31 de agosto de 2011

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PoeTizanDo HaiKus



Hoy me fui de tu vida
y penetré los rincones
Íntimos de tu olvido.

Duermo en un rincón oscuro
con tus recuerdos y susurro
palabras que acaricien tu oído.

El amor es un instante
en el curso de la vida,
el olvido un eterno peregrinar.

Aquí estoy, busca dentro
de tu corazón y encontrarás
parte de mi alma en algún recoveco.

Mientras vivas, mis versos
cautivarán tu corazón
acariciando y besando tu alma.


Quino ©
Derechos Reservados.
 
 
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30 de agosto de 2011

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Indesición


El melodrama del engañado que pudiendo seguir su vida rutinaria prefirió arrojarse a las vías del tren esa cruel mañana de invierno en que recibió la noticia de su amigo y al final no quiso o no pudo, o no... Tal vez fue demasiado incrédulo y dudó tremendamente, y supuso que la noticia por mensaje de texto había sido errónea, y a medida que el tren se acercaba, tuvo la visión mística de creer en ella, y como todo melodrama, el guarda de la estación lo empujó de una vez por todas cansado de tantas indecisiones.
 
Autor DEA Juliano
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29 de agosto de 2011

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Nos cuentan los maestros XXIV - Howard Phillips Lovecraf

Notas sobre el arte de escribir cuentos fantásticos, Howard Phillips Lovecraft

La razón por la cual escribo cuentos fantásticos es porque me producen una satisfacción personal y me acercan a la vaga, escurridiza, fragmentaria sensación de lo maravilloso, de lo bello y de las visiones que me llenan con ciertas perspectivas (escenas, arquitecturas, paisajes, atmósfera, etc.), ideas, ocurrencias e imágenes. Mi predilección por los relatos sobrenaturales se debe a que encajan perfectamente con mis inclinaciones personales; uno de mis anhelos más fuertes es el de lograr la suspensión o violación momentánea de las irritantes limitaciones del tiempo, del espacio y de las leyes naturales que nos rigen y frustran nuestros deseos de indagar en las infinitas regiones del cosmos, que por ahora se hallan más allá de nuestro alcance, más allá de nuestro punto de vista. Estos cuentos tratan de incrementar la sensación de miedo, ya que el miedo es nuestra más fuerte y profunda emoción y una de las que mejor se presta a desafiar los cánones de las leyes naturales. El terror y lo desconocido, están siempre relacionados, tan íntimamente unidos que es difícil crear una imagen convincente de la destrucción de las leyes naturales, de la alienación cósmica y de las presencias exteriores sin hacer énfasis en el sentimiento de miedo y horror. La razón por la cual el factor tiempo juega un papel tan importante en muchos de mis cuentos es debida a que es un elemento que vive en mi cerebro y al que considero como la cosa más profunda, dramática y terrible del universo, El conflicto con el tiempo es el tema más poderoso y prolífico de toda expresión humana.
Mi forma personal de escribir un cuento es evidentemente una manera particular de expresarme; quizá un poco limitada, pero tan antigua y permanente como la literatura en sí misma. Siempre existirá un número determinado de personas que tenga gran curiosidad por el desconocido espacio exterior, y un deseo ardiente por escapar de la morada-prisión de lo conocido y lo real, para deambular por las regiones encantadas llenas de aventuras y posibilidades infinitas a las que sólo los sueños pueden acercarse: las profundidades de los bosques añosos, la maravilla de fantásticas torres y las llameantes y asombrosas puestas de sol. Entre esta clase de personas apasionadas por los cuentos fantásticos se encuentran los grandes maestros -Poe, Dunsany, Arthur Machen, M. R. James, Algernon Blackwood, Walter de la Mare; verdaderos clásicos- e insignificantes aficionados, como yo mismo.
Sólo hay una forma de escribir un relato tal y como yo lo hago. Cada uno de mis cuentos tiene una trama diferente. Una o dos veces he escrito un sueño literalmente, pero por lo general me inspiro en un paisaje, idea o imagen que deseo expresar, y busco en mi cerebro una vía adecuada de crear una cadena de acontecimientos dramáticos capaces de ser expresados en términos concretos. Intento crear una lista mental de las situaciones mejor adaptadas al paisaje, idea, o imagen, y luego comienzo a conjeturar con las situaciones lógicas que pueden sor motivadas por la forma, imagen o idea elegida.
Mi actual proceso de composición es tan variable como la elección del tema o el desarrollo de la historia; pero si la estructura de mis cuentos fuese analizada, es posible que pudiesen descubrirse ciertas reglas que a continuación enumero:

1) Preparar una sinopsis o escenario de acontecimientos en orden a su aparición; no en el de la narración. Describir con vigor los hechos como para hacer creíbles los incidentes que van a tener lugar. Los detalles, comentarios y descripciones son de gran importancia en este boceto inicial.
2) Preparar una segunda sinopsis o escenario de acontecimientos; esta vez en orden a su narración, con descripciones detalladas y amplias, y con anotaciones a un posible cambio de perspectiva, o a un incremento del clímax. Cambiar la sinopsis inicial si fuera necesario, siempre y cuando se logre un mayor interés dramático. Interpolar o suprimir incidentes donde se requiera, sin ceñirse a la idea original aunque el resultado sea una historia completamente diferente a la que se pensó en un principio. Permitir adiciones y alteraciones siempre y cuando estén lo suficientemente relacionadas con la formulación de los acontecimientos.
3) Escribir la historia rápidamente y con fluidez, sin ser demasiado crítico, siguiendo el punto (2), es decir, de acuerdo al orden narrativo en la sinopsis. Cambiar los incidentes o el argumento siempre que el desarrollo de la ~a tienda a tal cambio, sin dejarse influir por el boceto previo. Si el desarrollo de la historia revela nuevos efectos dramáticos, añadir todo lo que pueda ser positivo; repasando y reconciliando todas y cada una de las adiciones del nuevo plan. Insertar o suprimir todo aquello que sea necesario o aconsejable; probar con diferentes comienzos y diferentes finales, hasta encontrar el que más se adapte al argumento. Asegurarse de que ensamblan todas las partes de la ira~ desde el comí~ al final del relato. Corregir toda posible superficialidad -palabras, párrafos, incluso episodios completos-, conservando el orden preestablecido.
4) Revisar por completo el texto, poniendo especial atención en el vocabulario, sintaxis, ritmo de la prosa, proporción de las partes, sutilezas del tono, gracia e interés de las composiciones (de escena a escena de una acción lenta a otra rápida, de un acontecimiento que tenga que ver con el tiempo, cte.), la efectividad del comienzo, del final, del clímax, el suspenso y el interés dramático, la captación de la atmósfera y otros elementos diversos.
5) Preparar una copia esmerada a máquina; sin vacilar por ello en acometer una revisión final alfi donde sea necesario.

El primero de estos puntos es por lo general una meta idea mental una puesta en escena de condiciones y acontecimientos que rondan en nuestra cabeza, jamás puestas sobre papel hasta que preparo una detallado sinopsis de estos acontecimientos en orden a su narración. De forma que a veces comienzo el bosquejo antes de saber cómo voy que más tarde será desarrollado.
Considero cuatro tipos diferentes de cuentos sobrenaturales: uno expresa una aptitud o sentimiento, otro un concepto plástico, un tercer tipo comunica una situación general, condición, leyendo o concepto intelectual, y un cuarto muestra una imagen definitiva, o una situación específica de índole dramática. Por otra parte, las historias fantásticas pueden estar clasificadas en dos amplias categorías: aquellas en las que lo maravilloso o terrible está relacionado con algún tipo de condición o fenómeno, y aquéllas en las que esto concierne a la acción del personaje en con un suceso o fenómeno grotesco.
Cada relato fantástico -hablando en particular de los cuentos de miedo- puede desarrollar cinco elementos críticos:

a) lo que sirve de núcleo a un horror o anormalidad (condición, entidad, etc,)
b) efectos o desarrollos típicos del horror
c) el modo de la manifestación de ese horror
d) la forma de reaccionar ante ese horror
e) los efectos específicos del horror en relación a lo condiciones dadas.

Al escribir un cuento sobrenatural, siempre pongo especial atención en la forma de crear una atmósfera idónea, aplicando el énfasis necesario en el momento adecuado. Nadie puede, excepto en las revistas populares, presentar un fenómeno imposible, improbable o inconcebible, como si fuera una narración de actos objetivos. Los cuentos sobre eventos extraordinarios tienen ciertas complejidades que deben ser superadas para lograr su credibilidad, y esto sólo puede conseguirse tratando el tema con cuidadoso realismo, excepto a la hora de abordar el hecho sobrenatural. Este elemento fantástico debe causar impresión y hay que poner gran cuidado en la construcción emocional; su aparición apenas debe sentirse, pero tiene que notarse. Si fuese la esencia primordial del cuento, eclipsaría todos los demás caracteres y acontecimientos; los cuales deben ser consistentes y naturales, excepto cuando se refieren al hecho extraordinario. Los acontecimientos espectrales deben ser narrados con la misma emoción con la que se narraría un suceso extraño en la vida real. Nunca debe darse por supuesto este suceso sobrenatural. Incluso cuando los personajes están acostumbrados a ello, hay que crear un ambiente de terror y angustia que se corresponda con el estado de ánimo del lector. Un descuidado estilo arruinaría cualquier intento de escribir fantasía seria.
La atmósfera y no la acción, es el gran desiderátum de la literatura fantástica. En realidad, todo relato fantástico debe ser una nítida pincelada de un cierto tipo de comportamiento humano. Si le damos cualquier otro tipo de prioridad, podría llegar a convertirse en una obra mediocre, pueril y poco convincente. El énfasis debe comunicarse con sutileza; indicaciones, sugerencias vago que se asocien entre sí, creando una ilusión brumosa de la ex~ realidad de lo irreal. Hay que evitar descripciones inútiles de sucesos increíbles que no sean significativos.
Estas han sido las reglas o moldes que he seguido -consciente o inconscientemente- ya que siempre he considerado con bastante seriedad la creación fantástica. Que mis resultados puedan llegar a tener éxito es algo bastante discutible; pero de lo que sí estoy seguro es que, si hubiese ignorado las normas aquí arriba mencionadas, mis relatos habrían sido mucho peores de lo que son ahora.

Howard Phillips Lovecraft
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27 de agosto de 2011

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Tus piececitos pequeños...



Ayer caminamos juntas,
descalzas sobre la tierra,
las huellas iban quedando
desiguales,sobre ella.

Las mias,viejas,cansadas,
se fundian en la arena,
las tuyas tan chiquititas
ni la rozaban siquiera.

Tu vida,empezaba ahora,
la mia,se consumia,
y quise al estar juntas
decirte mil cosas,niña.

Y te hblé mi niña amada,
y te relate mi vida
y eso que poco más 
de siete meses tenias.

Tus piececitos pequeños,
dibujaban mil estrellas,
los mios,al ser mayores,
dejaban profundas huellas.

Te hablé del sol y la luna,
del cielo y las estrellas,
te hablé del mundo,mi niña,
y te dije cosas bellas.

Te conté tantas cositas
¡tánto te hablé de mi vida¡,
que sin darme apenas cuenta
senti llanto en las mejillas.

Me ví hundida en la tierra,
y ví mi pequeña amada,
como tus descalzos pies
¡el suelo,apenas rozaba¡.

Quise volar como tú
con ilusión y alegria,
pero los años pasados
en la arena,me fundian.

Miré de nuevo hacia abajo
y por milagro divino,
tus piececitos pequeños
¡hicieron volar los mios¡.

Autor : Julia Orozco.
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23 de agosto de 2011

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Y así, estrella...




Ayer mirando las nubes,
ví dibujada una estrella,
quise subir y cogerla
¡quise llegar hasta ella¡.

La miraba y la miraba,
pero no podia llegar,
hasta arriba,hasta esa nube
que brillando siempre está.

Y como yo no subia,
la estrella,vino hacia mí
y se fundió en mi alma
¡y así,estrella yo fuí¡

Autor : Julia Orozco
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22 de agosto de 2011

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alas

Amores verdaderos, lo son todos. La verdad es muy subjetiva. Y cada cual y cada quien, tiene la suya.

Realidad, solo hay una. En ella debería habitar ese sentimiento, que no se elige, que te transforma, que se adueña de todo tu ser, y te evangeliza a su doctrina.

Ella no cree en el amor que aísla, que se empequeñece y se reduce a un “tu y yo”, en una sola burbuja, en una sola atmósfera, que acaba siendo irrespirable.

Es como convertir el mar en un charco, donde no hay mareas, ni tempestades, ni remolinos, que mantengan vivas sus aguas.

El amor ha de impulsarse constantemente. Abrirse y ampliarse, al nosotros, al vosotros, al ellos. Dejarlo muchas veces, a la intemperie, para que fortalezca su identidad, continuando con su labor regeneradora, sin promesas que estrangulen, los brotes de una posible, eternidad.

Resumirlo, es convertirlo en una flor de invernadero, que no soporta un frío a destiempo, ni el chaparrón de una nube despistada, por el calor del verano. Domiciliado entre cristales protectores, viendo siempre las mismas hojas, que van perdiendo el brillo del verde, hasta dejarse caer, con el color triste del aburrimiento y la sumisión. Resignadas por haber llegado a su final, más muertas que vivas.

El amor, es sangre nueva, en cada nueva herida.


Autor : Noah


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21 de agosto de 2011

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El beso

 
"El hombre arrebata esos labios como si sacara una túnica dorada cubriendo el cuerpo de la dama. Ella no tiene interés en defenderse, se entrega leve, fácil, vencida a la boca que la contiene en una complicidad de deseos. Hay perfección en ese despojo, en los brazos abarcando la geografía única de un cuerpo desvanecido a la humedad que la acaricia. Disfrutan ese contacto como si despidieran flores por las ventanas con sus ojos e hicieran un camino nuevo, una senda de Venus y Marte. Sombrean sus mejillas mientras las voces indiscretas se levantan en andas por la calle, alegoría de la no transparencia. Y aunque este sea el último contacto de sus vidas el camino está hecho, la llama queda eternizada, la guerra del amor ha comenzado."
 
Autor : DEA Juliano

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17 de agosto de 2011

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Si una noche...



Existe un lugar donde
duermen los sueños,
con senderos de hierba
y caminos abiertos.

Es un sitio brillante
animado y alegre,
donde rozas la gloria
y la vida florece.

No hay crueldad ni avaricia,
ni lujuria ni miedos,
solo aguarda el amor para
aquél que consigue obtenerlos.

Si una noche lo vieras,
si aparece el sendero...
¡sientete bendecido por Dios
¡en los Cielos¡.

Autor : Julia Orozco.

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15 de agosto de 2011

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Nos cuentan los maestros XXIII - Charles Baudelaire

Consejos literarios de Charles Baudelaire

Los preceptos que se van a leer son fruto de la experiencia; la experiencia implica una cierta suma de equivocaciones; y como cada cual las ha cometido –todas o poco menos-, espero que mi experiencia será verificada por la de cada cual.

De la suerte y de la mala suerte en los comienzos

Los escritores jovenes que hablando de un colega novel dicen con acento matizado de envidia: "¡Ha comenzado bien, ha tenido una suerte loca!", no reflexionan que todo comienzo está siempre precedido y es el resultado de otros veinte comienzos que no se conocen.
(...) creo más bien que el éxito es, en una proporción aritmética o geométrica, según la fuerza del escritor, el resultado de éxitos anteriores, a menudo invisibles a simple vista. Hay una lenta agregación de éxitos moleculares; pero generaciones espontáneas y milagrosas jamás.
Los que dicen: "Yo tengo mala suerte", son los que todavía no han tenido suficientes éxitos y lo ignoran.
Libertad y fatalidad son dos contrarios; vistas de cerca y de lejos son una sola voluntad.
Y es por eso que no hay mala suerte. Si hay mala suerte, es que nos falta algo: ese algo hay que conocerlo y estudiar el juego de las voluntades vecinas para desplazar más fácilmente la circunferencia.

De los salarios

Por hermosa que sea una casa es ante todo -y antes de que su belleza quede demostrada- tantos metros de frente por tantos de fondo. De igual modo la literatura, que es la materia más inapreciable, es ante todo una serie de columnas escritas; y el arquitecto literario, cuyo sólo nombre no es una probabilidad de beneficio, debe vender a cualquier precio.
Hay jóvenes que dicen: "Ya que esto vale tan poco, ¿para qué tomarse tanto trabajo?" Hubieran podido entregar trabajo del mejor; y en ese caso sólo hubieran sido estafados por la necesidad actual, por la ley de la naturaleza; pero se han estafado a sí mismos. Mal pagados, hubieran podido honrarse con ello; mal pagados, se han deshonrado.
Resumo todo lo que podría escribir sobre este asunto en esta máxima suprema, que entrego a la meditación de todos los filósofos, de todos los historiadores y de todos los hombres de negocios: "¡Sólo es con los buenos sentimientos con los que se llega a la fortuna!"
Los que dicen: "¡Para qué devanarse los sesos por tan poco!" son los mismos que más tarde quieren vender sus libros a doscientos francos el pliego, y rechazados, vuelven al día siguiente a ofrecerlo con cien francos de pérdida.
El hombre razonable es el que dice: "Yo creo que esto vale tanto, porque tengo genio; pero si hay que hacer algunas concesiones, las haré, para tener el honor de ser de los vuestros".

De las simpatías y de las antipatías

En amor como en literatura, las simpatías son involuntarias; no obstante, necesitan ser verificadas, y la razón tiene ulteriormente su parte.
Las verdaderas simpatías son excelentes, pues son dos en uno; las falsas son detestables, pues no hacen más que uno, menos la indiferencia primitiva, que vale más que el odio, consecuencia necesaria del engaño y de la desilusión.
Por eso yo admiro y admito la camaradería, siempre que esté fundada en relaciones esenciales de razón y de temperamento. Entonces es una de las santas manifestaciones de la naturaleza, una de las numerosas aplicaciones de ese proverbio sagrado: la unión hace la fuerza.
La misma ley de franqueza y de ingenuidad debe regir las antipatías. Sin embargo, hay gentes que se fabrican así odios como admiraciones, aturdidamente. Y esto es algo muy imprudente; es hacerse de un enemigo, sin beneficio ni provecho. Un golpe fallido no deja por eso de herir al menos en el corazón al rival a quien se le destinaba, sin contar que puede herir a derecha e izquierda a alguno de los testigos del combate.
Un día, durante una lección de esgrima, vino a molestarme un acreedor; yo lo perseguí por la escalera, a golpes de florete. Cuando volví, el maestro de armas, un gigante pacífico que me hubiera tirado al suelo de un soplido, me dijo: "¡Cómo prodiga usted su antipatía! ¡Un poeta! ¡Un filósofo! ¡Ah, que no se diga!" Yo había perdido el tiempo de dos asaltos, estaba sofocado, avergonzado y despreciado por un hombre más, el acreedor, a quien no había podido hacer gran cosa.
En efecto, el odio es un licor precioso, un veneno más caro que el de los Borgia, pues está hecho con nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño ¡y los dos tercios de nuestro amor! ¡Hay que guardarlo avaramente!

Del vapuleo

El vapuleo no debe practicarse más que contra los secuaces del error. Si somos fuertes, nos perdemos atacando a un hombre fuerte; aunque disintamos en algunos puntos, él será siempre de los nuestros en ciertas ocasiones.
Hay dos métodos de vapuleo: en línea curva y en línea recta, que es el camino más corto. (...) La línea curva divierte a la galería, pero no la instruye.
La línea recta... consiste en decir: "El señor X... es un hombre deshonesto y además un imbécil; cosa que voy a probar" -¡y a probarla!-; primero..., segundo..., tercero...etc. Recomiendo este método a quienes tengan fe en la razón y buenos puños.
Un vapuleo fallido es un accidente deplorable, es una flecha que vuelve al punto de partida, o al menos, que nos desgarra la mano al partir; una bala cuyo rebote puede matarnos.

De los métodos de composición

Hoy por hoy hay que producir mucho, de modo que hay que andar de prisa; de modo que hay que apresurarse lentamente; pues es menester que todos los golpes lleguen y que ni un solo toque sea inútil.
Para escribir rápido, hay que haber pensado mucho; haber llevado consigo un tema en el paseo, en el baño, en el restaurante, y casi en casa de la querida. (...)
Cubrir una tela no es cargarla de colores, es esbozar de modo liviano, disponer las masas en tono ligero y transparentes. La tela debe estar cubierta -en espíritu- en el momento en que el escritor toma la pluma para escribir el título.
Se dice que Balzac ennegrece sus manuscritos y sus pruebas de manera fantástica y desordenada. Una novela pasa entonces por una serie de génesis, en los que se dispersa, no sólo la unidad de la frase, sino también la de la obra. Sin duda es este mal método el que da a menudo a su estilo ese no se qué de difuso, de atropellado y de embrollado, que es el único defecto de ese gran historiador.

Del trabajo diario y de la inspiración

Una alimentación muy sustanciosa, pero regular, es la única cosa necesaria para los escritores fecundos. Decididamente, la inspiración es hermana del trabajo cotidiano. Estos dos contrarios no se excluyen en absoluto, como todos los contrarios que constituyen la naturaleza. La inspiración obedece, como el hombre, como la digestión, como el sueño. (...) Si se consiente en vivir en una contemplación tenaz de la obra futura, el trabajo diario servirá a la inspiración, como una escritura legible sirve para aclarar el pensamiento, y como el pensamiento calmo y poderoso sirve para escribir legiblemente, pues ya pasó el tiempo de la mala letra.

De la poesía

En cuanto a los que se entregan o se han entregado con éxito a la poesía, yo les aconsejo que no la abandonen jamás. La poesía es una de las artes que más reportan; pero es una especie de colocación cuyos intereses sólo se cobran tarde; en compensación, muy crecidos.
Desafío a los envidiosos a que me citen buenos versos que hayan arruinado a un editor.
(...)
¿Por lo demás, qué tiene de sorprendente, puesto que todo hombre sano puede pasarse dos días sin comer, pero nunca sin poesía?
El arte que satisface la necesidad más imperiosa será siempre el más honrado.

De los acreedores

(...) Que el desorden haya acompañado a veces al genio, lo único que prueba es que el genio es terriblemente fuerte; por desgracia, para muchos jóvenes, ese título expresaba no un accidente, sino una necesidad.
Yo dudo mucho que Goethe haya tenido acreedores (...). No tengan acreedores jamás; a lo sumo, hagan como si los tuvieran, que es todo lo que puedo permitirles.

De las queridas

Si quiero acatar la ley de los contrastes, que gobierna el orden moral y el orden físico, me veo obligado a ubicar entre las mujeres peligrosas para los hombres de letras, a la mujer honesta, a la literata y a la actriz; la mujer honesta, porque pertenece necesariamente a dos hombres y es un mediocre pábulo para el alma despótica de un poeta; la literata, porque es un hombre fallido; la actriz, porque está barnizada de literatura y habla en "argot"; en fin, porque no es una mujer en toda la acepción de la palabra, ya que el público le resulta algo más preciosos que el amor.
(...)
Porque todos los verdaderos literatos sienten horror por la literatura en determinados momentos, por eso, yo no admito para ellos -almas libres y orgullosas, espíritus fatigados que siempre necesitan reposar al séptimo día-, más que dos clases posibles de mujeres: las bobas o las mujerzuelas, la olla casera o el amor.
-Hermanos, ¿hay necesidad de exponer las razones?

15 de abril de 1846


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11 de agosto de 2011

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Cielo bello....



Surge el rio al nacer,
y sus aguas ván creciendo,
de nuestro hacer conseguimos
que no sea,turbulento.

Es la vida una poesia,
qué todos llevamos dentro,
unos con rabia y envidia,
otros,con dulzura y tiento.

Es este rio que acaba
cuando termina la vida,
el que debemos mimar
y cuidarlo cada dia.

Pues cuando el rio sea gota,
se examinara por dentro,
y seremos ese instante...
¡cielo bello o triste infierno¡.

Autor : Julia Orozco.
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8 de agosto de 2011

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Vida



En la vida,existe el tiempo,
y el tiempo requiere esfuerzo
y es ese supremo esfuerzo
el que nos dá movimiento.

Es este movimiento,
el que nos permite andar,
y hacer el camino dado
y obtener la libertad.

Pues es esa libertad
la que hace que logremos
andar el sendero dado
y asi,sentirnos eternos.

Autor : Julia Orozco.
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6 de agosto de 2011

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La niña del Napalm


"Llora la triste anatomía de una niña, sus ojos rasgados quieren cerrarse a la locura de las explosiones que desgarran el cielo. Los pájaros de metal lanzan sus bombas como si fueran de broma, como si esos pilotos desparramasen juguetes, o pequeñas alegrías y para su desazón, los niños salieran espantados hacia los brazos de sus padres a contarles que tiran juguetes desde allá, mientras señalan con sus dedos de moco y barro. Pero, claro, la mayoría de esos niños envueltos en su propia desnudez no tienen padres, ni tíos, quizás algún brazo militar que se apiade de sus frías almas y los arrime en un montón de miedos y certezas. Escapan del fuego, del origen de la vida, de la muerte tosca y simple que hace un ruido de película y vacía ese mediodía de imágenes naturales. La niña corre. Es un blanco móvil del dolor humano."

Autor: DEA Juliano
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5 de agosto de 2011

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Corazonada


“y en cuanto acabó de zurcir las heridas de
las noches mal dormidas llegué yo
y le llené de flores el jergón para los dos,
sin espinas de colores, que se rieguen
cuando llore y cuando no, las sulfatamos
con nuestro sudor,
y me confesó, cuando quieras arrancamos que
en las líneas de la mano lo leyó,
que se acabó el que la quemara el sol,
pero se asustó, ¡cómo te retumba el pecho!,
tranqui, solo es mi maltrecho corazón,
que se encabrita cuando oye tu voz”

CORAZÓN DE MIMBRE. MAREA

***

-Pálpito, decía mi abuelo.

He abierto los ojos a las nueve menos cuarto. Ayer tardé en conciliar el sueño, las ovejas, hartas, huyeron despavoridas a pastar en otras mentes.
Alargando el brazo he sintonizado una nueva emisora. Quería escuchar a la gente, quería noticias frescas. Pero al final la gente se enzarza en guerras dialécticas y las noticias pasan de la frescura de la vida a la tibiez de la muerte. Guerras de todo tipo dibujan su campo de batalla en el desayuno de las ondas.
La habitación vuelve a quedar en silencio. Adivino el sol que lucha por colarse buscando una rendija para amanecer a este lado. Me desperezo aún en la cama, junto los pies acariciándome las piernas con los dedos. Doy por acabadas estas maniobras orquestales en la oscuridad cuando me estiro emitiendo un quedo bostezo.
Sentada sobre el borde, busco entre los claroscuros el rincón donde anoche esparcí mi ropa interior. Salto de la cama con el móvil en la mano. Desde hace tiempo es un apéndice más. Es ahora cuando recuerdo que he soñado. Es ahora cuando sabiendo que he soñado, ignoro el contenido. Vislumbro personajes que no consigo etiquetar, no logro adivinar qué calles son por las que transita mi subconsciente y sus devaneos nocturnos. Sólo sé que cuando me he incorporado mis pies no temblaban, no me faltaba el aire y una sonrisa se abría paso en mi rostro.

Preparo un café que saboreo mirando por la ventana. La calle está desierta. Nadie se acerca a mi portal. Me acuerdo, otra vez, de mi apéndice electrónico. Miro la pantalla: ningún mensaje, ninguna llamada. La felicidad, a veces, dista sólo un par de tonos; un aviso con ese mensaje que tanto anhelas descifrar. Esa comunicación privada que se crea entre tú y quien tú quieres.

Mientras la taza viaja a mis labios, rememoro el sueño. En él mi abuelo me dice que cada vez que sentimos que algo bueno está a punto de sucedernos, se trata de un pálpito. Pero es la voz de mi abuela la que lo contradice jovial, diciendo que eso no es así. Que no se llama pálpito. Que la verdadera expresión de futuros alegres es otra palabra que no consigo descodificar, quedando atrapada entre las sombras de mi somnolencia.
Eso ha sido lo que ha hecho que deguste con más intensidad este café. Ha sido el saber que quizás algo bueno está a punto de sucederme. Que la alegría volverá en forma de llamada, que la llamada se producirá de un momento a otro, que algo puede cambiar.
Beso el borde y el café amargo alcanza mi boca inundándola de placer. Es un beso en toda regla. Como esos besos pretéritos que quieres que regresen, que quieres volver a sentir, necesitando que se posen como mariposas sobre tu sexo, sobre tu cuerpo, sobre tus labios.

Me noto cansada. Cansada y tediosa.
En la ducha tengo que sentarme en el taburete colocado ahí para hacer más distraídos estos momentos y darle esquinazo a la soledad. Mientras el agua resbala por mi desnudez escucho de fondo la radio y, tras la ventana, una vecina llama al orden a los gatos callejeros que anidan las cornisas. Las voces se confunden con el ruido relajante de mi baño. Cierro los ojos y separo los labios. El agua se cuela en mi boca, la aguanto y la termino escupiendo cuando noto que me falta el aire. Acaricio mi cuerpo, las manos recorren cada rincón y las yemas se distraen trazando caprichos en la piel.
Cuando regreso a la cocina ya tengo otra vez el móvil en la mano. No hay descanso para la espera. Es mi nexo con la realidad, con la necesidad, con lo imposible. Porque mientras avanza la mañana empiezo a estar convencida que no va a sonar. Que no emitirá señal alguna que dé la razón a mis sueños, al pálpito definitorio de mi abuelo. Y todo quedará como está. Todo menguará y la felicidad alimentará mi pasado, resistiéndose a mi futuro. Miro por la ventana, otra vez. El sol lame las aceras y los escaparates se llenan de anónimas sombras y de parejas de amantes donantes de placer.

Necesito cobijarme en la lectura del último libro de Marías. Me enamoro fácil y eso, en mí, es un problema. No hay corazón que aguante tantos amores. Compagino la lectura con la audición del nuevo trabajo de ese viejo cantautor que una vez le canta a sus musas y otras le escribe letras de neón a su Magdalena.
De vez en cuando consulto la pantalla del teléfono. Temo no haberme percatado del aviso. Quizás mi hilaridad aguarde en la bandeja de entrada.

En días como hoy me visita todo mi pasado. Ha empezado por mis abuelos, dejando que pueblen mis fantasías oníricas. Y ahora acabo de descubrirme pensando en él, preguntándome qué andará haciendo ahora, y con quién andará haciéndoselo. Entre pasado y futuro se cuelan ilusiones y realidades. Es como cuando estás al borde de la muerte, que toda tu vida cruza ante tu mirada en un minuto. Debe ser lo que le acontece al suicida, que una vez aprieta el gatillo sólo le queda tiempo para morir, si es certero. Pero si la torpeza que lo lleva a esa situación insiste en acompañarlo al más allá, le dejará tiempo para que se arrepienta, para que esos pensares se posen como alas en las retinas por las que la muerte le guiñará un ojo.

Tornan a mi cabeza esos mensajes furtivos y esas conversaciones que hacían de la noche nuestro refugio. El teléfono ardía y los oídos sudaban. El sexo hervía y la voz empapaba el deseo. Acabábamos a las tantas, febriles, y al día siguiente buscábamos otra vez la conexión, el punto de partida, el kilómetro cero para nuestra ventura. Resuena en mi interior “corazón de mimbre” del grupo que tanto le gustaba. Insistía enfáticamente en que me dejara seducir por la voz ajada del cantante. Me cercioro que mientras tarareo esa canción necesito exhumarla y la busco con ansia entre mi biblioteca musical. He perdido la cuenta de las veces que me la envió en MP3 hasta que consiguió mi capitulación ante su corazón mimbrado.
Nos reíamos cuando escuchábamos esas noticias que advertían del uso abusivo de los celulares. Podían provocar cáncer, o daños cerebrales, o cosas por el estilo. Y tras las risas, los besos, y tras los besos, el amor nos hacía y nosotros lo convertíamos en sexo, y tras el sexo, la conversación infinita, y tras ese infinito hablado, el silencio, y tras el silencio, la aciaga despedida, y tras la despedida, la vuelta al hogar dulce hogar donde otro mundo, otra vida, otros protagonistas nos esperaban ofreciéndonos cotidianidad.
Pero el teléfono enmudeció. Mi cuerpo dejó de responder a sus caricias y sólo se manifestaba, cada vez menos, cuando su recuerdo se enquistaba en mi cabeza. Entonces, el placer, aunque distante, volvía a consumirme.

Sentada frente al portátil, mientras me dejo acariciar por la inconfundible voz de Kutxi Romero, pienso en mi carrera, truncada en mil carrerillas por la falta de posibilidades. Al final, esas oposiciones me salvaron, y conseguí una plaza en la diputación provincial donde lo conocí. Me doy cuenta, mientras vivo este día, que mi memoria recurrente se ha aprendido su nombre. Y lo evoca, jugando conmigo, trayéndolo, postrándolo ante mí. No puedo evitarlo: estas ganas de nada menos de él, que cantaría el de amante de las musas, me hieren.

Termina la canción. La he escuchado tres, cuatro, varias veces. Necesito estirar las piernas. Y las estiro lo justo para recuperar el teléfono que se había quedado rezagado junto a los enamoramientos de Marías. Miro la pantalla, la miro mucho, como si la insistencia de mi mirada consiguiera que se iluminara anunciante. Pero el teléfono, como la vida del suicida, parece que ha expirado. Que ese pálpito sólo ha sido una falsa alarma. Un tsunami que nunca alcanzó la costa.

A la hora de comer enciendo la tele. Supongo que no tengo bastante y necesito la camaradería de un telediario sembrado de noticias funestas: De hundimientos de bolsas, de explosión de burbujas, de salarios congelados, de niños quemados por el sol y abandonados por la vida, de terremotos en zonas pobres donde ningún dios tiene segunda residencia, de asesinatos a sangre fría, de revueltas contra el sistema, de sistemas de represión contra esos indios que se niegan a abandonar sus selvas para que las autopistas a ningún cielo las atraviesen, de un accidente múltiple en el que han perdido la vida no sé cuántos que venían de celebrar un ascenso a primera división y de las protestas de esos trabajadores abocados a vagar como alma en pena buscando una oportunidad que ilumine el crepúsculo de su vida laboral. Hoy, ni a la hora del tiempo hay buenas nuevas. Un frente se cuela por el norte peninsular amenazando esta primavera que aún no ha tenido tiempo de curar el invierno.

A las cinco preparo un descafeinado y vuelvo a sintonizar una emisora. Por la ventana de las ondas, un locutor de moda que abandonó la jungla urbana de su Venezuela represiva para instalarse en los programas nocturnos donde contertulios jugaban a ver quién insultaba con más elegancia, habla de corazones llenos de alegría. Dice que el suyo, de tanto amor, de tanta dicha, está a punto de reventar. Que amenaza con romper su pecho y surcar campos de claveles bombeando placer. Repite una y otra vez que está agradecido a España, que lo recibió con los brazos abiertos y los armarios clausurados.
Menudo imbécil, qué sabrá de corazones, qué de felicidades. Cierro los ojos y lo insulto mentalmente, los aprieto hasta el dolor y asesino su buenaventura.

Me falta el aire y termino consultando el móvil. No, no suena, no está por la labor. Compruebo la batería, toco las teclas, hago una llamada a mi mejor amiga para comprobar que aún funciona. Me pregunta si va todo bien, si necesito hablar, quizás. No, sólo quería saludarte, escucharte un momento. Un hola y un adiós a modo de SOS. Se me pasa por la cabeza llamarlo a él, a ver qué tal está. A despedirme, quizás, a escucharlo una última vez. Pero me freno. Le prometí no importunarlo nunca más cuando se bajó de nuestra historia y los viernes se vistieron de luto.

En la cocina preparo un vaso de agua en el que diluyo un ibuprofeno. Desearía mezclarlo con agua de lluvia. Acercar el vaso a una nube preñada de invierno y combinar medicina y naturaleza en estado puro. Claro que con mi suerte, acabaría partida por un rayo. La cabeza amenaza ahora con estallarme, y no de felicidad precisamente. Apago la radio y el apartamento queda silente.
Dirijo mis pasos hacia la terraza y atisbo la plaza de aparcamiento vacía. Miro las plantas y huelo la huella que la vida ha depositado en los tiestos. La tarde declina y el sol empieza a lamer edificios en su peregrinar hacia el ocaso. Pienso en la suerte del astro rey. Se pasa el día lamiendo. Lame cualquier manifestación de vida en la tierra desde que sale hasta que se pone.

Me gustaría llamar a mi madre, a mi hermana o a alguna de mis amigas. Hablar largo y tendido. Pero supongo que la esperanza sigue siendo lo último en perderse. Y quiero, sobre todas las cosas y a cambio de todos mis sueños restantes, esa llamada redentora.
Descanso mi cuerpo en el sofá, junto a la “literaturiedad” enamoradiza de Marías. Dejo que sus letras me acompañen hasta la hora de cenar algo presuntamente sano.
Me siento en la mesa. Dispongo el cubierto, una copa con agua mineral, un plato con una sopa de verduras y el teléfono cerca, próximo a mi corazón, a mi alma, a mis ojos acristalados.

A las nueve, mientras desvisto un kiwi, el móvil emite un sonido: llamada entrante. No es él.
La voz de mi mejor amiga, disfrazada de jovialidad, irrumpe:

- ¿Qué? ¿alguna novedad?
- No, ninguna. Todo sigue igual. Este teléfono no está concebido para las noticias buenas, ni para los acercamientos.
Tras una brevísima conversación, finiquito la llamada.

Vuelvo a mi rutina, a mi espera cotidiana. Necesito llorar y no lo consigo. Las lágrimas se declaran insumisas y no descienden, como en anteriores ocasiones, por el eslalon de mi tristeza. Tras apagar las luces de la casa, casi a tientas, pongo un cedé en el equipo de música. La voz de Mariza acapara mi atención e invoca mi descanso.

Abro los ojos de par en par. Mi punto de mirada se abre paso a través de la espesa negrura. No sé qué hora es ni cuánto tiempo habré permanecido mecida por los latidos de Morfeo.
Pero el teléfono suena con la insistencia de las prisas, irreverente. No cesa hasta que lo alcanzo. Mientras, mi corazón desbocado amenaza con huir sin esperar segundas oportunidades.
Es él.
Es él.
Es él y su voz suena dulce como la miel, tranquila como la de un domador de canciones.

- Si te llamo a estas horas sólo puede ser para darte buenas noticias. En una hora pasará una ambulancia a recogerte. Tenemos un corazón para ti. ¿No te morías de ganas de tener una cita con la vida?

Tras colgar el teléfono, la voz de mi abuela emerge de entre los sueños para corregir a mi abuelo:

- Corazonada, se llama corazonada.




Autor: Mario

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4 de agosto de 2011

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Nos cuentan los maestros XXII - Felisberto Hernández


Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos.
No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Eso me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.
Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.

Felisberto Hernández
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2 de agosto de 2011

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Prestame, tu corazón


Préstame tu corazón,
que yo te dejaré el mio,
y asi podremos saber,
lo que por ambos sentimos.

Préstame tu corazón,
que yo lo quiero tener,
y guardarlo amor mio...
¡en el fondo de mi ser¡.

Así sabré si me amas
como yo siempre te amé,
y tú sabras que te amo
¡y por siempre,te amaré¡.

Autor : Julia Orozco.

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