31 de diciembre de 2012

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Feliz año nuevo !!!


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30 de diciembre de 2012

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Cinco guerreros


Llegaremos a Brasilia en dos horas. Nos aprestamos para la gran batalla. Hace décadas que la opresión viene forjando nuestro deseo de luchar y de ser libres.

Ajusto mi cinturón y me preparo para el lanzamiento. Mis cuatro compañeros de cápsula están listos. Alfa 9810 tiene los ojos cerrados, quizá por los nervios, quizá por la emoción. Es su primer vuelo fuera del continente. El resto de nosotros tiene algo de experiencia, pero no más valentía.
Mi nombre es Beta 4791. Nací el día doce del primer mes de 2083 en la base europea Esperança, cerca del país que antes llamaban España. No tuve la suerte de conocer a mis padres. Tal vez ellos también estén viajando en alguna de las miles de naves que nuestro Líder ha enviado hacia el Imperio.
Allí, no nos esperan. No conocen nuestras nuevas armas. Ni siquiera saben de nosotros, encerrados en sus enormes burbujas, distraídos por sus pantallas, alienados por sus medios de comunicación… no imaginan que vamos a invadirlos.

  * 

En mi infancia escuché una hermosa leyenda. Relataba la cruzada de grandes hombres, que liberaron Eurasia de un oscuro tirano.
La comparto para animar a mis compañeros. Delta 0462 me asegura que la historia es cierta y que ocurrió hace unos doscientos años. ¡Doscientos años! ¿Será así? Ojalá recuerden esta gesta durante tanto tiempo.
Por ahora, no sé nada de Gama ni de Omega. Ni sus números de serie, ni su edad... Pero en sus rostros veo el mismo maltrato que hemos sufrido como pueblo.
Pese a todo, pudimos adaptarnos. Siempre lo hicimos. Estamos decididos a ser libres. Acabo de cumplir dieciocho años y nunca pude decir lo que sentía. Me acostumbré a hablar en voz baja, a no mirar a los ojos, a callar, a no pensar distinto.
Con Alfa fuimos compañeros de escuela-cárcel. Doce años completos levantándonos de noche, picando roca, limpiando el excremento de nuestros dictadores de América del Sur. Setecientos metros bajo la superficie, casi sin luz ni agua, con poco aire…
La esclavitud ha moldeado y templado nuestro espíritu. Así, aprendimos a compartirlo todo. No lo que sobraba, lo que faltaba y apenas alcanzaba.
Día tras día, creció en nosotros el sueño de libertad.

  *
Pasan los minutos y siento que mi traje me ajusta bastante. Acostumbrado a la escasez, llevo pocas provisiones. Sólo guardo dentro de mi ropa una foto-móvil de mi futura esposa, que una y otra vez me saluda y alienta. Eso me hace más fuerte y me asegura que esta guerra… esta guerra valdrá la pena.
Seguimos volando, cada vez más rápido, en una de las naves que la Resistencia ha lanzado rumbo a la capital del Imperio Suramericano. Aquí, como en las otras, hay cinco guerreros dispuestos a todo, uno de cada raza europea. Kilómetros y kilómetros de orgullo y valor me rodean.
En este momento, en mi pantalla-facial aparece la imagen de nuestro Líder, que nos repite, con voz serena pero firme:

VAMOS POR TODO. QUEREMOS SER LIBRES...
VAMOS POR TODO. QUEREMOS SER LIBRES...
VAMOS POR TODO. QUEREMOS SER LIBRES...

Con la tranquilidad del que es capaz de dar la vida por lo que ama, me recuesto sobre la ventana que muestra las estrellas y trato de descansar un poco.

  *

Sólo faltan cuarenta segundos para llegar. Me siento feliz. Veo a través de mi casco que la batalla final ha comenzado. Y estoy seguro… la victoria será nuestra.
¡Viva la Gran Eurasia! ¡Viva!

Cinco guerreros -Finalista del II Premio de Relato “Taller de Escritores” (Barcelona, España) 

Autor: Gonzalo Salesky


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29 de diciembre de 2012

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El Ascensor


Todos los días la veo en la mañana vistiendo su traje de oficina de dos piezas con la  elegancia propia que necesita la secretaria de un gerente. A mí ella me encanta, aunque no es una niña, tiene todo bien puesto y siempre deja el ascensor pasado a su perfume. Apenas me saluda, no le dirige la palabra al tipo que hace el aseo en la oficina, es demasiado estirada.
El viajecito diario es desde el piso uno al piso doce, todos los días a las ocho de la mañana. A veces me mira como preguntando si me pongo de acuerdo para coincidir con ella a la misma hora pero lo que no sabe es que vivimos en el mismo rumbo y la veo también casi todos los días en la micro.

Ayer fue lo mismo de todos los días, subir en el piso uno y el ascensor comenzó a subir: dos, tres, cinco, siete donde se bajaron las últimas personas y sólo quedamos nosotros dos y comenzamos a subir nuevamente y no alcanzamos ni a llegar al piso ocho cuando se corta la luz y es aparato queda detenido. El botón de emergencia obviamente no funcionaba así que nada que hacer hasta que restableciera el servicio.
Busqué mi linterna salvadora en el bolsillo, la tengo desde el terremoto siempre conmigo y alumbré el cajón de acero, casi me caigo de espaldas cuando descubro a la mujer aterrada pegada a la pared del ascensor mirándome como loca.

«¿Qué le pasa?», pregunté, y ella respondió con ojos de loca: «Sufro de claustrofobia, no soporto esto…creo que me voy a desmayar».  Alcancé  a sostenerla antes que se deslizara hasta el suelo como una muñeca de trapo. Me senté en el suelo con ella y la abracé. «relájese, nos sacarán pronto de aquí», le dije a la vez que le acariciaba el pelo.

Creo que esa fue mi perdición, cuando mis manos hicieron contacto con ese cabello perfumado, lo único que imaginé fue como se vería alborotado en mi cama. La reacción de mi cuerpo fue instantánea así que me levanté para poner distancia entre los dos pero ella no me quiso soltar y siguió esta vez pegada a mí con los brazos firmemente enlazados alrededor de mi cuello, yo traté de alejarla un poco pero ella esta vez me abrazó de la cintura y su vientre quedó pegado a mi erección, sólo dijo: «¡Oh!»

Lo que pasó a continuación fue lo más loco que me ha ocurrido en la vida. Ella se inclinó y bajó el cierre de mi pantalón, sacó mi pene y se lo introdujo en la boca para prácticamente devorarlo, pasaba su lengua de arriba abajo y alrededor del glande y yo sólo atinaba a decir: «que rico, cómelo todo».
Y así fue en un momento sentí que el pene se desaparecía entero en su boca. Con semejante habilidad de parte de ella, el alivio vino pronto y fue mi turno.

Se quitó las medias hábilmente y subió su falda, en la penumbra pude distinguir que andaba con unos calzones pequeñitos,  me arrodillé frente a ella y se los bajé rápidamente para meter mi cabeza dentro de sus piernas, no había tiempo para mucho juego así que dirigí mi lengua directo a su clítoris, ella comenzó a jadear cada vez más aceleradamente agarrando mi cabeza y pidiendo: «¡más, quiero más, por favor!».  Claro que  se lo di.  Tuvo un orgasmo muy fuerte pero yo no la dejé y la tomé de la cintura y la bajé. La secretaria quedó sentada sobre mí, sobre mi miembro. Se agarró de mis hombros y comenzó con un lento sube y baja, exquisito debo agregar, muy rico que fue acelerándose rápidamente y ambos comenzamos a gemir en voz muy alta. Cuando me di cuenta que ella alcanzó el clímax lo hice también yo y justo a tiempo cuando el ascensor comenzó a moverse nuevamente.

Nos arreglamos nuestras ropas y seguramente ella se fue derechito al baño al igual que yo.

Hoy...  Hemos tomado el mismo ascensor como todos los días y ella no se ha dignado a mirarme y menos dirigirme la palabra. Tampoco ha bajado la vista cuando se dio cuenta que la he mirado, ha pasado delante de mí con su altivez de siempre  como si nada. Creo que las mujeres están aprendiendo demasiado de los hombres.

Autor: Pilar Lepe

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28 de diciembre de 2012

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Eternidad....

Estaba sentada, sin nada que hacer,
era de esos dias, en que la pereza
llenaba su ser,
estaba callada, ni siquiera leiia
ese dulce libro que tánto queria.

Y fue como alondra emprendiendo 
vuelo,
como aire limpio colmado
de anhelos,
como sol brillante, rociando
los cielos,
como suave pájaro al
vuelo,
como murmullo de olas de mar
que vino hacia ella y como suave
arena, escuchó cantar;
que no existe ese loco correr
por el tiempo,
que todo es ahora, que nada
es ayer,
que ella era aquello que empieza
y no acaba,
¡que era y sería por siempre jamas
estrella del tiempo...
toda Eternidad¡.
                                      Julia Orozco
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27 de diciembre de 2012

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Todo es culpa tuya

                            

14 de Julio de 1972

Querido amigo:

Puede que ya no te acuerdes de mi, ni si quiera cuando acabes de leer esto, pero creía necesario mandarte esta carta.

Todo empezó aquel año de 1931, yo tenía cuatro años, pero para ser justos he de reconocer que mi frágil memoria ahora atormentada por toda una vida, tiene ciertos espacios en blanco que algún día quisiera rellenar con letras. Mi infancia era feliz, llena de amigos con lo que jugar en el parque, abuelos que te hacen tartas por la tarde para merendar y te llenan de besos los carrillos prometiéndote que eres la niña más guapa del pueblo y unos padres que se desvivían por una buena educación en un país que no era el suyo. Por lo cual, yo me crié sabiendo que sin ir al colegio y leer miles de libros en casa no sería nadie, que cada uno se tiene que labrar su futuro aunque el destino tenga preparado miles de infortunios que sean difíciles de solventar, y siendo francos, creo que esta frase no la llegué a entender hasta muchos años después. 

Pero aquel invierno de 1933, tras la Noche de los Critales Rotos empezamos a vivir juntos las aventura de la injusticia. 

Fue así como comencé el colegio, y como le conocí a usted, recuerdo con una gran emoción el primer día que llegó a clase, día por el cual todavía Alemania no se había sumergido en un profundo bucle de muertes y desolación sin justificación alguna. Tenía una esbelta figura y un bigote muy bien puesto, parecía tan serio al principio que todos los niños de clase estábamos asustados, pero después empezaron las excursiones al monte, la búsqueda de mariposas, los juegos en el recreo y las historias secretas que no podíamos contar a ninguna persona, ni si quiera a nuestros padres y el ir al colegio se volvió para todos la mejor parte del día. 

Recuerdo como empezó todo para mí... aquella tarde nos llevo a pasear por las calles, quería que encontráramos rincones secretos por las calles, pero en vez de eso lo que nos encontramos en los comercios fueron miles de pintadas y carteles llenos de odio hacia mi raza... los judíos. Inmediatamente nos llevó lejos de allí, mientras yo no dejaba de mirar con ojos temerosos de atrás hacia adelante. Por aquel entonces yo no entendía nada de lo que estaba empezando a ocurrir, pero una parte de mi corazón tenía mucho miedo y justo en el momento que mis ojos se llenaron de lágrimas, usted se acercó y me prometió que nunca me dejaría sola, y fue a partir de entonces cuando le consideré mi héroe. 

He de reconocer que mis padres mantuvieron muy buena relación con usted, miles de noches las cenas abundaban para elogiar a aquel profesor de aquella escuela alemana y miles de veces mis padres preparaban tartas y pasteles que le regalaban sabedores de que algo malo iba a ocurrir. Ellos tenían la esperanza de que también fuera su héroe.

Y empezaron las noches sin sueño, el despido de mi padre, las lágrimas en casa cuando yo no estaba allí, los silencios en las comidas predecesores de que algo malo iba a ocurrir y la ida de mis abuelos a su tierra natal para rematar allí algunas cosas... nunca les volví a ver. Durante meses no dejaba de ver como la gente que quería desaparecía de mi vida, incluso usted...

¿Se acuerda?Un día en el colegio se empezaron a oír voces y gritos en el patio, y ahora mismo aunque no sé muy bien como entraron dentro aquellas personas, mi memoria se encuentra llena de imágenes en las que volvía a casa en silencio porque aquellos señores de uniforme me amenazaban y humillaban de camino a casa por mi raza. A pesar de todo en mi interior me sentía orgullosa de ser como era, porque mi padre siempre me había convencido de que lo mejor de las personas era que estuvieran hasta el final de sus días siendo coherentes con lo que un día fueron y lo que seguirían siendo. Y fue así el último día que le vi, porque ya no volví al colegio.

A partir de entonces nos trasladaron a otros lugares, vivíamos con el miedo continúo y sin tener hogar y aunque mi madre dijera que el hogar no eran las paredes sino la gente que te rodea, mi familia ya no era lo mismo, se dejaron de oír las risas, las anécdotas y en miles de situaciones nos sentábamos en la mesa, mirando cabizbajos sin nada que decir, porque ya estaba todo dicho. 

Pero sin lugar a dudas la peor época de mi vida fue en aquel campo de concentración de Sachsenhausen. Cuando tras haberme llevado a la fuerza lejos de mis padres, de repente me encontré con un sitio donde la muerte esta anunciada a gritos, donde las personas tenían el semblante mas duro que ojo humano jamás haya podido ver, y donde el miedo hacía que miles de personas fueran como almas en pena sin ningún sentido en la vida, salvo he de tener esa pequeña esperanza de volver a ver a sus seres amados.

Durante el día no dejábamos de trabajar, porque para ellos eramos como animales sin sentimientos ni inteligencia que no se merecían vivir, fue por ello que algunos días observábamos como gente en fila entraba en grandes cámaras, pero nunca más les volvíamos a ver. A pesar de que fui creciendo en aquel lugar nunca nadie me quiso explicar a donde iba aquella gente, para mi propia felicidad me imaginaba como esas personas huían hacia la libertad.

Me dejaron salir en 1944 por ser menor de edad, pero la huella ya había marcado mucho mi mente, las muertes, el olor de aquel sitio, las noches en vela sin entender nada de lo que pasaba a mi alrededor... Y aunque ahora sigo viva, el dolor del recuerdo duele más que por aquel entonces, quizás porque ahora se el por qué de todo.

A pesar de todo lo que me rodeaba, yo le eché la culpa a usted por habernos abandonado, por haberme prometido algo que nunca volvió a cumplir, por haberme dejado ir a aquel campo de concentración donde me sentía sola muchos días. Y así fue hasta que años después cuando regresé a mi pueblo natal, una amiga de mis padres me explicó que usted nos había ayudado escondiéndonos de los malos de aquel juego y que hizo lo imposible por sacarme de aquel campo... y fue en ese momento, cuando mi corazón magullado por una infancia madura recibió otro de los golpes más duros por haber desconfiado de usted.

Es por eso que le envió esta carta, porque a pesar de que ahora mismo soy la única sobreviviente de mi familia a una época de dolor, todo es culpa tuya... el saber que hoy todavía, puedo respirar.

Gracias


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22 de diciembre de 2012

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Verdeagua


Habremos hablado unas cuatro horas en aquel café Ouro Preto de Corrientes esquina Talcahuano. Puede que no quedara tópico por tocar, una coincidencia tras la otra, parecíamos haber bebido siempre de la misma copa. Mire, le cuento para hacérsela corta; decidí enamorarme de ella, con la mente libre y el corazón abierto, que al fin de cuentas, uno mismo termina siendo el dueño de su destino, es decir, quién elige en que trampa caer y en cual no. Así no hay quejas.
Como casi no sabía nada de su pasado, quise imaginármelo intenso y mágico, como en un cuento, pero la curiosidad me invadió pérfidamente y comencé a coleccionar recortes de su vida, como si fuera uno de esos enfermos de novela que acechan al objeto de su devoción desde las sombras y uno nunca sabe si sus intenciones son netamente románticas o alguna perversión oculta que tiende a vislumbrarse. Junté de todo, desde algunos insignificantes rastros de algún resfrío otoñal decorado con monogramas emblemáticos, u otros objetos intangibles, copias fieles de una esencia oculta a todos, elementos mágicos que ni siquiera ahora le puedo nombrar, porque aún no han recibido una etiqueta otorgada por la humanidad. Ocultos incluso para mí.
Recuerdo haberle hecho todo tipo de preguntas a Doña Elvira, quién decía ser la única que realmente conocía la historia completa. Ella era quién la llamaba "Ada" dejando ausente una muda letra que insistía en quedar flotando en el aire, con la esperanza de ser recordada para ser usada la próxima vez.
Fue una tarde sembrada de mates y bizcochos, sentados en el zaguán de aquella su antigua casa, cuando Elvira me había relatado un pasado incompleto pleno del calor que prodigaba a su ahijada mientras yo en lo más profundo de mi inconsciente confirmaba la sensación que siempre había tenido, de que ella sería la única que podría reflejar esa esencia oculta. Me alegra haber acertado. Al menos en parte.
Al comenzar su relato la anciana amiga había fijado sus ojos en los míos atenta a cualquier cambio. Juro que era una sensación escalofriante, al menos por la espalda una cosquilla me recorrió como diciéndome que algo sobrenatural me andaba rondando. Parecía querer afirmar en aquél simple gesto la verdad que brotaría de su boca, o tal vez alguien le había señalado alguna vez que quien miente rehúye la mirada y la deja perdida en algún telón de fondo, en donde, como en una vieja película, transcurre la mentira que se va a relatar. Como sea, ella quería que estuviera dispuesto a creerle y desde esa tarde cada palabra quedó guardada, grabada a fuego en mi memoria. En ella y en los apuntes que pude tomar una vez que hubiese llegado a casa. Es que era una historia, grande o pequeña, según se la mire, que había relatado así, tan solo para mí y que hoy puedo reproducir, sintiendo el mismo calor húmedo y pesado de aquella tarde de enero. Algo que la hace más creíble por su cotidianeidad, por los olores asociados, por el sabor a yerba dulce con grasa.
Mate en mano apareció ante mis ojos ocultos la historia dentro de mi historia, grabada en el acetato de mi oído e impresas sus imágenes en el celuloide de mi retina, algo gastadas de tanto intentar.

-Y decime Nacho, ¿para qué andás averiguando vos, si se puede saber…?

La miré como pidiendo clemencia, los ojos diciendo “No me lo haga más difícil Elvira, ni yo sé para qué “. Ella pareció entender y mientras cebaba el primer mate aflojó la lengua como yo venía esperando.

-En fin…vos sabrás. Fue en el campo de los Montero. -Dijo entonces - Yo tendría unos cuarenticinco. Mi hija la Elba todavía no caminaba. La llevaba atada al pecho envuelta en un poncho de vicuña bebé. Me quedaba a tiro para darle el pecho cuando salía con el zaino que era de mi marido el Nicanor. Dios lo tenga en la gloria... -Dijo persignándose- Épocas de hambruna aquellas. Medio poblado se había ido para la ciudad. Pobres! ¿Qué otra cosa iban a hacer, me querés decir? Los campos inundados desde hacía cinco años habían dejado sin resuello a todos los que pagábamos impuestos por los sembradíos que no rendían un solo centavo. Éramos ya pocos en el caserío, cuando se fueron los Chávez, los Orozco y los Camino, (los tíos de Elisa, ¿te acordás? )y quedamos menos de la mitad. Las grandes compañías se habían mandado a mudar con los bolsillos llenos de pagarés que sabían nunca podrían cobrar. El último en irse del lugar fue Seledonio. Se decidió cuando no pudo conseguir más semillas que vender ni nadie que quisiera comprarlas. Ah claro y el Segundo Taboada, que de tanto ver agua comenzó a vestir de azul. Alpargatas y bombacha azul, camisa azul, boina al tono. Cuando quiso pintar a sus gürises la Carlota se mandó a mudar llevándoselos a la rastra. Pobre Segundo, hasta pintó a su caballo alazán y fue así que los encontraron a los dos muertos, embadurnados de cuerpo entero. Dicen que la pintura no los dejó respirar o que los poros que se yo cuanto. La cuestión que aparecieron duros de tanto tiempo y de hinchazón, con la pintura cuarteada por las inclemencias del tiempo. Los enterraron así, uno pegado al otro, “pá que se cabalguen la eternidá” habría dicho el cura del pueblo. Así que vea m´hijo, yo me la pasaba regular, atendiendo a los patos y a la única vaca que había aprendido a nadar en ese caldo de cultivo de jejenes que era nuestro campo. Mis hijos la Matilda y el Saberio, vos los conocés no?, me mandaban algunos pesos desde la ciudad y yo seguía mi vida como podía, que era bien poco.

-Me acuerdo de aquellas épocas Elvira. Una desgracia tras otra…

- Si,… qué te decía?. Ah sí, en el campo de los Montero, ahí mismo donde termina el camino de pinos,¿viste?, cerquita de la ruta,. el zanjón ya no corría con el agua que venía de los campos, mas bien estaba quieta. Requieta. Y no sé si vos que sos de la ciudad te habrías dado cuenta, pero visto desde arriba del caballo es como que uno ve todo lo que está y lo que no debería estar. ¿Me entendés? Yo sabía que eso no debía estar. Por eso me bajé del caballo. Vos no te habrías dado cuenta. No que va. Te habrías cansado pensando que tenías que volver a montar. Pero yo me bajé.

Le dió una chupada al mate y se quedó en una pausa, como recordando, hasta que sacudió su cabeza como al despertar de un sueño.

-Me habría gustado no tener a la beba al cuello. Es que había mucha escarcha y la bruma de la mañana estaba subiendo. Pero tuve mucho cuidado. Doña Marta Cebrino se había caído en un zanjón hacía varios años y nunca la habían vuelto a encontrar. Aunque otros dicen que se fue con un hombre de la ciudad. Un vendedor de paso que la había enamorado. Pero para mi no. Para mi se cayo al zanjón. No era de hacer esas cosas.
¿Querés biscochitos?

-No gracias, con el mate está bien.

-Bueno, te digo que había algo. Al principio me pareció que era como cuando los bichos se juntan donde hay un animal muerto, pero después vi que se movía acompañando a las pequeñas olitas que hacía el viento esa mañana. Me arrimé un poquito y me parecieron pelos flotando, ¿pero viste cuando no estas segura de nada y tenés que tocar para saber?, bueno yo los agarré y sí, eran pelos. Largos, negros y brillantes.

Me vió la cara de sorpresa y me malinterpretó.

-¿Se lavó? Esperáme que cambio la yerba. Mate dulce. Decí que te quiero como a un hijo que si no, te voy a dar mate dulce. Se lava enseguida.-

Me había dejado expectante. ¡Vieja zorra! Con el anzuelo en la boca esperando que alguien comenzara a recoger el sedal. Sin embargo, los esfuerzos de Elvira por asegurar su veracidad en el relato, se me habían perdido en una ahogada y cotidiana angustia masoquista a la espera de la llegada al cuento de "ella".
Desde la cocina se había escuchado un:

- ¿Ya le pagaste a Don Ramiro lo del diario? Mirá que vino dos veces a reclamar... Yo le dije que hoy ibas. ¿Te acordaste?

Un, "sí ya le pagué", había salido sin ganas de mi boca mientras trataba de disimular mi ansiedad por que continuara el relato.

-¿ En qué me había quedado? -Dijo mientras sacudía el renovado mate- Ah! Que la había agarrado de los pelos. Ya te habrás dado cuenta de que se trataba, no?. Bueno cuando empecé a tirar, -cuidado que está un poco caliente- veo que sale una cabeza. Si y después un cuerpo. Pobre ángel!. Desnuda estaba. Con ese frío. No te creas que estaba asustada.

-Estaba como muerta, no?

-¿Muerta decís? No. ¿Cómo muerta?. No te digo que le tiré de los pelos y salió su carita sonriente mirándome fijo. Desnuda estaba. Con ese frío. Limpita, blanca y firme como una piedra estaba. Vos sabés como es. Si. Mirá como te brillan los ojitos...

Medio me sonrojé

-Y ... tendría como unos quince añitos por aquellos tiempos. Me miró y me dijo, así como te lo estoy diciendo yo ahora, así, como si nada - Hola Elvira -, me dijo. Y yo me la quedé mirando. ¿Que iba a hacer?. Preciosa parada sobre las aguas estancadas. Me dió un beso y ahí me dí cuenta que sus labios estaban calientes. Me entendés ? Es como que estaba en otro lado pero también ahí conmigo. Fue entonces cuando la tapé con unos trapos y me la llevé para la casa. Le puse "Ada" como las que salen del lago, ¿viste? –

Probablemente debí haber esbozado una sonrisa. Sin embargo traté de mantener mi mejor cara de interés, como forma de respeto a aquella querida anciana que tanto me mimaba. Pero no pude evitar que pronto asomara nuevamente mi usual cara de asombro. Mi credulidad basculando como siempre en el filo que separa cordura y locura. ¿Podía dudar de aquello que me relataba? No. No luego de lo que me había tocado vivir. Abandonado todo esfuerzo por buscar justificaciones en el mundo de lo tangible, había aprendido a aceptar toda magia que proviniera del mundo de Ada. Era mucho más simple y relajado. Nunca había sido de mucho pensar. Y eso me había hecho bien. Había definido toda mi perspectiva.

-Si no fueras bicho de ciudad no te sorprenderías tanto. -Dijo sonriendo- Las cosas que habré visto con estos ojos que Dios me dio. Nunca lo creerías. Pero que vas a entender, pobrecito, si te la pasas en medio del cemento o escuchando los partidos entre cuatro paredes. Te haría bien ir a vivir un tiempo a Capitán Castro.

-La verdad no me veo por allí-

-No sé si queda alguien, por lo de las inundaciones, sabés? Si los políticos no se hubieran robado la plata no habríamos tenido ese problema. ¿Te conté que las obras de desagüe las aprobaron tres veces? Tres veces, si, como lo escuchás. Primero fue ese gobernador radical, ese al que le mataron al hijo. Después el socialista pelado Garjuna, Garjunta... ya ni me acuerdo. Y al final otro radical. Los tres se comieron la plata. Trescientos millones decía el finadito - que Dios lo tenga en la gloria-. Dijo santiguándose - Trescientos cada uno. Y nosotros esperando que escampe. ¿Así se dice no?.

-Creo que si…-

- Que escampe, vá, que deje de llover y que las aguas se las trague la tierra. Por que desagües, lo que se dice desagües no hay. Te digo que allá en Capitán Castro no te sorprendés por cualquier cosa.

Rellenó el mate con un poco más de azúcar y le fue echando otro tanto de agua.

-Cuando adecenté a la nena ya era otra. Nadie había visto una niña tan hermosa y dulce. Y viva !, si vos supieras. Las cosas que decía! Era muy bicha, te pescaba enseguida. Vos la veías que se quedaba calladita, calladita y te escuchaba. Pero cuando habría la boca, atajate, te fulminaba con dos palabras. Era brava m´hija. Así que la llevé a la iglesia de Pehuajó y le dije al cura, que como no tenía padres ni parientes ni nada, que me la pusiera de ahijada. Que yo la bautizaba para que quedara libre de pecados y que le ponía Ada, como las que salen del lago, ¿viste?-

Me acercó el mate

-Y ahí nomás se me puso a hacer cosas con la gente. Primero creo que fue un ternerito que venía atravesado. La Ursula, ¿te dije que tenía una vaca allá en el campo? , había quedado preñada y el ternero venía mal. Vos vieras. La Ada se le acercó a la noche y la acariciaba y la acariciaba todo el tiempo. No sé que le decía al oído, pero viste las vocesita que tiene ella, así dulce, como que canta y a la mañana teníamos ternerito y vaca lo mas bien. Andá a saber que le dijo. En el campo de los Vedia, les enseñó a volar a las gallinas. Decía que en realidad no sabían que podían y que cuando les contó todas abandonaron la chacra. El único que quedó fue el gallo, que por muy tozudo no quería creerle a mi niña y por eso lo hicieron caldo. Otra fue con el gurí de los Winston, esa familia inglesa, los que hacían tortilla con miel, ¿te acordás que te conté que hacían tortilla con miel? Yo le hubiera hecho mate con mostaza. Bueno, el pobrecito vino con una mordida fea en la pierna. Parecía que de víbora. Su tata le había cortado y chupado pero el gurí ya tenía fiebre y toda la pierna hinchada. Ada le preguntó que si le dolía y el pobrecito le dijo que sí. Como que me llamo Elvira, te juro,(se besó los dedos en cruz) que cuando le tocó la piernita, el angelito se durmió. Su tata insistió en llevarlo al hospital de Pehuajó, así que lo cargaron en la chata de Flores y se lo llevaron. Para cuando llegaron al hospital el chiquitín no tenía nada. Por la Ada, dije yo. Y los del pueblo pensaron lo mismo. Cuando me acuerdo de esos años me arrepiento de haberlo dicho. Todos los días tenía gente que venía a verla. Que si no era por lombrices, era empacho. Y vos sabés que mi Ada no es una culiandrera. Lo de ella es otra cosa. Así como se curaban, algunos ponían el grito en el cielo por que no pasaba nada. Y la Ada, que tiene toda la paciencia del mundo, los atendía igual.

Cuando le devolví el mate hizo una pausa como ya no queriendo recordar más.

- Al final cuando la cosa se puso fea, la mandé a lo de mi sobrina la Angela, vos la conoces, la que vive en Retiro. Un poco para que estudie y otro para que se dejen de embromar allá en el pago.

Reposó el mate sobre su regazo como indicándome que esperaba un “gracias” indicador del final que yo no estaba dispuesto a entregar.

-Lo demás ya lo sabés, primario y secundario en cuatro años y la facultad en cinco. Para cuando terminó ya estaban de novios. Vos con tu cara de osito enamorado y ella mimándote todo el tiempo. Si, no te rías, parecías un muñequito de felpa...

Si, ese soy yo.

-Y habrá sido que por un tiempo no pasó nada, pero Gabriela, la que era amiga de ella allá en la facultad me contó algo ese verano que se quedó a visitarnos-

La miré intuyendo de lo que hablaba, algo que se mantuvo oculto para al fin tarde saberse y suscitar desconfianzas y asombros por partes iguales.

-Parece que míhijita estaba estudiando eso de los cuerpos de la gente-

-Anatomía-

-Si, como sabés?, vos tendrías que haber sido doctor también. Estaba con la anatomía esa y tenía que trabajar con unos finados. Esos que dicen que son gente que se muere sola en la calle y los mandan para que los que estudian para doctor practiquen a desarmarlos…-

-Disección. Practican diseccionando cadáveres.-

-No te hagas el culto. Si ya sé, como cuando despostas una vaca. ¿Querés que te cuente o no? Porque si me vas a interrumpir a cada rato esto se hace de nunca acabar…-

-Dele Elvira, le prometo que me quedo calladito, calladito.-

-Sseh ¡ vuaver. Te decía que estaba por abrir un cristiano en la facultad. Había como ocho mesas de chapa cada una con un cuerpo para que los alumnos trabajaran. Eran ocho grupos de varios, no sé cuantos y un solo profesor que iba pasando y les decía, saque un poco de acá, ojo que está por cortarle la vena, si no le corre el músculo difícil que pueda llegar , tenga cuidado que se le va a morir y cosas por el estilo.
A Ada le había tocado uno que ya estaba trabajado de antes. Me decía Gabriela que estaban separando los músculos de la cara, así que le habían levantado la piel hasta el cuero cabelludo, es´cir hasta arriba de las cejas ¿no te descomponés vos no?, y habían dejado los dientes a la intemperie como si se estuviera riendo todo el tiempo. Todavía tenía una miguita de algún choripán metida entre los dientes. La cuestión es que Ada lo tocó para empezar y el coso ese cadáver, se movió de repente.-

Elvira hizo una pausa astuta, intentando resaltar la teatralidad del momento

-Paliducho, tembleque y frío como estaba, se empezó a mover despacito hasta que se sentó en el borde de la camilla, pobrecito, tapándose la verija con la sábana porque le daba vergüenza que lo vieran así desnudo. Ada lo miró como curiosa y el finado le dijo:
–Armando Lemos, doctora, disculpe la facha—

-¿En serio le habló?- Pregunté pasmado

-Shhh dejate de interrumpir y callate. Te decía: pobre, no sabía que ella no se había recibido y como la vio de ambo y guardapolvo era lógico que se confundiera. Nadie le quiso decir que estaba muerto para no impresionarlo al pobre, pero cuando el finadito se dio cuenta que le colgaba la cara, se apuró a sostenerse la piel con una mano y la sábana en la verija con la otra, tratando de disimular que estaba más desnudo que Adán en el Paraíso. Gabriela dice que le pidió muy amablemente su guardapolvo y cuando se lo puso, les dedicó una sonrisa muy grande que sostenía con dos dedos y les dijo chau. Ni el profesor ni ningún otro alumno se dio cuenta. Lo vieron salir caminando descalzo, despacio pero decidido y nunca nadie más lo volvió a ver.-

Elvira me miró a los ojos levantando sus cejas como preguntando si había entendido de lo que hablaba, se levantó y enfiló con todas sus cosas hacia la cocina como si nada. Traté de detenerla y conseguir que me contara más, pero parecía que otra persona había entrado en su mente y ella no paraba de repetir “ay mi angelito” en un suspiro atonal.
Nunca conseguí mejores datos que los que aquí le cuento. ¿Que no le alcanzan? Imagínese a mí. Viví cuatro años con una persona que sin decir agua va dejó todo y a todos y se marchó. Y aún cuando antes de ello le preguntaba repetidamente a Ada por su versión de cada suceso, siempre me evadió besándome, cambiando de esa cariñosa forma el foco de mi atención. Y yo siempre en la duda. Suponiendo que algo o alguien estaba por sobre mí.
Elvira sabía que yo esperaba que me contara de la tarde aquella en que Ada se despidió del pago. Dicen que la vieron junto al Arroyo del Overo mirando como el sol se ocultaba en una tarde de mayo. Nadie sabe decir quién la vio, o siquiera si era ella, pero aseguran que en un momento dado se desprendió de su mano un fino pañuelo que flotó tan solo un instante en la tarde otoñal para descender como una hoja que abandona su rama hasta tocar las aguas de aquel lodazal.
Fue un catorce de mayo y hasta el día de hoy en aquellos pagos se lo llama el día de Ada, o el día en que se fueron las aguas, como usted lo prefiera, pues en cuanto su pañuelo toco la húmeda superficie, éstas comenzaron a bajar como por arte de magia.

-La nena no era brujita Ignacio-

Me dijo Elvira desde la cocina.

-Era tu amiga y compañera y deberías saber que era un Ada…

Y pronunció su nombre así, sin hache que la distrajera.
Entonces recordé que ella alguna vez me había dicho, que cuando quisiera encontrarla, la buscara allí donde nació. En las aguas. Y hoy mientras escribo estas líneas, recuerdo vívidamente aquél momento como cada uno de los que he vivido junto a ella en medio de brumas intangibles como la realidad misma. Reportero de acetato y celuloide al fin, podría haber perdido la esencia de las cosas aquí relatadas, pero es lo único que me queda para ofrecerle como indicio. Palabras textuales de una querida anciana que cree firmemente en su relato y un reportero insano que espera la aparición mágica que le dé sentido a cada palabra. De todas maneras, hoy iré a buscarla arto ya de tanta chatura dentro de esta vida tan normal. Me ha llamado desde algún lugar de su pasado, convirtiéndome en un viajero hacia el mundo sin tiempo, en el que ella oportunamente se sumergió. Y si escribo estas líneas, amigo mío, es por que no sé si querré regresar para contar el resto de la historia. Pues, póngalo por escrito, que habiendo encontrado la magia que todos siempre buscamos, iría a cualquier lugar, por extraño que fuera, con tal de permanecer atrapado entre sus brazos.
Aún cuando solo fuera un fruto de mi pobre imaginación.

OPin
Buenos Aires 2010
© Copyright 2010
Once Cuentos sin Rumbo
ISBN 987-43-8446-9
Pianissimo - obra de Maribel Alonso
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15 de diciembre de 2012

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Arma de instrucción masiva


“Tu oportunidad para llevar libros gratis para los niños”, grita el hombre desde una esquina. A sus espaldas un tanque de guerra funciona como biblioteca rodante. Se trata de Raúl Lemesoff, un escultor de Paraná, Entre Ríos. Su obra, el Arma de Instrucción Masiva (Adim), es el vehículo con el que viaja por las calles de Buenos Aires regalando libros y aceptando donaciones de libros en su recorrido. Y sobre todo, es una intervención callejera para combatir la destrucción cotidiana con instrucción.

El arma intimida a la gente que queda boquiabierta frente a la excentricidad de la iniciativa. Lemesoff invita a tomar un libro. La sorpresa allí se hace doble: los transeúntes no pueden creer que les estén regalando algo. “Muchos piensan que soy un loco”, se ríe. Pero espera un intercambio: “Si el arma se cruza en tu camino no dudes en elegir un libro, llevártelo y comprometerte a donar otros”, propone.

La idea comenzó de casualidad, de la mano de un papelero. “Una editorial sacó muchos ejemplares de circulación -quizás porque hizo una nueva edición- y los llevó a una papelera para que los destruya y así evitar una reventa de esos libros. De este modo empezó la construcción de la parte física del arma”, recuerda Lemesoff.
Un Ford Falcon modelo ‘79, que perteneció a las Fuerzas Armadas Argentinas, fue transformado en este vehículo que se propone como una ruptura frente al paisaje cotidiano. De a poco, un auto ligado simbólicamente a la violencia y la ignorancia se convirtió en el arma para protestar ante una realidad que puede ser cambiada. Y quizás sea éste el motor del Adim: “Me gustaría que la gente tome conciencia de que tiene que haber un cambio en lo que es la humanidad. Regalar libros y adaptar tu entorno para que regale libros es un cambio radical y, a la vez, difícil de lograr. Llevarte libros y nunca devolverlos es falta de conciencia”, explica Lemesoff.

Como Robin Hood, pero en tanque de guerra
Según cuenta su mentor, “uno de los objetivos del arma es llevar los libros a donde ellos escasamente llegan. Por eso transito por villas miserias, escuelas carenciadas, casas rurales, pueblos fantasmas, bares y barrios de escaso nivel adquisitivo. Y cuando ando por barrios de ricos, trato de llenar el arma de libros para después repartirlos en las villas, donde son valorados”.
Sin embargo, como todo proyecto basado en la autogestión, la escasez de recursos se convierte en una traba. “El Adim no transita lo que debería porque nos falta combustible”, reconoce Lemesoff al tiempo que no pierde las esperanzas: “Las donaciones de libros son pocas, pero significativas. La editorial El Corregidor, por ejemplo, nos regaló ejemplares fallados que no se podían vender”. Además, por medio del canal Encuentro recibieron unos 700 libros del “Plan de Lectura” del Ministerio de Educación.

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10 de diciembre de 2012

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Desde que era pequeña...

Desde que era pequeña,
he querido tener voz,
una voz que le cantara
¡la mañana al ruiseñor.

Desde que era pequeña
musica quise tocar,
pero dicen que me falta
¡el oido musical¡.

Pero hay algo que tengo
y ahora voy a explicar
tengo versos en mi alma
y cantos, en mi versar.

Y si mi voz, no lo hace,
canto escribiendo un poema
que sí, recibe a la aurora
con voz de dulce cantora.

Canto a los cielos abiertos,
canto a los hombres en paz
¡y canto con toda el alma
a esta bella Navidad¡.

Pues aunque digan que el mundo
esta deshumanizado,
yo sé que dentro del ser
¡se encuentra todo lo amado¡.

                                  Julia Orozco.
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6 de diciembre de 2012

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El ritual



En cada estertor que la vieja y crónica tos catarral le provocaba, acababan asomando a sus cansados ojos grises,  sendas lágrimas vidriosas, que cuidadosamente secaba con un pañuelo de fina batista. Se calaba entonces las gafas, y continuaba la acostumbrada lectura. Durante su permanencia mensual en la casona, Angélica se apostaba en el marco de la habitación todas las tardes,  casi a la misma hora, para cumplir con su diaria tarea, preguntando: “¿Quiere que le sirva el té, abuela?” Por respuesta, Mercedes siempre formulaba idéntica pregunta: “¿ya es hora?” disponiéndose a beber la taza de humeante Earl Grey que su nieta le acercaba. Disfrutaba la ocasión con soltura y gratitud. A su memoria llegaban repetidos recuerdos vinculados con aquella tarde en que la esposa del embajador chino, le obsequiara ese juego de té con tanto valor emotivo e histórico para ella. Al cabo de unos minutos apoyaba la taza sobre la mesa redonda de caoba, ubicada junto a su sillón hamaca y  se dormitaba unos minutos. Luego,  una hora más tarde, la joven se presentaba nuevamente y comenzaba a peinar sus escasos cabellos grises, perfumándola con colonia de azahar; le cubría sus piernas con una vieja manta inglesa y acercaba el jarabe con llantén que la aliviaba. Así, Mercedes esperaba que la noche invadiera su habitación y se regocijaba contemplando los últimos rayos del sol moribundo en  cada atardecer. Frente al ventanal de aquella casa colonial, la capilla de Nuestra señora del Carmen le provocaba sosiego y recreaba su vista. Llegado el ocaso, el motivo de su lectura poco a poco se iba resbalando de sus manos hasta caer y desparramarse sobre el piso entablonado. Era entonces el momento en que la empleada y la nieta de turno alzaban a la anciana y la llevaban hasta su cama de roble, encendiendo la desvencijada lámpara con caireles de cristal. A Angélica le correspondía recoger las cartas que yacían en el suelo, acomodarlas en la caja forrada con un gastado satén celeste, y aguardar hasta la próxima mañana, cuando muy temprano, el ciclo se reiniciaría. Pasado el mes, sería reemplazada por Sofía, la cuarta de sus hermanas menores, repitiéndose indefinidamente el ritual, fielmente respetado y cumplido, en honor al juramento prestado a su madre en su lecho de muerte, cuando la tuberculosis se la llevó. El tiempo, implacable, establecería el final, sólo cuando la abuela decidiese no leer carta alguna, o cuando abandonase la espera de su apuesto general y se dispusiera a volar hasta el cielo para encontrarse seguramente con él.


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3 de diciembre de 2012

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El abuelo





La taberna era siniestra, con luces amarillentas y crujientes maderas que oscurecían la estancia. En las esquinas se olía el vino avinagrado, mezclado con el aroma de aceites calientes acumulados en las paredes oscuras. Había más luz en los porrones violáceos que en la barra solitaria. Y en el centro varias mesas de hierro y mármol que habían recibido el castigo de los clavos de las fichas en negro y blanco.
Entró un hombrecillo con boina, ágil y ausente del mundo que le rodeaba. Descubrió su cabeza para levantar el porrón del vino de las noches. Su pelo blanco relucía de puro limpio, de puro blanco. Sacó un bocadillo de algún sitio, envuelto metódicamente en un proceso estudiado y con el papel blanco. Dentro del pan blanco de pueblo experto, había sardinas rebozadas en aceite limpio y con harina blanca, tan blanca como sus manos.
Y mirando el abuelo a ningún lado, ausente del mundo oscuro que le rodeaba, le pegó un mordisco y masticó despacio.
Justo antes de ponerse el sol de las realidades, el mismo que por fin se dignaba a acariciar los murmullos de una calle tan estrecha como escondida por los recuerdos, ella bajaba despacito por la calle empedrada dándole la espalda a la luz con su silueta ensoñadora. Charol en los tacones y flores en el bolso, poderosa en movimientos con aromas de gardenia añeja y una duda de carmín en sus labios temblorosos.
Cerca de la puerta de la taberna empezaba a sonar la melodía de los viejos vinilos y a la hora en la que se despertaban de su siesta, los sonrientes estudiantes de una vida nueva, entraba ella perfumando el aroma de la estancia, de tal manera que a nadie se le escapaba el deber de mirarla. Se tomaba un vino dulce llamado “penicilina” y una pasta de glasa blanca llamada “zapatilla”, conformando el ritual definitivo cuando alguna miga blanca, saltarina y juguetona resbalaba por su escote, directa al fin del mundo que en su corazón latía.
Y entonces se marchaba. Tan "lozana" como había llegado y reanudaba el mundo de los sentimientos ausentes para que el hombrecillo del pelo blanco, limpio y reluciente, se calase la boina de nuevo y detrás de ella como un corderito blanco se fuese.
Caminaba el abuelo como un ángel pálido, con su boina calada milimétricamente. Aquella mirada ausente que tenía en la taberna ahora parecía más que despierta bajo la noche de cielo negro, en una calle con luces brillantes con aromas de mixtura. Marchaba silencioso y feliz, como entre nubes, tras los tacones de charol que sostenían esas curvas perfumadas de ella. Se paraba a tomar un último aguardiente endulzando sus ojos brillantes con la risa de su amante, poderosa entre los adornos de sus amigas, semidesnudas y con remiendos de colores.
 
Llegaba un chulo dispersando las alegrías de aquellas "niñas", y entonces aquel abuelo con boina, ofrecía el brazo a su amada para cobijarla sonriendo.
Y así se marcaban, ella taconeando y pomposa, el cabizbajo y feliz de ser el héroe claro que dormiría en su regazo.
Al día siguiente, lo primero que hizo el abuelo blanco nada más verme, fué guiñarme un ojo y sonreírme dulcemente.



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