31 de octubre de 2012

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Tan lleno de vida...


Se había despertado a las 9, sabía que era la oportunidad de cumplir de nuevo uno de sus sueños y no podía desperdiciar la mañana durmiendo. Se había duchado, había desayunado aquellas tostadas con mermelada que tantos recuerdos le originaban en la mente y había comenzado la tarea más difícil de aquella mañana: elegir la ropa que ponerse; una cosa estaba clara, la corbata sería aquella morada con  con esas leves rayas grises que tenía la intuición de que tanto agradaba, y el calzado serían aquellos mocasines que tanto reservaba para las grandes ocasiones. Finalmente eligió el traje con un color tan negro como la noche pero con un dueño tan lleno de vida como un amanecer.

Y sin darse cuenta ya era la hora de comer, se sentía como un niño el primer día de colegio, tenía la sensación de que a pesar de sus ochenta y siete años tenía la juventud de un adolescente.
Tras comer puso música en el salón y de nuevo danzó por toda la sala, saltó por el sofá, agarró la fregona y cantó como si le fuera la vida en ello y siguió con aquello hasta que se sintió un poco agotado. Estaba feliz, pero tenía que reservar fuerzas para aquella noche y ya era hora de acabar con los preparativos.

Una vez engalanado caminó durante media hora hasta que llegó a la calle que estaba buscando; allí compro todo lo que necesitaba: un montón de velas, una bolsa llena de caramelos y un montón de comida para la cena.
Cuando por fin llegó a su casa, eran las ocho de la tarde, se aseguró de dejar todas las ventanas abiertas y llenó todo de velas, hasta la puerta de su casa preparó un camino lleno de caramelos, y tras acabar de decorar cocinó la cena, puso sobre la mesa dos copas de champán y unas rosas gobernando el centro de aquella mágica noche. El resto de la gente le habría tomado como un loco si no fuera porque era la noche de  Todos los Santos, y las familias estaban muy preocupadas de disfrazar a sus niños y llenarles las calabazas de plástico de caramelos.

Antes de sentarse a esperar, colocó su disco preferido de vinilo en el gramófono, eran casi las once, intento que no le venciera el sueño, pero la vejez era tan natural como la caída de las hojas en otoño, y para cuando se quiso dar cuenta una voz le despertó:

- Vida mía despierta, tenía tantas ganas de verte... que dulce sorpresa... la casa esta preciosa ha sido muy fácil encontrar de nuevo mi hogar.

Cuando abrió los ojos, allí estaba, tan preciosa como siempre, con aquellas preciosas arrugas que tanta alegría daban a su cara.
Pasaron una noche inolvidable, hablaron, bailaron, se miraron y se intentaron besar, aunque ambos tenían la terrible sensación de querer que nunca acabara la noche, querían huir del sol y del tiempo, y aunque la despedida sería agridulce sabían que la eternidad les uniría para siempre.

- Cariño estás tan guapa como siempre, no sabes la de tiempo que me faltas la de besos que nos quedan y la de besos que nos han robado.

Dijo él mientras una lágrima de felicidad caía por su mejilla, la amaba tanto que hubiera dado todo por tenerla unos minutos más.


- Sabes que somos un todo y que al final de nuestra historia nos sobraran minutos para amarnos. Me haces sentir tan llena de vida por dentro... Te amo.

Era irónico pero cierto, a su lado ella recobraba los latidos y antes de irse ella puso su mano en el pecho y aunque resultaba imposible él pudo oír un corazón.

Cuando ella marcho, él salió de casa y paseo durante una hora con un ramo de flores bajo el brazo, cuando llegó al cementerio, busco el nombre de su amada, puso el ramo de rosas encima de la lápida con su nombre y dejó una caja llena de sobres que sabía que ella leería y en la caja una inscripción:

Te llevo siempre en mi mente y corazón. Has sido, eres y serás la pieza fundamental del puzzle de mi vida.

En la caja estaban las trescientos sesenta y cinco cartas que escribió para ella todos los días del año. Se limpió las lágrimas y se marcho a casa, mientras el resto de niños corrían disfrazados sin saber que ha su lado un corazón lloraba la distancia de la muerte.

En la lejanía se podía ver la silueta de una anciana recogiendo una caja en medio del cementerio, y justo en ese momento un destello de luz apareció a su lado, ella camino despacio, se dio la vuelta buscando algo, y puso su mano en el corazón. Tras sus  cuerpo muerto se podía ver un brillo lleno de vida y de amor, a continuación el destello de luz la absorbió como un fantasma.


Autor: Atenea

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29 de octubre de 2012

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Cuando llego la vejez.

No tenía muchos años,
cuándo llego, la vejez,
aposentada en su cuerpo
tiñendola de vestido
gastado y viejo.

Y fue, en instantes,
cuando se miro
y vio en su cuerpo el
cuerpo de niña
con el que nacio.

Y al verse tan joven,
tan linda y tan pura,
y no le temia a la
vestidura,
pues supo que el fuera
¡da igual como este¡,
que es solo por dentro,
¡como debe verse
el alma del ser¡.
                                  Julia Orozco.
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25 de octubre de 2012

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Gracias




Agradecer a los que nos rodean esas pequeñas cosas que hacen y nos gustan, debería ser algo tan habitual como las sonrisas que se nos escapan a diario sin querer. Agradecer sin formalidades ni obligaciones, o hacerlo con protocolo y de usted, es lo mismo. Siempre esperamos que lleguen a nosotros como nos llegan los colores. 

Todos formamos parte de pequeñas comunidades, alocados o solitarios nos agrupamos entre nosotros para formar parte de algo que queremos y utilizamos. Pero hay veces que olvidamos que siempre detrás de nuestro reflejo hay alguien. No está de más decirlo de vez en cuando. ¡Gracias¡
 
 
 
 Autor: jonhancome

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22 de octubre de 2012

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Demonios nocturnos



Era la madrugada, y no dormía. Estaba cansado, eso sí, pero no había podido conciliar el sueño. Llevaba intentándolo largo rato, dando vueltas en la cama, buscando una posición que facilitara su descanso. Todo era infructuoso. Dormitaba. De vez en cuando caía en un estado de sopor, para luego salir de él dando un respingo. Tenía el cuerpo tenso, especialmente el cuello. Sentía una fuerza opresora sobre el pecho, con algún que otro pinchazo en el corazón. No lograba dejar de prestar atención a cada uno de sus signos vitales; latidos, respiración...Inhalar y exhalar aire por la nariz, con la boca cerrada, lo sumía en ese estado de sopor, de ensueño. Pero allí su mente creaba visiones muy raras: serpientes, luces, figuras fantasmagóricas, etc. Al regresar al estado consciente, encendía la luz del velador junto a la cama, cuyo interruptor tenía al alcance de su mano. Entonces, su mente, en pocos segundos, recuperaba la cordura perdida en el breve lapso que había pasado en lo profundo de ese abismo nocturno. Tras ese segmento temporal de zozobra, a veces apagaba el velador, dejando nuevamente el dormitorio a oscuras. En otras ocasiones, se levantaba de la cama e iba a beber un vaso de agua. Atravesaba descalzo el pasillo y el comedor, y ya en la cocina abría la heladera desde la cual la luz interna de la misma se proyectaba sobre las paredes y el mobiliario del ambiente. Él, sensibilizado como estaba, era invadido por un absurdo temor generado por una supuesta e improbable presencia extraña en el lugar. Se dejaba caer sobre una silla e, inerte, fijaba la vista en el sitio donde supuestamente había visto esa aparición, buscando constatar que allí no hubiera nada; y, en efecto, no lo había. Luego, superado el incidente, regresaba a la cama y retomaba el intento de dormirse. Algunas de esas noches, tenía sueños alucinógenos en los que se encontraba a un perro, o algo parecido, para hablar con mas propiedad. Era un can negro, pequeño, y poseía un solo ojo. Sí, uno solo. Le ladraba y gruñía con furia. Exhibía su dentadura en modo desafiante, y él no lograba escapar. Enviaba desde su cerebro la orden de abandonar la escena y ponerse a salvo, pero sus piernas, agarrotadas, no le respondían. Por lo tanto, quedaba siempre a su alcance, presa de ese engendro dueño de una mandíbula provista de filosos colmillos que, con un único mordisco, sería capaz de desgarrarle la carne en jirones. Encima, ese ojo, negro en la pupila y amarillo en la cornea, lo observaba. Era como si el órgano visual del perro tuviera la facultad de hipnotizarlo y paralizarlo, dejándolo despojado de toda capacidad de reacción. Permanecía a merced de ese animal hasta que, ya sin ninguna chance de sobrevivir a su inminente ataque, despertaba dando un estertoroso salto, como emergiendo desde una profundidad que no pertenecía a este mundo; un inframundo vedado a la mayoría de los mortales y del cual él, por razón nefasta y desconocida, poseía la clave de acceso gravada en su subconsciente. El susto le duraba unos minutos. Para calmarse encendía la luz una vez más y pensaba acerca de la simbología onírica, en la posibilidad de que esa pesadilla fuera portadora de un mensaje; que fuera una advertencia.
A la mañana, despertaba cansado, sin haber descansado lo necesario. Pese a ello, iba a su trabajo sin problemas. Una vez que se alejaba de la casa, ya nada lo perturbaba. Su día transcurría con total normalidad. Al regresar al hogar, con la noche cubriendo la ciudad, se activaba el efecto que lo atormentaba sin darle un respiro.
Una de esas noches, probó recitar los salmos bíblicos y logró que los cristales de la ventana temblaran peculiármente. Esto lo condujo a argüir que esos fenómenos paranormales eran producidos por alguna fuerza demoníaca. Fue entonces que relacionó lo que estaba sucediendo con el templo umbanda con el que compartía la medianera. La Biblia era muy clara al condenar la idolatría desde su primer mandamiento: “No tendrás otro dios, porque Yo soy tu único Dios”.
Buscó un bidón de nafta en la cochera, ese que guardaba por las dudas, y roció una parte del templo vecino con su contenido, después encendió un fósforo y lo lanzó sobre el combustible; todo comenzó a arder. Los bomberos llegaron cuando ya se había consumido más de la mitad de la edificación. A él se lo llevó detenido la policía sin que opusiera ninguna resistencia. Estaba seguro de haber hecho lo correcto, y confiaba en que Dios intervendría a favor de su pronto sobreseimiento.


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21 de octubre de 2012

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A Satisfacción




A Satisfacción

Puedo sentir el sol del amanecer que baja lento y se vuelca sobre mí Es otro cuerpo que me rodea toma mi forma y soy yo Sé cuándo se esconde y tiende una sombra Cuándo abruma de calor la arena que transito porque el aire me quema suavemente en un instante y en otro extingue un aliento leve y frío Solo así puedo ver las formas que se revelan al tacto La mañana que se aparta frente a mí o escuchar el agua que se me ocurre oscura y pulsante asediando la playa sobre la pleamar Voy andando y sin saber por qué sueño otra mañana Otros médanos interminables Tal vez una cabalgata hacia una contienda ajena Otra Diferente a ésta Bajo un sol definitivo lejos del tacto oscuro del mar Lejos de esta placidez de arena blanca y tibia Del agua suave y apenas rumorosa Ojos que no ven por mí se detienen Se alargan hacia los brazos y se encierran en un círculo acechante Es una danza lenta y silenciosa Sin más arrullo que una brisa que me cubre Etérea Enfría el vapor que exhalo Entonces el sol se vuelve sombra helada y aquello que brilla más que el reflejo enrojecido del amanecer es el ondulado acometer de un puñal La fina silueta de acero silicio níquel cortando corpúsculos El caprichoso veteado talando fibras nerviosas El rayo azul hiende cuerpos sensoriales que se agrupan y sostienen Siento parte de la dura piel de la palma de una mano tajearse apretando la hoja del cuchillo Lo aparta del costado apuñalado del cuerpo que danza todavía Veo el ardiente filo desangrando seis millones de células Envío miríadas de señales que se cruzan en los centímetros cuadrados de piel que ya se arrodillan Trabajan para cerrar la herida sobre el acero que cortó también al salir Conecto la vías sensitivas desde las orillas abiertas Doy parte urgente de cuantos cuerpos sensoriales han muerto Cuantos metros de fibras nerviosas han sido seccionadas Cuanta sangre linfa agua fluye de los vasos mutilados Envío avisos y el cerebro ayuda levantando el cuerpo que siento caminar unos pasos Ahora la mano también herida baja y presiona la piel ahogando apenas la hemorragia que nos debilita La otra ha dejado caer el propio acero y trabaja apoyando la palma sobre la arena Sosteniendo El tiempo empieza a correr despacio A latir sobre las sienes Ya no hay temor al cuchillo que se aparta y espera desde el otro borde del círculo Recibo señales de los ojos incrédulos muy abiertos que enfocan el tajo vertical Se alzan y calculan el largo trecho que los separa de una mano limpia que se acerca a sostenernos la cabeza Sangro en el alucinado devenir silencioso de las órdenes que electrocutan neuronas y fibras Sueño un acero damasquino Un puñal corvo y una larga túnica blanca enrojecida Desangro y sueño aquellas otras arenas Sueño el desierto y la sed infinita mientras voy hacia el interior A la profundidad oscura y helada de la herida


Osvaldo Barales


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20 de octubre de 2012

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Volver. . .

Virgen del Valle, San Fernando del Valle de Catamarca, Catamarca
“Sol errabundo, que te asomas en un lugar y te pierdes por otro, dónde estás. . .” se preguntaba la pasajera que acababa de alojarse en uno de los hoteles más recomendados de la ciudad. Había abandonado sobre la cama, su cartera y sus bolsos de equipaje.  Luego de tomar un baño reconfortante, se acomodó en el casi balcón orientado al SO  desde, con congoja por tantos años de ausencia, contempló sus orígenes.
“¿Dónde están Sol, los que te adoraron en el Cuzco* y más allá aún, centinelas de la Cordillera?, insistió con sus mudas preguntas.
“¿Dónde están, los que recorrieron el camino derramando su sangre en la montaña, para construir fuertes y regadíos?”, continuó, con nostalgia.
“¿Y la voz de la Madre Tierra clamando en las piedras que se llevó el viento, dónde se habrá refugiado?
En su viaje había reconocido los montículos en forma de pila piramidal hechos con piedras, generalmente cantos rodados de los ríos y arroyos que bajan de la Sierra de Ancasti,* mirando al cielo, por doquier, pidiendo a la Pachamama*, igual que en un ayer histórico.
La envergadura de las alas del cóndor que en defensa de su territorio, sobrevolaba el lugar, invadido por el autobús con turistas, no la sorprendió. La conocía bien, desde pequeña. Su abuela que había llegado atravesando los Valles Calchaquíes* para conocer su primera nieta, se quedó para cuidarla y cuidándola, le contó historias de sus antepasados, entre ellas la de un cóndor que se animó a comer en la mano de su abuelo.
Abandonó sus recuerdos y su mirada perdida en el tiempo se depositó en la Sierra de Ambato, para preguntarse una vez más: “¿Dónde están, aquéllos, los que tallaron la virgen morena que encontró un español, dicen, en 1618, tan cerca de aquí, en Choya* para convertirse en la Patrona de esta querida Provincia, la morena Virgen del Valle? ¿Quiénes habrían de tallarla en madera, con piel oscura pero con su cabello, nariz y ojos remedando a una hermosa española? Las respuestas no acudieron en su ayuda. Se ponía fresco y tuvo temor de pescar un resfrío. Se cubrió con una manta, tejida por mujeres artesanas, que adornaba un sillón de estilo barroco y volvió a la ventana. Ya atardecía.
Desde allí, como en un ritual extraño, continuó parada, observando la oscura muralla, cuyo filo tocaba el cielo. Las nubes grises y blancas de textura algodonal, descendían por los faldeos de la Sierra de Ambato. Amenazaba  lluvia en el valle, pero sólo la brisa del atardecer se hizo más fresca y no llovió. Las promesas transparentes de las nubes se evaporaron antes de tocar la tierra rasgada por la esperanza. El recuerdo del diaguita azotado por el encomendero de otras latitudes y el grito de la sangre convocando a sus antepasados, desbordaron sus ojos negros en dos gotas saladas que rodando por sus mejillas, cayeron y fueron absorbidas por el cactus de aquella maceta que adornaba el balcón. Cerró la ventana. Cerró una página de su vida.

Aclaración sobre algunas palabras:
Cuzco: es actualmente una ciudad del SE del Perú, ubicada sobre La Cordillera de los Andes. Fue la capital del Imperio Inca y una de las ciudades más importantes del Virreinato del Perú.
Ancasti: Cordón montañoso, ubicado en la Provincia argentina de Catamarca. En quechua, significa “Nido de Águilas”
Pachamama: Es una divinidad de los pueblos autóctonos de La Cordillera de los Andes y proviene del aymara y quechua: Pacha que significa Tierra y mama que significa: Madre. En tiempos modernos y más en los últimos años el vocablo Pachamama en acepción amplia, significa: Mundo, Planeta.
 Valles Calchaquíes: Sistema de valles y montañas del NO argentino, de gran belleza que se extienden de N a S en las Provincias de Salta, Tucumán y Catamarca. Lleva el nombre de una de las naciones aborígenes de raíz diaguita.
Choya: localidad del departamento Andalgalá, en la provincia de Catamarca, Argentina, próxima a su Capital.



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19 de octubre de 2012

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Hacia el Este.

Caminando hacia el este,
encontrarás,
un lugar donde no existen 
montañas,
ni rios, ni tan siquiera la mar,
solo existe (para aquél que sepa verlo),
¡la fuerza del amor...hecha Universo¡.
                         Julia Orozco.
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17 de octubre de 2012

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El esperador


Cual un mendigo. Así me sentía aquella noche. Odiaba la reiterada sensación. La ropa raída y sucia se pegaba sobre mi espalda y piernas. Me había recostado sobre el manchado paredón del "Gutierrez" con la palma de mi mano extendida hacia el cielo, como quien ve llegar un aguacero, esperando algún mensajero rosa. Si, no me equivoco, rosa debía ser. De ningún otro color.

Mi mirada se perdía calle arriba por un rato, mientras presentía lo que ocurría calle abajo. Las imágenes borroneadas en colores básicos, se movían en un ejercicio cotidiano. Hombres, mujeres y autos, solo eran fantasmas teñidos de sensaciones surcando la calle.

Un regalo de algún bien alimentado pájaro aterrizó sobre mi mano. Como siempre, deslicé aquella sobre mi rebelde pelo, fijándolo y limpiando la palma pringosa de tanta intemperie. Hábito juguetón adquirido al terminar la universidad, luego del bautismo.

La mujer de ojotas azules y batón floreado largo, había salido una vez más, bolsita de polietileno en mano y perro pardo de tres patas unido por un cordel en la otra. Me entretuve observando los saltos acompasados que daba el pobre animal para compensar su fantasmal extremidad, mientras pensaba que al menos una persona en la gran ciudad recogía las eses de su mascota como las normas y las buenas costumbres lo indicaban. Normas y buenas costumbres. Ya ni me acordaba.

-Nas nochesss...


-Uenasss...

La miré alejarse tironeando de su pobre objeto pardo y me prometí que un día de estos, bajaría mi mano por un segundo para preguntarle algo que nos uniera en esa callejera intimidad, aún cuando mi pensamiento nunca se reflejara en las palabras que volaban desde mi boca.

Observé mi palma abierta al cielo como una súplica, mi brazo extendido en una posición cansada. No sabía que me había llevado a tomar aquella postura. Parecía apropiada para quién solo espera un mensaje que aclare su alma. Como quien suplica a su propio todopoderoso una limosna de vida, una luz en medio de la oscuridad cotidiana.

Todo había comenzado con una mujer como aquella agarrando mi mano, alguna vez, en un puerto olvidado del sur, la había tomado y leído en ella algo que me llegó como un susurro y hablaba de que rosa llegaría la esperanza y alegría a mi. Algún mensajero la vería y por ello ahora extendida estaba. A la espera.

La calle seguía perdida en penumbras de tristezas. Sombras fugaces de rojo . Leves brisas amarillas .Frutos del paraíso en tonos cambiantes de verde. Seguí esperando en vano mi rosado mensajero. Miré calle arriba. Presentí calle abajo. Mi mano declinando en la espera, vencida por la debilidad de mi brazo.

Una blanca y delgada figura se aproximó hacia mí gritando alegremente.

-Setenticinco...Pibe....Se-ten-ti-cin-co... pirulitos , Ja!..Ja!!..Jaaa!.....

Cada sílaba un respiro, cada espacio un paso. El elegante exponente de la edad perdida, pasaba como todos los días frente a mí, enfundado en ropas de marca y zapatillas aerodinámicas. Unos auriculares amarillos calados en las orejas saltaban, mientras el Walkman se agitaba adherido a su antebrazo, vibrando al ritmo de algún rock o tango olvidado.

-Setenticinco....


Se alejaba

-Setenticinco....Pibe...

Me miraba alegremente, reiterando su muletilla de todos los días, regalándome parte de su orgullosa vitalidad. Una y otra vez, setenticinco. Tropezó por un segundo y continuó mirando hacia adelante.

No parecía correr en pos de algo, sino todo lo contrario, corría para que ese algo no lo alcanzara, con el éxito marcado en su sonrisa. Mientras yo estaba aquí estático, inmóvil, viéndolo pasar trotando.

Lo seguí con la mirada mientras se alejaba, como siempre, rodeado por una nube de felicidad.

Una sombra borroneada de verde se detuvo frente a mí.

-Che viejo!. Vos!. Eh! Si necesitas laburo, yo alguna changa te puedo conseguir. Entendés? Vamos mita y mita. No sos delicado, vos, no?...Che!... Te estoy hablando...

El hombre verdoso se me quedó mirando, a la espera. Sin saber que era yo quien estaba esperando.

-Si. No te digo. Finoli el vago. Todavía que te quiero ayudar me tratás de pelotudo? Andá a cagar. Consigo mejores que vos. Si estás hecho mierda...La concha de tu....

Presentí su mirada de desprecio mientras se alejaba, verde cual fruta podrida en pleno verano, deshecha entre baldosas flojas que salpicaban con la mugre cotidiana su andar.

Comencé a medir el tiempo con el brillar de aquél sol inmenso que hacía hervir mis zonas calvas con gotas burbujeantes de calor. Y el mensajero que no llegaba...

Una nube roja corporeizó a un muchacho frente a mí.

-Tomá viejo. No te lo vayas a gastar en vino...

La fría moneda estremeció la palma de mi mano como siempre. Cuando los demás equivocaban el motivo de mi espera. Volqué la mano en un reflejo instantáneo, acompañado del choque del metal entre las desdibujadas baldosas. El joven la miró caer sin comprender el motivo de semejante desprecio. Mientras se inclinaba a recogerla, su mirada roja se fijaba en mí con visceral indignación.

-Serás pelotudo...

Y seguramente lo era. Supongo que debido a que en mi pasado no supe leer entre líneas lo que aquella mujer de mar me había legado. Pensé en un suspiro que aquel mensajero rosado podría ser el olvido tan temido, mi propio olvido. Tal vez la única opción de felicidad.

Mientras más buscaba y esperaba, mi débil brazo sucumbía proporcionalmente, perdiendo de tanto en tanto algunas briznas de la poca esperanza que restaba.

En algún momento, de aquella luz intensa fui pasando por grises profundos, hasta encontrarme con los brazos caídos en medio de la más cerrada noche.

Aquél rosa esperado nuevamente faltó a la cita y vencido una vez más, sospeché que jamás conocería el mensaje que él para mi portaba.

-Ay!! perdone...

La mujer de las ojotas y batón largo parecía desconsolada. Una leve sensación húmeda recorría mi pierna, mientas el pequeño saltarín de tres patas, me ladraba juguetonamente, disfrutando su fechoría en cada brinco mutilado.

-No es nada. Lindo el pichicho...Qué le pasó en la patita??


-Qué patita?


-La que le falta.


Nos quedamos en silencio mirándonos el uno al otro sin saber que decir en medio de los alegres ladridos.


-Se siente bien? Por qué no se va para su casa??. Tiene no? Se lo ve cansado.


-Es que estoy esperando a alguien...


-No será a Don Atilio, no? El viejito que hacía jogging...Le digo porque veo que él siempre le habla. Vio?. No es que me interese. Casi nadie más le habla. Odio a la gente metida. Sabe? Acá parece que todos estuvieran esperando que pase algo para contarlo. Como mi vecina, la Aurora, que se pasa todo el día en la ventana mirando lo que...


Hombre famoso, pensé. ¿Qué sería lo que lo distinguía del resto de los ancianos que cubrían las colas de banco cada principio de mes? Cada número final de documento un día distinto, cada baldosa una silla y una charla indiscreta, pasando revista a un pasado gris, pleno de recuerdos y un blanco hoy, vacío de novedades.


-No. Él pasó hace un ratito. -Interrumpí- Como siempre. Usted sabe: "Seteinticinco, Pibe".


-Por eso. No le digo. Vaya a descansar. Don Atilio no pudo ser. Acá todo se sabe.


No me sorprendió la mirada de extrañeza que la mujer me dedicó. Me recliné una vez mas sobre la pared decorada por algún alumno olvidado. Tal vez la primera y última de sus obras plásticas, impulsada por los objetivos de alguna maestra ambientalista o el propio afán de conquista de aquellos pequeños pedazos urbanos sin nombres y repetí:


-Recién pasó. No lo vio?. Venia del lado de Córdoba.


-Don Atilio murió hace una semana. Me duele tener que contárselo yo. A mí estas cosas me ponen re-mal. Re - mal, desde lo de mi finadito. Hace una semana, le digo. Cuando estaba haciendo jogging. Justo frente al hospital. Lo puede creer ?. Calláte "Cervantes"!!! Que el señor no es un árbol. No pudieron hacer nada. Es que era muy viejito. Más de setenticinco...Dicen.

-Seteticinco...-Susurré-

Miré al perro de tres patas que parecía no tener descanso en su búsqueda de equilibrio. Los ojos de la mujer en azules ojotas y batón largo floreado, me escrutaban con preocupación, mientras perdida mi mirada en una calle vacía, no encontraba la figura de aquel hombre blanco con sus taitantos pirulos encima. No tenia dudas.

-No. Recién lo vi...


-Como quiera. No le voy a discutir... Pero fue el viernes pasado... Un infarto... La carroza fúnebre pasó por acá. Es que él vivía a dos cuadras. Estoy segura. Era jubilado de Luz y Fuerza. Le digo por que una de las coronas decía Luz y Fuerza. O SEGBA. No me acuerdo. Pero estoy segura. Era él. Lo leí en el letrero de la carroza. Atilio Rose - Q.E.P.D. Decía. Rose, como el vino. Me acuerdo por el color.

Miré calle arriba y sospeché lo que ocurría calle abajo. Las imágenes borroneadas en colores básicos, seguían moviéndose en un ejercicio cotidiano. Hombre, mujeres y autos, seguían siendo fantasmas teñidos de sensaciones surcando la calle Tal vez mañana encontraría la solución a mi persistente espera. Cuando recobrado el vigor de mis brazos, pudiera extender la palma de mi mano hacia aquel cielo, aguardando a un mensajero rosa, al que nunca vi entre tantos colores primarios.

Me fui caminando lentamente, deseando no padecer ningún tipo de daltonismo del alma, como si nada, mientras, no sé por que motivo, en mi mente retumbaba en forma constante un "setenticinco...pibe...se-ten-ti.-cin-co pirulitos...Ja!..Ja!!...Jaaa!!"

OPin
Bs. As. 2000
© Copyright 2010
Once Cuentos sin Rumbo
ISBN 987-43-8446-9


Ilustración: Globos negros - obra de Alejandro Boim

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14 de octubre de 2012

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Nos cuentan los maestros XXXIX - William Faulkner

-¿Existe alguna fórmula que sea posible seguir para ser un buen novelista?

-99% de talento... 99% de disciplina... 99% de trabajo. El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo. Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra.

-¿Quiere usted decir que el artista debe ser completamente despiadado?

-El artista es responsable sólo ante su obra. Será completamente despiadado si es un buen artista. Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo...

-Entonces la falta de seguridad, de felicidad, honor, etcétera, ¿sería un factor importante en la capacidad creadora del artista?

-No. Esas cosas sólo son importantes para su paz y su contento, y el arte no tiene nada que ver con la paz y el contento.

-Entonces, ¿cuál sería el mejor ambiente para un escritor?

-El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada qué hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo da cierta posición social; no tiene nada qué hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor". Y él podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.

-¿Bourbon?

-No, no soy tan melindroso. Entre escocés y nada, me quedo con escocés.

-Usted mencionó la libertad económica. ¿La necesita el escritor?

-No. El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Que yo sepa nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado. El buen escritor nunca recurre a una fundación. Está demasiado ocupado escribiendo algo. Si no es bueno de veras, se engaña diciéndose que carece de tiempo o de libertad económica. El buen arte puede ser producido por ladrones, contrabandistas de licores o cuatreros. La gente realmente teme descubrir exactamente cuántas penurias y pobreza es capaz de soportar. Y a todos les asusta descubrir cuán duros pueden ser. Nada puede destruir al buen escritor. Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte. Los que son buenos no se preocupan por tener éxito o por hacerse ricos. El éxito es femenino e igual que una mujer: si uno se le humilla, le pasa por encima. De modo, pues, que la mejor manera de tratarla es mostrándole el puño. Entonces tal vez la que se humille será ella.

-¿Trabajar para el cine es perjudicial para su propia obra de escritor?

-Nada puede perjudicar la obra de un hombre si éste es un escritor de primera, nada podrá ayudarlo mucho. El problema no existe si el escritor no es de primera, porque ya habrá vendido su alma por una piscina.

-Usted dice que el escritor debe transigir cuando trabaja para el cine. ¿Y en cuanto a su propia obra? ¿Tiene alguna obligación con el lector?

-Su obligación es hacer su obra lo mejor que pueda hacerla; cualquier obligación que le quede después de eso, puede gastarla como le venga la gana. Yo, por mi parte, estoy demasiado ocupado para preocuparme por el público. No tengo tiempo para pensar en quién me lee. No me interesa la opinión de Juan Lector sobre mi obra ni sobre la de cualquier otro escritor. La norma que tengo que cumplir es la mía, y esa es la que me hace sentir como me siento cuando leo La tentación de Saint Antoine o el Antiguo Testamento. Me hace sentir bien, del mismo modo que observar un pájaro me hace sentir bien. Si reencarnara, sabe usted, me gustaría volver a vivir como un zopilote. Nadie lo odia, ni lo envidia, ni lo quiere, ni lo necesita. Nadie se mete con él, nunca está en peligro y puede comer cualquier cosa.

-¿Qué técnica utiliza para cumplir su norma?

-Si el escritor está interesado en la técnica, más le vale dedicarse a la cirugía o a colocar ladrillos. Para escribir una obra no hay ningún recurso mecánico, ningún atajo. El escritor joven que siga una teoría es un tonto. Uno tiene que enseñarse por medio de sus propios errores; la gente sólo aprende a través del error. El buen artista cree que nadie sabe lo bastante para darle consejos, tiene una vanidad suprema. No importa cuánto admire al escritor viejo, quiere superarlo.

-Entonces, ¿usted niega la validez de la técnica?

-De ninguna manera. Algunas veces la técnica arremete y se apodera del sueño antes de que el propio escritor pueda aprehenderlo. Eso es tour de force y la obra terminada es simplemente cuestión de juntar bien los ladrillos, puesto que el escritor probablemente conoce cada una de las palabras que va a usar hasta el fin de la obra antes de escribir la primera. Eso sucedió con Mientras agonizo. No fue fácil. Ningún trabajo honrado lo es. Fue sencillo en cuanto que todo el material estaba ya a la mano. La composición de la obra me llevó sólo unas seis semanas en el tiempo libre que me dejaba un empleo de doce horas al día haciendo trabajo manual. Sencillamente me imaginé un grupo de personas y las sometí a las catástrofes naturales universales, que son la inundación y el fuego, con una motivación natural simple que le diera dirección a su desarrollo. Pero cuando la técnica no interviene, escribir es también más fácil en otro sentido. Porque en mi caso siempre hay un punto en el libro en el que los propios personajes se levantan y toman el mando y completan el trabajo. Eso sucede, digamos, alrededor de la página 275. Claro está que yo no sé lo que sucedería si terminara el libro en la página 274. La cualidad que un artista debe poseer es la objetividad al juzgar su obra, más la honradez y el valor de no engañarse al respecto. Puesto que ninguna de mis obras ha satisfecho mis propias normas, debo juzgarlas sobre la base de aquélla que me causó la mayor aflicción y angustia del mismo modo que la madre ama al hijo que se convirtió en ladrón o asesino más que al que se convirtió en sacerdote.

-¿Qué obra es ésa?

-El Sonido y la Furia. La escribí cinco veces distintas, tratando de contar la historia para librarme del sueño que seguiría angustiándome mientras no la contara. Es una tragedia de dos mujeres perdidas: Caddy y su hija. Dilsey es uno de mis personajes favoritos porque es valiente, generosa, dulce y honrada. Es mucho más valiente, honrada y generosa que yo.

-¿Cómo empezó El Sonido y la Furia?

-Empezó con una imagen mental. Yo no comprendí en aquel momento que era simbólica. La imagen era la de los fondillos enlodados de los calzoncitos de una niña subida a un peral, desde donde ella podía ver a través de una ventana el lugar donde se estaba efectuando el funeral de su abuela y se lo contaba a sus hermanos que estaban al pie del árbol. Cuando llegué a explicar quiénes eran ellos y qué estaban haciendo y cómo se habían enlodado los calzoncitos de la niña, comprendí que sería imposible meterlo todo en un cuento y que el relato tendría que ser un libro. Y entonces comprendí el simbolismo de los calzoncitos enlodados, y esa imagen fue reemplazada por la de la niña huérfana de padre y madre que se descuelga por el tubo de desagüe del techo para escaparse del único hogar que tiene, donde nunca ha recibido amor ni afecto ni comprensión. Yo había empezado a contar la historia a través de los ojos del niño idiota, porque pensaba que sería más eficaz si la contaba alguien que sólo fuera capaz de saber lo que sucedía, pero no por qué. Me di cuenta de que no había contado la historia esa vez. Traté de volver a contarla, ahora a través de los ojos de otro hermano. Tampoco resultó. La conté por tercera vez a través de los ojos del tercer hermano. Tampoco resultó. Traté de reunir los fragmentos y de llenar las lagunas haciendo yo mismo las veces de narrador. Todavía no quedó completa, hasta quince años después de la publicación del libro, cuando escribí, como apéndice de otro libro, el esfuerzo final para acabar de contar la historia y sacármela de la cabeza de modo que yo mismo pudiera sentirme en paz. Ese es el libro por el que siento más ternura. Nunca pude dejarlo de lado y nunca pude contar bien la historia, aun cuando lo intenté con ahínco y me gustaría volver a intentarlo, aunque probablemente fracasaría otra vez.

-¿Qué emoción suscita Benjy en usted?

-La única emoción que puedo sentir por Benjy es aflicción y compasión por toda la humanidad. No se puede sentir nada por Benjy porque él no siente nada. Lo único que puedo sentir por él personalmente es preocupación en cuanto a que sea creíble tal cual yo lo creé. Benjy fue un prólogo, como el sepulturero en los dramas isabelinos. Cumple su cometido y se va. Benjy es incapaz del bien y del mal porque no tiene conocimiento alguno del bien y del mal.

-¿Podía Benjy sentir amor?

-Benjy no era lo suficientemente racional ni siquiera para ser un egoísta. Era un animal. Reconocía la ternura y el amor, aunque no habría podido nombrarlos; y fue la amenaza a la ternura y al amor lo que lo llevó a gritar cuando sintió el cambio en Caddy. Ya no tenía a Caddy; siendo un idiota, ni siquiera estaba consciente de la ausencia de Caddy. Sólo sabía que algo andaba mal, lo cual creaba un vacío en el que sufría. Trató de llenar ese vacío. Lo único que tenía era una de las pantuflas desechadas de Caddy. La pantufla era la ternura y el amor de Benjy que éste podría haber nombrado, y sólo sabía que le faltaban. Era mugroso porque no podía coordinar y porque la mugre no significaba nada para él. Así como no podía distinguir entre el bien y el mal, tampoco podía distinguir entre lo limpio y lo sucio. La pantufla le daba consuelo aun cuando ya no recordaba la persona a la que había pertenecido, como tampoco podía recordar por qué sufría. Si Caddy hubiese reaparecido, Benjy probablemente no la habría reconocido.

-¿Ofrece ventajas artísticas el componer la novela en forma de alegoría, como la alegoría cristiana que usted utilizó en Una fábula?

-La misma ventaja que representa para el carpintero construir esquinas cuadradas al construir una casa cuadrada. En Una fábula, la alegoría cristiana era la alegoría indicada en esa historia particular, del mismo modo que una esquina cuadrada oblonga es la esquina indicada para construir una casa rectangular oblonga.

-¿Quiere decir que un artista puede usar el cristianismo simplemente como cualquier otra herramienta, de la misma manera que un carpintero tomaría prestado un martillo?

-Al carpintero del que estamos hablando nunca le falta ese martillo. A nadie le falta cristianismo, si nos ponemos de acuerdo en cuanto al significado que le damos a la palabra. Se trata del código de conducta individual de cada persona, por medio del cual ésta se hace un ser humano superior al que su naturaleza quiere que sea si la persona sólo obedece a su naturaleza. Cualquiera que sea su símbolo -la cruz o la media luna o lo que fuere-, ese símbolo es para el hombre el recordatorio de su deber como miembro de la raza humana. Sus diversas alegorías son los modelos con los que se mide a sí mismo y aprende a conocerse. La alegoría no puede enseñar al hombre a ser bueno del mismo modo que el libro de texto le enseña matemáticas. Le enseña cómo descubrirse a sí mismo, cómo hacerse de un código moral y de una norma dentro de sus capacidades y aspiraciones al proporcionarle un ejemplo incomparable de sufrimiento y sacrificio y la promesa de una esperanza. Los escritores siempre se han nutrido, y siempre se nutrirán de las alegorías de la conciencia moral, por la razón de que las alegorías son incomparables: los tres hombres de Moby Dick, que representan la trinidad de la conciencia: no saber nada, saber y no preocuparse, y saber y preocuparse. La misma trinidad está representada en Una fábula por el viejo aviador judío, que dice "Esto es terrible. Me niego a aceptarlo, aun cuando deba rechazar la vida para hacerlo"; el viejo cuartelmaestre francés, que dice: "Esto es terrible, pero podemos llorar y soportarlo"; y el mismo mensajero del batallón inglés que dice: "Esto es terrible, voy a hacer algo para remediarlo".

-¿Fueron reunidos en un solo volumen los dos temas no relacionados de Las palmeras salvajes con algún propósito simbólico? ¿Se trata, como sugieren algunos críticos, de una especie de contrapunto estético o de una simple casualidad?

-No, no. Aquello era una historia: la historia de Charlotte Rittenmeyer y Harry Wilbourne, que lo sacrificaron todo por el amor y después perdieron eso. Yo no sabía que iban a ser dos historias separadas sino después de haber empezado el libro. Cuando llegué al final de lo que ahora es la primera sección de Las palmeras salvajes, comprendí súbitamente que faltaba algo, que la historia necesitaba énfasis, algo que la levantara como el contrapunto en la música. Así que me puse a escribir El viejo hasta que Las palmeras salvajes volvió a ganar intensidad. Entonces interrumpí El viejo en lo que ahora es su primera parte y reanudé la composición de Las palmeras salvajes hasta que empezó a decaer nuevamente. Entonces volví a darle intensidad con otra parte de su antítesis, que es la historia de un hombre que conquistó su amor y pasó el resto del libro huyendo de él, hasta el grado de volver voluntariamente a la cárcel en que estaría a salvo. Son dos historias sólo por casualidad, tal vez por necesidad. La historia es la de Charlotte y Wilbourne.

-¿Qué porción de sus obras se basan en la experiencia personal?

-No sabría decirlo. Nunca he hecho la cuenta, porque la "porción" no tiene importancia. Un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación. Cualesquiera dos de ellas, y a veces una puede suplir la falta de las otras dos. En mi caso, una historia generalmente comienza con una sola idea, un solo recuerdo o una sola imagen mental. La composición de la historia es simplemente cuestión de trabajar hasta el momento de explicar por qué ocurrió la historia o qué otras cosas hizo ocurrir a continuación. Un escritor trata de crear personas creíbles en situaciones conmovedoras creíbles de la manera más conmovedora que pueda. Obviamente, debe utilizar, como uno de sus instrumentos, el ambiente que conoce. Yo diría que la música es el medio más fácil de expresarse, puesto que fue el primero que se produjo en la experiencia y en la historia del hombre. Pero puesto que mi talento reside en las palabras, debo tratar de expresar torpemente en palabras lo que la música pura habría expresado mejor. Es decir, que la música lo expresaría mejor y más simplemente, pero yo prefiero usar palabras, del mismo modo que prefiero leer a escuchar. Prefiero el silencio al sonido, y la imagen producida por las palabras ocurre en el silencio. Es decir, que el trueno y la música de la prosa tienen lugar en el silencio.

-Usted dijo que la experiencia, la observación y la imaginación son importantes para el escritor. ¿Incluiría usted la inspiración?

-Yo no sé nada sobre la inspiración, porque no sé lo que es eso. La he oído mencionar, pero nunca la he visto.

-Se dice que usted como escritor está obsesionado por la violencia.

-Eso es como decir que el carpintero está obsesionado con su martillo. La violencia es simplemente una de las herramientas del carpintero. El escritor, al igual que el carpintero, no puede construir con una sola herramienta.

-¿Puede usted decir cómo empezó su carrera de escritor?

-Yo vivía en Nueva Orleáns, trabajando en lo que fuera necesario para ganar un poco de dinero de vez en cuando. Conocí a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo. Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro. En seguida descubrí que escribir era una ocupación divertida. Incluso me olvidé de que no había visto al señor Anderson durante tres semanas, hasta que él tocó a mi puerta -era la primera vez que venía a verme- y me preguntó: "¿Qué sucede? ¿Está usted enojado conmigo?". Le dije que estaba escribiendo un libro. Él dijo: "Dios mío", y se fue. Cuando terminé el libro, La paga de los soldados, me encontré con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le dije que ya lo había terminado. Ella me dijo: "Sherwood dice que está dispuesto a hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los originales, él le dirá a su editor que acepte el libro". Yo le dije "trato hecho", y así fue como me hice escritor.

-¿Qué tipo de trabajo hacía usted para ganar ese "poco dinero de vez en cuando"?

-Lo que se presentara. Yo podía hacer un poco de casi cualquier cosa: manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones. Nunca necesitábamos mucho dinero porque entonces la vida era barata en Nueva Orleáns, y todo lo que quería era un lugar donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había muchas cosas que yo podía hacer durante dos o tres días a fin de ganar suficiente dinero para vivir el resto del mes. Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un golfo. El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas... lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los demás.

-Usted debe sentirse en deuda con Sherwood Anderson, pero, ¿qué juicio le merece como escritor?

-Él fue el padre de mi generación de escritores norteamericanos y de la tradición literaria norteamericana que nuestros sucesores llevarán adelante. Anderson nunca ha sido valorado como se merece. Dreiser es su hermano mayor y Mark Twain el padre de ambos.

-Y, ¿en cuanto a los escritores europeos de ese período?

-Los dos grandes hombres de mi tiempo fueron Mann y Joyce. Uno debe acercarse al Ulysses de Joyce como el bautista analfabeto al Antiguo Testamento: con fe.

-¿Lee usted a sus contemporáneos?

-No; los libros que leo son los que conocí y amé cuando era joven y a los que vuelvo como se vuelve a los viejos amigos: El Antiguo Testamento, Dickens, Conrad, Cervantes... leo el Quijote todos los años, como algunas personas leen la Biblia. Flaubert, Balzac -éste último creó un mundo propio intacto, una corriente sanguínea que fluye a lo largo de veinte libros-, Dostoyevski, Tolstoi, Shakespeare. Leo a Melville ocasionalmente y entre los poetas a Marlowe, Campion, Jonson, Herrik, Donne, Keats y Shelley. Todavía leo a Housman. He leído estos libros tantas veces que no siempre empiezo en la primera página para seguir leyendo hasta el final. Sólo leo una escena, o algo sobre un personaje, del mismo modo que uno se encuentra con un amigo y conversa con él durante unos minutos.

-¿Y Freud?

-Todo el mundo hablaba de Freud cuando yo vivía en Nueva Orleáns, pero nunca lo he leído. Shakespeare tampoco lo leyó y dudo que Melville lo haya hecho, y estoy seguro de que Moby Dick tampoco.

-¿Lee usted novelas policíacas?

-Leo a Simenon porque me recuerda algo de Chéjov.

-¿Y sus personajes favoritos?

-Mis personajes favoritos son Sarah Gamp: una mujer cruel y despiadada, una borracha oportunista, indigna de confianza, en la mayor parte de su carácter era mala, pero cuando menos era un carácter; la señora Harris, Falstaf, el Príncipe Hall, don Quijote y Sancho, por supuesto. A lady Macbeth siempre la admiro. Y a Bottom, Ofelia y Mercucio. Este último y la señora Gamp se enfrentaron con la vida, no pidieron favores, no gimotearon. Huckleberry Finn, por supuesto, y Jim. Tom Sawyer nunca me gustó mucho: un mentecato. Ah, bueno, y me gusta Sut Logingood, de un libro escrito por George Harris en 1840 ó 1850 en las montañas de Tenesí. Lovingood no se hacía ilusiones consigo mismo, hacía lo mejor que podía; en ciertas ocasiones era un cobarde y sabía que lo era y no se avergonzaba; nunca culpaba a nadie por sus desgracias y nunca maldecía a Dios por ellas.

-Y, ¿en cuanto a la función de los críticos?

-El artista no tiene tiempo para escuchar a los críticos. Los que quieren ser escritores leen las críticas, los que quieren escribir no tienen tiempo para leerlas. El crítico también está tratando de decir: "Yo pasé por aquí". La finalidad de su función no es el artista mismo. El artista está un peldaño por encima del crítico, porque el artista escribe algo que moverá al crítico. El crítico escribe algo que moverá a todo el mundo menos al artista.

-Entonces, ¿usted nunca siente la necesidad de discutir sobre su obra con alguien?

-No; estoy demasiado ocupado escribiéndola. Mi obra tiene que complacerme a mí, y si me complace entonces no tengo necesidad de hablar sobre ella. Si no me complace, hablar sobre ella no la hará mejor, puesto que lo único que podrá mejorarla será trabajar más en ella. Yo no soy un literato; sólo soy un escritor. No me da gusto hablar de los problemas del oficio.

-Los críticos sostienen que las relaciones familiares son centrales en sus novelas.

-Esa es una opinión y, como ya le dije, yo no leo a los críticos. Dudo que un hombre que está tratando de escribir sobre la gente esté más interesado en sus relaciones familiares que en la forma de sus narices, a menos que ello sea necesario para ayudar al desarrollo de la historia. Si el escritor se concentra en lo que sí necesita interesarse, que es la verdad y el corazón humano, no le quedará mucho tiempo para otras cosas, como las ideas y hechos tales como la forma de las narices o las relaciones familiares, puesto que en mi opinión las ideas y los hechos tienen muy poca relación con la verdad.

-Los críticos también sugieren que sus personajes nunca eligen conscientemente entre el bien y el mal.

-A la vida no le interesa el bien y el mal. Don Quijote elegía constantemente entre el bien y el mal, pero elegía en su estado de sueño. Estaba loco. Entraba en la realidad sólo cuando estaba tan ocupado bregando con la gente que no tenía tiempo para distinguir entre el bien y el mal. Puesto que los seres humanos sólo existen en la vida, tienen que dedicar su tiempo simplemente a estar vivos. La vida es movimiento y el movimiento tiene que ver con lo que hace moverse al hombre, que es la ambición, el poder, el placer. El tiempo que un hombre puede dedicarle a la moralidad, tiene que quitárselo forzosamente al movimiento del que él mismo es parte. Está obligado a elegir entre el bien y el mal tarde o temprano, porque la conciencia moral se lo exige a fin de que pueda vivir consigo mismo el día de mañana. Su conciencia moral es la maldición que tiene que aceptar de los dioses para obtener de éstos el derecho a soñar.

-¿Podría usted explicar mejor lo que entiende por movimiento en relación con el artista?

-La finalidad de todo artista es detener el movimiento que es la vida, por medios artificiales y mantenerlo fijo de suerte que cien años después, cuando un extraño lo contemple, vuelva a moverse en virtud de qué es la vida. Puesto que el hombre es mortal, la única inmortalidad que le es posible es dejar tras de sí algo que sea inmortal porque siempre se moverá. Esa es la manera que tiene el artista de escribir "Yo estuve aquí" en el muro de la desaparición final e irrevocable que algún día tendrá que sufrir.

-Malcom Cowley ha dicho que sus personajes tienen una conciencia de sumisión a su destino.

-Esa es su opinión. Yo diría que algunos la tienen y otros no, como los personajes de todo el mundo. Yo diría que Lena Grove en Luz de agosto se entendió bastante bien con la suya. Para ella no era realmente importante en su destino que su hombre fuera Lucas Birch o no. Su destino era tener un marido e hijos y ella lo sabía, de modo que fue y los tuvo sin pedirle ayuda a nadie. Ella era la capitana de su propia alma. Uno de los parlamentos más serenos y sensatos que yo he escuchado fue cuando ella le dijo a Byron Bunch en el instante mismo de rechazar su intento final, desesperado, desesperanzado, de violarla, "¿No te da vergüenza? ¡Podías haber despertado al niño!" No se sintió confundida, asustada ni alarmada por un solo momento. Ni siquiera sabía que no necesitaba compasión. Su último parlamento, por ejemplo: "No llevo viajando más que un mes y ya estoy en Tenesí. Vaya, vaya, cómo rueda uno". La familia Brunden, en Mientras agonizo, se las arregló bastante bien con su destino. El padre, después de perder a su esposa, necesitaba naturalmente otra, así que se la buscó. De un solo golpe no sólo reemplazó a la cocinera de la familia, sino que adquirió un fonógrafo para darles gusto a todos mientras descansaban. La hija embarazada no logró deshacerse de su problema esa vez, pero no se descorazonó. Lo intentó nuevamente, y aun cuando todos los intentos fracasaron, al fin y al cabo no fue más que otro bebé.

-¿Qué le sucedió a usted entre La paga de los soldados y Sartoris? Es decir, ¿cuál fue el motivo de que usted empezara a escribir la saga de Yoknapatawpha?

-Con La paga de los soldados descubrí que escribir era divertido. Pero más tarde descubrí que no sólo cada libro tiene que tener un designio, sino que todo el conjunto o la suma de la obra de un artista tiene que tener un designio. La paga de los soldados y Mosquitos los escribí por el gusto de escribir, porque era divertido. Comenzando con Sartoris descubrí que mi propia parcela de suelo natal era digna de que se escribiera acerca de ella y que yo nunca viviría lo suficiente para agotarla, y que mediante la sublimación de lo real en lo apócrifo yo tendría completa libertad para usar todo el talento que pudiera poseer, hasta el grado máximo. Ello abrió una mina de oro de otras personas, de suerte que creé un cosmos de mi propiedad. Puedo mover a esas personas de aquí para allá como Dios, no sólo en el espacio sino en el tiempo también. El hecho de que haya logrado mover a mis personajes en el tiempo, cuando menos según mi propia opinión, me comprueba mi propia teoría de que el tiempo es una condición fluida que no tiene existencia excepto en los avatares momentáneos de las personas individuales. No existe tal cosa como fue; sólo es. Si fue existiera, no habría pena ni aflicción. A mí me gusta pensar que el mundo que creé es una especie de piedra angular del universo; que si esa piedra angular, pequeña y todo como es, fuera retirada, el universo se vendría abajo. Mi último libro será el libro del Día del Juicio Universal, el Libro de Oro del Condado de Yoknapatawpha. Entonces quebraré el lápiz y tendré que detenerme.
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11 de octubre de 2012

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Suspiros

  Suspiros


Y acaricio la tibia concavidad de tu espalda,

la beso con alevosía

sintiendo tu estremecer en mis dedos;

me impregno de la tibia humedad

que exhalan cada uno de tus poros

a causa del deseo.

Y te amaso en mis manos,

y te modelo con mis caricias

y de tus jugos me alimento

y en tu cuerpo me fundo en un ultimo suspiro

que me deja sin aliento.
Sento.




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10 de octubre de 2012

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Estaba.

Estaba en el ocaso de su vida, y aquella tarde, le dio por pasear, y sin saber como ni cuando, se encontro en aquél lugar.No lo visitaba desde hacia muchisimos años quizas (pensó), desde aquel dia fatidico dia, en que quedo sola. Su esposo llego del trabajo y se sento en su sillón preferido (aquél que era a cuadros blancos y amarillos), y le pidió algo fresco, y mientras ella volvió. él se fue, sin decir siquiera adios, sin chillar, sin nada que hiciera notar que su vida se apagaba ya.
Si, desde aquél dia, no habia paseado por allí, ahora sus ojos cansados de mirar de llorar y de sufrir, veian la zona como si los viera alguna otra persona.
No sabía bien lo que estaba mirando,quizas eran sus pensamientos los que la habían guiado,no entendia que hacia mirando esas maravillas cuando por dentro estaba tan mal.
Se sentó, en la raiz de aquél árbol en el que grabó su nombre junto al de él.respiraba levemente (quizás estoy cansada pensaba), y la vista poco a poco se perdia en la nada.Se apresuró a levantarse,(por ver si se le pasaba),cuándo al ver que no podía otras manos la ayudaban;
¿Quién eres?(dijo ella sin apenas haber mirado), y al levantar sus ojos, vió el rostro de su amado,
¿eres tú amado mio?¿es qué acaso he muerto yá?, pues si esto es la muerte ¡ya, ya no quiero despertar.
El, suavemente, muy suavemente como quién acaricía un tesoro,le dio un beso en la frente, y se cerraron sus ojos.
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9 de octubre de 2012

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Ballonetas por estoques.

Foto de Internet.
Ozú, mardita sea su arma, se repetía una y mil veces bajo un intenso fuego de artillería que proyectaba restos de piedra, barro y materia orgánica procedente de alguno de los desgraciado que, cómo él, procedian a defender una posición a sabiendas que no les tocaba estar allí y que, aún estando, lo hacían en una guerra que no era la suya. Llovía inmisericordemente sobre el Somme y él, Miguelito el Abogado, cómo le conocían en los cosos de tercera en los que había mostrado su valía con la muletilla con suerte desigual se maldecía cada vez que el sargento de aquella compañia se dirigía a él por Michel. No comprendía cómo se había dejado embaucar en una taberna del Soho londinense para entrar a combatir en aquella porquería de guerra en la que él, cómo español, ni pinchaba ni cortaba. Se retrepó sobre la fría tierra plagada de barro y esperó que pasara la embestida de los boches que machacaban la línea de trincheras sin cejar en el bombardeo exhaustivo de toda aquella trinchera llena de mierda. 

Onceavo Batallón del Regimiento de Cheshire.

Miguelito había toreado en varias capeas con cierta fortuna, adquiriendo cierta notoriedad en aquellos primeros años del Siglo XX. No obstante aquello no le entraba demasiado por el ojo a su padre, un notario de Salamanca que pretendía que su hijo, el único, su primogénito heredara su puesto con el tiempo. Aquello de torear le venía al pelo, mucho más que pasear libros por la cátedra salmantina en la que su padre, cómo decano, tenía un más que ganado prestigio. Las capeas habían sido, por otro lado, una vía de escape más que precisa a la tensión que suponía tener a su progenitor narrándole las mil y una razones por las que el toreo no podría jamas superar en prestigio y dinero a la Notaría que le ofrecía. Aún así, las capeas con vaquillas eran eso, capeas, no suponían más riesgo que un revolcón a mala cogida y lo que él precisaba, a fin de foguearse y demostrarse así mismo era medirse con un toro de verdad, un morlaco de quinientos kilos. De esos cuyos cuernos afloran tres minutos del callejón que el toro propiamente dicho y que hacen que el corazón se ponga en la garganta cómo si te pegaran una patada en el arco del triunfo.

Una bala de mortero cayó cerca y pudo ver la pierna de un francés volar cerca suyo mientras la sangre brotaba a penas. La misma metralla que la había arrancado de cuajo la había cauterizado en el acto. Miguel sintió una arcada y se aferró a su fusil desviando la mirada hacía su compañero Peter, que con los ojos desorbitados parecía la misma efigie de la muerte, blanco cómo el mármol. Así lo había sentido él aquella noche cuando habían saltado en el corralón de los Victorino Pérez. Blanco se quedó al verse descubierto mientras daba un par de capotazos a un amapolado de casi quinientos kilos. Era uno de los capataces que intentaba echarle el guante y del que se zafó empujándole con tan mala fortuna que fue a caer sobre un rastrillo, atravesándolo de parte a parte mientras aquellos que lo acompañaban se perdían en la noche al tiempo que la Guardía Civil comenzaba a darle caza al alborear el día. Logró que su padre lo embarcara rumbo a Inglaterra y allí trató de olvidar. Olvidar la losa que se cernía sobre él.

Trincheras de Sangre y Barro.

Los boches estaban cerca, los sentía, los olía. En Londres había vivido tranquilo hasta que un día alguién le cuchicheó que le estaban buscando, que alguién había hecho correr la voz de que había matado un hombre y que por ello las autoridades le andaban buscando. Eran los días de la Gran Guerra. Se puso nervioso, pensó que sería procesado, ignorando que la Justicia Británica nada tenía que ver con la española y en un momento de agónica pérdida de la razón entre pinta y pinta de cerveza se enroló para luchar en Europa. Había sido el gran salto de Miguelito el Abogado para convertirse en Michael Robert. Michael cubierto de barro y tripas humanas Robert. En aquel momento un boche saltó sobre el y se revolvió contra él dándole apenas tiempo a anteponer su fusil a una andanada de bayoneta que le habría seccionado la yugular. El alemán gritaba cómo un poseso mientras la trinchera saltaba en llamas. Seres humanos que no se conocian de nada dándose candela sin saber porque lo hacían ni para que.

Michael, Miguel, se hacía fuses para contrarrestar la energía del germano mientras comenzaba a llover una vez más, la décima desde que amaneciera apenas dos horas antes. Sentía que las fuerzas lo abandonaban mientras el ímpetu del alemán le hacía luchar una y otra vez por su vida en aquella rampa asquerosa, embarrada y escurridiza en la que se había convertido el parapeto de la trinchera. Miguel pensaba en su padre, en su madre, en la vergüenza en la que habría sumido a su familia, en la idiotez de querer ser torero y acabar en aquel agujero en el cual, si moría, nadie encontraría nunca su cadaver. El boche se ponía pesado y pudo al fin meter la bota entre él y su enemigo e impulsarlo hacía atrás zafándose de él. Sus galones embarrados e ininteligibles se habían convertido en tenebrosos elementos igualitarios entre todos los que en aquella trinchera luchaban por salvar la vida propia o condenar la ajena antes de que una bayoneta o una pistola hicieran bien su trabajo.

Somme.

Miguel se incorporó y vislumbró a su enemigo, tirado en el suelo, tan embarrado cómo él. Impregnados ambos del barro que los igualaba, que no permitía distinguir entre uniformes, grados o regimientos. Sacó su puñal de combate y escupiendo la sangre que se mezclaba con una horrorosa flema producto de la fiebre y el resfriado que la humedad de aquel maldito lugar le había regalado tras cuatro días de guardia en aquella trinchera empapada, sintió cómo la furia se adueñaba de su ser viéndolo todo rojo a su alrededor. Se tiró sobre aquel ser humano y sintió la punzada del error en su estómago mientras caía sin poder detenerse sobre la bayoneta de más de veinte centímetros de su contendiente, interpuesta entre ambos en el último segundo. Sintió lo que siente el toro al ser atravesado por el estoque, al sentir su tripas revolviéndose en torno a un trozo de metal que ya puede estar tan frío cómo el Ártico, que a tí te supone sentir el más candente de los dedos del infierno. 

Michael, Miguel el Abogado, el anónimo soldado del regimiento británico que había sido barrido por los Boches en aquel perdido rincón de Francia se sintió morir cuando al extraer la bayoneta su enemigo para seguir buscando carne de cañón que trinchar. Conteniendo el escape de materia que se escapaba por momentos de su buche contuvo una nueva arcada, ésta de su propia sangre que, abriéndose camino trapaba por su esófago buscando la salida de la boca y la nariz. Sintió frío, gritos a su alrededor, entrechocar de metales y, en un momento dado, un silencio atronador y absoluto que le transportaba a un lugar cálido, seguro y tranquilo. Era el momento de entregar el alma mientras recordaba cómo no había sido nada y cómo se abandonaba de éste mundo sin haber hecho nada que le recordara. Sintió una tristeza absoluta mientras cerraba los ojos.Sentía la tranquilidad de la nada. La sangre brotando, el dolor desapareciendo... El Somme se había cobrado una nueva, y no última, víctima.


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4 de octubre de 2012

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Amores de Café



En el Café de Almagro, ese que tenía un cartel de colores en la puerta, anunciando a "Don Braulio y su  sexteto de oro",  en ese universo tanguero, la conocí. Al susurro de una milonga de fondo, la vi pasar con la bandeja redonda y dos lisos encima, igual que en Santa Fe, la cerveza conservada en barril de hierro, servida en vaso rebosante de espuma en su borde. A mí, me gustaba el chopp, porque el jarro de vidrio acanalado o de cerámica, siempre me hizo acordar a una taza, aquella en la que tomaba la leche antes de ir a la escuela. Quedé prendado de ella. Era la hija del dueño. ¡Ni qué mirarla!  El viejo, Pater hasta los huesos, la cuidaba más que a su vida misma y no permitía que naides le hablara. "Cuando se case, que la cuide el marido que será quien tendrá la obligación", comentaba en voz alta para que los parroquianos lo escuchasen de su propia boca. Yo, que no acostumbraba a venir pa´la ciudad, era un desconocido. Sin embargo, le simpaticé a Don Jerónimo y aprovechando la volada, me lo metí en la bolsa. Durante seis meses, cada quince días, pasaba por el Café, hacía un alto en la jornada, tomaba siempre lo mismo, cosa que a ella le causaba una candorosa expresión, porque le pedía un Chopp y una botella de naranjada. "Es que ansí tomamos la cerveza en el campo, señorita"  y apenas le hablaba, el viejo paraba la oreja, y como gallito de riña, se ponía en alerta. Don Jerónimo, petizo, calvo y flaquito, era un buen hombre y un buen padre. Lo aprendí a querer;  cuando partió, muchos años más tarde, lo extrañé.
Luciana tenía la costumbre de ponerse de espaldas al mostrador y mientras me servía el pedido, me sonreía una y otra vez.  Cuando después de un año de hacerle el filo, me la llevé pa´ el campo, Don Jerónimo se puso pálido y más chiquito, comía poco y estaba triste. Un día, tomé la decisión, cuando bajé a la ciudad me lo llevé a él también. Vendió el Bar con Don Braulio incluido. Ella se puso contenta. Aprendió a cantar vidalitas  y a escuchar otras milongas, las camperas. Siguió el ejemplo paterno y resultó ser una madraza, más vigilante que su propio padre. . . 
naides=nadie
ansí= así
hacer el filo (jerga argentina)=estar de novio
vidalita=estilo musical del campo argentino

Junio de 2012

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2 de octubre de 2012

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Enlazados


Café en Arles, de Van Gogh.


Los tacones destacaban más la fragilidad de sus pasos.

Pasos infinitos hacia la plaza de los sueños.

Sueños que se escapaban por la comisura de sus labios.

Labios que endulzan cualquiera de los segundos.

Segundos que brillaban como estrellas en el escote de su blusa.

Blusa que acaricia la silueta de las sombras.

Sombras de las que huía cuando dobló la calle.

Calle de la alegría número 5.

Cinco latidos lo golpearon al verla aquella noche.

Noche que sonríe alfombrando el camino.

Camino que le parecía el túnel de todos los tiempos.

Tiempos en los que enamorarse tiene sentido.

Sentido que esperaba se mantuvieran con fuerza.

La fuerza misteriosa que atraviesa las miradas.

Miradas que aislaban los sonidos de los pasos.

Pasos que destacan la fragilidad en sus tacones...

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