31 de mayo de 2014

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Superficialidades


Y en lo efímero de los días hay un solo sentimiento que tal vez es menos efímero ,pero efímero al fin.
En lo efímero de los días hay breves momentos de algo parecido a felicidad, pero a la vez falsos.
En lo efímero de los días la palabra amor ya casi no existe pero la palabra soledad abunda.
En lo efímero de los días jamás existe esa cosa rara que llaman amor.
En lo efímero de los días solo muy pocos bendecidos o desgraciados saben que existe el amor sea correspondido o no.
En lo efímero de los días hay gente como yo que ya dejo de creer en el amor, pero en el fondo sangra por ansias de creer.
En lo efímero de los días la gente va y viene y da vueltas y respira y siempre esta ocupada.
En lo efímero de los días nadie se detiene para observar y mirar al otro.
En lo efímero de los días aveces dos cuerpos se encuentran pero no sus almas, dicen que tal vez esto es normal pero no se , lo dudo.
En lo efímero de los días aveces uno busca distracciones que mas tarde terminan dañando.
En lo efímero de los días  tal vez un beso una caricia y la sensación de ser deseada sea lo único tal vez menos efímero.
En lo efímero de los días mi boca busca la tuya solo por deseo y tal vez muy lejos algo de eso que llaman cariño, algo que no se controlar ni manejar, ni se si en mi opacado mundo de grises se que tengo.
En lo efímero de los días solo tengo la certeza del beso de la caricia del abrazo de la excitación momentáneo ,tal vez en recónditos momentos pasados experimentados y un futuro siempre incierto.
En lo efímero de los días hoy estoy aquí escribiendo.
En lo efímero de los días tal vez tu boca, tus labios, tu cuerpo fueron el único escape a la mediocridad de este día.
Tal vez en lo efímero de los días haya sucedido algo efímero que fue trascendental.

Daiana Avalos Robledo

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30 de mayo de 2014

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Montevideo, Uruguay.

Fuente: elaboración propia.

Conté las hojas que habían caído en el jardín. Las conté una a una mientras el viento se las llevaba todas. Era una fría tarde de otoño y el viento soplaba con fuerza. Desvié la vista de las hojas que alborotadas sufrían al vaivén del viento, y miré al cielo. El cielo gris, de un gris monótono y brillante. Sin gracia. Ni alarmante ni desconcertante: aburrido.

— ¿Me podés mirar por favor? No puedo así sino.

Le miré aburrido como el cielo: con el mismo gris en mis ojos. Desafiante.

— Necesito terminar esto bien Martín, te lo pido por favor... no fue mi intención, vos me conocés.

— Convengamos que no, ¿verdad? Digamos abiertamente que no Florencia. «¡No!» Obviamente no te conozco.

Sus ojos llorosos ya de hace un rato miraban suplicantes, ¿piedad? No podía sostener esa mirada. Esa suplica que tocaba en lo más hondo de mi ser. No debía flaquear: «debo ser fuerte».
Así que miré nuevamente al cielo gris, pero está vez me fue imposible contener el llanto y una densa lágrima resbaló por mi mejilla. Cayó lentamente dejando tras de sí un leve ardor. Un ardor, que con propiedad puedo decir, surgía desde lo más hondo de mi alma.
En su momento no pude describirlo, no podía encontrar las palabras; aún no logro hacerlo. Era un ardor cómodo. Intolerablemente cómodo. Como si algo faltara, como si la sangre coagulara dentro de mí y lo hiciera todo más denso, espeso: intolerable. 
Podía sentir las palpitaciones en mis oídos, acompasadas al entrecortado de mi respirar. Podía sentir el estomago comprimirse y los músculos del abdomen tensarse. Podía sentir todo ese desasosiego hacerme mierda desde adentro.
Aún así solo fue una lágrima, solo una la que logró escapar, y volví a repetirme: «debo ser fuerte».

El silencio, nos separó por lo que parecieron horas. Las hojas habían vuelto a arremeter unas con otras. El viento constante, zumbaba.
Tuve la repentina necesidad de tomarla de las manos, de llorar. De llorar mientras la tomaba de las manos, de rogarle que me perdone. No importaba ya más nada, solo necesitaba volver a estar con ella. Poder mirarla, poder sonreírle, poder sentirle para que me sienta. Pero el orgullo me puede más. «El ego es un tatuaje de muerte tatuado en la frente...». Me reí por lo bajo no por la gracia: por lo desafortunado del momento. Alfonsina hace eso.

La sonrisa se diluyó en una mueca de dolor, así como el alcohol en agua; amarga, estática en mi rostro, mientras una segunda lágrima se hacía paso. Así con ella la rabia, una rabia tan honda, con tanto dolor, con tanta culpa. ¿Culpa?, ¿cómo después de todo lo que había ocurrido podía llegar a sentir esta culpa? ¿Culpa de qué? Si quedé como un completo idiota. La idea del absurdo arremetió contra mí nuevamente. Oscuros pensamientos volvieron y la angustia se hizo primera en la fila.

El silencio no se prolongó por mucho más, noté se erguía a mis espaldas y con un tono bastante seguro para el sollozo constante que había tenido por compañía, me habló:

— Me... me hubiera gustado terminar esto bien Martín, pero...

«pero...», pensé.

— Pero te entiendo. Juro que te entiendo, yo...

Sus palabras lograron desatar la tercera lágrima. Quedé a la espera. Esperaba una disculpa, algo que hiciese de todo un chiste. Pero sabía mejor que esto. Sabía demasiado como para siquiera proponérmelo realmente.
Los siguiente que escuché fue el crujir de las hojas de otoño bajo sus botas. Botas que se alejaban, con su llanto ahora más claro, más lejano. Lejos de confortarme su dolor, me atormentaba. «Llanto como cuchillas».
El ardor volvió a mi rostro, el viento seguía zumbando frente a mis oídos, pero no era ese el zumbido que me nublaba ahora. Lloré. Lloré como nunca antes lo había hecho. Lloré como si en vida, llorara mi propia muerte. Lloré y le hice justicia al desazón que me comprimía el pecho. Lloré y lloré.
El dolor afloraba con violencia, más doloroso que tenerlo dentro fue dejarlo ir. Lloré sin control; por mucho que intentara no podía controlarlo. Lloré, y entre espasmo y espasmo, sentía.


Eugene

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29 de mayo de 2014

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Identidad



quisiera saber como fuiste y como creciste
quisiera saber como sufriste, en que creías y que soñabas
como era tu sustento y como cazabas para tu alimento
como sobrevivías ,quisiera saber que soñabas,a que le temías
quisiera saber como tu sangre termino en mis venas
quisiera saber si alguien te vendió, te enjaulo
quisiera saber quien fue cruel con vos , con los tuyos,con tu raza con nuestra raza
quisiera saber como fueron oprimidos tus pueblos ,como desaparecieron , como fueron mutando
quisiera saber quienes eran tus dioses y tus ritos,tus culturas
quisiera saber si yo tengo algo aunque sea un gesto,una expresión,algún instinto de tu tierra y cultura
quisiera saber el hervor de tu sangre!!!
quisiera identificarme en ustedes y a su desgracia...
quisiera saber como su chispa se fue apagando,
como fue que termine aquí ,hablando esta lengua creyendo en un cristo y que en nombre de él lastimaron a tantos (hipocresía)
el no saber es mi condena,el no tener identidad es un castigo,el ser uno mas del montón lastima
Asi se sintieron?? cuando les pusieron otros nombres, donde todos eran iguales, todos del montón!!! (rabia)
esta sera la causa de mi dolor?este sera el porque siento que no pertenezco a ningún lugar ?porque? no entiendo !! de que soy culpable??....
....CULPABLE SOY QUE EN MI SANGRE CORRA UN CRISOL DE RAZAS

dedicado a ustedes aborígenes , españoles, portugueses, africanos a todo los que se y a los que desconozco también

Daiana Avalos Robledo
blogdeiblogkey.blogspot.com.ar

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24 de mayo de 2014

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Desde la ruta



Sublime campo trillado
que observo desde la ruta,
en tu airecito puntano,
se va presintiendo la lluvia.

Con tus ocres y amarillos
que anuncian el atardecer,
recuerdas las parvas de trigo
luego de segar la mies.

Sobre tu plana extensión,
Guardianes de la era:
talas y caldenes, a la sazón,
su cuadratura refuerzan.

Y las nubes en escalada,
disgregan tu inmensidad,
autorizando la llegada
del último destello solar.

Aceptas el ágil movimiento
de las aspas de un molino,
Mientras cabalga a los lejos,
un peón, gaucho argentino.

Te cruzan algunos perros
que desdibujan tu soledad,
fieles, siguen al compañero,
que custodian en su andar.

Ya casi te tiñes de noche
cerrando otro ciclo vital.
Se esfuman tus colores
hasta un nuevo despertar.

Mientras la ruta se pierde,
entre sombras del ocaso,
mis ojos se cierran tenues.
¡Sublime campo trillado!

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22 de mayo de 2014

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Escribir: una extensión de leer


Es cuando las palabras
se te amuchan en la boca.
Duele el deseo de sacarlas
como opciones que felizmente
dejamos de tomar.
No elegimos por que,
al fin y al cabo,
ninguna va a ser mejor que todas.
Y se sabe que nunca estamos satisfechos
con lo poco,
si ese poco puede ser mucho.
Nunca con lo limitado,
si ese límite puede traspasarse.
Entonces, para terminarlo,
yo elijo
EL UNIVERSO.

http://patasalaire.blogspot.com.ar/
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21 de mayo de 2014

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Y la osadía los unió


Kilómetros de una osadía inexistente
Había decretado mantenerlos alejados por siempre.
El infinito, indiferente al mandato,
Hizo acto de ausencia y lo dejó sin efecto
La noche, conspiradora, se vistió con garbo
Y engalanada aprovechó el momento.
El miedo descuidado se quedó dormido
La voluntad se escabulló sin pedir permiso
La distancia, prevenida,
Se preparó para marcar partida
Y anhelante, la espera se plantó en la esquina
Dejándole espacio a los protagonistas:
Él guió los pies hacia su casa, ella hizo lo propio hacia la suya
Llegados a destino ninguno encontró lo que buscaba
Emprendieron el camino de regreso con la cabeza gacha
¡Y mire usted si las pasiones no son imanes!
Sus cuerpos los hicieron tropezarse.
Miradas acuosas
Las respiraciones se entrecortan
Los corazones se agitan
Los músculos se tensan.
Manos sudorosas se impacientan,
Pero pugnan por quedarse quietas;
La mente anuncia retirada,
Esta vez no quiere dar batalla.
“¿Querrá tenerme cerca?” Se preguntan.
Ella roza sus labios apenas y se aleja por respuesta.
Él la apresa entre sus brazos, anula la distancia,
Hace que la interrogante sobre…
Sobre ellos el cielo oscuro está por develar un secreto
Secreto que hace muchas lunas había gritado el silencio
Silencio que no logró hacerlos olvidar sus voces
Voces en las que a la par confluyen el pasado y el presente
Presente en el que el tiempo revive para que se reencuentren sus pasos
Pasos que aun ignorando la dirección en la que ahora van,
Marchan al unísono siguiendo el mismo compás
Y con la certeza inequívoca de que nada en esta vida es una casualidad.


Fritzy Zamor


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19 de mayo de 2014

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Bistró



La mujer rubia de ojos claros se acodó en la barra de ese bistró, pidió una copa de vino blanco y sacó un cigarrillo; el barman, diligente, le ofreció fuego. Ella lo aceptó distraídamente. Insinuaba pensar en una causa perdida, acaso en un amor… ¿Quién sabe? Miraba todo a su alrededor, a los parroquianos que ocupaban las mesas del local. Había misterio en ella. Cada mujer conlleva una intriga, pero ésta tenía un no sé qué, algo que la hacía aun más misteriosa que cualquier otra dama.
No fue ésa la única copa que bebió. De a poco el barman se fue ganando su confianza. Podría habérsela llevado a su casa, de no ser porque justo unos minutos antes de cerrar llegó un hombre, ella lo saludó y se marcharon juntos. En ese momento, a la rubia pareció no importarle la espera.

Texto: Luciano Doti
Imagen: Jeffrey Vanhoutte


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18 de mayo de 2014

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El viajero



Nunca nadie supo con certeza cómo llegó, ni cuándo, ni mucho menos qué sucedió aquella última noche de invierno. Sólo se sabía que habían escuchado los lugareños de una isla poco poblada unos gritos desgarradores, provenientes de niños horrorizados por una escena aterradora. La imagen viva de un hombre desplomado, aparentemente inconsciente, sobre la playa a simple vista aparentaba ser un juego infantil. Pero fue cuando los lugareños, entre ellos el médico con mayor prestigio en la isla, vieron en la costa los restos de un velero de madera. El más grande vestigio del destrozo yacía en la cumbre de una roca enorme, como estatua del peligro que implicaba navegar por esas aguas misteriosas. El médico, al ver al desafortunado y desgraciado hombre inerte, ordenó inmediatamente que lo llevaran a su consultorio improvisado.

Lo dejaron reposar en una mesa vieja y corroída por la humedad. Por las noches muchos de los lugareños aseguraban haber estado escuchando voces y susurros a raíz del encallamiento del velero. Otros más, más decididos que los primeros, determinados a escarmentar a la población, juraban absurdamente que lo habían visto caminar con la mirada perdida y sin un rumbo claro. El miedo se sembraba conforme los días en la isla transcurrían y el sueño del desgraciado hombre se incrementaba cada día más.

Fue un día casual, como el mismo día en el que el hombre había encallado, que éste había recuperado la conciencia. Se había despertado entre jadeos y el sudor había empapado su camisa mugrienta y hedionda. La barba le había poblado durante esos días y ahora parecía un náufrago.

Tomó del cuello de la camisa al médico y lo azotó a la pared con una mirada amenazadora y con unos gemidos amortiguados apenas por el estruendo del forcejeo de ambos.

—¡Sé dónde está tu velero, sé dónde está, te he ayudado! —exclamó el médico, alarmado ante la idea de ser asesinado por aquel hombre. Éste lo soltó de inmediato cuando mencionó el velero.

Asintió con despreocupación y comenzó a observar a su alrededor. El médico le ordenó a su hija, la más agraciada de la isla, que llevara al desgraciado hombre a ver los restos de su velero. Ella aceptó, conmovida por el hecho de acompañar a quien había sido el tema de conversación durante la semana.

El camino fue arduo y tardado. El hombre difícilmente se podía mantener en pie pero hacía un esfuerzo enorme, conteniéndose con más gemidos casi silenciosos. El cabello largo y la barba descuidada y sin afeitar le confería un aspecto maleante que atemorizaba a los infantes que jugaban en la costa.

Cuando ambos llegaron al lugar donde se creía que había sido visto por última vez el velero, el hombre quedó emocionalmente destrozado. Las lágrimas rodaban por sus mejillas resecas, humedeciendo apenas éstas. Se había hincado y había alzado los brazos al cielo, murmurando cosas imperceptibles que Sonia, la hija del médico, interpretó como más gemidos. Se desplomó de nueva cuenta y por un momento la chica temió que fuesen sus últimos momentos y que ya no quedara más de él, pero se recuperó tan pronto como había caído y se levantó sin mediar palabra, regresando por donde habían recorrido.

La primavera había empezado y el médico tomó aquello como una señal para ayudar a su prójimo. Podía realizar cualquier trabajo conforme fue recuperando peso y masa. Lo habían afeitado y lo habían vuelto más presentable. Junto con Sonia, quien era estudiante de medicina, aprendía del médico sobre la instrumentación que tenían y los secretos de la medicina que le aguardaban. El hombre no hablaba y, cuando su barba crecía descontroladamente, se asemejaba más a un primate que a un humano. Pero el hombre sabía escuchar y entendía a la perfección de lo que le hablaban, sin poder precisamente comunicarse. Comenzó a atraer la mirada de los lugareños cuando vieron que había mejorado. Pero, lo que el médico y Sonia sabían, era que nunca debían mencionarle el velero, hundido en la costa no tan profunda, estancado en aquella cumbre rocosa, cuya imagen a Sonia nunca se le podría borrar.

La isla prosperaba y el segundo invierno llegaba. Para ese entonces, el desgraciado se había llamado el Viajero. Había cosechado fama y hasta en ciertas ocasiones curaba a pacientes que tenían problemas relativamente sencillos. El reconocimiento le había llegado mediante largo tiempo de instrucción. Pero el invierno había traído frío a su corazón, mientras el calor de un hogar intentaba contrarrestar en vano y sin éxito, la gélida sensación de vacío en su corazón. Parecía que las fechas le traían varios recuerdos inminentes de su aparente naufragio. Durante ese año, sólo había logrado el médico sacar conjeturas de lo que pudo haber ocurrido. Ni siquiera sabían de dónde era, ni la edad que tenía. Si había dejado familia, o quizá una propiedad de fortuna. Las primeras tardes de aquel invierno, el Viajero se sentaba en la costa y suspiraba frecuentemente junto a Sonia, con la mirada perdida en el horizonte y el sentimiento divagando en él. Sonia sabía que no era feliz en aquella isla, pero no sabía cómo ayudarlo. El Viajero sabía que Sonia no se sentía bien al no poder ayudarlo.

Una noche, en la residencia del médico, el ruido seco del cerrar de una puerta apenas fue amortiguado por el rítmico sonido de las olas del mar golpeando las rocas. Habría sido imperceptible si Sonia no hubiera estado reflexionando aquella noche. Al escucharlo, se puso de pie de un brinco y salió de su hogar con apenas una prenda ligera ante la brisa gélida. No había rastro del viajero en el centro de la isla, pero Sonia sabía más o menos a dónde se dirigía. Corrió presurosa entre la arena. Su respiración era entrecortada y se agitaba más y más. La noche no ayudaba mucho a encontrarlo y parecía la neblina se había esparcido sólo en la costa. Algunas voces de niños y adultos, que inexplicablemente seguían despiertos, despertaron las voces de más y más personas, que veían únicamente correr a la chica hacia la costa. El centro de la isla no quedaría muy lejos pero el frío hacía que Sonia no pudiera correr a grandes velocidades. Cuando llegó y la neblina comenzó a impregnarse en la escena, imposibilitando todavía más su vista, se topó con la sombra del hombre, a lo lejos, expectante.

Estuvo a punto de gritarle. De verdad que lo hizo. Pero sabía que sólo lo alertaría y que posiblemente le haría daño. Se quedó parada, con la respiración jadeante, a la espera de que él descubriera por su cuenta que estaba ahí. Que lo veía irse. La neblina fue desapareciendo conforme el hombre se acercaba a la costa. Era como si ésta lo siguiera. Como si su sombra, apenas perceptible en la noche, fuese la compostura misma grisácea. La sombra se había vuelto más clara y ahora se veía la figura del hombre, ataviado con un grueso abrigo y su cabellera tan larga, que serpenteaba entre sus hombros y caía en su espalda alta. Había abierto los brazos como si fuese a abrazar a un lejano y viejo amigo. Sonreía inexplicablemente, pero lo hacía de manera sincera y enérgica, como si no hubiera sido más feliz en toda su vida que en aquel momento. Cuando el hombre volteó hacia ella, también le sonrió débilmente. Fue una sonrisa sutil, un agradecimiento cauteloso pero con un gran mensaje.

El hombre se quitó el abrigo. Sonia estuvo a punto de gritar, pero contuvo el aullido tapándose acertadamente la boca. Había un latido constante que se escuchaba a lo lejos de la sombra. Persistente, débil pero ahí, presente. Donde habría de estar el corazón del viajero, había un agujero oscuro, vacío. El latido se escuchaba a lo lejos, ahí donde la negrura abrupta consumía cualquier rastro minúsculo de luz. El hombre se acercaba al mar, y sonreía al hacerlo. Lo hacía sin nerviosismo, sin titubeos y sin una pizca de miedo. Sonia, alarmada por aquel hecho, no sabía exactamente qué hacer. Gritar sólo propiciaría la curiosidad de los pobladores y posiblemente el viajero se alejaría de una vez por todas, sin volver.

Sin mostrar apego a la isla, el viajero se sumergió en el mar mientras las olas batían su cuerpo. El latido iba perdiendo intensidad. Se hacía cada vez más débil conforme el hombre se adentraba más a las profundidades de aquella roca, hasta desaparecer en un silbido del aire, en un suspiro del cielo y en un sollozo del mar.

Sonia regresó a su hogar y no medió palabra. El médico descubrió que su pupilo había partido pasado el mediodía, cuando los restos del velero habían desaparecido tras haber permanecido un año. Nadie se pudo explicar a ciencia cierta qué era lo que había ocurrido y nadie habría sospechado de Sonia porque ésta en ningún momento mostró interés en el tema. Se mantuvo silenciosa, sin despertar la sospecha de su padre, que posiblemente caería en crisis al enterarse que fue la última en verlo partir y no hizo nada para impedirlo.

Pero la chica sí sabía qué había ocurrido. Era un hecho que pocos lugareños pudieran haberse dado cuenta, porque no era simple de interpretar. Aquella última noche de invierno, hacía un poco menos de un año, el hombre había muerto. Su muerte se debía al poder que irradiaba su velero, al apego que tenía a éste. Aquella noche había cambiado todo para él al descubrir que su vida misma se había visto devorada por las olas y engullida como un bocadillo. El viajero había muerto en el preciso instante en el que su velero había sido destruido.

Nadie habría creído exactamente la teoría de Sonia, por lo que ella lo guardó en lo más profundo de su corazón. Cada noche de invierno, de cada año, el viajero resurgía del mar en la madrugada en alerta de encontrar su velero, su corazón latente. El latido de éste se presentaba durante unos instantes, y éste la veía. Le sonreía, y se volvía a sumir en las profundidades. Una búsqueda interminable que acabaría sólo cuando el viajero quisiera. Porque el viajero había dejado el corazón en su velero y era por eso que tenía aquél oscuro agujero, aquel vacío en su interior que nada ni nadie podía llenarlo. Había dejado su corazón en un velero que nunca nadie supo cómo en calló. En el que nadie, supuestamente, lo vio.

 

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15 de mayo de 2014

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Cuita 4/4-1: Retornando al cauce


“Basura y más basura” –pienso mientras cambio continuamente de canal, sentado en un incómodo sillón que debería acompañar al tv en el fondo de un contenedor de desechos; allí seguro serían más útiles que en la sala de mi apartamento que cada vez se vuelve menos cálida y me hace sentir más preso.

Miro la puerta sin encontrarle funcionalidad, la última vez que la tuvo fue antes de que ella la atravesara y ahora repetidamente veo como se desvanece su espalda al cruzarla.

Escucho el timbre, no respondo. Debí desactivar ese molesto sonido hace tiempo, así al menos evitaría el suspenso en que me sumo cuando espero que lo siga su voz entonando mi nombre. Otra vez alguien lo acciona. Ya se irá. Entre atender al llamado y quedarme en donde estoy, empiezo a sentirme a gusto en el sillón.

Resuena, resuena, esta vez con saña, quien quiera que sea parece decidido a hacerme perder la audición. Me encamino a la puerta con la intención de gritarle un montón de palabrotas, la abro de un tirón y como si frenara un coche en seco me retraigo en el acto, incrédulo, incapaz de reaccionar.

–Puedo pasar... –Su voz, la frase, curan mis oídos. Su mirada mejora mi iracundo aspecto, su presencia eleva mi ánimo.

–Voy de salida. – ¡Rayos! Pero qué estoy haciendo, cuánto tiempo llevo deseando que esto suceda, esperando verla. ¿Y me comporto como un idiota? No puedo creerlo.

–No llevará mucho tiempo. ¿Me dejas pasar?

Por supuesto que no. ¿Qué quiere? ¿A qué ha venido? La observo. La estudio, casi. Tenía tiempo que no veía esos zapatos, lleva puesta la blusa que tantos recuerdos me trae y los pantalones ajustados que... ¡Mierda! A que lo ha hecho a posta, sabe el efecto que en mí tendrá.

Vuelvo a mirarla a la cara. ¿Es que acaso está más pálida? No se ha puesto maquillaje, lleva el pelo suelto, está más delgada. Me pregunto si habrá perdido peso a descuido o para verse más guapa.

Sigue ahí, frente a mí, sosteniéndome la mirada. ¡Qué ojos que tiene! Pero así no los recordaba. Reflejan un deje de duda, de tristeza quizá. Un repentino brillo los hace parpadear y me doy cuenta de que reprime una lágrima.

Me interroga en silencio suplicante, me hago a un lado para que pase. Iba a decirle que necesitaba que se diera prisa, pero su aroma me nubla los sentidos impidiéndolo; de igual forma sería muy cruel y una vasta mentira decirlo. La sigo hasta el centro de la sala, está nerviosa, no halla sitio para poner sus manos.

Yo también debo estarlo, de repente quiero decirle una infinidad de cosas, abro la boca esperando no poder ponerle frenos a mi lengua mientras desata una vorágine de sentimientos, pero vuelvo a cerrarla. No lo entiendo. ¿Cuándo se instaló este orgullo en mi interior? Ella balbucea, no logro oírle. Se da cuenta, suspira y de un tirón me suelta:

–Te he echado mucho de menos.

Alguien hace barra a mis espaldas mientras veo como anoto un gol. Qué bien que se escucha eso. En el pecho algo se ha soltado de las riendas y corre a campo abierto, desbocado.

–Yo no te obligué a irte. –Mi frase rezuma ironía. No es así como me siento, no debería haber dicho eso. Ella asiente resignada, mira hacia el suelo, me esquiva.

–Lo sé, es solo que... –Vuelve la vista hacia mí, quiere decir algo pero no lo dice, es obvio que también lucha con su orgullo.

Sus ojos me imploran, me piden ayuda, no sabe qué hacer y prefiere que yo decida. Hago un gesto obstinado, de pronto solo quiero abalanzármele encima, suprimir la distancia y acabar con tanto teatro. Mi estúpido orgullo se envalentona, las dudas me corroen, me devano los sesos pensando qué decirle, me canso, mi autocontrol va en picada. Reacciono y me percato de que la alejo porque me ha herido, pero al mismo tiempo temo que se vaya. Me expreso lo mejor que puedo:

–No te la pondré fácil, no decidiré por ti. Después de hoy nada será igual. No quiero encontrar alguna prenda tuya olvidada en algún rincón de la casa, ya no necesito que cocines los fines de semana y en definitiva, no soportaré de nuevo andarme despidiendo de ti cada domingo. –Me mira perpleja, pero debo terminar lo que empecé–. Si regresas tendrás que conseguir un lugar para tus cosas en mi armario, aprenderás a aburrirte cocinando lo mismo a diario y... –Dejé la perorata a medias y salí un momento–… necesitarás comprar un llavero donde poner esto –se la coloqué en las manos–. Y si te vas, por favor, cierra la puerta cuando salgas y deshazte de la llave, porque ya en el matero no puede quedarse.

Dicho esto me marché. “Sí, ahora soy yo quien se va” –pensé. La abandoné en la sala de estar de mi casa, muda y paralizada.

Hace tres horas de eso, creo que ha tenido tiempo suficiente para decidirse, pero prefiero enfriar en un trago tras otro la incertidumbre antes de que la certeza de su ausencia, esta vez irrevocable, me derrumbe.

–Pareces ganado marcado, por más que se mezcle con otro rebaño siempre regresa a las mismas manos. –Intento ignorar al mozo y tomo nota mental de que ya es hora de que frecuente otro bar.

–La misma chica, ¿no es así? –Insiste, yo miro fijo el vaso y le hago una seña para que vuelva a llenarlo, incapaz de rebatir su argumento.

Media hora después estoy de regreso, los indicios de que se ha ido me golpean en la cara: 1. No hay llave en el matero; 2. La puerta tiene el seguro puesto; 3. Adentro, todo es oscuridad y vacío.

Arrastro los pies hasta mi habitación, rogando que los tragos de alcohol que no lograron nublarme el juicio al menos tengan un efecto somnífero. No me tomo la molestia siquiera de encender las luces. Me acuesto a un lado de la cama, a sabiendas de que no volverá me cuesta irrespetar el espacio que le había reservado.

Automáticamente cierro los ojos, sin ganas de pensar en nada más. Felicito al alcohol por su eficacia, al ser consciente de esa sensación de caída libre experimentada minutos antes de dormirse. Me hundo en la almohada y de repente unos brazos me traen de vuelta.

– ¡Pero...! ¡¿Qué...?! –exclamo asombrado. Algo cálido recae en mi pecho, me rodea el cuerpo.

–Lo siento, necesitaba hacerlo. –Se va alejando, dejando que el frío ocupe su lugar. Abro los ojos de golpe, se lo impido, la atraigo y la sujeto sobre mí. Olvidaba lo bien que encajamos, la suavidad de su piel, la forma en que mis dedos se pierden en su pelo, su embriagador aroma, lo rápido que reacciona mi cuerpo a la cercanía del suyo.

–He puesto mi ropa en tu clóset, mi llavero está colgado del portallaves que tienes al lado de la puerta y espero que tu menú diario no se reduzca solo a comida instantánea y un par de cervezas.

Sonrío sobre su cabeza, con la nariz pegada a su cabello, mientras le susurro lo feliz que me hace que esté de vuelta. Ella se inquieta, recela; después de tanto las palabras no bastan para recuperar por completo la tranquilidad extraviada, así que me apresto a renovarla. Sabiendo que vamos a encontrarnos cuando despertemos, nos perdemos. A veces, para convencerse de que las aguas han vuelto a su cauce, es necesario ver el lecho lleno.

Aldo Simetra

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12 de mayo de 2014

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AP 7 salida 787



Cada tarde me asomo para verte pasar bajo el puente de la autovía.

Me gustaba meterte mano mientras conducías. ¡Cómo te enfadabas! No soportabas que te distrajese si ibas al volante.

Creo que por eso ahora cuando te cruzas conmigo es como si no me vieras.

Lo que no entiendo es por qué, cada año, el 2 de julio, te paras frente a mí, dejas una rosa y una lágrima a mis pies y sin hablarme, te marchas.

Inma Barranco



http://www.latazadeletras.blogspot.com.es
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10 de mayo de 2014

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El diálogo literario


El diálogo literario

El diálogo literario es una copia del discurso real, se trata de jugar con las convenciones lingüísticas de los actos de habla. El diálogo es parte esencial en la narrativa y la forma de expresión caracterizadora del teatro.

El diálogo en la narración

En la ficción literaria se suele distinguir entre el discurso del narrador y el discurso de los personajes. Tanto el hablar del narrador como el de los personajes se encuadran en un proceso marcado por convenciones conocidas por el lector. Es decir, el lector a las convenciones propias del diálogo “real” ha de sumar las propias de lo literario –por ejemplo la reproducción en estilo directo, los signos que suplen lo gestual–. La competencia del lector permitirá contrastar el valor estilístico de los diálogos contenidos en una obra. Así, en el diálogo entre Ana Ozores y Don Fermín de Pas, en el capítulo XXIV de La Regenta cuando discuten la conveniencia o no de ir al baile del Casino y el traje que la Regenta ha de llevar, el lector ha de utilizar sus conocimientos pragmáticos, conocer el universo mental en el que se sitúa el diálogo, como si se tratase de un diálogo real y no ficcional y, a la vez, situarse en la ficción para captar los valores estilísticos y el entramado de relaciones de esa ficción. Veamos el texto de Clarín.

–Pero, ¿y si él se empeña en que vaya?
–Es muy débil... si insistimos, cederá.
–¿Y si no cede, si se obstina?
–Pero, ¿por qué?
–Porque... es así. No sé quién se lo ha metido por la cabeza, dice que le pongo en ridículo si no voy... Y nos alude... habla del que tiene la culpa de esto... dice que él no es amo de su casa, que se la gobiernan desde fuera... Y después, que la Marquesa está ya algo fría con nosotros por causa de tantos desaires... ¡qué sé yo!
–Bien, pues si todavía se obstina... entonces... tendremos que ir a ese baile dichoso. No hay que enfadarle. Al fin es quien es. Y el otro ¿anda con él? ¿Tan amigotes siempre?
–Ya se sabe que a casa no le lleva...
–¿Y es de etiqueta el baile?
–Creo... que sí...
–¿Hay que ir escotada?
–Ps... no. Aquí la etiqueta es para los hombres. Ellas van como quieren; algunas completamente subidas.
–Nosotros iremos... subidos ¿eh?
–Sí, es claro... ¿Cuándo toca la catedral? ¿Pasado? Pues pasado iré a la capilla con el vestido que he de llevar al baile.
–¿Cómo puede ser eso?...
–Siendo... son cosas de mujer, señor curioso. El cuerpo se separa de la falda... y como pienso ir obscura... puedo llevar el cuerpo a confesar... y veremos el cuello al levantar la mantilla. Y quedaremos satisfechos.
–Así lo espero.
Don Fermín quedó satisfecho del vestido, aunque no de que fuéramos al baile. El vestido, según pudo entrever acercando los ojos a la celosía del confesionario, era bastante subido, no dejaba ver más que un ángulo del pecho en que apenas cabía la cruz de brillantes, que Ana llevó también a la Iglesia para que se viera cómo hacía el conjunto.
Y la Regenta fue al baile del Casino, porque como ella esperaba, don Víctor se empeñó «en que se fuera, y se fue».
                Leopoldo Alas “Clarín”, La Regenta,


El diálogo en la narración es un elemento más al servicio de la ficción, que hará avanzar ésta en el sentido elegido por el autor. En todo caso, siempre supone una ruptura del hilo narrativo y contribuye a imprimir un determinado ritmo al relato. Las palabras de los personajes se han de insertar en el discurso del narrador, se trata de citar las palabras de alguien, de reproducir un discurso distinto al del narrador y esto puede hacerse de distintos modos. La elección de uno u otro procedimiento de cita es ya una elección estilística y marca la distancia del narrador respecto del personaje.
Tradicionalmente se han distinguido las siguientes formas de representar el discurso de los personajes:

ESTILO DIRECTO. El que se da en aquellos discursos en los que se citan las palabras o pensamientos de los personajes de manera textual, tal y como se supone que ellos mismos los han formulado. El narrador introduce un verbum dicendi y a continuación reproduce el hablar del personaje entre comillas o con un guión, que puede ir precedido en la línea anterior de dos puntos como marcas tipográficas. También se puede prescindir de los verba dicendi, como sucede en el fragmento de La Regenta trascrito más arriba; esto suele suceder cuando está claro quiénes son los personajes que hablan.

Fíjate en el siguiente texto en el uso de las comillas y en los verbos introductorios –marcados en negrita– que, como verás, pueden ir delante o detrás de las palabras de los personajes.

Para mis padres, estas atenciones del maestro eran un honor. Aquellos días de excursión, mi madre preparaba la merienda para los dos: “No hace falta, señora, yo ya voy comido”, insistía don Gregorio. Pero a la vuelta decía: “Gracias, señora, exquisita la merienda”.
“Estoy segura de que pasa necesidades”, decía mi madre por la noche.
“Los maestros no ganan lo que tendrían que ganar”, sentenciaba, con sentida solemnidad, mi padre. “Ellos son las luces de la República”.
“¡La República, la República! ¡Ya veremos adónde va a parar la República!”.
Mi padre era republicano. Mi madre, no. Quiero decir que mi madre era de misa diaria y los republicanos aparecían como enemigos de la Iglesia. Procuraban no discutir cuando yo estaba delante, pero a veces los sorprendía.
“¿Qué tienes tú contra Azaña? Eso es cosa del cura, que os anda calentando la cabeza.”
“Yo voy a misa a rezar”, decía mi madre.
“Tú sí, pero el cura no.”
Un día que don Gregorio vino a recogerme para ir a buscar mariposas, mi padre le dijo que, si no tenía inconveniente, le gustaría tomarle las medidas para un traje.
“¿Un traje?”
“Don Gregorio, no lo tome a mal. Quisiera tener una atención con usted. Y yo lo que sé hacer son trajes.”
El maestro miró alrededor con desconcierto.
“Es mi oficio”, dijo mi padre con una sonrisa.
“Respeto mucho los oficios”, dijo por fin el maestro.
Manuel Rivas, La lengua de las mariposas.

ESTILO INDIRECTO. Consiste en un procedimiento por el que las frases o pensamientos de los personajes son incorporados al discurso del narrador que con sus propias palabras los resume en primera o tercera persona narrativa. Esto supone que es la perspectiva del narrador la que prevalece. Sintácticamente, del verbum dicendi depende una subordinada sustantiva que se introduce generalmente con la conjunción que. Se marcan en negrita las señales del estilo indirecto

El vagabundo –narizotas, alcohólico y trascendente– contó que se dirigía a la recogida de aceitunas, para luego seguir hacia levante, donde pensaba hacerse barquero de agua dulce. Y explicó que su idea era instalarse en la orilla de un río caudaloso y recoger todo cuanto arrastrasen las aguas, que en épocas de crecidas era mucho y de mucho valor: muebles, ropa, objetos artísticos, animales recién ahogados, electrodomésticos, relojes de pared y todo tipo de pertenencias privadas y públicas.
                                            Luis Landero, Juegos de la edad tardía

ESTILO INDIRECTO LIBRE. Esta modalidad de discurso permite reflejar, de forma convincente y vivaz, el pensamiento del personaje sin prescindir de la tercera persona del narrador. Como marcas lingüísticas de su presencia están el uso del imperfecto de indicativo, la reconversión de la persona yo en la persona él, la afectividad expresiva proporcionada por exclamaciones, interrogaciones, léxico, coloquialismos, etc., así como la ausencia introductoria de los verba dicendi. En el siguiente ejemplo se marca en negrita el discurso reproducido en estilo indirecto libre.
En torno suyo giraba la oscuridad absoluta, radical. ¿Tendría que acostumbrarse a ellas eternamente? Su angustia aumentó de concentración al saberse hundida en esta niebla espesa, impenetrable: ¿Estaría en el limbo? Se estremeció.
Gabriel García Márquez, Ojos de perro azul
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3 de mayo de 2014

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Juguemos en el bosque. mientras el lobo no está. ¿Lobo está?

Fuente: elaboración propia.


Perdidos en el bosque los encontré. Habían nacido tres años antes. Tenían tres años menos de vida. Un estrafalario vestido color rojo colgaba de su mandíbula, le sonreía como un bobo a la idea de sexo, pero huyó rápidamente de mí como lo haría cualquier cretino. Quedaban dos.
Les salude de forma cordial, no quería crear enemistades; al menos no ahora. Les saludé pero no devolvieron el saludo.
Di vuelta y retrocedí en mis pasos: «al mal tiempo buena cara», pensé.


Ríos de sangre corren por lugares tan inhóspitos como mi mente. La sangre viaja a velocidades disparatadas transportando herramientas útiles para mis enemigos.
Uno tiende a sufrir por la sangre, de allí el estrafalario vestido color rojo, las mandíbulas que los sostienen pueden ser varías; pero siempre huyen a la primera de cambio.
La copa cayó al piso y se rompió, el vino enchastró todo obviamente. Perdido en mi mente no lo noté hasta el segundo siguiente al estallido.


Pero solo caminé dos metros cuando su grito de auxilio se hizo audible. Clásico, ¿no? Cuando me giré a mirarlos, mi sonrisa había vuelto a su lugar. «Pequeños... pequeños inocentes».
Mi fingida preocupación jugaba bien su parte. No tenían frío, así que no les tuve que dar mi saco. Los iba a sacar del bosque y sus pies descalzos iban a dejar marcas en la nieve. Las dejaron para ser honestos.
Les ofrecí café al llegar. No lo tomaron, apenas si hablaban. Hice una promesa que no pensaba cumplir «Voy a buscar a su hermana, no se preocupen, ella estará bien».


Ignorantes. Pelotudos e ignorantes. No hay cosa que me de más asco que los retrasados. Con sus ojos miran sin entender, ríen ante las risas ajenas, pero nunca entienden la broma.
Así que bromeé, y reí. Rieron conmigo como era obvio, aunque ellos siguieron riendo un rato después. Tiempo que usé a mi antojo para limpiar la alfombra. La puta alfombra y el puto vino.
Sepan que no rieron por mucho, lloraron. Eso sí: lloraron mucho. Lloraron y gritaron tanto que no entraba tanta euforia en mi y la dejé salir. A su debido tiempo, claro está.
Uno se fue para no volver, el otro se quedó. Tuve que enterrarlo al pasar los días, comenzaba a heder. El vino y la sangre, que cosa más sensual.


Ella era rubia, aún se podía notar. Y las rubias son mi debilidad, así que paré el auto. No fui muy listo debo admitirlo, paré el auto demasiado tarde. Esa fue mi primera vez. La primera vez que sentí miedo, placer; y placer al sentir miedo. No gritó; siempre pienso eso, que no gritó. No gritó siquiera cuando corría con el estrafalario vestido rojo. No gritó en esa ocasión tampoco.


Con el otro ya saben lo que hice, lo dejé libre en el bosque. Porque ante todo soy piadoso. Y tengo sentimientos. Me gusta el sexo, que le voy a hacer. Me gusta cazar, y la sangre. Y cazar sangre por sexo en el bosque, es más que divertido.

Eugene.

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2 de mayo de 2014

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Lo sencillo de estar con cualquiera


Es muy sencillo estar con alguien, la verdad es básicamente sencillo estar con cualquiera, pero a la gente debería gustarle las cosas más complejas...

Uno puede salir y flirtear con “X” persona, retozar en una noche de alcohol y placer con ella, despertar al día siguiente rebosante de satisfacción plena y aun así, sentir el alma en lo más hondo hueca. Y con sinceridad, no hay en el mundo peor sensación que esa. 

Porque entonces, debes hacer frente al doble sentimiento de vacío, debatir entre saberte miserable o no por canjear unos minutos de éxtasis por un incierto cariño, ubicar un lugar para depositar la auto-lástima que te inspiras, intentar no colocar una expresión de decepción en tu rostro cuando vuelvas la cabeza hacia el otro lado de tu cama y lo encuentres desierto, y mantener la entereza suficiente al darte cuenta de que aunque formes parte de un todo, nada forma parte de ti. Hallarte a medias al tener que reconocer que has decidido reducir tus expectativas al ámbito corporal y resignarte amargamente a tu realidad, pues aunque conseguir alguien con quien dormir sea de sobra lo más fácil, siempre querrás alguien con quien despertar.

Indiscutiblemente, deberíamos apostar por las cosas más complejas; aunque nos cueste, aunque nos duela. Pero ¿sabes?, no tienes que hacerme caso. Tú sal a bailar esta noche, tómate un par de copas para entrar en vigor, quédate otra vez con esa persona que sabes que es alérgica a compartir las sábanas hasta después del amanecer y de seguro no volverás a ver. Y no pienses en lo que dije antes, no es necesario; pese a que luego, cuando tus ojos se cierren al cansancio, sueñes con que en lugar de tropezar con un inquilino de tu piel convengas con su definitivo propietario.

Fritzy Zamor


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