30 de abril de 2012

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Y FUE...



Y FUE...

Estaba sentada, en nada pensaba,
tan solo miraba los cielos
y estaba callada.

Cuando de repente, como suave
trino, escuchó en susurro de amor
pegadito a su oido;
Eres dulce niña,esa bella flor,
eres ese árbol, eres ese pájaro
que busca su nido,
eres ese aire suave y tranquilo
eres esa nube con forma de rosa
eres niña mia¡todo en una cosa¡.

Y fue ese pájaro surcando los cielos,
y esa mariposa besando la rosa,
y fue ese aire sencillo y tranquilo
y fue bello árbol, y fiel pájarillo.

Y entonces aprendió que todo es 
reflejo de una sola cosa
que el mismo Universo, y todo lo
vivo..¡.PLASMABAN UN SER¡.
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29 de abril de 2012

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A mi madre





Se va apagando como una vela

y es tan duro……………..

Que solamente me consuela su presencia

Su entusiasmo por cualquier cosa,

una taza de café, una llamada,

una sonrisa, siempre a la espera

pero lo que no soporto, son sus manos quietas

esas que siempre han llevado el timón

esas que dirigían la vela

esas que me han enseñado a luchar con fuerza

a no dejarme vencer por nada

a perseguir lo que quiera.

y ahora en su sillón la pobre ¡esta tan quieta!

que no puedo por menos que llorar al verla

Es tan grande este vínculo

que tengo miedo a perderla.


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26 de abril de 2012

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Sekai 5


Fnun tenia un gusto natural para la música y la lírica...
año tras año trabajo y ahorro para conseguir instrumentos, la melodía en su mente no se conformaba con una sola disciplina...
aprendió de familia el respeto por las costumbres marciales, y cuando se le terminaron los instrumentos vigentes busco en la tradición y costumbres de su nación la clave para revivir todos esos instrumentos en desuso...
no era fácil sustentar su sueño, así que cada año se preparaba y entrenaba para pertenecer a la milicia(la milicia y los oficiales eran los trabajos mas lucrativos, solo superados por el de un mercenario) el ya era uno de los pocos oficiales en su ciudad...
pero no tenia la libertad ni el tiempo libre que solo estaban al alcance de pocos... (con un gobierno de orden total no se podía dar el lujo de que la gente dejara de hacer lo que tenia que hacer)
el seguía firme en que este año lo lograría y así poder recorrer el mundo.

Autor :  berserkwolf

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24 de abril de 2012

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El universo eres tú


Este es un amor tan sobrecogedor que no debería llamarse así.
No existe una palabra para definirlo, yo no la encuentro.
Como describir que todos los momentos de felicidad que hubo en mi vida me llevan a ti, a tu felicidad, a tu complicidad, a tu descanso, a tu sonrisa, a tu bienestar…

Si la vida es un “sin sentido”.
Si es el caos envuelto en un papel de tristeza.
Si la vida no es otra cosa que tu propio llanto, que permanece en mi corazón y me da esta razón, y me da cualquier otra.
Tu me das ese paso y tu me das ese empujón.

Este es un amor tan sobrecogedor que no tiene nombre. Si pudiese ser un sustantivo sería el infinito, sería la luz, seria la sangre.

Cómo describir que cuando siento que no voy a poder reponerme, me doy cuenta de que todavía tengo sueños para ti.
Aún espero tu alegría, y tu permiso para poder formar parte de tu dignidad, y espero tu orgullo…
Sueño con tu paz, y con que te amarres a esa luz que imaginas. Y te veo triunfante mientras me escondo en este fracaso de soledad. Donde te veo a ti y a nadie más.

Te pido perdón por ser como soy. Por hacerte daño. Por ser como un agujero negro que no puede recibir mas energía que la tuya propia.

Perdóname por fallarte, por no darte la alegría que necesitas.
Perdóname si no estoy aquí, donde tu quieres que esté, perdóname si no estuve allí, donde tú querías que estuviera.

Siento mucho tu dolor, cómo no voy a hacerlo si es el mío propio. Lo siento hijo mío, lo siento mi amor.

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18 de abril de 2012

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Vida Callada


Aún quedan restos de la oscura España
La de la guadaña y la azada
La del tabaco picado
La de los días de plaza

Esa España de penurias
Esa España sin palabras
Esos hombres con sombrero
Y con camisa abrochada

Esos pies siempre descalzos
Es lo poco que no ata.



Autora : Nocturno.
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15 de abril de 2012

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La mesa 14


Lucia llegó temprano esa mañana, más de lo acostumbrado, como lo hacía todos los lunes de cada semana. Su trabajo consistía en preparar los desayunos del Hotel conforme los gustos de los pasajeros. Antes, se dirigió con sigilo hacia la mesa 14, ubicada junto al ventanal que daba al parque trasero. Hurgueteó debajo de la tabla, casi donde se encastraba la pata derecha y retiró un papel pequeñamente doblado. Era el noveno que recibía de aquel hombre callado, de pelo rubio, ojos claros y acento extranjero. Los domingos desde tres meses atrás, aparecía sentado a la mesa 14, esperando el desayuno que Lucia le servía en silencio. Sólo un roce de miradas discretas se manifestaba entre ellos.
"Seguramente es un viajante" pensó la mujer.
Ella trabajaba sólo tres días a la semana: domingos, lunes y martes. El primer papelito que descubrió fue un día lunes, cuando al preparar la mesa para el desayuno, trastabilló enredándose con una silla y la azucarera de plata rodó junto con su contenido debajo de la mesa 14. Le llevó unos momentos recoger el azúcar desparramado, así que tuvo la inesperada oportunidad de estar bajo aquélla. De allí que al alzar instintivamente la vista, pudo ver un papelito rosa ensartado en una ranura del fondo de la mesa. Lo tomó y guardó, presurosa, en el bolsillo grande de su almidonado delantal blanco.
No comentó con nadie lo sucedido. Lucia era de pocas palabras y de tener pocos amigos. Sólo solía conversar con María Paz, una compañera prudente que trataba de entender qué se ocultaba tras ese rostro que denotaba sufrimiento. Por alguna confesión al descuido, sabía que Lucia provenía de una desafortunada historia familiar que se resistía a contar. Sus modales finos y su voz pausada tenían sus cimientes en una tía política de familia aristocrática, venida a menos por la loca idea de casarse con su tío pobre. El día que recibió el noveno papelito, su compañera de sector, Maripi, como la apodaban, la había sorprendido cuando se cambiaban en los boxes para dejar el trabajo:

_ ¿Has notado cómo te mira el hombre de la mesa 14?

_ Bah, tonterías, es un hombre fino, mira que va a fijarse en mí, respondió la sorprendida.

Jamás había hablado de la extraña y tácita relación que mantenía con aquel hombre. Menos lo diría después de muchas semanas de que ocurriera. El 9° papelito solamente contenía una dirección, una fecha y una hora: Martes 23, 20 hs. Avda. Roca N° 931. Ese martes les depararía a Eric y Lucia una noche de recíprocas sorpresas y de entrega mutua y total. Increíblemente se habían enamorado el uno del otro de sólo mirarse y penetrarse en lo más profundo de sus inquietas almas, como si no hicieran falta las palabras y bastasen únicamente las escritas en cada papelito. El encuentro de aquel martes sería inolvidable. Las emociones contenidas de ambos hicieron gala esa noche.
Lucia Perales tenía 42 años, unos hermosos ojos negros, un cabello voluptuoso y modales elegantes. No tuvo la oportunidad de estudiar algo más que el secundario, el que terminó a duras penas, ya que sus padres la enviaron a trabajar como doméstica a los 14 años.
Recibió tres papelitos más desde el 9° y a pesar de su bien logrado disimulo se la veía nerviosa. Cuando salió de trabajar, el último martes, no volvió a su casa. Ningún amor la esperaba. Ningún hijo la reclamaba. Sólo un hombre con el que no había tenido descendencia y con quien, todavía cohabitaba por temor a sus escandalosas escenas de celos. Nadie le reprocharía si llegaba tarde porque su esposo lo hacía entrada la madrugada, gastada entre prostitutas y vinos.
Lucia enfiló hacia la Avda. Roca. Allí se encontraba su hombre perfecto, de atractiva figura, de hablar entrecortado, de piel blanca, cubierta por un suave vello rubio, casi rojizo que se oscurecía en su pubis. Ese hombre la había hecho sentir mujer en cada gemido de su femenina expresión de satisfacción. Sí, a aquella mujer reprimida de contrastante piel morena y ojos de terciopelo, vestida con su uniforme negro y glamoroso delantal blanco almidonado.
Ese domingo de enero Lucia no fue a trabajar. Tampoco dio aviso alguno al gerente del Hotel. Maripi Fuentes, se preocupó: aquella ausencia no era conteste con la forma de pensar y actuar de su compañera. No la volvieron a ver, ni nadie supo más de ella, como si se la hubiese tragado la tierra.
La madrugada del miércoles, cuando todavía no amanecía, Lucia se despertó con un dolor punzante debajo del seno izquierdo y obnubilada su mente por los recuerdos aún frescos de la reciente noche de amor. Su leve sonrisa no se borraría jamás de su boca y sus ojos quedarían abiertos, embelesados en el cuerpo de su compañero, sin poder distinguir siquiera, la oscura mancha roja que se desparramaba sobre su pecho.
Lucia Perales, pronto pasó al olvido de la gente. Sólo se conoció la versión de su esposo, según la cual, luego de una fuerte discusión con él, se había marchado de su casa a dar una vuelta a la manzana para refrescarse la bronca, pero no volvió nunca.
De Eric Hill, norteamericano, profesor de la Universidad de Arizona, quien había venido a estudiar en el país la adaptación de la Chía* para propender a su siembra, fueron pocas las noticias: sólo que aparentemente hubo de regresar a su país luego de finalizar los estudios a los que se abocó en esa Comuna y que había dejado bien ordenadito el dinero sobre la mesa del comedor, perteneciente al último alquiler de la casa, y al pago de su ayudante, quien lo había guiado en la zona.
Tres años más tarde sorprendió al pueblo la noticia del suicidio del esposo de Lucia.
Según se comentó, no soportó la ausencia de su mujer.
Tres años más tarde también, el Hotel cambió de dueños y se iniciaron las obras de remodelación, además sus muebles fueron reciclados. Las mesas del comedor, por ejemplo, iban a ser laqueadas para lo cual hubo que limpiarlas muy bien y fueron puestas patas para arriba.
El día de la limpieza, una mucama aprendiz, entregó a Maripi Fuentes, su jefa, un papelito rosa doblado que había encontrado en la parte de abajo de la mesa 14.
Al leer el mensaje a solas, Maripi cambió su rostro. Se le iluminó la sonrisa y con gesto de aprobación abolló el papelito rosa y lo arrojó al cesto. La joven mucama que observaba a su jefa de reojos y de lejos, esperó que ésta se marchase y cuando lo hubo hecho, corriendo recogió el papelito abollado y se fue al baño. Cuando leyó el mensaje, no entendió nada. Hablaba de unos boletos y concluía con un Te amo.
Maripi Fuentes se cambió tranquila y se fue a su casa pensando en el “viaje” de amor que había podido concretar Lucia.
 
 


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10 de abril de 2012

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Brindemos por la cándida adolescencia



No comprendo las ganas terribles de gritar que tengo,

ni mis reacciones, ni mi rostro, ni mi mirada.

No comprendo la muchedumbre, irritada en un minuto.

No comprendo la belleza de ese cuerpo, no comprendo mi recuerdo.

No comprendo un día sin lluvia, ni el semen derrochado.

No comprendo las malas caras, ni los gritos, ni las angustias.

No comprendo mi borrador, hoy extrañamente difuminado.

No comprendo este azul que me rodea, ni este lazo que me quité, cuando te has ido.

No comprendo el por qué de la tristeza, ni el papel, ni la lágrima.

¡Fuera la estética del momento¡

¡Bienvenida seas, vida¡

¡Fuera la gramática de la tinta¡

¡Fuera Ella, fuera¡

No comprendo por qué el odio.

No comprendo por qué el miedo.

Y me aprieto la cabeza y siento agua escapándose entre los dedos.

Y a cualquier sitio que miro, le veo.

No comprendo e l por qué de un silencio tan ruidoso, ni por qué me escapo,

ni por qué corrí, ni por qué bailé, ni por qué lloré, ni por qué reí,

ni por qué abracé, ni por qué canté, ni por qué bebí.

Ni por qué los verbos bailan en mi mente, ni por qué hice y ahora no hago,

ni por qué quiero hacer, quiero hacer, quiero hacer.

No comprendo por qué espero el milagro de la vida,

deseando que llegue como si deseara mi propia existencia.

No comprendo por qué la gente no me comprende.

Ni por qué este río suena. Ni por qué se apagan y se encienden.

Y el viento que acaba de abrir mi ventana me dijo: ¡Vente conmigo¡

Y el río que me mojó me dijo : ¡Vente conmigo¡

No comprendo el azul que me rodea, ni este lazo que me quité, cuando te has ido.

No comprendo por qué estoy aquí, ahora.

No comprendo este final pudoroso que no quiere ser, ni los amagos,

ni las manos, ni el espejo, ni el disco, ni la niebla, ni el cristal.

No comprendo la ingenuidad, ni por qué Pablo no se llama Juan, ni por qué no es un árbol.

No comprendo por qué espero el milagro de la vida,

ni por qué Ella me acaba de preguntar: ¿ te ha dado por la poesía o qué?

Ni el azul que me rodea, ni este lazo que me quité, cuando te has ido.

Ni por qué se me ha terminado el tabaco.

Y sobre todo no comprendo las palabras que vengan y declaren ideas malignas sobre el futuro.

Porque no creo en el futuro.

Creo en la ilusión, creo en el amor, creo en el presente, constantemente siempre,

Que ahora mismo, en este instante, no comprendo.

Y porque no comprendo por qué somos una familia de románticos,

no comprendo por qué esta lágrima.



Autor : Jonhan

31-XII-78 
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9 de abril de 2012

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Y fue...



Estaba sentada, en nada pensaba,
tan solo miraba a los cielos
y estaba callada.
Cuando de repente, como suave
trino,
escuchó en susurro de amor
pegadito a su oido;

Eres dulce niña, esa bella flor,
eres es árbol, eres ese pájaro
buscando su nido,
eres ese aire,suave y tranquilo,
eres esa nube, con forma de rosa,
¡eres niña mia todo en una cosa.

Y fue ese pajaro surcando los
cielos,
y esa mariposa besando la rosa,
y fue ese aire suave y tranquilo
y fue bello árbol, y fiel pajarillo.

Y entonces aprendió que todo es
reflejo de una sola cosa
¡QUE ERA EL UNIVERSO
QUE HASTA EL MISMO CIELO
FORMANDO SU SER¡ .


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8 de abril de 2012

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Fantasmas del Tuyú


Afuera oigo el murmullo del mar que me envuelve con su música. Pese a que hace poco que resido aquí, me voy acostumbrando a su presencia. El agua verde amarronada de la costa tiene pretensiones de azul allá en el fondo. El recuerdo de la ciudad se va diluyendo, tornándose menos añoranza que grata anécdota. El viento sopla y arremolina todo lo que halla a su paso; incluido lo subjetivo, el ayer y el hoy.
Muy cerca de la costa, de vez en cuando, unas embarcaciones se aproximan demasiado; algunas naufragan. Estamos muy cerca de la boca del embudo, la entrada al Plata. Las naves comercian con los saladeros del río-estuario.
Tuyú viene liderando un malón de los suyos; persiguen un grupo de ñandúes, hacia la zona de Ajó.
El cielo deviene plomizo, pesado. Amalgama de nubes cubre el cenit. El mar está bravo, lo oigo más. Las olas se quiebran en diferentes direcciones, hacen espuma, mucho viento. Vuela arena. Médanos de oro se sacuden el polvo hasta que el aguacero les cae encima.
Tuyú se ha percatado de que se aproxima una tormenta, y se fastidia porque la anciana no fue capaz de predecirla. Fue ese maldito retrato, dice para él. El huinca que los pintó les quitó su esencia, en el retrato quedaron sus poderes; ahora vagarán por la pampa a la deriva, sin la protección de su parte mística. Con el mar tan picado no da para pescar ni una corvina, así que los ñandúes son la única opción para una comida decente. Hay que apurarse, la arena que vuela desde los médanos se les mete en los ojos. Lagrimeando, uno de los indios bolea uno de esas aves, pura zancada y aleteo estéril.
Una carreta que se dirige a la estancia San Bernardo se detiene en el Jagüel del Medio; los caballos fueron exigidos de más para ganarle al temporal, al menos allí tendrán agua fresca.
Ahora llueve de manera torrencial. Yo estoy adentro, los sonidos me invaden. Además, experimento la sensación de estar viviendo un no-tiempo, como si hubiera caído en una suerte de agujero negro donde todo lo acontecido se mezcla por una fuerza centrípeta.
La oscuridad comienza a vencer su partida contra el día, prendo la hornalla y pongo la pava al fuego.
El ñandú será su cena. Los indios comienzan a pelar el animal y hacen una fogata.
Una nave británica se sacude en el mar embravecido. El capitán del Her Royal Highness se percata de que no lo lograrán. Por el oleaje y el fuego que se ve a lo lejos deduce que la costa está próxima.
Me cebo un mate espumoso, su espuma me recuerda la del mar. Pienso en los marinos del Royal, buscando desesperados una madera a la cual aferrarse; nadando hacia la orilla unos, expirando otros. No hay duda de que a esta zona la habitan fantasmas; me voy acostumbrando a ellos, como a la música que llega desde el mar.

Autor: Luciano Doti

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7 de abril de 2012

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Llegar, cambiar, marchar


Llegaste a mi vida cambiándolo todo. Eficaz. Llegar, cambiar, marchar. Me pusiste patas arriba. Sin darte cuenta, probablemente.
Antes, solía disfrutar los días de lluvia, el olor a renacer, a tierra mojada, disfrutarla desde la ventana, observar embelesada los surcos invisibles de las gotas deslizándose, a la gente atrapada en una pecera gigante. Después, me hiciste añorar los días de sol. Los paseos luminosos, caldeados, me hiciste anhelar un sol que me invitaba a llegar al fin del mundo, que me transmitía la libertad de un mundo inmenso, sin límites.
Cambiaste mi actitud de espectadora poco activa, juiciosa, prudente y, porque no decirlo, algo hipócrita (porque de hipócritas es quejarse sin hacer nada para cambiar las cosas) por una actitud desafiante, activa, revolucionaria en parte.
Acabaste con mi deseo de vivir en un mundo ligero, liviano, aislado y transcendente que había creado para bajarme a la realidad dolorosa, en la que Eros siempre iba de la mano de Hades.
Lo hiciste. Tú. Sin ayuda de nadie. Me despojaste de mi misma, creaste otra para darte cuenta de que no te gustaba especialmente. De que preferías seguir con tu peregrinar errante y, ah, tan hermoso, por el mundo. En busca de alguien más. De alguien que lograra mantener la sonrisa huidiza en tu rostro. De alguien que se atreviera a abrazarte tanto como lo necesitabas y no menos. De alguien que no arrastrase el miedo a sus espaldas, porque tu propio miedo ya pesaba suficiente.
Y yo sé que no servía, porque en las relaciones tiendo a someterme, dejándome dominar sin problemas, alegremente. Y tú necesitabas un ser Grande, Fuerte de espíritu y no solo de mente. Y sé que tenías que marcharte, que no pasa nada. Que debo buscar a mi gran hombre dominante y olvidarme. Pero hay algo que no me lo permite, que me retiene. Quizás tus ojos marrones. El recuerdo de un recuerdo. Los momentos construidos en previsión de un fin ineludible, que yo intuía siempre, acechante. Hay algo que no me lo permite.
Quizás mi amor al sol y mi incapacidad para refugiarme en un mundo transparente, aislado, liviano y transcendente.
 
Autor : Catherine
 
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4 de abril de 2012

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Vía láctea


 
Lo mío con el erotismo viene de lejos. Arranca desde el más allá de mis fantasías de niño. Niño que creció a golpe de sorpresas que le dio la vida, a golpe de placeres que recibió de la misma o a correctivos que ésta le arreó a manos de sus mayores cuando proyectaba su mirada hacia escotes infinitos o se quedaba prendado de cualquier manifestación de gastronomía mamaria. Todo tiene un comienzo, lo sabemos. Y el mío, que no podía ser de otra forma, empezó a forjarse en cuanto cesó mi alimentación materna. El destete coincidió con el destape emocional y “sexitivo” por todo lo que tuviera que ver con el pecho femenino. Claro que todo es relativo, que la conjetura está ahí, sembrando de dudas el nacimiento, el efecto y la causa que me han llevado, de la mano, hasta el oasis donde busto y gusto se miran de reojo definiéndose y conjugándose.
Fue en el Virgen de las Nieves, mi colegio, donde aconteció mi primer encuentro fotográfico con la máxima expresión de feminidad. Expresión en el más orondo sentido de la palabra. Fue al descubrir la revista de aquel profesor cuando me di cuenta de la verdadera redondez del mundo. Pero no destapé nada más. No conseguí que volviera a castigarme, no me quedé nunca más solo en su despacho y se acabó el fisgonear entre sus cajones mientras él preparaba las clases del día siguiente. En esa misma época fue cuando me explicaron en clase de historia antiquísima lo de un tal Rómulo y su gemelo enzarzados en un banquete, mamando de una loba. También me maravillé ante la imagen. Qué grandeza, qué delicadeza, qué candidez, qué obra más bonita la de la naturaleza cuya sabiduría no conoce límites.
Un viernes por la tarde, a los doce años, se produjo un cambio radical que dejaría atrás mi infancia. Empezaron a sonar trompetas, a ulular y girar los vientos, a alinearse los planetas, a completarse el relleno lunar, a balar de placer las ovejas que aguardaban la oscuridad dispuestas para ser contadas y recontadas antes de sumergirme en ese océano onírico y remar a brazo partido con Morfeo.
Buscando excusas que justifiquen mis pautas de comportamiento, siempre esgrimo la razón de mi preferencia por los gatos. Estos animales son curiosos, merodeadores, exploradores de lo ajeno, como yo. A mí también me es aplicable aquello de que la curiosidad mató al minino. Y si no, tiempo al tiempo.
Pero volvamos a ese viernes, ese día de autos y tetas, ese día en el que crecí de golpe bajo la atenta mirada de Afrodita.

A las cinco y media llegué de la escuela. Merendé, curioseé algún cuento de terror que mi hermano disponía para alimentar mis miedos. Vi la tele con aquellos dos únicos canales que la mayoría ya ni recuerda… Aburrido empecé a registrar los cajones del armario del comedor. Al abrir el que estaba justo debajo del mueble bar, me di de bruces con aquella revista gruesa, de tapas verdes en las que no se veía nada de nada… y nada hacía presagiar los paisajes apocalípticos que estaba a punto de transitar. Se trataba de una publicación diferente a los botines obtenidos en incursiones anteriores. Lo habitual era encontrarme un hola, un diez minutos, un pronto, un hogar y punto, o un catálogo de puntos para conseguir una sartén en algún supermercado. Las había visto de todos los colores que pueda aglutinar el óleo informativo de las publicaciones del corazón.
Sostuve la revista entre mis manos. Manos pasivas aún. Dedos que guiaban mi mirada por la portada sin adivinar lo que se escondía entre sus páginas. Ahí estaba yo, en cuclillas, junto a la tele que emitía un serial sobre un bandolero que cuando cogía la faca se cegaba. De vez en cuando, mientras manoseaba la portada queriendo despejar incógnitas, miraba como se iba sembrando de cadáveres la segunda cadena. Todo eso acabó en cuanto me sumergí entre esas páginas. No sé cómo sucedió, pero se abrió justo por la mitad, como un melón maduro y frío en manos de unos comensales en pleno mes de agosto. En seguida noté que algo se agitaba en mi interior. No comprendía bien qué estaba viendo, tampoco lo que me sucedía. Los temblores se posaron en mis mejillas, los colores se tornaron calores, mis dedos se movían nerviosos buscando una esquina por la que pasar página. Observaba unos cuerpos encima de otros. Unos pechos desafiando la ley de la gravedad, una gravedad, la mía, que escogía el sentido contrario a cualquier física conocida. Observaba unas ubres por las que rivalizaban una legión de rómulos y remos entrados en años. Observaba atónito esas vergas que jugaban a ser lanzas en ristre apuntando hacia una ristra de pezones beligerantes. Observaba gente lanzándose a los brazos entornados de otras personas que los recibían con los ojos cerrados a cal y canto y las piernas abiertas de par en par. Observaba unas bocas naciendo de otras bocas, bocas sembrando besos en otras. Observaba unas manos recorriendo un atlas copado de montes venusianos explotados por otras lenguas que se habían adentrado cual exploradores en las minas del rey Salomón del placer.
Hacía rato que no atendía las aventuras de Curro Jiménez ni el Algarrobo ni sus luchas por esos montes de dios, contra esos franceses del demonio. Sólo tenía ojitos para esa galería repleta de cuerpos que representaban un Guernica concupiscente, un tapiz de la creación libertino, el mundo en sus primeros días cuando Adán y Eva comían sin pecado y vestían desnudos.
Continuaba agachado, trémulo como una hoja mecida por el viento. Una hoja a punto de caerse; ocre, encendida, quemada por los caprichos de la naturaleza.
Cesé mi actividad contemplativa al escuchar la voz de mi abuela, sus requerimientos para atender un recado.

Devolví el botín a su escondite. Atravesé el patio que dividía las dos casas, la de mis padres y la de mis abuelos. Mientras, los gatos en las cornisas, se despedían del sol. No podía dejar de pensar en lo que acababa de ver. Eso no podía ser bueno. O eso, simplemente, no podía ser. Notaba cómo me ardía la cara, cómo me castañeaban los dientes por el frío del pecado. Las cuerdas vocales tenían secuestrada mi voz.
Mi abuela me pidió que fuera donde Enrique a por dos litros de leche.
Cogí dos lecheras y me dirigí hasta la vaquería del pueblo. Durante el recorrido seguía dándole vueltas a lo que acababa de acontecerme. Me sentía raro, extraño por lo que había visto. Supongo que un descubrimiento así sólo sucede una vez en la vida. Y esa extrañeza, esa sensación, era dolorosa. Me creía en pecado mortal. Que algo malo me sucedería. Hice el firme propósito de no reincidir, de no mirar más tetas en ningún sitio, de no aventurarme en la playa, en los meses estivales, a la caza ocular de la turgencia femenina. Lo prometí en voz alta para que el arrepentimiento que me sacudía, me concediera una tregua… Pensé que el próximo sábado de misa, le confesaría al cura todos mis pecados, sin dejar ni uno en el tintero, sin obviar detalles, sin ocultación alguna. Quería que todas las aguas volvieran a sus cauces. Claro que todo eso lo pensé de camino a la vaquería, y empecé a desecharlo tímidamente durante la vuelta a casa. La fragilidad del alma no conoce límites, la debilidad del cuerpo, tampoco.

Al llegar a la granja, Enrique, su hermano y su padre ordeñaban las vacas. Acariciaban esas tetas enormes ante mis ojos y, como premio a tanto masaje, obtenían la leche que poco después y tras hervirla, mi madre me daría para merendar, para desayunar, para ayudarme, en definitiva, en mi crecimiento… ese crecimiento que más hubiera valido desarrollar con menos leches…
Regresaba a casa una versión diferente, conocedora del pecado y del cuento de la lechera.
Mientras caminaba, mi memoria recurrente hacía y deshacía la senda del pensamiento. Me enfrentaba, otra vez, a ese campo de batalla carnal poblado de sexos entrelazados que había contemplado hacía poco rato, a esas mamas bovinas que padre e hijos ordeñaban con maestría para el buen alimentar de los muchachos del pueblo.
El camino hasta mi hogar estaba poblado de chopos de hojas plateadas que silbaban cuando el aire ya gélido de la sierra agitaba sus copas. El trayecto estaba sembrado de piedras que otrora habían descansado en el lecho de un mar sin nombre. Mis ojos se fijaban en las ramas de los árboles que montaban guardia y se erguían a mi paso. Mis pies perseguían esas piedras y azorado por el arrepentimiento, no hacía otra cosa más que intentar darles fuerte y lanzarlas contra el olvido. Pero el olvido es rencoroso, un príncipe destronado del tiempo y el espacio. No conseguía desterrar esas imágenes de mi mente.
Mi cabeza amenazaba con entrar en erupción. El sentimiento de culpa amagaba con levar anclas y mis ojos se centraban en el follaje arbóreo mientras la punta de mis deportivas para penitentes ávidos, golpeaban todo guijarro que se interponía entre mi delito emocional y mi sexualidad emergente.
Me prometía una y otra vez que no volvería a hurgar en cajón alguno. Que cejaría en mis exploraciones. Que me pondría a ver la tele, como cualquier niño, y que le daría fuerte a los estudios en detrimento del descubrimiento anatómico. Pero no dejaba de recular, de ver esas imágenes, de estremecerme cada vez que mi pensamiento se posaba sobre esos contorsionistas del amor. En mi interior se alternaba remordimiento y culpa con deseo de reincidencia. Ansiaba llegar casa para esconderme en mi sofá, bajo las palabras sedantes de mi abuela. Necesitaba arrullarme junto a mi abuelo y ser testigo de su conversación meteorológica con la luna. Anhelaba cenar, acostarme, olvidar.
No me di cuenta: las cántaras fueron bailando los pasos, columpiadas por el viento de mis cavilaciones, y la leche había ido dejando un reguero, como una vía láctea por la que se alejaba mi niñez.
Llegué a casa desvanecido, pasto de la angustia. Mi abuela, asustada, exclamó:

-          Hijo, ¡qué te pasa! estás coloradísimo.

No podía articular palabra. Sólo gimoteaba al comprobar la poca leche que quedaba. Una mezcolanza de sentimientos de culpa y vergüenza, unas ilustraciones que se habían enquistado en mi cabeza, una sexualidad que empezaba a dolerme y a interrogarme, unos hechos que no habían hecho nada más que empezar, martilleaban mi alma.

-          Abuela, la leche se ha derramado. Apenas queda nada –balbuceé-
-          Debe ser por lo mal que estás. Tienes fiebre. –dijo mientras descansaba su mano en mi frente
-          Te libras de volver donde Enrique. –Anda, ve a ver a tu madre y métete en la cama, añadió.
Me satisfizo la idea de no volver. No hubiera soportado más tetas ese día.
Al día siguiente no fui a la escuela. Mi madre dijo algo así como que prevenir es curar. Tampoco desayuné un vaso de leche. Al terminar de rebañar el desayuno, me senté en el sofá junto a la gata enferma de tiempo.
En ese momento mi mirada se fijó en el mueble que tenía enfrente. Mi cuerpo se erizó como el de un felino encelado. Fui hasta el cajón y cogí la revista de tapas anodinas y verdes, esa publicación culpable de mi primer gran pecado y mi primera gran ratificación.
Han pasado veintisiete años. Mientras evoco esta historia, la revista está justo debajo de la taza de café que humea, como mis recuerdos.

Ahora, cuando descanso tras una lectura, cuando hago un receso en mis paseos por la intrincada jungla del lenguaje, permito que mis dedos acaricien la revista. Y siempre sucede: se abre justo por la mitad, como un melón maduro y helado en plena canícula estival.
                                                                                                             
Autor: MARIO CASTILLO ROS
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