29 de noviembre de 2011

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El gnomo sin tiempo



Recuerdo lo ocurrido como si hubiera sido hoy, pero no recuerdo el momento. Es decir, me resulta imposible situarlo en algún espacio cronológico. Todo comenzó el día en que fui, como tantas otras veces, a bailar tango. Ésa fue la primera vez que lo percibí. Aunque me era bastante desconocido lo reconocí. Como si ya nos hubiéramos encontrado anteriormente. Quizás, la teoría de la reminiscencia, por la cual uno tiene un conocimiento previo de lo que es en sí, me ayudo a tener la convicción de que de él se trataba. El monstruo se hallaba sentado en una mesa al costado de la pista, y podría jurar que fue él quien me condujo hacia ella. Bailamos. Eso hicimos. No sé durante cuanto tiempo, y otra vez tengo que detenerme aquí. Porque si algo caracteriza a esta historia es que no tiene tiempo. Transcurrió o transcurre o transcurrirá en un lugar. ¿Pero cuándo? El tango sonaba en el salón. Pie derecho atrás, el pie izquierdo dibuja una ele también atrás, junto ambos pies, avanzo uno, dos, tres, los junto nuevamente, giro abriendo el pie derecho y junto para comenzar otra vez. Lo bello en la tierra imita a lo bello en sí. Luego yo me senté en mi mesa y ella con el monstruo. A la vista de todos ella estaba sola, pero para mí estaba acompañada por ese extraño ser. Ese ser que en arcaico diálogo se debatiera si debe considerarse un dios. Salí a caminar por una avenida que frecuente mucho en otro tiempo. Caminé varias cuadras reflexionando sobre estos temas, la gente pasaba al lado mío sin que yo fijara mi atención en ellos. De vez en cuando me corría a un costado para no chocar con alguno que iba más distraído que yo. No sé como hice para atravesar los cruces de calle, debo haberles prestado atención inconscientemente, dado que llegué a recorrer quince cuadras sin advertirlo. Estaba en la puerta de un bar ya conocido por mí y entré. Pedí cerveza. Nunca tomo vino cuando estoy solo. Me parece que un hombre solo tomando vino en un bar da una imagen de borracho, en cambio con la cerveza disimula más. Así es que, una vez disimulada mi imagen, me dispuse a tomar la cerveza y mirar por la ventana. Cuando uno se deja llevar por los pensamientos no existe el tiempo. Es como en un sueño, el pasado siempre vuelve como un flashback. Es el pensamiento consciente el que nos hace esclavos de ese tirano que gobierna nuestras vidas. En el mundo onírico el tiempo es una dimensión desconocida. El presente es un puente en el espacio, si imaginamos la vida como una línea recta, hacia atrás se extiende el pasado y hacia delante el futuro. El pasado son los recuerdos y el futuro es una ilusión. Entonces, mientras el presente es algo palpable que dura un instante, el pasado y el futuro sólo existen en la mente. Hasta aquí seguí un orden lógico. ¿Pero qué hay si dejo de lado esa lógica? Considerando la vida como un plano, ya no como una línea recta, sino como un plano que se extiende hacia todos lados; nos encontramos con que el presente sigue siendo un punto, un instante, pero para el resto del tiempo se abren un montón de posibilidades.

El monstruo sigue junto a ella, trata de ser simpático conmigo, y ahora que recuerdo, quizás, ya lo intento otras veces. Sí, consigo recordarlo, fue en el pasado, pero yo ahora tengo más experiencia. Parece decidido y espera. ¿Cuánto tiempo? No sé cuanto tiempo. No hay tiempo.

Estoy sentado en un bar, acabo de caminar quince cuadras, tomo cerveza, la bebo de a sorbos mientras reflexiono, después termino mi cerveza, pago la consumición y me voy. Sigo avanzando por la avenida, en un momento dado, cualquiera, doblo en una esquina, y cuando me doy cuenta, estoy en un laberinto. No sé como llegué a este entramado de calles. Me encuentro con personas que ya conozco. En realidad pasan junto a mí, pero no me reconocen, no me ven. A medida que avanzo voy recordando sucesos acaecidos años atrás. De pronto algo se aclara para mí: este laberinto reproduce lo que hay en mi mente; todo lo que almacené en mi vida está aquí. Avanzo, nada me detiene, es un viaje al interior de mí ser. En un momento llego a mi límite, más allá comienza el laberinto de ella. En ese límite está el monstruo, entonces los pies se me traban. No puedo avanzar más. Me siento y espero.

Sigo sentado en mi mesa. Miro la pista de baile. Está atestada de gente y siguen llegando más. Las parejas van dibujando círculos de fuego en el piso del salón. Bebo un trago de cerveza. Mientras lo bebo miro por encima del vaso y observo, entre luces y sombras, esa mesa. Tras esa acción bajo el vaso, y junto con él también desciende mi mirada para quedarse en la pista. Me levanto de la mesa, subo la escalera, que es extensa y no tiene rellano, me dispongo a entrar en el baño, empujo la puerta y me introduzco en él. Me dirijo a uno de los mingitorios, orino, oigo que dos personas dicen algo de un faso, algo normal en el baño de un boliche, aunque sea de tango; cuando termino, cierro la cremallera de mi pantalón, voy al lavatorio, lavo mis manos, tomo una toalla descartable y me seco las manos; luego desecho la toalla en un cesto y me conduzco a la puerta de salida. Antes de salir me aseguro de que mi bragueta este bien cerrada. Después bajo la escalera, camino hasta mi mesa, me siento y bebo otro trago de cerveza; fondo blanco.
El monstruo sigue inmutable junto a ella, me fugo por otro camino del laberinto, en vano, todos los caminos me llevan a él. No hay salida, me resulta imposible atravesar esa línea; el límite entre mi sector y el de ella. En medio de ambos se erige enhiesto, cual obelisco enla Plaza de la República. Éste se encuentra sobre un estrado, impone respeto con su magna presencia, bloquea mi camino autoritariamente, como si dueño de mi destino fuese. Continúo en el salón, afuera la ciudad duerme ajena a todos estos acontecimientos. Son las 4 AM, la hora en que no se sabe si es tarde e la noche o temprano a la mañana. Mientras duermen muchos estarán creando sus propios monstruos. Es así, los hombres hemos creado seres sobrenaturales de nuestros miedos. Hace siglos nació la mitología, los dioses paganos, luego las religiones. Pero todo es un refugio para depositar allí nuestros temores. El monstruo no existe, es un gnomo, no tiene entidad. Lo sé, no lo sabía antes pero lo sé ahora. Entonces ya no hay motivo para no avanzar. Frente a mí esta ella, tengo que atravesar toda la pista para llegar ahí. Avanzo por el laberinto, paso por el mismo sitio en el que hace un instante, al menos a mí me pareció un instante, se erigía el monstruo. No hay nada, solo, dueño del lugar, camino a mis anchas por el sitio. Ya estoy en el otro sector, paso por un costado de la pista, llego a su mesa, la saco a bailar, al rededor nuestro el resto de las personas forman un círculo, nosotros ocupamos el centro; giramos.

Un símbolo, lo que creí un monstruo es un símbolo. Representa un sentimiento. Primero tratamos de huir, pero después nos atrae. Ya no podemos escapar, cuando uno está compenetrado no puede dejarse a sí mismo. A veces, las menos, puede durar su hechizo toda la vida; otras, las más, se termina antes. Pero mientras dura no hay voluntad de escapar, el tiempo pasa sin ser percibido; no hay tiempo.

Autor: Luciano Doti

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27 de noviembre de 2011

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Nos cuentan los maestros XXIX - Ricardo Piglia


Consejos de Ricardo Piglia: tesis sobre el cuento

I
En uno de sus cuadernos de notas, Chéjov registró esta anécdota: “Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida”. La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito.
Contra lo previsible y convencional (jugar-perder-suicidarse), la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa escisión es clave para definir el carácter doble de la forma del cuento.
Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias.

II
El cuento clásico (Poe, Quiroga) narra en primer plano la historia 1 (el relato del juego) y construye en secreto la historia 2 (el relato del suicidio). El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario.
El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie.

III
Cada una de las dos historias se cuenta de un modo distinto. Trabajar con dos historias quiere decir trabajar con dos sistemas diferentes de causalidad. Los mismos acontecimientos entran simultáneamente en dos lógicas narrativas antagónicas. Los elementos esenciales del cuento tienen doble función y son usados de manera distinta en cada una de las dos historias. Los puntos de cruce son el fundamento de la construcción.

IV
En “La muerte y la brújula”, al comienzo del relato, un tendero se decide a publicar un libro. Ese libro está ahí porque es imprescindible en el armado de la historia secreta. ¿Cómo hacer para que un gángster como Red Scharlach esté al tanto de las complejas tradiciones judías y sea capaz de tenderle a Lönnrott una trampa mística y filosófica? El autor, Borges, le consigue ese libro para que se instruya. Al mismo tiempo utiliza la historia 1 para disimular esa función: el libro parece estar ahí por contigüidad con el asesinato de Yarmolinsky y responde a una casualidad irónica. “Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro publicó una edición popular de la Historia de la secta de Hasidim.” Lo que es superfluo en una historia, es básico en la otra. El libro del tendero es un ejemplo (como el volumen de Las mil y una noches en “El Sur”, como la cicatriz en “La forma de la espada”) de la materia ambigua que hace funcionar la microscópica máquina narrativa de un cuento.

V
El cuento es un relato que encierra un relato secreto.
No se trata de un sentido oculto que dependa de la interpretación: el enigma no es otra cosa que una historia que se cuenta de un modo enigmático. La estrategia del relato está puesta al servicio de esa narración cifrada. ¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento.
Segunda tesis: la historia secreta es la clave de la forma del cuento.

VI
La versión moderna del cuento que viene de Chéjov, Katherine Mansfield, Sherwood Anderson, el Joyce de Dublineses, abandona el final sorpresivo y la estructura cerrada; trabaja la tensión entre las dos historias sin resolverla nunca. La historia secreta se cuenta de un modo cada vez más elusivo. El cuento clásico a lo Poe contaba una historia anunciando que había otra; el cuento moderno cuenta dos historias como si fueran una sola.
La teoría del iceberg de Hemingway es la primera síntesis de ese proceso de transformación: lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión.

VII
“El gran río de los dos corazones”, uno de los relatos fundamentales de Hemingway, cifra hasta tal punto la historia 2 (los efectos de la guerra en Nick Adams), que el cuento parece la descripción trivial de una excursión de pesca. Hemingway pone toda su pericia en la narración hermética de la historia secreta. Usa con tal maestría el arte de la elipsis que logra que se note la ausencia de otro relato.
¿Qué hubiera hecho Hemingway con la anécdota de Chéjov? Narrar con detalles precisos la partida y el ambiente donde se desarrolla el juego, y la técnica que usa el jugador para apostar, y el tipo de bebida que toma. No decir nunca que ese hombre se va a suicidar, pero escribir el cuento como si el lector ya lo supiera.

VIII
Kafka cuenta con claridad y sencillez la historia secreta y narra sigilosamente la historia visible hasta convertirla en algo enigmático y oscuro. Esa inversión funda lo “kafkiano”.
La historia del suicidio en la anécdota de Chéjov sería narrada por Kafka en primer plano y con toda naturalidad. Lo terrible estaría centrado en la partida, narrada de un modo elíptico y amenazador.

IX
Para Borges, la historia 1 es un género y la historia 2 es siempre la misma. Para atenuar o disimular la monotonía de esta historia secreta, Borges recurre a las variantes narrativas que le ofrecen los géneros. Todos los cuentos de Borges están construidos con ese procedimiento.
La historia visible, el cuento, en la anécdota de Chéjov, sería contada por Borges según los estereotipos (levemente parodiados) de una tradición o de un género. Una partida de taba entre gauchos perseguidos (digamos) en los fondos de un almacén, en la llanura entrerriana, contada por un viejo soldado de la caballería de Urquiza, amigo de Hilario Ascasubi. El relato del suicidio sería una historia construida con la duplicidad y la condensación de la vida de un hombre en una escena o acto único que define su destino.

X
La variante fundamental que introdujo Borges en la historia del cuento consistió en hacer de la construcción cifrada de la historia 2 el tema del relato. Borges narra las maniobras de alguien que construye perversamente una trama secreta con los materiales de una historia visible. En “La muerte y la brújula”, la historia 2 es una construcción deliberada de Scharlach. Lo mismo ocurre con Azevedo Bandeira en “El muerto”, con Nolam en “Tema del traidor y del héroe”.
Borges (como Poe, como Kafka) sabía transformar en anécdota los problemas de la forma de narrar.

XI
El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la búsqueda siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta. “La visión instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en una lejana tierra incógnita, sino en el corazón mismo de lo inmediato”, decía Rimbaud.
Esa iluminación profana se ha convertido en la forma del cuento.

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24 de noviembre de 2011

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La Daga y la Alhambra.



Volvió a recordar las noches en que una vez acostados sus padres y hermanos se levantaba y en la oscuridad tanteando las paredes de los pasillos, alcanzaba el Salón de los Embajadores y tras esquivar la colosal extensión del sofá de ocho plazas de la sala, alumbradas por una claridad inexistente, al fondo, divisaba las rejuelas de madera de la puerta del pequeño escritorio.
Antes de entrar su mano se detenía unos instantes ante el pomo del picaporte de la estancia más misteriosa del palacio. Dubitativo, abría con sutileza y ante sus ojos, reclinada sobre un fino tapete de cuero, al lado de una geoda rellena de amatistas que se utilizaba de pisapapeles, la daga de empuñadura de plata y brillantes volvía a ofrecerse a su mirada. Manteniéndola a milímetros de su rostro, acariciaba la funda y la empuñadura y lentamente desenvainaba. Sin apenas un roce, el acero discurría con facilidad y su pulida claridad lo deslumbraba hasta sentirse cegado. Pasaba un dedo por su arista y como si acabara de hendir las carnes de una víctima, el prístino y magnífico utensilio todavía estaba cálido.
Enfundaba de nuevo y tras echárselo al cinto, desde las almenas del extraordinario palacio, Boabdil contemplaba con preocupación el avance del ejército que acabaría con una dinastía de siglos. Unos pajes le anunciaban la llegada de un emisario. Instantes después el parlamentario se presentaba altivo, demostrando prepotencia. Y él, dejándose arrastrar por una mezcla de cólera y dolor, acalorado, desenvainaba y escapándosele de las manos, la daga caía a sus pies, partiéndose en dos en el punto de unión entre el mango y la hoja.
Sobrecogido, se arrojaba al suelo lloroso, recogía las piezas e intentaba recomponerlas. La guardia se retiraba y la sultana Aixa irrumpía. Mirándolo de forma soberbia, exclamaba:
"Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre"
Sobreponiéndose a esa voz desgarrada, una dicción más cariñosa y reconocible, pronunciaba:
“No te preocupes, uniré la daga con pegamento. Tu padre no se enterará de lo ocurrido”
Y agregaba:
“Y ahora, hijo mío, es muy tarde. Regresa a tu habitación.”
Cabizbajo, convertido de nuevo en niño, Boabdil volvía a su dormitorio y tembloroso se acostaba.
Al día siguiente la daga no estaba en su lugar y su padre tampoco comentaba nada al respecto.
Jamás volvió a ver el maravilloso artilugio ni el palacio. Recluido en Fez todavía se recuerda allí, de pie, reinando sobre las almenas de la fortaleza más admirable de cuantas existen...

José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2011.



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23 de noviembre de 2011

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Nos cuentan los maestros XXVIII - Eduardo Galeano

Sobre el arte de un escritor

El mío ha sido un largo camino hacia el desnudamiento de la palabra: desde las primeras tentativas de escribir, cuando era jovencito en una prosa abigarrada, llena de palabras que hoy me dan vergüenza, hasta llegar a un lenguaje que yo quisiera que fuera cada vez más claro, sencillo, y por lo tanto más complejo, porque la sencillez es la hija de una complejidad de creación que no se nota ni tiene que notarse.
Uno siente primero que el trabajo intelectual consiste en hacer complejo lo simple, y después uno descubre que el trabajo intelectual consiste en hacer simple lo complejo. Y un caso de simplificación no es una tarea de embobamiento, no se trata de simplificar para rebajar de nivel intelectual, ni para negar la complejidad de la vida y de la literatura como expresión de la vida. Por el contrario, se trata de lograr un lenguaje que sea capaz de transmitir electricidad de vida suprimiendo todo lo que no sea digno de existencia.

Para mí siempre ha sido fundamental la lección del maestro Juan Carlos Onetti, un gran escritor uruguayo muerto hace poco, que me guió los primeros pasos.

Siempre me decía: "Vos acordate aquello que decían los chinos (yo creo que los chinos no decían eso, pero el viejo se lo había inventado para darle prestigio a lo que decía); las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio". Entonces cuando escribo me voy preguntando: ¿estas palabras son mejores que el silencio?, ¿merecen existir realmente?

Hago una versión, dos o tres, quince, veinte versiones, cada vez más cortas, más apretadas: edición corregida y disminuida.

Inflación palabraria El problema de la inflación monetaria en América Latina es muy grave, pero la inflación palabraria es tan grave como la monetaria o peor; hay un exceso de circulante atroz. Algunos países han tenido éxito en la lucha contra la inflación monetaria pero la inflación palabraria sigue ahí, tan campante. Lo que me gustaría, modestamente, es ayudar un poquito a esa lucha contra la inflación palabraria. O sea, poder ir desnudando el lenguaje. Es el resultado de un gran esfuerzo, y no concluido, porque nace cada vez: a mí me cuesta escribir ahora tanto como cuando tenía 15 ó 16 años y lloraba ante la hoja de papel en blanco porque no podía.

¿Función social?

La literatura tiene siempre una función, aunque no sepa que la tiene, y aunque no quiera tenerla. A mí me hacen gracia los escritores que dicen que la literatura no tiene ninguna función social. A partir del momento que alguien escribe y publica está realizando una función social, porque se publica para otros. Si no, es bastante simple: yo escribo en un sobre y lo mando a mi propia casa, pongo "Cartas de amor a mí mismo" y me emociono al recibirlas. Pero es un círculo masturbatorio (no quiero hablar mal de la masturbación, tiene sus ventajas, pero el amor es mejor porque se conoce gente, como decía el viejo chiste).

Es imposible imaginar una literatura que no cumpla una función social. A veces la cumple, y es jodido, en un sentido adormecedor, a veces es una literatura del fatalismo, de la resignación, que te invita a aceptar la realidad en lugar de cambiarla, pero a veces es una literatura reveladora, reveladora de las mil y una caras escondidas de una realidad que es siempre más deslumbrante de lo que uno suponía. Por otro lado me parece que lo de la literatura social es una redundancia porque toda literatura es social. Muchas veces una buena novela de amor es más reveladora y ayuda más a la gente a saber quién es, de dónde viene y a dónde puede llegar, que una mala novela de huelgas. No comparto el criterio de una literatura política que además, en general, es aburridísima.

 Sobre el arte de un escritor, Eduardo Galeano

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21 de noviembre de 2011

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Quiero ser sabia mamá


Quiero ser sabia mamá
¿sabes como puedo serlo?,
dicen que si sabes todo..
¡la vida,sería ensueño¡.

La madre,la tomo en brazos,
la acercó a su corazón,
y suavemente le dijo
sabiduria,es amor.

La niña quedó callada
y miró en su interior
y dicen que lo que ansiaba,
allí dentro lo encontró.

Y dijo con gran sonrisa
gracias mamí pues ya sé
que toda sabiduria
¡está dentro de mi ser¡.

Julia Orozco.
 Se solicita al autor incluya la insignia de NSE en su blog
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19 de noviembre de 2011

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Muriel y el Oso

Urbanautas 6 - obra de Pablo Cicerón Pazmiño
Muriel era un angelito, un petardo, una explosión de vida, un pedacito de cielo que no sólo sus padres sabían disfrutar. Cada día a la misma hora acompañaba a su mamá de compras y a hacer sociales con cuanta vecina se les cruzaba en el camino.  Ellas sorteaban las baldosas sueltas, navegaban por los charcos que eran mares y probaban las botitas rosas que parecían querer llevarlas a surcar océanos ciudadanos que a muchos otros les ponían los nervios a punto de estallar. Mamá la escoltaba siempre atenta a cada movimiento mientras Muriel sostenía en su mano una Barbie desmembrada y por ello quizás más bella, y en la otra aprisionaba un crayón rojo que con el calor de su cuerpo poco a poco se doblaba y derretía.
A cinco calles de distancia de ese recorrido cotidiano, el Oso Chávez descorchaba el día entre crujidos de nudillos estirados, pedorreas y eructos matinales. Casi nunca se bañaba, pero ese día en particular había hecho una excepción y su melena castaña lucía aún brillante por seguir mojada.
Tal vez quien maneja las manecillas del reloj de las coincidencias lo había demorado para que su rutina convergiera en algún punto temporal-espacial en las encrucijadas de la sorpresa y las rutinas de alguien más.
Muriel llevaba puestas sus botitas mágicas por sobre sus medias blancas de algodón también mágicas, (por supuesto) calentitas por demás. Pollerita de Caperucita Roja y un pullover de hechicera con la imagen de Bob Esponja bordada en la pechera. El espacio vacío dejado por uno de sus dientitos recién caídos interrumpía su sonrisa de leche luminosa y simpática, informando a quién quisiera mirar que seguramente ya jamás regresaría a su nivel lácteo anterior; que estaba creciendo. El pelo oficialmente rebelde y de subido tono castaño con destellos flameantes en rojo, se reunía aprisionado por un elástico negro decorado con una  mariposa cubierta de brillantina que formaba una hermosa y larga cola de caballo del estilo que a su mamá le gustaba cada mañana armar y cuidar.
Abriendo con curiosidad su mano Muriel descubrió el ya derretido elemento de dibujo y tomó la irreductible decisión de desprenderlo con su boca.
Comenzó a ejecutar maniobras que resultaban al observador distraído sumamente  divertidas y complicadas , pero que eran llevadas adelante con toda terquedad y la sola intención de evitar soltar su muñeca sin brazos. La misma que también estaba vestida con botas rosas y cola de caballo porque a ella misma también le fascinaba esa manera de peinar de su mamá.
Como en una toalla frotó y rozó la mano contra la pollera en un intento de desprender el colorido y derretido elemento, que no dejó manchas delatoras sólo por coincidencias de color y tonalidad, pero en la maniobra sus pequeños y rojos labios resultaron pintados por un improvisado rush artesanal que hacía brotar la risa de su mamá y de cuanta vecina cariñosa se acercara a cotillear.
Al Oso también le faltaba un diente, en realidad muchos, pero curiosamente la misma paleta izquierda frontal, mientras que aquellos que quedaban en pie, cual valientes soldados sobrevivientes de alguna guerra,  gustaba de recubrirlos en costosas fundas plateadas para asustar e impresionar a los demás. Las botas con punta de acero al estilo tejano, quedaban medianamente ocultas bajo los pantalones de cuero. Su campera de una variedad mucho más plástica y ecológica que cualquiera de cuero natural, cubría su espalda de tachas plateadas agrupadas dando marco a una calavera con alas de ángel y orificios sangrantes en nariz, ojos y oídos para un  mejor amenazar. Su largo pelo castaño con reflejos rojizos se reunía en la forma de una cola de caballo mientras la barba se expresaba en toda su hombría en dos trenzas largas y bien cuidadas.
Muriel tomó la leche chocolatada.
El Oso Chaves recién había eructado su primer cerveza.
Con relativa frecuencia Muriel se escapaba de la mano de su madre, casi siempre para correr frente a la mercería que solía mostrar juegos, autitos, pinturitas y muñecas en su vidriera principal. Ella hablaba con su madre, señalaba alguna cosa, le daba instrucciones y retaba a su muñeca, tironeaba de las faldas exigiendo la entrada que sabía mamá retrasaba para cualquier otro día que coincidiera con algún cumpleaños, Día del Niño, Noche Buena, Reyes o Navidad. Pero ella aún así lo intentaba. Luego la miraba y como quién sabe cuál es el punto débil del otro corría desenfrenadamente hacia la esquina riendo con una mirada que era una clara invitación a jugar.
El Oso ya se acomodaba la cola de caballo bajo su casco prusiano de la primer guerra mundial mientras buscaba con la mirada los guantes sin dedos que le ayudaban a manejar en aquellos días fríos su choppera Yamaha Virago 750, negra como la noche, que imaginaba salida de algún comercial de la Harley - Davidson  a las que pretendía imitar. A las 9:38 de aquella mañana encendió su corcel del infierno y calzándose las antiparras dio muestras del poderío de la máquina quemando las cubiertas en una humareda de caucho que dejó su impronta marcada en las baldosas de la vereda.
A las 9:38 Muriel reía mirando a su mamá hacer esfuerzos denodados para atraparla. Todavía su semblante no había cambiado para indicar enojo. Aún se trataba de un juego inocente entre dos que se aman.
La esquina de aquella calle bullía como siempre de un tráfico incesante que ignoraba cualquier tipo de medida de seguridad. A las 9:40 el semáforo cambió para detener ese tránsito incesante y permitir que el resto de la humanidad, aquellos  que carecen de ruedas, se hiciera por tan solo un instante dueños de ese pequeño espacio de la ciudad y cruzara el río de asfalto con peces metálicos por el puente cebrado de la senda peatonal.
Muriel decidió que mamá la seguiría y encaminó sus pasos con determinación y la audaz idea de cruzar la calle cual alma que persigue el diablo, aunque el diablo tal vez la esperara a medio camino entre ambos lados de ese cruce que a diario juntas solían recorrer.
El Oso ya había alcanzado los 80 Kmts por hora y apenas podía mantener su celular manos libres bajo el mentón apresado por la cinta del casco. En veinte minutos comenzaba su turno y debía llegar a la empresa de distribución antes que los demás si quería obtener una buena cantidad de viajes para hacer la plata del día, del alquiler o simplemente para poner alguna cerveza a enfriar. Aún cuando casi nunca lo hacía comenzó a cortar semáforos sin desacelerar en ningún momento, esquivando a los perezosos o dormidos que se alternaban con los taxis en búsqueda de alguien a quién hacerle perder su precioso tiempo. El amarillo de las luces se hacía amigo apareciendo al límite  de la casualidad siendo ya su color preferido como una medalla de oro que lo convertía en el ganador de algún premio a la puntualidad.
A las 9:41 los gritos de mamá frenaron en seco a Muriel sobre el cordón de la vereda, mientras llegaba agitada y con su cara demostrando un sobreactuado enojo. Le sostuvo la mano con fuerza educadora mientras la retaba con una firmeza poco habitual moviendo su dedo índice de manera basculante en un NO mímico repitiendo las reglas de quienes van juntas a pasear a diario por las veredas de esa querida y peligrosa ciudad.
Mamá no escucho el motor de la moto porque la estaba retando.
Muriel tampoco porque la estaba escuchando.
El Oso notó que el amarillo se hacía en cada calle más corto y que tal vez el próximo lo perdería en algún rojo precipitado. Aceleró en aquella última cuadra intentando llegar a su extremo antes que la luz amarilla jugara a las escondidas como una niña rebelde de tan solo cuatro años de edad.
Un camión de reparto terminaba en ese mismo instante su entrega en el supermercado que ambas mujeres intentaban visitar en aquella cuadra  y como quién ha dejado de usar los retrovisores por aburridos, extraños o  haberlos olvidado, salió de un simple y rápido movimiento impensado hacia el medio de la calle como quien se sabe invulnerable, grande y pesado, imposible de recibir daño pero siempre dispuesto a infringirlo a los demás.  Su trayectoria interceptaba la que el Oso como Alejandro Magno en su corcel Bucéfalo se había trazado.
Mamá dijo- Bueno vamos!- y tomando la mano de Muriel, aquella en donde Bob Esponja se había colado en un sticker de transferencia coloreado, se dirigió hacia el cruce sin percatarse que su tiempo se había terminado.
El Oso logró verlas como dos sombras borrosas que se le cruzaban en medio del único espacio que el camión le dejaba como lugar por el que pasar. Volanteó de una manera refleja que le hizo perder la estabilidad, intentó equilibrar su querida y renegrida moto, pero ésta, títere de las leyes de la física y  la gravedad, se tambaleó perdiendo la línea, la trayectoria, el camino indicado, convirtiéndose así en una máquina del infierno que sin gobierno llevaba a su jinete por caminos que nunca en su vida hubiera querido transitar. El Oso sabía que ése era el momento de actual, de reaccionar con premura haciendo gala de la experiencia que como conductor había sabido acumular y sin tocar los frenos embragó la máquina e intentó dominarla suavemente, acompañando su equilibrio antes de llegar a perderla en su totalidad.
Las sombras pronto tomaron definición y el Oso vio a Muriel, vio a la mamá, incluso vio el sticker de Bob Esponja adherido en su manito y solo atinó a frenar con todo su cuerpo, con las uñas clavadas en el manillar como si fuera parte de la máquina y su fuerza aplicada pudiera transportarse al motor, a las pastillas, a los discos recalentados ya por el esfuerzo. A último momento inclinó su cuerpo y llevó a todos, máquina y hombre en un deslizamiento por derrape lateral que barría la calle despidiendo los calores que desde el infierno del motor y los escapes se sumaba al de la fricción que todo el conjunto creaba sobre el asfalto.
El tiempo se detuvo, el asombro y el temor acudieron a decorar las caras, mientras el olor a caucho quemado y el ruido ensordecedor de la máquina acelerada en vacío opacaba el grito que aún no había nacido en la garganta de la mamá de Muriel.
Cuando la máquina llegó hasta ellas el Oso pudo ver sus caras, sentir sus alientos entrecortados casi ausentes, mientras el sudor se le colaba por el cuello hacia la espalda en una camara lenta cinematográfica irreal. Una gota cayó desde su frente recorriendo el espacio vacío que la separaba del motor que aún enojado ahogaba sus relinchos. Una nube de vapor se desprendió al contacto de la gota con aquella superficie exigida y ya exhausta por el esfuerzo.
Entre todos reinó el silencio.
El tráfico por la otra arteria comenzó a cruzar.
Muriel parecía divertida. En su cara no había asombro sino algo mucho más parecido a la felicidad. Ella, ausente de cualquier conciencia de lo ocurrido,  admiraba aquella imagen oscura e intimidante que recién se detenía en medio de llamativos sonidos, movimientos y olores y sólo atino a sonreír. Una sonrisa amplia, muy amplia. La de un angelito, un petardo, una explosión de vida, un pedacito de cielo que mostraba un diente de leche menos y los labios pintados con crayón derretido de un color rojo intenso. Con una mano estrujada por la desesperación de su madre, Muriel debió soltar su Barbie para agitar la otra y regalarle un saludo a ese caballero negro que había salido de algún cuento de hadas a atronar una mañana como cualquiera que se había convertido en una muy particular.
El Oso Chaves comenzó a temblar, tragó la saliva recién acumulada, sintió el corazón intentando en cada latido abandonar su pecho e invadir su cráneo y con una sonrisa que mostraba la falta de una paleta y muchos dientes plateados, le devolvió la caricia de su gesto agitando también su mano decorada con un águila tatuada que emprendía un nuevo vuelo en la agitación de un saludo amoroso, lleno del agradecimiento a la vida de quien ha engañado a la muerte exactamente en el último momento.
Ese último instante en que el Universo parecía haber logrado al fin el delicado e imperfecto equilibrio que todos soñamos.


OPin
Buenos Aires 2011
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18 de noviembre de 2011

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Conjuro

No poseo denominación,
nombre ni años,
ni cara ni torso definidos.
¡¡¡Tienes que elegirlos tú!!!
Plásmalos en tu razón
y acarícialos dentro de tu alma.
Declara un nombre en tu boca,
armoniza mi edad en lo infinito,
moldea mi faz con el cincel de tus pupilas,
modela mi cuerpo con tus dedos.
Y grita mi nombre indencible,
conjuga mi edad eterna,
atísbame con tus ojos llenos de deseo,
configúrame en las fresas excelsas de tu pecho.
Ese nombre es para ti y para mí.
Si me llamas por él, no eleves la voz…
… evoca que se pronuncia 
como un susurro... un suspiro.
 
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15 de noviembre de 2011

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Glacial.


Ocho de la mañana, la temperatura ronda los -70º C. Un paisaje blanco y virginal se instaura ante los ojos todavía soñolientos de Néstor. Pese a las inclemencias del tiempo, como cada mañana, se encuentra dando un paseo por la Casa de Campo.
Es dos de enero y no se tropieza con nadie, la mayoría están en sus trabajos o en sus hogares con la cabeza todavía embotada por la recién transcurrida noche de fin de año. Camina con cautela y de súbito, se detiene y saca los prismáticos. Cincuenta metros más adelante Humberto, un viejo conocido, marcha con sus dos pastores alemanes sin percatarse de que a su derecha, arropado tras unos arbustos, un gran gato ibérico acecha con voracidad e inquietud. En cuestión de segundos el gato de noventa centímetros de altura en la cruz y doscientos noventa kilos de masa muscular se abalanza, primero, sobre los perros y da cuenta de ellos. Persigue al hombre; lo alcanza por las piernas, cuando trata de escapar encaramándose a un árbol, lo arrastra al suelo y de un preciso bocado, lo asfixia. Néstor no puede hacer nada, es ley de vida.
Aguarda y cuando el felino se retira, se acerca hasta los restos, invoca unas oraciones a los dioses, desenvaina el puñal y corta unos filetes, saca un bote lleno de aceite para conservar, los deposita con esmero y decide que ya ha paseado bastante; la mañana ha sido fructífera. En silencio da la vuelta y regresa a su casa.
Hace ya cinco siglos desde que una nueva era glacial se instauró en el planeta y las cosas se volvieron aún más difíciles, piensa. La crisis mundial acabó en bancarrota y debido a una oleada de terremotos, una cantidad indeterminada de nucleares reventaron irradiando la atmósfera y, algunas especies, en lugar de desaparecer, se transformaron. Mientras cocina la carne canturrea una vieja melodía de las de antes, y Tiny su tigre (panthera Tigris) doméstico, con una longitud de treinta y ocho centímetros y un peso de seis kilogramos, aguarda con glotonería a recibir algún resto...


José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2011.


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13 de noviembre de 2011

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Nos cuentan los maestros XXVII - Jorge Luis Borges


Acerca de mis cuentos, EL ZAHIR

Voy a tratar entonces de recordar un cuento mío. Estaba dudando mientras me traían y me acordé de un cuento que no sé si ustedes han leído; se llama El Zahir. Voy a recordar cómo llegué yo a la concepción de ese cuento. Uso la palabra «cuento» entre comillas ya que no sé si lo es o qué es, pero, en fin, el tema de los géneros es lo de menos. Croce creía que no hay géneros; yo creo que sí, que los hay en el sentido de que hay una expectativa en el lector. Si una persona lee un cuento, lo lee de un modo distinto de su modo de leer cuando busca un artículo en una enciclopedia o cuando lee una novela, o cuando lee un poema. Los textos pueden no ser distintos pero cambian según el lector, según la expectativa. Quien lee un cuento sabe o espera leer algo que lo distraiga de su vida cotidiana, que lo haga entrar en un mundo no diré fantástico -muy ambiciosa es la palabra- pero sí ligeramente distinto del mundo de las experiencias comunes.
Ahora llego a El Zahir y, ya que estamos entre amigos, voy a contarles cómo se me ocurrió ese cuento. No recuerdo la fecha en la que escribí ese cuento, sé que yo era director de la Biblioteca Nacional, que está situada en el Sur de Buenos Aires, cerca de la iglesia de La Concepción; conozco bien ese barrio. Mi punto de partida fue una palabra, una palabra que usamos casi todos los días sin darnos cuenta de lo misterioso que hay en ella (salvo que todas las palabras son misteriosas): pensé en la palabra inolvidable, unforgetable en inglés. Me detuve, no sé por qué, ya que había oído esa palabra miles de veces, casi no pasa un día en que no la oiga; pensé qué raro sería si hubiera algo que realmente no pudiéramos olvidar. Qué raro sería si hubiera, en lo que llamamos realidad, una cosa, un objeto -¿por qué, no?- que fuera realmente inolvidable.
Ese fue mi punto de partida, bastante abstracto y pobre; pensar en el posible sentido de esa palabra oída, leída, literalmente in-olvidable, inolvidable, unforgetable, unvergasselich, inouviable. Es una consideración bastante pobre, como ustedes han visto. Enseguida pensé que si hay algo inolvidable, ese algo debe ser común, ya que si tuviéramos una quimera por ejemplo, un monstruo con tres cabezas, (una cabeza creo que de cabra, otra de serpiente, otra creo que de perro, no estoy seguro), lo recordaríamos ciertamente. De modo que no habría ninguna gracia en un cuento con un minotauro, con una quimera, con un unicornio inolvidable; no, tenía que ser algo muy común. Al pensar en ese algo común pensé, creo que inmediatamente, en una moneda, ya que se acuñan miles y miles y miles de monedas todas exactamente iguales. Todas con la efigie de la libertad, o con un escudo o con ciertas palabras convencionales. Qué raro sería si hubiera una moneda, una moneda perdida entre esos millones de monedas, que fuera inolvidable. Y pensé en una moneda que ahora ha desaparecido, una moneda de veinte centavos, una moneda igual a las otras, igual a la moneda de cinco o a la de diez, un poco más grande; qué raro si entre los millones, literalmente, de monedas acuñadas por el Estado, por uno de los centenares de Estados, hubiera una que fuera inolvidable. De ahí surgió la idea: una inolvidable moneda de veinte centavos. No sé si existen aún, si los numismáticos las coleccionan, si tienen algún valor, pero en fin, no pensé en eso en aquel tiempo. Pensé en una moneda que para los fines de mi cuento tenía que ser inolvidable; es decir: una persona que la viera no podría pensar en otra cosa.
Luego me encontré ante la segunda o tercera dificultad... he perdido la cuenta. ¿Por qué esa moneda iba a ser inolvidable? El lector no acepta la idea, yo tenía que preparar la inolvidabilidad de mi moneda y para eso convenía suponer un estado emocional en quien la ve, había que insinuar la locura, ya que el tema de mi cuento es un tema que se parece a la locura o a la obsesión. Entonces pensé, como pensó Edgar Allan Poe cuando escribió su justamente famoso poema El Cuervo, en la muerte hermosa. Poe se preguntó a quién podía impresionar la muerte de esa mujer, y dedujo que tenía que impresionarle a alguien que estuviese enamorado de ella. De ahí llegué a la idea de una mujer, de quien yo estoy enamorado, que muere, y yo estoy desesperado.

Jorge Luis Borges.
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12 de noviembre de 2011

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Nada temas...



Nada temas de la vida o de las cosas,
al igual que pasa la tormenta,
pasará por encima de tu alma
¡todo aquello que te hiere y atormenta.

NADA TEMAS.

Sé feliz,pues al igual que sale
el sol todos los dias,
nacerá por tí y para tí
un alma llena de amor y de alegria.

NADA TEMAS.

Y si algun dia triste o con tormenta
te sintieras solo o deprimido,
piensa siempre que alguien que te ama.
esperará tu regreso tan uerido.

NADA TEMAS.

Yque al llegar te besaran sus labios
y escucharas palabras de ternura
y preñarán de estrellas y caricias
¡ese alma a veces tan herida.

NADA TEMAS....

Julia Orozco.
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10 de noviembre de 2011

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Cuando un pichicho se va......




...porque la perrita de la quinta donde yo vivía, estaba llamando a los perris, tuve un fuerte revés del perro machote de la casa.

Para salvarme de semejante paliza llegué a este hogar.

Tardé dos días en tomar confianza y desde entonces viví como un duque... bah, no sé cómo viven los duques... es una frase!

Siento el cajón de los cubiertos que se abre , que el cuchillo me llama porque se empieza a recortar la grasita de las milanesas y ahí estoy. ¿Cómo puede un pichicho expresar tal deseo con sólo mirar!... Marga me selecciona unas tiritas desgrasadas y aaammmm, ¡qué placer!

Llegó un pollito al spiedo! Ay Dios mío! esos ojos, esa cara!!! ni el ser más hambriento transmite lo que aprendí con sólo presentarme ahí... por favor!!! un trocito, por el amor de Dios! y ahí va!

Que no venga alguien a dormir y un colchón se tira en el piso como recurso porque seré el primer ocupante ... acá duermo yo!....

Se armó un lío , mejor me voy, despacito me escondo bajo la cama de Marga, acá estoy a salvo de los escopetazos...

Si las chicas se pelean les llevo algo de una a la pieza de la otra y bien que se sorprenden! Que piensen!

Ya es la tarde....Ahmmmm, que me saquen , que me saquen,.... y sí, bingo! es la hora de correíta y collar y a dar una vueltita por la cuadra... que desde que me perdí por Burzaco no me mando más lejos que una cuadra con Vale... cómo la quiero a Vale!

Qué bajón tener que ir a que me bañen y que me corten mis pelitos! qué se creen! Me empaco y no me muevo de esta baldosa... ufa, lo logré! ahora me bañan de prepo en casa... y sí, qué se creen!... Y Vale trajo una tijerita para cortarme las uñas... también ya le hice saber que eso no me gusta ni medio.

No sé por qué cuando me pongo algo triste me da por lamerme la patita derecha... bueno, uno también tiene sus rayes.

Oia, soy papá dicen... esa perrita doradita que trajeron para que fuera mi novia al final tuvo cinco perritos... De verdad, ninguno es como yo... esos negros saldrán a algún abuelo, porque lo que es blanco y marrón no hay ninguno... bueno, qué se yo! Yo los reconozco y chau.

Me encanta esta casa... son todos buenos conmigo... debe ser que yo también soy bueno.

Bastante trabajo esto de ladrar cada vez que escucho el timbre... y si viene ese Rudy, sí ese gasista o qué se yo qué es... quién se cree el tipo? no tengo más remedio que decirles que acá el machito soy yo! una meadita por acá otra por acá... yastá.

Cómo llegó esta nenita a la casa? Bueno, en realidad no vive acá... desde hace un tiempo parece que es alguien muuuuuy importante... y me adora!!! para ella me llamo Baba... es buena, me quiere mucho y Vale y ella se vuelven importantes para mí porque siento que soy importante para ellas.

Ahora que la nenita linda dejó de decirme Baba porque aprendió a decirme Roni... yo me siento cansado, algo me pasa.

Siempre me gustó dormir y que nada me moleste, pero ahora me siento raro, muy raro.

Sonamos! me llevaron a la veterinaria! cómo no me gusta esto! y encima Marga puso cara retriste o seria o triste y seria... y encima me obligó a caminar y yo me empaqué y ella me obligó y no sé por qué después me pidió disculpas porque me obligó...

y ahí empezó todo mal... no funcionaba mi interior ni mi exterior... de vuelta a la veterinaria... me pasaron un aparato por la piel y otra vez se pusieron tristes... Marga y Vale estaban tristes y yo no entendía nada........

y los días siguientes tenían caras serias, tristes, me acariciaron, me mimaron, me dieron remedios que no sé qué es... me dieron carne rica y ahora no me interesaba tanto....

y me puse a dormir más que antes... me costó todo mucho.... y dormí... y dormí.... y hoy, me costaba hasta respirar y decidí que mejor me voy.... me voy debajo de la cama de Marga? ... no , mejor hago un esfuerzo y a ver... sí, antes de que ella vuelva ... ahí está! lo logré... levanté vuelo! y cuando ella llegó la vi que se acercó a mi cuerpo y yo la veía desde arriba... la llamó a Vale y lloraron y yo las veía.... ey! estoy bien... ya no tengo fiebre ni nada...

y vino Guille, el marido de Alicia, y trajo una pala y con tanto cariño hizo un pocito y me colocó bien acomodadito... me palmeaba y ellas lloraban... pero yo los contemplaba desde arriba mientras taparon el pocito y quedó una montañita bajo los jazmines de leche que puso Marga hace un tiempo y ahora están que explotan... y bueno... por unos días las voy a acompañar por los rincones de la casa...y hasta me voy a revolcar un poco por el pastito recién cortado... para que no crean que las abandoné.......... porque los quise a todos y les agradezco...... fue lindo estar en esta casa....

Autor: Marga Grigera
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9 de noviembre de 2011

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Sueños Oníricos...


Descendí del avión y una humedad soportada veinte años antes, trató de encharcar mi voluntad. Esquivé la barrera de chicos maleteros, efectué la reserva en el Rent a Car y arranqué dirigiéndome al este. Una noche diferente resplandecía o era el poder de una luna sobredimensionada. No había oscuridad. Azules plomizos y metálicos abrillantaban los acantilados dotándolos de espíritu, mientras una brisa somnífera embadurnaba mi piel de recuerdos. Estaba en el Caribe, donde la noche forma parte del día y deambulando entre ensueños es posible existir sin la obligación de detenerse, el tiempo transcurre al revés y los caminos transitan hacia el interior de bocetos revestidos en pátinas de matices imposibles. Nada funciona según los cánones y los hombres sucumben a su bella locura o agonizan envueltos en sueños oníricos...

La pulcritud de una recién construida autovía, me permitía avanzar a buen ritmo. Demasiado fácil. La ilusión desapareció veinte kilómetros más adelante, cuando me interné en una carretera de oscuridad amenazante. De todas formas, estaba seguro, mi dirección era la deseada. Puse una cinta en el casete y canturreando proseguí hasta llegar al puente del río Chavón. Todavía seguía ahí. Se trataba de un paso levadizo de forma arqueada construido a principios de siglo. Primero ascendías un primer tramo y luego bajabas. Comenzaba a descender cuando, procedentes del otro lado, gritos exaltados me dieron el alto, los haces de varias linternas me deslumbraron y vi el arsenal de kalashnikov, M16 y revólveres, apuntándome.
Me detuve sin siquiera encontrarme asustado, en realidad no tuve tiempo de asimilar la situación, sólo empecé a hacerlo cuando el cañón de un revolver que empuñaba una mujer con el rostro cubierto por un pasamontañas, se detuvo junto a mi sien. Entonces pensé: “Guerrilleros.” Me sacaron a empellones del auto, secaron pronto mis ideas, convirtiéndolas en un remolino de pánico. No cesé de repetir como un vinilo rayado: Español, español, y su algazara iba en aumento. Se hicieron con mis papeles, me esposaron las muñecas por delante y sin atender a razones, tras un paseo de un par de horas, me metieron en una choza y allí me dejaron.

Pasé la primera parte de la noche envuelto en elucubraciones sobre lo que podría ocurrirme. Tal vez pidieran un rescate, o quizá yo no les resultara de utilidad. A lo mejor hasta pensaban ajusticiarme al día siguiente, o me retendrían prisionero en la selva durante años. Darle vueltas a la cabeza a veces resulta agotador y un sopor enfermizo se impuso a mi exigencia de permanecer alerta...
Alguien me agitó. Mis ojos se abrieron. La mujer permanecía acuclillada a mi lado, sin dejar de mirarme con curiosidad. Me preguntó.
—    ¿De verdad es usted tan malvado como dicen los jefes?
La miré de soslayo, acababa de descubrir la belleza de su rostro y no quería que se diera cuenta de mi debilidad por las mujeres hermosas.
—     ¿Yo? Desde luego que no.
Se rascó la mejilla, se arregló los cabellos, y mirándome con naturalidad, dijo.
—    Mi comandante suele decir que un hombre cuando se pudre en su interior, nunca cambia. ¿Usted... está podrido?
Apoyado de lado me sentía incómodo. Hice un esfuerzo y me di la vuelta hasta detenerme con las piernas cruzadas. Alcé la mirada y me encontré con unos ojos negros, llenos de energía y sinceridad. Dejé escapar una sonrisa y negué.
—     No.
—     Entonces ¿por qué está aquí?
—    Usted sabrá. Yo solo he venido de vacaciones.
Se revolvió intranquila, me tomó de los brazos y casi gritó.
—     ¡El comandante dice que es uno de ellos...!
—    ¿De quienes?
—     Los hombres al servicio de Balaguer.
Dejé escapar una sonrisa y añadí.
—     Pues están equivocados. Ya se darán cuenta.
Se acarició el cabello castaño, se puso de rodillas, se acercó y en un susurro, dijo.
—     Sabe... Usted es diferente.
Dudó unos instantes y señaló.
—     Yo le creo.
Permanecí en silencio. Observé su belleza mestiza y mi cabeza se llenó de viejos recuerdos, aromas e incertidumbres pertenecientes a otra época, veinte años antes. Es curioso, había deseado a otras mujeres tantas veces intentando llamar su atención, sin resultado. No hice nada. Apenas me moví y me encontré libre y con las esposas entre mis manos. Hice un movimiento rápido y sorprendí a la chiquilla; instantes después se debatía esposada. No había música, tampoco estábamos en un lugar romántico, pero el amor es capaz de florecer incluso entre la podredumbre más espantosa. La amordacé, la situé boca abajo y le bajé los pantalones...
A la mañana siguiente la puerta cedió de forma violenta y unos hombres pertenecientes al comando militar contrarrevolucionario me liberaron y apresaron a la miliciana. Me condujeron ante su puesto de mando en la selva. Un militar de alta graduación me recibió sonriente y me dijo.
—  Los tenemos. Su idea ha resultado un éxito, Jiménez. Difundir que volvía y luego dejarse coger llevando el dispositivo de seguimiento. ¡De lo mejorcito! ¡Bravo por la colaboración entre su Generalísimo y nuestro Gran Balaguer! Y además, no ha pasado tan mala noche..., ¿verdad?
No respondí. Con seriedad eché un vistazo a los prisioneros. Ante el puesto de mando, con el foso a sus espaldas, habría unos quince hombres. Eché de menos a la mitad. Elevé una mano. Las ametralladoras traquetearon medio minuto, fue suficiente. Quedaban tres cabecillas, desenfundé mi revolver y tras recibir un balazo en la nuca, uno tras otro, se desplomaron. Volviéndome hacia el capitán, le pregunté.
—     Y los demás. ¿Qué hicieron con ellos?
El militar se rascó la cabeza, frunció el ceño y mirándome flemático, me inquirió.
—    ¿Eran más?
—     Sí...
—    Bah, no se preocupe. Habrán huido. Los cazaremos.
Brindamos, tras lo cual le tendí la mano con formalidad.
En un extremo habían retenido a la mujer. Di orden de que la trajeran y la obligué a arrodillarse. La infeliz sollozaba, no estuvo mal la noche pero era una rebelde y... ¡Vaya, era valiente! No, no gemía de miedo, sino de rabia.
Temblando, farfulló.
—    Podrido, estás podrido. Los gusanos te comerán las entrañas. Jamás serás feliz ¡Cab...!
Unas detonaciones interrumpieron su cháchara. Disparé sobre ella y me vi obligado a echarme a tierra. Transcurridos treinta minutos de refriega, me di cuenta, los rebeldes eran más numerosos de lo que en principio supuse.
Al cabo de quince minutos más, yo y otros siete hombres, depusimos las armas.
Los guerrilleros eran más blandos de lo que me figuraba, en lugar de ejecutar a los militares, los interrogaron y tras asegurarse que no suponían una amenaza, les permitieron marcharse. En cambio a mí me llamaron traidor, pensé que me destrozarían, pero en lugar de golpearme, me pusieron contra el muro de una vieja casa, leyeron mis cargos y declarándome “Enemigo de la Patria,” se dispusieron a fusilarme.
Estaba preparado para todo menos para morir. Me di cuenta cuando me oriné en los pantalones, mi organismo reaccionaba por su cuenta, y además era joven y todavía me quedaban cosas por hacer, desesperado comencé a llorar y a implorar...
Una algarabía interrumpió el espectáculo. Alguien llegaba gritando. Se trataba de una mujer. La dejaron pasar. Se arrojó sobre la figura tendida de la guerrillera, revolviéndose en el terreno constituido por una pasta de barro y hojarasca, mientras lloraba angustiada, abrazó y besó a la joven, limpió su rostro y ¿logró incorporarla? Me llevé una sorpresa, no estaba muerta. Al proceder con diligencia apenas le había rozado el hombro.
La mujer se dio la vuelta y unos ojos conocidos me contemplaron con odio. La miré y la sorpresa me hizo permanecer aturdido; era el semblante de Minerva ¡mi amada!, y a quien no veía desde hacía veinte años. Con voz desgarrada por la furia, profirió.
—     Lo sé todo ¡felón¡ Me engañaste siempre. Acabas de forzar a nuestra hija y encima... ¡ibas a asesinarla!
Permanecí mirándola lívido. Nunca imaginé que tuviera una hija y ahora, ahí estaba, sin atreverse a mirarme, odiándome eternamente y no me equivoqué, era más valiente que yo. Arrimándose a un guerrillero, por sorpresa, con una frialdad fuera de dudas, la muchacha desenfundó su revólver y lo puso sobre mí sien. No sufrí más.  
 
José Fernández del Vallado. Josef. Noviembre 2011.


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1 de noviembre de 2011

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DORMIRAS.....



DORMIRAS.....

Dormiras sobre la arena de las playas,
volarás sobre las nubes de los cielos,
alcanzaras con solo desearlo...
¡la culminación de todos tus deseos¡.

Porque eres energia de la vida,
en tu piel llevas el sello del candor,
en tus ojos la gloria de los cielos
y en tus manos,por siempre el amor¡.

Julia Orozco.
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