30 de mayo de 2012

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“La ciudad silenciosa”




“La ciudad silenciosa”


En las ruinas
-ebria de homenajes¬-
la memoria busca en el silencio
ávido de 'voces
el perdón de las grietas
ahogadas en
la perfección de la música.

Rumores de estatuas rotas
Filtrándose en los sueños
Emergen a un mundo subterráneo
Es la piel que viste y desviste Mañanas blancas
Y grises noches.

Intromisión      relieves y dimensiones
En la ciudad silenciosa.

Terrores insolubles
Conspiran contra la palabra
-rota melodía- -espejo roto¬-
mientras la muerte
se demora en el otoño
que refugia las últimas rosas
yo
me despojo
en la ceremonia del fuego
y no siento sino
la ciudad silenciosa.
                                   
                                                                                          Anastacia Esahian  (E.N.C.)
                                                                   

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27 de mayo de 2012

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Tu luz



"Sueño con tu paz, y con que te amarres
a esa luz que imaginas."


Yo he visto a tu hermosa luz.
Brilla como las luciérnagas
en las noches misteriosas,
llena de pura sensibilidad.
Tu luz, a la que te amarras,
como olas besando un faro solitario.
Es la energía de tus sueños,
esa que se transforma en tu paz.
Yo la he visto caminar de puntillas,
temblorosa, sonriendo a cada paso,
hacia ti.
Y la he sentido llorar
luchando contra el mundo,
cuando en algún extraño momento
la dejabas de mirar.
tu luz es maravillosa,
no la pierdas jamás.
tu luz es la razón de tu vida.
Tu luz es tu paz.
Autor: Jonhan
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26 de mayo de 2012

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Acuarelas de otoño



Un susurro de luna
ampara silencios
de viento y penumbra,
y en acuarelas de otoño
nutre esta piel
que viste de mariposas.


Mágico elipsis
refugia la agonía de la tarde,
cubriendo con oasis
este sueño de ocaso
que reverbera
en el perfume de tu abrazo.


Tu mirada de horizonte
es cobijo de mi estrella
y en la ventana del olvido
se desvanecen ayeres
renaciendo en la huella de este diagrama de Amor.


Anastacia Esahian
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25 de mayo de 2012

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Y dicen que madre e hija...




Mami dime,(preguntaba aquella niña),
¿donde se van las estrellas cuando el 
sol sale en el cielo?.
La madre, quedó callada, ¡no sabia la
respuesta, y tranquila y pausada le dijo
justo a su vera;
Mi niña, una mami no sabe toda respuesta,
pero si, puede buscarla y después,
puede aprenderla.
Quedó dormida la niña, la madre solo
pensaba, ¿donde irian las estrellas
cuando la noche se apaga?.
Y al fin, quedo dormida, y soñó
que era estrellas, y que debajo del sol
¡dormitaba en larga espera¡.

Y despertó a su hija, y le dijo
¡ya lo sé,las estrellas niña mia
¡no llegan a desaparecer, duermen 
debajo del sol cuando este se
despierta, y cuando el sol ya se 
duerme,
¡todas ellas se desvelan¡.
Y dicen que madre e hija, miran juntitas 
al sol, y que hasta ven las estrellas
¡dormidas, en su calor¡.


Julia Orozco


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23 de mayo de 2012

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El pibe calavera

Bodegón de Mickey obra de César Galicia
Los indios Pieles Rojas estaban enloquecidos. Habían formado un círculo a la carrera rodeando a los integrantes de una patrulla del ejército que ya no sabía cómo defenderse. Montando en pelo sus broncos overos y tobianos, se erguían sobre esos briosos lomos apuntando las flechas en pleno movimiento, impulsándolas por medio de arcos de las más finas maderas de los que colgaban curiosamente, como amuletos para la certera puntería, racimos de plumas de las aves más coloridas del lugar.

El comandante norteamericano descargó las últimas balas de su pistola Colt 45 con cachas de nácar. Miró a su alrededor y vio como su teniente y el sargento primero Parker yacían inmóviles en el asiento delantero del Jeep. Recorrió con su mirada el resto del convoy y la imagen que recibió lo sumergió en la más profunda desesperación. La tanqueta había recibido cientos de flechas incendiarias que la habían inutilizado luego de que los indios hubieran paralizado las orugas mediante la acumulación de inmensas rocas que impedían cualquier movimiento. El bazooka había recibido una carga de mazacotes de barro que taparon su cañón y lo habían hecho explotar al primer intento de disparo. Incluso los misiles habían sido desactivados con la orina destilada que el brujo de la tribu había preparado especialmente para ese fin…

…no había forma que los blancos ganaran la batalla…

Daniel hizo una pausa para meditar sobre la planificación del ataque final cuerpo a cuerpo entre el cacique Toro Sentado y el General Patton, cuando sintió que alguien o algo se movía entre el pasto salvaje del terreno baldío junto a su casa.

Ya se había acostumbrado a las incursiones de extraños por los fondos del terreno lindante donde muy a pesar de sus padres se terminaban acumulando los restos de la vida ya sin uso de otros vecinos. Mamá solía gritarles que eso no era un basurero, que se fueran a tirar las cosas a sus casas, pero para cuando alcanzaba a abrir la puerta cancel o subirse a la medianera para enfrentar a los maleducados repartidores de basura, ya era tarde y cuanto mucho recibía como devolución hacia su dictado de buenas costumbres ciudadanas, algún insulto proferido de espaldas y a la carrera.

Con un Siux en la mano izquierda y un general de la segunda guerra en la otra, Daniel organizó una patrulla de avanzada para investigar de qué se trataba esta nueva incursión del enemigo.

Por si acaso siempre tenía preparada su escalera junto a los ladrillos apilados de la medianera. Había colocado los cajones de metal de alambre que el sifonero dejaba olvidados de tanto en tanto, conformando un zigzag en progresión de uno, tres y cinco elementos hasta llegar a la altura mínima que le permitiera espiar por sobre los vidrios cortados que encumbraban la pared como defensa contra los profanadores de patios traseros y ropa colgada.

Recordaba mientras tanto que en una ocasión habían dejado una bolsa con cinco gatitos que no le dejaron quedar, otra con un perro viejo en estado de putrefacción que lo miraba fijo desde sus cuencas vacías como si pudiera ver su cara de asco mezclado con curiosidad. Muchas otras veces se trataba simplemente de papeles, latas de pintura seca, pinceles, brochas, rodillos o baldes que ya no podrían nunca volver a ponerse a trabajar.

De todas esas cosas a él, como a cualquier otro chico, le atraían las que tuvieran algo que ver, aunque fuera en lo más mínimo, con el tema de la muerte.

No importa que entendiera, o no, de ella. Es más, cuanto menos pudiera explicarla mejor, pues los niños siempre se sienten atraídos por el enigma que implica más que por cualquier otra imagen o idea asociada.

Los primeros contactos suelen ser sutiles, casi inadvertidos. El perro viejo que tanto quería y que según sus papás se le regaló a un señor que tiene campo y ahora se encuentra feliz y corriendo a las ovejas; el pescadito dorado que amaneció panza arriba por una indigestión de escamitas y terminó girando un vals en las turbulentas aguas del inodoro (vía lógica hacia la puerta dorada del cielo de los peces del mismo color); el gatito abandonado que aún con el cordón umbilical unido y los ojos cerrados alimentó con leche y whiskey sustraído del bahiut de papá para que soportara las duras noches de invierno más calentito y feliz; la rana que pisada por un auto se parecía más a una calcomanía que a un animalito de verdad caído en desgracia, el conejo muerto que cremó en el baldío de la vuelta con docemil fósforos Ranchera y alcohol de quemar para ver con repulsiva sorpresa como escapaban los gusanos por cada orificio o herida que los alejaban de las llamas, o las “chanchitas” que pescaba en el río y destripaba con un simple apretón entre los dedos hasta que volcaban su caviar inútil sobre las zapatillas embarradas.

Todo acto constituia parte de un ritual macabro que a los niños se les da con total naturalidad y es parte importante de la vida para entender a la muerte. Algunos matan pajaritos, otros no, algunos pescan anguilas y ranas y las comen y otros tampoco.

Daniel, por suerte, tenía una vida luminosa y suburbana exenta de videojuegos, noticieros, diarios o cualquier tipo de información que le robara la inocencia haciéndolo crecer con una no deseada velocidad mediante informaciones que adelantaran sus propias conclusiones sobre aquello que en lugar de ver, vivía.

Poco a poco había interiorizado lo natural de que todo tenga un final y comenzó a preguntarse lógicamente en cómo sería el propio, o como era el de los demás. Un tabú que se mantenía incólume con el transcurrir del tiempo, sin datos fehacientes ni otro relato que el idílico cielo al que, si se portaba bien, podría llegar a acceder algún día.

Asomado sobre su escalera metálica con ausencia de sifones, pudo ver que en el paisaje aledaño solo se había agregado una simple bolsa de arpillera del estilo cafetera, que impedía adivinar lo que ocultaba su interior. La bolsa no se movía al compás del viento como otras dejando de tanto en tanto vislumbrar las formas o el contenido oculto en su interior. Pero era grande. Casi como una persona pequeña. Seguramente luego, cuando mamá no se diera cuenta, iría a investigar ese contenido que como un regalo sorpresa despertaba y aceleraba su imaginación.

Eran los 60 que promediaban su década, las pantallas catódicas monocromáticas y valvulares se veían animadas por personajes que volvían o esquivaban a la muerte de la mano de Boris Karloff, Bela Lugosi , Vincent Price o Lon Chaney Jr. haciendo que todos los pibes que disfrutaban de las tardes de invierno frente al televisor, olvidaran en medio del zumbido del estabilizador de tensión cualquier implicancia real que pudiera tener el verbo morir. Por el contrario, hasta les resultaba divertido.

Daniel era de aquellos niños que se vieron atrapados en medio de las tendencias modernosas de la educación primaria, haciéndolo zozobrar en los mares de una educación experimental que por aquellos años traía a las aulas plenas de infantes, métodos y temas que simplemente habían estado siempre circunscriptos a las aulas de los colegios secundarios.

Eran épocas en que las mal llamadas matemáticas modernas con sus teorías de los conjuntos recién ingresaban en lo educacional, pero a los críos se los iba incluyendo en esa misma modalidad mediante regletas e intersecciones abriendo sus mentes a lo que sería en el futuro el inicio de lo computacional.

Una ráfaga fuerte de un viento encajonado en un Venturi de baldío azotó de manera feroz el entretejido de arpillera sin lograr moverlo ni un solo milímetro indicando que aquello que contenía tenía un peso por demás superior.

Patton quedó perplejo mirando a Toro Sentado sin lograr adivinar de qué se trataba.

¿Habrá sangre como en los experimentos de la escuela?

Experimental por todo experimento, el alumnado no era el único cobayo utilizado y así muchos se habían visto inocentemente inaugurando laboratorios de biología donde la vivisección se adelantaba a los años y los bisturíes eran comandados por manitos de no más de diez años.

Y la bolsa que no flamea al viento.

-Señorita...a la rana le duele... ?

Preguntó Daniel frente a una de las tablas donde la rana crucificada con alfileres dormitaba entre vapores de éter a la espera del corte brutal que expusiera sus intimidades funcionales.

-Seño...pero después la cocemos y se va a poner bien... ?

Y mientras la respuesta se hacía rogar por eónes, alguna compañerita decidida y corajuda hacía el primer corte abriendo al animal en canal con mano mucho más que segura.

Mientras el corazón del bicho aún seguía latiendo ante la mirada atónita del alumnado, Daniel prefirió imaginar que se había convertido en la herramienta de muerte que hacía correr las últimas divisiones del segundero de aquella vida estacada que pugnaba por despertarse y huir en pocos y últimos saltos destripados.

Era su propio corazón el que le reventaba los oídos al ritmo batiente del que observaba adherido en la tabla.

Otro corte y el pulmón del animal, como si fuera una caja de resorte, se había inflado merced a la presión negativa casi diez veces su volumen, en un espectáculo que lo hacía ver mucho más atemorizante y real. Fue ese globo de cumpleaños surcado por venas y arterias que le daban resistencia e impedían que pudiera reventar, el que los había hecho iniciar finalmente la huída. Algún alumno había detenido la carrera y volviendo sobre sus pasos pinchó sin miramientos con el filo del bisturí aquélla horrenda y correosa esfera, mientras los vapores del éter se disipaban y el resto de las amigas saltarinas despertaban lentamente sin cicatrices, ni siquiera de las psicológicas y plenas de renovada vida.

Tal vez lo que había en esa bolsa podría movilizarlo de la misma forma. Hacerlo sentir excitado, asustado, curioso. Parecía que la contemplación de la muerte y el terror que le producía, lograba hacerlo sentir curiosamente más vivo de lo que nadie imaginaba.

Pronto se suspendieron las clases sangrientas de aquellos improvisados laboratorios, pero la idea de la muerte siguió surcando las aulas y la mente de Daniel de manera mucho más cercana y humana. Casi las extrañó.

Patton Y Toro Sentado se escabulleron de sus manos y viajaron por el aire hasta hacer contacto irremediable con el mullido suelo.

Mirando la bolsa de arpillera había recordado que un día, entre cajas de cartón y tiras de trapo, llegó a la clase un invitado especial presentado con total e inmenso orgullo por la maestra. Según les había hecho notar, lograr traerlo no había sido nada fácil, pues no abundaban individuos con semejante talante que quisieran visitar a párvulos revoltosos como resultaban ser Daniel y sus compañeritos.

Cuando la bola de trapos de arpillera abandonó la caja, la maestra comenzó a desenvolverla como si se tratara de la osamenta del rey Tutankamon. Y esa fue justamente la sorpresa, pues no estaba lejos de serlo.

Con la última venda se pudo ver en su total magnificencia una amarillenta y brillante calavera humana sin su maxilar inferior y con casi la mitad de los dientes. El silencio reinó por primera vez en varios años de irrefrenable tumulto escolar y no fue hasta que se posó sobre el primer pupitre que se dieron cuenta que estaban frente a la prueba irrefutable de que lo que les esperaba en el futuro a todos era simplemente eso. Esa muerte descarnada y desdentada que los miraba fijo desde sus cuencas vacías.

Veintiocho calaveras mirando a una sola. Veintiocho vestidas con sus atuendos de carne, piel y pelo, aún no expuestas, contra una que se ofrecía en su total desnudez, solo vestida con algunas letras que decoraban su hueso frontal.

"Yo fui lo que tu eres. Tu serás lo que yo soy".

Las letras de infinita belleza y cuidada prolijidad traían un mensaje que pretendía infundir el respeto necesario como para tratarla con el cuidado que esa pieza merecía. Su color lila desteñido hablaba de un azul perdido por el paso del tiempo y el descuido, mientras que el amarillento brillo de la osamenta provenía de algún barniz protector que no había sido diseñado para recubrir aquellos viejos huesos.

Había pasado de mano en mano hasta llegar a las de Daniel. La sopesó sorprendido por lo increíblemente pesada y grande que era, espió por sus agujeros inferiores descubriendo oscuros pasadizos y cicatrices de antiguos pensamientos que habían quedado atrapados en el tiempo exclusivamente para que él los leyera. Había levantado los ojos y preguntado.

-Señorita ¿Quién era...?

- No lo sé querido- dijo con tristeza- seguramente algún mendigo que donó su cuerpo a la ciencia...-

-¿Y él escribió lo de la frente... digo, pidió que le escribieran eso?

Y le dijo que no, que a veces en las universidades, los encargados del mantenimiento del material de estudio hacen intentos por preservar las piezas colocando recordatorios de que alguna vez también fueron personas.

Alguien sollozaba cerca. La compañerita japonesa hija del tintorero del pueblo no paraba de llorar al borde del desmayo. Para ella no era un simple hueso más. Tal vez era la esencia de un ser humano, el miedo al símbolo de la muerte más conocido o simplemente un aire frío que le recorrió la espina recordándole que todos, todos somos mortales aunque preferimos que no nos lo recuerden tan temprano.

Daniel se descolgó de la medianera para buscar a sus dos figurantes amigos mientras del otro lado de la valla de ladrillos finamente acomodados se escuchaba el sonido de un motor de camioneta que se encendía y prontamente disminuía en volumen indicando su alejamiento.

En la cocina la mamá de Daniel, Doña Elisa, estaba planchando las últimas prendas del día. Como compañía mantenía permanentemente sintonizada su radio capilla en la propaladora del pueblo, “Radio El Triunfo” una muestra inequívoca del sentir musical autóctono mezclada con noticias de actualidad e información local. A Esteban Franco lo esperaba el camión jaula que había pedido en la tranquera sur del campo de los Marelli, Josefa Sanchez le avisaba a su marido que estaba en lo de los Troncoso por lo del parto, había vacunación gratuita para perros y gatos en la municipalidad de 8 a 20 hs. Sábado y Domingo y como la hija de los Arakaki seguía sin aparecer, continuaban pidiendo ayuda a cualquiera que pudiera tener información al respecto.

Arakaki, la compañerita japonesa hija del tintorero que había llorado ante la calavera, símbolo de la muerte de los demás, faltaba de su casa desde muchos días atrás. Daniel ya casi lo tenía olvidado. En la escuela se habló varios días sobre el tema pero el tiempo que todo lo cura y olvida, se llevó por delante el recuerdo a la espera de una inminente reaparición. “Se habría ido de viaje” fue el pensamiento anidado de forma permanente en su mente.

Cuando su mamá terminara el planchado iría a ver la bolsa del baldío de al lado. En secreto por supuesto, porque ella bajo ningún concepto lo dejaría andar investigando basura ajena.

Pero primero tenía algo que terminar.

Cuando volvieron Patton y Toro Sentado los Pieles Rojas estaban más encolerizados que antes. Habían incendiado con Napalm a los integrantes de una patrulla del ejército japonés que ya no sabía cómo escapar del campo de trigo donde se encontraban atrapados. Montando en pelo broncas motocicletas Kawasaky, se erguían sobre las magníficas máquinas apuntando sus misiles tierra-aire a la carrera, impulsándolos por medio de ballestas de las más finas maderas, de las que colgaban como amuletos para la buena suerte, las más coloridas figuritas de hadas con brillantina.

El comandante corrió alejándose de la medianera hacia el campo minado de fósforos Tres Patitos, realizando un zigzag que solo hacía que las minas explotaran más certeramente. Miró hacia el campo de batalla y vio como sus Granaderos a Caballo hacían un cerco para proteger al Sargento Cabral y a un señor que estaba caído bajo su caballo, mientras un Jeep usaba su malacate para liberarlo. Recorrió con su mirada el resto del paisaje y pudo ver como los paracaidistas se lanzaban desde un globo aerostático para caer finalmente sobre los guerreros mongoles que al mando de Atila atacaban el castillo de Sir Lancelot… 

…, sin duda no había forma de que los japoneses ganaran la batalla…

 

OPin
Buenos Aires 2012
© Copyright 2012
Cuentos sin Rumbo
ISBN 987-43-8446-9


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22 de mayo de 2012

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Pétalos de tiempo

 

Naufraga a la deriva
esta goleta sin destino
encallando en rocas de incertidumbre,
pero en el solsticio de tus pupilas
despierta al horizonte
del acuarela de la Vida.

Mientras, yo,
gaviota silente,
me cobijo al abrigo de tus leños
la luna que besa,
con pétalos de tiempo,
susurra caricias de eternidad.

Mas esta lluvia de albas
asoma en la ventana del otoño,
tejiendo sueños
y poblando de Esperanza
esta penumbra…
en el crepúsculo de mis labios.


Anastacia Esahian
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21 de mayo de 2012

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Asesino oculto

El tiempo que pasamos en Québec había sido estupendo. Yo acababa de llegar, y si bien la partida desde Argentina la había hecho con algo de bronca, con ese blindaje que proporciona el irse porque lo que se tiene en el país de uno no cubre las expectativas, al arribar no había podido evitar que la nostalgia invadiera parte de mi ser. Por eso fue una bendición que hubiera hallado tan pronto a Madeleine.
La conocí en una milonga de Montreal. Entré ahí una noche en que tenía ganas de codearme con otros compatriotas, y eso que al salir de Ezeiza había jurado que ya no quería saber nada con mis hermanos criollos, pero el crepúsculo de ese día me había hecho cambiar de opinión. Lo que no sabía es que la mitad de los concurrentes serían canadienses francófonos, ni que la belleza de las damas de esa región no tiene nada que envidiarle a la de las rioplatenses. El tango se ha impuesto en el mundo, y en Québec tiene razones de sobra para hacerlo. El clima es en cierto modo, y salvando las distancias, el más parecido al de Buenos Aires dentro de Latinoamérica; y utilizo este vocablo porque considero a la provincia afrancesada un territorio latino y americano, al igual que Haití. Es cierto que en Canadá hace mucho más frío que en las pampas, pero ambos pueblos conocemos de sobra lo que es un invierno y lo que significa ser “europeo” en América; nuestra música ciudadana lleva implícito mucho de ello. Por otra parte, el tango se consagró luego de triunfar en París; así que, para muchos quebequenses, de origen francés y acostumbrados a la sofisticación del jazz, el tango es una música ideal para saciar su sed de latinidad.
Cuando uno está en el exterior, bailar el tango con una dama del lugar es asumir una carga extra de responsabilidad, es convertirse en embajador cultural de la Argentina. Además, ellas suelen estar esperando la oportunidad de entrelazarse en la danza con un “pibe” rioplatense. Y si bien al principio las chicas canadienses parecen algo distantes, no les falta voluntad, se interesan por aprender y, ya roto el hielo, se revelan amables. Madeleine respondía a ese patrón; fue una experiencia deliciosa bailar con ella, y una vez que bailamos un bloque completo, nos sentamos a conversar en una mesa; por sugerencia mía, la charla estuvo regada por un buen malbec argentino.
Hablamos de tango, de literatura y, claro, de Argentina y Québec. Yo quería saber sobre el festival de poesía de Trois Rivières. Ella se ofreció para acompañarme. Desde entonces, y hasta la semana pasada, no nos separamos más.

Madeleine llegó a Buenos Aires ayer a la mañana, yo había arribado una semana antes, un poco para ir preparando todo para su visita, y otro poco para tener tiempo de hablar con mi familia sin la interferencia de una persona para ellos extraña. Eso me dio tiempo de alquilar un departamento en el centro, y de readaptarme al ritmo de mi ciudad.
El día de ayer lo dedicamos a recorrer las inmediaciones al edificio donde estamos parando, a efectos de que Madeleine comenzara a familiarizarse con el entorno y no dependiera tanto de mí. Luego nos fuimos a dormir, ya que, incluso a ella, el viaje desde Montreal la había dejado agotada, minando su natural tendencia a la aventura; y como estamos en verano, dejamos abierto el ventanal que da al balcón.
Algo terrible pasó: al despertar hallé a Madelaine en un estado calamitoso. No respiraba, y lucía ensangrentada; de hecho, una parte de mí sabía que estaba muerta. Sin embargo, enceguecido por la negación de no aceptar la cruel realidad, llamé a emergencias con la esperanza de que todo fuera un hecho lastimoso aunque superable. Pero no, los paramédicos no hicieron más que confirmar lo que esa parte de mí ya conocía desde el momento en que la vi a mi lado sin signos vitales, o incluso desde antes.

No es fácil aceptar que la chica que amas esté muerta porque un delincuente entró a tu departamento mientras dormías y la mató. Puedes pasar el resto de la vida lamentándote, diciéndote a ti mismo que, siendo éste tu país, deberías haberle advertido que dejar el ventanal abierto podía ser peligroso en estas latitudes. Pero es aún más difícil aceptar que nadie entró al departamento, ni por el ventanal ni por ningún otro lado; que las únicas huellas en la escena del crimen son tuyas; que tienes esa absurda y enferma manía de echar todo a perder cada vez que estás cerca de alcanzar tu propia felicidad.

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20 de mayo de 2012

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Peces



La Niña amaba mirar a sus peces. Pasaba horas embelesada, mirando como los tres se movían en círculos, ignorantes de la estrechez de su mundo. Le encantaba. La relajaban de una forma profunda y completa. Los peces siempre la acompañaban. Olvido es blanca, casi siempre pequeña, Sol es naranja, el más anodino, el menos brillante y Mundo... Mundo cambia de color, si puede, es azul, pero es difícil encontrar un pez azul de agua fría, así que también podía ser negro y, cuando no queda otra opción, amarillo.

La Niña no era tonta. Lo que amaba no eran los peces en sí. Por eso no sufría cuando uno moría y había que reemplazarlo, era la Ley de la Naturaleza. Lo que le gustaba era el micro mundo sencillo, estúpido de alguna forma, colorido. Olvido, Mundo y Sol la acompañaron en una adolescencia bastante común; en su cambio de piso; la acompañaron en su primera relación de pareja; en su segundo cambio de piso; en su segundo novio formal; incluso en una relación intensa de solo un mes y que la llenó como nunca antes nada lo había hecho.

La acompañaron siempre. Y la Niña que ya no era Niña, sino Mujer, cada vez estaba más segura de que su pecera era la más perfecta metáfora del ser humano. Todos vivían en un espacio pequeño, que no lo era menos por estar rodeado de cristal transparente que permitía mirar el exterior.

 Y era pequeño físicamente, el camino en círculos de casa al trabajo que para casi todos los seres humanos era su vida; con alguna escapada al cine: al fondo de la pecera, y alguna otra al Exterior: a otro país; al fregadero, mientras alguien limpiaba el microespacio al que estaban limitados.

Pero también mentalmente, pensamientos casi siempre rodeados de una pecera transparente que permite ver más allá, que permite atisbar otras posibilidades. Otras posibilidades que solo en contadas ocasiones logran traspasar el grueso muro transparente. Porque siempre es difícil hacer efectiva una visión a través de un muro, aunque este sea trasparente.

Una perfecta metáfora, también, porque los humanos, como los peces, olvidan continuamente sus errores anteriores, tanto históricamente como dentro de la propia experiencia. Porque nos obstinamos en recorrer el mismo camino, porque no recordamos que hace solo cinco minutos que le hemos dado la vuelta a la pecera para, al final, chocarnos con el cristal. Repitiendo mil veces un ciclo tan absurdo como infinito.

Y, a veces, iba incluso más allá. A veces pensaba que el hecho de que fueran tres peces era también metafórico. Porque siempre le parecía que Sol y Mundo tenían una relación  especial, que se tocaban entre ellos más a menudo de lo que era necesario. Y la pobre Olvido siempre andaba sola, desparejada... igual que ella misma en ese momento, igual que tantos seres humanos solitarios y desparejados, sufriendo la injusticia de ser, siempre, dolorosamente impares.

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19 de mayo de 2012

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Ese atardecer cargado de sueños...



No sé si sabré decir lo que siento,
es como querer escribir un bonito cuento,
es como sacar de un alma la esencia,
¡es como querer escribir el poema¡.

Verdad sea dicha, la vida es sublime,
los cielos, el sol, el dulce perfume
de esa bella flor,
el suave cántico de un ruiseñor,
el poder sentir que tienes un alma,
ese levantarte todas las mañanas,
ese caminar el dulce camino,
ese beso grande que das con cariño.
Esa mirada que funde la tuya,
ese leve roce de dos almas juntas,
ese atardecer cargado de sueños,
esa bella noche que aplaca tu anhelo,
esa dulce calma que invade tu alma,
ese escribir con paz y con calma.
Es la vida misma sublime y hermosa
¡es la vida siempre, la bella unidad
que funde las cosas¡.

Julia Orozco.
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17 de mayo de 2012

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Prometo mejorar


Hay pocas cosas en el mundo, que nos diferencian a los seres humanos, del resto de seres que cohabitan esta gran esfera azulona. Y de estas pocas, tengo que reconocer que, la que mejor nos identifica es la imaginación.

La imaginación que nos hace progresar, que nos hace perseverar. Que estimula nuestros sentidos, incluso cuando soñamos despiertos. Es esa energía viajera, que transforma en contactos neuronales las chispas de cualquier dimensión.

Y dicho esto, me alejo corriendo, con traspiés incluido, de los expertos científicos, exploradores de la posible nada y ese extraño lenguaje que desconozco, para deciros solamente una cosa: gracias por compartir vuestra imaginación.

Compartir lo que imaginamos, mediante un escrito es algo tan…emocionante, que podría convertirse en la única realidad; si no fuera, por el resto de cosas que diferencian a los seres humano, del resto de seres de esta canica brillante.

Cuando la imaginación del escritor se comunica con la imaginación del lector, la fuerza es tal, que nos hace vibrar. Los sueños se entrelazan deseando ése final, o un nuevo principio, o !qué sé yo¡ mas vida quizás.

Gracias a todos los que contáis lo que imagináis. Y… prometo mejorar.


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16 de mayo de 2012

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El postre

 
No era cosa fácil que “el Anastacio” viniera para el pueblo, menos que dejara su rancho y campito en manos de otros, todo para llegar hasta lo de su prima Clotilde. A su manera, la quería de verdad, y no porque fuera su única pariente. Le molestaba, sin embargo, su repetida insistencia en presentarle alguna de sus amigas, porque según ella, pasando los sesenta y cinco le sería cada vez más difícil encontrar compañera. Tanto había hecho la mujer, esta vez, que no podría decirle que No. Le iba a preparar su comida favorita: locro.

El mensaje con la invitación le había llegado a través de Alberto, el chico medio mozo ya, que criara Clotilde, a pesar de haber dado vuelta la curva de la vida.

_ A ver, che, leé lo que dice tu madrina en este papel, ordenó Anastacio, alegando que veía poco.

_ Sí, tío, contestó con frescura el joven que no siendo muy ducho en la lectura, fue deletreando las palabras.

_ Más rápido, muchacho, que no está contando vacunos.. .apuró el invitado.

_Ansí, que la Clotilde quiere que vaya bien arreglado y “guenmozo”. ¡Ay! Esta prima mía, ve menos que el que habla, dijo en voz alta insistiendo:

_ Y ¿qué más, qué más, muchacho?

_Dice que va a hacer locro y empanadas, respondió el ahijado, quien ya no podía seguir leyendo porque la letra de su madrina se tornaba borrosa. Entonces, inventó:

_Dice que Ud., lleve pastelitos pa´ el postre. La aseveración del chico sorprendió a Anastacio que saltó:

_Y ¿de ande voy a sacar yo pastelitos, si en este rancho no hay mujeres, pa´ que los preparen? La imaginación de Alberto se encendió y rápidamente contestó:

_Cómprelos en el almacén de Don Justo. Si quiere, yo se los encargo y me ocupo, tío. La idea le gustó al Anastacio. Le dio una palmada al chico y con una sonrisa de despreocupación, le dijo:

_ Si es ansí, encárguelos m´hijo.

Pero, como buen atolondrado, un poco niño, un poco joven, producto de sus 16 años, al muchacho, se le voló la responsabilidad del encargo apenas pegó la vuelta para el pueblo.

El día de la invitación, Clotilde recibió junto a su primo a su amiga Ignacia, una viuda adinerada que no soportaba vivir sola y en consecuencia hacerse cargo de los menesteres del campo, que en vida de su esposo, nunca la preocuparon.

Cuando su prima se la presentó, “el Anastacio” quedó nervioso, pero gustoso de esa mujer madura, tal vez un poco mayor que él. Lo primero que advirtió de la viuda, fueron sus “redondeces” y le gustaron, cosa que ya había afirmado en muchas ocasiones, en rueda de paisanos y amigos, cuando se tocaba el tema de la mujer: “A mí no me gusta la mujer flaca, a mí me gustan las redonditas, las que tienen redondeces”

Comieron para empezar, unas empanaditas calientes, un poco peligrosas para quien no andaba muy bien del hígado, ya que eran fritas en grasa pella de vacuno. Continuaron con el riquísimo locro, comida bien del campo y perteneciente al más caro folklore nacional, impecablemente preparado por Clotilde, con maíz blanco, patitas de cerdo, costillitas de vaca, porotos, zapallo, chorizos y una especial forma de condimentarlo.

Cuando Alberto, se dio cuenta de la “metida de pata”, mientras los invitados conversaban con su madrina, salió desesperado hacia el almacén de Don Justo que, para su suerte, quedaba a sólo una cuadra de la casa. Pero, para su desgracia, los pastelitos se habían agotado. No restaba ni uno.

_ Mirá, muchacho, lo único que me queda pa´ postre y es de ayer, es esta torta de quince que no me vinieron a buscar,¡Ah,. . . desgraciados! ¡Me clavaron!

_ ¡No! gritó Alberto, (si les llevo esto me matan, pensó). Pero realmente los invitados esperaban el postre que sería una sorpresa para las mujeres y pastelitos para “el Anastacio”.

_ Lo podemos arreglar, contestó el almacenero y sacó el número 15 en alusión a los frescos años que, de seguro, ya habría cumplido la jovencita destinataria de la torta no retirada. Luego, quitó las cintas, unas rositas rococó hechas de mazapán para sostener las velitas, y por último, acomodó el corazón rojo y la rosa rosa en el centro del gran postre, recalcando:

_Ansí queda bien, ¿ves m´hijo? El ahijado de Clotilde no tuvo más remedio que llevarse la torta con el corazón y la rosa, empujado por el apremio.

_ Esperá, che, dijo Don Justo, preguntando, y ¿quién la paga?

_Anótesela al Anastacio, gritó el muchacho desde la mitad de la cuadra y se fue corriendo seguido por la mirada atónita del almacenero que no salía de su asombro. “El Anastacio” se dijo para su adentro. Nunca hubiese cruzado por su mente que este gaucho solterón, pudiera encargar un postre. En todo momento había pensado que los pastelitos que se terminaron, eran para Clotilde y sus amigas y además, imaginó que las mujeres se pondrían chochas con la torta.

El momento del postre había llegado. Doña Clotilde se presentó con el paquete que le alcanzara su ahijado, traído por su primo. Cuando lo depositó en la mesa para quitarle el envoltorio, todos parecían ansiosos. Al descubrirlo, una oleada de calor coloreó los rostros emocionados de las mujeres y los ojos del Anastacio parecieron salirse de sus órbitas.

_ ¡Gracias, primo, parece estar riquísima! Muy fina tu atención, acotó Clotilde, retirando los platitos del viejo bahiut de nogal norteamericano.

_ ¡Gracias, Anastacio, realmente, como dice Clotilde, un detalle muy fino! Agregó la viuda. El paisano apretó los dientes y en su tosquedad, dirigió con furia su mirada al muchacho que lo vio de reojo.

El rumor echado a volar como reguero de pólvora sobre el romance del Anastacio con la viuda rica, gestado en el almacén por un cambio de postres y difundido vertiginosamente por todo el pueblo, ejerció tanta presión en el pobre hombre, que le hubiese resultado mucho más difícil negarlo que aceptarlo. ¡Pronto habría casorio en el pueblo!

No te duermas sin un cuento

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15 de mayo de 2012

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Nos cuentan los maestros XXXV / Carlos Fuentes



Veía a muchos escritores que contaban historias maravillosas y grandes proyectos en los cafés, pero no pasaban del café.
Entonces me di cuenta que la disciplina era fundamental, que había que sentarse a trabajar, que los libros no se escriben solos y que hay que tener un método de disciplina para escribir, lo cual excluía un culto a la inspiración.
Yo no creo en la inspiración.
Oscar Wilde decía: el trabajo literario es 90% nalgas y 10% inspiración. Es sentarse a trabajar. Esperar la inspiración es esperar lo que nunca va a suceder.
Pero hay mucha gente que está esperando la inspiración y ni escribe ni hace nada.

Nuestro recuerdo para él.


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14 de mayo de 2012

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Un buen asado

Obra de Jorge Frasca
María del Carmen se me puso a la par mientras desandábamos el camino hasta el ómnibus de turismo. Buscó mis ojos infructuosamente pero con insistencia hasta que la vista de una pequeña zorrita reposando entre la maleza nos reunió la mirada.
-Vos también ¿no?....
-¿Qué cosa?- respondí
-No te hagas el distraído. Vos también te acordaste del cuento de Ceferino, ¿no? ¿o me equivoco?
-No, no te equivocás…para nada… ¿Viste que hermosa que es la zorrita. Seguro que siempre le dan de comer y por eso espera que salgan los turistas…
-No me cambies el tema...

Ceferino Sánchez había sido el feliz propietario de una chacrita en el sur de la provincia de Buenos Aires. Dieciséis hectáreas de pampa seca y arenosa que por la gracia de dios y la promoción de tierras para los inmigrantes su abuelo había conseguido obtener hacía ya casi miles de años. El ranchito ubicado junto al eficaz molino y el tanque australiano no pasaba de ser una tapera con aspiraciones. La fauna reunida en ese pedazo arbitrario de la república consistía en un Gallo llamado Coco y que de cariño llamaban Coquito, que atrasaba los amaneceres y adelantaba las caídas del sol sin que nadie le diera importancia o siquiera le prestara atención. Veinte gallinas blancas y anónimas que deambulaban por allí sin detenerse a analizar aquello que mandaban al buche con infernal vehemencia. Lombrices que eran tan rápidamente consumidas que ni siquiera había tiempo de nombrarlas. Una gallina negra, bautizada Pepa, que vivía en una eterna confusión de identidad, adoptando las labores y responsabilidades que les estaban encargadas a los perros del lugar, y que seguramente si pasara un cartero o un diariero entregara las noticias, llevaría en el pico las cartas o el diario  junto con un par de alpargatas mullidas hasta la cama de Ceferino para que comenzara informado y cómodo su día. En el corral Aurora la vaquita casquivana y lechera, soltera pero eternamente preñada, mugía sin disimulo sus ubres llenas a las cinco de la mañana para que los hijos de Ceferino se levantaran y la vinieran a ordeñar, mientras la Chancha , viuda desde el último San Martín vivía en ascuas sabedora  de que el simple hecho de no haber recibido nombre le auguraba un futuro chacinado y sombrío. Custodiando todo , dos perros malos y empedernidos, el uno llamado Vizcacha por ser sabedor de sus costumbres y apto para la caza, mientras que el otro, mezcla de Gran Danés y Chihuahua, recibía el nombre de Bicho, por abichado e inteligente  y porque en su lomo se podía ver muy claramente una mancha negra sobre fondo pardo con la forma de un vinchuca alerta, es decir: con las antenas paradas.
Y es que el pobre cánido era nido de cuanto parásito andaba suelto. Tenía, sanguijuelas, chinches, pulgas, vinchucas, garrapatas, piojos. Todos preferían atacar a Bicho por sobre el resto de los perros mortales porque seguramente su sangre tenía algún pretencioso bouquet a fruta madura o a vino joven en barricas de roble estacionado.
Esta particular preferencia de los amigos de seis patas había tenido serias consecuencias en el pobre animal que además de haber perdido un ojo en una infección mal curada, vivía eternamente flaco mostrando todas sus costillas y gran parte de su pelaje raleado por la acción de la sarna.
Ceferino había pensado en sacrificarlo en más de una oportunidad, pero el Bicho era bicho y se la venía venir mucho antes que el hombre cargara el arma y se desaparecía por un par de días hasta que la idea homicida abandonara la mente de su amo.
El resto de la chacra era tierra de nadie en una guerra perdida. Ceferino había plantado de todo. Probó con los frutales y se le abicharon, sembró trigo y el rinde lo dejó con deudas. Sembró choclo y salió hecho. Plantó lino y los barrió la inundación del 85. Por último intentó con la vid y las cosas parecieron cambiar aún cuando la producción solo sirviera para uvas pasas.
Pero un  día las acequias amanecieron secas y el agua nunca volvió a tiempo.
Amadeo Spichiafuoco un tano de pocas pulgas y mayor dinero, era el dueño de una estancia ubicada arroyo arriba y sus sembradíos estaban consumiendo casi todo lo que el arroyo traía. Ceferino lo conocía y temía desde hacía mucho tiempo. Era un hombre trabajador pero poco solidario, que cuando se vio sometido a la obligación dictada por el juez de turno de abrir las compuertas para compartir el líquido elemento lo hizo con avaricia y mezquindad como si Mussolini aún viviera y el mundo siguiera en guerra.
Las vides no sobrevivieron al tiempo de las querellas y Ceferino se vio en la necesidad de cambiar de cultivo aún sin haber recolectado nada más que deudas.
Atanasio Méndez, el dueño de los Ramos Generales del cercano pueblito de Juan José Paso, pegadito a la abandonada estación de tren, le había comentado que se pagaba bien todo aquello que en las ciudades llamaban Orgánico y allí se fue Ceferino a averiguar de qué se trataba el cuento.
Se decidió por los arándanos, un poco porque le eran fácil de trabajar y otro porque Atanasio le dijo que le daría una mano con el tema del envasado y la venta al exportador. La cuestión era que no podía utilizar ningún tipo de herbicida ni producto que pudiera contaminar el cultivo. Todo debía ser sano y natural.
A su juego lo habían llamado.
Ceferino se gastó sus últimos pesos y sacó cuanto crédito le dieron para iniciar el negocio. La propia tierra había servido como garantía y la jugada parecía convertirse en su última oportunidad. Rosario , su mujer, lo observaba con mirada cansina, ya vencida por tantos intentos de despegue que terminaban en caída, pero como fiel compañera que era, lo acompañaba con una sonrisa. Dura mezcla de sonrisas y miradas que se contraponían.
Los primeros meses todo funcionó de maravillas, el mantenimiento era escaso y solo se permitían unos pocos productos orgánicos para combatir alguna plaga inesperada que por suerte nunca llegó. Lo que sí llegó fue el organismo de control del Estado que revisó las primeras partidas de la fruta recién cosechada. Su valor dependía de ello. Libre de contaminación era igual a un alto precio de venta, contaminada casi no valía el esfuerzo.
Nada de orgánico, sentenció la junta del SENASA, todo estaba contaminado con organofosforados. Atónito Ceferido solicitó el análisis de una segunda muestra con el mismo resultado. El suelo estaba contaminado y contaminado con un desmalezante que se utiliza solo en el cultivo de la soja.
-Pero soja yo nunca he sembrado - se decía Ceferino haciendo un esfuerzo por recordar si su padre o su abuelo en alguna oportunidad lo habían hecho, pero no. Había algo raro y no fue otro que el hijo de Atanasio, que era ingeniero agrónomo, el que le sacara la espina del costado.
-En lo del Amadeo andan sembrando soja. Pá mí que el viento o el agua se lo trajeron pá su rancho.-
Amadeo. El Tano Amadeo. El nieto de Mussolini que se había venido a vivir al campo.
Así fue como Ceferino quedó en la ruina y debiendo. Las gallinas dejaron de ser veinte, la chancha ya no necesitó nombre y Aurora no vio nunca más amanecer.
Un buen día el capataz de don Amadeo, el Cirilo López, hombre de pocos escrúpulos y menos inteligencia, se presentó para avisarle al Ceferino que su patrón le tenía una oferta por su campo. Que no sabía cuánto, pero que seguro le iba a alcanzar para empezar algo chiquito en otro lado siempre y cuando sus hijos dejaran las veleidades del estudio y lo ayudaran trabajando.
Ceferino lo miró feo y se quedó pensando un buen rato hasta que le dijo al Cirilo
-Decile a tu patrón que si es de endeveras que se venga con la propuesta el viernes al mediodía que lo invito a un buen asado mientras lo charlamos. Decile que son cosas que se hablan frente a frente y que hace rato que lo quiero saludar-
Y ahí nomás se fue a afilar el facón que le había regalado su padre allá por el 35 y que nunca había dejado de usar.
El viernes al mediodía mientras María y los chicos terminaban de poner la mesa bajo el Arrayán que oficiaba de toldo, Ceferino ya había avanzado la cocción de un cordero puesto en cruz y una gallina que se asaba al disco de arado sobre las brasas.
Amadeo y Cirilo habían llegado en su camioneta levantando el polvo del camino real como anuncio de su llegada que seguramente  verían a más de veinte leguas a la redonda.
Venía con cara de culo y pocas ganas de confraternizar.
¿Un vinito? Convidó Ceferino a su ofertante en plan de sonsacarle con el alcohol lo que de buenas y sobrio jamás podría.
Y los dos hombres aceptaron el convite.
La tarde transcurrió tranquila entre brindis, charlas, truco y taba, mientras Amadeo y el Cirilo devoraban el cordero adobado hasta dejar solo el recuerdo de él.
-…trescientos pesos la hectárea y le estoy pagando por encima de su valor. Pregunte y va a ver. Yo que usted aprovecho. Dicen que el gobierno está por poner más impuestos a la tierra y que esta zona la están regalando. Déle aprovéchese de mí que estoy con el vino alegre…trescientos pesos…
Ceferino lo miró sonriendo. Consultó con la mirada a su mujer y acarició el mango de su facón en un  gesto inadvertido y casual.
…no mi amigo- le dijo Ceferino- aquí nos morimos los Sánchez. Quebrándonos el lomo en el surco como siempre…No se vende…
Amadeo subió su oferta dos veces más, e igual cantidad de veces Ceferino se acarició la barba y a su facón mientras con una sonrisa cómplice miraba a su esposa la Rosario. Era obvio que Ceferino estaba plantado en una idea que aunque lo llevara a la ruina a él y a los suyos sería imposible de cambiar.
Y no se vendió nada. ¡Que vá ¡ Pero, curiosamente, Ceferino se puso alegre.

El recuerdo de este episodio me vino a la mente al mismo tiempo que a María del Carmen, quién mirándome me preguntaba y asentía con la cabeza a cada idea que galopaba mi mente sin prestarle atención ni al ómnibus de turismo ni a la zorrita que nos miraba expectante.
El aire del campo, el cordero en la cruz, el vino corriendo libremente, algo de ello nos había traído el recuerdo.
Allí estábamos, compartiendo  junto a Alicia y Marta, dos colombianas llenas del calor y la pasión que su tierra imprime en cada uno de sus hijos con ese constante parlotear quebrado por carcajadas, mohines y cadencia seductora del hablar tipo "carreta", tan típico de los costeños y junto a ellas Pepe y Paca, un matrimonio de Valencia que se nos había unido en la excursión, completaban la mesa donde nunca había dejado de llegar comida y bebida para que nos hartemos hasta que fuera imposible no soñar con dormitar una siesta.
El paseo había sido uno de los clásicos de la bella Tierra del Fuego. Luego de pasar por Ushuaia , navegar el Canal de Beagle y llegar al fin del mundo en La Pataia, completamos la estadía con una visita a los lagos escondidos y a un parador restaurante de donde partían en invierno los trineos de nieve tirados por perros. Allí nos esperaba el almuerzo típico patagónico para turistas: el Cordero Patagónico. “El” cordero.
Claro, sin nieve, en temporada baja, los canes se ven aburridos y apáticos. Cada uno atado a su poste mientras otros comparten un mismo canil y los empleados se dedican a limpiar el desorden. La visita transcurrió entre la adoración que todos profesan por los Husky y la extraña sorpresa de que otras razas también sirvieran al mismo fin especializado que ellos.
En esas merecidas vacaciones sin nieve del transporte en trineo, el resto de perros híbridos parecían más tristes y ausentes de energía que los demás. Como resignados a un final imprevisto. Incluso cuando la zorra se acercó hasta los límites del restaurante que oficiaba de vivienda permanente de los que hacían del trineo su medio de sustento, ninguno de los canes alzó siquiera una oreja o pareció husmear el aire detectando a la intrusa.
En la mesa las pequeñas parrillas conteniendo brasas ardientes en su interior para que la carne se sobrecocinara o mantuviera caliente, no cesaban de llegar una tras otra, con comensales que a cada segundo nos encontrábamos más alegres en la misma medida que el vino comenzaba a desbordarse en nuestras venas.
Una, dos , tres parrillas y pasamos satisfechos a los postres tan necesarios y digestivos.
Pepe soltó su lengua y dio su verdadera impresión de los argentinos, mientras Alicia y Marta no paraban de preguntar donde podrían conseguir porteños pintones que bailaran tango a su llegada a Buenos Aires.
Café, té Cachamay. Explicaciones de qué es el Dulce de Leche e inútiles descripciones del árabe Alfajor a un español muy bebido, culminaron un almuerzo como aquel que Ceferino había tenido aquel día pero sin mate, truco ni juegos de taba.
Cuando salimos lo primero que dijo María del Carmen fue que la carne no estaba rica, que tenía gusto raro.
Yo miré el canil, lleno de perros extraños y recordé a Amadeo Spichiafuoco, el nieto de Mussolini llegado al campo, que antes de salir de la chacra de Ceferino Sánchez aquel lejano día, había visto con horror un solitario cuero curándose al sol con la extraña mancha de una vinchuca negra sobre fondo pardo. Una vinchuca alerta con las antenas paradas.


Basado en un hecho real.


OPin
Buenos Aires 2011
© Copyright 2011
Cuentos sin Rumbo
ISBN 987-43-8446-9

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12 de mayo de 2012

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Siendo...



SIENDO...

Llama la vida a la vida,
el sol, llama la verdad,
la luna nos ilumina
y nos permite soñar.

Llama la vida a la vida,
los sueños creciendo van,
solo nosotros podemos
¡destruirlos o afirmar¡.

Porqué solo el ser humano,
tiene el divino poder
de pasear por la vida
¡siendo,lo que quiere ser¡.

Julia OROZCO.
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11 de mayo de 2012

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Ay Sole, mi Soledad



Creo que es la peor soledad que existe, la más aspera, la más desoladora, porque pese a estar rodeado de familia y amigos, te sientes aislado, la comunicación no pasa de ser un sumario de formas y frases cotidianas, pero tu esencia, tu núcleo personal  está en el destierro.

En mi modesta opinion, esto no pasa ni por afectos, ni por amores, estos estan presentes en tu dia a dia, pero aun así persiste esa sensación de estar en un gueto, donde tu eres el unico habitante.

 No hay culpables, ni tampoco razones exactas.pienso que es una discordia entre sensibilidades,un desencuentro de delicadezas.Yo no conozco el remedio para ese mal, pese haberlo sufrido infinidad de veces, uso armas tan simples como la imaginacion y la conformidad, porque cada persona es un universo unico, y tenemos los planetas en posiciones dispares.

Por todo esto, y tambien por muchas otras cosas, cuando en tu camino se cruza alguien con quien las palabras son secundarias. Cuando  basta un gesto o una mirada para que esa burbuja quede compartida, hay que luchar contra los obstaculos. Arriesgar tu mundo, jugarte entero, porque seguramente has encontrado tu otra mitad, y eso merece, el esfuerzo,la valentia,y correr la porción de peligro que supone poner tu vida en otro sistema solar.

Feliz aventura, os lo dice una trotamundos.

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8 de mayo de 2012

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La soledad del espectro.

La noche, fría y lluviosa se deja caer sobre el risco maldito. Risco azotado durante siglos, durante milenios por el  agua, el viento y lo que es peor, por el olvido. Los jirones tenues de la luz mortecina que se adivina en los cerros circundantes certifican la defunción de un nuevo día en que él, el eterno guardían de las ruinas del castillo, desaparecido hace siglos permanecerá a la espera de una redención nunca prometida y amargamente esperada. El espectro de aquel que esperará, eternamente, un perdón que nunca llega y que le fue prometido cuando la petrea mole de la Defensa desapareciera en la inocencia. Agotado del peso de los siglos, el fantasma eterno, el vigilante extenuado del portón de aquella Defensa aplastada en el recuerdo de los siglos, se vuelve a sentar, cómo cada noche desde el albor de los tiempos en la peña, erosionada y pulida por los elementos que certificaba, cuando existía, el acceso a la planta de la fortaleza, en la punta opuesta del bastión orientado al Sur. 

Tiempos de Locura.

No puede sentir la lluvia. El frío no cala sus inexistentes huesos. Sólo es ectoplasma y recuerdos, arrepentimiento y trazos de locura. No puede recordar si amó, no puede recordar si se emocionó con la belleza de una primavera de la que sólo recuerda el olor y el verdor de los campos cicundantes en los que aquella noche grabada a fuego en sus inexistentes neuronas dejó la vida y el alma en la doble lucha por la que dió el cuerpo y la existencia. El espectro sigue viendo cómo si fuera de día. La noche ya es dueña de todo y el ve formas pretéritas que hace tiempo qeu dejaron de existir. Lo recuerda perfectamente. Y han pasado tantísimos años cómo para que ni las piedras milenarias recuerden el baño de sangre y profanación en la que ni tan siquiera los muertos vieron respetado su sueño. El espectro inclina su cabeza. Siente hechos jirones retazos de la ropa que llevaba cuando consumó la traición en la que tanto el Hombre, cómo Díos le maldijeron por los siglos de los siglos. Hasta el último retazo.

Fue Hermenegildo, tal era el nombre, de aquel pequeño sacerdote que pasó a cuchillo mientras el infiel escalaba en busca de los tesoros de su Señor, quien certificó su maldición al descubrir que él había dado la señal a las fuerzas enemigas para atacar el castillo aprovechando que la exigua guarnición había partido hacía la capital de la provincia acompañando a la Doña del Alcaide de la avanzada. El agitó tres veces el farol que certificó la suerte de la veintena de servidores del recinto. Después todo fue locura. Lo recordaba cómo la noche que sucedió. La apertura del portón al final de la meseta. La entrada en tromba de un enemigo sanguinario y armado. La muerte de mujeres y niños. Las piedras de la fortaleza impregnadas de sangre, de vísceras... Y la muerte de aquel cura funesto que le condenó a vagar hasta que la Defensa fuera derrotada por la inocencia. Su propia risa mientras su acero cercenaba la yugilar de aquel que le condenaba y después el terror. 

Sin Oro, sin vida, sin futuro.

El terror de ver que no había nada de las cientos de doblas que su Señor había presumido siempre tener en la Torre. El terror de ver que nada de lo dicho en las largas noches de guardia, en las cenas en el salón frío y húmedo era real. El terror de ver que estaba maldito y que aquellos mercenarios a los que debía dinero por ayudarle a acabar con el pretendido notable que no era más que boca y mentira. Nada fue respetado. La capilla ultrajada, los vasos y elementos sagrados cercenados. Las tumbas del pequeño cementerio de la fortaleza profanadas y los huesos esparcidos. Las piedras removidas y la vida sobre la meseta de la condenación extinguidas mientras aquellos hombres curtidos en mil razzias, sedientos de sangre y muy enfadados por la inexistente recompensa en la toma de una avanzada del Rey que los convertía en objetivo principal de sus ejércitos se arrojaban sobre el para descuartizarlo con la maestria del cirujano que cercena sin matar en singular, eterno y cruel suplicio.

El espectro alza la mirada a donde en tiempo estuviera el castillo. Tiempo ha pasado desde que la torre, vieja, henchida de grietas y castigada por los elementos se derrullera por sí misma. Tiempo ha que las piedras fueron secuestradas para otros menesteres y que el rastro perenne de la existencia de la Fortaleza sólo quedó en su recuerdo, el que de continuo le recordaba cual era su castigo, permanecer custodiando la meseta por todos aquellos a los que contribuyó a ayudar a morir en contra de su voluntad. El espectro cansado se yergue y andurrea entre piedras, árboles y hierbas que ocultan la historia de un lugar apenas visitado por nadie y que no se le permite abandonar hasta que se cumpla la profecía. La locura de miles de años le lleva a preguntarse una y otra vez que querría decir aquella soflama que soltó el curita mientras le rebanaba el gaznate. Se arrepentía profundamente de aquello por lo que quedó maldito y miles de horas de oración no habían servido más que para certificarle que seguiá ahí y lo haría por los siglos de los siglos.

El camino de la salvación.

Amanece tras la lluviosa noche. Las tétricas nubes cómo la existencia del espectro se marchan hacía el este tronchando la luz solar que rompe en un nuevo día. El espectro nota cómo sus jirones de inexistente ropa se mueven antela esperanza de unas voces que se oyen a poniente, por la vereda que lleva a la meseta. Extrañado se acerca a aquellos seres que a duras penas consigue identificar cómo lo que él fuera antaño. Son dos adultos y una pequeña niña de pelo dorado y mirada limpia. Pasan el día en la meseta donde ya no se adivinan más que matorrales y al romper la tarde se marchan. Pero algo sucede. La niña se inclina y coge una pequeña piedra pulida. Quizás la última de la que antaño fuera capilla del castillo y se la guarda. No es más que un guijarro pero mira hacía donde él está. Sonríe. Le mira y sonríe y el espectro nota cómo su alma se recupera, siente que la Inocencia ha vencido a la Defensa. La niña se lleva la última piedra del castillo y un haz de luz dorada desciende sobre él. La maldición ha acabado y puede por fin, descansar. Después de miles años por fin puede, ese lugar, abandonar.




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7 de mayo de 2012

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Nos cuentan los maestros XXXIV - Eduardo Galeano


El mío ha sido un largo camino hacia el desnudamiento de la palabra: desde las primeras tentativas de escribir, cuando era jovencito en una prosa abigarrada, llena de palabras que hoy me dan vergüenza, hasta llegar a un lenguaje que yo quisiera que fuera cada vez más claro, sencillo, y por lo tanto más complejo, porque la sencillez es la hija de una complejidad de creación que no se nota ni tiene que notarse.
Uno siente primero que el trabajo intelectual consiste en hacer complejo lo simple, y después uno descubre que el trabajo intelectual consiste en hacer simple lo complejo. Y un caso de simplificación no es una tarea de embobamiento, no se trata de simplificar para rebajar de nivel intelectual, ni para negar la complejidad de la vida y de la literatura como expresión de la vida. Por el contrario, se trata de lograr un lenguaje que sea capaz de transmitir electricidad de vida suprimiendo todo lo que no sea digno de existencia.

Para mí siempre ha sido fundamental la lección del maestro Juan Carlos Onetti, un gran escritor uruguayo muerto hace poco, que me guió los primeros pasos.

Siempre me decía: "Vos acordate aquello que decían los chinos (yo creo que los chinos no decían eso, pero el viejo se lo había inventado para darle prestigio a lo que decía); las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio". Entonces cuando escribo me voy preguntando: ¿estas palabras son mejores que el silencio?, ¿merecen existir realmente?

Hago una versión, dos o tres, quince, veinte versiones, cada vez más cortas, más apretadas: edición corregida y disminuida.

Inflación palabraria El problema de la inflación monetaria en América Latina es muy grave, pero la inflación palabraria es tan grave como la monetaria o peor; hay un exceso de circulante atroz. Algunos países han tenido éxito en la lucha contra la inflación monetaria pero la inflación palabraria sigue ahí, tan campante. Lo que me gustaría, modestamente, es ayudar un poquito a esa lucha contra la inflación palabraria. O sea, poder ir desnudando el lenguaje. Es el resultado de un gran esfuerzo, y no concluido, porque nace cada vez: a mí me cuesta escribir ahora tanto como cuando tenía 15 ó 16 años y lloraba ante la hoja de papel en blanco porque no podía.

¿Función social?

La literatura tiene siempre una función, aunque no sepa que la tiene, y aunque no quiera tenerla. A mí me hacen gracia los escritores que dicen que la literatura no tiene ninguna función social. A partir del momento que alguien escribe y publica está realizando una función social, porque se publica para otros. Si no, es bastante simple: yo escribo en un sobre y lo mando a mi propia casa, pongo "Cartas de amor a mí mismo" y me emociono al recibirlas. Pero es un círculo masturbatorio (no quiero hablar mal de la masturbación, tiene sus ventajas, pero el amor es mejor porque se conoce gente, como decía el viejo chiste).

Es imposible imaginar una literatura que no cumpla una función social. A veces la cumple, y es jodido, en un sentido adormecedor, a veces es una literatura del fatalismo, de la resignación, que te invita a aceptar la realidad en lugar de cambiarla, pero a veces es una literatura reveladora, reveladora de las mil y una caras escondidas de una realidad que es siempre más deslumbrante de lo que uno suponía. Por otro lado me parece que lo de la literatura social es una redundancia porque toda literatura es social. Muchas veces una buena novela de amor es más reveladora y ayuda más a la gente a saber quién es, de dónde viene y a dónde puede llegar, que una mala novela de huelgas. No comparto el criterio de una literatura política que además, en general, es aburridísima.

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