30 de marzo de 2012

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SEKAI 4




Linger despertó, como cada día ella se levanto sintiendo el calor de la luz en el cuerpo y sus ojos
estaba ansiosa no podía esperar para poder abrazar a su mama y su papa que regresaban, justo para el día de su cumpleaños, seguro le traerían lienzos con obras espectaculares, y ella vería en sus rostros la añoranza por verla de nuevo, en los días que estuvieron fuera cumpliendo con el itinerario de trabajo(después de todo, un buen sanador debe abastecerse de medicamentos con frecuencia)
Linger recordó las historias de su abuela y los coloridos dibujos que esta le daba algunos al parecer eran viejos tenían símbolos y pictogramas que según la abuela eran parte de la tradición de la familia(tal vez algún escudo de armas) así como los juegos que hacían referencia a las imagenes de el margen que rodeaba al árbol genealógico, estuvo esperando con ansias para ver a sus padres, pero además quería saber como estaba su abuela(ya que este año Linger no pudo acompañarlos, su preparación como recolectora había terminado y esperaba la respuesta a su petición de entrada a la academia medica de sanadores... no podía alejarse de su casa no antes de saber si había sido o no aceptada) este día prometía ser especial lo sentía en cada palpitar...
y no se equivocaba...
Autor: Berserkwolf

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27 de marzo de 2012

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Amor lejano



Que significa la vida,
si tu no estàs a mi lado,
sufriente corazòn helado,
nada esta pena mitiga.
Que significa la vida,
si ya no tengo tu abrazo,
vivo esperando el ocaso,
muriendo dìa tras dìa.


Dame ilusiones, mi vida!
que ya sonrisas, no tengo.
Solo nostalgias esquivas,
son quienes colman mi tiempo.
Que sorpresa. Quien dirìa.
Hasta pienso que ya he muerto.

Autor : El Gaucho Santillán

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26 de marzo de 2012

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Para tí, poeta



¿Quién tiene las musas de los cielos?,
¿quién  las llaves del sentimiento?,
¿quien en fin posee la imaginación
de conjugar palabras y verbos?.

¿Quién puede parir ilusión y alegria?,
¿o sembrar tristeza o melancolias?, 
¿si no aquél que le fué concedido
el don del poema?.

¿Quién en fin, regala poemas
expandiendo su alma preñada
de luz ilusión y alegrias?.

¡SOLO TÚ POETA¡. SOLO TÚ....

Julia Orozco.

21 De Marzo, Dia Mundial De La Poesia.


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24 de marzo de 2012

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Copla


Por el camino
Vuelvo
Por el camino
Voy
Buscando un puerto
Estoy
Buen compañero
Soy
Me faltas tú para ser
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23 de marzo de 2012

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SEKAI 3


el chronomelo cuenta las horas como siempre, estos días no lo he retirado de mi tobillo derecho... ultima mente me obsesiona el tiempo...
antes no era así antes salia de casa y disfrutaba del viento del sonido de la vida a mi alrededor(una cálida melodía) en la escuela aprendíamos lo habitual,
el abuelo seguía en la zona elevada del planeta(soportando toda esa presión en el cuerpo y el silencio des orientador) papa seguía en los archivos preparando todo para el regreso del abuelo...
el día que llego traía consigo varias placas y algunas resonancias inusuales...
los grabados en una de esas placas ha causado mi añoranza y mi interés en el tiempo...
describe tiempos lejanos, tiempos extraños ideas incomprensibles sobre fragancias que se estancaban en el aire... y sonidos que permanecían solidos... 
 
Autor: Berserkwolf

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20 de marzo de 2012

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A veces



A veces me siento tan cansada
Que aunque disfrace mis días
Coloree mi alma
Ilumine mis sueños
Los llene de magia
Me siento cansada
Amo la vida, las risas, el llanto
Amo sobre todo la paz del alma
pero miro alrededor y solo veo
penurias, carencias, desgracias.....
eso me angustia y me deja cansada

Autor: Nocturno
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17 de marzo de 2012

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En un Campo



En un campo de amapolas,
¡te perdiste, niña mia,
y todas ellas se abrieron
¡al verte tan chiquitita¡.

Estando tu allí dormida,
¡la más bella de las flores¡,
hasta el sol se despertó
¡y te llenó de colores¡.

Yo que te buscaba, niña,
entre risas y llamadas,
al verte llena de luz
¡te abracé con toda el alma¡.

Tú, al ver que yo ya llegaba,
reiste como una estrella
y entre amapolas y risas....
¡besé tu carita bella ¡.


Julia Orozco.
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15 de marzo de 2012

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Nos cuentan los maestros XXXIII - Juan Bosch


El cuento es un género antiquísimo, que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande, y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe, como si fuera un maestro de emociones o de ideas.
Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. Lo segundo se refiere al género. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes, pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. La importancia del hecho es desde luego relativa, mas debe ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia, lo que se escribe puede ser un cuadro, una escena, una estampa, pero no es un cuento.

"Importancia" no quiere decir aquí novedad, caso insólito, acaecimiento singular. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo. Un niño que va a la escuela no es materia propicia para un cuento, porque no hay nada de importancia en su viaje diario a las clases; pero hay sustancia para el cuento si el autobús en que va el niño se vuelca o se quema, o si al llegar a su escuela el niño halla que el maestro está enfermo o el edificio escolar se ha quemado la noche anterior.

Aprender a discernir dónde hay un tema para cuento es parte esencial de la técnica. Esa técnica es el oficio peculiar con que se trabaja el esqueleto de toda obra de creación: es la "tekné" de los griegos o, si se quiere, la parte de artesanado imprescindible en el bagaje del artista.

A menos que se trate de un caso excepcional, un buen escritor de cuentos tarda años en dominar la técnica del género, y la técnica se adquiere con la práctica más que con estudio. Pero nunca debe olvidarse que el género tiene una técnica y que ésta debe conocerse a fondo. Cuento quiere decir llevar cuenta de un hecho. La palabra proviene del latín computus, y es inútil tratar de rehuir el significado esencial que late en el origen de los vocablos. Una persona puede llevar cuenta de algo con números romanos, con números árabes, con signos algebraicos; pero tiene que llevar esa cuenta. No puede olvidar ciertas cantidades o ignorar determinados valores. Llevar cuenta es ir ceñido al hecho que se computa. El que no sabe llevar con palabras la cuenta de un suceso, no es cuentista.

De paso diremos que una vez adquirida la técnica, el cuentista puede escoger su propio camino, ser "hermético" o "figurativo" como se dice ahora, o lo que es lo mismo, subjetivo u objetivo; aplicar su estilo personal, presentar su obra desde su ángulo individual; expresarse como él crea que debe hacerlo. Pero no debe echarse en olvido que el género, reconocido como el más difícil en todos los idiomas, no tolera innovaciones sino de los autores que lo dominan en lo más esencial de su estructura.

El interés que despierta el cuento puede medirse por los juicios que les merece a críticos, cuentistas y aficionados. Se dice a menudo que el cuento es una novela en síntesis y que la novela requiere más aliento en el que la escribe. En realidad los dos géneros son dos cosas distintas; y es es más difícil lograr un buen libro de cuentos que una novela buena. Comparar diez páginas de cuento con las doscientas cincuenta de una novela es una ligereza. Una novela de esa dimensión puede escribirse en dos meses; un libro de cuentos que sea bueno y que tenga doscientas cincuenta páginas, no se logra en tan corto tiempo. La diferencia fundamental entre un género y el otro está en la dirección: la novela es extensa; el cuento es intenso.

El novelista crea caracteres y a menudo sucede que esos caracteres se le rebelan al autor y actúan conforme a sus propias naturalezas, de manera que con frecuencia una novela no termina como el novelista lo había planeado, sino como los personajes de la obra lo determinan con sus hechos. En el cuento, la situación es diferente; el cuento tiene que ser obra exclusiva del cuentista. Él es el padre y el dictador de sus Criaturas; no puede dejarlas libres ni tolerarles rebeliones. Esa voluntad de predominio del cuentista sobre sus personajes es lo que se traduce en tensión por tanto en intensidad. La intensidad de un cuento no es producto obligado, como ha dicho alguien, de su corta extensión; es el fruto de la voluntad sostenida con que el cuentista trabaja su obra. Probablemente es ahí donde se halla la causa de que el género sea tan difícil, pues el cuentista necesita ejercer sobre sí mismo una vigilancia constante, que no se logra sin disciplina mental y emocional; y eso no es fácil.

Fundamentalmente, el estado de ánimo del cuentista tiene que ser el mismo para recoger su material que para escribir. Seleccionar la materia de un cuento demanda esfuerzo, capacidad de concentración y trabajo de análisis. A menudo parece más atrayente tal tema que tal otro; pero el tema debe ser visto no en su estado primitivo, sino como si estuviera ya elaborado. El cuentista debe ver desde el primer momento su material organizado en tema, como si ya estuviera el cuento escrito, lo cual requiere casi tanta tensión como escribir.

El verdadero cuentista dedica muchas horas de su vida a estudiar la técnica del género, al grado que logre dominarla en la misma forma en que el pintor consciente domina la pincelada: la da, no tiene que premeditarla. Esa técnica no implica, como se piensa con frecuencia, el final sorprendente. Lo fundamental en ella es mantener vivo el interés del lector y por tanto sostener sin caídas la tensión, la fuerza interior con que el suceso va produciéndose. El final sorprendente no es una condición imprescindible en el buen cuento. Hay grandes cuentistas, como Antón Chejov, que apenas lo usaron. "A la deriva", de Horacio Quiroga, no lo tiene, y es una pieza magistral. Un final sorprendente impuesto a la fuerza destruye otras buenas condiciones en un cuento. Ahora bien, el cuento debe tener su final natural como debe tener su principio.

No importa que el cuento sea subjetivo u objetivo; que el estilo del autor sea deliberadamente claro u oscuro, directo o indirecto: el cuento debe comenzar interesando al lector. Una vez cogido en ese interés el lector está en manos del cuentista y éste no debe soltarlo más. A partir del principio el cuentista debe ser implacable con el sujeto de su obra; lo conducirá sin piedad hacia el destino que previamente le ha trazado; no le permitirá el menor desvío. Una sola frase aun siendo de tres palabras, que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino, manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. Kippling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba; Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco.

La manera natural de comenzar un cuento fue siempre el "había una vez" o "érase una vez". Esa corta frase tenía -y tiene aún en la gente del pueblo- un valor de conjuro; ella sola bastaba para despertar el interés de los que rodeaban al relatador de cuentos. En su origen, el cuento no comenzaba con descripciones de paisajes, a menos que se tratara la presencia o la acción del protagonista; comenzaba con éste, y pintándola en actividad. Aún hoy, esa manera de comenzar es buena. El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción, física o psicológica, pero acción; el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se canse.

Saber comenzar un cuento es tan importante como saber terminarlo. El cuentista serio estudia y practica sin descanso la entrada del cuento. Es en la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento; ella determina el ritmo y la tensión de la pieza. Un cuento que comienza bien casi siempre termina bien. El autor queda comprometido consigo mismo a mantener el nivel de su creación a la altura en que la inició. Hay una sola manera de empezar un cuento con acierto: despertando de golpe el interés del lector. El antiguo "había una vez" o "érase una vez" tiene que ser suplido con algo que tenga su mismo valor de conjuro. El cuentista joven debe estudiar con detenimiento la manera en que inician sus cuentos los grandes maestros; debe leer, uno por uno, los primeros párrafos de los mejores cuentos de Maupassant, de Kippling, de Sherwood Anderson, de Quiroga, quien fue quizá el más consciente de todos ellos en lo que a la técnica del cuento se refiere.

Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí en pocas palabras el núcleo de la técnica del cuento. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista, conoce la "tekné" del género. El oficio es la parte formal de la tarea, pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento, mejorarlo con una nueva modalidad, iluminarlo con el toque de su personalidad creadora.

Ese oficio es necesario para el que cuenta cuentos en un mercado árabe y para el que los escribe en una biblioteca de París. No hay manera de conocerlo sin ejercerlo. Nadie nace sabiéndolo, aunque en ocasiones un cuentista nato puede producir un buen cuento por adivinación de artista. El oficio es obra del trabajo asiduo, de la meditación constante, de la dedicación apasionada. Cuentistas de apreciables cualidades para la narración han perdido su don porque mientras tuvieron dentro de sí temas escribieron sin detenerse a estudiar la técnica del cuento y nunca la dominaron; cuando la veta interior se agotó, les faltó la capacidad para elaborar, con asuntos externos a su experiencia íntima, la delicada arquitectura de un cuento. No adquirieron el oficio a tiempo, y sin el oficio no podían construir.

En sus primeros tiempos el cuentista crea en estado de semiinconsciencia. La acción se le impone; los personajes y sus circunstancias le arrastran; un torrente de palabras luminosas se lanza sobre él. Mientras ese estado de ánimo dura, el cuentista tiene que ir aprendiendo la técnica a fin de imponerse a ese mundo hermoso y desordenado que abruma su mundo interior. El conocimiento de la técnica le permitirá señorear sobre la embriagante pasión como Yavé sobre el caos. Se halla en el momento apropiado para estudiar los principios en que descansa la profesión de cuentista, y debe hacerlo sin pérdida de tiempo. Los principios del género, no importa lo que crean algunos cuentistas noveles, son inalterables; por lo menos, en la medida en que la obra humana lo es.

La búsqueda y la selección del material es una parte importante de la técnica; de la búsqueda y de la selección saldrá el tema. Parece que estas dos palabras -búsqueda y selección- implican lo mismo: buscar es seleccionar. Pero no es así para el cuentista. Él buscará aquello que su alma desea; motivos campesinos o de mar, episodios de hombres del pueblo o de niños, asuntos de amor o de trabajo. Una vez obtenido el material, escogerá el que más se avenga con su concepto general de la vida y con el tipo de cuento que se propone escribir.

Esa parte de la tarea es sagradamente personal; nadie puede intervenir en ella. A menudo la gente se acerca a novelistas y cuentistas para contarles cosas que le han sucedido, "temas para novelas y cuentos" que no interesan al escribir porque nada le dicen a su sensibilidad. Ahora bien, si nadie debe intervenir en la selección del tema, hay un consejo útil que dar a los cuentistas jóvenes: que estudien el material con minuciosidad y seriedad; que estudien concienzudamente el escenario de su cuento, el personaje y su ambiente, su mundo psicológico y el trabajo con que se gana la vida.

Escribir cuentos es una tarea seria y además hermosa. Arte difícil, tiene el premio en su propia realización. Hay mucho que decir sobre él. Pero lo más importante es esto: El que nace con la vocación de cuentista trae al mundo un don que está en la obligación de poner al servicio de la sociedad. La única manera de cumplir con esa obligación es desenvolviendo sus dotes naturales, y para lograrlo tiene que aprender todo lo relativo a su oficio; qué es un cuento y qué debe hacer para escribir buenos cuentos. Si encara su vocación con seriedad, estudiará a conciencia, trabajará, se afanará por dominar el género, que es sin duda muy rebelde, pero dominable. Otros lo han logrado. Él también puede lograrlo.

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9 de marzo de 2012

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Leonor


Con el suave y rítmico vaivén del “reformer”, adelante y atrás, adelante y atrás, adelante, flexiono, atrás, extiendo, el joven profesor iniciaba la sesión de Pilates, destinada a un grupo disímil en sexo y edad. Leonor se dejó llevar con los ojos cerrados. Iba y venía en su camilla y la voz del instructor se apagaba. De pronto, recordó, sin saber por qué, a aquél compañero con el que compartió años de Universidad: Juan Miguel Montero, a quien ella llamaba Miguel a secas, y una emoción antigua y sutil corrió por su cuerpo al que flexionaba y extendía. Leonor había sido siempre poco decidida para afrontar cambios. Cuando aquel joven compañero de estudios recién recibido, de su misma promoción, la invitó a compartir sueños y aventuras, a descubrir mundos invisibles, a pensar en ellos, con la mochila por ropero y un “hostel” por morada, no se animó. Su vida había sido demasiado cómoda y aunque su Ser interior lo deseaba profundamente, no se decidía, tenía miedos. Recién obtenido su título, sin mayor experiencia, le pareció impensada la propuesta de Miguel. Por ese entonces se dejaba cortejar por su actual marido sin cortar la ambigua relación que la unía a su compañero.
Había bajado los brazos y depositado su verde mirada en el piso del salón de actos. No pudo decirle: ¡Sí!

Familiarmente era estimulada por su madre para concretar un noviazgo formal con Alejandro, su primo lejano, también compañero de estudios, pero no habitual ya que asistía a otra Cátedra. Esa situación, terminaría por retenerla.

Su corazón estalló cuando se despidieron en el aeropuerto con un abrazo largo y silencioso. Más tarde, con su vida prolijamente armada, se casó con Alejandro y guardó, envuelto en brumas turquesas, según había aprendido de su Maestro Shambhala, en el chakra secundario del mismo color, el recuerdo de Juan Miguel. Sin embargo, quedó en su memoria como un secreto del corazón.

Ahora, sorpresivamente había aparecido en el salón del gimnasio y desde el arco de la entrada, la llamaba con un gesto amable. Leonor se levantó del “reformer” y avanzó hacia él, un poco menos esbelto y con incipiente calvicie, notó. En el recodo de un pasillo desierto y silencioso se abrazaron y unieron sus sentimientos en el beso eterno que nunca se habían dado. El abrazo no cesaba, cuando él la separó lentamente y la miró con ternura, secando una lágrima furtiva que escapó de sus ojos verdes. Entonces, ella le imploró:

_ ¡Llévame contigo!

_ No puedo Leonor, ni yo puedo llevarte, ni tú puedes venir. Recuerda, ambos estamos casados, le respondió casi sin voz. Esa descripción de la realidad tan breve pero dolorosa, la había sobrecogido. Cuando intentó suplicarle otra vez, una voz conocida, la detuvo.

_ Leonor, Leonor, vamos. . .

_ ¿Si?, murmuró mirando a su alrededor con los ojos entornados y la mirada confusa.

_ Vamos, vamos, que ya estamos en el calentamiento Leonor, ordenó rítmicamente el Profesor. La mujer, sorprendida, admitió para sí, que volvía de un sueño de escasos segundos, sin embargo, todo le había resultado tan real, tan vivo, que se dio el lujo de dudar. Ya la clase no sería como las habituales. Mientras tomaba las manoplas para extender y contraer sus brazos y su tórax, el sueño volvía a su mente Terminó los ejercicios con desgano y volvió a su casa. Compró “comida hecha” y esperó a su esposo.

Sentados a la mesa comentaron sobre la jornada y ante un gesto de desagrado, levemente insinuado de Alejandro, ella se justificó:

_ No me sentía bien, querido, así que no cociné.

_ No hay problema, sólo, que tus platos son deliciosos, la halagó.

Continuaron conversando como cotidianamente lo hacían después de cenar, sobre asuntos laborales y otros temas banales. Próximos a retirarse a su dormitorio, el esposo le dio la noticia.

_ Leonor, casi me olvidaba, me comentaron en la Empresa que la sucursal del interior ya tiene jefe.

_ Bueno, mejor, así no te trasladan, contestó ella con desgano ya que sus pensamientos aún rondaban el fugaz sueño.

_Sí, en buena hora, pero ¿A que no te imaginas quién tomará el mando de la Central y hará capacitar a los operarios en una serie de técnicas modernas para asegurar el uso de las máquinas que se trajeron de Alemania?

_ No, no me imagino, si no me lo dices, acotó Leonor.

_ ¿Te acuerdas de ese compañero tuyo que se fue a Europa cuando nos recibimos?

Un poco nerviosa, negó el recuerdo.

Alejandro, reiteró con inocencia:

_ Sí, Juan Miguel Montero, fue compañero tuyo ¿recuerdas ahora?

Leonor asintió la pregunta con displicencia, mientras su corazón galopaba al punto de estallar por la emoción escondida.

_ ¿Se casó ese muchacho? Preguntó, para parecer interesada en la novedad que comentaba su esposo.

_ Sí y viene a radicarse con su familia, respondió. No pudo más y pidiendo disculpas a su interlocutor, se refugió en el baño. Lejos de la presencia de su esposo, parada frente al espejo, tomó su cabeza con sus dos manos y miró la imagen que aquél le devolvía. Sus pensamientos se hicieron emoción y unas desacostumbradas lágrimas brotaron de sus ojos, producto de una ansiosa alegría y de un insinuante miedo.

“Entonces lo presentí” se dijo, sentada sobre la el borde redondeado de la bañera azul.

Los pensamientos, que viajan distancias inimaginables en tiempos inexistentes como cuerdas iluminadas por la luz de las energías espirituales, anticiparon el regreso de Juan Miguel.

Leonor, fue la mente en blanco que encontraron en su marcha eterna por el Universo infinito, donde pudieron concretarse. De ahora en más el desafío estaba planteado en la vida de Leonor.
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6 de marzo de 2012

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Ayer...



Ayer, sembrando una rosa,
pensé en mi fuero interno,
¿por qué no siembro tambien
con la rosa un sentimiento?.


Y miré en mi interior,
por ver lo que yo sentia
¡y sembre junto a la rosa
semillas de mi sonrisas¡.

Julia Orozco.

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5 de marzo de 2012

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La Torre de Macuas.

El bardo se sentó con pesadez en la piedra que a cien metros escasos flanqueaba el costado de la antigua torre gótica que, de milagro, se mantenía aún en píe. La misma torre que flanqueaba el vetusto puente que, salvando el enorme Río Negro, había adoptado el nombre de Macuas, el sabio vigilante que soportó la humillación de morir y permitir el acceso de los ejércitos de la Gran Teratriz en los dominios, siempre en perpetuo y fronterizo conflicto con el Imperio Babelio. El bardo, penitente de la orden de los Olvidados, recordaba cada uno de los detalles de aquella fatídica noche en que las poderosas huestes de Amidia la Negra, Teratriz por la gracia de sus propios y corruptos valedores, consiguió forzar en una prueba tan estúpida cómo inesperada la fuerza de los promisarios, accediendo, tras la toma de Adebú, que había supuesto un golpe mortal a la moral de las tropas del Instituto, al llano de la Añima, preludio cuajado de árboles de oleol, principal joya vegetal de la Promesa y pasillo hacía Eruse, la capital.

El Preludio.

La Torre, negra del tiempo que la cuajaba, pertenecía de nuevo a la Promesa. Gracías al milagro del Profeta se habían restituido las fronteras a los límites anteriores a la masacre de Macuas apenas veinteaños antes. En ella el pendón con el Guilión ondeaba orgulloso con una tenue brisa de poniente que presagiaba nuevos y oscuros tiempos, tras el fuego sagrado de la primera Gehenna. El bardo afinó su vieja y trabajada bandurría y sonrío con su desgastada dentadura a los zagales, sucios y pícaros que, cómo el hierro a la energía mística se acercaban a cualquier cosa q pudiera prestarles un mínimo de distracción. La batalla de la Torre  de Piedra, llamada desde entonces de Macuas, no había sido una batalla puramente, fue una triste prueba en que la Promesa perdió al viejo guardián y sólo por la intervención milagrosa del Profeta evitó perder el reducido territorio, rico en oleol y parco en tierras, cada vez más bajo presión de tropas babelias, Hazzidins, que al poco cambiarían su fidelidad y sobre todo las sorpresas que la Teratriz guardaba, con su arte de arpía astuta, bajo la manga.

Adebú, último bastión de importancia ante los desfiladeros de Alrozaz, había caido estrepitósamente ante el grueso del ejército de la Ira, cuarta división de Babelia. El general promisario Arzazán pensó que era mejor concentrar tropas en Azzea, a escasos tres kilómetros de Adebú. El camino hacía la Torre de Piedra era más fácil de defender desde la plaza de la Torre Esférica. Todo contra la lógica del deán Saphiro que argumentaba que los babelios tomarían la plaza de la ruta negra antes de irse hacía Macuas,  cómo preludio al ataque sobre el Castillo de Aleuris, último bastión antes de penetrar en los desfiladeros hacía el pantano tenebroso, del que se decía se podría extraer gran cantidad de energía mistica. Arzazán contestó que Alrozaz era fácilmente defendible cortando el paso en los bajíos de Cerradón, hundiendo la pasarela de madera que únia ambas márgenes del río. Eso era estrategia básica que sabrían los babelios, por lo que no perderían el tiempo en intentar tomar Adebú. Más al contrario acometerían Azzea, pues no serían tan idiotas de dejar la guarnición de poniente a sus espaldas.

La guerra de Macuas.

El grueso de la cuarta división babelia había masacrado Adebú, había exterminado el cuerpo de ejército del capitán Serendías que pudo huir vestido de mujer hacía Alrozaz, mientras la población civil era pasada a cuchillo, lanza y empalamiento. Cuando Arzazán quiso reaccionar las tropas babelias habían superado Azzea y bajaban a todo meter hacía la Torre de Piedra. Habían dejado atrás la guarnición de poniente a la que cercaban con maquinaria pesada de guerra desde los llanos de la muralla y la cuesta del Embó. La reacción era imposible. Habían quedado cercados en una ratonera, no podían salir pues serían masacrados al disponer únicamente de infantería ligera. Arzazán, recriminado por Saphiro se arrojó por las almenas de levante ante la indignidad de perder el bastión de Levante. Su puesto lo asumió el recién ascendido general Rogelius, padre de Nirvana, aquella que viste de rojo y defiende por encima de su condición. Sólo restaba esperar la llegada del Ejército de Eruse, al que se enviaban desesperados mensajes por heliógrafo mientras la noche caía inmisericorde.

Por su parte, la Teratriz azuzaba a sus tropas a fin de cruzar el Río Negro y entrar en la tierra que humillara a la fundadora de la dinastía mil años antes. La Torre de Piedra era la última piedra en el camino y no podría aguantar eternamente. Sería fácil. Eso pensaba tres días antes, pues el ascenso en pendiente del puente permitía al guardían, Severo de Macuas defender facilmente con una compañia de ballesteros el paso por el Río. Pero los ballesteros acusaban el cansancio y las acometidas de los babelios no cejaban. El ejército de Eruse se veía retrasado por las razzias de los Hazzidins, que habían penetrado por los Vados del Caido. Mientras Rogelius intentaba organizar la defensa y salir a campo abierto sin sacrificar la posición y Macuas, cómo defensor y responsable máximo de la posición no podría sacrificar más de lo que tenia a su disposición. Situación desesperada que no se podría mantener eternamente. La teratriz tenía tiempo y efectivos, sólo tendría que masacrar Azzea y después volver su maquinaria de guerra hacía su posición. Lo inevitable estaba a escasos días u horas.

La muerte de Macuas.

Rogelius lo vió claro. Los babelios no deseaban sino evitar que el ejército de poniente obrara en su contra. No tenían intención de gastar municiones en contra de Azzea en previsión de lo que pudieran encontrar en el Llano. Sólo querían tenerlos bloqueados y de tal modos e lo comunicaron por heliógrafo a Macuas. Del mismo modo, las noticias desde el frente occidental no eran mejores. El ejército de Eruse apenas había llegado a la encrucijada de la Torre Llana. A casi dos días de camino. Imposible de aguantar con apenas ochenta ballesteros sin apenas munición y con embites continuos a través del puente. Solicitó refuerzos a Rogelius, pero éste comunicó que para salir debería dejar la plaza desguarnecida. Un emisario de la teratriz le ofreció la rendición con el respeto de las vidas de los defensores. Aceptar suponía la muerte y sólo se le ocurrió proponer un reto en la sapiencia de que la reina babelia era una persona de mejor jugar y peor perder. Desde la base del puente, promovió, se lanzaría un bolo con el objetivo de alcanzar la parte más alta posible.

Si ganaba Macuas, reputado lanzador, la reina se comprometería a echar atrás en su acometida. Si ganaban los babelios, respetarían la vida delos defensores y éstos le flanquearían el paso hacía Eruse. Cómo fuera, ganara o perdiera, garantizaba a la desesperada la vida de sus hombres que podrían vivir un día más para combatir y morir en otra ocasión. Curiosamente y contra pronóstico, la reina aceptó y a la caida de la noche Macuas lanzó el bolo, consiguiendo una nada desdeñable marca, ascendiendo la esfera por la antigua calzada hasta casi tocar la escalinata de acceso a la Torre. Mas de cien metros. No le dió tiempo a volver la cabeza para ver a su contendiente. Aquella, arrancada de cuajo, ascendía veloz por la calzada superando con creces  la escalinata. La teratriz sonreia macabra mientras el hummutans, un ser medio humano medio animal dejaba descansar el hacha con el que el defensor de la Torre había otorgado la victoria a la reina babelia, franqueado el acceso al Llano e iniciado la campaña de Eruse.

La Torre de Macuas.

El bardo acabó su narración con los ojos llenos de lágrimas, cómo cada vez que recordaba aquel hecho que daría paso a tres meses de campaña brutal en la que cientos de cuerpos babelios y promisarios sirvieron de abono a los árboles de oleol. La Torre volvería a marcar el límite entre la cuesta en poder de los babelios y el llano en poder de los promisarios. En lo alto, Azzea, la hermana de la Promesa enfrentada a Adebú, hermana en poder de los babelios. El bardo de incorporó y tras conseguir algunas monedas del silencioso público se encaminó hacía el puente, flanqueado por su torre de antiquísimo gótico, tan antiguo que nadie, en aquella época podría fechar y cruzó el límite entre dos facciones tan antagónicas cómo el día y la noche. Nadie, ni la guarnición, ni el populacho osó detenerle. El pertenecía a la hermandad de la orden de los Olvidados. De los que tenían franco el paso porque no olvidaban, porque su sagrado deber era recordar todo lo que, cómo la Torre de Macuas constituía la Historia de la Tierra Baldía...


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3 de marzo de 2012

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El viaje


Hacía tiempo que había dejado de hablar. Ya no tenía expectativas. Todos sus sueños habían ido quedando descartados uno tras otro. La indiferencia se los fue robando hasta que ya no le quedó ninguno. ¿Cuándo fue que se convirtió en ese despojo humano, en esa caricatura que simulaba ser un hombre pero ya no sentía? No se permitía sentir como los demás; no sólo la ilusión de un futuro mejor, sino también la desilusión por algo que no se logra; porque junto con la capacidad de ilusionarse perdió la de desilusionarse.
Era una cosa. Sabía que estaba vivo porque el sol que se colaba por la ventana le molestaba en los ojos. Entonces, tenía que correr la cortina, realizar un movimiento con uno de sus brazos; todavía sus miembros le respondían a la orden del cerebro; ergo, estaba vivo. Eso era todo. El movimiento del sol desde la mañana hasta la noche era su mundo. Los diferentes tonos de luz dentro de la habitación. Las sombras más cortas o más alargadas, que proporcionaba el disco solar, le daban la noción del tiempo durante el día, en cambio el paso de las estaciones lo percibía observando el árbol junto a la ventana. ¿Cuántas veces había visto a ese árbol mudar sus hojas, y cambiar su color de verde a amarillo? Se había perdido en un viaje sin rumbo. Sabía que no iba a ninguna parte, pero en su estado actual no había dolor, tampoco placer; no siempre la existencia debe llevar implícita el sufrimiento, también puede llevar vacío, o sea: nada.
Estaba tirado en la cama con los brazos extendidos formando una cruz. Miraba alternativamente el techo, la pared y el árbol junto a la ventana, y no pensaba en nada. Desde hacía mucho tiempo todo era igual. Se hallaba inmerso en un círculo vicioso; el cual repetía una y otra vez los mismos acontecimientos; esto último era una forma de decir, ya que en realidad no acontecía nada. Su existencia era bucólica hasta el hartazgo, pero de pronto algo sucedió. Mientras observaba las nubes pasajeras que el viento arrastraba, ese movimiento cinético hacía aún más evidente su condición estática, entró su madre a la habitación y le dijo:
-Roberto, hoy van a venir tus amigos a buscarte. Andá a afeitarte así estás listo y no los hacés esperar cuando llegan.
Roberto se dirigió al baño. Antes de tomar la afeitadora se miró en el espejo. Se sintió confundido; no sabía si él era el de carne y hueso que miraba al espejo, o la imagen demacrada que se reflejaba en él, ninguno de los dos parecía tener alma; finalmente tomó la afeitadora y se rasuró. Lo hizo con movimientos mecanizados, siguiendo una rutina aprendida hacía tiempo. Al terminar se lavó la cara con agua fría, de haber estado caliente no hubiera notado la diferencia. Después se sentó en el sillón del living a esperar que llegaran sus amigos. Cuando vio al vehículo de siempre detenerse frente a la puerta de su casa, lo abordó. Pero, tras recorrer algunas cuadras, se dio cuenta de que no eran sus amigos. Así que, Roberto comenzó a gritar:”¡Socorro, me secuestran!”.
El acompañante preparó una dosis de un sedante y lo inyectó. Antes de que la droga le hiciera efecto, Roberto salió corriendo del interior del vehículo. El acompañante lo persiguió detrás, lo alcanzó y forcejearon, hasta que las dos manos de Roberto se cerraron sobre el cuello del acompañante. Cuando llegó el chofer a la escena del hecho, su compañero ya no respiraba.
En el juicio que se llevó a cabo unos meses más tarde, el chofer de la ambulancia declaró que vio como el paciente que transportaban al neuropsiquiátrico mataba al enfermero.

Autor: Luciano Doti

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2 de marzo de 2012

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Villa Isabel

A sus sesenta y ocho años, Doña Florentina era guapa y fuerte. Su tez trigueña descubría sus ancestros y aliviaba sus arrugas. Vivía en el viejo casco de lo que otrora fuese una estancia serrana: Villa Isabel, emplazada en las últimas estribaciones de las Sierras Grandes, en un paraje llamado Cruz de Caña. De ese lugar se decía que en épocas pasadas, hubo una posta a la que un día llegó, moribundo, un soldado del General Bustos dejando allí su osamenta para siempre. En su recuerdo, sus iguales clavaron una cruz sobre su tumba de piedras bola, hecha con cañas que trajeron del río próximo y que ataron con tientos de cuero de cabra.

Luego de la división de la tierra que hicieron los supuestos herederos del propietario, en los últimos años, a Florentina le quedaron algunas vacas, dos toros, unas cuantas ovejas, y gallinas y cabritos por doquier. A ella, le encantaban las flores y las cultivaba en viejos macetones de barro cocido, similares a los españoles de la colonia. Éstos, el pequeño jardín del frente diseñado por un jardinero francés y hermosas farolas de hierro forjado recordaban tiempos de esplendor. Era hija extramatrimonial de quien fuera el propietario de Villa Isabel. Florentina contaba con el papeleo necesario para demostrar su “animus domini” en legal forma, ya que el testamento ológrafo que dejara su padre se abrió por su expresa voluntad ante un afamado Escribano de la ciudad capital. No habría de desampararla y su mejor forma de hacerlo fue la de dejarle la estancia en la que había nacido, por entonces, quince años atrás. A poco de la partida del patrón, Florentina se casó con el capataz de la hacienda pero no tuvieron hijos, por un defecto genético del hombre, dijeron las voces murmurantes del lugar. Su compañero de vida la había acompañado por treinta años y ahora hacía más de veinte que estaba sola. Mucho tiempo.

Una mañana de incipiente verano llegó a la estancia, una camioneta negra 4x4 con varios hombres jóvenes, pertrechados como para escalar la montaña quienes pertenecían, en su calidad de investigadores, al CONICET. Traían el permiso correspondiente para llegar al lugar de abordaje de sus labores, ingresando por Villa Isabel. Apenas llegados, uno de ellos tuvo la mala suerte de deslizar un pie por el hueco de un viejo guardaganado en desuso, quedando su rodilla atascada en él. Fue necesario cortar los barrotes para que el investigador pudiese sacar su pierna. Por consejo del joven médico del Dispensario del lugar no hubo más remedio que dejarlo haciendo reposo en la estancia, al cuidado de Florentina. El proceso de desinflamación de la rodilla, llevó su tiempo. El médico llegaba por la Isabel como abreviaban los paisanos, dos veces por semana. Luego del control, Florentina lo invitaba con unos mates y pan casero y aprovechaba para conversar con el joven. El accidentado mejoró y partió antes que sus compañeros rumbo a la capital. Los demás permanecieron en su tienda de campaña poco más de un mes. Pablo continuó visitando a Florentina en sus días de franco y poco a poco se fueron haciendo amigos hasta contarse buena parte de sus vidas. “Cuando haga cabrito al horno de barro, me manda a avisar, Doña Florentina” era la frase de despedida de Pablo. Tenía 33 años y una vida por delante para hacer todo aquello que aspiraba dentro y fuera de su profesión. Una tarde de fines de febrero, llegó en su desvencijado automóvil y le pidió permiso a la mujer para pasar una semana en su carpa, a orillas del arroyo que, a unos 300 metros de la casa, atravesaba la estancia. Serían dos personas las que vacacionarían.

Grande fue la sorpresa de Florentina quien de antemano había atribuido un sexo diferente al acompañante, cuando, llegado el día vio bajar del coche al médico y otro hombre mayor, con gorra gris y bombacha bataraza: Un gringo bien plantado de cachetes rojos y poco pelo. Era el padre de Pablo. Al conocerlo, tras la presentación, no pudo menos que ofrecerles alojarse en su casa en calidad de huéspedes. “Cómo vas a llevar a tu padre a una carpa, Doctor” expresó la dueña de casa por poco ofendida con el médico. Cabrito al horno de por medio, la carpa y demás bártulos de Pablo fueron a parar al galpón donde se guardan las herramientas de campo, a excepción de la ropa y los libros, claro está. Los tres habrían de pasar una semana inolvidable. Las amenas tertulias, los paseos a caballo, el aire puro de la montaña y el cielo celeste del lugar, configuraban una especie de paraíso en la tierra para Florentina. Su vida había girado 180 grados. Durante el tiempo que amenizaba con Pablo, aprendió a conocerlo y a tratarlo casi como al hijo que no tuvo. “Benedetti” como llamaba a su padre, era un santafesino gentil, con bien llevados setenta años, médico igual que su hijo, pero ya jubilado. Un verdadero amante de las sierras cordobesas en las que había vacacionado en vida de su esposa, siempre variando los destinos, entre Alta Gracia, Ascochinga o Saldán, Cosquín, La Falda, La Cumbre y Cuchi Corral, cerca de Río Cuarto, populosa y rica ciudad del Sur cordobés.
El fin de la licencia de Pablo imponía el retorno a su labor en el Dispensario. Quien lo suplantaba no podía quedarse más días y así ocurrió. Un plácido atardecer de marzo, cargado su automóvil con cosas que no había ni siquiera desembalado, se despidió de Florentina y de su padre. Verlos juntos, tan iguales y tan distintos a la vez, lo emocionó. No se le hubiese cruzado jamás por su mente que regresaría solo. Su padre no lo acompañó. Villa Isabel era un paraíso para dos.
Autor : Zuni Moreno
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