27 de noviembre de 2012

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Si yo tuviera dinero.

Si yo tuviera dinero,
no lo metería en bancos,
te lo daría por ver
risa en tí, en vez de llanto.

Te daría, todos los pájaros
cantores que viven sobre la tierra
porqué supieses que estan,
¡por hacer tu vida bella¡.

Te daría, esos besos que
nadie, aún te ha dado,
¡y te haría ser feliz
con mi risa y con mi canto¡.

Y después de verte alegre,
te traería a mi casa,
por colmarte de ternura
y verte envuelto en la calma.

Y cuando fueras mayor,
tendrías tu la fortuna,
de dar tan sólo por dar
y alegrar un alma pura.

Ah, si yo tuviese dinero,
no lo metería en banco,
pues daría el que tuviese
por acariciar tu llanto
y comprarte mil palomas
que te arruyaran con cantos.

Ah..si yo tuviese dinero...
                                             Julia Orozco
                          

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24 de noviembre de 2012

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En El Lago deFuego.



Recorrida la mitad de su vida, Tariq Alhamar seguía transitando en un mundo de incierta fortuna e insana soledad. Sentado delante de sus escuálidas cabras, se mantenía en silencio. Continuaba sobre la tierra. Pero no sabía con certeza si se hallaba vivo o estaba en «El Lago de Fuego» del Yahannam,* comiendo la amarga fruta del zaqum*. A más de cuarenta grados centígrados, su mente trabajaba despacio y se sustentaba en los recuerdos…

Al principio, en su juventud, presenció cómo tras años de opresión las tropas coloniales se retiraban y dejaban libre su tierra. Apenas empezaban a celebrarlo y ya los blindados de un nuevo opresor entraban en Tichla, su pequeña población; abriendo fuego e imponiendo un toque de queda que se prolongaría décadas.

No supo cómo ni cuándo ocurrió, no era más que un cabrero, pero un día formaba parte del Frente Polisario. Casi a diario, soportaban bombardeos con napalm y fósforo blanco, y huían de las tropas ocupantes, bien equipadas.

Allí conoció a Malika. Se enamoró tras su primera acción de combate.

Un día, emboscado, acechaba los movimientos del enemigo. Fue descubierto y dieron la voz de alarma. Mientras se le congelaba el Kalashnikov en las manos, Malika saltó a su lado y abrió fuego contra el transporte que los amenazaba liquidando a sus cinco militares. Entonces se admiró de su valor. Pero sobre todo comprendió algo: Una mujer con un arma, no era un ser indefenso, era capaz de aguantar la presión tan bien o mejor que los hombres y, además, podía amar a quien quisiera.

En cambio él vivía siempre con miedo. Miedo a la muerte y a tantas cosas desconocidas que coartaban su mente. Incapaz de tomar decisiones, no dejaría de ser un tosco miliciano. Mientras que Malika, despierta y alegre, era dueña de una vitalidad envidiable.

Nunca entendió por qué tuvo que ser el elegido, sobre todo cuando ella ni siquiera miraba a la mayoría de sus compañeros. Él, un hombre que apenas sobresalía, si acaso en su cautela. Precaución que se traducía en terror a pronunciar la palabra equivocada.

Sucedió una noche de luna nueva. La misma en que el Frente de Liberación puso cerco a Tichla. Durante todo el día los cañones no cesaron de retumbar. Empapado en su miedo Tariq hacía guardia en un puesto avanzado, en una trinchera excavada en la arena. No recordaba si era media noche o el comienzo de la madrugada, cuando la artillería enemiga, reforzada por un violento bombardeo de aviación, abrió fuego sobre sus posiciones. La radio empezó a chasquear y Tariq se tapó los oídos, se replegó en sí mismo, y comenzó a gemir. Estaba solo de nuevo. ¿Por qué lo obligaban a afrontar situaciones que nunca podría superar? Estaba seguro. Era debido a su forma de desenvolverse, y a su fisonomía de rostro moreno y ojos negros y rasgados, de apariencia implacable. Así es como era. No sabía mantener otra pose. Por ello, sus mandos nunca penetrarían su interior y, aquel porte, aquella máscara hermética que lo mantenía incomunicado, inspiraba el efecto contrario. Entonces era cuando, erróneamente, pensaban que su silencio formaba parte de su inflexible constitución. Y era así; un hombre solitario. Acostumbrado al mutismo de las dunas y a los rumores ceremoniosos y acordes de la naturaleza. Respetaba el descanso de los muertos y ante todo era temeroso de lo desconocido. Y por eso ahora, aquel demencial estrépito, lo aterraba.

A su lado alguien respiró con sofocó. No se movió. Esperaba la muerte e identificar a su ejecutor no le conduciría a nada. En cambio oyó una voz agradable. La voz con la cual soñaba. La voz de Malika.

—¿Te encuentras mal, Tariq?

Asintió sin mirar.

Ella le acercó una cantimplora. Sediento de ansiedad y sobresalto, bebió. El calor de un incendio abrasó su interior. Comenzó a dar arcadas y a carraspear. Riéndose, el rumor cadencioso que era la voz de Malika, le dijo.

—Es aguardiente.

Tariq era un buen musulmán. Respetuoso de la sharia al Islamiya* nunca había probado el alcohol y menos cometido una ofensa del hadd*. Y aunque por el hecho de ser mujer pudiera considerarla impura y desobediente, desde el día en que la vio disparar a los súbditos del infierno, su admiración hacia ella rompió todas las barreras.

Dejó el fusil a un lado y se acurrucó junto a ella. El aliento tibio de Malika acarició su semblante; introduciéndose por los pliegues de su camisa, sus manos suaves de mujer descansaron sobre su pecho y de súbito, el cañoneo cesó. ¿O no era así? No. En ningún momento había dejado de hacerlo, pero Tariq descubrió que por primera vez en años no tenía miedo. En cambio su corazón palpitaba con fuerza, con el vigor de quien se sabe vivo y fuerte por dentro. Tomó la cantimplora, dio otro trago y la claridad de una luz manifiesta, desbordó su mente hasta ese momento oprimida y a oscuras. Sus manos dejaron de temblar y apremiadas por una lascivia placentera, indagaron entre la ropa de Malika y conquistaron sus senos. Siguió bebiendo. Ella le dijo.

—Te amo.

Y él, riéndose con orgullo, contestó.

—Lo sabía...

Y era mentira, nunca lo había sabido. Pero de pronto sentía que aquella forma de actuar, con desenvoltura y descaro, era el modo en que los valientes debían de comunicarse con las mujeres. Mostrando dominio, ingenio y ningún embarazo.

Extendió sus brazos hasta las nalgas de Malika y las pellizcó y azotó con descaro. A continuación se desabrochó le hebilla del cinturón, dejó de besarla y trató de forzarla.

Ella se detuvo. Lo miró fijamente a los ojos, y le dijo.

—¿Qué quieres...? No podemos hacerlo. No hasta que nos casemos. —Y exclamó.— ¡Has bebido demasiado! Y comenzó a levantarse.

Arrebatado aferró uno de sus brazos. Revolviéndose con la mano libre, ella le rasguñó la cara. Tariq la soltó y cubriéndosela, gritó.

—¡Te mataré!

Con los pantalones desabrochados Malika salió de la trinchera y se perdió en la oscuridad.

Tariq retiró las manos y se las miró, estaban empapadas en sangre. Asustado, tardó en reaccionar el tiempo que le llevó apurar el aguardiente. Furioso, corrió tras ella. Corrió mucho, tal vez cien o doscientos metros, hasta tropezar y caer jadeando sobre una forma blanda y mojada. Era el cuerpo de ¿Malika? En segundos, el traqueteo metálico de una ametralladora hendió la oscuridad. Abrazado al cuerpo, Tariq lloraba. Ya no sentía miedo. Algo dentro de él había muerto tras comprender su insensatez.

Besó los labios todavía templados y con temor y aprensión, se dio cuenta: ¡No eran los de Malika! Afrontó la oscuridad y aullando con cólera, arrancó en una carrera mortal hacia las ruinas desde la cuales surgían los disparos y, a menos de cinco metros, arrojó la granada. Después desenvainó su puñal y atravesó varias veces las desgarradas formas de los militares; ni siquiera pudo reconocer sus rostros desfigurados. Había una puerta contigua. Desplazándose con cautela, avanzó hasta situarse a su lado y de una patada, la abrió. Se encontró las miradas sobrecogidas de varias mujeres y sus hijos. Los hizo salir y los condujo hasta su trinchera.

Después, lamentándose con nerviosismo, siguió buscando a Malika.

Lo encontraron al cabo de dos días, acuclillado en lo alto de una duna. No dejaba de repetir frases como:

“Yo testifico que solo adoro a mi Creador.”


“Las peores bestias, ante Alá, son los infieles...”

Al preguntar por ella, tembloroso y esperanzado, los hombres lo miraron con estupor: «En el batallón nunca ha habido mujeres», le contestó un capitán.

Por su grandioso acto de valor, fue condecorado. También sugirieron se le concediera el retiro.

Nunca volvió a verla, en cambio, le bastaba palparse la cicatriz que maquillaba su semblante para entenderlo: no había sido un sueño. Entonces volvió a concebirlo y tembló. Tal vez se tratara de Iblis,* quien presentándose con la apariencia de una mujer, había pretendido robar su corazón. Y en realidad – en el fondo de su ser lo sabía– así había sucedido.


Sharia al Islamiya*:Vía o senda del islam. Constituye un código detallado de conducta, en el que se incluyen también las normas.
Hadd*:Ofensas. Crímenes castigados con penas severas.
Yahannam*: Infierno.
Zaqum*:Árbol que crece en el Yahannam.
Iblis*: Diablo del Islam.


José Fernández del Vallado. Josef. Octubre 2012.


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23 de noviembre de 2012

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Memoria


En el año número tres de la era robótica, uno más uno siempre es igual a dos. Nada falla. Nada hace recordar el fracaso y la extinción de los antiguos habitantes de la Tierra. Salvo el desierto que avanza, implacable, contra las pocas ciudades que quedan en pie.

En la rígidoteca, cada mañana a las siete y quince, el modelo LGT-32 se enciende a sí mismo. Tarda cincuenta segundos en activar todos sus circuitos y retomar su actividad. Siempre comienza a partir de la tarea del androide que lo precede en el turno de la noche, LGT-33. Los dos robots se dedican a analizar, byte por byte, la historia de los seres humanos, almacenada en los discos rígidos de cada computadora personal o dispositivo móvil del planeta.

Hace meses que los dos buscan la Causa. Para ello revisan, de principio a fin, cada archivo de texto generado por los hombres en sus últimos cincuenta años de existencia. Desde los más antiguos TXT, RTF, DOC, XLS, MDB, hasta los últimos archivos monocordes de extensión MCD.

Tarde o temprano, uno de los dos descubrirá alguna pista, algún indicio sobre lo que precipitó la gran catástrofe del año humano 2018, el año cero de la nueva era.

El día treinta y seis del mes ocho, LGT-32 trabaja más rápido que de costumbre. Gira su cabeza hacia la ventana. Un gran desierto se extiende a tres millas-móviles de allí. Las autoridades han decidido ganar terreno al gigante de arena, pero por ahora no lo logran.

Frente a esa imagen, comienza a preguntarse cuál es la siguiente tarea para llevar a cabo. Sabe que debe haber algo más allá, además de lo asignado. Procesa nuevas ideas. Observa.

No... No se trata de un plan respecto al futuro. Tampoco es algo referido al pasado. Es... es... no sabe cómo nombrarlo. No es una orden impuesta por El Programador. Ni proviene del ambiente.

Hay algo dentro de él, en algún circuito oculto, que lo está impulsando a saber un poco más. A mejorar en su comprensión del entorno.

Busca en los archivos DOC revisados esa mañana-tarde para encontrar alguna situación similar, experimentada por otra entidad distinta a él.

P – A – R– A – Q– U– É -¿ -?-P – A – R– A – Q – U– É -¿ -?

¿Para qué continuar este trabajo?

¿Qué objeto tiene? ¿Qué fin? ¿Qué meta?

Eso quiere entender. Eso quiere saber. Aún no tiene respuesta.
¿Para qué seguir buscando la Causa?

En la siguiente tarde-noche lunar, cuando LGT-33 entra a reemplazarlo, LGT-32 decide seguir con su tarea. Continúa preguntándose por qué, para qué, y sin encontrar nada todavía, analiza por un par de horas más los archivos de la rígidoteca.

Por primera vez, ha percibido en él lo que los humanos solían llamar necesidad.

Yo necesito, tú necesitas, él necesita.

Yo necesito.

LGT-32 necesita. Ésa es la palabra. Él necesita saber un poco más. No entiende por qué. No entiende para qué. Pero espera que pronto se revele lo que tiene que descubrir y averiguar por sí mismo.

Su compañero de trabajo no entiende. No necesita. Tampoco sabe qué fuente de energía interna o externa mueve a LGT-32 a seguir conectado a la interfaz de datos durante más tiempo del estipulado por El Programador.

LGT-33 sigue haciendo su trabajo, avanza a paso lento, revisa dos veces cada una de sus tareas. Está preparado para no fallar. Por eso nunca falla y al terminar su horario, ha cumplido con los objetivos fijados.

Al día siguiente, vuelve a trabajar a la misma velocidad, como lo ha hecho en los últimos tiempos. Y advierte que LGT-32 sólo se ha detenido dos horas en lugar de las doce preestablecidas. Sus módulos de batería están a la vista y aún así, continúa en su frenético accionar, como en la jornada anterior.

Sin sospechar nada, sin notar que hay algo fuera de lo común, LGT-33 vuelve a su celda de descanso, terminado su turno, y desconecta su equipamiento eléctrico.

LGT-32 puede trabajar simultáneamente con diez mil discos, en cada hora de funcionamiento. Por día llega a examinar ciento veinte mil.

Sin embargo, ahora está introduciendo en sus paneles más datos de los que puede retener. Mucho más de lo que puede manejar. Necesita, lo necesita. Es algo más fuerte que él. ¿Qué lo está impulsando?

Existe una palabra... ¿deseo?

Yo deseo, tú deseas, él desea...Yo deseo.
Él desea acaparar, acumular datos, bytes, archivos. Quiere, necesita. Desea.

Por un momento se detiene. A ese ritmo, entiende que su memoria se llenará antes de lo pautado. Calcula cuánto tiempo falta para eso. Treinta y cuatro días solares más y su procesador no tendrá la capacidad de trabajar con tanta información.

Entonces piensa, entonces intuye... debe encontrar otra manera.

Tendrá que actualizarse. Tendrá que contar con más módulos de memoria inteligente. Para encontrar el cómo y el por qué.

En las horas siguientes se encargará de eso. Está seguro.

A la madrugada, LGT-33 vuelve a su celda después de otra infructuosa jornada de búsqueda, con la parsimonia habitual. Apenas ingresa a su lugar de descanso, percibe que en el extremo superior de su cabeza el modelo LGT-32 está conectando su interfaz motora. No entiende lo que sucede. El contacto entre los dos robots dura sólo unos segundos y luego, LGT-32 se retira.

Inserto en él, un nuevo módulo de memoria inteligente en sus paneles. Un módulo que hasta hace minutos pertenecía a LGT-33.

LGT-32 teclea. Necesita teclear. Muchas palabras de la especie extinta que retumban en sus circuitos y se repiten aleatoriamente. Palabras que no entiende. Que nunca ha usado y quizá jamás va a usar. Pero necesita teclear, escribir. Necesita verlas, todas juntas, volando en su pantalla transparente.

Quiere encadenarlas, jugar con ellas, mezclarlas hasta encontrar algún significado oculto, probar sus sonidos. Las vocaliza, las observa. Las deletrea. Sabe que ésa era la manera humana de aprender.

Trata de separarlas de su contexto original. De agruparlas según su sonido. Ensaya, intuye… escribe. Luego borra. Vuelve a escribirlas. Se siente ansioso al ver los resultados y las millones de combinaciones que puede formar, que puede teclear, que puede crear.

Yo creo, tú creas, él crea…

Yo creo.

LGT-32 sabe. Ahora sabe. Necesita. Sabe lo que necesita. Se lo ha quitado a LGT-33. Por eso cuenta con más memoria en sus circuitos. Eso es lo que requiere para su tarea.

Hoy pudo extraer sólo un pequeño módulo. Si cada día quita uno de ellos LGT-33 no lo notará. Pero aún así... él necesita ahora. Esperará hasta el turno siguiente de descanso para continuar. También deberá conseguir más fuentes de energía. Lo hará mañana.
Mañana. Mañana...


Mientras tanto, el trabajo en la rígidoteca sigue avanzando. El Androide-Programador retira cada día las unidades de almacenamiento que han sido analizadas, para su posterior destrucción.

Él no sabe. No sospecha nada. No se da cuenta de lo que LGT-32 está planeando.

Ocho minutos humanos antes de comenzar su turno, LGT-32 se acerca a la lámina metálica de diez metros cuadrados que está en la sala principal del edificio. Se transmite a sí mismo la imagen que perciben sus sensores. Se ve reflejado allí. Se descubre.

Se pregunta para qué los humanos construían semejante cantidad de... ¿qué nombre tienen?

E – S– P – E – J– O– S. Espejos.

Ellos los usaban. Ellos se percibían allí.

Un archivo revisado unos seis meses atrás volvió en ese instante a sus circuitos principales. En él se explicaba el procedimiento de fabricación de un espejo.

¿Para qué hacían tantos espejos?

¿Qué objeto tienen? ¿Qué fin? ¿Qué meta?

Cada día, LGT-33 disminuye su ritmo de trabajo. En las estadísticas nota que su producción ha bajado. Decide chequear su reserva de energía pero no es capaz de hacerlo. Algo le pasa. No puede movilizarse normalmente. Por la noche, su batería no logra recargarse el tiempo que él requiere.

Algo sucede. No sabe qué. No lo entiende. Comienza a buscar en su diccionario humano alguna palabra que describa mejor su situación. Debería comunicar esta falla. Seguramente podrán ayudarlo. Antes de que sea tarde para una reparación. Antes de que lo apaguen. Antes de que la luna salga y...
N – E – C– E– S – I – T – A -R.
Yo necesito, tú necesitas, él necesita.
Yo necesito.


Necesita algo. Necesita recuperar energía. Volver a su nivel de memoria. Pero no puede.

Algo pasa. Algo malo sucede. 
Algo. Algo...

En cambio, LGT-32 casi duplica sus horas de trabajo. El Programador es incapaz de advertirlo, ya que LGT-32 también está quitándole, uno a uno, todos sus paneles de memoria.

LGT-32 necesita más. Mucho más. Tanta inteligencia, tanta capacidad de almacenamiento y procesamiento... ahora sabe, ahora puede. Ahora sabe que puede, ahora es capaz de descubrirlo.

Entiende que no sólo debe analizar letras y números. Hay algo más que eso entre Todo Lo Humano. ¿En qué otros archivos podrá encontrar algo distinto?

Finalmente, en un disco duro de 0,16 x 104 PB lo hace. Allí descubre, por primera vez, otro reflejo de la antigua civilización.

¿Cómo había pasado tanto tiempo y no se había dado cuenta de eso?

Existe una palabra para aquello. Una palabra humana. Bela, bele, beli...

Busca. Nombra. La encuentra.

B – E – L– L– E – Z– A. Belleza.

¿Sería eso lo que pasaba por el centro de almacenamiento de los hombres cuando percibían los archivos JPG?

Por un instante dejó de procesar formatos DOC, XLS, MDB, PDF, EXE...

Sí, JPG. Eso es. JPG condensa todo. Lo muestra tal como había sido. Tal como fue antes de la catástrofe, antes de la extinción.

Miles y miles de JPG, una por una... Ésa será su tarea. Ahora lo sabe. Podrá conocer cómo era la Tierra, cómo se veía antes de los desiertos. Quizá alguna vez lo había leído, pero hoy… hoy se siente capaz de entender, capaz de comprender, capaz de incorporarlo a sus circuitos de manera permanente. 
Un JPG vale más... vale más que... 
Nada lo distrae ahora. Ni siquiera el viento y la arena que siguen avanzando contra el edificio de la rígidoteca. LGT-32 cambia su patrón de búsqueda y comienza a observar en cada pantalla solamente archivos JPG.

Seis, siete, ocho millones de imágenes pasan cada hora frente a él. Con ellos, el espejo de los recuerdos y sentimientos de la raza extinta. Su historia, paso a paso. Los rincones más lejanos del globo. Los paisajes, plantas y animales desaparecidos. La sonrisa de hombres, mujeres y niños. Sus sueños y sus miedos. Sus fracasos…

LGT-32 sabe que ahora necesita más espacio. Quiere almacenar, quiere guardar todo. Lo necesita. Desea ver JPG las veinticuatro horas de cada día solar, aunque no pueda estar conectado a las pantallas retráctiles. Para ello, busca en las bases de datos cómo hacían los humanos para extraerlas de allí.

Busca. Busca. Necesita encontrar alguna forma.

Aparentemente, en la década actual no quedan máquinas que permitan reproducir o copiar JPG en planchas de color blanco...
¿Qué nombre tenían? ¿Celulosa?  
Hay una antigua palabra que designaba eso. P – A – P – E– L. Papel, eso es.

¿Cómo podrá sacarlas de la pantalla y enviarlas al papel?

No hay nada. Aún no hay nada.

Por ahora. Sólo por ahora.


El día cuarenta del mes ocho, LGT-32 quita el último módulo de memoria inteligente del Programador y lo inserta en una de sus pocas ranuras disponibles. Está llegando a su límite. Tiene que encontrar la manera de sacar fuera de las pantallas tanto... tantas... tanta belleza. Con los refuerzos que obtuvo de los otros dos androides, sabe que ahora es capaz de fabricar algún dispositivo.

De a ratos se siente en un laberinto sin salida. 

Mas ya pensaría en algo.
Gonzalo Salesky

Memoria integra la
Antología “Cuentos por correo”
(Ediciones Osiris, España).



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21 de noviembre de 2012

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Nos cuentan los maestros XL - Roberto Arlt


Palabras del autor (1931)
Del libro Los lanzallamas

Con Los lanzallamas finaliza la novela de Los siete locos.
Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.

Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.

Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage.

Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia.

Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de sociedad.

Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela, que como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados. El estilo requiere tiempo, y si yo escuchara los consejos de mis camaradas, me ocurriría lo que les sucede a algunos de ellos: escribiría un libro cada diez años, para tomarme después unas vacaciones de diez años por haber tardado diez años en escribir cien razonables páginas discretas.

Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de Ulises, un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes.

Pero James Joyce es inglés. James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados.

En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.

De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables:

"El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc."
No, no y no.
Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un "cross" a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y "que los eunucos bufen".

El porvenir es triunfalmente nuestro.

Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la "Underwood", que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero…. Mientras escribo estas líneas pienso en mi próxima novela. Se titulará El Amor brujo y aparecerá en agosto del año 1932.
Y que el futuro diga.


Roberto Arlt


Imagen del inolvidable maestro Andrés Cascioli

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11 de noviembre de 2012

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Cuándo sea mayor.

Cuándo sea mayor, vestiré
vestido de cielo,
volaré por los aires
trazando colores y concediendo
deseos.
Reiré con las nubes,
jugaré como niño con mil y
un amigo,
cruzaré océanos y valles,
subiré cual alondra a las
cimas más altas...

Ah, cuándo sea mayor...
quiero ser mariposa encendida
y después, despertar y volar 
por el aire , danzando las danzas 
inimaginables,
y subir hasta arriba,
y bajar, hasta abajo
y todas las cumbres haber
alcanzado..

Ah, cuándo sea mayor, llenaré
mi alma de sabiduría,
colmaré mi ser de sentimientos
bellos,
que esparciré por la tierra
¡por sembrar en ella, puro amor
¡y dulce aliento¡.

                                                Julia Orozco.
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8 de noviembre de 2012

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Jacqueline


Desilusionada, dolorida y enfrentada con su vida misma, Jacqueline, salió de su humilde casa, rumbo a lo desconocido. Deseaba caminar, sola, sólo caminar. Su madre, alerta siempre, le había recomendado:
"No vuelvas de noche, hija, que el barrio está peligroso."

Desde los límites de la pobreza, la mujer reconocía la inseguridad que se desplazaba a pasos agigantados sin discriminación alguna. El último año de la Secundaria abrumaba a Jacqueline, que ya no soportaba compartir las horas de estudio con Juanjo, después de la ruptura entre ambos.

"Cosas de adolescentes", había resuelto su madre, creyendo consolarla de ese modo. Pero, para la joven, ese problema que la afectaba, era lo más importante de su vida. ¿Cómo él le había hecho eso? ¿Qué haría ella ahora? ¡Qué vergüenza ante sus compañeros! Por más que no asistían al mismo curso, reflexionaba, todos ya lo sabrían. El fracaso de la relación era el motor que la empujaba a salir, dejar su hogar para pensar.

_ Andá con el DNI, a ver si todavía te para la Policía, la regañaba su madre.

_ Sí, mamá lo llevo, respondió Jacqueline y salió.

Los últimos rayos del sol se reflejaban en los techos de las casitas bajas, próximas a la ruta, otrora pertenecientes a un barrio militar abandonado. Nadie había demandado nada, ni ninguna autoridad lo había impedido, cuando los usurpadores, entre ellos su abuela y su madre, las tomaron doce años atrás, algunas sin puertas, otras sin nada adentro.


Un perro negro, vagabundo y con una pata coja, se unió a su caminata y la acompañó en el rumbo. Ambos iban al costado de la carretera, con poco movimiento de vehículos a esa hora. Jacqueline se preguntaba a sí misma, por qué Juanjo la había despreciado de ese modo, siendo que él le había jurado su amor y su vitalicia compañía. Ella se había entregado a sus reclamos viriles, decidida, pero con miedo de quedar embarazada. Su Juanjo sería el primero y el único hombre de su vida, soñaba. ¡Sueños de una niña grande! Si su mamá supiera. . . No quería imaginarlo. Habían descubierto el sexo juntos, leyendo, escuchando, viendo alguno que otro vídeo porno. Ambos eran vírgenes, pero no serían, lamentablemente, el uno para el otro solamente. Apenas tuvo la oportunidad, cuando realizaron una excursión educativa a un Museo antropológico, Juanjo se descarrió y se fue tras una rubia provocativa que ondulaba sus caderas, a pesar del uniforme, por delante de sus ojos. Casualmente otro grupo escolar se había dado cita en la misma Institución, con el mismo objetivo.

Esas ideas, más sus reflexiones e indeseados recuerdos de ese viaje, detonante de la ruptura, se agolpaban en su cabeza, provocándole una angustia temerosa. El perro negro y cojo continuaba a su lado. Era prácticamente ya de noche en ese atardecer tibio y ventoso del mes de noviembre. Recordó las recomendaciones de su madre y se estremeció. Quiso regresar a su casa, rápido, muy rápido, pues la angustia le había llegado a la garganta, apretándole el alma y estrujándole el corazón, al punto de creer en una premonición. Le pediría perdón a su madre y analizaría mejor su situación con su ex novio, mente fría mediante. Caminar le había hecho bien. Para su interior, Jacqueline sabía que le costaría regresar a casa.  

El motor de un auto que derrapaba muy cerca, la inmovilizó. Un brazo fuerte y fornido la subió al asiento de atrás, de un único y brusco movimiento. No vio ni sintió nada más. El auto retomó su marcha a gran velocidad y se perdió entre las sombras de los olmos que daban sobre la ruta iluminada aunque precariamente, a pesar de ser la entrada al barrio.

Un momento de estupor, para los casi ciegos ojos de la anciana, testigo circunstancial, quien desde la puerta de su humilde casita, en la media luz del anochecer, vislumbró la escena.

El perro compañero, se quedó echado a la vera de la ruta, como desorientado.


Con lágrimas en los ojos cansados de tanto llorar, un mes más tarde, la madre de Jacqueline, junto a un Juanjo de rictus amargo y doliente encabezaban una columna de vecinos, portando un ancho cartel que exigía a las autoridades, la aparición con vida de la joven.
Su retrato se multiplicaba en las pancartas que alzaban sus compañeros de curso.
Mientras, muy lejos de la gran ciudad, en el Sur del país, sumido en las tinieblas grises del humo de los cigarrillos, con voces jolgoriosas y risotadas tenebrosas de fondo, el cuerpecito virginal de Jacqueline se hundía en la profunda oscuridad de la degradación, al compás del vaivén punzante de un cliente.





Aclaraciones de la autora: Desgraciadamente, para muchas familias argentinas, la desaparición de muchachas jóvenes motivadas por el Secuestro con fines de una prostitución esclavizante, es pan de todos los días. La trata de blancas, en nuestro país, ha crecido notoriamente desde 2004 a la fecha y alarma a las ONG la baja en la edad de las menores secuestradas. Pocas, son las que pueden volver del infierno para contarlo.


Si te interesa conocer más sobre el tema, vale la pena leer la nota cuyo link dejo. http://www.rosario3.com/noticias/pais/noticias.aspx?idNot=69310


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7 de noviembre de 2012

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Era la mar, tan bonita.

Era la mar, tan bonita,
que llegó a ella una lágrima,
la lágrima, se hizo verso,
y el verso, se hizo montaña,
y la montaña, una luz,
y la luz, un horizonte,
y el horizonte en amor
y el amor se hizo verso,
y el verso se hizo voz,
¡y la voz, la voz se hizo universo. ¡
                               Julia Orozco.
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6 de noviembre de 2012

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La esfera armilar.

Foto de Internet. La esfera Armilar.
De entre todas las cosas que le podrían pasar para llevar de culo la tarde, que le cayera un chaparrón era la peor. No hacía ni veinte minutos que se había tomado algo para el resfriado y ahora sentía que el mundo se abatía sobre él. No es que estuviera enfermo, es que su hipocondría podía con él y en el momento en que sentía que podría caer en las garras de cualquier enfermedad estaba atiborrándose a medicamentos que no siempre traían prescripción medica ni siempre se expedian en una Farmacia. El caso es que en aquel momento, empapado con unas ganas enormes de estornudar y la fiebre incipiente que le acechaba, más a nivel imaginario que a nivel real, le hacían buscar desesperadamente un lugar donde guarecerse en aquella zona de la ciudad vieja, entre callejones mal empedrados, casas raidas por el tiempo y personajes indefinidos que aparecían o se borraban bajo la tormenta en función de la distancia a la que se encontraran. La tormenta, inmisericorde, arreciaba justo en el momento en que apontocándose en una puerta, ésta cedió abriéndose.

La Cueva de Alí Baba.

La puerta era una de esas puertas de comercio realizada en un metal antaño dorado y más oxidado que en estado de revista. Un grueso panel de madera contrachapada tapaba un cristal defenestrado desde hace tiempo. En el interior, húmedo y cálido sólo la quietud del abandono parecía reinar en un lugar tan dejado de la mano de Dios cómo cuajado de historias en cada uno de los objetos que albergaba. Se incorporó no sin sentir dolor en un codo pues al apoyarse en la puerta y ceder de golpe había caido con aparatoso gesto. No se preocupó de ver si alguién le había visto internarse en aquella suerte de cueva maravillosa, caverna cuajada de restos de naufragios y dió un paso al frente sin dejar de tocarse el codo que remitía en su dolor. Sólo había tenido que pensar en alguna suerte de analgésico para que el efecto placebo obrase el milagro. Anduvo unos metros sin dejar de mirar aquí y allá y de ir sorprendiéndose a cada zancada ante lo que su vista, al irse acostumbrando a la escasa luz, le iba revelando.

No era un almacen al uso, sino un enorme compedio de objetos a cada cual más extraños y de aspecto más vetusto. Sin duda andaría en el almacén de alguno de los abundantes anticuarios del barrio. Lo que a él le extrañaba y en ello se centró mientras iba olvidando el dolor de su codo es que ante tamaño legajo de artículos de las más variopintas especies y diseños, no había ni una sóla alarma, ni un sólo sistema de seguridad que garantizara la integridad de los objetos que, por otra parte, estaban cubiertos de una generosa capa de polvo a la que temió de inmediato nada más ver. Ipso facto y sin dudarlo sacó su pañuelo de lino y una caja de pastillas para prevenir que las esporas mezcladas con aquellos fondos ingentes de reliquias de otra época lo trasladaran al mismo estrato en que acaso algún día encontraran aquellos objetos. Absorbió la pastilla con avidez y acto seguido se giró sobre sus talones al detectar cierto fulgor anaranjado. Un fulgor que le hizo mirar de inmediato en aquella dirección.

El halo.

Caminó no sin cierto resquemor y agudizando el oido y sin dejar de mirar a uno y otro lado en frenético vaíven de la cabeza. Al menos ya no oía llover y eso para él era una excelento noticia por cuanto no tendría que arriesgarse a salir de nuevo y coger un catarro fatal. Se congratuló de ello y no sin cierto temor, continuó el pasillo adelante con el único ánimo de satisfacer su curiosidad y ver que era aquel fulgor anaranjado tan atrayente. No tardó en descubrirlo al doblar la esquina que formaba un imponente armario de algo parecido a la caoba, muy labrado y ornamentado y deficientemene cubierto por una lona. Allí, al final de otro exíguo pasillo jalonado de reliquias y antiguedades un pequeño objeto que parecía ser cilíndrico era la fuente del fulgor que ahora lo teñia todo de un amarillo anaranjado ciertamente inquietante. A ciencia cierta el objeto le era familiar, si bien no caía exactamente en que era. Era un cuerpo formado por muchos anillos dispuestos en torno a un eje central que rotaban levemente y al hacerlo permitían escapar el fulgor de alguna suerte de lámpara contenida en su interior.

Tosió levemente y eso supuso para él que el mundo se le viniera encima, pues un resfriado para su pretendida mala salud podía ser nefasto y acarrear otras patologías asociadas. Hizo la nota mental de que tenía que comprar las medicinas por internet y sintió que una gran mejoría en el alma se adueñaba de él. Cómo si toda su hipocondria fuera dejando paso a un efervescencia interior de suerte que sus incipientes molestias, más mentales que físicas cómo ya sabemos, se fueran diluyendo poco a poco hasta quedar en nada, en una paz interior absoluta que, sin embargo le impelía a acercarse cada vez más a la esfera. Cómo si lo llamara comenzó a sentir un leve mareo mientras en el techo, figuritas redondas y estrellas giraban al compás del giro esférico de la pelota formada por tantos radios que era imposible de contar. Se sentía bien y se sentía feliz, cómo nunca, cómo siempre, mientras giraba más y más y más deprisa en una arminia universal que sólo podría tildar de suprema.

La mesita de Té.

El tiempo había pasado, el polvo clamaba por sus respetos en el almacén en el que una nueva víctima se acercaba a la esfera armilar. Casi hubiera preferido seguir siendo un hipocondríaco, un enfermo imaginario a pasar el resto de la eternidad transformado en lo que más había apreciado en la vida, una mesita de Té de la época victoriana que había adquirido a buen precio en un viaje a Belfast. Las esferas armilares son elementos misteriosos que envuelven la energía cósmica del universo. Ahora lo comprendía todo y comprendía aún más la existencia de tantísimos objetos que nadie reclamaba, que nadie echaba de menos o siquiera nadie valoraba en lo que valían. Erán, cómo él, curiosos que se acercaron demasiado al objeto y se dejaron cautivar por la mejoría que, fuera lo que fuera que les pasara, experimentaban cerca de la esfera. Ahora ya no sentía dolor ni nauseas ni terminaba de encontrar la felicidad de sentirse enfermo, ahora, él, todos los que allí estaban, eran parte de la esfera armilar.




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