30 de enero de 2012

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Los Gigantes negros



Now, by the gods that warlike Goths adore,
this petty brabble will undo us all.

Shakespeare. Titus Andronicus.


Monostatos estaba a punto de consumar su venganza. Entraría en la ciudad arrasando los campos con sus pies, arrancaría las casas de cuajo, se adueñaría de las reservas y daría su merecido al príncipe, que los había expulsado por ser negros. Sí, por ser negros nada más, porque en la comarca había otros gigantes a los que el pueblo quería y respetaba. La vida de los gigantes era dura, pero para casi todos tenía sus recompensas. No se les permitía vivir en las ciudades, para evitar que aplastasen a los hombres; y se les destinaban los trabajos más duros: movían las aspas de los molinos cuando no había viento suficiente, arrancaban los árboles necesarios para construir nuevas casas y extraían con sus manos los minerales que usaban los humanos. A cambio, eran alimentados y muy queridos. Frankfurt era una de esas ciudades con sus propios gigantes, Cástor y Pólux, que, además de todo lo anterior, como eran inmensamente fuertes, aseguraban que ningún ejército atacaría la ciudad; por lo que cada primavera se celebraban fiestas en su honor. Cástor y Pólux esperaban a las afueras de la ciudad a que las gentes les trajesen comida y regalos. Se tocaba música y era el único día en que los niños tenían permitido acercárseles y subirse en ellos para jugar.

En cambio, los hombres no querían saber nada de los Gigantes negros, porque, según contaban las crónicas, hacía muchos años se habían vuelto locos y se unieron para conquistar las ciudades y hacer que les rindieran tributo, como si fuesen dioses. Esto le parecía a Monostatos una gran injusticia. Él no debía haber nacido por entonces y sus padres nunca le habían contado nada. Era posible que la historia fuera una invención de los hombres. A los hombres les da miedo la oscuridad. Era su color de piel lo que molestaba a los hombres, lo que hizo los desterrasen a un páramo del que no debían salir. En cuanto tuvo conciencia del trato que recibían, Monostatos comenzó a odiar al hombre, pero todavía era muy pequeño y débil para hacer nada al respecto. Monostatos se crio más fuerte que sus hermanos y, como era muy hábil con las manos, sus padres le encargaron los trabajos de carpintería. Él debía reparar la cabaña cada vez que se soltaban tablas, protegerla contra las riadas y reconstruirla toda entera cuando el Bóreas se enfurecía.

A veces, Monostatos escalaba las montañas que los ocultaban, para ver los hermosos pastos y ríos que había no muy lejos; después, sentía una mezcla de envidia e ira al pensar que ellos solo tenían rastrojos y agua parduzca. Solo podría salir de allí cuando fuese más grande y, para eso, necesitaba más alimentos. De modo que, al caer la noche, salía y unas veces entraba en los graneros, otras devoraba vacas y cerdos y alguna vez, por maldad, arrancaba a los caballos los cuartos traseros de un mordisco. Monostatos no pudo convencer a sus hermanos para que se uniesen a él, ellos no querían ser grandes, estaban bien así. Y sus padres trataron de que abandonase sus planes. Le dijeron que lo que hacía solo pondría las cosas peores, que los hombres son los dueños de la tierra y los Gigantes negros no lo son y que los que trataron de cambiar las cosas nunca volvieron. Monostatos los llamó cobardes a ellos y a sus hermanos, cobardes por asustarse de unos seres tan insignificantes como los hombres. No solo no consiguieron amainar su cólera, sino que se reafirmó en que debía seguir creciendo, hasta ser más fuerte que Cástor y Pólux y, entonces, se haría con la ciudad. Conforme se comía las cosechas y los animales de las granjas cercanas y, de cuando en cuando, se entrenaba atacando pequeñas localidades; Monostatos creció aún más y su cuerpo se endureció. Creció tanto que ya no cabía en la cabaña donde vivía su familia. Construyó una nueva para él solo y obligó a sus hermanos a que le diesen la mayor parte de la comida que encontraban. Después, tuvo que construirse otra cabaña aún más grande y otra más y otra más… Hasta que su cuerpo fue tan grande que se lo veía desde todas partes y era tan duro que parecía hecho de acero.

Entonces, Monostatos cogió el martillo para hacer «algunos cambios», salió del hoyo en el que vivía y se dirigió a la ciudad. De camino su cuerpo hervía de odio y sed de venganza. Sus articulaciones, a fuerza de sus salidas nocturnas, se habían vuelto duras; por lo que avanzaba lentamente; pero él era, sin lugar a dudas, el más fuerte. Además, su imponente figura atravesando lentamente los campos aterrorizaba a los campesinos y a los comerciantes con los que se cruzaba. Llevaba el martillo en alto y, cada pocos pasos, descargaba un golpe con él, no tanto por destruir como por asustarlos. Finalmente, llegó a los límites de Frankfurt. Allí lo esperaban Cástor y Pólux, que ahora le parecían pequeños y débiles; pero que seguían siendo igual de valientes que siempre. Monostatos los encaró, sintió un odio terrible hacia ellos, que eran amados por los hombres; mientras que a él le reservaron el peor sitio posible. Monostatos tenía el cuerpo endurecido y también su corazón era duro. Todo él era de metal y, cuando quiso descargar el primer golpe sobre sus enemigos, se quedó paralizado. Su cuerpo se había solidificado del todo, salvo el brazo con el martillo que siguió subiendo y bajando, sin peligro para nadie.


13 de septiembre de 2011.



Autor: Santiago Sevilla Vallejo


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24 de enero de 2012

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Tres deseos...


¿Sabes?,ayer me contaron
historias de duendes y hadas,
de mil mariposas que alegres
jugaban.

Dijeron,que estando en la
orilla,de un rio tremendo,
les fue concedido...
¡pedir tres deseos.

Tuve que marcharme,
(alguien me llamaba),
y asi,me quedé sin saber
el final del cuento de hadas.

Me quedé dormida,soñando la historia,
y me ví en la orilla,y encontré las hadas,
y me preguntaron ¿y para tí
que tres deseos nos quieres pedir?.

No quedaba tiempo,el loco
reloj de la vida se iba y venia
con potente estruendo,y entonces
Pedí;

Os quiero pedir el saber
vivir con paz y ternura,
el poder dejar...
¡reguero de amor y dulzura¡.

Y fue en ese instante,en el
que sentí ¡qué todo lo
bello,que hasta el mismo
cielo ya estaban en mí¡.

Autor : Julia Orozco.

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22 de enero de 2012

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De horas negras y fantasmas vagos



Quièn cerrarà tus ojos, cuando yertos,
no vean ya, aquellas tristes figuras ,
que traen, vergonzantes, tus recuerdos,
y que matan, a conciencia, tu dulzura.
Quièn sabrà que tus ojos no miraron,
este mundo con los ojos de la gente;
Que fijos, tercamente, hipnotizados,
mudos testigos, han sido de tu suerte.

Nadie. Nadie abrigarà ese helado
ataùd, de las risas que has sufrido,
estando en vida. Solo, atormentado.
Y no sabràn de tu angustia, el motivo;
De tus horas negras, de fantasmas vagos.


Autor : El Gaucho Santillán



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18 de enero de 2012

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La paloma negra


La tarde de un lunes cualquiera, Claudio sale a caminar, recorre algunas calles, conocidas para él, y se pierde en un entramado de éstas. Luego de dar vueltas, giros y contragiros llega a una plaza. La misma está desierta, entonces se sienta en un banco y el frío comienza a helarle la sangre. Así que, decide tomar alguna bebida de alta graduación alcohólica. Casi sin pensar, se desplaza por una de las arterias de ese barrio, que no vale la pena identificar, sobre todo teniendo en cuenta lo que va a suceder después. La cuestión es que al llegar a la puerta de ese bar, del cual no tiene conocimiento previo, ingresa, se sienta en una mesa junto a la ventana y pide su espirituosa bebida; ginebra para mas precisión. Después de un rato bebiendo de a sorbos ese veneno, su cuerpo se calienta y queda en un estado de ensoñación. Unos ruidos le llaman la atención; es una paloma negra, que utiliza su pico como una herramienta para embestir insistentemente contra el vidrio de la ventana; luego se vuela, y la mente de Claudio vuela con ésta. En un instante se halla conduciendo una lancha; ahora no se trata de un entramado de calles sino de ríos, pero otra vez esta perdido. El lugar es algo así como el delta del río Paraná, sólo que los cursos que recorre se llaman Flegetone, Cocito y Aqueronte. Adelante y en lo alto, en vuelo triunfal, lo guía la paloma negra, y el la sigue detrás hasta el fin. La paloma se posa sobre una rama de ceibo en una isla, con su pico señala hacia abajo. Claudio amarra la embarcación en la orilla y salta a tierra firme, al caer sus pies se hunden en el lodo; luego enciende una fogata porque el sol esta en su ocaso y la noche avanza; después se sienta bajo la atenta mirada de la paloma. Cuando la oscuridad ya le gano al día y sólo el fuego, único punto de referencia, brilla en el sitio, hace su aparición un espectro; el mismo le indica a Claudio que debe hacer una ofrenda a su líder. La ofrenda consiste en cavar un pozo y arrojar en él: primero leche y miel, después vino, y para terminar agua y harina; luego debe sacrificar a la paloma negra y ofrecer su sangre a los espectros para que se materialicen. Uno de los espectros se acerca a Claudio, éste duda durante un instante si ofrecerle o no la sangre. Finalmente extiende su brazo y el espectro bebe. Luego de materializarse habla:

-En esta isla vagamos los insepultos, condenados a deambular por aquí eternamente hasta que alguien se apiade de nosotros -Claudio cree reconocer esa voz, pero lo deja continuar su relato sin interrumpir- Hace pocos años que abandoné el mundo en el que aún tu habitas, pero largo período paréceme a mí. Yo fui amigo tuyo en la infancia, por eso te pido que busques mis huesos en un lugar que te indicaré y les des sepultura, sólo así podré cruzar a la otra orilla y continuar mi viaje hacia el Hades.

En la otra orilla, repite mentalmente Claudio, como un eco de la voz del espectro. Después deja por un momento a su fantasmagórico amigo y se acerca a la costa, un poco más allá divisa a una embarcación; la conduce un viejo. Una vez que Claudio está junto a él, el viejo ataviado con un andrajoso manto se apea, para que su pasajero pueda subir. Luego dice:

-Mi nombre es Caronte, me envían para que te muestre la isla de los muertos. Esta noche te será revelada la verdad. Siempre te has preguntado por estas cosas y no hallabas el modo de averiguarlas, hoy has abierto la puerta.

El viejo comienza a remar. Claudio en silencio acepta el derrotero propuesto por ese desconocido. Cuando por fin llegan a la otra orilla, el viejo le indica que descienda con un ademán de su brazo derecho. Claudio obedece y camina hacia el interior de la isla.

Silencio, se siente observado, ¿pero por quién? Allí no hay nadie. Nadie que sea perceptible a sus sentidos; todos ellos tan terrenales que le resultan inútiles en ese lugar. El aire es tibio. El cielo negro, decorado con pequeños brillos de metal. Está solo, pero se trata de una soledad que se siente, casi se la puede tocar. Se da cuenta que ha alcanzado un estado diferente, algo desconocido para él. Recuerda lo que le ha dicho el viejo que lo trajo hasta allí:”esta noche te será revelada la verdad”. El miedo del principio deja lugar a una curiosidad voraz. Se sorprende el mismo cuando se ve avanzando más. Un grupo de árboles frondosos le bloquea el panorama. Él continúa su recorrido. Ya está cerca de conocer todo, detrás de ese cordón de árboles está la verdad. Se introduce en ellos. Una rama le roza el hombro.

-Señor, se quedó dormido, tenemos que cerrar -dice el mozo del bar, palmeándole el hombro.

Claudio abona la cuenta y se va, está tan ebrio que no reconoce el camino que toma. Además, el sueño que tuvo le ha dado más confusión. No puede distinguir el sueño de lo real. Pero, ¿y si no fue un simple sueño, si se trató de un mensaje revelador? Uno se pasa la vida soñando, pero hay algunos de esos sueños que se los pueden sentir. Es una sensación como la que Claudio experimentó en la isla de los muertos, un sexto sentido que se activa por desdoblamiento.

Cuando Claudio me contó esto, fuimos juntos a ese barrio que no vale la pena recordar; habíamos llegado a la conclusión de que en ese bar se hallaba la puerta hacia otra dimensión, pero, por más que dimos vueltas, giros y contragiros por ese entramado de calles, no lo pudimos hallar. En un momento, Claudio creyó reconocer el local, preguntamos, pero nos dijeron que allí jamás hubo un bar.

Autor: Luciano Doti

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16 de enero de 2012

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hoy



Hoy es un buen día para dar todo
Para amar, para querer, … ¡Pero de verdad!
De esa manera que rasga el alma
que el corazón sangra
Y el respirar duele
Sin condiciones ¡Pero de verdad!
De esa manera loca
Sin que importe nada
Sin nada que esperar, solamente dar ¡Pero de verdad!

Autora Nocturno
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15 de enero de 2012

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Juro por mi amor...



Estaba aquél hombre,sentado en su casa,
triste,deprimido,dos pequeñas lagrimas
rociaban su cara.Vino hacia él,su niño chiquito,
aquél que le hacia luchar por tener un trabajo
digno.Sentándose al lado le dijo bajito;


Papi,no me llores,si todo está bien
si todas las noches les rezo a los cielos
por mami y por ti.
Mira,yo ya soy un hombre,ya no necesito
ni ropa ni lumbre,ni nada de abrigo.

Papí,ven(aquél niño chico abrió sus
bracitos y dijo bajito;
Mira mi papito,no te pongas triste,no 
nos falta nada por sobrevivir,yo trabajaré
te daré dinero,haré que te sientas seguro
y de amor lleno.

Miraba aquél padre su niño chiquito
(si apenas tenia los cinco añitos)
y se dijo fuerte,hablando a su alma,
haré lo que sea por darle a mi niño
paz y dulce calma.
Y le dió un beso,y abrazó su abrazo,
y cuentan aquellos que de buena tinta
escucharon la historia,que salió a la
calle con una palabra escrita en su cara:
VICTORIA.
Y volvió a la noche y cogió a su hijo
y con gran  ternura le dijo bajito;
Juro por mi vida,que no ha de faltarte
cobijo y refugio
¡Juro por mi amor(le dijo estrechandolo
en su corazón), que toda mi vida la
dedicaré a ser ese hombre que ya habita
en tí¡.

Julia Orozco.



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7 de enero de 2012

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Nos cuentan los maestros XXX - Juan Rulfo


El desafío de la creación, Juan Rulfo


Desgraciadamente yo no tuve quien me contara cuentos; en nuestro pueblo la gente es cerrada, sí, completamente, uno es un extranjero ahí.

Están ellos platicando; se sientan en sus equipajes en las tardes a contarse historias y esas cosas; pero en cuanto uno llega, se quedan callados o empiezan a hablar del tiempo: "hoy parece que por ahí vienen las nubes..." En fin, yo no tuve esa fortuna de oír a los mayores contar historias: por ello me vi obligado a inventarlas y creo yo que, precisamente, uno de los principios de la creación literaria es la invención, la imaginación. Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación.

Considero que hay tres pasos: el primero de ellos es crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va a expresar. Esos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia: ahora, yo le tengo temor a la hoja en blanco, y sobre todo al lápiz, porque yo escribo a mano; pero quiero decir, más o menos, cuáles son mis procedimientos en una forma muy personal. Cuando yo empiezo a escribir no creo en la inspiración, jamás he creído en la inspiración, el asunto de escribir es un asunto de trabajo; ponerse a escribir a ver qué sale y llenar páginas y páginas, para que de pronto aparezca una palabra que nos dé la clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. A veces resulta que escribo cinco, seis o diez páginas y no aparece el personaje que yo quería que apareciera, aquél personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo. De pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno va tras él. En la medida en que el personaje adquiere vida, uno puede, por caminos que uno desconoce pero que, estando vivo, lo conducen a uno a una realidad, o a una irrealidad, si se quiere. Al mismo tiempo, se logra crear lo que se puede decir, lo que, al final, parece que sucedió, o pudo haber sucedido, o pudo suceder pero nunca ha sucedido. Entonces, creo yo que en esta cuestión de la creación es fundamental pensar qué sabe uno, qué mentiras va a decir; pensar que si uno entra en la verdad, en la realidad de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está haciendo historia, reportaje.

A mí me han criticado mucho mis paisanos que cuento mentiras, que no hago historia, o que todo lo que platico o escribo, dicen, nunca ha sucedido y es así. Para mí lo primero es la imaginación; dentro de esos tres puntos de apoyo de que hablábamos antes está la imaginación circulando; la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva a uno a pensar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura. Concretando, se trabaja con: imaginación, intuición y una aparente verdad. Cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer: el trabajo es solitario, no se puede concebir el trabajo colectivo en la literatura, y esa soledad lo lleva a uno a convertirse en una especie de medium de cosas que uno mismo desconoce, pero sin saber que solamente el inconsciente o la intuición lo llevan a uno a crear y seguir creando. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar. Ahora, hay otro elemento, otra cosa muy importante también que es el querer contar algo sobre ciertos temas; sabemos perfectamente que no existen más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte. No hay más, no hay más temas, así es que para captar su desarrollo normal, hay que saber cómo tratarlos, qué forma darles; no repetir lo que han dicho otros. Entonces, el tratamiento que se le da a un cuento nos lleva, aunque el tema se haya tratado infinitamente, a decir las cosas de otro modo; estamos contando lo mismo que han contado desde Virgilio hasta no sé quienes más, los chinos o quien sea. Mas hay que buscar el fundamento, la forma de tratar el tema, y creo que dentro de la creación literaria, la forma -la llaman la forma literaria- es la que rige, la que provoca que una historia tenga interés y llame la atención a los demás. Conforme se publica un cuento o un libro, ese libro está muerto; el autor no vuelve a pensar en él. Antes, en cambio, si no está completamente terminado, aquello le da vueltas en la cabeza constantemente: el tema sigue rondando hasta que uno se da cuenta, por experiencia propia, de que no está concluido, de que algo se ha quedado dentro; entonces hay que volver a iniciar la historia, hay que ver dónde está la falla, hay que ver cuál es el personaje que no se movió por sí mismo. En mi caso personal, tengo la característica de eliminarme de la historia, nunca cuento un cuento en que haya experiencias personales o que haya algo autobiográfico o que yo haya visto u oído, siempre tengo que imaginarlo o recrearlo, si acaso hay un punto de apoyo. Ése es el misterio, la creación literaria es misteriosa, y uno llega a la conclusión de que si el personaje no funciona, y el autor tiene que ayudarle a sobrevivir; entonces falla inmediatamente. Estoy hablando de cosas elementales, ustedes deben perdonarme, pero mis experiencias han sido éstas, nunca he relatado nada que haya sucedido; mis bases son la intuición y, dentro de eso, ha surgido lo que es ajeno al autor. El problema, como les decía antes, es encontrar el tema, el personaje y qué va a decir y qué va a hacer ese personaje, cómo va a adquirir vida. En cuanto el personaje es forzado por el autor, inmediatamente se mete en un callejón sin salida. Una de las cosas más difíciles que me ha tocado hacer, precisamente, es la eliminación del autor, eliminarme a mí mismo. Yo dejo que aquellos personajes funcionen por sí y no con mi inclusión, porque entonces entro en la divagación del ensayo, en la elucubración; llega uno hasta a meter sus propias ideas, se siente filósofo, en fin, y uno trata de hacer creer hasta en la ideología que tiene uno, su manera de pensar sobre la vida, o sobre el mundo, sobre los seres humanos, cuál es el principio que movía las acciones del hombre. Cuando sucede eso, se vuelve uno ensayista. Conocemos muchas novelas-ensayo, mucha obra literaria que es novela-ensayo; pero, por regla general, el género que se presta menos a eso es el cuento. Para mí el cuento es un género realmente más importante que la novela porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar, hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta. El poeta tiene que ir frenando el caballo y no desbocarse; si se desboca y escribe por escribir, le salen las palabras una tras otra y, entonces, simplemente fracasa. Lo esencial es precisamente contenerse, no desbocarse, no vaciarse; el cuento tiene esa particularidad; yo precisamente prefiero el cuento, sobre todo, sobre la novela, porque la novela se presta mucho a esas divagaciones.

La novela, dicen, es un género que abarca todo, es un saco donde cabe todo, caben cuentos, teatro o acción, ensayos filosóficos o no filosóficos, una serie de temas con los cuales se va a llenar aquel saco; en cambio, en el cuento tiene uno que reducirse, sintetizarse y, en unas cuantas palabras, decir o contar una historia que otros cuentan en doscientas páginas; ésa es, más o menos, la idea que yo tengo sobre la creación, sobre el principio de la creación literaria; claro que no es una exposición brillante la que les estoy haciendo, sino que les estoy hablando de una forma muy elemental, porque yo les tengo mucho miedo a los intelectuales, por eso trato de evitarlos; cuando veo a un intelectual, le saco la vuelta, y considero que el escritor debe ser el menos intelectual de todos los pensadores, porque sus ideas y sus pensamientos son cosas muy personales que no tienen por qué influir en los demás ni hacer lo que él quiere que hagan los demás; cuando se llega a esa conclusión, cuando se llega a ese sitio, o llamémosle final, entonces siente uno que algo se ha logrado.

Como todos ustedes saben, no hay ningún escritor que escriba todo lo que piensa, es muy difícil trasladar el pensamiento a la escritura, creo que nadie lo hace, nadie lo ha hecho, sino que, simplemente, hay muchísimas cosas que al ser desarrolladas se pierden.

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1 de enero de 2012

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Feliz Año

Un nuevo año está llamando a tu puerta...y es como una piedra...


 El distraído, tropezó con ella,
El violento, la utilizó como proyectil,
El emprendedor, construyó con ella,
El campesino, cansado, la utilizó de asiento,
Drummond, la poetizó,
David, la utilizó para derrotar a Goliat,
Y Michelangelo, le sacó la más bella de las esculturas.


En todos los casos la diferencia no estuvo en la piedra, sino en el hombre... 

El año que viene es el mismo para todos,
depende de nosotros lo que hagamos con él.



Texto Anónimo.
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