28 de mayo de 2011

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Tienes una hija

-llevas toda la semana comiendo lechuga, se te va a poner la cara verde.

-jajajajaj.

-comes fatal, por mucho que me empeño no consigo que lleves una alimentación equilibrada.

-me he puesto a dieta, tu debías de hacer lo mismo.

-me gusta comer bien, yo si como equilibradamente.

-eso es lo que estoy haciendo yo.

-solo comes lechuga y yogures, a eso no le llamaría yo comer bien.

-¡qué sabrás tu lo que yo como!

-lo de la lechuga lo veo, solo te veo comerte dos yogures, pero o tenemos un ladrón de yogures en casa o te los estás comiendo tu.

-¿no puedo?

-puedes hacer lo que te dé la gana, como siempre, pero no digas que comes bien.

-no me des la chapa ¡pesado!

-cuida el michelín, es mío. No lo agredas.

-si estuviera en mi mano ya habría desaparecido, me voy a hacer una liposucción.

-¡venga ya! ¡Nena!

-llevo una semana haciendo dieta, casi ni se nota, antes con estar dos semanas casi sin comer, era suficiente. ¿Tan difícil es perder cuatro kilitos de nada?

-yo como bien y no engordo.

-si yo comiera lo mismo que tu pesaría doscientos kilos.

El teléfono de Manuel empezó a sonar.

-dime Luisa- contestó- si está aquí.

Le pasó el teléfono.

-Fermín lleva toda la mañana llamándote, quiere hablar contigo en cuanto puedas, dice que es importante.

-ah, vale.

Se puso nerviosa.

-¿qué os traéis entre manos?

-nada ¿pues?

-estoy haciendo como que no me doy cuenta, pero algo tramáis.

-cuando tenga algo que contarte, lo haré.

Manuel rió a carcajadas.

-se te olvida que no puedes mentirme, algo os traéis entre manos tu y Fermín.

-cosas nuestras.

-¿para qué te ha llamado Luisa?

-deja de interrogarme y no seas pesado.

-Fermín te habrá estado llamando, igual que yo ¿Dónde tienes el teléfono?

-me lo habré dejado en la oficina, contigo ya he hablado.

-te he vuelto a llamar y no me has contestado.

-no seas pesado, cambiemos de tema.

-solo quería que supieras que disimulas muy mal.

-estupendo.

-llevas una semana intentando disimular.

-me estás dando la comida, majo. No vas a sacarme nada, así que déjalo estar.

-lo que me preocupa es que estás nerviosa.

-¡quieres dejarme en paz ya!, Manuel, eres tu el que me pone nerviosa.

Pidió de postre un arroz con leche, echaba de menos un cigarro.

-te acabas de cargar tu supuesta dieta.

-es mi problema, de los postres golosos, este es el que menos engorda.

-Ahhhhhhhhhh……..- dijo riendo.

-¿de qué te ríes?

-de ti ¿vas para casa?

- no, voy un rato a la oficina.

-eso es raro, te acompaño. A no ser que quieras que te de el achuchón aquí mismo, tengo que medir el michelín.

-discreción, no me mires así, ¿no puedes aguantarte?

-si, pero no quiero. Ya sé que estás deseando quedarte sola.

-¡qué pesado eres a veces!

-me voy, luego te veo si tu quieres ¿en casa?

-¿donde si no? No pongas esa cara de oveja apaleada.

- eres mala.

-y tu, un pesado.

Por fin se quedó sola, llamó a Fermín.

-Acabo de conocer a la versión de Manuel en femenino

-¡hay ama!

-clavadita a él, tiene hasta su mala hostia.

-¿qué hacemos?

-habla con él, a partir de ahora él manda.

-se cachaba de ir.

-tu veras.

Le llamó.

-puedes venir.

-¿ya me echas de menos?

-si, te has ido sin darme el achuchón.

-he quedado con un representante, no tardaré mucho ¿me esperas?

-que remedio, prefiero esperarte en casa.

-¿tan grave es?

-luego hablamos.

-anulo la cita y voy para allá, me estas pasando tus nervios.

No supo que decir,

-doy la vuelta y voy, diez minutos.

Estaba nerviosísima, encendió un cigarro aun sabiendo que le llamaría la atención por hacerlo, fumaba a escondidas. Fue a esperarle al aparcamiento.

-hola guapo.

-monta. ¿Qué pasa Marian? ¿Has fumado?

-si.

-habla.

-tienes una hija.

-chorradas, no es la primera vez que alguien intenta colármela.

-lo hemos comprobado, si es hija tuya, si quieres hacemos pruebas.

-que no, nena, siempre he tomado medidas, imposible. ¡No!

-tiene veinticinco años, echa cuentas.

Dio un manotazo al volante.

-hija de puta ¿la dejé preñada?

-Parece ser que sí.

-no tiene porqué ser mío, era más puta que las gallinas.

-ya lo hemos comprobado, se parece a ti, es una chica.

-¡hija de la mala puta! ¡Imposible! No puede ser.

-pues lo es.

-¿Quién se supone que es mi hija? ¿Es alguien del pueblo?

-no, vive en Burgos. No la conocemos, Fermín ha ido a verla. Si te parece le llamamos y que nos de los detalles. Lo que sea que hagas yo estoy contigo ¿vale?

-decidiremos los dos ¿no?

-lo que tú quieras.

-me está entrando una mala hostia, nena, ¿no tendrá nada que ver con esto la zorra de Gema? Otra puta.

-sí. Pero ahora eso da lo mismo. La niña se parece a es igual que tu, anímate.

-¡imposible! Nos la están dando con queso, que no, nena, que no puede ser.

-Manuel, es tuya.

-¡hija de puta! Zorra, qué mala hostia me está entrando.

-vale, así no arreglamos nada, llamamos a Fermín, esperamos que venga, Ahora de lo que hay que preocuparse es de esa niña, de qué clase de vida a llevado, si necesita algo, que sepa que estamos aquí.

-¿qué clase de vida va a llevar una niña sin padres? Me cago en su puta madre, hija de puta. No tengo ganas de ver a nadie, me voy a dar una vuelta.

-vale, ¿te veo en casa?

No le contestó.

Se quedó un buen rato en el coche sin saber qué hacer, se había llevado las llaves, en casa había copia, pero no quería perder de vista el coche, no iba a permitir que lo cogiera, tenía la sensación de que debía protegerlo de sí mismo, creo que en este momento es capaz de hacer cualquier cosa. No tenia superado lo de Amaya, cada vez que salía algo de ella, notaba el cambio, en su mirada, en su forma de actuar, hasta en su lenguaje, dejaba de ser el Manuel que ella conocía, era capaz de sentir el odio que él sentía, la impotencia, el dolor que le había causado la desaparición de ese niño, su muerte. Aunque decía que era algo que pertenecía a su pasado, no lo tenía superado, seguía doliendo mucho, incluso podía percibir su violencia, se transformaba por completo. Esta vez no había sido capaz de pararle, no puede hacer nada, dará una vuelta recapacitará y volverá a casa, tengo que esperarle en casa, pero no puedo dejar el coche, si hace falta llamo a una grúa, no pienso dejar aquí el coche. Si  necesitaba estar solo, vale, lo entiendo, es normal, tiene que ser duro enterarse de algo así, si estuviera segura de que no iba a hacer ninguna tontería, se iría a casa a esperar. Gema, es capaz de hacerle cualquier cosa, más vale que no la pille, le arruina la vida, seguro y la mía, no puedo permitir que la vea ahora.

Marcó su número.

-¿Dónde estás?

-en mi casa, ¿porqué?

-¿en Burgos?

-sí, ¿qué pasa?

-nada, nada.

Colgó. No voy a permitir que se lleve el coche, Andrés, que venga hasta que yo coja las llaves de casa.

-si Manuel se quiere llevar el coche, yo no voy a poder hacer nada, Marian, todos conocemos el genio que tiene, puedo entretenerle si quieres mientras tu vienes, pero nada más.

-inténtalo, en menos de media hora ya he vuelto.

Llamó a Luisa por el camino para que la ayudase a llevarse los dos coches.

Ojalá este en casa esperando, ojalá me este asustando en vano, si pudiera llegar a su cabeza, alguna vez lo he hecho, pero para eso tengo que estar relajada, ahora no podría, luego lo intento. Seguro que está en casa, me estoy preocupando sin motivo.

Cuando volvió a por el coche, Manuel se lo había llevado. Se le cayó el alma a los pies.

-Luisa qué hago.

-no se puede hacer nada, vamos a casa ya irá él. Se le pasará el cabreo, vendrá. Vamos a casa Marian, aquí no hacemos nada.

-nos damos una vuelta por ahí, igual lo vemos.

-puede estar en cualquier sitio, vamos a casa, él sabe que le estas esperando en casa, ya irá.

-llama a Fermín igual le ha llamado, a lo mejor él sabe dónde está.

-vale, en casa le llamamos.

-me estoy poniendo mala

Fue directa a sentarse en el sofá, justo en el sitio donde él se sentaba. Iba a relajarse e intentar hablar con él, ya lo había hecho en otras ocasiones, siempre como un juego, ahora tenía que hacerlo de verdad, poniendo todo su empeño. Era muy difícil relajarse en el estado de nervios en el que se encontraba, nada de lo que intentaba le funcionaba.

-me voy a preparar una tila ¿quieres algo Luisa?

-ya me encargo yo, quédate ahí tranquila.

Por fin consiguió relajarse, habló con él, es la mejor forma de centrarme.

Hola cariño, ya sé que estás mal, pero escúchame, resolveremos esto juntos, ya no estás solo, ya no estamos solos, lo que hagamos es cosa de los dos. Piensa en esa niña, aísla todo lo demás, solo esa niña. Yo estoy deseando conocerla, ¿te imaginas? Se parece a ti, dice Fermín que hasta tiene tu genio, piensa en ella, Manuel, ¿te imaginas lo que tiene que ser para ella conocerte? Tener un padre como tú, no sabemos qué vida a llevado, estamos a tiempo de lo que sea. Piensa en ella, te necesita, lo mismo que yo. No hagas ninguna tontería, ¿qué haríamos las dos sin ti? Sé que me estás escuchando, llámame voy a buscarte, dime dónde estás, cariño. No olvides nunca que te quiero, piensa en lo que estamos viviendo los dos, en el regalo que el destino nos ha concedido, en tu hija, Manuel, se merece conocerte.

Lo vio sentado. ¡Claro qué boba! Cómo no me he dado cuenta antes.

-ya sé donde está, Luisa, vamos.

-ya vendrá, ten un poco de paciencia

-está en el restaurante de la frontera, ahí es donde suele ir cuando está mal y necesita relajarse, vamos, corre.

-para, Marian, si lo que quiere es estar solo, ya vendrá.

-no, vamos, se que espera que vaya.

- esperamos a Fermín.

-no.

-vamos en mi coche, no subo ahí arriba con tu trasto.

-vale, como quieras.

-igual te estás haciendo ilusiones, y a lo mejor no está ahí.

-está. Estoy segura.

Entró en el restaurante, el dueño le hizo una seña de que estaba fuera, en la trasera de la casa.

Se encontró un Manuel hundido, con la mirada perdida, con alguna cerveza de más, que la miraba como si no fuera real.

-¡hola guapo!

Se agarró a su cintura y lloro. Un llanto desgarrador, salía del fondo de su corazón, había desaparecido el odio, la rabia, la violencia. Quedaba un Manuel, inmerso en una profunda tristeza, herido, necesitado de cariño. Otro Manuel que no conocieres curioso, él se ha preocupado de mirar en mi interior, pero de verdad, ha ido quitando capas. ¿Y yo? Me apoyo tanto en él, parece tan fuerte, pero ahora parece un niño perdido. Acarició su cabeza, su cara, secaba sus lágrimas, aguantando ella las suyas.

Poco a poco, fue cesando el llanto, se sentó a su lado, para pode verle la cara, reconfortarle, cubrir su cara de besos, abrazarle y dejar que él la siguiera abrazando, tragando saliva para no llorar, tenía que ser fuerte, llevar ella las riendas.

-gracias, cariño, por tu comprensión,…

-gracias a ti por dejarme compartir estos momentos contigo, estamos juntos en todo, en lo bueno y lo malo, todo ,Manuel, lo quiero todo.

-qué suerte he tenido, eres lo mejor que he tenido en mi vida.

-vamos a casa o pedimos aquí habitación, y nos quedamos tranquilos.

-no, vamos a nuestra casa, tendrás que conducir tu.

-ya apestas a cerveza, me tomaré yo una en casa para equipararme contigo.


Autor : Marian Etxezarreta
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27 de mayo de 2011

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Caminaba





Caminaba la niña,

por dulce playa,

sus ojitos alegres

todo miraban,

y sin saberlo,el azul

de sus ojos llegó

hasta el cielo.

Y en las alturas

escuchó con dulzura

la voz de Dios,

¡esos ojos mi niña,

Mi cielo son¡.


Autor : Julia Orozco
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25 de mayo de 2011

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Nos cuentan los maestros XV - Horacio Quiroga


Decálogo del perfecto cuentista

I

Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III

Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV

Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V

No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI

Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII

No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII

Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX

No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X

No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.


Horacio Quiroga (1918-1986)
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21 de mayo de 2011

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Gema

Estaba en la oficina archivando facturas, era muy metódica para esas cosas, las llevaba a raja tabla, para ella era importantísimo el orden en el trabajo, en casa era un autentico desastre, personalmente también, si no fuera por Manuel muchas veces se le olvidaría hasta comer, o simplemente por no hacer la comida no comería, por eso quedaban todos los días a la una para comer en las Ventas, él la llamaba a las doce y media para que no se despistase y acudiera a la cita. Andrés asomaba la cabeza por la puerta.

-jefa, una tal Gema quiere verte ¿estás?

-¿te ha dicho para qué?

-dice que es privado.

-dile qué pase.

Encendió un cigarro ¿qué querrá? Es muy raro que quiera hablar conmigo ¿qué se traerá entre manos? Mal rollo, algún disgusto me trae, seguro.

-Buenos días Marian.

-buenos días Gema.

Sintió una punzada de envidia ante esa belleza de mujer, tendría su misma edad, más o menos, pero aparentaba diez menos, iba impecablemente vestida, como siempre, conjuntada de los pies a la cabeza. Pensar que había estado con Manuel, la hacía sentirse muy pequeña, se quitó rápidamente el pensamiento de la cabeza, lo único que me falta es que se dé cuenta, de mi falta de seguridad. Manuel me quiere a mí, me ha elegido a mí.

-¿qué me cuentas Gema?

-he intentado hablar con Manuel y no quiere escucharme.

-entonces no tenemos nada que hablar tu y yo- le cortó.

-yo creo que sí, voy directa al grano, ya sabes cómo soy. Manuel tubo una niña con Amaya, él no lo sabe, pero así es.

-Mira Gema , no me empieces con tus trapacerías, no voy a pasar por ahí, déjanos tranquilos ¿vale? Acéptalo, Manuel y yo estamos juntos  y bien, déjanos tranquilos.

-paso del tema, tú verás lo que haces, ojalá no te arrepientas, si os hablo de esa niña es porque necesita ayuda, él es su padre.

-¿no dices que él no sabe nada?

-él no lo sabe, pero es su hija, en este momento necesita un padre.

-Hablaré con él y ya te diré algo. No tengo más que hablar contigo.

-dile que eche cuentas, esa niña tiene veinticinco años- dijo saliendo por la puerta.

¿cómo le planteo yo esto? Seguro que es un mal rollo de esta tipa, mejor no hacer nada. Y ¿si es cierto que tiene una hija? No podemos dejarla así ¡qué agobio! Voy a enterarme por mi cuenta si hay alguna posibilidad. Tengo que evitarle ese mal trago. ¿cómo hago yo para enterarme? .Veinticinco años, justo la edad que tenía mi hija cuando se fue ¡madre mía! ¡qué casualidad! O no, mi hija tendría ahora treinta años, uno menos que el hijo de Manuel. Las fechas coinciden , más o menos, tampoco lo sé con certeza. Voy a llamar a Fermín, él sabrá que hacer.

-¿qué te pasa cuñadita?

-¿estás bien sentado?

-suelta.

-Me acaban de decir que Manuel tiene una hija de veinticinco años.

Fermín no le dio ninguna importancia, muchas veces le habían venido con historias de ese tipo.

-Echemos cuentas solo por curiosidad, por la edad si puede ser suya, todos sabemos lo que pasó.

-¿qué sabes de ella?

-solo la edad.

-Necesito datos, ya lo miraré yo.Encargate de saber algo de ella, y no le digas nada a Manuel de momento.

-vale, te llamo en un momento.

Llamó a Gema.

-dame datos de esa niña, dime todo lo que sepas de ella.

-lo se todo, estoy en la cafetería, si quieres me paso y te doy todos los datos.

-vale ven.

Encendió otro cigarro mientras esperaba, fumo este y ya no más, me estoy pasando, no tenía que haber comprado tabaco.

-Vamos a dejar las cosas claras, no quiero que hables con Manuel, no quiero que sepa nada hasta que yo no sepa que es verdad y no una de tus fechorías ¿vale?

-tranquila puedes estar, no quiere hablar conmigo, le he llamado un montón de veces  y no me coge, incluso he ido a verle, raro que no te haya contado nada, por cierto.

-no empieces Gema, dame datos de esa niña ¿cómo se llama?

-Nekane Mendiburu,- le pasó una hoja con todos los datos.

-con lo que sea ya te llamaré.

A ver cómo disimulo yo esto ahora, ¡con lo que es este! Me va a notar algo. Se dio una vuelta por recepción. Habló con los empleados y los clientes del hotel, solo para poder quitarse el problema de la cabeza, a Manuel no podía engañarle, así que tenía que dejar bien aparcado el problema, ni pensar en él. Sí que es raro que no me haya contado que Gema quiera hablar con él, dejémoslo pasar que no tiene la mayor importancia. Incluso ha ido a verle y no me ha dicho nada, no ha hablado con ella, no tiene nada que contarme, o si. ¿porqué tendrá esta tipa el poder de hacerme dudar de él? Eso es mío y mis miedos a perderle, a que la mire como mujer, ya lo ha hecho, ha tenido relaciones con ella, es guapísima, menudo cuerpazo que tiene. Por ahí voy mal, ya puedo empezar a pensar en otra cosa.¡ dios me comen los celos de pensar que la ha deseado, que ha estado con ella, un montón de veces, pero está conmigo es a mí a la que quiere, pero puede haber un desliz, donde hubo llama…………. Me estoy haciendo daño yo sola. Le llamó por teléfono.

-¡hola cachorrita!

-¡hola guapo! ¿Qué haces?

-echarte de menos.

-gracias.

-¿qué te pasa, nena?

-nada, te echo de menos. ¿Me quieres?

-más que a mi vida, voy para allá ¿Dónde estás?

-en las Ventas todavía, no hace falta que vengas, voy un rato a casa, luego vuelvo.

-ya estoy saliendo, espérame ahí mismo.

La sola idea de que pudiera encontrarse con ella, la hacía sentirse muy pequeña, una miniatura a la que nadie prestaría atención.

-te espero en casa.

-no tardo.

A veces parezco tonta, en vez de evitarle le llamo. ¡Qué más da! Si yo lo que quiero es estar con él. Refugiarme en sus brazos, olvidarme de todo esto, tenerlo todo el día para mi, ya sé que son cosas mías, no tengo ninguna queja de él, cualquier otro hubiera pasado de mi hace mucho, me estoy poniendo mala. A ver si soy capaz de pasar un buen día sin liarla.

Se acicaló de los pies a la cabeza, se esmeró en aparecer lo más atractiva posible, se maquilló como, hacia mucho que no lo hacía de esa manera, solía dejar esas cosas para días especiales, nunca le había gustado ir demasiado maquillada, aunque el resultado le gustase, le parecía de dejaba de ser ella, le gusta la naturalidad, siempre ha sido muy coqueta, pero le guata ir cómoda. Pero se esmeró, eligió la ropa que mejor le sentaba, sin dejarse ningún detalle, mira, tampoco estoy tan mal, la cuestión es si realmente me gusta ir así, si merece la pena tanta capa de pintura, tanto pose estudiado, llegó a la conclusión de que no, soy como soy, sin artificios, tengo cuarenta y siete años y se me nota ¿y qué?, ya, pero donde esté una mujer impecablemente arreglada………….

Estaba tan absorta en sus pensamientos que no había oído la puerta, Manuel la miraba de arriba abajo, se puso un poco nerviosa ¿será posible?

-hola cachorrita – dijo mirándola fijamente a los ojos.

Me está sicoanalizando, está pensando qué decirme.

-hola guapo.

Se acercó a él y le dio un ligero beso en los labios. La agarró por la cintura, y la besó. Como suele hacer él, dándolo todo,

-tanto prepararme para que ahora te comas el pintalabios.

-tú no necesitas pintarrajearte tanto para estar guapa, ya lo eres. Me gusta más el sabor de tu boca, al natural- sonrió- ahora me cuentas que es lo que te ha dicho esa.

-esa quién ¿de qué me hablas?

-nena, yo de tonto no tengo un pelo, dos más dos son cuatro, sabes de sobra de lo que te estoy hablando.

-¿porqué no me has contado tu nada?

-no hay nada que contar, no voy a perder ni un segundo de mi tiempo en pensar en ella.

-pues ya está, pasamos.

-yo si paso, pero tu no, prefiero que me cuentes la conversación, lo hablamos, lo aclaramos, y pasamos página, tenemos cosas mejores en qué pensar.

-da lo mismo lo que pueda decir, el problema es lo que yo siento ante ella.

-hablemos de ello.

-siempre consigue crear duda entre nosotros.

-es lo que persigue.

-es muy guapa.

-¿y?

-está muy buena.

- eso está bien si lo que buscas en un polvo, no sirve para nada más.

-ya.

-no necesito buscar sexo fuera de casa, tengo eso y muchas cosas más, que para mi son más importantes.

-ya….

-no te llega ni a la suela de los zapatos, ni física ni personalmente. Solo es una tía que está buena, tu eres mucho más que todo eso.

-ya….- se inflaba por momentos.

-no necesitas aparentar que estás buena, ya lo estás, te sobran todas esas cosas.

-bueno……….

-no te cambiaria ni por mis mundo.

-está bien saberlo.

-eres lo mejor que me ha pasado en mi puta vida.

-vale……….

-me da lo mismo como vayas vestida, solo pienso en lo que hay debajo.

-vaya……

-puedo volverme loco solo con mirar tus ojos

-mira……….

-tenemos algo que celebrar.

-¿a si?

-hemos sido capaces de hablar sin llevarnos un mal rato ni enfadarnos.

-di más bien, que no me he enfadado, tu nunca te enfadas conmigo por estas cosas.

-¿tienes alguna duda más? Momento de aclarar todo lo que haga falta.

-me voy a poner cómoda.

-si te quieres quitar todo eso que te has puesto en tu cara bonita, a mi no me importa, con las cuatro cositas que haces tú normalmente es más que suficiente, cuando te bese quiero sentir tu piel, tu sabor, te quiero a ti.

Autor : Marian Etxezarreta
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20 de mayo de 2011

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Eternidad



Mi alma,en la tuya,

tu piel,en mi piel,

¿es posible amado mio

que asi se pueda querer?.


Si de mi cariño esperas

vivir en la eternidad

¡vive tranquilo amor mio,

contigo,me he de quedar¡.


Quedar contigo fundida,

como la arena y la mar,

para siempre estar unidos

¡contigo,la eternidad¡.


Autor : Julia Orozco.

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19 de mayo de 2011

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Desde el agua dilatada

                          
Y ahora este trabajo consiste
en hacer de esta pared
una puerta
de este muro vago y animal
una caverna
una ciudad
el vértigo gris de una caída
libre
iluminada
una rodada humedecida en adoquines
en fotografías envasadas
en los perpetuos colores
de la memoria
este trabajo ahora consiste
no en recorrer este muro
sino en disecarlo
destilar el hierro buscando la ciudad
desde la arena
desde el agua dilatada
sobre las empedradas luces
aquellos lugares conocidos
aquellos sórdidos aleros
en el lejano arrullo de los trenes


Autor : O. Barales
(Resistiéndose)
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16 de mayo de 2011

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Vuelve la calma

Salió a la calle, le molestó el reflejo del sol. Le dolía la cabeza, horrores, parecía que tenía un montón de enanos dentro tocando el tambor, tenía el estómago revuelto. Vio a Manuel sentado en una roca tallando.

-¿qué haces?

-pasar el rato.

-me encuentro fatal, tengo la boca estropajosa, me duele la cabeza.

-eso es lo que normalmente se llama resaca- dijo riendo.

-hazme un sitio.

-hay más rocas, siéntate en otra.

¡Este es tonto o qué le pasa! Fue a sentarse a otro lado consternada por la contestación. Sentó dándole la espalda al sol. Lo siento Lorenzo me duele la cabeza. Miró hacia donde estaba él que la miraba, según ella con cara de no haber roto un plato, nos hemos vuelto a quedar sin vajilla, no has dejado ni los basos.Tonto del culo, ¿porqué me habrá dado a mi ahora por llamarle eso?capuyo, me gusta más.

Manuel estaba a su lado.

-¿qué haces?

-¡NADA!

-hazme un hueco.

-búscate otra roca, hay más- ¡toma! donde las dan las toman.

-yo también estoy de resaca y no lo pago contigo.

-pues mira que bien.

-habrá que echar a suertes quien prepara el desayuno.

-que lo prepare Agus, yo no tengo la menor intención.

-nena, cuando te pones desagradable eres la mejor.

-yo soy la mejor en todo, tengo un diploma en mi casa por ser la mayor borde del planeta.

-no me extrañaría nada, ¡desagradable!

-que te den majo.

-que te den a ti guapa.

Manuel entró a la casa.

¡Será idiota! Si ha empezado él, lo lleva claro, ¿qué se habrá pensado que soy? La mayor jalapillas del mundo, haber si hay suerte y no se da cuenta.

Se quedó un rato más refunfuñando. Voy a tomar algo para el dolor de cabeza. Entró en la casa, Manuel estaba desayunando y compartiendo las galletas con mantequilla con Agus.

-acostúmbrale mal que luego ya verás.

-siempre que anda Agustín por aquí como con él, por lo menos no me pone morros.

-mira que bien.

-lo que te fastidia es que no te unte a ti las galletas, él no me trata mal, es mi amigo.

-lo que tu digas.

-toma Agus.

-la culpa es tuya, no haberme emborrachado.

-ya eres mayorcita para saber lo que haces, yo lo único que hice fue sacar la botella, no haber bebido.

-como que no nos conocemos, a otra con ese rollito, majo, sabes manipularme muy bien. No tengo ganas de discutir contigo, lo dejamos así.

Se sirvió un café y salió a la calle.

-¡coño cómo se ha levantado la cachorrita! ¡Vaya mala uva que tiene eh Agus!

-No lo sabes tú bien, murmuró.

Se sentó debajo de un árbol evitando el sol, intentando no pensar en nada, con un poco de suerte los enanos de su cabeza se llevaban con ellos el mal humor, Un día tranquilo, necesito un día tranquilo, pasar un día bonito, hay que volver, me gustaría irme con buen sabor de boca, retomar el día a día con la sensación de haber tenido unas bonitas vacaciones, ¡tan difícil es! Tengo a mi lado al hombre más maravilloso del mundo, ¿por qué no soy capaz de disfrutar, sin más pretensión que esa, pasar un día bonito, tener una vida completa con él?

Siempre las mismas preguntas sin respuesta, ¿sirve de algo tantos sacrificios? ¿Tantos malos ratos? Mientras no termine de contestar mis preguntas, va a ser imposible vivir disfrutando de la vida,  la única forma es esa, dejando que mi cerebro me vaya mandando retazos de recuerdos a los que debo de hacer caso, aunque duelan, el problema es que cuando consigo sacar alguna conclusión no se qué hacer con ella. ¡En fin! Algún día conseguiré lavar mi cerebro del todo y llenarlo de cosas buenas, que también las ha habido.

Ufffff¡cómo le estoy echando de menos! Voy a ver que hace.

Escuchó su voz según iba acercándose a la casa.

-no hay quien entienda a las mujeres, Agus, son la rehostia. ¿Tu que haces cuando alguna gata te pone morros sin motivo?, a ti te da lo mismo, te lo montas con otra. El problema es que yo no quiero montármelo con otra, la quiero solo a ella, ella es mi vida, por la que me levanto todas las mañanas, es lo mejor que ha pasado por mis manos, te lo digo yo, que he conocido a muchas, es la mujer más noble que he conocido, si se viese como yo la veo, si perdiese ese miedo que tiene a buscar dentro de ella, está a punto de conseguirlo, solo necesita un poco más de tiempo, un poco más de esfuerzo, lo conseguirá. Llevo un año de relación con ella, Agus,  la he visto pasar por un montón de fases, ahora está en la más dura, en el último repecho. Es lo más bonito que ha pasado por mi vida, me tiene tonto perdido, si pudiera le quitaría esa losa que lleva sobre sus hombros, yo cargaría con ella, pero es imposible es ella la que tiene que ir desmontándola, poco a poco irá pesando menos, lo sé por experiencia, irá pasando, con un poco más de esfuerzo por su parte, lo va a conseguir. Esto es la hostia, Agus, le estoy diciendo estas cosas para animarla, y se me cae el alma a los pies al oírla llorar así. Me acabo de cargar otra vajilla. La voy a recomponer ahora mismo, le voy a dar una serenata, hace mucho que no lo hago, hoy se va a reír, como le gusta a ella, alocadamente, hasta que le duela la barriga. Vamos a hacer de hoy un día bonito, como a ella le gusta. Si hace falta la emborracho a otra vez, que se pone muy graciosa. Eso si Agus, mañana le das tu los buenos días.

Cambió el llanto por la risa ¡qué bobo es! Los enanos habían dejado de tocar los tambores dentro de su cabeza, habían desaparecido despacito y de puntillas, se habían llevado el mal humor pero se les  olvidó llevarse la tristeza, claro es que no se lo he dicho, seguro que eran hombres y hay que decírselo todo.

-¿rebobinamos? Hago como que me acabo de levantar.

La miraba tan intensamente, a la vez con tanta ternura, le costó controlar el impulso de buscar sus brazos y seguir llorando, Se acabó el llorar por hoy, no más llantos. Se tragó las lágrimas, cerró la herida por la pérdida de una parte de ella, con cuatro puntos de sutura, volvería a abrirse, pero de momento la dejaría tranquila. Canjeó el llanto por una sonrisa, despejó la niebla sobre su cabeza, abrió la puerta a un bonito día soleado, recibió su mirada de amor con alegría, intentó corresponder de igual manera.

-hazme un sitio.

-no……….

-venga tonto, échate payá. Lo bien compartido sabe mejor.

-tienes que pagar peaje, pasa la tarjeta – dijo señalando sus labios- sube la barrera.

Atrapó su boca, dándolo todo, pasándole toda la gratitud por el apoyo recibido, reflejando su amor con cada caricia de su lengua, él correspondió a su beso de igual manera. El deseo se iba apoderando de ellos, no fue suficiente el contacto de sus bocas, intervinieron las manos  deseosas de explorar cada centímetro de piel, buscando los rincones más placenteros, dejando que la sangre fluya por sus cuerpos  desbocada bombeada por los descontrolados latidos del corazón, renovándose con cada caricia con cada gemido, uniendo sus cuerpos como si fuera uno solo.

-perdona guapo, creo que ya he levantado la barrera.- dijo riendo con picardía

Cayó su risa posando su boca encima.

-para un poco, que hay que hablar.

-no seas bruja, nena.

Se introdujo dentro de ella, suavemente, disfrutando del contacto, su cuerpo estaba demasiado excitado y deseoso de sentirlo suyo, se olvidó de sus juegos, se dejó llevar por el deseo de dar y recibir, moviendo las caderas extasiada, sintiendo su posesión en cada embestida, en cada caricia posesiva de sus manos, uniendo sus bocas en ese afán de sentir el gozo ajeno como propio, compartiendo una  inmensa satisfacción , llegando a la culminación placentera de sus cuerpos al mismo tiempo.

Siguen abrazados, mientras sus cuerpos recuperan la compostura, sus corazones suavizan las pulsaciones, emocionados por todo lo que son capaces de sentir estando juntos, conectando sus miradas, sobran las palabras. Acaricia su mejilla con la ardiente llama de deseo reflejada en el brillo de sus ojos.Sonrrie complacida volviendo a abrazarle con fuerza, queriendo alargar al máximo ese goce de sus cuerpos y sus mentes.

-me quedaría así toda la vida, pegadita a ti.

Se sentia tan agustito, reconfortada, acariciaba su espalda dejandola en un estado de autentica serenidad, calma placentera donde podia quedarse durante horas , siglos………

-guapo.

-zalamera.

Autor : Marian Etxezarreta
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15 de mayo de 2011

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Nos cuentan los maestros XIV - A Alexander Chéjov

 Cartas sobre el cuento

(A Alexander Chéjov. Abril de 1883)

(…) Insistes en llenar tus relatos de tonterías insignificantes, a pesar de que no eres un escritor subjetivo por naturaleza. En ti, ése es un rasgo adquirido. Abandonar esa subjetividad es tan fácil como beber un trago. Uno sólo tiene que ser más honesto, abrirse y exponerse en cualquier parte, no invadir ni atropellar al héroe de su propio relato, renunciar a uno mismo aunque sea por media hora. Tienes un cuento donde una joven pareja de recién casados se besa durante toda la comida, sufre sin causa, llora mares de lágrimas. Ni una palabra sensata; nada más que sentimentalidad. Quiere decir que no escribiste para el lector. Escribiste porque a ti te gusta ese tipo de chismes. Pero supongamos que tuvieras que describir la cena: cómo comieron, qué comieron, cómo es la cocinera, cuán insípido es tu héroe, cuán contento con su fácil felicidad, cuán insípida es tu heroína, cuán divertido su amor por este satisfecho y sobrealimentado bebe-ganso: a todos nos gusta ver gente contenta y feliz, es verdad, pero describir todo lo que se dijeron y cuántas veces se besaron no es suficiente. Necesitas algo más: liberarte a ti mismo de la expresión personal que una plácida y melosa felicidad produce en todo el mundo (…). La subjetividad es algo terrible. Es mala por el sólo hecho de que revela la mano - y también los pies - del autor. Apuesto a que todas las hijas-de-predicador y esposas-de-empleado que leen tus obras se enamoran de ti; y si fueras alemán, te servirían cerveza gratis en todas las cervecerías atendidas por mujeres. Si no fuera por esa subjetividad, serías el mejor de los artistas. Sabes cómo reír, cómo herir y cómo ridiculizar, posees un estilo acabado y gran experiencia, porque has vivido tantas cosas, pero ¡qué lástima! Todo es material se desperdicia.


(A Alexander Chéjov. Abril de 1886)

En mi opinión, una verdadera descripción de la naturaleza debe ser breve, poseer carácter y relevancia. Hay que acabar con lugares comunes como "el sol poniente, bañado en las olas del mar oscurecido, vertió su oro carmesí", o "las golondrinas, sobrevolando la superficie del agua, gorjeaban jubilosas". Al describir la naturaleza, uno debe atrapar pequeños detalles arreglándolos de tal manera que con los ojos cerrados se obtenga en la mente una imagen clara. Por ejemplo, si quieres lograr el efecto total de una clara noche de luna, escribe que un trozo de cristal de botella rota brillaba como una pequeña estrella en el estanque del molino, mientras la sombra oscura de un perro o un lobo pasó bruscamente como una pelota, y así sucesivamente. La naturaleza cobrará así vida si no temes comparar sus fenómenos con acciones humanas ordinarias.
En la esfera de lo psicológico, los detalles son también la clave. Dios nos libre de los lugares comunes. Primero que nada, evita describir el estado interior del héroe, tienes que tratar de que se aclare a partir de sus acciones. No es necesario retratar demasiados personajes. El centro de gravedad debe estar en dos personas: él y ella (…). Te escribo esto como lector que tiene un gusto definido. También para que tú, al escribir, no te sientas sólo. Es duro estar solo en el trabajo. Es mejor recibir un comentario crítico pobre que no recibir ninguno en absoluto, ¿no es verdad?

(A I. L. Shecheglov. Enero de 1888)

(…) no debes dar al lector ninguna oportunidad de recuperarse: tienes que mantenerlo siempre en suspenso. Estos comentarios no serían aplicables si "Mignon" fuera una novela. Las obras largas y detalladas tienen sus propios fines particulares, que por supuesto requieren de la ejecución mas cuidadosa (…). Pero en los cuentos es mejor no decir suficiente que decir demasiado, porque… porque… No sé por qué.

(A V. G. Korolenko. Abril de 1888)

Le estoy enviando el cuento sobre el suicidio. Yo lo leo y no encuentro en él nada que pudiera interesarle; es una obra pobre (…). Ayer di a leer el cuento que estoy escribiendo para el Sieverny Viesnik a una muchacha. Lo leyó y me dijo: "¡Oh, qué aburrido!". Eso es: realmente aburrido. He tratado por todos los medios de darle vida; lo he acortado, lo he pulido, etc., pero sigue siendo aburrido a pesar de mis esfuerzos.

(A A. N. Pleshcheyev. Abril de 1888)

He venido trabajando por largo tiempo (…) en un cuento breve para la Sieverny Viesnik. Ha debido estar terminado hace meses, pero ¡Dios mío! Siento que no lo terminaré hasta mayo. Desafortunadamente, no estoy satisfecho con él y me he prometido a mí mismo no enviártelo hasta que no lo haya dominado. Hoy he leído todo lo escrito hasta ahora, he reescrito partes y he decidido comenzar de nuevo desde el principio. Aun si no resulta lo que yo esperaba, sabré al menos que trabajé de manera concienzuda y que me he ganado el dinero que pudiera traerme. El cuento carece de interés y de sabor. Yo lo reordeno, lo ironizo, le hago todo tipo de cambios, y aún me deja insatisfecho; así que ya lo tengo decidido: lo terminaré para mayo o lo abandonaré por completo.
Antón Chéjov (1860-1904)

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14 de mayo de 2011

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La señorita Celia


Desde el primer momento en que la vi, la señorita Celia me resultó una persona muy educada, de finos modales y poseída de una extraordinaria cultura. Su departamento de la calle Arenales era una muestra de su refinado estilo y buen gusto. Pero por sobre todas las cosas, el lugar deslumbraba por su limpieza y sobriedad. Se notaba que era una persona que solía cuidar del más mínimo detalle, tal vez por eso, al despedirme ese día, me llamó la atención algo que no encajaba con la armonía del resto. Allí en un rincón y casi oculto en la penumbra, justo al lado de la puerta, descansaba un viejo paraguas de hombre, cubierto de una espesa capa de polvo. Sin saber si había podido disimular mi asombro al descubrir esa inquietante presencia, me despedí de ella hasta mi próxima visita, quedándome con una cierta curiosidad.

Este primer encuentro había ocurrido al comienzo de los años noventa, cuando yo trabajaba como agente asesora de seguros, y había ido a visitarla en respuesta a una consulta suya. Su voz al otro lado del teléfono había sonado suave y simple. Ella se esmeró en presentarse adecuadamente, explicándome el motivo de su llamada, y luego de conversar por un rato, concertamos una entrevista para el martes siguiente, a las cuatro y media de la tarde.

El día del encuentro, ella me estaba esperando con una amplia sonrisa, junto a la puerta de su departamento. Su saludo fue muy cortés, haciéndome pasar de inmediato a un gran vestíbulo pintado de un esponjoso color otoñal. A derecha e izquierda, algunos viejos retratos nos observaban con una lejana curiosidad. De un lado, dos pequeños silloncitos tapizados en pana azul se hacían compañía con una pequeña mesa de largas patas sobre la que descansaba una figura de Mozart tallada en una piedra muy oscura. El piso estaba alfombrado con una fina moquete que no reflejaba el estío del tiempo, protegida por un fino camino de alfombra oriental.

De allí pasamos a una gran sala muy luminosa, en la que se destacaban un sofá y dos grandes sillones también en pana azul, un enorme escritorio en madera de caoba, dos o tres taburetes, algunas sillas, y al fondo, contra uno de los ventanales, un piano de cola con su tapa abierta y algunas notas todavía flotando en la fina atmósfera que se respiraba en derredor.

La señorita Celia estaba muy elegante, vestida con una pollera liviana de color claro, una blusa de seda en un tono algo mas fuerte, sobre la cual llevaba un delicado suéter de hilo blanco. No tenía casi adornos, aunque su cuello y sus manos parecían acostumbrados a portarlos. Su mirada era dulce, pero firme, y su voz era aún más musical que como la había sentido al teléfono. Desde el fondo de sus años lucía hermosa, y sus rasgos se asemejaban a los de uno de los retratos que había visto al pasar.

Ni bien entramos me invitó a sentarme en uno de los sillones, mientras ella ocupaba un taburete frente a mí. Durante la entrevista, me explicó que tenía intención de asegurar el departamento y los bienes que poseía, últimos eslabones de una pequeña fortuna que había heredado de su padre. Por su forma de hablar, siempre cuidadosa, no pude evitar que me atrapara el breve relato que hizo sobre su vida

Había nacido en 1920, hija de un hacendado dueño de varios campos en la provincia de Buenos Aires. Su abuelo fue uno de los militares que acompañó al General Roca en la campaña del desierto, de quien recibió a su vez las propiedades, como parte del reparto de tierras que usurpaban a los indios. Su madre había sido educada en Francia y pertenecía al grupo de damas de la Sociedad de Beneficencia que gastaban sus tardes en tediosos juegos de canasta o bridge para repartir luego lo recaudado entre algunas parroquias de la ciudad.

Un tiempo antes de nacer, sus padres se habían mudado a uno de los palacios de la Avenida Alvear en la Recoleta, desde donde se podían ver las barrancas que se alejaban hasta el río cercano, y donde por las tardes salía a caminar acompañada por alguna de las mucamas. Si bien su educación fue tradicional y conservadora, su padre se entusiasmaba por los avances de la “modernidad”, como le gustaba decir, y al cumplir ella los dieciocho años, le regaló un departamento en el edificio Kavanagh, primer rascacielos que se construyó en Buenos Aires, donde tenía absolutamente de todo, hasta teléfono y aire acondicionado. Un tiempo después, justo cuando estaba a punto de ir a estudiar a Francia, estalló la segunda guerra mundial, por lo que debió conformarse con ingresar en la Universidad de Buenos Aires. De allí egresó a los veintiséis años, en 1946, como licenciada en Letras.

Dos años mas tarde murió su padre, en un accidente de automóvil mientras viajaba de recorrida por sus campos, y pocos meses después, desconsolada por esa tragedia, su madre cayó en una irreversible locura, de la que no salió hasta su muerte ocurrida veinte años mas tarde. Desaparecido su padre, e imposibilitada su madre de cualquier actividad, la señorita Celia quedó a cargo de las propiedades, las que si bien supo administrar bastante bien, debió ir consumiendo tanto para su propio sostén, como para afrontar los gastos que demandaba la internación y los sucesivos tratamientos y cuidados que requería la delicada condición de su madre.

Así que ahora ella necesitaba sentirse mas segura con lo que le quedaba, y por eso quería asegurar aquella propiedad, y lo que había en ella. Le expliqué los seguros que podía ofrecerle, y acordamos que yo regresaría unos días después con algunos presupuestos para que pudiera elegir el de su mejor conveniencia.

Terminado el encuentro me guió afectuosamente hacia la salida, y fue en ese instante que advertí la presencia de aquel extraño paraguas erguido en el rincón del vestíbulo. Debajo de la gruesa pátina que lo cubría, la tela, muy fina, parecía haber sido de color negro. Su mango era de madera y tenía tallada la figura de algún animal que no pude reconocer. Ver aquel paraguas tan viejo, abandonado en aquel lugar tan elegante, me pareció extraño pero, como dije, traté de desentenderme, y me fui.

El segundo encuentro fue el viernes de esa misma semana, otra vez a las cuatro y media de la tarde. Al entrar, no pude evitar desviar mi mirada hacia el intrigante paraguas que con su capa de polvo eterno, seguía allí estático en las mismas coordenadas de espacio y tiempo donde alguien lo dejara por última vez. Por suerte ella no advirtió mi curiosidad, o más bien la pasó por alto, y tan gentil como siempre, me invitó a pasar a la sala.

Esta reunión también fue muy placentera y la conversación giró sobre diversos temas. Charlamos por un largo rato, mientras yo le enseñaba los presupuestos que había preparado, hasta que decidió elegir uno de ellos. Me firmó algunos documentos y el cheque por el pago de la prima, y me fui indicándole que regresaría a la semana siguiente para entregarle la póliza. Sintiendo que tal vez podría llegar a molestarle mi curiosidad, esta vez salí sin siquiera mirar hacia el rincón donde, yo lo sabía muy bien, el viejo paraguas acaparaba toda mi imaginación.

Cuando le acerqué la póliza del seguro contratado, el día de mi tercer visita, yo sabía que sería un encuentro de apenas unos minutos, lo suficiente como para entregarle los papeles. Yo pensaba que ya no habría una nueva oportunidad para repetir esas charlas con ella que tanto me habían cautivado las dos veces anteriores, así que cuando subía por el ascensor, llevaba una sensación de vacío, una especie de pérdida anticipada, que me molestaba un poco. Grande fue mi sorpresa cuando al pasar a la sala, vi que en esta oportunidad la señorita Celia tenía preparado sobre una pequeña mesita junto a los sillones donde nos sentábamos, un completo servicio de té, al cual me invitó con una cálida sonrisa, y que yo acepté con un cierto alivio de mi espíritu.

La tertulia fue tan sabrosa como los scones y bizcochitos que intercalábamos entre abundantes tazas de té, que ella preparaba en una tetera de cerámica muy antigua. El tiempo pareció no existir, y la charla flotó entre comentarios sobre música, libros, películas famosas que cada una había disfrutado por su cuenta, viajes, lugares insólitos donde ella aseguraba haber estado, y hasta sobre tenis, deporte en el que parecía haberse destacado en su juventud.

Terminado nuestro encuentro, ya pasadas las siete de la tarde, me despedí agradeciendo su gentileza, sintiendo de nuevo ese vacío de quizás ya no volver a verla. Fue así que cuando nos estábamos saludando en el vestíbulo, le pregunté casi sin pensarlo, si podría venir a visitarla alguna vez, para conversar como lo habíamos estado haciendo esa tarde. Yo la miraba a los ojos esperando ansiosa su respuesta, sintiéndome complacida cuando ella aceptó, no sin cierta ternura, y me propuso que yo volviera el miércoles siguiente, siempre a las cuatro y media de la tarde.

Así que ese no fue más que el comienzo de una larga relación entre las dos. Nos reuníamos semana a semana, todos los miércoles, puntualmente a la misma hora. La señorita Celia me esperaba siempre apuesta en su serena intimidad, la mesita del té plena de sabores y olores, y su corazón abierto a la charla.

Algunas veces ella se sentaba al piano, de cuyas maderas y cuerdas bien afinadas hacía brotar los “Cuadros para una exposición”, en la versión original de Musorgski, o distintas variaciones sobre fragmentos de obras de Ravel, Debussy, ó Shostakovich, de quienes gustaba mucho. En ocasiones leíamos poesías o cuentos, y hasta las críticas sobre escritores famosos que ella guardaba en un viejo arcón.

Pero al mismo tiempo que crecía nuestra amistad, aumentaba también mi curiosidad en torno de la misteriosa presencia del aquel paraguas olvidado en el rincón del vestíbulo. Durante los primeros encuentros de los miércoles, yo había tratado de ignorar su presencia. Se me ocurrió pensar que tal vez el paraguas estaba allí por alguna causa meramente circunstancial y que de pronto, un día, la señorita Celia, lo quitaría, guardándolo en otro sitio. Así es que cada vez que yo me preparaba para despedirme, y espiaba al rincón aquel, lo hacía siempre esperando que el paraguas ya hubiera desaparecido. Sin embargo, mi perseverancia en controlar su presencia, era tan constante como la obstinación con la que él continuaba allí, estático y firme.

Hasta que un día, cuando la confianza me animó un poco mas, decidí arriesgarme y le pregunté por él, no sin sentir un poco de vergüenza. Ella me miró a los ojos con un largo silencio, momento en que pensé haber sido inoportuna, depositó sobre la mesita la taza de té, y rasgando el aire con una mano, como tratando de atrapar un velo que flotaba entre las dos, me contó acerca de Rogelio.

...

Se habían conocido en el barco Entre Ríos, al regreso de un viaje por Europa que la señorita Celia hizo en el verano de 1950. Rogelio era un tenor, cantante de reparto de ópera, que había estado tratando de recomponer su afiebrada voz, estudiando canto con los mejores profesores europeos de la época. En Buenos Aires había aprendido en el Teatro Colón, donde incluso llegó a actuar en las temporadas del 48 y 49 como cantante del coro. Pero súbitamente había empezado a sentir molestias en su garganta, por lo que tuvo que suspender sus actuaciones y estudios, y descansar por un tiempo. Como su voz no mejoraba, emprendió ese viaje con la esperanza de encontrar alguna solución en los teatros europeos, pensando que se trataba de un problema de técnica cantoral y no de otra cosa.

Se conocieron en el viaje de regreso, cuando ambos estaban en la sala de espera del médico de a bordo, ella aquejada por un ligero mareo, y él sufriendo de una tos impertinente. Conversaron por un largo rato, y seducidos uno por el otro, continuaron viéndose durante el resto de la travesía, compartiendo la mesa en el elegante restaurante de primera clase, los bailes en el salón de fiestas y los largos paseos por la cubierta. Allí, en una infinita noche de estrellas sin luna, frente a las costas de Rio Grande do Sul, se besaron por primera vez, en medio de un mar de profunda serenidad.

Ya de vuelta en Buenos Aires, siguieron esta relación. El había mejorado mucho de su garganta y ensayaba de martes a viernes con el coro del Colón, mientras ella repartía su tiempo entre las visitas a su madre, que por esa época estaba internada en una clínica psiquiátrica en las afueras de Buenos Aires, y la administración de sus propiedades. Los domingos, Rogelio la pasaba a buscar por la mañana con su auto, un Ford del año 39, con el volante a la derecha, y pasaban el resto del día en largos paseos por el campo. En otras ocasiones compraban boletos para algunas de las “bañaderas” que salían de plaza Italia o Plaza Once, y se iban de excursión a algún lugar de recreo, o iban a almorzar a la confitería Munich en la costanera sur, o se tomaban el tren del bajo hasta la estación del Tigre, y desde allí se iban en lancha colectiva a algún rincón del Delta donde pasaban el día de picnic.

Para esa época ella vivía aún en el departamento del Kavanagh, pero poco a poco fue imaginando un futuro junto a Rogelio, en el que juntos ocuparían el departamento de la calle Arenales, el que desde ese momento comenzó a amueblar tal como yo lo conocí.

Ese año el otoño llegó destemplado, con días de lluvia y fríos prematuros. En Abril ya caían fuertes heladas, y un tempranero invierno se abatía despiadadamente sobre Buenos Aires. Hacía tanto frío, que los domingos por la mañana cuando salían hacia alguno de sus paseos, patinaban sobre la escarcha de las calles. Pero ellos no le daban importancia a nada, como tampoco a la garganta de Rogelio, que por esos meses había vuelto a empeorar.

Para el mes de Mayo, Rogelio debió interrumpir otra vez sus clases de canto y sus actuaciones en el Colón, y acudió al médico para encontrar alguna explicación a lo que le estaba ocurriendo. El consultorio quedaba en la Avenida de Mayo y San José, pero el día de la consulta se tropezó con una manifestación de obreros que marchaban hacia la Plaza de Mayo, convocados por el presidente Perón. Entorpecido por la muchedumbre, se retrasó demasiado, y al llegar al consultorio, el médico ya se había ido. Al volver a la calle se encontró sin abrigo ante una repentina lluvia, así que entró en una tienda que estaba a pocos metros, y compró un elegante paraguas de fina seda negra, con una empuñadura de madera que tenía tallada en la punta una pequeña gárgola de dos cabezas. Según el vendedor, se trataba de una pieza muy exclusiva, hecha totalmente a mano.

Las lluvias y fríos intensos siguieron durante las dos semanas posteriores al frustrado intento de visitar al médico, de manera que Rogelio casi no se separó mas de su paraguas. Cuando no lo utilizaba para protegerse de la lluvia, lo usaba a modo de bastón, y a la señorita Celia le parecía que su novio era el hombre más elegante del mundo, vestido con su traje de casimir, con chaleco, camisa de seda, sobretodo, sombrero y el toque extravagante de aquel exquisito paraguas.

Pero las molestias en la garganta de Rogelio continuaban, por lo que volvió a pedir un turno, aunque esta vez tampoco pudo concurrir a la cita. Justo ese día tuvo que llevar a la señorita Celia hasta la clínica de donde la habían llamado de urgencia por una grave recaída de su madre. Durante toda esa semana estuvieron yendo y viniendo a la Colonia, hasta que el problema fue superado, olvidando momentáneamente el tema del médico.

Algunas semanas después, por fin, Rogelio pudo concretar la consulta, aunque nunca le comunicó a la señorita Celia cual había sido el diagnóstico, si es que había habido alguno. El nada más le comentó que le habían recetado una serie de inhalaciones con un preparado que encargó ese mismo día en la farmacia Franco-Inglesa de Florida y Sarmiento. Estuvo haciéndose ese tratamiento durante las dos o tres semanas siguientes, utilizando un aparato con lámpara de alcohol que ella rescató de entre las cosas que habían pertenecido a su padre, luego de lo cual parecía haber mejorado levemente, al punto de volver a ensayar por algunas horas día por medio.

Mientras tanto ella continuaba en su mundo, equipando el departamento de la calle Arenales adonde ya se había mudado, y alimentando el sueño de vivir allí alguna vez con Rogelio a quien ya consideraba su gran amor. Ellos nunca hablaban de eso, ni tampoco él le insinuaba cuales eran sus pretensiones. Mas de una vez, cuando Rogelio venía a visitarla, ella hubiera dado cualquier cosa porque él se decidiera a poseerla, pero había entre ellos una cosa de demasiado respeto, y tan solo postergaban sus pasiones para un momento que no sabían muy bien cuando, ni como, querían que ocurriese.

Mientras tanto, él continuó yendo cada semana al consultorio de la Avenida de Mayo, donde después de muchos estudios, el médico le comunicó que el problema de su garganta era una extraña malformación cancerígena, ya demasiado avanzada para intentar alguna cirugía exitosa. El mal era incurable y posiblemente le quedara muy poco tiempo de vida. Sobre estas visitas, Rogelio nunca le participó a ella ni una noticia, es mas, fingió que su malestar se iba disipando y hasta llegó a mentirle diciéndole que había aumentado las horas de ensayo en el teatro.

Ella no supo descubrir la verdad y seguía viendo en él al hombre mas apuesto del mundo, con su sombrero, con su camisa de seda, con su chaleco, y con su paraguas con la gárgola de dos cabezas. Así lo vio alejarse una tarde de Julio, después que él le hiciera una breve visita, apurado, según le dijo, por irse al ensayo del Colón. Tomaron el té en esta sala donde ahora la señorita Celia dejaba caer sus recuerdos sobre las mismas tazas que usaron aquella tarde. El la saludó y se fue con un beso, mientras la lluvia caía sobre el invierno de Buenos Aires. No fue sino hasta más tarde, que ella notó que Rogelio había dejado olvidado su paraguas en el rincón del vestíbulo, en el mismo exacto lugar desde donde ahora nos vigilaba.

Al día siguiente, un grupo de obreros de una cuadrilla del Ferrocarril Mitre, encontraron el cuerpo destrozado de Rogelio, a un lado de las vías a mitad de camino entre Retiro y la estación 3 de Febrero. Todo indicaba que la noche anterior se había arrojado al paso de un tren. Nunca nadie supo porqué, ni él dejó ningún indicio o carta alguna, que pudiera explicar su determinación, hasta que algún tiempo después ella supo la verdad de boca del médico. De Rogelio sólo conservó el paraguas, aunque jamás se animó a tocarlo o moverlo de su sitio. Simplemente decidió dejarlo allí, de pié, donde había visto a Rogelio por última vez.

...

La señorita Celia permaneció un largo rato en silencio, mirando hacia la nada detrás de las ventanas de su departamento de la calle Arenales. Yo no me atrevía siquiera a parpadear tratando de no invadir ese momento mas de lo que ya lo había hecho con solo preguntar por la presencia de aquel paraguas.

Al principio ida de sí misma, ella fue regresando de a poco al cabo de un rato, primero incorporándose del hoyo en el que se había hundido en el sofá, luego girando su vista en derredor y finalmente posando su mirada en la mía, como buscando un alivio a su dolor. Yo me quedé sin poder decirle nada, dura y avergonzada. Luego ella me pidió con amabilidad que me marchara y que nos habláramos por teléfono unos días después.

Me fui pensando que tal vez no volvería a verla nunca, pero no fue así. Al día siguiente ella misma me llamó a la oficina pidiéndome que no faltara a la cita acostumbrada, el próximo miércoles. Su voz no reflejaba el más mínimo rastro de queja por la angustia que le había visto derramar la tarde anterior.

Cuando nos volvimos a reunir, ella me esperaba como siempre, con la mesita de té servida, y con la profunda serenidad de su mirada reflejada en la charla, amena y cordial. Yo no me atreví a preguntar cómo se sentía luego de haber escarbado en aquellos recuerdos, ni ella mencionó tampoco palabra alguna al respecto, pero para mi sorpresa, al despedirnos junto a la puerta, noté que el paraguas y su tierra, habían sido removidos del rincón.

Después, y durante varios años, continué visitando a la señorita Celia los miércoles de todas las semanas, ensanchando esa amistad que sólo se interrumpió ahora, con su muerte de hace tan solo unos días.

En todo ese tiempo nunca se volvió a hablar del paraguas, ni de Rogelio, ni de nada de todo aquello, y ella siguió íntegra, entre sus cosas, preparando el té, tocando su piano, leyendo sus libros, hasta el final.

Autor : Luis Rivero
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13 de mayo de 2011

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Siempre el silencio

No voy a abrir . Por lo menos no hasta la mañana .
Quizá no haya escuchado nada en realidad, la soledad tiende estas trampas, yo lo sé.
Los días y los años tallados y olvidados en la pared de madera sobre la cama, me lo recuerdan.
No, no voy a abrir, días y noches caminando hasta ese otro horizonte, esa línea inalcanzable, hasta los escombros inermes, nunca un sonido, un olor, el crepitar de otro fuego.
Y ahora esto.
Días y noches caminando, buscando, ojos y oídos alerta, el paso seguro sobre el cemento de las autopistas vacías, sobre los bosques quietos, al acecho de un susurro en la foresta.
Esperando las noches más negras para sospechar un reflejo, el parpadeo de una luz. Expediciones de un solo hombre y más allá de mis propios pasos, solo el silencio.
Y ahora esto.
No abro, camino lento hasta la ventana y la noche mas oscura todavía solo me deja ver, en la tenue llama del quinqué, mi mirada casi infantil queriendo saber, sobre el vidrio que no voy a tocar.
Días y noches caminando hasta el mar que, lo recuerdo bien, está detrás de la línea, tan lejano, solo el viento me acompaña hasta ese sueño, nunca un sonido, un olor, otras voces, otros miedos.
Y ahora esto.
Ahora que ya no recuerdo mi propia voz, que las palabras duelen en mi garganta seca, simplemente esperaba irme yo también.
No voy a abrir, solo voy a caminar hasta la escalera, me voy a parar a escuchar desde acá arriba alguna señal, otra señal, no esos golpes acompasados en la puerta, ahora sí, repetidos sin apuro, sin ansiedad, esperando.
No voy a abrir, solo voy hasta la escalera, bajar será la caminata más larga, la expedición más peligrosa, la búsqueda más desesperada.
        No voy a abrir, voy a bajar a ver, a oler, a escuchar.
Voy a ir hasta la puerta, a tocarla, voy hasta la puerta a apoyar las palmas de mis manos sobre el vano, a sostenerla, a esperar esos golpes imposibles y arrancarlos de la madera, de mi casa, de mi alma.
No voy a abrir, noches y días mudos, iguales, siempre el silencio y ahora esto, para que.
No abro.

Autor : Osvaldo Barales
(Insiste en no abrir un blog)
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8 de mayo de 2011

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Cielo bello...




Surge el rio,al nacer,

y sus aguas,van creciendo,

de nuestro hacer conseguimos...

qué no sea,turbulento.


Es la vida una poesia,

que todos llevamos dentro,

unos con rabia y envidia,

otros,con dulzura y tiento.


Es este rio que acaba,

cuando termina la vida,

el que debemos mimar...

¡y cuidarlo,cada dia¡.


Pues cuando el rio sea gota,

se examinará por dentro,

y seremos en ese instante...

¡dulce cielo,o triste infierno¡.


Autor : Julia Orozco.

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6 de mayo de 2011

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Viaje


Estuve donde sólo el ave
reta al cielo,
en un lugar ajeno al hombre.

Y éste, en su orgullo
se atrevió en su escollera
al atroz sonido de la muerte.

Estuve en la enorme señal
de lo diminuto que nos vemos
si  el planeta se muestra inalcanzable.

Hilo de plata, gema brillante
endeble cohesión
entre cuerpo y espíritu.

Hipótesis, reencarnaciones
naturaleza pictórica y admirable;
agua azul... manantial de vida.

Safe Creative #1103138694765





Autor : Quino
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Blanca caricia



Despertó la primavera
con dulce halo,...al azahar…
y con su bostezo al desperezarse,
dejó el aire de su aroma impregnado…

Y al gris asfalto por entre las grietas,
se le escapa la vida…
por no poder sentir en su rostro
el dulzor de su blanca caricia….


Autor : Galatea Santos

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5 de mayo de 2011

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El minino


Amaneció un día precioso, un cielo de un azul claro, que invitaba a un buen paseo. La temperatura había bajado mucho debido a la tormenta de la noche. Se abrigó y salió a tomarse el café a la calle con el libro dispuesta a pasar un buen rato de lectura. Era una lectora empedernida, siempre tenía algún libro entre manos, pero últimamente le costaba mucho concentrarse en la lectura, tenía una cola de libros comprados esperando  ser leídos.

Se acomodó en una roca, su cabeza no estaba para lecturas, no quería pensar en la última información que su cerebro le había mandado, seguía teniendo dudas, quizá solo se tratase de un error, algo que su cabeza ha creado intentando justificar esa culpa que lleva desde siempre encima de sus hombros, pero algo le decía que no, que a lo mejor era verdad, y si es verdad ¿Qué es lo que tengo que hacer? Hace más de dos años que no soy capaz de ir a verle, sin saber los motivos que me impulsan a ello, ahora ya sé porqué. ¿Qué hago yo ahora con esa información? Llevo dos años mortificándome por no ir a verle, buscando escusas, quedando mal con mis hermanas por no ir, no entienden el porqué de mi aislamiento, y ahora que he descubierto el porqué ¿qué tengo yo que hacer?¡qué asco de vida! Me ha costado dos años aceptar lo que yo ya sabía, pero me lo negaba a mí misma, sin ser muy consciente de ello. Todo fue a raíz de una llamada del centro donde estaba en ese momento, las chicas que lo atendían habían puesto una queja al director del centro, se intentaba sobrepasar con ellas cada vez que le duchaban. La cuestión no tendría mayor importancia, que le de ser un viejo verde, el problema es que su cabeza por aquel entonces funcionaba correctamente, así que la conclusión que habían sacado es que se creía con derecho a ello.

A partir de ahí algo se movió en mi cabeza, cada día me costaba más ir a verle, lo hacía cuando no había más remedio, cuando mi hermana me llamaba para que le echara una mano con él porque ella no podía, entonces vivía en casa de mi hermana. Ahora está en una residencia de ancianos, y yo me pregunto ¿qué coño tengo que hacer ahora? No puedo hacer nada, es un anciano, su cabeza ya no va demasiado bien.

Un maullido la sacó de sus pensamientos, un gato pegó un salto y se acomodó en sus piernas, le gustó el contacto del animal, lo acarició.

-¿de dónde has salido tu?

Nunca había sido muy amiga de los animales, en casa de sus padres siempre había habido animales, sin embargo a ella nunca le habían gustado demasiado, sus hermanas sí que habían heredado ese cariño por los animales, las dos tenían animales en casa. Solo había un animal con el que se podía decir que se sentía un poco identificada, el gato. ¡Qué curioso! Ahora tengo uno en mis piernas más agusto que ni se. ¡Qué mono! A su hija le encantaban los gatos, cada vez que veía uno, expresaba su deseo de llevárselo a casa. Se quitó rápidamente el pensamiento de la cabeza. Miró para el cielo, lo único que te pido Dios mío es que cuides de ella, se merece todo lo mejor.

Dejó el gato en el suelo y entró en la cabaña, el animal siguió sus pasos.

-no te asustes, no es un lobo, es mi marido.

Le puso en un plato un poco de leche.

-a los gatos os gusta la leche, creo recordar, aunque los que había en mi casa comían de todo, si no te gusta me avisas, ya te pondré otra cosa ¿quieres galletas? A mí me gustan, soy el monstro de las galletas. Voy a despertar al lobo, haber si se anima y nos damos una vuelta.

Se acercó a la cama seguida por el gato, se quedó un rato mirándole, -¡es guapo hasta cuando ronca! a que si minino, no sé porque me da a mí que os conocéis. Despierta lobo- dijo acariciándole suavemente la cara- que tienes visita.

-¿qué hora es?

-no se pero ya amaneció. Alguien ha venido a verte. No seas antipático y saluda.

El minino se subió a la cama.

-¡hombre Agustín! ¿Ya has conocido a mi chica? ¿Está buena eh? Anda baja de la cama que está frunciendo el ceño, no veas que mal genio tiene.

Como el minino no hacía caso lo bajó ella misma.

-vamos a sentar las bases tu y yo, para una buena convivencia, que te quede claro, si te dejo entrar en mi casa, no significa que puedas ocupar mi cama, solo te comerás la comida que ponga en tu plato, lo demás ni tocar. Ya se me irán ocurriendo más cosas, te mantendré informado. ¿Te has enterado Agustín? Que no se te vaya a ocurrir lamerme la cara como se lo has hecho al lobo, que ya puede ir lavándosela si quiere que le dé un beso.

-cuidadito Agus, que parece que se ha levantado con el cable cruzado, tendremos que andar de puntillas, vamos a prepararle un buen desayuno haber si le cambia el humor.

Agustín maulló.

-desayunamos y nos damos una vuelta.

-afirmas o preguntas.

-si te lo pregunto me vas a decir que sí.

-a lo mejor, inténtalo.

-prefiero no arriesgarme, vamos y punto.

Se dio la vuelta para que no la viera sonreír.

-tendré que tener cuidado de que hoy no se me quemen las tostadas, me esmeraré más que nunca, voy a encomendarme algún santo de esos que andan por ahí, ¿Cuál me aconsejas tu Agus? Tú que sabes de mujeres.

Se sentó en la mecedora, ignorando sus comentarios. El minino se subió a sus piernas, le agradaba el contacto con el animal.

-no sé de donde se ha sacado este eso de que estoy de mal humor – dijo mirando al gato a los ojos.

El gato maulló

-no estoy ni de buen ni de mal humor, punto medio, lo normal.

El minino comenzó a ronronear, como respuesta a sus caricias.

-¡será cabrón ¡vaya manera de hacerle la pelota, ya hablaremos tu y yo. No te voy a dejar que te comas ningún ratón más.

-¿comes ratones Agus? Y yo poniéndole leche.

-a qué te crees que viene.

-¿tenemos ratones?

-¡claro! Una cabaña como Dios manda tiene que tener unos ratoncitos.

-¡por Dios! No he visto ninguno, más vale. Es el único animal con el que pierdo el control. ¡Ya me están dando ganas de ponerme a chillar y saltar!

-tu tranquila , nena, que Agus ha venido a hacer limpieza.

-anda baja, que me está dando una cosa………., ¡qué asco! En casa de mis padres, de vez en cuando aparecía algún ratón, por eso teníamos gato. He visto muchos pero no he conseguido acostumbrarme a ellos, me dan grima. Voy a estar todo el rato con la sensación de que me andan entre las piernas. Recuerdo una vez, en mi casa, Estábamos Oscar y yo en el sofá viéndola tele, y la niña en la cama, teníamos una chimenea de adorno, no sé de donde salió el animal, vivíamos en un octavo, el caso es que lo vi, ¡madre mía la que organicé! Creo que se enteró todo el barrio, empecé a dar gritos y a saltar encima del sofá, la cría que estaba en la cama, tendría unos cinco o seis años, empezó a hacer lo mismo, a chillar y a saltar encima de la cama- ahora me rio, para habernos gravado- Oscar detrás de el bicho con una zapatilla en la mano, con tan mala suerte que se metió debajo del sofá. Oscar empujándome para poder mover el sofá, fui pegando saltos de un sitio a otro por qué no me atrevía a poner los pies en el suelo y todo chillando como una histérica, si yo chillaba la niña chillaba más, quería ir a la habitación para tranquilizarla, me armé de valor y puse los pies en el suelo, sería cosa mía, pero me dio la sensación de que se me metía entre las piernas¡ madre mía! Más gritos, fui dando saltos hasta la habitación de la niña, no había ni un metro, chillado como una energúmena, no podía controlarme, me subí a la cama con la niña, y las dos pegando saltos en la cama y chillando. En fin, al final terminamos riendonos.Desayunamos o qué.

Ahora sí que le había cambiado el humor y el erizo empezó a hacer de las suyas.

-ella, quería tener un gato en casa, seguro que fue a partir de ese día, no me había dado cuenta hasta ahora. ¡Qué pena! Tengo mal día hoy. Si hubiera sabido lo que se hoy, le hubiera comprado una granja de gatos- Empezó a llorar.- Cuando nos mudamos al pueblo, me lo pedía cada vez que veía uno por la calle, le encantaban los gatos ¡qué pena! Lo que hubiera disfrutado con un gato en casa, a mi no me gustan los animales, pero a ella le encantaban. Si yo llego a saber lo que se hoy, ¡Dios qué pena! ¡Mierda de vida!.¿Vamos a dar una vuelta? Ahora no puedo desayunar.

-¿quieres una manzanilla?

-no, en serio, sería imposible meterme nada al estómago, ya pasará.

-vamos a dar un paseíto, nos vendrá bien.

-desayuna primero, que yo no pueda, no significa que tu no puedas comer.

-luego desayunamos los dos juntos, vamos a dejar que Agus haga su trabajo – ofreció su mano para que se levantase.

-algo bueno he debido de hacer para que tu estés a mi lado.

-ser tu misma, cariño.

-es antinatural, los hijos nunca pueden desaparecer antes que los padres.

-esta puta vida es muy jodida, con todos los años que han pasado no hay ni un solo día que yo no me acuerde de la risa de ese niño.
-¡qué pena! Tengo mal día hoy, vas a tener que aguantarme.

-pasaremos este mal día juntos, de la mano, llorando Marian, no has llorando lo suficiente. Hoy toca llorar, lo haremos juntos, como todo lo demás.

-gracias.



Autor : Marian Etxezarreta
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4 de mayo de 2011

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Nos cuentan los maestros XIII - Horacio Quiroga


Manual del perfecto cuentista

Una larga frecuentación de personas dedicadas entre nosotros a escribir cuentos, y alguna experiencia personal al respecto, me han sugerido más de una vez la sospecha de si no hay, en el arte de escribir cuentos, algunos trucos de oficio, algunas recetas de cómodo uso y efecto seguro, y si no podrían ellos ser formulados para pasatiempo de las muchas personas cuyas ocupaciones serias no les permiten perfeccionarse en una profesión mal retribuida por lo general y no siempre bien vista.

Esta frecuentación de los cuentistas, los comentarios oídos, el haber sido confidente de sus luchas, inquietudes y desesperanzas, han traído a mi ánimo la convicción de que, salvo contadas excepciones en que un cuento sale bien sin recurso alguno, todos los restantes se realizan por medio de recetas o trucos de procedimiento al alcance de todos, siempre, claro está, que se conozcan su ubicación y su fin.

Varios amigos me han alentado a emprender este trabajo, que podríamos llamar de divulgación literaria, si lo de literario no fuera un término muy avanzado para una anagnosia elemental.

Un día, pues, emprenderé esta obra altruista, por cualquiera de sus lados, y piadosa, desde otros puntos de vista.
Hoy apuntaré algunos de los trucos que me han parecido hallarse más a flor de ojo. Hubiera sido mi deseo citar los cuentos nacionales cuyos párrafos extracto más adelante. Otra vez será. Contentémonos por ahora con exponer tres o cuatro recetas de las más usuales y seguras, convencidos de que ellas facilitarán la práctica cómoda y casera de lo que se ha venido a llamar el más difícil de los géneros literarios.

Comenzaremos por el final. Me he convencido de que, del mismo modo que en el soneto, el cuento empieza por el fin. Nada en el mundo parecería más fácil que hallar la frase final para una historia que, precisamente, acaba de concluir. Nada, sin embargo, es más difícil.

Encontré una vez a un amigo mío, excelente cuentista, llorando, de codos sobre un cuento que no podía terminar. Faltábale sólo la frase final. Pero no la veía, sollozaba, sin lograr verla así tampoco.

He observado que el llanto sirve por lo general en literatura para vivir el cuento, al modo ruso; pero no para escribirlo. Podría asegurarse a ojos cerrados que toda historia que hace sollozar a su autor al escribirla, admite matemáticamente esta frase final:

"¡Estaba muerta!"

Por no recordarla a tiempo su autor, hemos visto fracasar más de un cuento de gran fuerza. El artista muy sensible debe tener siempre listos, cómo lágrimas en la punta de su lápiz, los admirativos.

Las frases breves son indispensables para finalizar los cuentos de emoción recóndita o contenida. Una de ellas es:
"Nunca volvieron a verse".

Puede ser más contenida aun:

"Sólo ella volvió el rostro".

Y cuando la amargura y un cierto desdén superior priman en el autor, cabe esta sencilla frase:

"Y así continuaron viviendo".

Otra frase de espíritu semejante a la anterior, aunque más cortante de estilo:

"Fue lo que hicieron".

Y ésta, por fin, que por demostrar gran dominio de sí e irónica suficiencia en el género, no recomendaría a los principiantes:

"El cuento concluye aquí. Lo demás, apenas si tiene importancia para los personajes".

Esto no obstante, existe un truco para finalizar un cuento, que no es precisamente final, de gran efecto siempre y muy grato a los prosistas que escriben también en verso. Es este el truco del "leitmotiv".

Final: "Allá a lo lejos, tras el negro páramo calcinado, el fuego apagaba sus últimas llamas..."

Comienzo del cuento: "Silbando entre las pajas, el fuego invadía el campo, levantando grandes llamaradas. La criatura dormía..."

De mis muchas y prolijas observaciones, he deducido que el comienzo del cuento no es, como muchos desean creerlo, una tarea elemental. "Todo es comenzar". Nada más cierto, pero hay que hacerlo. Para comenzar se necesita, en el noventa y nueve por ciento de los casos, saber a dónde se va. "La primera palabra de un cuento -se ha dicho- debe ya estar escrita con miras al final".

De acuerdo con este canon, he notado que el comienzo exabrupto, como si ya el lector conociera parte de la historia que le vamos a narrar, proporciona al cuento insólito vigor. Y he notado asimismo que la iniciación con oraciones complementarias favorece grandemente estos comienzos. Un ejemplo:


"Como Elena no estaba dispuesta a concederlo, él, después de observarla fríamente, fue a coger su sombrero. Ella, por todo comentario, se encogió de hombros".

Yo tuve siempre la impresión de que un cuento comenzado así tiene grandes posibilidades de triunfar. ¿Quién era Elena? Y él, ¿cómo se llamaba? ¿Qué cosa no le concedió Elena? ¿Qué motivos tenía él para pedírselo? ¿Y por qué observó fríamente a Elena, en vez de hacerlo furiosamente, como era lógico de esperar?

Véase todo lo que del cuento se ignora. Nadie lo sabe. Pero la atención del lector ya ha sido cogida por sorpresa, y esto constituye un desiderátum, en el arte de contar.

He anotado algunas variantes a este truco de las frases secundarias. De óptimo efecto suele ser el comienzo condicional:

"De haberla conocido a tiempo, el diputado hubiera ganado un saludo, y la reelección. Pero perdió ambas cosas".
A semejanza del ejemplo anterior, nada sabemos de estos personajes presentados como ya conocidos nuestros, ni de quién fuera tan influyente dama a quien el diputado no reconoció. El truco del interés está, precisamente, en ello.
"Como acababa de llover, el agua goteaba aún por los cristales. Y el seguir las líneas con el dedo fue la diversión mayor que desde su matrimonio hubiera tenido la recién casada".

Nadie supone que la luna de miel pueda mostrarse tan parca de dulzura al punto de hallarla por fin a lo largo de un vidrio en una tarde de lluvia.

De estas pequeñas diabluras está constituido el arte de contar. En un tiempo se acudió a menudo, como a un procedimiento eficacísimo, al comienzo del cuento en diálogo. Hoy el misterio del diálogo se ha desvanecido del todo. Tal vez dos o tres frases agudas arrastren todavía; pero si pasan de cuatro el lector salta en seguida. "No cansar". Tal es, a mi modo de ver, el apotegma inicial del perfecto cuentista. El tiempo es demasiado breve en esta miserable vida para perdérselo de un modo más miserable aún.

De acuerdo con mis impresiones tomadas aquí y allá, deduzco que el truco más eficaz (o eficiente, como se dice en la Escuela Normal), se lo halla en el uso de dos viejas fórmulas abandonadas, y a las que en un tiempo, sin embargo, se entregaron con toda su buena fe los viejos cuentistas. Ellas son:

"Era una hermosa noche de primavera" y "Había una vez..."

¿Qué intriga nos anuncian estos comienzos? ¿Qué evocaciones más insípidas, a fuerza de ingenuas, que las que despiertan estas dos sencillas y calmas frases? Nada en nuestro interior se violenta con ellas. Nada prometen ni nada sugieren a nuestro instinto adivinatorio. Puédese, sin embargo, confiar en su éxito... si el resto vale. Después de meditarlo mucho, no he hallado a ambas recetas más que un inconveniente: el de despertar terriblemente la malicia de los cultores del cuento. Esta malicia profesional es la misma con que se acogería el anuncio de un hombre al que se dispusiera a revelar la belleza de una dama vulgarmente encubierta: "¡Cuidado! ¡Es hermosísima!"

Existe un truco singular, poco practicado, y, sin embargo, lleno de frescura cuando se lo usa con mala fe.

Este truco es el del lugar común. Nadie ignora lo que es en literatura el lugar común. "Pálido como la muerte" y "Dar la mano derecha por obtener algo" son dos bien característicos.

Llamamos lugar común de buena fe al que se comete arrastrado inconscientemente por el más puro sentimiento artístico; esta pureza de arte que nos lleva a loar en verso el encanto de las grietas de los ladrillos del andén de la estación del pueblecito de Cucullú, y la impresión sufrida por estos mismos ladrillos el día que la novia de nuestro amigo, a la que sólo conocíamos de vista, por casualidad los pisó.

Esta es la buena fe. La mala fe se reconoce en la falta de correlación entre la frase hecha y el sentimiento o circunstancia que la inspiran.

Ponerse pálido como la muerte ante el cadáver de la novia es un lugar común. Deja de serlo cuando al ver perfectamente viva a la novia de nuestro amigo, palidecemos hasta la muerte.

"Yo insistía en quitarle el lodo de los zapatos. Ella, riendo, se negaba. Y, con un breve saludo, saltó al tren, enfangada hasta el tobillo. Era la primera vez que yo la veía; no me había seducido, ni interesado, ni he vuelto más a verla. Pero lo que ella ignora es que, en aquel momento, yo hubiera dado con gusto la mano derecha por quitarle el barro de los zapatos".

Es natural y propio de un varón perder su mano por un amor, una vida o un beso. No lo es ya tanto darla por ver de cerca los zapatos de una desconocida. Sorprende la frase fuera de su ubicación psicológica habitual; y aquí está la mala fe.

El tiempo es breve. No son pocos los trucos que quedan por examinar. Creo firmemente que si añadimos a los ya estudiados el truco de la contraposición de adjetivos, el del color local, el truco de las ciencias técnicas, el del estilista sobrio, el del folklore, y algunos más que no escapan a la malicia de los colegas, facilitarán todos ellos en gran medida la confección casera, rápida y sin fallas, de nuestros mejores cuentos nacionales...
Horacio Quiroga

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