses después nos encontramos en la calle. Yo pateaba una lata. Mi novia se había encontrado a alguien más, obviamente más atractivo que yo. Supongo que me lo merecía. Es decir, casi no la veía. Ella estudiaba en una universidad de niños ricos y yo trabajaba de gerente en una tienda departamental. Nos conocimos mientras ella buscaba un regalo para su mamá hace dos años. La atendí y hubo química. Tuvimos algunos encuentros, pero nuestros mundos no coincidían del todo. En fin. La lata, víctima de mis frustraciones cayó en los pies de aquella chica. Ella tomaba un cappuccino con quien parecía ser una amiga. Automáticamente pedí disculpas y me disponía a seguir mi camino sin mirarla cuando ella me detuvo. No la reconocí, pero ella inmediatamente supo quién era. Me invitó a acompañarla con un café. Yo me negué. No tenía ánimos de hacer nada, en esos momentos era más viable encontrarme con el fondo de la botella de aquel brandy abandonado en mi casa y cantar lo último de Pepe Aguilar. Ella insistió y antes que pudiera negarme de nuevo ya tenía una taza de café tipo americano en la mano, la supuesta amiga se había ido y la chica me miraba desde su lado de la banca con ojos comprensivos. No me quedó de otra más que quedarme. Después de una breve interacción en referencia al clima y la cantidad de tráfico en la calle detrás de nosotros,ella lanzó la temible pregunta; la que nunca quieres contestar cuando te sientes mal: “¿Estás bien?” La miré con desagrado, subí la mano que no sostenía el café a mi cabello y comencé.

Ese maldito café debió tener algo por que hablé al por mayor. Hablé de todo. Mis sentimientos, mi enojo, mi miedo y mi soledad. Ella escuchó mientras sorbía otras dos tazas de lo que fuera que estaba tomando para ese entonces. No dijo absolutamente nada. Su rostro no tenía expresión o al menos no lo vi así en los instantes que volteaba a verla después de unas frases y algunas preguntas retóricas. Sorbí la última gota de aquel café ahora frío e insípido y al tiempo que lo hice me sentí desahogado. Aunque aquella botella de brandy seguía allí, adornando esa anticuada vitrina en la cocina del departamento donde vivía,yo tenía un dolor de cabeza categoría resaca y un sentimiento de alivio tal como si me la hubiera tomado toda. Era una sensación extraña. Ella exhaló. Me asusté un poco porque, bueno me había adentrado tanto en las cosas que había estado diciendo que había olvidado que ella escuchaba. Repentinamente me miró y empezó a explicar asuntos de chicas. Cosas que… un hombre realmente no habla cuando platica con una. Más bien, parecía que me había confundido con otra chica porque de repente hablaba de las cosas que le gustaban y no le gustaban de un chico, de lo que era importante para ella, de los zapatos de la mujer de enfrente y del buen gusto de la estilista que le había arreglado el cabello después de un cierto evento trágico en Acapulco.

Me perdí de la conversación cuando comencé a mirarla detalladamente. Su rostro aún parecía el de una niña. Tenía el cabello negro y sus ojos eran grandes y rasgados perfectamente simétricos. El cabello le caía poco debajo de los hombros y manejaba un fleco cruzado naturalmente recargado en el lado derecho de su frente. Sus orejas se asomaban ligeramente de los costados de su cabeza. Sus cejas tenían la curvatura exacta, parecía que no se depilaba para nada. Sus pestañas llamaban la atención pero no le robaban nada a la belleza de sus ojos. Su nariz tenía una caída discreta. Como si delicadamente se hubiera trazado una línea desde la punta interior de sus cejas hasta el desnivel del labio superior el cual se movía con mucha sutileza cuando hablaba. Sus dientes no se veían del todo pero aparentemente los cuidaba bien. Su cuello era el de una venus; lizo, largo y perfecto. Sobre sus hombros descasaba una sudadera casual rosada… parecía que la había usado ya muchas veces, pero no había perdido su presencia. Movía las manos con ademanes elegantes mientras hablaba y de vez en cuando se acomodaba el cabello detrás de sus orejas cuando reía o hacia una pausa. Y vaya que olía bien. Yo estaba hipnotizado. ¿Cómo era posible que no hubiera notado….?

Me hizo una pregunta…. Me preguntó algo…. Pero yo no había escuchado lo que me dijo…. Estaba tan concentrado en admirarla que olvidé por completo escucharla. Me quedé pasmado. Encontré mi mirada con la suya y parecía que la pregunta había sido importante… ella me desafió con sus ojos, parecía que tenía que decir algo pronto… ¿Qué pensaría de mi si le decía que repitiera la pregunta? De pronto sonrió, tomó mi mano (sin darme tiempo de limpiarme el sudorpor la tensión del momento) y miró mi reloj. Eran diez para las nueve. Súbitamente tomó sus cosas. Explicó que tenía que regresar a casa. Vivía fuera de la ciudad y no llegaría a tiempo a menos que se fuera ya. Inmediatamente me levanté de mi lugar, sin pensarlo le aclaré que yo me haría cargo de la cuenta, ella sonrió de nuevo, yo pude admirarla de pie. Era igual de bella. Me agradeció por la plática y se despidió con un beso en la mejilla. Yo apenas pude respirar cuando ella se acercó a mí. Se retiró de allí dejando su esencia en el espacio inmediato. Yo me quedé aturdido pensando en la revelación que acababa de tener y sensibilizando mi sentido del olfato lo más posible para retener tanto como pudiera su dulce aroma. Cuando caí en cuanta el joven que nos atendió me dio la factura. Dejé el billete en la charola y me fui sin pensar en el cambio.

Los días que siguieron fueron una abominación. No encontraba una razón para estar tan sorprendido por aquella chica y al mismo tiempo no encontraba una excusa buena para verla de nuevo sin que me viera desesperado. Los días se hicieron semanas y las noches sin dormir se hacían cada vez más agotadoras y largas. ¿Cómo podría yo decirle que saliera conmigo? Intenté pasar “casualmente” por ese café donde nos encontramos aquel día. Ensayaba mientras caminaba en lo que diría si llegara a encontrarla. “¡Hey, qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí de nuevo?”, “¿Puedes creer que éste es el mejor americano que he probado en la ciudad? Ya no puedo evitarlo ¡Al menos debo venir por uno todos los días!”, “¿De casualidad no nos habíamos encontrado aquí antes? ¡Jamás pensé verte de nuevo en estos rumbos!”. Pero nada de eso servía a menos que realmente la viera. Luego pensé que quizá andaría por alguno de los locales a la redonda. Muchas veces entré a preguntar por cosas sin sentido a aquellos negocios después de pasar un par de horas en el café por si la encontraba allí primero. Lo peor fue cuando decidí tocar las puertas de las casas de la zona pensando que milagrosamente ella atendería la puerta, pero nunca lo hizo. Claro que era más fácil contactarla por Facebook, o pedirle a nuestro amigo en común que me diera su número, pero ¡¿Qué tan desesperado era eso?! Resignado decidí dejar de hacer todo aquello. Era una pérdida de tiempo. Dejé de asistir al café y eventualmente dejé de pasar por allí. Insistía en revisar su muro para ver si me enteraba de algo importante. Un par de veces vi que se conectó y tenía la esperanza de que platicáramos. Pero jamás lo hizo. Yo estaba desecho. No entendía por qué nada había resultado.

Pasaron 3 meses y yo casi había superado la crisis cuando, de la nada, la vi entrar a la tienda en la que yo trabajaba. No lo podía creer. ¡Verdaderamente era ella y estaba allí! Inmediatamente sentí cómo la adrenalina hacía su trabajo y mis piernas de manera casi involuntaria me llevaron a pocos centímetros de donde ella estaba parada sin que se percatara de mi presencia. Vi que una de las asistentes se acerba a ella pero no podía permitir que esta oportunidad se me fuera de las manos. Súbitamente toqué su hombro. Mi mano me temblaba. Ella volteó y supo quién era. Parecía contenta de verme. La empleada que se había acercado al mismo tiempo que yo me vio furiosa, hice una mueca y con disgusto, se retiró de allí. La chica y yo nos saludamos. Había pocas palabras y ella parecía impaciente. Recordé que yo estaba en el trabajo y evidentemente ella había ido a la tienda a comprar algo así que le pregunté si podía ayudarle en algo. Me habló de cierto artículo que esperaba regalar a una persona…

Mientras me decía al respecto mis ojos quedaron hechizados por lo que veían. So rostro se veía más flamante y ese perfume era distinto al que traía ese día en el café, ¿fragancia de frutas dulces? No lo sé, pero me encantaba. Su voz era como el murmullo de un río apacible, suave sutil y delicado. Esta vez hice todo mi esfuerzo por no perder el hilo de lo que me decía así que obligué a mis sentidos a permanecer atentos. Todo cambió cuando mencionó la palabra “novio”. Fue como si un camión de volteo hubiese descargado tierra sobre mí. Me puse más nervioso, y sentí cómo la sangre abandonaba mi pecho y se posicionaba en mis extremidades. En ese instante no noté que me ella me miraba y yo no le daba respuesta. Regresé en mí justo para llevarla donde mostrábamos los relojes.

Era imposible. ¿Cómo no lo había pensado? Era lógico que tenía novio. ¿Por qué no lo pensé? Era absurdo pensar que una chica tan bella fuera soltera. No tenía posibilidad alguna. No hablamos mucho mientras lo escogía; Interactuamos hice mención de algunas de las opciones que le parecían apropiadas pero de ahí en más jamás me dijo que le daba gusto verme ni me preguntó cómo seguía después de aquel súbito y desafortunado rompimiento con mi exnovia. Con la desilusión en mi rostro y la tristeza consumiendo mis entrañas vi cómo elegía el reloj y se lo llevaba. Parecía que nuevamente regresaba al plano cero, al punto de origen o peor, estaba por debajo de estar en el punto de partida. No era nada para ella. Al momento de acompañarla a la salida de la tienda ella se volteó girando ese bello cabello y me dijo que seguíamos en contacto. ¡Ja! ¿Contacto? ¿Un par de tazas de café, una larga plática emocional, tres meses después y nunca nos dirigimos la palabra y ahora me decía que seguiríamos en contacto? Me limité a asentir con la cabeza y agitar la mano. Ella dejó un hilo de su aroma en el aire y se fue. Ese día tomó una eternidad. ¿Podía un hombre enamorado tener un peor día? Es decir, finalmente la había visto y no tuve el valor de decir nada. ¿Por qué no la invité por un café? La gente hace eso, ¿no? Sale a tomar café con otras personas aunque tengan una relación. Pero no, yo no lo hice. Me sentía el sujeto más cobarde.

Aquella noche no dormí ni la noche siguiente ni la siguiente. Estaba en crisis. Los días pasaron de nuevo y no supe nada de ella. De amarla en secreto comencé a odiarla. ¿Por qué había sido tan dulce y a la vez tan despiadada? Las mujeres pueden saber que un hombre las quiere. ¿Por qué ella no lo había notado? Quizá sí lo hizo y dijo eso para destrozarme… He sabido que a las mujeres también les gusta herir a los hombres por orgullo, para demostrar que pueden hacerlo. Seguramente eso había sido. Y yo estaba dispuesto a odiarla para siempre, a ella y a toda su descendencia por haberme lastimado. Estaba decidido a erradicarla de mi mundo para siempre. No pasaría una noche más en vela. Me encaminé a la sala a eliminarla de Facebook. Abrí la página y entonces lo vi. Era un mensaje de ella. Súbitamente olvidé todo mi rencor y abrí el mensaje ansioso. Me agradecía por el reloj. La selección había sido acertada. El tipo aquel estaba fascinado con el aparato. Estaba tan agradecida que sugería que nos viéramos en el café en el que nos habíamos encontrado hace meses para compensar el triunfo. Me fue inevitable brincar de dicha. Del odio absoluto había pasado a la felicidad extrema. Volvía a sentirme con una posibilidad. Era claro que esperaba verme. Seguramente le había causado una impresión. Estaba seguro que era eso. Quise contestar lo primero que se me vino a la cabeza. Pero decidí jugármela con discreción. No podía ser el hombre desesperado que se entrega por una casual invitación de tomar un café. Tenía que ser inteligente. Le contesté que lo haríamos tan pronto tuviera un espacio libre en mi agenda; le dije que en esos momentos mi empleo consumía gran parte de mi tiempo así que tendría que organizarme bien. Cerré la computadora y me dormí sonriente.

Los días que siguieron los viví imaginando nuestro encuentro. En cada fantasía ella terminaba en mis brazos o en mi cama. La segunda siempre era la más satisfactoria. Era como si estuviera elaborando un plan detallado de todo lo que tendría que pasar en ese encuentro. Repasé mi armario más de siete veces durante esa semana para asegurarme de tener el atuendo perfecto pero nada parecía satisfacer los estándares de la velada. Al final tuve que ir a comprar una camisa y unos zapatos exclusivamente para la cita. Tenía que ser algo espectacular pero no tan obvio, no quería que supiera que moría por ella.

Cuando estuve listo le informé que tenía una ventana de tiempo el sábado a las cinco. Ella contestó en ese instante aprobando la hora. Decidí anticiparme un poco pero no tanto. Tendría que llegar a tiempo no antes para que no supiera que estaba desesperado, pero no después para que no pensara que no me importaba. Aunque llegué media hora antes al lugar, no entré sino a las cinco en punto. Crucé el marco de la puerta del pintoresco café y allí estaba ella, flamante como siempre. No parecía haberse arreglado mucho para la ocasión pero qué importaba. Se veía hermosa. Su sonrisa era el accesorio perfecto que combinaba con lo que fuera que tuviera puesto. Era imposible que una mujer como ella se viera mal.

Llegué hasta donde estaba para saludarla. Ella me dio un beso en la mejilla y esta vez me aseguré de corresponder. Mis labios tocaron su piel y literalmente sentí como éstos se marchitaron, se secaron y se desintegraron todo en un segundo, afortunadamente tenía humectante en el bolso derecho de la chaqueta que llevaba. Estaba preparado para todo. Me senté frente a ella para admirar el espectáculo que ella representaba. Nos atendieron con el café y pronto nos encontramos conversando de todo. Yo actuaba natural. Alegre, caballeroso, elocuente y ameno. No podía fallar. Ella me seguía la corriente con todo. Cada tema tenía una fluidez precisa. No se nos escapaba nada. La pasamos muy bien. Yo me esforzaba por mantenerla sonriendo. Esa era la imagen que tenía que quedar grabada en mi mente, y me atasqué de cuadros instantáneos de ella haciendo sus gestos más dulces. Todo salía a la perfección.

No nos dimos cuenta de la hora y ya daban las ocho y media. Ciertamente el tiempo pasó increíblemente rápido. Ella miró la hora en su teléfono y aunque no me lo dijo vi que ya era tiempo de terminar la cita. Me enderecé en señal de pedir la cuenta. Ella comenzó a hurgar en su bolsa de la manera en la que las mujeres acostumbran hacerlo para asegurarse de que traigan todo lo con lo que llegaron o qué se yo. Cuando hubo terminado de hacer eso y de humectar sus delicadas manos con crema yo pagué la cuenta y salimos del sitio en silencio. Caminamos despacio por la banqueta como no queriendo despedirnos. Cuando finalmente estuve listo para decir algo ella parecía que también lo haría; nos interrumpimos mutuamente al tratar de habar al mismo tiempo. Dejamos de caminar. Ella se acomodó el cabello y comenzó a hurgar en su bolsa de nuevo. Yo jugaba con mis pies mientras conservaba mis manos en los bolsillos laterales de mi pantalón. En mi mente, yo la tomaba desprevenida por lo hombros y le plantaba un prolongado beso pasional, después ella me miraba con ojos penetrantes y me abrazaba con ternura. No sucedería eso.

Mientras yo vivía mi utopía ella paraba un taxi. Hurgó en su bolsa para sacar su cartera. El taxi se detuvo enfrente de nosotros. Se despidió de mí nuevamente con un beso y se fue. Permanecí parado, al filo de la banqueta viéndola irse… otra vez. Llegué a casa emocionalmente agotado. Era obvio que no me amaba, que no me quería y que difícilmente le gustara. Me senté en la sala, frente a la computadora cuando escuché la alerta de notificación. Leí su estado. Había pasado una noche estupenda, y me etiquetó en la publicación. Es indescriptible la emoción que invadió mi cuerpo. Jamás había experimentado el éxtasis en mi vida pero tenía que ser algo muy semejante a esto. Seleccioné la opción de “me gusta” bajo el glorioso mensaje. Correspondí el cometario con un sencillo: “Fue estupendo, deberíamos hacerlo de nuevo”. Nada comprometedor y me fui a dormir.

Después de esa noche charlábamos casi diario. Si no era un mensaje era una breve llamada. Casi siempre las llamadas las hacía yo. Nos preguntábamos cosas insignificantes. ¿Cómo habíamos pasado el día? ¿Qué habíamos almorzado? ¿El trabajo había sido pesado?Cosas de ese tipo. Nada realmente profundo. Pero siempre teníamos tiempo para reír un poco juntos o quejarnos de las simplezas de la vida. Con el tiempo empezamos a cultivar una relación sólida. Ambos sabíamos que teníamos que hablar y aunque nunca tomábamos temas muy personales sabíamos que en cualquier momento allí estaríamos el uno para el otro.

Entonces una noche, en medio de esas ya muy acostumbradas conversaciones ella parecía fuera de sí. Ya saben, cuando te das cuenta que una persona no está siendo ella misma porque no usa las mismas palabras. Fue una de esas veces en las que el sexto sentido nos advierte que algo no anda bien. Ella no contestó cuando le pregunté si algo andaba mal. Escribí puntos suspensivos porque eso siempre significa que estás esperando que alguien diga algo… Vi que comenzó a escribir y luego que dejó de hacerlo. Esto se repitió como unas tres veces hasta que desesperado le pregunté si le gustaría que nos viéramos. Pronto ella contestó que sí. Y decidimos vernos tres días después de esa noche en el mismo café donde ya nos habíamos reunido repetidas veces después de la primera cita.

Nada de lo que había pasado entre aquel encuentro inesperado en el café y ese día había cambiado mis sentimientos por ella. Era todo lo contrario. Ya había desarrollado un amor silencioso por todo lo que ella representaba. Sus ideales, sus metas, sus gustos, sus hábitos, sus bromas, sus faltas de ortografía, sus movimientos, sus gestos, sus ademanes, sus miradas, sus ojos, su cuerpo… Estaba enamorado. No había otra palabra que lo describiera. Era amor sincero y abnegado. No lo podía negar. Muchas veces me quise aventurar a declarar mis sentimientos sin reservas, pero no sólo nunca estaba en contexto con lo que fuera que estuviésemos hablando sino que también era patético. Yo sabía que el supuesto Mariano andaba por allí en su vida, estancándola fuera de mi alcance. Pero era claro que me preocupaba por que algo estuviera mal entre él y ella. Después de todo, el verdadero amor no tiene envidia, no se envanece en sí mismo… y por más amargas que me supieran esas palabras, me dispuse a apoyarla incondicionalmente.

Claro, el amor verdadero no controla mis fantasías y en ellas ella acudía a mí en consuelo de que el maldito Mariano la había cambiado por otro hombre. Así es, ese Mariano siempre me dio la espina de ser del otro bando, tomándose fotos sin camisa mostrando sus brazos alterados por las hormonas que consumía en esas estúpidas malteadas que estimulan al cuerpo.Así que esa noche ella sabría que yo siempre he estado allí para ella y en esos momentos de mayor vulnerabilidad caería en mis brazos comprensivos para pedir consejo. Yo sería un caballero y me negaría a comportarme como un patán a pesar de su desconsuelo. Después seguiría viéndola, atendiendo su necesidad de ser escuchada y atendida por un hombre sensible y comprensivo. Después de todo ella se daría cuenta de lo que soy y de cuánto la he amado y me aceptaría. Claro que todo eso eran simples sueños, pero no perdía nada en alegrarme un poco en la incertidumbre de la situación.

Los tres días de espera pasaron muy despacio. No hubo momento en el que no pensara en lo que había causado ese estado de ánimo. Sí nos encontramos conectados en Facebook al día siguiente, pero la plática fue más súbita que repentina. Ella se desconectó de inmediato después del saludo y la despedida y yo no pude ni preguntar si las cosas habían mejorado. Al día siguiente le llamé, esperando confirmar la cita del día siguiente. Y así fue. Confirmé la cita, pero no pude hacer más porque ella tuvo que colgar. Parecía estar ocupada escogiendo unos manteles o algo de un salón que no entendí muy bien. Supuse que se trataba de algo de su trabajo ya que era la encargada de la logística de los eventos en el hotel.

Llegó el momento del encuentro. Por todo lo ocurrido (y asumido) antes de éste, estaba determinado a ser un hombre comprensivo y atento y así ganar suficientes puntos a mi favor para entonces dar el siguiente paso. Estaba seguro de que funcionaría. Llegó corriendo, distraída y aparentemente sin haberse preocupado mucho por su aspecto, sino más bien habiendo dado prioridad a otras cosas. Yo no le di importancia a ese detalle. Se sentó frente a mí. Sin mirarme ordenó lo que bebería al primer muchacho que pasó a su lado, acomodó sus cosas, humectó sus manos con aquella crema que siempre usaba, recargó sus codos en la mesa aún sin hacer ningún tipo de contacto visual y así sin más ni más lo dijo: “Me voy a casar”.

Fue como si un balde de agua congelada me hubiese caído, como si un carro me hubiese golpeado a 230 kilómetros por hora. El rigor de aquella noticia recorrió cada rincón de mi espina. Sentí cómo los calambres se recorrieron ávidamente hacia mis extremidades, parecía que mi cuerpo se reseteaba al momento que mi mente asimilaba la trágica noticia. Me paralicé. No lo podía entender. Mariano era homosexual… o al menos así lo había asimilado. Me sentía al borde de un ataque. Gracias al cielo un muchacho tiró una charola justo detrás de mí y el escándalo me sacó delshock al tiempo que respondía al estímulo del ruido con un violento respingo.

En una milésima de segundo tendría que contestar algo. Ella me miraba, como si estuvieraa la expectativa de mi reacción. Entonces viajé en el tiempo recorriendo cada imagen que había almacenado desde el punto en el que ella entró al café con toda su tromba hasta el momento en que soltó la brutal noticia. Hice esto para asegurarme de no haberme perdido de nada. Me puse de pie en silencio. Sonriente y muriendo por dentrome incliné sobre ella en un abrazo de falso júbilo. Estaba seguro de que ella sería feliz mientras yo estaría listo para afrontar la pena del suicidio, la peor de las muertes… el corazón herido. Después de aquel largo abrazo de felicitación (y antes de que pareciera de despedida) regresé a mi asiento. La miré a los ojos. Se veía tan bella, tan bella que a pesar del lío de nervios y estrés que evidenciaba, ella no dejaba de lucir su belleza innata.

El resto de la noche ella no paró de sonreír. Se le veía feliz, verdaderamente feliz. Muchas veces rompía en carcajadas, no sé si de emoción o de nervios; quizá un poco de ambas. Cada una de esas veces que ella reía yo tenía que fingir mi más genuina felicidad, porque sabía que si no ponía lo mejor de mí sería evidente mi pesar… y no quería arruinar su dicha o incomodar la ocasión con mis pesares. Repetidas veces me dijo que este era su sueño hecho realidad. Que sabía que casarse con ese imbécil era la decisión correcta. Nunca reflejó algo además de amor sincero por el maldito de Mariano.

Antes de irnos se disculpó por haber actuado raro los últimos días. Me dijo que primero tenía que asimilar la noticia y después aceptarla. Me dijo que antes de nuestra cita aún le hacía falta hacer algo antes de estar completamente segura de su respuesta y que ahora ya no le hacía falta nada para estar convencida. En esos momentos yo miraba al suelo, pensando que necesitaría ir a conseguir más alcohol, mi reserva en casa no era suficiente para resanar el vacío que había causado nuestro encuentro. Regresé al momento presente cuando ella me agradeció. Levanté la mirada y ella lloraba. No entendía por qué me había agradecido ni exactamente por qué lloraba, pero parecía importante así que me limité a abrazarla de nuevo. Permanecimos abrazados por un largo rato. No me interesó contar los minutos, lo que me importaba era capturar el momento, seguramente dos horas después yo estaría llorando en mi casa, odiándome por no haberla soltado antes y causarme más daño; pero en ese momento lo que importaba era sentirla ya que quizá sería una de las últimas veces que tendría la oportunidad de hacerlo y seguir pensando que podría ser mía.

Cuando el abrazo terminó ella secó los restos de la última lágrima que bajó por su mejilla izquierda. Me prometió que llamaría antes de dejarme la invitación de la boda. Me agradeció por el tiempo que pasamos juntos; se despidió con un beso como siempre lo hacía y se fue. Yo no quise quedarme a ver cómo se iba. De inmediato me di la vuelta y comencé a caminar. Mi paso era pausado, meditativo… pensé en todo lo que había pasado, y en lo idiota que había sido al nunca decirle lo que sentía. Sin darme cuenta mi paso lento y reflexivo se había convertido en largas zancadas de frustración. En mi mente la vi de blanco, con el estúpido Mariano recibiéndola en el altar, como la pareja perfecta. Repetí la escena tantas veces que entonces ya no caminaba, trotaba. Pensé en todas las oportunidades que había dejado ir. Las caminatas en el parque, las tardes en el café, las largas conversaciones telefónicas… Me sentía el hombre más insignificante y absurdo del mundo. Me encontré corriendo histérico por la calle, llorando, sin poder respirar o contener la tristeza.

Llegué a mi casa y me encerré en la cocina. Tomé la primera botella que encontré. Me tiré al suelo junto a la puerta que da al patio de servicio con la botella nueva en mis manos. La abrí y me la empiné. Parecía whisky. Ardía como los mil demonios pero no me importó, seguí tomando… llorando, incapaz de sofocar el dolor del pecho y las palpitaciones en mi cuerpo. Lo que pasó después de eso es difícil de recordar. Recuerdo haber cantado. Sentir mucho calor. Cantar un poco más. Tirar la botella. Sollozar. Tomar el cartón de cerveza que estaba en el refrigerador, tomarme la mitad de las latas y las otras empinarlas en la boca de las máscaras incas que me había regalado mi mamá hace dos años después de su viaje por Sudamérica.Llorar.

Desperté al día siguiente tirado en el piso del baño demasiado tarde para ir a trabajar. Tenía un fuerte dolor de cabeza, un fino hedor a vagabundo y la moral por debajo del subsuelo. Me levanté y el resto del día me la pasé en la cama. Sentía calosfríos. Dormía por ratos. Soñaba con ella estando sentados en el café, hablando conmigo, radiante como siempre. Despertaba sobresaltado, llorando por ella como si hubiese muerto y llorando me volvía a dormir. ¿Cómo es que eso me estaba pasando? No era normal amar tanto y no ser correspondido. ¿En qué película de amor se hablaba de esta terrible enfermedad, de esta realidad… de este infortunio? Era el hombre más pequeño y miserable del mundo. No soportaba la vergüenza. Era un nudo de sentimientos. Me sentía enojado con ella por no amarme, enojado conmigo mismo por no decirle lo que sentía, enojado por no sentirme feliz por ella y enojado con el universo por no darme una oportunidad. ¿Qué acaso el amor no tiene envidia? ¡Mierda, que eso era una vil mentira! ¡Por supuesto que tiene envidia! La persona a la que amas no la quieres compartir con cualquier imbécil que se le pasa en frente y mucho menos con el inútil-brazos-fuertes de Mariano. Aquel día fue peor que la noche anterior… podía recordar muy bien todo lo que pensaba y eso duplicaba la pena y duplicaba el dolor.

Supongo que finalmente pude conciliar el sueño sin sobresaltos. Me levanté al día siguiente más tranquilo. Aún no había sonado la alarma, pero sabía que estaba a tiempo para alistarme para el trabajo. Me levanté. Prendí el calentador. Pasé un largo rato parado bajo el agua. La temperatura no importaba. Necesitaba esa sencilla sesión relajación. Finalmente tallé mi cuerpo. No podía definir cómo me sentía en esos momentos, pero parecía que al tiempo que el agua bajaba por mi cuerpo hasta llegar a mis pies me libraba de toda la tristeza y el sufrimiento. Me rasuré y unté mis menjurjes. Recuerdo haber pensado que los hombres a veces somos tan vanidosos como las mujeres. Sonreí. Tomé mi ropa. El uniforme de trabajo. Parecía todo tomar su lugar finalmente. Vestí mi corbata, la mejor de todas y calcé mis zapatos. ¡Cómo me gustaban esos zapatos! Tomé mis llaves.

Me dispuse a salir de la casa y enfrentar lo que fuera. Abrí la puerta y cayó. Era un sobre blanco perla con un listónmorado esmeradamente atado en un moño alrededor de los extremos horizontales del sobre. En la esquina superior derecha difícilmente se leía esa caligrafía anticuada que se usa para los eventos de suma elegancia que grababa las iniciales “M y M” dentro de un perfecto círculo dorado. Me incliné a levantar aquel augurio del mal. Lo abrí sin cuidado arrojando con desprecio el estúpido listón morado. Al abrirlo decía: “Mariano Matamoros y Montserrat Gonzalez desean que les acompañes…”

Fue todo lo que leí. Arrojé el pedazo de cartón al suelo. Volaron al aire lo que parecían los pases de la recepción. Me senté al marco de la puerta. Invadido por los sentimientos que me hicieron agonizar las pasadas 36 horas. Y justo antes de ceder ante ellas vi que la invitación tenía algo escrito detrás y lo que parecía ser la letra de Montse. Me abalancé sobre el cartón que yacía a metro y medio de mí. La nota decía así:

“Querido David:

Has sido mi amigo por mucho tiempo. Estoy feliz de invitarte a mi boda, bueno, seguramente lo leerás cuando abras la invitación. De todos modos no quería perder la oportunidad de invitarte yo misma, especialmente yo por lo mucho que me importas. ¿Quién diría que pasaría el tiempo tan rápido? En fin, yo me casaré y espero que tú encuentres a la mujer que te hará feliz. No sé por qué escribí eso. Creo que la invitación era la excusa perfecta para decírtelo yo misma, pero nunca abriste la puerta. Perdón por no llamar antes.

Saludos,

Montse.”

Era lunes alrededor de las once de la mañana. Yo corría. La invitación, los pases y el estúpido listón morado se habían quedado en la casa. Pero no las palabras de Montse, esas las repetía en mi cabeza como un mensaje de emergencia se emitiría en una estación de radio en caso de una emergencia. No entendía bien cómo, pero sabía que había algo oculto en esa nota, ella no había dicho algo. Y si yo tenía razón, ese algo era la chispa de esperanza que yo estaba esperando. Ella nunca me había dicho algo así, nunca, jamás había hablado de mi felicidad con alguien más y ahora que se casaba me lo decía. ¿Por qué? No estaba seguro, pero no esperaría más tiempo para averiguarlo. Correría hasta donde estaba. ¿Dónde estaba? ¿En su casa fuera de la ciudad? ¿Sabía dónde vivía? Alguna vez me dijo su dirección y había visto fotos del sitio pero jamás había ido para allá. ¿Estaría en el trabajo? ¡Chispas! Era lunes, usualmente entraba tarde los lunes. ¿Estaría en el café, o en viendo su vestido de novia? No sabía nada de esto. Sólo sabía que tendría que encontrarla y hacerlo pronto. Ella tendría que escucharme.

Finalmente llegué al hotel donde trabajaba. Pensé que ese sería el lugar más obvio para empezar a buscarla. Entré al recibidor gritando su nombre. Estaba tan lleno de adrenalina. La vería y no intentaría hablar con ella. La besaría. ¡Pensar en eso me emocionó aún más! Ella tendría que saber lo que sentía de algún modo y no me detendría por nada. La gente ya me miraba raro. Yo gritaba descontrolado por todo el salón, invocándola como si fuera a parecer sólo por repetirla con mi voz cientos de veces.

El personal de seguridad ya había perdido la cabeza en el momento en el que yo entré con mi escandalera, pero la cosa empeoró cuando me paré en el escritorio de la recepcionista a clamar a gran voz el nombre de Montserrat Gonzalez. Tuvieron que llamar a los dos guardias del estacionamiento para ayudar a los tres del lobby. Yo no pensaba. Me resistí a ser llevado fuera del lugar, tenía que hablar con ella. Lograron bajarme pero no taparme la boca. Nada impediría que la viera. La gente me miraba asombrada, parecían confundidos; no sabían si tenía problemas mentales o si me había escapado de un circo… Todos abrían paso mientras me llevaban deteniendo lo que fuera que estaban haciendo para ser testigos de aquella escena. Ya saben, gente chismosa.

Me sacaron a rastras del sitio. Yo, histérico, reía de dolor y cinismo. ¿Quién diría que llegaría esto? Forcejeaban conmigo para meterme a una patrulla cuando llegaron Mariano, Montse y su mamá. Ella me reconoció de inmediato, pidió a los guardias que me soltaran. Ellos la miraron. Nuevamente les pidió que me soltaran. Yo estaba idiotizado por su presencia. Después de un breve intercambio de miradas me soltaron pero no se fueron. Nos separamos unos metros de la compañía de guardias y de la Madre de Montse y el idiota de Mariano quienes nos miraban sin entender lo que pasaba. Ella estaba estupefacta. ¡Dios cómo amaba esa cara! Me miró con una interrogante en el rostro tras preguntarme qué había ocurrido. Yo comenzaba a sentirme ebrio de vergüenza y antes de pensar en volver al rol pasivo que había tomado por tanto tiempo le dije: “Montserrat, te amo”.

El tiempo se detuvo. Instantáneamente dejó de pasar. Ella no parecía estar sorprendida. Pero tampoco decepcionada. Se veía feliz. Nos miramos el uno al otro sonriendo por lo que pareció mucho tiempo y a la vez nada. Ella me veía por primera vez, es decir, realmente me veía y aunque siempre lo supo… aunque siempre supo que yo la amaba nunca pensó que se lo diría así, a secas.

-K. Beruang

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