28 de febrero de 2014

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"Hicimos todo lo posible"


Esas fueron las monótonas, quedas y vacías palabras que pronunciaron los doctores al salir del quirófano para anunciar tu pérdida. Deberían surtir un efecto consolador en mis adentros, pero creo que solo los reconforta a ellos; les hace pensar que, aunque no funcionara, hicieron suficiente por impedir que visitaras permanentemente el país de los muertos.
Esas cuatro palabras se me han clavado como agujas en la piel hiriéndome sin piedad, y aun así resultan tan vanas, tan incompresibles, tan incompletas que ya no sé si puedo sentir algo después de escucharlas.
Todavía trato de entenderlo. Un mecánico lo dice cuando repara un auto y el dueño adquiere otro, un estudiante lo dice al reprobar un examen de admisión y se prepara para el siguiente, los deportistas lo repiten a menudo cuando pierden un partido o una competencia, pero tienen la oportunidad de ganar la próxima; en esas situaciones la frase es aceptable y hasta tolerable, pero cómo la justifican cuando es así de inminente e irreparable.
Sea lo que sea a lo que se refiera, creo que no deberían utilizarla. Me conduce a preguntarme por qué no hicieron lo imposible para salvarte, me lleva a pensar que hacer lo posible es quedarse a medias, me impide aceptar por completo el hecho de tu inevitable ausencia porque me obliga a abrigar la diminuta esperanza de que si hubiesen dado un paso más allá, si lo hubiésemos dado, aún continuarías viviendo.
¡Cielos! No los estoy culpando, en verdad que no, solo intento encontrar otra frase para el final de nuestro cuento. Pero mientras me aferro con los ojos en blanco al frío metálico de las hostiles sillas de la sala de emergencias del hospital, con los médicos observándome con aprehensión, las enfermeras rodeándome y sosteniéndome para que me calme, rostros que me lanzan sus miradas de lástima; lo único que se repite en mi cabeza son imágenes de los doctores reviviéndote en vano con las manos, luego colocándote una inyección de epinefrina, intentando revivir tu corazón con cargas de electroshock, los cirujanos a esas alturas ya habrían alejádose y soltado los instrumentos. Ellos “haciendo todo lo posible” antes de retirar las manos de tu cuerpo y anunciar la hora del deceso, para luego cruzarse de brazos y dar la espalda porque en un mundo de posibilidades lo imposible no está a su alcance.
Tal vez pueda entender eso, más tarde. Ahora solo veo como caigo inevitablemente en medio de paredes pálidas y marmóreas, mientras las pocas luces que me alumbran se opacan, y aquí y allá hay un torbellino de manchas blancas. Mi mente me habla amargamente en voz baja: -Ojalá lo hubiesen hecho todo, ojalá hubiesen hecho nada; esos son límites que puedo comprender porque no darían lugar a dudas ni esperanzas, ni me lo tomaría como una excusa para disculpar o absolver culpas.
Mientras me quedo en la oscuridad, preferiría que hubiesen dicho: “Nada hay por hacer” o “todo se ha hecho ya”.
Y de verdad que no los culpo, dentro de la negación me resulta inútil sentir algo.
En este vacío mortal mi alma se debate de forma agónica: continuar haciendo lo posible no honrará tu partida, sin embargo, se me escapa de las manos hacer lo imposible incluso para atrasar la mía.

Fritzy Zamor


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27 de febrero de 2014

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Si no tuvieras miedo...


La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. Y ella, Julia, como siempre se dedicaba a mirar por su ventana como el cielo dibujaba formas asombrosas bajo su imaginación, pero a diferencia de otras tardes, toda su imaginación se centraba en tomar una única decisión.

Toda su vida se había dedicado a estudiar, ser la hija perfecta y mantener constante una vida sin complicaciones, pero las cosas cambiaron rotundamente aquella tarde del 20 de enero....

Como de costumbre ella había estado todo el día estudiando en la biblioteca, para ella el único lugar donde toda su concentración se alejaba del mundanal ruido, y de igual manera a la misma hora de todos los días recogió sus libros y salió de allí. Y asi fue, por las mismas aceras de siempre, cuando por las calles no quedaba rastro de coche y las calles suspiraban por la falta de paseos, cuando se oyeron tres disparos... inicio de la terrible agonía del que presencia bajos sus ojos el desenlace final. 
Por fortuna o por desgracia Julia presenció como cuatro hombres blancos, cuyos rostros no olvidaría jamás, mataban a un hombre de color. Y presa del pánico y ante un mar de lágrimas en sus ojos, huyó con un sentimiento de opresión en el pecho, sentimiento que no la abandonaría jamás.

Así que allí estaba ella mirando a la ventana, con el corazón comprimido en el puño del miedo y el arrepentimiento, compartiendo en la total soledad cada recuerdo de aquella noche. Su paz atormentada se batía en duelo continuo con la conciencia intentando honrar al olvido, mientras las lagrimas afloraban de sus ojos y por su moral atormentada pasaban todo tipo de decisiones: si iba a la policía corría el riesgo de poner en peligro la vida de su familia, mientras que si no iba estaría condenando a la más profunda agonía a la familia de aquella victima.

Nadie se puede imaginar cuan tortura puede ser el dolor psíquico por el que ella habría cambiado su postura por mil puñaladas en el estomago, pero de nada serviría tomar una decisión tan cobarde.

De cualquier manera el día transcurrió y llegó la noche, aquello iba a ser más difícil de lo que pensaba, solo habían pasado dos días desde aquel suceso y las horas habían transcurrido demasiado largas para lo que quería que hubiesen sido. Y de la misma manera que el ciego no puede ver, el atormentado no puede dormir, quizás fue ese motivo que decidiese cambiar las sábanas por el ordenador.

Comenzó viendo la crónica del día, y su ojos absorbieron cada una de las palabras de dolor de aquella madre que pedía justicia por su hijo, y otra vez en la sociedad se reflejaron rasgos del racismo, de los mismos que defensores de las razas no dejarían a sus hijos jugar con aquellos niños de distinta piel. 
Y así pasó una semana donde los rayos de luz no llegaban a su triste corazón. y la noche solo la provocaba ese nudo en la garganta con el que solo quería chillar.

Durante esos días fue descubriendo poco a poco la vida de aquella persona ahora fallecida... "Carl Johnson... universitario... dos hermanas pequeñas... nadie podía vengar su muerte, los chicos que lo mataron tras tres tiros huyeron sin ser vistos, y la justicia no podía cumplir los deseos de la familia si no había prueba alguna de los asesinos. ". 
Cada segundo tenía que fingir normalidad ante las noticias de los medios de comunicación delante de sus padres y los comentarios de sus compañeros de clase, mientras ella en su interior se estaba hundiendo poco a poco bajo su falta de valentía.

Pero el pozo de la voluntad de Julia fue llenado en el momento en el que por séptimo día consecutivo vio en un video a la familia de aquel chico llorando su muerte, pero se fijo en algo a lo que no se había atrevido a enfrentar antes, la mirada de su madre, una mirada hundida en la más profunda de las miserias, que pedía ayuda a Dios para que la sociedad que se lo había arrebatado todo hiciera justicia...

Fue el momento en el que la madre se derrumbo ante la opinión pública por la perdida del regalo que les había dado la vida, cuando Julia decidió que asumiendo cualquier consecuencia y ante la empatía de quien se ve en el mismo lugar, ella iría a testificar...


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26 de febrero de 2014

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Una noche


El campo clamaba por un poco más de agua. El Pancho estaba arreando las vacas y se hacía la noche. Cuando terminó de encerrarlas en el corral parecía que el cielo se venía abajo. Rumbeó para el rancho y en mitad del camino casi queda ciego por el refucilo que iluminó todo. “Mala noche”, reflexionó. “A ver si entoavía* anda por ahí la luz mala", se dijo. Unas nubes negras que avanzaban a gran velocidad, le daban la sensación de venírseles encima. “Y falta un trecho pa llegar a las casas”, pensó. Una de aquéllas, muy espesa, se le paró enfrente y parecía juguetearle. Tenía forma de diablo, le pareció. Pero el Pancho no se achicó. Se le quedó quieto al monstruo y en ademán de sacar el facón de su cintura, metió la mano en el bolsillo trasero de su bombacha, sacó una crucecita de madera que llevaba siempre consigo y se la presentó a la nube diabólica, semejante ahora, a esas gárgolas de los cuentos de misterio. “¡No te tengo miedo a vos, ¿sabés?!” Y alzando la cruz a la altura de la frente enfiló para su casa con firme decisión. La gárgola se fue tras el valiente y como revoleándolo por el aire, lo elevó y arrojó varias veces hasta que quedó tirado en pedazos, casi en las puertas del rancho. Cuando amainó la tormenta y comenzó a amanecer, los peones buscaron al Pancho, pero su cuerpo o lo que quedaba de él, nunca fue hallado. Sólo la crucecita partida en dos.

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24 de febrero de 2014

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El unicornio púrpura



Recostada junto a mi unicornio púrpura acaricié sus ojos húmedos; él me miró y los cerró. Al oído le susurré la que siempre fue nuestra canción de amor y él, amargamente lloró. Exhalé mi aliento en su cuello y clavé mi daga en su pecho. Su cuerpo se contrajo hasta partirse y ni siquiera gimió.

Arranqué su corazón caliente y latiendo lo enterré, envuelto en seda roja, junto a la Mandrágora. Las hadas dijeron que era la manera de poner fin al hechizo de la mirada de la Mamba Negra.

Mil años vagué por los bosques y cada luna llena quitaba las hierbas de su tumba hasta que llegó el día que de la tierra asomó un capullo de seda roja.

Lo desenterré y lo llevé a nuestra cueva.

La crisálida fue creciendo, se transformó en el más hermoso y majestuoso de los unicornios y regresó junto a su manada.

Pasaron otros mil años. Yo lo amaba cada día más pero él ya no me reconocía.

Clavé las uñas en la tierra, en esa misma tierra dónde una vez custodié su alma. Cavé hasta sangrar; el dolor me consolaba.

Cubrí de arena las piernas y la cintura. Corté mis venas y antes de darme la estocada mortal me despedí de mi vieja amiga la Mandrágora. Ella, con sus ramas, terminaría de enterrar mi cuerpo.

No tembló mi pulso pero mi mente quedó paralizada ante la mirada intensa de unos ojos.
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Cuenta la leyenda que Derom, el rey de los unicornios, se adentró un amanecer en el bosque y vio bajo un arbusto, enroscada en el suelo, a la Mamba Negra. Sintió un dolor terrible en el pecho y su mente, de pronto, recobró la memoria que la sierpe le arrebató.

Cortó y atravesó con su cuerno la cabeza de la serpiente y la lanzó a lo lejos. Quedó estupefacto al ver unos cabellos dorados que sobresalían de la tierra y escarbó. Gritó con impotencia al reconocer el rostro de Gea, su esposa.

Aún estaba caliente pero el mal del reptil se había apoderado de ella. Con su asta abrió el pecho de la muchacha y sacó su corazón. La Mandrágora le entregó un pañuelo de seda roja para envolverlo y enterrarlo.

Quemó la cabeza de la Mamba Negra y esparció sus cenizas sobre la arena que cubría a Gea, tal y como le dijeron las hadas.

Esperó mil años. Cada luna llena quitaba las hierbas que crecían sobre la tumba. Por fin un día, de la tierra asomó un capullo de seda roja.

Lo desenterró y lo llevó a su cueva.

La crisálida fue creciendo, se transformó en la más bella y majestuosa de las mujeres.

Pasaron otros mil años. Él la amaba cada día más y ella al oído, como tantas veces, le cantaba aquella canción de amor.

Latazadeletras

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23 de febrero de 2014

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La autopublicación de libros


Publíquese usted mismo, es la era del cliente lector

Un informe sobre el fenómeno de la autopublicación de libros vinculado a la megatienda Amazon dispara otra polémica en el agitado panorama editorial. Datos sorprendentes que tal vez no sorprendan a nadie y una pregunta repetida, ¿cuál es el futuro de los libros?

Hace cuatro años Andrés Rivera, el último de los escritores obreros de nuestro país, nos dijo en una entrevista: “Un autor que pague por publicar sus libros no merece llamarse escritor”. Su sentencia explotó como una bomba, cosechó adhesiones y rechazos. Más de estos últimos. Es que la historia de la literatura y de la publicación, que no siempre van juntas, conoce una buena cantidad de casos de grandes autores que empezaron pagando sus libros. Rivera ya sabe que hoy cualquiera puede publicar en formato digital y sin gastar nada. No es garantía de lectores, y mucho menos de ventas. Pero lo que quizás no sepa es que en los últimos días, su sentencia se ha invertido casi por completo. Ahora dicen que cualquiera puede publicar sus libros en formato digital y si lo hace de manera “independiente” tendrá más chances de ganar algunos pesos que poniéndose en manos de las grandes editoriales.

La primera parte de la sentencia es cierta, cualquiera puede autopublicar sus libros sin gastar un peso. Que sea un éxito de ventas, depende de varios factores, pero una serie de informes que aparecieron la semana pasada revelaron números llamativos sobre la autopublicación. En la megatienda Amazon, fundada hace 20 años por el hoy magnate Jeff Bezos, los autores independientes que se autopublican en digital ganan más dinero que aquéllos que recurren a las grandes editoriales. Hugh Howey, autor del éxito de ventas Wool, una saga digital de ciencia ficción publicada por él mismo, reveló el dato, comparando los ingresos de autores independientes de libros electrónicos contra los números de aquéllos que publican en las grandes compañías. Howey es un ejemplo de ese supuesto éxito pero su informe abre o reanima unos cuantos debates. Mientras la autopublicación avanza y se libera, la distribución y venta parece concentrarse cada vez más, como en el caso de Amazon.

Si usted quiere ser un bestseller, puede leer el informe Howey, que le dirá algo así: No pague, ni reniegue con las editoriales, llame a los chicos de Amazon, que saben más de ventas que de libros, pero que igual lo van a ayudar (curioso y altruistas este tipo de ayudas que llegan desde el mundo virtual: twitter permitiría hacer la revolución y facebook recuperar amistades con gente de la que no eramos tan amigos). Hablamos de Amazon, como en su momento lo hemos hecho de Google books, o de Facebook, verdaderos pulpos de la comunicación y los mercados globales de la información, los contenidos, mercancías intelectuales que tienen a converger hacia ellos. El caso aquí, es que el informe Howey, replicado hasta el hartazgo en publicaciones literarias de distinta procedencia, se basa en datos reales (siempre escasos) y pone en evidencia los distintos caminos que puede seguir un autor contemporáneo para publicar y vender sus libros.

Sobre este mismo documento, el blog de Cory Doctorow destaca que ya son varias las empresas que establecen una relación a medio camino entre la autopublicación y la edición tradicional. Cita a firmas como Lulu, BookBaby y Smashwords y destaca que algunos agentes literarios siguen el mismo rumbo. Todavía la penetración del e-book, sobre todo en nuestros países, sigue siendo baja. Muy baja. Pero el mundo editorial está cambiando velozmente, y el mismo Doctorow relativiza la participación del e-book en el mercado estadounidense. “Se habla de que representa el 25 por ciento de las ventas totales, pero esa cifra se basa únicamente en las ventas reportadas por los principales editores. Amazon , Barnes & Noble, Kobo, la iBookstore , y Google Play no revelan sus datos de ventas”, nos avisa.

En cuanto a Amazon, podríamos seguir varias líneas de análisis, pero sólo recogeremos algunas puntas del extenso artículo que acaba de publicar Gerorge Packer en The New Yorker a propósito de esta compañía tan amada por sus usuarios y odiada por la competencia. “Palabras baratas” se titula el artículo. Su autor admite que Amazon es bueno para el cliente, pero quizás no tanto para los libros. Ya en 2008 Amazon ganaba más dinero que todas las librerías juntas de los Estados Unidos. Y no es casual que los autores sean considerados como los clientes más importantes de la compañía si la idea es hacer libros y venderlos sin tener que negociar con nadie más que con ellos. ¿Será por amor a la literatura? Podríamos citar varios ejemplos de cómo los grandes del mercado convierten las magníficas obras de las letras universales en mercancías. El lector se va convirtiendo en un cliente, y lo tratan como cliente. Por suerte, y al menos por ahora, ese vínculo acaba cuando empieza la lectura.

En la era de Internet el poder de algunas compañías se ha vuelto intimidatorio, lo mismo ocurre con los resultados que vemos del uso de algunas herramientas que llegaron supuestamente para democratizar la comunicación, para empoderar a los internautas del mundo y para banalizar aún más la palabra revolución en el ultrabastardeado díptico “revolución digital”. La lógica de las grandes compañías de Internet sorprendería hasta al propio Karl Marx, sus tentáculos y ambiciones son tan globales (algunas ya dan señales de imperiales) como las de los grandes de las finanzas mundiales. Y en ese flujo que ofrece libertades inesperadas, por siempre buscadas, con los que los usuarios del mundo se sienten a gusto, aparecen los sistemas de control más perversos y desarrollados de la historia de la humanidad. Si los procesos de socialización de la humanidad, como dice el Manuel Castells, se dan principalmente en Internet, este es un dato preocupante que a muy pocos les preocupa.

Pero volvamos a los libros. Es un dato fácilmente contrastable el hecho de que en Amazon un e-book, al menos en los EE.UU., cuesta lo que una cerveza, o un sándwich. Jeff Bezos nos ha convencido: los libros digitales se venden si son baratos. Ese fenómeno sin duda golpea a la industria. Pero hay otro impacto, el que tarde o temprano recibirá el libro como producto cultural, como mercancía. Estamos en la era del Kindle, sí, pero nada parece casual cuando leemos el artículo de Packer y vemos que ya en 1995 Bezos exponía su modelo de negocios: Vender libros para tener una puerta de acceso que permita reunir datos sobre clientes educados. (Nada muy diferente a lo que acaba de admitir Google sobre los objetivos de su red social Google +) El último paso de Amazon en materia editorial, fue crear su propia unidad de publicación de libros. Ahora producen y distribuyen. La pregunta que se hace Packer no es ya si Amazon es un problema para la industria del libro, sino si es malo para los libros en general. También podríamos preguntarnos ¿con qué fines utilizaran toda esa información? Y esa pregunta valdría para todas estás megaempresas sospechadas y más que eso de colaborar con las agencias de seguridad y el espionaje gubernamental, cosas que sabemos gracias a Edward Snowden. La automatización, la libertad individual de publicar solos, la tecnología al fin, son también grandes aliados de la vigilancia. Ya hemos visto los casos de Amazon, y de otras muchas editoriales en su usufructo del DRM, un sistema de vigilancia que le permitió, en uno de los recuerdos más tristes de la compañía de Bezos, borrar del Kindle de sus clientes una versión de 1984 de George Orwell. Paradójico y metafórico.

El lugar de los libros en la cultura, también el de la información que se vincula cada vez más con el fascinante e inescrutable mundo de los algoritmos y menos con el trabajo manual o social, como bien saben los lectores que usan el “search inside book” de Google o de Amazon, está en juego. Los servicios de autopublicación independiente son una oportunidad. Y esa oportunidad como podrán ver en los informes que aquí citamos, se acrecientan en los Estados Unidos, y en rubros muy específicos, como la novela romántica, los thrillers o la ciencia ficción. Para el resto de los mortales hay circuitos de circulación y venta alternativos, cuyo impacto es mucho menor. Y librerías, y librerías de viejo todavía. Y discusiones arduas sobre los derechos de autor. Cuando Amazon dice que con sus servicios de autopublicación puede alcanzar millones de lectores en el mundo entero, no miente. Pero esa posibilidad puede ser muy remota. Amazon es una megatienda, aunque tiente también a los autores independientes no lo hace por generosidad. Tampoco facebook o twitter tienen por misión cooperar para cambiar el mundo, o fortalecer las relaciones humanas.

El panorama editorial es complejo, el crecimiento de Amazon y de Google son tan o más preocupantes que la fusión de Pengüin y Random House, otro paso hacia la concentración. Incluso hay amenazas tecnológicas mayores, como la figura del escritor no humano. Se habla de que los robots reemplacen a los periodistas, parece ciencia ficción, pero ya lo hicieron con los correctores, y avanzan sobre los traductores, siempre con la venia de las empresas. Mientras tanto los lectores, que consiguen grandes obras desde su computadora, tablets o kindles estén donde estén y a precios módicos, están de parabienes. Para ellos, para muchos de nosotros, es el paraíso. Después están las viejas preguntas. ¿Tenemos algo para contar? ¿De qué manera lo hacemos?, ¿cómo se accede al mundo editorial?, o la que nos hacía Rivera: ¿quién merece llamarse escritor? En la era pos Kindle, ¿sobrevivirán estas preguntas?


Por Horacio Bilbao
Para Revista Ñ

 

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22 de febrero de 2014

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Sentimientos encontrados

 

La jaula en la que estoy es segura, cómoda, estaré a salvo mientras permanezca en mi jaula. Los gruesos barrotes de hierro me protegen, nada puede llegar a mí, nada malo ni nada bueno porque la jaula es segura nada puede llegar a mí. Toco los barrotes de hierro con mi mano, siento como el frío se va escurriendo por mis dedos, el frío es tan intenso que no logro resistirlo y me veo obligada a quitar mi mano de allí y acurrucarme en una esquina oscura. La jaula debería ser segura pero me lastima.
El duro piso de acero de mi jaula me recibe con otra oleada de frío, intenso frío que se apodera de mí para pincharme una y otra vez en todo mi cuerpo. Los pinchazos no paran y mi jaula ya no es tan agradable como era antes, ya no me siento segura en mi jaula pero el exterior me aterra.
Al menos en mi jaula estoy segura de lo que sucede, nada puede tomarme por sorpresa, el exterior es un terreno desconocido y aun no estoy lista para explorarlo aunque no sé cuánto más pueda aguantar aquí.
El tiempo pasa y yo permanezco en mi jaula, soportando el frio y los pinchazos, los cuales se agravan a cada minuto. Mi imaginación es mi única morfina, pero ya no parece funcionar, por más que quiera aparentar que mi jaula sigue siendo segura, que el dolor se fue, dentro de mí sé que la espina sigue ahí y nunca se ira.
Los relojes no paran de hace correr sus manijas, quiero detenerlos, quiero rogarles por ayuda, pero ellos se niegan a volver el tiempo atrás, si los relojes me ayudaran podría tomar la decisión correcta: no entrar a mi jaula.
No sé que me está pasando, se que mi jaula no es buena, que me está consumiendo poco a poco, que no me deja ser libre y me quita las ganas de vivir, pero aun así no puedo dejarla, mi jaula es todo lo que tengo, sin ella estoy perdido, no sé quién soy, a donde ir o con quien estar.
Por más que lo intente jamás podre abandonar mi jaula, porque mi jaula es cómoda, segura y estaré a salvo mientras permanezca en ella.



Camila Bentancur

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21 de febrero de 2014

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El testamento del Principe Azul


De La Bella Durmiente del Bosque (Hermanos Grimm):
“Y por fin llegó hasta la torre y abrió la puerta del pequeño cuarto donde Preciosa Rosa estaba dormida. Ahí yacía, tan hermosa que él no podía mirar para otro lado, entonces se detuvo y la besó. Pero tan pronto la besó, Preciosa Rosa abrió sus ojos y despertó, y lo miró muy dulcemente.
Entonces ambos bajaron juntos, y el rey y la reina despertaron, y toda la corte, y se miraban unos a otros con gran asombro. Y los caballos en el establo se levantaron y se sacudieron. Los perros cazadores saltaron y menearon sus colas, las palomas en los aleros del techo sacaron sus cabezas de debajo de las alas, miraron alrededor y volaron al cielo abierto. Las moscas de la pared revolotearon de nuevo. El fuego del hogar alzó sus llamas y cocinó la carne, y el cocinero le jaló los pelos al ayudante de tal manera que hasta gritó, y la criada desplumó la gallina dejándola lista para el cocido.
Días después se celebró la boda del príncipe y Preciosa Rosa con todo esplendor, y vivieron muy felices hasta el fin de sus vidas”.
En realidad lo que pasó no fue esto. Yo soy Azul, o Felipe, como queráis o hayáis leído, el príncipe del cuento. Sucedió que tan pronto la besé, no abrió los ojos. Sí que se despertaron los demás. El rey y la reina, la corte al completo. Los caballos y los perros cazadores. El fuego del hogar alzó sus llamas. Pero no se celebró ninguna boda, y Preciosa Rosa, con todo su esplendor, no se ha despertado todavía.
Yo la amo desde antes. Fuera del cuento yo la amaba ya. Y cuando no se despertó decidí que la amaría como siempre.
Me enfado cuando veo las miradas de los otros. En lugar de desearnos buenos días o buenas noches con los ojos le desean buena muerte. A ella que se durmió sonriendo y sonríe todavía sin haberse despertado.
Duermo cerca, para poder coger su mano cuando de noche siento frío. Porque ella tiene la piel tibia, de viva. Y respira tranquila, porque sabe que estoy ahí.
Cuando la miro veo la Rosa del cuento, que canta a los pajarillos y tiene miedo de la bruja. Las hadas no tienen mucho que hacer aquí, ningún sortilegio la puede despertar. Pero vienen a visitarla, le acarician su tez pálida y la besan en las mejillas. Vocean mientras chismorrean y le cuentan habladurías del reino, porque me han dicho que todo atraviesa su delicada corteza y se posa en un  insomne fondo que existe, dicen, aunque la duda me atenace.
Hoy he descubierto que se puede decidir como morir. No que lo quiera para Rosa, no. Ella es mi flor delicada que suspira si me alejo y me tiene atado con cadenas casi feudales. Yo la sirvo y ella me protege con su amor invisible.
Yo quisiera morir de viejo. Mientras duermo, como ella. Irme sin enterarme, sin miedo y sin dolor. A veces se lo cuento a Rosa, pero ella no responde nunca. Me gustaría saber lo que siente, si tiene miedo, si quiere irse o quedarse conmigo.
Le cuento que si la hubiera despertado con el beso me habría casado con ella. Le cuento que nos habríamos hecho viejos juntos, mirándonos las arrugas mutuamente, marchitándonos a besos con el paso de los años. Ahora ella no me ve y su recuerdo de mí es mejor que el mio.
Aunque si de viejos uno de los dos se hubiera dormido sin dormirse, si la mente hubiera comenzado a confundir memorias y palabras y nuestros nombres nos sonaran desconocidos, si los ojos hubieran dejado de conocer los rostros y las habitaciones, pero los pies hubieran sido capaces todavía de caminar y los corazones de latir, le digo que nos habríamos amado igualmente. Si hubiera perdido en el río toda mi sapiencia, sin acordarme de su nombre habría sabido que era Ella. ¿Desear la muerte por no saber como te llamas? ¿La vida está sólo en el juicio o en la piel? ¿En el sueño incalculable o en la vigilia de un demente? Si es vida allá donde empieza el primer latido, ¿no lo es hasta el último?
 Voy a hablar con Rosa a pesar de que no me responda, porque tengo que escribir mi declaración de amor por la vida, o por la muerte, depende.
A ver, amor mío, escucha bien que es importante:
En plenitud de mis facultades, actuando libremente y tras una adecuada reflexión y en base a las leyes de la naturaleza declaro que si llego a una situación en que, por mi estado físico o psíquico, no sea capaz de expresar personalmente mis decisiones sobre los cuidados y el tratamiento de mi salud a consecuencia de un padecimiento...
¿Qué padecimiento? ¿El mío?  ¿El tuyo, Rosa, si estuvieras despierta y secándome las lagrimas del que duerme sin despertarse con un beso? ¿El del que nos mira sin entender que entre nosotros hablamos con el lenguaje secreto de los que no consiguen separarse? ¿El padecimiento del que habría querido con otro hechizo quitarte la espina envenada y sacarte de tu ensueño?
...que me impida llevar una vida con independencia funcional para las actividades de la vida diaria,
¿Cuánta independencia, Rosa? Ayúdame a redactar, porque hay que ser muy preciso, si quieres que sigan las instrucciones. ¿Qué actividades? Cuando me levanto, Rosa, poner los pies en el suelo ya me cuesta. Los años no perdonan. ¿Crees que un día se podrá decidir la edad también? En la fecha del cumpleaños te bebes una infusión y a dormir de verdad por los siglos de los siglos. Ay, Rosa, no me hagas reír, que se me cae la pluma.
es mi voluntad clara e inequívoca que se me permita morir con dignidad
Esto si que me parece bien. Si uno debe nacer con dignidad, porqué no morir también. Al final, Rosa, esto es lo que más miedo nos da. Morir habiéndonos dejado por el camino lo que éramos, encontrarnos en el lecho de muerte sin poder reconocernos.
de acuerdo con las siguientes instrucciones previas:
1. Rechazo todo tratamiento que contribuya a prolongar mi vida: técnicas de soporte vital, fluidos intravenosos, pócimas y hechizos, alimentación que no sea por la boca, aporte de líquidos, magias que ayuden la respiración, solicitando una limitación del esfuerzo terapéutico que sea respetuosa con mi voluntad.
A ver si lo entiendo. Si tu hubieras firmado esto, ¿qué tendría que hacer contigo? Tú que duermes pero respiras, tú que duermes pero necesitas comer. ¡Ay!, Rosa, que dificil...
Cuando el príncipe pasó al lado de Blancanieves la vió pálida, en peligro y la besó. Ningún enano gritó “¡Déjala morir! ¡No la salves! ¡Puede ser que ya no despierte!”. Y si así hubiera sido, ¿cómo no intentarlo? Cuántas batallas perdidas en el ánimo, vencidas después armándose de coraje.
Y si un día me duermo y no despierto ya, ¿cómo sabes que no he cambiado de idea mientras me acarcias la mano tibia? Que difícil, Rosa, que difícil.
  2. Solicito unos cuidados paliativos adecuados al final de la vida: que se me administren  las pócimas que palíen mi sufrimiento físico o psíquico, los cuidados que me ayuden a  morir en paz, especialmente -aun en el caso de que pueda acortar mi vida- aquellos que    me hagan dormir hasta el final.
Pócimas, amor mío, todas las pócimas. Que si tú me ves llorar o notas arrugas de dolor en mi frente, me den todas las pócimas. Haz bailar todas las hadas alrededor de mi lecho, que me canten los pájaros desde la ventana abierta, consulta la hechicera y quema varillas mágicas por toda la habitación. Pero que no me duela, Rosa, que no me duela. Que me muera en pocos días o en muchos años, pero el dolor no debe vencer si entra en mi cuerpo roto.
Esto sí que lo quiero, mi bella durmiente, te lo pido como si fuera el aire que respiro. Tenme contigo siempre porque te amaré aunque no te des cuenta, pero defiéndeme tú que estarás despierta y que el dolor no me toque la vida.
Los hay, Rosa, sí que existen. Los hechiceros que te miran con el miedo en las entrañas y con miedo se acercan al lecho desolador. Tienen miedo de que se escape el alma y los persiga por las noches. Y con pócimas, hechizos, embrujos y consejos inspirados por la cobardía se empecinan en salvar lo insalvable. Es ignorancia, Rosa. Y falta de respeto.
Yo te respeto, amor mío. Porque tu vives durmiendo. Porque no te obligo a vivir. Respeto tu cuerpo y lo cuido. Tú eres mi flor delicada.
Y los hay también que son sabios. Miran sin miedo y sin miedo se acercan a tocar tus manos abiertas. Me preguntan, y te preguntan, aún sabiendo que no respondes, pero están seguros de que escuchas. Y no nos dejan solos entre los doseles, Rosa, eso no. Que es lo más duro. La soledad va de la mano de las ganas de morirse, eso te lo digo yo. Pero si no estamos solos, ni tú ni yo nos acordamos de nuestras penas. Los sabios nos acompañan en nuestro viaje desigual pero tan accidentado. Sin violar tu cuerpo si no es necesario. Tampoco lo harán con el mío cuando tu estés despierta y yo dormido.
3. Si para entonces las Leyes del Reino regulan el derecho a morir con dignidad mediante la “Buena muerte” , es mi voluntad morir de forma rápida e indolora, de conformidad con lo que el Reino establezca al efecto.
¡Ay, Preciosa Rosa, que difícil todo esto!. Qué miedo que me da. ¿Leyes que regulen el derecho a morir? Querrán decir, quizás, leyes que regulen el derecho a decidir quién decide, digo yo. Porque el derecho a morir ya lo tengo. Es un derecho, ¡y un deber! Vaya que sí. Pero todos, ¿eh? Todo ser vivo tiene el derecho y el deber de nacer y morir. ¡Cómo no! Pero para esto no hacen falta leyes, que yo sepa, ¿verdad, Rosa? Es que yo soy un poco ignorante, aunque sea un Príncipe Azul. Yo sólo se quererte y cuidarte.
Si lo firmo, entonces, ¿quiere decir que si me vuelvo loco se cumplirán mis “derechos”? ¿Si me duermo como tú? ¿O si me convierto en una rana y ya no soy yo? ¿Si pierdo en guerra las piernas? ¿Si el caballo me pisotea y ya no camino? ¿Tú me amarás? ¿Me querrás contigo? ¿Yo querré irme o tendré miedo de la muerte?
¡Ay, Rosa, que difícil!. Hay tantas probabilidades y circustancias que la linea que diferencia las penas es invisible como el viento.
4. Si quien se ocupa de mi asistencia  declarase que su conciencia no le permite el cumplimiento de estas instrucciones, solicito que sea sustituido por otra persona, garantizando así el  derecho a que se cumpla mi voluntad.
 Con el fín de que pueda ayudar a interpretar este documento manifiesto que, en una  situación de deterioro irreversible, sin posibilidad de futuro ni recuperación digna, no  quiero sufrir ni causar un mayor sufrimiento a las personas que me acompañen en ese    momento, ni deseo poner a mi familia en la situación de tener que decidir por mí acerca de   mi vida. Pido a quienes tengáis que atenderme que respetéis mi voluntad.
Pues claro que sufro, mi amor, desde que decidiste entregarte eternamente a los brazos de Morfeo. Qué celoso estoy de tu dios y vuestro mundo onírico. Pero no es mi cometido provocar tu ausencia deliberadamente. La Naturaleza es sabia, Rosa. Y llega hasta donde llega. Sólo entonces podemos soltarnos las manos y dejar que te vayas. No sirve gritar al universo la desesperación. El que más grita es el que más miedo tiene. Pavor a quedarse solo, pavor por no ser amado suficiente. Quien no se desgañita es el que con su silencio envuelve la conclusión de su camino. El desenlace triste y feliz al mismo tiempo. Porque no ha sido obligado a elegir. Quien no brama su muerte anunciada es el que al final se va serenamente, sin palabras, sin publicidades, con amor y con respeto.
Por eso yo no digo nada, Rosa. Porque no sirve.  Porque cada lecho y cada frente que se apoya velando son un único universo. ¿Quién sabe de nosotros lo que nosotros sabemos? ¿Y quién sabe de ti más que tú misma?
Si yo durmiera y tú me lavaras los cabellos tendría el mismo miedo que tengo ahora. ¿Aunque mi cuerpo fuera inútil y frío, doliente y dependiente, valdría menos? ¿Y si este cuerpo no tuviera mis años sino pocos, muy pocos, cuánto valdría?
¿Quién somos nosotros, mi bella durmiente, para establecer las leyes de la vida y la muerte? Te lo digo yo, que te peino cada mañana. No somos nadie. Porque las leyes de los hombres no saben de nuestras tardes. Y querrían igualdad, Rosa, cuando son minoría los que no pueden con su carga.
Por eso he decidido que no voy a firmar nada. Cuando tu te despiertes y me cuides en mi sueño sin amaneceres deja que mi cuerpo te hable. Otros como nosotros no necesitan abrir las ventanas y anunciar su desdicha. Aman hasta la extenuación, con un amor que a los ojos de otros parece egoista pero en realidad no lo es. Y con el mismo amor se despiertan, y lloran, y cuidan, y toman decisiones que nadie que no haya tocado esas sábanas puede siquiera entender. Cualquier decisión, Rosa, como nosotros.
Por eso no hablo, y te tengo solo la mano, sabiendo que te apagas despacio como la luz de una vela. Te doy las gracias por lo que me has dado en esta vida extraña, por lo que he tenido el honor de regalarte cada día.
Gracias porque nuestro cuento no ha sido como los otros; aunque las perdices me las he comido solo yo, al final hemos sido felices. Apretújame la mano, Preciosa Rosa, como sólo sabes hacer tú cuando te canso con mis cavilaciones. Que me está entrando sueño. Si he podido aburrirme a mí mismo, ¿quién sabe lo que estás pensando tú?. Deja que me tumbe aquí contigo, que tengo frío. Si no tuviera tanto miedo me gustaría dormir a tu lado otros cien años sin despertarme para poder entrar en tu cabeza. Buenas noches, amor mío. Que tengas siempre dulces sueños hasta que uno de mis besos te pueda despertar.

Autor: Carmen Lozano

Blog: lalunaparttime@blogspot.it
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20 de febrero de 2014

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Simple como el final eterno



La última hoja del invierno cayó
y con ella cayeron todas mis esperanzas
se fue mi mundo
mientras la veía caer.
Cayó y cayó, eternamente por siempre
nunca llegaba al suelo
mientras se mecía con la brisa
y vos me hablabas con la mirada
al lado
sin decir nada
pero diciéndome todo.
Y ahí estábamos rodando
sin caer, en lo profundo
y nunca caímos
siempre me decías que si,
que tal vez.
Nos vimos envueltas en un paisaje de sin querer
en un paisaje de no saber
nos vimos envueltas en nada
con todo.
Y con cada respiro
la vida se iba más y más
y estaba ahí, en ese último momento
donde el agua entra a los pulmones poco a poco
donde el aire deja el cuerpo
cuando a la muerte le falta poco.
Y con cada suspiro
nos ahogábamos cada vez más
en un mar salado de lágrimas,
y asi fue
como con dos palabras
te dejé ir.
Como supiste dar el si a tus acusaciones
como supe saber que no estabas
como quise saber que no mentías
y así poco a poco
quedamos desalmadas
encontradas en algún lugar,
sin ganas
dejando todo atrás,
así fue como te fuiste,
como me dejé llevar por la corriente
como la hoja tocó el suelo
para no levantarse más.
Así fue como nos ahogamos
como dejamos el aire de lado
y tocamos la muerte,
fría y salada,
como cada una de tus palabras.
Como en si, quedé sola
y quedaste a la deriva,
como solo con dos palabras
pude decirte más de lo que quise.
Intenté memorizar cada una de tus partes
hace un tiempo ya
para que cuando no estés, como ahora
pueda libremente ahogarme como quiera.
Cada una de tus partes se han ido con cada respiro
y así
                                            nos fuimos. 
 Mariette Bonham
http://mariettebonham.blogspot.com.ar/
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19 de febrero de 2014

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El pez en la caja muere





Mi mascota favorita era un pequeño pez naranja. Lo veía nadar y me hacía feliz saber, o al menos imaginar, que él lo era también allí en el agua de su pecera.
La relación con Viviana ya no andaba bien; para entonces, quería más al pez que a ella.
Viviana me advirtió que se iría y que al hacerlo dejaría su huella.
Yo pensé que se refería a que no me sería fácil olvidarla, pero me equivoqué.
Cuando se marchó, desapareció también el pez.
Un día abrí una caja que tenía abandonada en un rincón de la casa y supe cual había sido el destino de mi querido pececito naranja.

Autor: Luciano Doti
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18 de febrero de 2014

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Corte, se imprime

Fuente: elaboración propia.

El viento le voló la sonrisa del rostro mientras con eterna lentitud sus ojos se secaban de espanto. Los anteojos de armazón negro, de lentes sucios, se interponían ante él; aún así la luz lograba atravesarlos sin dolor, sin cuidado, sin fuerza de ningún tipo más las que rigen por naturaleza en este mundo.

Su mano derecha tembló, y su cara cambió en segundos. Sus labios se comprimieron y entreabrieron en un dejo cruel del aliento helado que tenía dentro. Sus hombros acompañaron la exhalación con una elevación poco más que irónica, no de vergüenza. Sus parpados se elevaron poco más de un ápice, mientras sus pupilas se dilataron lo suficiente para un: «Bastante».

El dolor de su pecho no respondía en lo absoluto a ningún sentido usual. No era el dolor del golpe, de la punción. Era un dolor comprimido, similar a aquel que sentiríamos todos de existir dentro nuestro un átomo aspirador.

Su mano izquierda acompaño a su secuaz en el tembloroso viaje del reposo al espanto, cerca de la boca, de los ojos y la nariz. El temblor le daba a la escena el mayor de los escepticismos; pero la escena del frente opuesto acompañaba casi melódicamente el cóctel de sentires que él sufría, ahora también con lágrimas ahogando sus pestañas y muriendo en la barba entrecortada del mentón.

La muerte había cobrado su primera víctima. Amada, amiga o familia era la joven que había dejado a nuestro personaje en la mayor de las heladas.

Su caminar, segundos antes seguro y casual, ahora era nulo. La velocidad del impacto rotulaba de «Muerte Culposa» al conductor del Audi A4 color negro. Hermoso.

El desembarque de sangre que inundaba de carmesí el rostro y cabello de la joven, resaltaba de una forma bastante tétrica el color azul de sus ojos, que brillaba aún así. Los ríos de sangre lo cubrían todo en aquella escena. El parabrisas del hermoso vehículo negro; astillado por la fuerza y dureza del cráneo humano que golpeara a igual fuerza y opuesta dirección; se inmiscuía, así como la mugre, entre él y ella. Ella la culpable. Ella la de adentro.

Y como si no fuera escrito por mi persona, y como si el cariño del que carezco siempre no brillara hoy por su ausencia, él despertó en el grito ahogado de un dolor no imaginado, sino vivido en carne propia; y tumbó su cuerpo mientras lloraba, ahora sí: vívido y real sobre el cuerpo de la joven; que con su cabello rubio, sobre la cama, a su lado, le consolaba sobre un dolor del que no conocía, ni imaginaba. Pero que de algún modo también sentía.

Eugene
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17 de febrero de 2014

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Leviatán


-Me había levantado con la pierna equivocada. No me di cuenta hasta que ya era muy tarde, digamos alrededor del mediodía. No es que me haya pasado la mañana en medio de la clásica somnolencia, sino que sólo cuando tomé conciencia de los hechos acumulados me dije “Hoy cagaste macho. Estás meado por los dinosaurios”.
Si trato de ser objetivo, no fue tan grave la cosa. Pero esa sensación no te la saca nadie. Ni un Lexotanil, ni un Xanax. Té de Tilo? Olvidáte, nunca funciona.
Recuerdo eso sí, haber tomado media botella de Vodka. Con jugo de naranjas, lo que le dicen Destornillador. Pero eso había sido la noche anterior. Mucho descontrol, tal vez debería haber parado la mano ahí nomás. Pero no, por la mañana y para darme un buen comienzo me pasé dos líneas. En realidad no es nada. Otras veces necesité más. Lo bueno es que siempre estoy en control. La mente ágil y despierta. Nunca me dejé caer.
A eso de las siete ya estaba saliendo para el laburo. No sé, habría tardado una hora en bañarme y ponerme el traje. Siempre lo había odiado. Era como un símbolo de mi sumisión a las reglas que me imponían los demás. Pero sin eso no hay guita, así que los prejuicios me los comía día a día con pan de salvado para que se digirieran mejor.
Agarré justo el tren de las y cinco, esperando encontrarme con la minita esa que nos mantenía entretenidos a todos durante el viaje. Pero no. Hoy tampoco.
Revisé en el bolsillo interior del saco a ver si tenía el sobresito de emergencias y me prometí tomarme un trago en Las Delicias antes de entrar al laburo. A si! Antes debía comprarme un chicle de menta para matar el tufo delator.
Me acomodé en la barra y como siempre se acercó Patricia a atenderme. No sé para que me preguntaba siempre lo que quería. Parecía como si tuviera la esperanza de que algún día le pidiera un cortado. Me tomé mi “jugo de naranja doble” y rumbee para el lado del baño con la bolsita apretada entre los dedos. Susana me iba a matar cuando se diera cuenta que le estaba gastando su ración.
Salí despejadito, si hasta te diría que me sentía capaz de soportar a todo el mundo sin mover una pestaña, pasara lo que pasara.
Cuando cayó Cacho my Boss, me dije, a este lo impresiono de entrada y me puse a hablar de los clientes que había sumado a la lista la semana pasada. La verdad que algunos ya debían de ser fiambre, pero otros eran de verdad y podían llegar a permanecer en la cartera si la hacíamos bien. La cara de Cacho my Boss parecía declarar que no la había puesto o que estaba por rajar gente. Nada che, no logré que emitiera ni un ruido.
No sé por que, pero se me ocurrió servirle un cafecito con el agregado de mi laxante preferido. En una de esas se le mejoraba la cara. Si hasta me lo agradeció el muy boludo.
No sé, estaba medio jodón. Me fui al baño del sexto para darme otro saque y me encuentro con las porquerías de limpieza acumuladas en un rincón. Que querés, agarre el trapo de piso y lo metí en el sifón del inodoro. ¿Cuánto habrá tardado? Cinco minutos a lo sumo, cuando veo a Catalán que sale corriendo en medio de una catarata que invadía la alfombra del pasillo. Sí, son cosas de pibe. No sé, se me ocurrió nada más. Pero te juro que lo disfrutaba. Nadie tenía que saber que había sido yo y más de uno se moría de la risa.
Aproveché la volteada y me mandé a la salita de conferencias. En realidad ya lo tenía pensado hacía tiempo, así que le levanté el protector al proyector y le puse un puente del vivo a la carcasa. Me acuerdo que una vez lo había hecho el Gallego Rodríguez antes de una conferencia. Es uno de mis mejores recuerdos todavía hoy. Cacho my Boss saltando contra la mampara de vidrio con esa cara de me muero, me muero, que te hacía mear encima. Lástima que esta vez tenía que quedarme afuera para no quedar engrampado.
Seguramente tanta excitación me alteró un poco. Me empezó a salir un hilito de sangre de la nariz y no había forma de detenerlo. Marta me decía poné la cabeza para atrás, Julián que ponete compresas frías en la nuca. Yo me fui para el baño y me metí un bollito de papel higiénico en la nariz mientras me tragaba lo que ya no podía salir por ahí.
Algo laburé no voy a decir que no. Acomodé dos carpetas que tenían como tres años juntando polvo en la esquina de mi escritorio. Agarré mi maletín y dije, chau me voy a visitar clientes.
Miré mi agenda y todavía me quedaban como treinta minutos para visitar al primero. Así que enfilé caminando hacia la Avenida de Mayo, como disfrutando el día, ¿viste? Cuando llegué a Rodríguez Peña medio como que me hacía falta recargar las pilas. Sabía que los de esa empresa eran bastante jodidos y quería asegurarme mi mejor rendimiento a la hora de conseguir comisiones. Así que me metí en el bar de la esquina y me pedí otro Destornillador.
Mirá, no sé, es como que las manos se me hacían cada vez más grandes. Era loco pero me causaba gracia. Hasta que apareció ese pibe con la estampita y la letanía. -Dele señor que es para comer... -Deme unas moneditas... Y no se quería ir el desgraciado. Cuando me empezó a tirar del saco es como que se me terminó la paciencia.
Yo hubiera preferido irme al baño, te lo juro. Pero ese desgraciadito estaba en medio del camino y encima tirándome del saco. Fue algo automático. Te digo que en realidad no me di cuenta de nada. Como ya estaba cerca la hora del mediodía en que los de las oficinas se acercan a comer alguna pavada, agarré uno de los Tramontinas que estaban sobre la barra y traté de encajárselo en un ojo. El muy hijo de puta se corrió justo en el momento que se la vio venir. Lo agarré de costadito. Son muy zorros estos pendejos. Pero sólo con el golpe lo mandé al piso. Te digo que nadie reaccionó enseguida. Es como que el tiempo se había detenido y el pibe tirado en el suelo era lo más natural del mundo. Cuando se armó el batifondo había tanto descontrol, que parecía que nadie sabía que era lo que tenía que hacer. Las minas se mantenían alejadas al grito de pobrecito. Un viejo se acercó y mientras decía hijo de puta fuiste vos, trataba de socorrer al pibe. Yo me zafé como pude del apretón que me quería dar un muchacho veinte kilos mas chico que yo, como para retenerme en la escena del crimen, dirían en la tele.
En dos minutos estaba a tres cuadras del lugar en medio del gentío que salía a comer. Si pudiera borrar lo que hice te juro que lo haría, pero en ese momento no sentía nada.
Me fui para el lado del subte y en un rincón me di dos, tres o cuatro líneas directamente de los dedos. Susana me mataba seguro. Ya casi no quedaba nada de su reserva.
Me mezclé entre la gente que esperaba el subte a Primera Junta. Siempre hay algo para disfrutar. Había una minita rubia, te digo que hasta parecía natural, con una garganta hermosa. Un cuello largo, largo, de esos que me gustan a mí. Es como que me agarraron las ganas de repente. Me hacía la película. Parecía que me llamaba: mordeme, mordeme...Creo que me podrías llamar Draculín. Qué sé yo, no estaba para contradecirme yo mismo, agarré y me le prendí del cuello. Bueno al menos fue mi intención. ¿Cómo iba a saber que la mina se iba a asustar? Es como que trastabilló y ¿no va y se cae a las vías?. Eso parecía importarle mucho a la gente que había alrededor y por supuesto a la mina también. Pero a mí lo que me daba bronca era que apenas había logrado tocarle la garganta con los labios. Me quedé algo caliente. Y rajé, off course. Seguro la sacaban antes de que llegara el próximo tren.
Empecé a caminar sin rumbo fijo disfrutando cada detalle que se me presentaba por delante. Si hubiera tenido un porro era el momento oportuno para gastarlo y después tomar una siesta reparadora.
Me sentía bien cuando llegué a la San Miguel. Imponente, que cosa maravillosa que son esas iglesias de fin del siglo pasado. Me quedé afuera un buen rato observando las cúpulas, los vitraux, angelitos y otras yerbas. Al final entré. Es que era la casa de Dios, o sea como la mía.
Me tiré a lo largo en esos bancos kilométricos y me quedé mirando los frescos que decoraban los techos. Yo era el capo de esos cosos que flotaban en el cielo. Te digo que cuando apareció el tipo ese, el cura, todo vestido de negro, medio que me dio bronca. Otro interrumpiendo mi tranquilidad. Parecía que nadie pensaba dejarme en paz esa mañana. Creo que me decía algo de la sangre. Pensé que hablaba de la de Cristo, ellos se la toman todos los días. Pero no, parecía que mi nariz había manchado la camisa, el traje y mis manos. Para peor me había quedado con el Tramontina apretado del lado del filo en la mano izquierda. Pucha que salía sangre, pero no sentía nada mas que un calor reconfortante. No me preguntes que le pasó al cura ese por que no me acuerdo de nada. Es como si el alma me hubiera abandonado.
Así que ya sabés: me levanté con la pierna equivocada. ¡Mirá como pasa el tiempo! Ya se termina la visita y el cana ese te está mirando feo. Bueno,. mirá,. andá y decile al "cuervo" ese, que si se quiere ganar el sueldo consiga que el juez me derive a uno de esos institutos de rehabilitación, que de la "merca"; de la "merca" me encargo yo.-


OPin

Obra de Zdzisław Beksinski
http://www.cuentossinrumbo.blogspot.com.ar
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16 de febrero de 2014

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Sólo fue un sueño


Escribo mirándole a los ojos sabiendo que algún día ya hará tiempo que no se los miro. Están oscuros, sólidos como su corazón; en el fondo, muy en el fondo, está su dolor de piedra.
Cuando golpee en cada esquina la ausencia de un Bueenos dííaas, buscaré su cuerpo y sé que tropezaré con un Mi amor, un ¿nena cómo vas?, que rico, ¿del uno al diez?...en un bálsamo de sonrisas...y que me agitaré hasta que no pueda esperarla...¿vamos?... pero ya al abrir los ojos, no resbalarán sin permiso clavándose como cantos, ni acechará la tormenta, ni dolerá la desilusión...porque eso, todo eso, sólo fue un sueño.

Para sobrevivir a veces nos ponemos una coraza, una armadura, un impermeable; no sé para qué, si en todo ese tiempo no caerá ni una lágrima; no entrará frío, ni dolor, ya no afecta, pasará.

Entramos en una irrealidad que nos hace pensar que estamos a salvo. Todo controlado, no llores, sé fuerte... disimuladamente toma fuerza esa voz interna que consume nuestro oxígeno y disipa las estimulaciones positivas que requiere nuestro cuerpo.

Mientras tanto es imposible sentir el amor, aunque te llegue a capazos intentando destruir con dulzura ese muro de contención.

Frente al precipicio, se asoma retando la rabia; se apodera de hábitos y vicios que no dejan que fluya más que la parte oscura de nuestro temperamento. Los encuentros se vuelven enfrentamientos con el resultado de una suma en negativo; cuando eso sucede, estás sola en la partida y hace tiempo que has perdido el juego. Toca empezar de nuevo.

A veces para ganar, primero se ha de perder; así que sonríe para disolver las nubes, respira para retomar tu vida y poco a poco verás que lo que hoy nos presiona tan sólo fue una pesadilla y que de nosotros depende que sólo fuera un sueño.

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15 de febrero de 2014

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Sin/Sentidos: Pánico.

Fuente: elaboración propia.

Y entre tanto pensar, rogué por perder el conocimiento.

Mi corazón latía rápido, muy rápido. Respiraba con dificultad, y casi ni exhalaba. Me estaba ahogando en un mar de pensamientos que me habían vuelto loco.

Conté hasta tres. Uno, dos. Tres. Pero la sensación allí seguía, y yo muriendo.

Al rato caí en cuenta de lo que sucedía y con fuerza de voluntad, única y exclusivamente, logré detenerlo.

El coro de pensamientos intoxicantes culminaba su estribillo. Pero no detenía su canto (nunca lo ha hecho nunca lo hará). Mi corazón poco a poco retomaba su ritmo, ritmológico. Mis pupilas se estrechaban, mi respiración se regularizaba. Pero mi tez seguía blanca frente al espejo.

No sé qué lo habrá desatado. No sé por qué razón, motivo o circunstancia llegué a dicha instancia.

No es una sensación agradable, no es un momento placentero. No es algo redituable, y no es tampoco conversable. Así que escribo al respecto. Como quien escribe palabras sueltas, sin orden, sin sentido. Sin lógica.

Hoy luego de haber sufrido lo que sufrí. Luego de haber secado mis lágrimas en el trabajo, luego... una vez calmo me propuse pensar y cambiarlo todo.

Pero hoy ahora caigo en cuenta lo desabrida que es mi vida. El estrés factor fundamental de todos los dolores. La fluvoxamina y sus no efectos, etcétera.

Etcétera.

Etcétera...

Eugene
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13 de febrero de 2014

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Con mi niño... a las estrellas


- ¡Mira! ¡Las luces! ¡Mira, máma, ya vienen!- dice Jorge casi sin voz señalando al cielo. - Sí hijo, las veo- susurra Dolores mientras, llorando, acaricia su mejilla.

Rubén entró en casa de su tía, la puerta estaba entreabierta, vio en la mesa de la cocina un sobre dirigido a él.

“El cielo me lo trajo, aquí encontró el infierno y ahora él se quiere ir a las estrellas... y yo, Rubén...voy a llevarlo y me iré con él, con mi niño.

Es un ángel. Supe que estaba preñada porque ya no pude meterme ni un pico ni probar una gota de vino.

¡El mono me comía! Rabiaba... y aguanté, lo pasé sola en mi cuarto, tirada en el suelo como una perra; apretaba fuerte mi rosario entre las manos y rezaba porque dentro de mí estaba mi niño.

Los médicos dijeron que mi hijo estaba mal de la cabeza. Yo nunca noté nada. ¿Pues qué voy a saber yo de esas cosas, si me sacó mi madre de la escuela a los doce años para trabajar y cuidar de ella?

Me casé embarazada con 15 años y mi marido me daba palizas mientras vivió. Mi madre decía que aguantara y, al final, acabé otra vez enganchada al caballo y alcoholizada, como él.

De mayor, mi crío, por lo suyo, no pudo seguir en la escuela y como no tenía otra cosa que hacer, unos demonios me lo metieron en la droga.

Me pegaba pero me daba igual; desde chiquilla me han molido a palos. Él es bueno pero las drogas... ¡qué malas que son!

¿Te acuerdas que el domingo pasado lo encontré en la puerta de casa muy colgado?

Dijo que se le apareció un dragón muy brillante y que volvería para llevárselo a las estrellas.

Se lo contó todo al Chino y al Loco, pero se rieron de él.

Hoy está con la petenera de que he de acompañarlo. ¡Hasta dibujó dragones brillantes y de colores para convencerme!

Cogí el más bonito de todos para pegarlo en la nevera pero se enfadó, me dio una patada y me estampó la cabeza contra la pared.

El pobre lloraba... decía que nadie le hacía caso, así que se ha ido muy triste al parque a esperar a sus dragones con luces.

Y yo, Rubén, que el médico me ha dicho que voy a durar ya muy poco entre el SIDA y el cáncer… ¿quién va a cuidar de mi niño si estamos los dos solicos en este mundo?

He llamado al Loco y me ha traído de todo.

Así que me voy al parque con él, con mi niño. Me llevo una mantica, unas litronas, mi rosario y las papelas de jaco. Porque hoy, Rubén ¡tú sí que nos has querío!, hoy y que el Señor me perdone, mi niño y yo dormiremos en las estrellas.


Inmaculada Barranco
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8 de febrero de 2014

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El Ilusionista



Él como buen mago supo manipular sus instrumentos. 
De su bastón emergió una flor que la embriagó con su aroma, 
El pañuelo con el que secó sus lágrimas 
Se convirtió en un ave que la hipnotizó con su vuelo 
Y así, ella cayó rendida a sus deseos.
Más tarde, 
Ella se daría cuenta de que el roce de la rosa sería suave 
Únicamente cuando no tocara sus espinas, 
Que la paloma blanca transmitiría esperanza 
Siempre que sus alas estuviesen desplegadas.
Porque una vez que esa rosa la hiera 
Y que esa paloma de elevarse se prive, 
Cuando ella despierte de su ensueño 
Y el mago haya desaparecido, 
Ambas cosas vuelven a ser lo mismo: 
Un bastón sin gracia, un pañuelo inservible.
Y entonces, no sólo tendría que limpiar sus lágrimas, 
También la herida que sangra.
A la larga, 
Ella asumiría que aquél siempre tuvo un as bajo la manga
Y que justo en el momento cuando él acarició su oreja 
Para hacer aparecer una moneda, 
Quiso seguirle el juego.
A sabiendas de que su magia sólo era un truco, 
Decidió correr el riesgo.

Fritzy Zamor


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7 de febrero de 2014

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Desdibujada

 
Trazamos las primeras líneas sin apenas carboncillo en los bolsillos, poco a poco con grandes sonrisas se quemaron los colores oscuros; el sol, el mar, el cielo, de cada uno de ellos cogí un color y pinté los caminos.

Hoy ya no los conozco, no son míos, ni tan siquiera recuerdo haber pasado por ellos. Las hojas húmedas de los primeros días de invierno estaban pisoteadas y habían perdido su forma, las que resistían en las ramas poco a poco perdían su vitalidad.

Aún quedaba un largo invierno y pasaban las horas muy lentamente. Apenas quedaban puntas, ni pasos, ni risas y estaba lloviendo desde hacía días.

Las ventanas estaban cerradas en todas las casas y la creatividad era un bien demasiado preciado, sólo unos pocos se podían permitir el lujo de pasear por las calles, sólo cuatro pupilas desorbitadas miraban de frente.

No iba a gastar goma en borrar los bocetos, pero tampoco quedaba suela en mis zapatos. Aproveché los leves rayitos de sol para que él se encargara de desdibujarlos.

Archivé los olores, mordí todas las muecas y tragué uno a uno los besos que habían quedado esparcidos. Coloqué los folios en blanco en el atril, anclé mi sonrisa en su espalda y dormí en el calor de sus manos.

Cuando amaneció el vidrio de la habitación estaba empañado, padecía el contraste de un día frío y la calidez del eco de su sonrisa, y se había convertido en un precioso bloc de notas dónde ponía escrito: ¿Qué hora es? junto a un hermoso sol que me sacó una sonrisa.
 
Yolanda Cruz
 
http://yola-unlugarenelmundo.blogspot.com.es
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5 de febrero de 2014

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Sueño


Todavía dormían las calles, mecidas por el movimiento escondido de un sueño gatuno. Hacía rato que los edificios habían dejado de quejarse y los coches se habían rendido al Silencio. Y de repente un beso. Volvieron todos los besos. Al amor miraban las nubes y los árboles de la avenida. Y los gritos de los niños y el gruñido del viejo. Tus ojos. De todas maneras, quizás solo es un beso. Quizás como todos los besos y va siendo tarde. El gato se recuesta de nuevo. Todavía duermen las calles.

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4 de febrero de 2014

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El Ritual

 

En la montaña gris y a la luz de una gran hoguera se encontraba, al atardecer, la tribu reunida.

Te plantaste frente al Consejo en la última luna de invierno y solicitaste el ritual para convertirte en guerrero – dijo solemnemente Zulkur, el rey.- Hoy nos sentimos orgullosos de ti y tu familia goza ahora de gran honor.

El Hechicero nos relató con asombro la manera en que aguantaste de pie, cuatro días y cuatro noches sin comer, ni beber, ni dormir.

No te quejaste y ni siquiera hiciste una mueca de dolor cuando tatuaron con hierro candente todo tu cuerpo.

Metimos por tu garganta y nariz unas plumas para que vomitaras tu niñez, impasible mirabas los restos en el suelo.

En tu rostro no apareció ni un signo de debilidad cuando, al oscurecer, entraste en la gruta de la manada de la gran loba blanca, que tanto daño ha hecho a nuestro pueblo.

Al amanecer, cuando llegaron a recogerte, estabas de pie en la entrada de la cueva, portabas las garras de la bestia y de tu boca no escapó ni un lamento a pesar de la herida del terrible zarpazo que cruzaba tu pecho. Jamás nadie había realizado un acto tan heroico y demostraste gran piedad al perdonar la vida de sus cachorros.

Hoy podemos dormir por fin tranquilos. Es un gran día para todos nosotros y nos has liberado de nuestro peor enemigo pero aún así, tenemos normas, costumbres y leyes que no dejan que tú, bella Szuan, seas un guerrero.

…………………………………………………………………………………………….

Szuan, un año después, recordaba ese momento y el dolor que sintió ante esas palabras. Dolor incomparable al que ahora le mordía las entrañas mientras escuchaba, a solas en la tienda del jefe, el veredicto del Consejo de Ancianos.

Quedas expulsada de nuestro poblado – dijo Zulkur con voz de hielo- trajiste la desgracia a nuestras casas cuando mataste al gran lobo blanco. Desde entonces la gente no es supersticiosa y cuestiona nuestras decisiones y, por si fuera poco, ya no son necesarios los guerreros que, fielmente, nos obedecían. ¡Vete! Diremos que has muerto y que eres un demonio, un fantasma para nosotros ya que, solo así, volverá la paz y el orden a esta tribu.

Esa noche nadie lloró por ella.

Al amanecer Szuan escuchaba a lo lejos el griterío de la tribu. Sobre su caballo respiró en paz, profundamente; bajo la ladera veía al gentío que, horrorizado, miraba las cabezas empaladas de Zulkur, la del Hechicero y las de los ancianos del Consejo.

Cabalgaba despacio por el valle. La acompañaba una manada de lobos.

 Inmaculada Barranco

http://latazadeletras.blogspot.com.es/
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2 de febrero de 2014

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No Es Del Tiempo La Cura


Dígame señor:
Ya que el tiempo es la mejor medicina,
¿Cuánto necesito para limpiar una ofensa?
¿Cuánto necesito para sanar una herida?
Que yo prescindo entonces de consejos y suturas.
Quíteme usted una duda:
Lo vende en kilos o en litros,
En cápsulas o en ampollas.
Dígame si la cura es líquida o sólida,
Si se administra vía oral o intravenosa
Y de ser así,
¿Cuántas dosis me tomo? O
¿Con cuántos cc preparo la inyectadora?
Pero cuénteme,
¿Desaparece moretones?
¿Alivia toda clase de golpes?
¿Endereza torceduras?
¿Evita las cirugías?
¿Diezma hasta las enfermedades letales?
Porque si es así yo echo a un lado los ungüentos,
Las vendas y cabestrillos.
Me olvido de cirujanos, de doctores y hospitales.
Nada de récipes, de menjunjes ni recetas.
Véndame docenas, montones o raudales de ese buen medicamento
Y no escatime usted en costos,
Que si tan eficaz es el remedio
Yo sabré pagar el precio.
¿Dónde pues tiene usted ese elixir de tan poderosos efectos?
¿Sanará también el alma?
¿Dará verdadero reposo al cuerpo?
¿Reparará la conciencia?
Y al corazón tan ajado, roto y maltratado,
¿Lo dejará como nuevo?
Oh, lo cambiaría por oro,
Por cualquier preciado tesoro.
Basta con que usted lo ponga al alcance de mis dedos.
¿Pero qué pasa? ¿No se da prisa?
¿Por qué no está corriendo tras su busca?
Es que no lo tiene, ¿cierto? No existe tal cosa.
Porque el tiempo solo sabe consumirnos
Sin piedad ni miramientos
Y no son nuestras penas lo que se desvanecen,
Somos nosotros quienes poco a poco desfallecemos.
Fritzy Zamor
http://treboldeizary.blogspot.com.ar/
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