30 de enero de 2013

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Monólogo interior



Y entonces descubrí que siempre iba a ser diferente. Yo ya me había acostumbrado a la extraña disociación de mí misma que sufría a menudo. Esa división que me mostraba claramente diferenciados mi yo real y cotidiano de mi yo profundo, de mi yo residente en Ese Otro Lado. La disociación no siempre se me presentaba de forma clara. Discernir los elementos de mí misma que pertenecían a cada parte se hacía difícil con harta frecuencia. Y me confundía profundamente. Solo en una ocasión parecían convivir con absoluta comodidad. Y era en tu compañía. Ambas partes de mí se rendían fascinadas y, simplemente, yo me unificaba de forma natural como ser humano.
Me costó descubrir que yo era diferente. Y ni siquiera estoy segura de serlo aún. Al fin y al cabo es una conclusión a la que he llegado a través de impresiones más o menos subjetivas. Pero, simplemente, es fácil para los demás describirse. Lo hacen continuamente. Muestran sus virtudes escondiendo hábilmente sus defectos. Supongo que es lo natural. Pero yo dudo que sepa cómo hacerlo realmente. Para pensar, necesito escribir. Y cientos de hojas escritas no han servido para unificarme a mí misma. Por eso a veces me rio de mi absurda intención de comprender el mundo. No puedo hacerlo si no entiendo mi propia mente. A lo máximo que llego, los días de extrema lucidez, es a distinguir a cual de mis dos partes corresponde cada escrito. Normalmente se mezclan, está claro. Pero suelo distinguir que parte escribe.
Volviendo a ese momento, comprendí que siempre iba a ser diferente. En fin, no es que antes no me lo hubiese planteado, pero siempre había pensado que en algún lugar todo el mundo se disociaría de sí mismo a menudo.  Que estupidez. Quizás ni siquiera sé la razón por la que me percaté en ese momento y no en otro. Pero lo hice. Y es como si un gran peso se me quitase de encima. Comprendí que las cosas comunes a mis dos partes eran las más importantes, las que siempre debía conservar. Y me asusté. Porque seguía sin encontrar algo más que satisficiera a las dos. A parte de un amor que, por lo demás, está claro que no era correspondido. Me pregunté qué sería de mí cuando desapareciera. Cuando desapareciera el amor de mi organismo o cuando lo hiciera la persona a la que estaba dirigido. Quizás en el segundo caso no hubiera ninguna diferencia. Porque el amor, y los cambios que sin duda había producido en mi yo total, seguiría ahí. Aunque fuera hacia un recuerdo. Está claro que sufriría. Pero diría que sufrir una ausencia es mejor que la otra alternativa.  Porque tengo la sensación de que es vital un punto de unión entre mis partes. Por imperfecto que este sea. Porque, si se pierde el punto de unión, es probable que tenga que elegir. Que una de las dos se pierda para siempre. Que muera. No debe ser sano morir en parte. La palabra vacío cobraría entonces un sentido nuevo. Porque ahora el vacío es tu ausencia. Pero no está solo. Tu ausencia siempre se rodea de muchas otras cosas. Pero imagino que si se da esa segunda opción, una parte de mí estará vacía para siempre.
Es extraño. Pero el yo que escribe ahora no puede conectar completamente con el otro. Me cuesta saber qué pensará de todo esto. Sé que es más escéptico, más crítico, más exigente. Yo me limito a aceptar las cosas, a resignarme… mi otro yo se las cuestiona, le cuesta aceptarlas. Por eso creo que no se dará cuenta de esto hasta que, quizás, sea demasiado tarde. Puede que no se dé cuenta de lo importante que es mantenerte, aunque no te tenga totalmente, porque eres lo único que une las dos partes.
Por supuesto, suelo ser yo, esta yo de este momento, la que escribo. Diría que el otro yo no necesita escribir para pensarse. Y debo aprovecharlo. Nunca logro separarlos de forma tan fácil. Lo físico ahora me resulta insignificante. Sé que es importante. Pero no lo siento. No ahora mismo. Me pregunto qué lado elegiré. No lo puedo saber. Por eso, cuando pienso en mi futuro, siempre encuentro dos alternativas claramente opuestas. Me da miedo. Significa que no veo la coexistencia como algo plausible indefinidamente. No quiero perder una parte de mí. Ninguna de las dos somos lo suficiente interesantes y tampoco lo suficientemente fuertes.
Reflexiono, y descubro que es posible que solo vea esos futuros por la fragilidad de mi nexo. Pero quién sabe, quizás puedo encontrar otro nexo. Las personas nos repetimos indefinidamente. Al menos, eso dicen los orientales. Pero tengo miedo. Porque, curiosamente, cuando apareciste en mi vida fue cuando yo dejé atrás esa época que solo puedo calificar de oscura… de inquietante. Yo aún no te daba un valor especialmente grande. Pero ahí estabas, inalterable. No quiero volver a perderme… debo convencer a mi otra parte… tenerte solo en una ínfima parte es mejor que “superarte”. Porque eso implicaría matar, asesinar, a una de mis personalidades. 

Catherine



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25 de enero de 2013

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La cautiva de dos mundos



Al atardecer el viento comenzó a soplar con fuerza. El aire frío del oeste corría ligeramente sobre la pampa, trayendo alivio a las personas que durante todo el día habían padecido el sol abrasador del verano. De uno y otro lado de la frontera, el descenso de la temperatura era bienvenido. Mientras tanto, las hojas de los ombúes se mecían alegremente.
-Viene una tormenta -dijo el cacique, que hablaba el español de manera más o menos comprensible.
María del Carmen asintió con un gesto, pero no pronunció palabra. Pensaba en el mundo que había dejado, si alguna vez volvería a vivir en él. Aunque al mismo tiempo, ya se acostumbraba a la vida en el desierto. A decir verdad, los indios la trataban bien. Es cierto que cuando llegó allí la obligaron a compartir el lecho con el cacique, convertirse en una de sus esposas a la fuerza. Pero no era menos cierto que gozaba en ese lugar de más libertades que en el pueblo de Azul. Además, en caso de regresar a la civilización, ¿cómo la recibirían? Murmurarían por lo bajo acerca de su convivencia con los indios, harían toda clase de comentarios sobre su reputación, y la mayoría dudaría antes de aceptarla nuevamente en sociedad. Claro que tenía la opción de mudarse a otro pueblo. Pero también podía quedarse en el desierto. Analizaba todo esto al mismo tiempo que contemplaba la puesta del sol, a la hora en que todos los días salía de la toldería que utilizaba como recámara. Durante el día jamás se exponía a la luz natural en forma directa. Continuaba aún con la costumbre de mantener su piel blanca inmaculada, virgen de cualquier contacto con Febo.
En la campaña, los soldados criollos tomaron también conocimiento de la tormenta que se aproximaba, y decidieron aplazar la embestida contra la toldería de los ranqueles. Esa noche no habría acción. Después de todo, las cautivas llevaban tantos meses prisioneras, que un día más no haría muy diferente su situación.
Al amanecer del día siguiente, los soldados fueron informados de que iniciarían el ataque contra los indios. Los gauchos se apertrecharon y formaron las columnas que tácticamente habían sido dispuestas por el coronel. Al frente el batallón de negros y pardos, munidos de lanzas; en una segunda hilera los soldados de mayor rango, ellos sí portando armas de fuego; los oficiales en la retaguardia indicándole a los cañoneros el momento más conveniente para efectuar disparos. Los primeros en caer fueron los negros y pardos de un lado, y los indios del otro. Luego, los que venían detrás incendiaron los toldos; las cautivas salieron afuera, asustadas por la situación de peligro pero felices de ser rescatadas. A los pocos indios que quedaron con vida se los tomó prisioneros. Entre las cautivas faltaba una: María del Carmen.
Podría haber salido junto a las otras, sin embargo prefirió no hacerlo.
Consciente de que ya no habría lugar para ella en la civilización, soportó estoicamente las llamas ardientes, y obtuvo la ansiada libertad.


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21 de enero de 2013

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Pasado perfecto


Antiguas las armas que colgaban de la pared. Ballestas, trabucos y pistolones.Perfecto Sánchez había agotado algunos de sus ahorros en recolectar oxidadas reliquias que en algunos casos mostraban huellas por labor de las termitas. Con la paciencia que siempre lo había caracterizado, tomó en sus manos la minuciosa tarea de devolverles el brillo que antaño deberían haber lucido. Imaginaba las luchas por las que habían pasado. Intuía la prestancia del ropaje que sus dueños ostentaron. Es que, ciertamente aquellos artículos fueron sólo para pudientes. Para aquellos que las necesitaban como muestra de poder o para resguardar sus riquezas u orgullo. Eran obras de una orfebrería macabra que lucirían aquellos cuyos atuendos y joyas les estaban a la par.
Por sobre la vieja salamandra que se fijaba contra la pared opuesta, varias repisas de añosa madera sostenían un tiempo reiterado en cada cuadrante de colección. Perfecto había iniciado aquella afición paralela en la época donde abrumadoramente lo asaltaron los miedos a la vejez y los instantes posiblemente perdidos. Cada mañana dedicaba algunos minutos a dar un nuevo respiro de vida a aquellos amigos tan precisos a la hora de decirnos los instantes que inexorablemente habían partido. Irrecuperable gasto inútil para quien le preste atención, pero hipnótico placer de sentir que uno es quién los controla desde sus frágiles mecanismos.
Una breve trenza de tiento sujeta a su cinturón culminaba en un pequeño manojo de llaves ocultas en el bolsillo de su bombacha. Allí se encontraba la clave de la vida. En cada pequeño trozo de metal trabajado de tal forma que sólo uno pudiera dar aliento a su propio pedazo de tiempo. Así como para algunas personas solo existe un alma gemela capaz de impulsarlo a seguir adelante cuando las fuerzas comienzan a abandonarlo.
Perfecto se paró frente a la ventana que miraba al norte. No eran sus ojos gastados por la edad los que le hacían ver árboles ondulados y caminos serpenteantes donde no existían. Aquellos vidrios que antaño fueran traslúcidos y homogéneos se habían convertido en porciones de líquido depositado por el tiempo. Como escurriendo hacia el marco inferior, cada uno de aquellos se había deformado en forma cruda y evidente. La edad también cambia la forma de ver el presente como esos vidrios aquejados de vejez. Lo hermoso suele pasar a ser terrible cuando la óptica con que se mira ha sido dañada por los avatares de la vida. No por que no existan alegrías, si no por que sólo las penas dejan esas marcas permanentes que como cicatrices impiden ver con claridad.
A Perfecto le habían dicho que sólo los momentos pasados fueron mejores. Y en verdad, él no sentía haberlos vivido hasta que quedaban atrás.
Sabía que como pocos de su generación logró tener la valentía de iniciar la oportuna aventura hacia la Capital. En cada momento vivido dentro de aquella inmensa masa en movimiento repicaba en su cabeza una y otra vez el objetivo primordial de recordar cada ínfima cosa, para al regreso poder relatar su aventura a los paisanos.
Y así fue como no pudo disfrutarlo hasta que lo contó.
Y ya había pasado.
Entonces como todos, recurrió a la tecnología del recuerdo.
Sobre una de las paredes laterales se fijaban múltiples imágenes de si mismo y de sus seres más queridos atrapados en un parpadeo del tiempo que logró darles la inmortalidad pedida. Sin ellas su esfuerzo por recordar aquellas caras jóvenes y conocidas habría sido vano. El polvo acumulado en su mente podría haber desfigurado a aquellas personas, recordando aquí un labio, allí unos ojos pardos. Todos mezclados con el sedimento de las últimas imágenes, aquellas donde el avance del tiempo lograría apagar los brillos de toda juventud.
A Perfecto le habían dicho que debía concentrarse en el presente, que el tiempo no existe. Que preocupándose por recordar el pasado y planificar el futuro estaba desperdiciando lo que realmente valía.
Y trató.
Mil veces pensó que mañana disfrutaría cada instante a pleno, para poder observar los resultados recordándolos pasado mañana.
Para él y de forma recurrente, lo importante siempre quedaba atrás. Cualquier perfume podía trasladarlo al pasado, cualquier imagen lograba ese mismo esperado efecto. Pero las sensaciones, lo más importante, no. No podía revivirlas. Pertenecían a su propio espacio. Por mas que se esforzara no lograba recordar otra cosa que algún pequeño cosquilleo, alguna agitación dentro de su pecho. Dejándole el sabor amargo de que algo faltaba. Pero qué?
Ya era tarde para saberlo.
Los signos evidentes de la vejez, hacían que aquellas cosas remotas de su pasado cobraran la vida necesaria como para parecer actuales.
Su primer carrera de sortijas aquel nueve de julio donde con su zaino "Media gueya" había logrado diez aciertos de diez, mientras su padre ancho de orgullo le hundía el sombrero hasta los ojos en una caricia recia.
A la bizca Eulalia, con la que entre juegos y tonteras, una cálida tarde de enero logró iniciarse en algún húmedo tipo de amor, enredado en caricias y matas de alfalfa.
Sin embargo no lograba recordar las caras y nombres conocidos en el mismo día o en el de ayer. De tanto en tanto llamaba con nombres del pasado a quienes hoy sólo eran jóvenes de paso por su vida, pacientes a la hora de actuar como quienes no eran, con el noble fin de no lastimar a ese pobre viejo al que le había llegado la chochera.
Incluso se sentía perdido dentro de su propia casa, vagando de cuarto en cuarto en busca del dormitorio, la cocina o el baño.
En un inesperado momento de lucidez, lo asaltó la revelación de que su hora se acercaba. Que la Parca llegaría demasiado pronto.
Se dio cuenta que eso lo asustaba. Lo asustaba por el simple hecho de que, luego de muerto, lo más terrible sería no poder recordar nada de todo lo vivido. De todo aquello acumulado con tanto esfuerzo. Absolutamente nada.
Es que Perfecto vivía en un tiempo roto que sumaba tres pedazos, donde el que más disfrutaba era aquel de lo que ya había pasado.
Al fin, con la mirada perdida en una cuarta pared inexistente, reclinado sobre su antiguo sillón de mimbre, Perfecto se perdió esa tarde entre cálidos recuerdos, hasta que una vez detenido cada reloj, terminó olvidándose de sí mismo.

OPin
Bs. As. 2000
© Copyright 2010
Once Cuentos sin Rumbo
ISBN 987-43-8446-9
 Día especial - obra de Alejandro Boim


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11 de enero de 2013

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Siempre Recuerda...

En la vida, hay pesares,
hay alegrias y llanto,
pero cada uno vive
aquello que el quebranto,
no puede doblar su alma
¡ni tan siquiera humillarlo ¡.
                                     
                                        Julia Orozco.
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10 de enero de 2013

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El poder terapeutico de un lápiz


Corría el año 1994 cuando un empleado que llevaba más de 30 años trabajando en una empresa de ingeniería electrónica entra a la oficina de su jefe. Éste le agradece por el tiempo y el esfuerzo dedicado y le regala un bolígrafo rosado. Cien personas más pasaron el mismo ritual de despido. Posteriormente el psicólogo James W. Pennebaker de la Southern Methodist University se las ingenió para reclutar a más de la mitad de estas personas para realizar un sencillísimo experimento que se extendió durante varios meses.


Según confiesa el propio Pennebaker jamás había trabajado con un grupo de personas tan hostiles y amargadas. El psicólogo le pidió a cada uno de los participantes que pasasen 20 minutos de su día escribiendo en un diario. Algunas personas fueron instruidas para que escribieran qué hacían en el día, un segundo grupo fue instruido para que escribiera sus sentimientos acerca de su cotidianidad y la pérdida del trabajo mientras que a un tercer subgrupo no se le brindó ninguna instrucción.

Curiosamente, las personas que pertenecían al segundo grupo (aquel que fue instruido para escribir en el diario sus sentimientos acerca de la pérdida del puesto), mostraron una recuperación emocional notable en relación con sus compañeros de despido; pero además, más de un cuarto de ellos encontraron un nuevo empleo si bien casi todas las personas pasaron el mismo número de entrevistas.

Desde este momento, se han desarrollado un gran número de investigaciones que demuestran el papel terapéutico de un lápiz. Pero… como puede presuponerse, todo no es válido, existen ciertas reglas para lograr que la escritura sea realmente terapéutica.

En primer lugar es necesario escribir sobre aquellos hechos negativos que nos perturban y que no deseamos contarle a nadie más, que pueden variar desde la pérdida del trabajo, una mala relación interpersonal o las dudas sobre la identidad.

En segundo lugar debe describirse el problema y las experiencias relativas al mismo ya que generalmente este ejercicio facilita un cambio de perspectiva en la comprensión del problema y en la vivenciación del mismo.

En este sentido puede citarse una investigación realizada en el 2006 por Sonja Lyubomirsky, profesora de la Universidad de California Riverside, donde participaron un total de 96 personas. En este caso solo se presentaron efectos positivos en aquellas personas que: escribían focalizados en sus experiencias negativas, le dedicaban una media de 15 minutos diarios a este ejercicio, dejaban que las palabras fluyeran sin preocuparse por la ortografía o la gramática y se centraban en sus sentimientos más profundos sobre los hechos.

Así, muchos especialistas recomiendan tener en cuenta las siguientes preguntas en el momento de escribir un diario: ¿qué sucedió?, ¿cómo me siento al respecto? y ¿por qué me siento así?

Curiosamente Lyubomirsky alerta que escribir sobre experiencias positivas podría no ser tan buena idea ya que en muchas ocasiones el recuerdo de la experiencia ha cambiado y cuando nos esforzamos por ponerlo en un papel, éste se percibe como menos feliz y disminuye nuestra la satisfacción con el mismo. No obstante, si el relato es corto y no demanda de una reflexión profunda o de recordar un gran número de detalles, puede mejorar nuestro humor.

Así, quizás reconsideremos en la próxima crisis emocional, tomar lápiz y papel y dejar que estos realicen su papel terapéutico ;-)


Fuentes:
Lyubomirsky, S.; Sousa, l. & Dickerhoof, R. (2006) The Costs and Benefits of Writing, Talking, and Thinking about Life’s Triumphs and Defeats. Journal of Personality and Social Psychology; 90(4): 692–708.
Pennebaker, J. W.; Spera, S. P. & Buhrfeind, E. D. (1994) Expressive Writing and Coping with Job Loss. Academy of Management Journal; 37(3): 722–733.

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8 de enero de 2013

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Aurora

Aurora, estaba sentada en el taxi, presenciando cómo sus ilusiones se iban dentro de aquella ambulancia. No quería llorar, ¿para qué si ya había derramado tantas lágrimas ya? Solo pensó que ya debería estar acostumbrada a que las cosas rara vez funcionaran como una quería.

Tal vez la culpa era de ella misma y se inventaba obstáculos para buscar su felicidad. Siempre estaba soñando con ese amor ideal que traería pasión a su vida tan insípida.

Había buscado desesperadamente, y se había involucrado con hombres que solo querían pasar el rato. La razón le decía que debería esperar, ser paciente, que ese hombre llegaría en el momento oportuno. Pero con treinta y cinco años, ya no se podía tener paciencia, ya no quería seguir despertando sola por las mañanas.

Entonces se metió cada vez más en la búsqueda de amistades, fue a todas las citas a ciegas que le concertaron sus amigas, asistió a todas las fiestas que la invitaron, y nada. Al parecer todos los hombres interesantes, ya estaban ocupados.

Entonces, en un acto desesperado hizo algo que siempre criticó: se inscribió en un sitio web para conseguir amigos virtuales. Buscó por afinidad de intereses, y, hasta por afinidad astrológica. Conversó con muchos hombres, también se dio el lujo de tener algunos encuentros que no representaron gran cosa: cafés, helados, o nada en ocasiones. Estaba desilusionada porque en persona, siempre estos amigos resultaban ser muy diferentes al chat.

Cuando ya se había decidida a no seguir buscando por este sistema, apareció «Sommelier», ese era su nick.

Sommelier, resultó ser un hombre maravilloso, y lo mejor de todo: disponible. Era un poco mayor pero esto a Aurora no le importó. Parecía interesarse por ella verdaderamente, un hombre que la incentivaba, un hombre que la enamoraba con poesía, un hombre que parecía querer llegar primero a su mente antes que a su cuerpo, un hombre que repetía siempre que no era sexo, que eran cosas más profundas que lo atraían de ella.

Aurora no pudo evitar sentir una especie de enamoramiento con todas estas demostraciones, se sentía en las nubes cada vez que recibía un e mail de él pero como ella era demasiado extrovertida se lo hacía notar de manera muy obvia a veces y él se retiraba hasta que ella con una foto o alguna palabra lo atraía nuevamente. En persona nunca lo había visto, sólo tenía una foto y había oído su voz en el teléfono pero con eso bastaba y cuando él le escribía sentía una especie de corriente, una tensión sexual muy fuerte y ella se derretía frente al computador. Desafortunadamente, con el paso del tiempo, comprendió que nunca pasaría nada más allá de lo que había a través de los correos porque todas las veces que se pusieron de acuerdo para verse, ocurría algún imprevisto que a él le impedía asistir a la cita.

Aurora pensó que lo mejor era darle un tiempo a él, para que él aclarara lo que sentía por ella. Esa fue la principal razón que la había motivado ese fin de semana a salir de la ciudad.

El hostal era pequeño y familiar, se lo había recomendado una amiga ya que era un lugar perfecto para estar a solas. Muy tranquilo, estaba situado frente a una playa muy hermosa, de arenas blancas, y aguas color turquesa. Era otoño, y ya no había muchos turistas.

Ese día viernes llegó casi de noche, se registró y luego fue acompañada por la dueña de la casa hasta su habitación: una señora de rostro amable. Cuando estuvo sola se desvistió para meterse a la tina enorme que estaba en el baño. Estuvo casi una hora sumergida en el agua hasta que sintió frío, luego se fue a la cama que también era muy grande, como para dos pensó con ironía y casi contra su voluntad se durmió enseguida.

A la mañana siguiente se levantó temprano y bajó a desayunar, escogió una mesita que estaba junto al ventanal para poder apreciar el mar, siempre el sonido del agua la relajaba aunque fuera la de la llave del lavaplatos.

Estaba ahí, desayunando cuando de pronto se sintió observada, levantó la vista y en una mesita un tanto alejada de la suya pudo ver a un hombre que le sonreía, por un instante no se percató ya que estaba muy absorta en sus pensamientos pero luego lo reconoció: era él. Volvió a mirarlo, pensó que eran alucinaciones, pero no, era la misma sonrisa de la foto, esa que tanto le gustaba. Su primer impulso fue huir así que se paró tan rápidamente que tiró la silla. Caminó hasta la playa pero él la siguió, la llamaba pero Aurora no quería detenerse. Cuando por fin le dio alcance, la cogió fuertemente para que no volviera a escapar y la besó, ella se resistió al principio pero poco a poco comenzó a ceder y se abandonó a sus caricias, sus besos eran suaves, eróticos, provocadores.

No opuso resistencia cuando el hombre la tomó de la mano y la condujo hasta el hostal.

Ya dentro de la habitación, no hablaron, sólo se concentraron en un forcejeo por quitarse rápidamente las ropas y adentrarse en un torbellino de sensaciones tan intensas que Aurora no tuvo tiempo para pensar en nada, simplemente se dejó llevar.

Luego conversaron tendidos en la cama, tomados de la mano como adolescentes. Aurora comprendió que él sentía lo mismo, también tenía miedo, inseguridad de dar ese paso para aproximarse a ella, pero ahora que ya estaba hecho no se arrepentía y le aseguró que era lo mejor que le pudo pasar en la vida, y para demostrárselo la besó largamente. Ella correspondió con pasión.

Nunca se había sentido tan deseada, los labios de él recorriendo cada centímetro de su cuerpo, excitándola hasta lo imaginable logrando que ella también quisiera con su propia lengua devolver tanto placer, oírlo gemir, sentirlo temblar tal como él hacía hacía con ella.

La noche se les volvió día y pasaron las horas amándose, ella se aprendió la piel de él, y él no dejó ningún milímetro de ella sin conocer.

En algún momento se dieron cuenta que ya era tarde y era hora de volver. Él prometió que seguirían viéndose, que sentía cosas muy fuertes por ella, que aún no tenían nombre, pero aun así existían, y estaban ahí, latentes. Aurora prefería no pensar en eso por ahora, no sabía si creer o no, y sin embargo era hermoso mantener esa ilusión, le hacía muy bien a su corazón.

Él partió primero y sacó la mano por la ventanilla del auto para despedirse, ella se lo quedó contemplando mientras se alejaba, y después volvió al hostal para liquidar su cuenta y recoger sus cosas. En la habitación, miró la cama hecha un desastre y sonrió. Guardó todo lentamente, no tenía prisa.

Se despidió de los dueños, quienes expresaron el deseo de tenerla allí nuevamente. Esta vez la señora le sonrió y el marido le cerró un ojo. Aurora sintió que enrojecía pero disimuló, le dio un beso a ambos y salió. Un taxi la esperaba para llevarla a la estación de trenes.

El cielo estaba despejado porque había llovido un poco la noche anterior y los árboles con sus hojas ya muy amarillas lograban un paisaje impresionante.

El conductor del taxi bajó la velocidad, al parecer había ocurrido algo, gente mirando y la presencia de una ambulancia a un lado del camino daban prueba de ello, el taxi pasó lentamente y Aurora pudo observar que metían en ella un bulto cubierto.

Unos metros más adelante había un vehículo volcado, el conductor iba hablando acerca de lo peligroso que se vuelven los caminos con las primeras lluvias pero ella no lo escuchaba, estaba concentrada mirando el auto casi irreconocible que estaba vuelto de campana, con el parabrisas destrozado.

Le gritó al taxista para que se detuviera. El hombre asustado frenó y la miró por el espejo retrovisor, le preguntó que le sucedía. Ella, blanca como el papel no respondió.



Autor: Pilar Lepe

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7 de enero de 2013

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En vacaciones...



 
 

Después de devorar la comida se habían amontonado todos los niños alrededor de Pablito. Escuchaban una vez más, entre risas, aquella historia que él repetía encantado de ser el protagonista del día.

A los monitores del campamento de verano donde se encontraban no les gustaban nada las cartas de los familiares a los chicos. Los niños solían ponerse tontos y mimosos con esas cartas en las que los padres decían echarles muchísimo de menos y cuánto los querían, pero esta vez parecía que la carta había producido un efecto diferente.

- ¡Vamos chicos¡. Todos a vuestras tiendas a dormir la siesta, dijo una monitora que quería apuntarse a la juerga.

- Pablito, ¿De qué os reís tanto? ¿Qué te dicen tus padres? ¿Vamos a la tienda y me la enseñas?.

En su tienda de campaña con el interior naranja, los seis niños sumaban casi sesenta años. Aquellas tardes calurosas de verano se encerraban a imaginar historias secretas sin darse cuenta del aroma que rezumaba de la lona, pero con una intrusa monitora del tamaño de un camión, ya no les parecía muy apropiado bajar la cremallera. Pablito, algo tímido, alargó su brazo con la carta en la mano a la monitora. Un sobre arrugado pero con la carta perfectamente doblada en su interior como un tesoro bien guardado, animándola sin palabras a convertirse en la lectora esta vez. Y ella empezó a leer rodeada de seis sonrisitas silenciosas.

Hola Pablo ¿te lo estás pasando bien? (- Siiii, dijeron todos a coro)

Estamos haciendo camping como tú y como te echábamos mucho de menos hemos decidido hacerte una visita. Ahora que pienso (jajaja) puede que lleguemos antes que esta carta, pero de todas formas te la mando para que la recibas cuando nos vayamos.

Estamos descansando en un camping de la Coruña muy moderno y ecológico. Aunque tiene algunas cosas contradictorias como las duchas sin puertas, ni cortinas, ni nada. Tiene placas solares en el techo para calentar el agua y son muy bonitas. Nos daba un poco de vergüenza meternos allí sin ropa pero, ¡nos hacía mucha falta¡. Laura ha sido la primera, mientras yo hacía guardia policial. Se plantó desnudita y muy digna pero al abrir el grifo no salía agua. Miraba ensimismada la alcachofa pensando que no sirve de nada la modernidad si hace que las cosas no funcionen bien.


A mí me parecía que, o Laura era más alta o la ducha estaba muy baja, porque la tenía muy cerca de la cabeza; aunque seguía sin salir ni gota a pesar de tener la llave abierta del todo. De repente empezó a salir el agua a lo bestia y se puso a gritar enloquecida: "¡Ay¡ ¡Aaaay¡ ¡Que no veo¡ ¡ Nooo¡ ¡Que no veo¡" .

Yo no entendía qué le pasaba, acaso el agua estaba muy fría o quizás se quemaba. Mientras gritaba y gritaba que no veía, me acerqué asustada para ayudarla y entonces vi su terrorífica cara: la fuerza del agua había doblado sus párpados. Parecía una fantasma mojada y fea, ¿te la imaginas?.

Todavía me estoy riendo, ¡qué pena no haber tenido cerca la cámara¡.

Bueno Pablo, mañana nos vemos.




Te queremos mucho las dos.

Pd: (Por cierto ¿te he dicho que en las duchas había unas ventanas enmarcadas en madera de color verde fosforito, pero sin ventanas? Eran como verdes agujeros a un infinito camping lleno de personas.)

Desde luego que el efecto de esta carta había sido muy diferente para los niños que no dejaban de reírse entre divertidos y nerviosos pensando en párpados y desnudos. La monitora con gran curiosidad preguntó: -Pablito, entonces... ¿tus padres son dos chicas?

- ¡Qué va¡, exclamó tan tranquilo y orgulloso, - son mi madre y mi tía que siempre están juntas.

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1 de enero de 2013

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Abandonad, los que aqui entrais, toda Esperanza.

Foto de Internet. La Divina Comedia.
Dicen las antiguas leyendas, tradiciones, rumores o simples farfullerías que, sobre la puerta del Averno, hay inscrita una frase, en la piedra que sirve de jamba al acceso de los territorios infernales. Tal frase resume lo que se puede encontrar o no, una vez cruzado tan tétrico acceso. Y lo que hay después de tan tétrico portal no puede ser mucho peor que lo que existe, cómo está señalado a éste lado del Acceso. Al menos eso esperaba Rufián tras salir de presentar su declaración de la renta con tres días de retraso y encontrarse con que le salía a pagar, con recargo y multa añadida por no presentar en tiempo y forma. Genial, debía de pensar mientras recordaba el infierno de Dante, eso es lo que tendría que poner sobre la puerta de la Delegación de Hacienda. Abandonad, los que aquí entrais, toda esperanza. Y el caso es que la multa había sido de aúpa. Tanto que encima tendría que hablar con alguién para que le prestara la suma en cuestión. Suma que sobrepasaba con creces sus cálculos y que le hicieron prender un cigarrillo nada más poner el píe en el exterior.

Fuegos eternos.

Rufián apuró en dos caladas el cigarrillo y lo tiró hacía el lado sin mirar siquiera donde caía. Después comenzó a andar con prisa al aparcamiento situado frente a la Delegación, donde había aparcado el coche. Mientras, su colilla iba a caer sobre un obrero que en esos instantes tiraba con fuerza de una soga con el objetivo de elevar un caldero de cemento al andamio donde su compañero realizaba labores de mantenimiento asegurando la cornisa del primer piso del vetusto edificio donde los funcionarios de Hacienda realizaban su labor. Rufián pagó en el cajero automático del aparcamiento y, nervioso, intentó buscar las llaves del coche. Al tiempo el caldero caía con estrépito al intentar su operario de evitar la colilla que le habían tirado acertándole, de lleno, en plena muñeca. Las llaves cayeron al suelo con estrépito, mientras la tarjeta de la barrera automatizada del aparcamiento salía del cajero. Al levantarse Rufián lo hace con demasiado impetú, acertándole de lleno en la mandíbula a un anciano que, guardando turno tras él se había adelantado para recogerle el ticket que amenazaba también con rodar por el suelo.

La caída del caldero de cemento provocó que uno de los asideros del andamiaje ante la Delegación de Hacienda, saltara, comenzando a moverse toda la estructura metálica que cedió a los pocos segundos haciéndo que el operario que en él trabajaba no tuviera más remedio que cogerse con fuerza al asta de la bandera que estaba a escasos veinte centimetros de donde por milésimas de segundo perdía pie. Mientras, el anciano había notado crujir todos los dientes que formaban su dentadura postiza, clavándose en las encías mientras uno de ellos, travieso, corría por la boca hasta alojarse en la gargánta, cortándole la respiración. Rufián que se había alzado con un quejido palpándose la cabeza intentó ayudar al viejo mientras un gran estrépito, procedente del derrumbe del andamio se dejaba por todo el recinto del aparcamiento. Al operario que se había quemado con la colilla se le había dado el premio adicional de catar un caldero de cemento cayendo desde quince metros sobre un pie, con lo que mientras su compañero conjuntaba con la enseña nacional, el comenzaba a danzar un frenético baile de San Vito con el píe machacado.

Azufre y Lamentos.

Una embarazada que por allí pasaba vió cómo el anciano se ahogaba y acudió con presteza para intentar ayudar a Rufián, que se afanaba sin éxito en quitarse el sudor que de su frente manaba a causa de la desesperación. Mientras, el compadre de mantenimiento seguía asiéndose con fuerza al asta de la bandera, intentando hacer píe sobre la cornisa que estaba reparando antes de que todo su mundo se viniese abajo. El píe llegó, pero sin éxito, más bien de manera contraproducente, hizo que un cacho de cornisa saltáse con fuerza en busca de una mejor vida y hacía el pavimento. Al tiempo se oían lamentos del aparcamiento donde Rufían seguía sudando y la embarazada apretando al anciano con el objetivo de hacerle escupir el diente que en su garganta le afixiaba. Apartóse Rufián y al hacerlo volcó una papelera que servía, en condiciones normales para recoger los recibos del cajero del aparcamiento. Mientras, quien con el baile de San Vito se soltarse a bailar, una vez apaciguado intentó serenarse sentándose en un quicio abocado al cajero, quitándose el casco de protección para limpiarse la frente.

El cacho que de la cornisa se había desprendido cayó sobre una pérgola de plástico, complemento del mobiliario urbano rebotándo hacía donde el que se había quemado y después el píe aplastado descansaba sin su casco. El anciano seguía sin escupir el diente y la embarazada, merced al esfuerzo, comenzó a sentirse mal, de suerte que estando casi de nueve meses no tuvo a mejor fin que ponerse a romper aguas. Del cielo llegaría al instante el cacho de cemento impactando en la calvera del operario y dejándolo seco, al tiempo que con renovado esfuerzo se internaba en la negrura de la escalera del aparcamiento. De los nervios Rufián, de ver al abuelo ahogándose y la parturienta pariendo, soltó un puñetazo en la tripa al primero que le hizo escupir el diente hacía la pantallita del cajero que comenzó a escupir chispas viendo su integridad herida con tan extraño elemento. El segundo operario, demasiado grueso para su puesto, hizo ceder al fín, el asta de la bandera, callendo ambos al suelo, a los pies de la Delegación de Hacienda.

Pena y Gloria.

El cacho de cemento siguió su trayectoria, viéndose al fin parado por un registro del gas situado en el recodo de la escalera junto al cual se hallaba el cajero. Chispas saltando por un lado, un operario cayendo, gas que se escapa y un abuelo por el suelo. Operario que rompe con estrépito la cubierta de cristal bajo la cual está situado el cajero, haciéndo que éste salte por la misma fuerza del impacto. Impacto que amortigua el cuerpo del anciano al mismo tiempo que arrancado el cajero chispeante se aboca contra el registro del que mana el gas flameante. Con todo su vigor, la preñada suelta su coz que va a impactar en la quijada, fatalmente ésta vez, de nuestro amigo Rufián que al caer al suelo sirve de improvisado colchon a la caida del cajero rebotándo y soltando chispas en dirección al registro del gas evanescente. Ciertamente no tendría que poner otra cita que la que Dante señala en su divina comedia que no sea la de "Abandonad los que aquí entraís toda esperanza" pues es cierto que Hacienda, sino te saquea, te sabla y en el peor de los casos cómo en éste, todo tiende a verse envuelto en llamas.





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