27 de febrero de 2011

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Nos cuentan los maestros VI - Julio Cortázar


Algunos aspectos del cuento


Puesto que voy a ocuparme de algunos aspectos del cuento como género literario, y es posible que algunas de mis ideas sorprendan o choquen a quienes las lean, me parece de una elemental honradez definir el tipo de narración que me interesa, señalando mi especial manera de entender el mundo.

Casi todos los cuentos que he escrito pertenecen al género llamado fantástico por falta de mejor nombre, y se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo XVIII, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa y efecto, de psicologías definidas, de geografía bien cartografiadas. En mi caso, la sospecha de otro orden más secreto y menos comunicable, y el fecundo descubrimiento de Alfred Jarry, para quien el verdadero estudio de la realidad no residía en las leyes sino en las excepciones a esas leyes, han sido algunos de los principios orientadores de mi búsqueda personal de una literatura al margen de todo realismo demasiado ingenuo. Por eso, si en las ideas que siguen encuentran ustedes una predilección por todo lo que en el cuento es excepcional, trátese de los temas o incluso de las formas expresivas, creo que esta presentación de mi propia manera de entender el mundo explicará mi toma de posesión y mi enfoque del problema. En último extremo podrá decirse que solo he hablado del cuento tal y como yo lo practico. Y sin embargo, no creo que sea así. Tengo la certidumbre de que existen ciertas constantes, ciertos valores que se aplican a todos los cuentos, fantásticos o realistas, dramáticos o humorísticos. Y pienso que tal vez sea posible mostrar aquí esos elementos invariables que dan a un buen cuento su atmósfera peculiar y su calidad de obra de arte.

La oportunidad de cambiar ideas acerca del cuento me interesa por diversas razones. Vivo en un país -Francia- donde este género tiene poca vigencia, aunque en los últimos años se nota entre escritores y lectores un interés creciente por esa forma de expresión. De todos modos, mientras los críticos siguen acumulando teorías y manteniendo enconadas polémicas acerca de la novela, casi nadie se interesa por la problemática del cuento. Vivir como cuentista en un país donde esta forma expresiva es un producto casi exótico, obliga forzosamente a buscar en otras literaturas el alimento que allí falta. Poco a poco, en sus textos originales o mediante traducciones, uno va acumulando casi rencorosamente una enorme cantidad de cuentos del pasado y del presente, y llega el día en que puede hacer un balance, intentar una aproximación valorativa a ese género de tan difícil definición, tan huidizo en sus múltiples y antagónicos aspectos, y en última instancia tan secreto y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario.

Pero además de ese alto en el camino que todo escritor debe hacer en algún momento de su labor, hablar del cuento tiene un interés especial para nosotros, puesto que casi todos los países americanos de lengua española le están dando al cuento una importancia excepcional, que jamás había tenido en otros países latinos como Francia o España. Entre nosotros, como es natural en las literaturas jóvenes, la creación espontánea precede casi siempre al examen crítico, y está bien que así sea. Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco incasillable; en segundo lugar los teóricos y los críticos no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que aquellos sólo entren en escena cuando exista ya un acervo, un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades.

En América, tanto en Cuba como en México o Chile o Argentina, una gran cantidad de cuentistas trabaja desde comienzos de siglo, sin conocerse entre sí, descubriéndose a veces de manera casi póstuma. Frente a ese panorama sin coherencia suficiente, en el que pocos conocen a fondo la labor de los demás, creo que es útil hablar del cuento por encima de las particularidades nacionales e internacionales, porque es un género que entre nosotros tiene una importancia y una vitalidad que crecen de día en día. Alguna vez se harán las antologías definitivas -como las hacen los países anglosajones, por ejemplo- y se sabrá hasta dónde hemos sido capaces de llegar. Por el momento no me parece inútil hablar del cuento en abstracto, como género literario. Si nos hacemos una idea convincente de esa forma de expresión literaria, ella podrá contribuir a establecer una escala de valores para esa antología ideal que está por hacerse. Hay demasiada confusión, demasiados malentendidos en este terreno. Mientras los cuentistas siguen adelante su tarea, ya es tiempo de hablar de esa tarea en sí misma, al margen de las personas y de las nacionalidades. Es preciso llegar a tener una idea viva de lo que es el cuento, y eso es siempre difícil en la medida en que las ideas tienden a lo abstracto, a desvitalizar su contenido, mientras que a su vez la vida rechaza angustiada ese lazo que quiere echarle la conceptualización para fijarla y categorizarla. Pero si no tenemos una idea viva de lo que es el cuento habremos perdido el tiempo, porque un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término; y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia. Sólo con imágenes se puede trasmitir esa alquimia secreta que explica la profunda resonancia que un gran cuento tiene entre nosotros, y que explica también por qué hay muchos cuentos verdaderamente grandes.

Para entender el carácter peculiar del cuento se le suele comparara con la novela, género mucho más popular y sobre el cual abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de la lectura, sin otro límite que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede las veinte páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En ese sentido, la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un "orden abierto", novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartier-Bresson o de un Brasai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara. Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el "clímax" de la obra, en una fotografía o en un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucha más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa "apertura" a que me refería antes. Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.

Decíamos que el cuentista trabaja con un material que calificamos de significativo. El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico. Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en el tema de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chejov. ¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano, mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde? Lo que se cuenta en esos relatos es casi lo que de niños, en las aburridas tertulias que debíamos compartir con los mayores, escuchábamos contar a los abuelos o a las tías; la pequeña, insignificante crónica familiar de ambiciones frustradas, de modestos dramas locales, de angustias a la medida de una sala, de un piano, de un té con dulces. Y, sin embargo, los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada.

Ustedes se han dado ya cuenta de que esa significación misteriosa no reside solamente en el tema del cuento, porque en verdad la mayoría de los malos cuentos que todos hemos leído contienen episodios similares a los que tratan los autores nombrados. La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema. Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el buen y el mal cuentista. Por eso habremos de detenernos con todo el cuidado posible en esta encrucijada, para tratar de entender un poco más esa extraña forma de vida que es un cuento logrado, y ver por qué está vivo mientras otros, que aparentemente se le parecen, no son más que tinta sobre papel, alimento para el olvido.

Miremos la cosa desde el ángulo del cuentista y en este caso, obligadamente, desde mi propia versión del asunto. Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o en menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no tan es sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos -cómo decirlo- al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi consciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero eso, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema?

A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba de ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrario, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotan virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía consciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de sistema atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y hermosos? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado tanto. Pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo en nosotros. ¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? Yo tengo la mía, y podría dar algunos nombres. Tengo William Wilson de Edgar A. Poe; tengo Bola de sebo de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está Un recuerdo de Navidad de Truman Capote; Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Jorge Luis Borges; Un sueño realizado de Juan Carlos Onetti; La muerte de Iván Ilich, de Tolstoi; Cincuenta de los grandes, de Hemingway; Los soñadores, de Izak Dinesen, y así podría seguir y seguir... Ya habrán advertido ustedes que no todos esos cuentos son obligatoriamente de antología. ¿Por qué perduran en la memoria? Piensen en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene -a veces sin que él lo sepa conscientemente- esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.

Sin embargo, hay que aclarar mejor esta noción de temas significativos. Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector, y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores. Por eso, cuando decimos que un tema es significativo, como en el caso de los cuentos de Chejov, esa significación se ve determinada en cierta medida por algo que está fuera del tema en sí, por algo que está antes y después del tema. Lo que está antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está después es el tratamiento literario del tema, la forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbal y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta en último término hacia algo que excede el cuento mismo. Aquí me parece oportuno mencionar un hecho que me ocurre con frecuencia, y que otros cuentistas amigos conocen tan bien como yo. Es habitual que en el curso de una conversación, alguien cuente un episodio divertido o conmovedor o extraño, y que dirigiéndose luego al cuentista presente le diga: "Ahí tienes un tema formidable para un cuento; te lo regalo." A mí me han reglado en esa forma montones de temas, y siempre he contestado amablemente: "Muchas gracias", y jamás he escrito un cuento con ninguno de ellos. Sin embargo, cierta vez una amiga me contó distraídamente las aventuras de una criada suya en París. Mientras escuchaba su relato, sentí que eso podía llegar a ser un cuento. Para ella esos episodios no eran más que anécdotas curiosas; para mí, bruscamente, se cargaban de un sentido que iba mucho más allá de su simple y hasta vulgar contenido. Por eso, toda vez que me he preguntado: ¿Cómo distinguir entre un tema insignificante, por más divertido o emocionante que pueda ser, y otro significativo?, he respondido que el escritor es el primero en sufrir ese efecto indefinible pero avasallador de ciertos temas, y que precisamente por eso es un escritor. Así como para Marcel Proust el sabor de una magdalena mojada en el té abría bruscamente un inmenso abanico de recuerdos aparentemente olvidados, de manera análoga el escritor reacciona ante ciertos temas en la misma forma en que su cuento, más tarde, hará reaccionar al lector. Todo cuento está así predeterminado por el aura, por la fascinación irresistible que el tema crea en su creador.

Llegamos así al fin de esta primera etapa del nacimiento de un cuento, y tocamos el umbral de su creación propiamente dicha. He aquí al cuentista, que ha escogido un tema valiéndose de esas sutiles antenas que le permiten reconocer los elementos que luego habrán de convertirse en obra de arte. El cuentista está frente a su tema, frente a ese embrión que ya es vida, pero que no ha adquirido todavía su forma definitiva. Para él ese tema tiene sentido, tiene significación. Pero si todo se redujera a eso, de poco serviría; ahora, como último término del proceso, como juez implacable, está esperando al lector, el eslabón final del proceso creador, el cumplimiento o fracaso del ciclo. Y es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene que nacer pasaje, tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial, descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante y muchas veces hasta indiferente que se llama lector. Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les basta escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que todos los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en la literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial. Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige. Ninguno de ustedes habrá olvidado El barril de amontillado, de Edgar A. Poe. Lo extraordinario de este cuento es la brusca prescindencia de toda descripción de ambiente. A la tercera o cuarta frase estamos en el corazón del drama, asistiendo al cumplimiento implacable de una venganza. Los asesinos, de Hemingway, es otro ejemplo de intensidad obtenida mediante la eliminación de todo lo que no converja esencialmente al drama. Pero pensemos ahora en los cuentos de Joseph Conrad, de D. H. Lawrence, de Kafka. En ellos, con modalidades típicas de cada uno, la intensidad es de otro orden, y yo prefiero darle el nombre de tensión. Es una intensidad que se ejerce en la manera con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado. Todavía estamos muy lejos de saber lo que va a ocurrir en el cuento, y sin embargo no podemos sustraernos a su atmósfera. En el caso de El barril de amontillado y de Los asesinos, los hechos despojados de toda preparación saltan sobre nosotros y nos atrapan; en cambio, en un relato demorado y caudaloso de Henry James -La lección del maestro, por ejemplo- se siente de inmediato que los hechos en sí carecen de importancia, que todo está en las fuerzas que los desencadenaron, en la malla sutil que los precedió y los acompaña. Pero tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor, y es aquí donde nos vamos acercando al final de este paseo por el cuento.

En mi país, y ahora en Cuba, he podido leer cuentos de los autores más variados: maduros o jóvenes, de la ciudad o del campo, entregados a la literatura por razones estéticas o por imperativos sociales del momento, comprometidos o no comprometidos. Pues bien, y aunque suene a perogrullada, tanto en la Argentina como aquí los buenos cuentos los están escribiendo quienes dominen el oficio en el sentido ya indicado. Un ejemplo argentino aclarará mejor esto. En nuestras provincias centrales y norteñas existe una larga tradición de cuentos orales, que los gauchos se transmiten de noche en torno al fogón, que los padres siguen contando a sus hijos, y que de golpe pasan por la pluma de un escritor regionalista y, en una abrumadora mayoría de casos, se convierten en pésimos cuentos. ¿Qué ha sucedido? Los relatos en sí son sabrosos, traducen y resumen la experiencia, el sentido del humor y el fatalismo del hombre de campo; algunos incluso se elevan a la dimensión trágica o poética. Cuando uno los escucha de boca de un viejo criollo, entre mate y mate, siente como una anulación del tiempo, y piensa que también los aedos griegos contaban así las hazañas de Aquiles para maravilla de pastores y viajeros. Pero en ese momento, cuando debería surgir un Homero que hiciese una Iliada o una Odisea de esa suma de tradiciones orales, en mi país surge un señor para quien la cultura de las ciudades es un signo de decadencia, para quien los cuentistas que todos amamos son estetas que escribieron para el mero deleite de clases sociales liquidadas, y ese señor entiende en cambio que para escribir un cuento lo único que hace falta es poner por escrito un relato tradicional, conservando todo lo posible el tono hablado, los giros campesinos, las incorrecciones gramaticales, eso que llaman el color local. No sé si esa manera de escribir cuentos populares se cultiva en Cuba; ojalá que no...

Julio Cortázar (1914-1984)
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26 de febrero de 2011

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Metáfora Celestial



Ojos de noche soñadora;
cabellos de viento que galopa;
nariz de lago enamorado.

Piel de crepúsculo dormido;
oídos de aire que seduce;
labios de arco iris que no muere.

En pocas palabras,
tú rostro...
... es una metáfora celestial.


Quino ©


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23 de febrero de 2011

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Melodías del pensamiento



14/02/2011
Querido diario…
Estas son mis últimas pequeñas dulces palabras hechas de silencio…

Desearía tanto que este aquí, sosteniendo mi mano, mintiéndome mientras acaricia mi cabello…
En mi mundo, el amor es para los poetas, no importa cuántas veces he cubierto mi boca para evitar decirlo, las palabras arden en mis labios sin poder expulsarlas… te amo, y si pudiese transmitirte estas palabras, sacrificaría mi voz con gusto.
No puedo seguir, todo se volvió confuso. Sin tu mano el mundo tiembla a mis pies; no soy fuerte.
Te confesé, que el futuro sólo se podía buscar, aunque costase, que somos dueños de nuestra propia obra...
Mi obra concluyó, el telón se bajó, la historia, tras lo que dibujé, ya se contó.
Ninguna otra lágrima manchará las páginas de este diario, y es hora de poner esta pluma al lado de la hoja. Al final encontraré algo de paz en mi interior.
Incapaz de llegar a ser una perla en el fondo del mar, mi amor se subleva, y flota por encima de mis temblorosos pies. Me iré volando, separaré nuestros caminos; el susurro del viento será lo único que oiga

Camino en el aire, cada paso que doy, lo doy sola, mi tormenta de invierno, lo único que me mantiene consiente…nunca me abandona
Lejos de ti, cabalgo en la medianoche azul, descubriendo que puedo volar muy alto.
Cabalgo sobre los ríos y las montañas, bosques y arroyos, todo a mi alrededor está iluminado, y este dolor esta sanando.
En aquella luz, que brilla y se fragmenta, los pensamientos se ordenan, se esparcen en incontables pedazos que voy olvidando.
Tiño tu perfil de blanco, aun quiero poder recordarte, aun si el mundo terminara.
¿En qué tipo de color lo he teñido? lo he olvidado…
Mi cuerpo va a la ruina, en el torcido camino del sueño. Sufriré una eterna condena por éste pecado, y aún quiero poder recordarte, así, hasta el más pequeño dolor
Te gravé en mi cuerpo, por si no nos podíamos encontrar más, el resto se desvanece dentro de la conciencia.
¿De qué color lo he teñido…?
Había una vez un patito feo, perdido en los versos del alegre canto de un gorrión, entre las páginas dos y tres de mis pecados…(no sé por qué recuerdo esa canción)
Cierro los ojos, porque está bien no mirar las cosas que no quiero ver, persuadiéndome a mí misma para evitar lo que estaba en mi corazón.
Guarden sus rosas, yo ya estaba muerta...
 
Esa noche, el noticiero relata la tragedia.
Y en otras noticias – exclama el conductor, un señor de porte eminente y cabello canoso – Lamentamos informar que esta noche fue encontrada muerta Loreley Mayfair, co-conductora de este programa. Los vecinos dicen haberla visto saltar desde la ventana de su apartamento. Entre sus restos se encontró un diario y la foto de su familia.
A un año de la muerte de su esposo, y en el aniversario de la muerte de sus padres y hermanos, noticia que fuera relatada por ella misma, en este mismo canal.
Desde aquí, nuestras condolencia a sus seres queridos. Un triste San Valentín para algunos… no hay duda de ello


"Y en esta melodía del pensamiento,
lo tiño todo de blanco para volver a cero
Y desde el olvido, su ruido hace eco…"

 Autor : Dre!k de´Lenfend

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21 de febrero de 2011

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Nos cuentan los maestros V - Horacio Quiroga


Retórica del cuento

En estas mismas columnas, solicitado cierta vez por algunos amigos de la infancia que deseaban escribir cuentos sin las dificultades inherentes por común a su composición, expuse unas cuantas reglas y trucos, que, por haberme servido satisfactoriamente en más de una ocasión, sospeché podrían prestar servicios de verdad a aquellos amigos de la niñez.

Animado por el silencio -en literatura el silencio es siempre animador -en que había caído mi elemental anagnosia del oficio, completéla con una nueva serie de trucos eficaces y seguros, convencido de que uno por lo menos de los infinitos aspirantes al arte de escribir, debía de estar gestando en las sombras un cuento revelador.

Ha pasado el tiempo. Ignoro todavía si mis normas literarias prestaron servicios. Una y otra serie de trucos anotados con más humor que solemnidad llevaban el título común de Manual del perfecto cuentista.
Hoy se me solicita de nuevo, pero esta vez con mucha más seriedad que buen humor. Se me pide primeramente una declaración firme y explícita acerca del cuento. Y luego, una fórmula eficaz para evitar precisamente escribirlos en la forma ya desusada que con tan pobre éxito absorbió nuestras viejas horas.

Como se ve, cuanto era de desenfadada y segura mi posición al divulgar los trucos del perfecto cuentista, es de inestable mi situación presente. Cuanto sabía yo del cuento era un error. Mi conocimiento indudable del oficio, mis pequeñas trampas más o menos claras, solo han servido para colocarme de pie, desnudo y aterido como una criatura, ante la gesta de una nueva retórica del cuento que nos debe amamantar.

"Una nueva retórica..." No soy el primero en expresar así los flamantes cánones. No está en juego con ellos nuestra vieja estética, sino una nueva nomenclatura. Para orientarnos en su hallazgo, nada más útil que recordar lo que la literatura de ayer, la de hace diez siglos y la de los primeros balbuceos de la civilización, han entendido por cuento.
El cuento literario, nos dice aquélla, consta de los mismos elementos sucintos que el cuento oral, y es como éste el relato de una historia bastante interesante y suficientemente breve para que absorba toda nuestra atención.
Pero no es indispensable, adviértenos la retórica, que el tema a contra constituya una historia con principio, medio y fin. Una escena trunca, un incidente, una simple situación sentimental, moral o espiritual, poseen elementos de sobra para realizar con ellos un cuento.

Tal vez en ciertas épocas la historia total -lo que podríamos llamar argumento- fue inherente al cuento mismo. "¡Pobre argumento! -decíase-. ¡Pobre cuento!" Más tarde, con la historia breve, enérgica y aguda de un simple estado de ánimo, los grandes maestros del género han creado relatos inmortales.

En la extensión sin límites del tema y del procedimiento en el cuento, dos calidades se han exigido siempre: en el autor, el poder de transmitir vivamente y sin demoras sus impresiones; y en la obra, la soltura, la energía y la brevedad del relato, que la definen.
Tan específicas son estas cualidades, que desde las remotas edades del hombre, y a través de las más hondas convulsiones literarias, el concepto del cuento no ha variado. Cuando el de los otros géneros sufría según las modas del momento, el cuento permaneció firme en su esencia integral. Y mientras la lengua humana sea nuestro preferido vehículo de expresión, el hombre contará siempre, por ser el cuento la forma natural, normal e irreemplazable de contar.

Extendido hasta la novela, el relato puede sufrir en su estructura. Constreñido en su enérgica brevedad, el cuento es y no puede ser otra cosa que lo que todos, cultos e ignorantes, entendemos por tal.

Los cuentos chinos y persas, los grecolatinos, los árabes de las "Mil y una noches", los del Renacimiento italiano, los de Perrault, de Hoffmann, de Poe, de Merimée de Bret-Harte, de Verga, de Chejov, de Maupassant, de Kipling, todos ellos son una sola y misma cosa en su realización. Pueden diferenciarse unos de otros como el sol y la luna. Pero el concepto, el coraje para contar, la intensidad, la brevedad, son los mismos en todos los cuentistas de todas las edades.

Todos ellos poseen en grado máximo la característica de entrar vivamente en materia. Nada más imposible que aplicarles las palabras: "Al grano, al grano..." con que se hostiga a un mal contador verbal. El cuentista que "no dice algo", que nos hace perder el tiempo, que lo pierde él mismo en divagaciones superfluas, puede verse a uno y otro lado buscando otra vocación. Ese hombre no ha nacido cuentista.

Pero ¿si esas divagaciones, digresiones y ornatos sutiles, poseen en sí mismos elementos de gran belleza? ¿Si ellos solos, mucho más que el cuento sofocado, realizan una excelsa obra de arte?

Enhorabuena, responde la retórica. Pero no constituyen un cuento. Esas divagaciones admirables pueden lucir en un artículo, en una fantasía, en un cuadro, en un ensayo, y con seguridad en una novela. En el cuento no tienen cabida, ni mucho menos pueden constituirlo por sí solas.

Mientras no se crée una nueva retórica, concluye la vieja dama, con nuevas formas de la poesía épica, el cuento es y será lo que todos, grandes y chicos, jóvenes y viejos, muertos y vivos, hemos comprendido por tal. Puede el futuro nuevo género ser superior, por sus caracteres y sus cultores, al viejo y sólido afán de contar que acucia al ser humano. Pero busquémosle otro nombre.

Tal es la cuestión. Queda así evacuada, por boca de la tradición retórica, la consulta que se me ha hecho.
En cuanto a mí, a mi desventajosa manía de entender el relato, creo sinceramente que es tarde ya para perderla. Pero haré cuanto esté en mí para no hacerlo peor.


Retótica del cuento - Horacio Quiroga
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20 de febrero de 2011

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De bolsillo sin empatía

Por la tarde la librería céntrica se mostraba desierta , muy al fondo de ella se veía a un muchacho, agotado de tanto aburrimiento, acomodando libros de oferta en la mesa de 3x15 $ mientras el zumbido del trajín de la calle se filtraba en cada rincón abierto al público del inmenso local.

Avancé distraidamente, mirando de reojo los clásicos que siempre se van a reeditar, mezclados con aquellos que solo la madre del autor compraría.

-Buenas Tardes. ¿Te puedo ayudar?-Saludó el joven que parecía intuir que yo constituía su posible tabla de salvación ante otra tarde aburrida

-Buenas Tardes. Ando buscando un diccionario-

Lo vi sonreír sabedor de una posible y fácil venta.

-¿Alguna editorial en particular? ¿De "Dudas", "Sinónimos", o es de algún idioma? Digo, Inglés, Francés, Italiano...

-No, un diccionario común, de bolsillo o un poco más grande...

Nuevamente apareció su máscara de aburrimiento.

- Si, como no. Seguime. Por acá tenés la batea de diccionarios escolares que están en oferta. Fijate los Kapeluz y los Estrada que están regalados. Ahora si querés algo mejorcito tenés toda esta sección, de acá hasta acá. Acá empiezan los de idioma, así que sería hasta acá. Hasta el de lomo verde. Cualquier cosa preguntame...

-Si, gracias, pero ya los vi, o mejor dicho, ya los conozco y no hay de lo que estoy buscando.

Achicó los ojos como chino intentando verme un pelo en la punta de la nariz.

-Que sería... más precisamente...

-Ah, disculpe, claro, no le expliqué. Estoy buscando un diccionario con "empatía".

-No, perdón, diccionarios con empatía no tenemos...

-Si, ya sé, justamente por eso lo estoy buscando.

Se detuvo un instante y pareció pensar si realmente le convenía seguir en ese diálogo insano o dejarme buscar solito y retirarse a continuar con su acomodamiento de ofertas.
Por suerte decidió arriesgarse.

- Perdoná, pero creo que empatía es una palabra que no sirve para describir un diccionario...

Me miró como quien ha educado a un ignorante, satisfecho por su buena obra y paciencia demostrada.

- No,no,no,no, perdón, perdón -le dije- No me supe expresar. Busco un diccionario que contenga la palabra empatía. Preferiblemente que sea de bolsillo. El que tengo en casa la tiene pero es de hace cincuenta años. Ya está viejito y quisiera uno nuevo para dejarle a mi hijo. Con empatía por favor. ¿Hay?

Me miró sospechando una tomada de pelo.

-Ponete en mi lugar, no sé de qué me estas hablando...

-Justamente de eso se trata.-le conteste- de ponerse en el lugar del otro.

-De qué?

- De empatía, a ver, se lo digo como lo diría la RAE :
empatía.
1. f. Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro.

- Si, ya sabía el significado, pero comprendé que todos los diccionarios la tienen. Es de suponer que en ellos se incluyen todas las palabras. ¿Sabés?

- Si. Bueh, ¿Se puede fijar usted en ese por favor? Ese de ahí el gordito de Estrada.

Me miró con desconfianza pero la curiosidad pudo más y lo tomó entre sus manos. Abrió expertamente cerca del primer tercio y comenzó a desgranar el abecedario.

- Nada...

-¿No le dije? Fijese en ese otro de tan buena marca.

Siguió mi dedo acusador y se sumergió en un Kapeluz de 60.000 entradas.

-Nada tampoco.

Ya degustaba el sabor de mi triste victoria.

-Fíjese en el mejor de todos. Aquel de arriba.

- A ver ...
empatar.
(Del it. impattare, terminar iguales, sin ganar ni perder).
1. tr. Dicho de dos o más contrincantes o partidos políticos que se enfrentan en una votación: Obtener un mismo número de puntos o votos. U. m. c. intr. y c. prnl.
2. tr. Dicho de dos o más jugadores o equipos que se enfrentan: Obtener igual puntuación.
3. tr. Can. y Am. Enlazar un cabo con otro.
4. tr. Can. y Am. Atar el anzuelo a la cuerda.
5. tr. Can. y Am. empalmar (juntar).
6. tr. Col. Gastar el tiempo en cosas molestas.
7. tr. desus. Suspender y obstaculizar el curso de una resolución. Era u. t. c. prnl.
empatársela a alguien.
1. loc. verb. coloq. Igualarlo en una acción sobresaliente o extraordinaria. U. t. en sent. peyor.
empate.
1. m. Acción y efecto de empatar.
empavar.
1. tr. coloq. Ven. Traer o tener mala suerte. U. t. c. prnl.

no puede ser..

-Sí que es, mi amigo. Por eso vengo buscando un diccionario con empatía. Ésta es la quinta librería del día de hoy

- Un momento por favor. Voy a consultar.

-Si, cómo no. Haga, haga...

Entre molesto y picado por la duda de la veracidad de mis palabras, fue hasta la computadora de la caja y googleó la palabra para ver si existía. La pantalla le devolvió la descripción sucinta de tan importante palabra, así que viendo que no había error se dirigió hacia la trastienda, donde supongo que consultó con algún jefe, dueño o superior.
No habrán pasado tres minutos que regresó con cara satisfecha y una respuesta fresca colgando de la comisura de sus sonrientes labios.

-Mirá, la cosa parece ser así. Según la calidad del diccionario y hacia quién esté orientado, se realizan ediciones de 30.000, 60.000, 160.000 o más entradas. Para ver que palabras se utilizan se usa una especie de ranking de las más usadas. Es decir, se revisa cuales palabras son las que más aparecen en la literatura de habla hispana y en el lenguaje coloquial y si entra en el top 30.000, 60.000 o 160.000 se imprime. Se vé que la palabra empatía no es muy usada. Disculpá. Seguramente figura en la segunda edición revisada del Diccionario de la Real Academia.

Dejé que las palabras terminaran y reinara el silencio. Callé un rato aumentando el efecto como relator de radio teatro.

- Ajá, Si lo entiendo bien usted me está diciendo que nadie usa la palabra que pone sonido y gráfica a una de las acciones que enaltecen al ser humano. Una acción que si fuera practicada por los gobernantes evitaría guerras, si fuera utilizada por los obreros y los empleadores evitaría los abusos y excesos, si fuera usada por ambos sexos eliminaría la violencia de género. En definitiva la única palabra que expresa el "ponerse en los zapatos del otro", considerar los sentimientos ajenos, enaltecer el "No hagas a tu prójimo lo que no te gusta que te hagan a tí"...

-Bueno, no lo digo yo, lo dicen quienes editan los diccionarios. Nadie la usa.

- Comprendo, tranquilo, tampoco soy un loco, pero no quiero resignarme, porque si ni siquiera la incluyen en los diccionarios escolares, es porque ya nos guían las frías estadísticas, el individualismo y nos estamos olvidando de incluir aquello que es conveniente y correcto para educar a nuestros hijos.

- Si, la verdad que hasta que vos llegaste no sabía muy bien lo que significaba la palabrita...

-!!! Palabrita no, una de las mayores palabras. La madre de las palabras, indispensable para la convivencia humana y no está incluida en los diccionarios¡¡¡

-No te pongas así. Yo te hago el pedido y seguramente para el miércoles próximo te tengo un ejemplar.

-Le agradezco mi amigo, no quiero descargar mi bronca en usted, pero no pretendo ya hacerme de una copia, ahora quiero que todos sepan de su ausencia y que regrese a las escuelas. Que se enseñe desde pequeño a cada infante y que se haga carne de cada uno de nosotros, porque si sabemos que es necesario ponerse en el lugar de los demás, evitaremos sucumbir a la violencia mezquina que nada sabe de empatías.

-!Acá te encontré uno¡ Mirá...

-Espero que no sea el último, gracias...



AMIGO LECTOR, VERIFIQUE SU DICCIONARIO



Autor : OPin
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19 de febrero de 2011

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A tí

Te quiero...
... clara y misteriosa,
te quiero dulce pero también obscena,
te quiero como agua lustre...
... como ambrosía y privilegio
de ágata de fuego.

Quino ©
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16 de febrero de 2011

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Heterónimos, seudónimos, alter-egos y avatares


Cada vez proliferan más los heterónimos, seudónimos, alter-egos y avatares que ocultan nuestra identidad real. En el correo electrónico, en los registros a determinadas páginas, en las redes sociales, todos utilizamos un alias o nick. Así que, de una forma o de otra, todos tenemos un seudónimo.

La lista de personajes célebres que alguna vez han firmado su obra con un nombre que no era el suyo es larga y variada, casi tanto como las razones que les empujaron a ello. En todo caso, el seudónimo es inherente a todo ámbito de creación y se puede considerar una creación en sí mismo. El seudónimo era y es obligatorio para participar en concursos. Se busca, obviamente, no influenciar al jurado.
Son muchas las razones por las cuales se utiliza un seudónimo:
·Para ser más libres a la hora de escribir.
·Para evitar la censura y persecución.
·Para protegerse y recibir menos críticas externas.
·Para preservar el “buen nombre” de una familia.
·Para ocultar el nombre de una mujer escritora.
·Porque “suena” mejor.
·Para seguir una moda.
·Por estrategias comerciales.
·Para ocultar otra profesión.
Miedo, discreción, orgullo, temática, discriminación, placer, opiniones controvertidas, o simplemente negocio, se esconden detrás de estos cambios. Incluso existen catálogos de seudónimos de escritores.
Primero fueron los textos voluntariamente anónimos como El Lazarillo. Luego vino la moda de los seudónimos que llegó incluso a eclipsar el verdadero nombre del escritor.
Francois Marie Arouet firmó tanto con el nombre de Voltaire que nadie recordaba su nombre real ni siquiera en su época. En el siglo XVIII abundaban los seudónimos porque nadie quería que trascendiera que una persona respetable estaba metida en el sucio oficio de escribir novelas, algo impropio y frívolo para la época.
En el caso de Larra y alguno de sus coetáneos no es un medio de ocultamiento, es un filtro mediador entre el autor y el lector porque todo el mundo sabe quién se oculta detrás, es una creación de un personaje al que se caricaturiza y servía como recurso para mantener una actitud de diálogo consigo mismo, con el público o con varios personajes.
Eric Arthur Blair adoptó en 1932 el nombre George Orwell por el cual se hizo conocido. Se dice que lo tomó para no avergonzar a sus padres cuando publicó Down and out, el libro donde relata su miserable paso por Paris. Lo mismo les pasó a los chilenos Pablo Neruda (Neftalí Reyes Basoalto) y a Gabriela Mistral (Lucila Godoy Alcayata), quienes cambiaron nombre por seudónimo de manera definitiva.
Siguiendo este modelo, los hay de una sola palabra: conocidos son los casos de Stendhal, que es el seudónimo literario de Henri Beyle; José Martínez Ruiz adoptó el seudónimo literario de Azorín; Clarín era en realidad Leopoldo Alas.
A veces, el seudónimo oculta a varios autores; como H. Bustos Domecq, sobrenombre tras el que escribían Jorge Luis Borges y Bioy Casares.
Otras veces, es una mujer la que se esconde detrás de un nombre masculino, como en el caso de Fernán Caballero: su verdadero nombre era Cecilia Böhl de Faber. También hay casos inversos, sobre todo en estos últimos tiempos, para aprovechar el tirón de la literatura femenina y en femenino.
Otras veces, seguramente la causa sea la de no mezclar actividades diferentes. Dámaso Alonso usó como traductor el seudónimo de Alfonso Donado; o Jaime de Andrade, seudónimo bajo el que se ocultó el dictador Francisco Franco para escribir el panfleto de la época que con tanto éxito fue llevado al cine: “Raza”.
Se comenta que Stephen King tuvo que publicar bajo el seudónimo de Richard Bachman a petición de sus editores, cansados de ver su nombre en todas las librerías.
Diferente a todos estos casos es el de la ganadora del Premio Nobel, Doris Lessing que decidió poner en evidencia las dificultades con que se encuentran los nuevos escritores a la hora de publicar. Fue así que adoptó el "pen name" (en inglés existe este término para el seudónimo literario) Jane Somers .

Los Heterónimos
Los heterónimos son seudónimos que poseen una personalidad definida e incluso una biografía inventada. El poeta portugués Fernando Pessoa introdujo la noción de heterónimo en teoría literaria y es el mayor y más famoso ejemplo de producción de heterónimos. Para él ellos eran otros de él mismo, personalidades independientes y autónomas que vivían fuera de su autor con una biografía propia, son, por así decirlo, una especie de alter ego u otro yo del autor. Así fueron creados los autores Álvaro de Campos, Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Bernardo Soares.
Antonio Machado también creó varios heterónimos, que él llamó apócrifos o complementarios, entre los cuales los más importantes fueron el profesor de gimnasia Juan de Mairena y su maestro Abel Martín y el poeta Miguel de Unamuno engendró también a un heterónimo suyo, el poeta Rafael, un escritor becqueriano autor de Teresa, e hizo que otro heterónimo Víctor Goti le escribiera el prólogo de su novela Niebla. Félix Grande se sacó de sí al heterónimo Horacio Martín. Max Aub creó al falso escritor y pintor Jusep Torres Campalans, para el cual incluso pintó cuadros. En su novela "Rayuela", Julio Cortázar incluyó a un personaje llamado Morelli, un escritor a quien se le atribuye ser el heterónimo del autor del libro.
El escritor irlandés John Banville recurre a su alter ego, Benjamin Black, para firmar sus novelas negras.

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15 de febrero de 2011

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Almibarado Beso


Soliviar del lino la tersura
asombro de exacta arquitectura
dos columnas que cantan armonía.

Perfilar tus caderas
que son mi locura,
cautiva intensidad.

Rodearte con mis brazos,
Beber en tu boca...
... Morder un gajo de una mandarina.

Auparme en tu pecho...
... lamer tus senos,
con lasciva simetría…

Acariciar con mis manos, todo tu cuerpo.
Escalar con mis labios...
... El frenesí de tan almibarado beso.


Autor : Quino ©
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bocal à poissons




- No entiendo cómo puedes pasar horas muertas observando sus movimientos.

- No sé, son elegantes, no tienen en cuenta al mundo.

- ¿Te gustaría ser cómo ellos?

-Mmm, no. Porque eso significaría también estar igual de atrapada.

- Bueno, pero estarías al margen de todo. Nadie conseguiría molestarte.

- Sí, es cierto, ¿pero qué me dices de los golpecitos en el cristal? .
Viviría asustada, con miedo a que me cogieran y me sacaran de aquí.
Aterrorizada por el hecho de saber que no puedo vivir sin agua.

-Entonces, ¿de que sirve seguir sus cuerpos a través de la pecera?

- De nada, simplemente, puedo ver que existe otra posibilidad de vida más delimitada que esta.


Autor: Alice




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13 de febrero de 2011

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AL AMOR


Palabra de tan efusivos sabores
Todos queremos disfrutarte,
Todos te buscamos en todos lados.
Llenas a cuenta gotas nuestra vida
A veces te tenemos en frente y no te vemos;
Otras tantas nos entregamos y no sabemos entenderte…

Sólo necesitas la más mínimo...
... Espacio para entrar… Una mirada,
Un abrazo, una caricia… hasta la más minúscula
muestra para saber que estás ahí...

Amor te pintas de cualquier color…
... Alcanzas en un mar las inmensidades...
... Abrazas un mundo de realidades.
Mueves montañas,
Transformas vidas,
Creas poesía,
Compones canciones
Y hasta el más excelso de los mortales
Hoy te implora... que nunca dejes de existir.

Autor : Quino ©
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12 de febrero de 2011

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Realidad




Prefiero cerrar los ojos,

besarte con delirio…

Sentir con intensidad

la aurora de las mañanas.

Abrazos y besos

abrigan calma

entre preludios de amar

y deseos fantasmas

Loco sueño...

… Así es, mi realidad.

Autor : Quino ©
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11 de febrero de 2011

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Nos cuentan los maestros IV - Ray Bradbury

 Invirtiendo centavos:
«Fahrenheit 451»

Yo no lo sabía, pero estaba escribiendo una novela literalmente barata. En la primavera de 1950, escribir y terminar el primer borrador de El bombero, que más tarde sería Fahrenheit 451, me costó nueve dólares y ochenta centavos, en monedas de diez.
Desde 1941 hasta entonces, la mayor parte de mis relatos los había escrito en los garajes de la casa, bien en Venice, California (donde vivíamos porque éramos pobres, no porque estuviera de moda), o detrás de la casa con terreno donde mi mujer Marguerite y yo criamos nuestra familia. Las que me llevaron al garaje fueron mis amorosas hijas, que insistían en acercarse a la ventana del fondo y cantar y golpetear el vidrio. Papá tenía que elegir entre terminar un cuento o jugar con las niñas. Como yo elegía jugar, por supuesto, los ingresos familiares quedaban en peligro. Había que encontrar un despacho. No nos alcanzaba el dinero.
Por fin localicé el lugar ideal, la sala de mecanografía del sótano de la biblioteca de la Universidad de California, en Los Ángeles. Allí, en ordenadas hileras, había una docena o más de viejas Remington o Underwood que se alquilaban a diez centavos la media hora. Uno insertaba la moneda, el reloj soltaba su tictac loco y uno se ponía a escribir como un salvaje para terminar antes de que se agotara el tiempo. De modo que fui empujado dos veces: por las niñas a abandonar la casa y por un reloj de máquina de escribir a volverme un maníaco de las teclas. Sin duda el tiempo era dinero. Terminé la primera versión en apenas nueve días.
Con 25.000 palabras, era la mitad de la novela en que llegaría a convertirse.
Entre la inversión de centavos y la demencia cuando se atascaba la máquina (¡porque allí se me iba mi precioso tiempo!) y el vértigo de folios en el artefacto, yo andaba por los pasillos, entre los estantes, perdido de amor, tocando libros, sacando volúmenes, volviendo páginas, devolviendo volúmenes a su sitio, ahogado en las buenas materias que son la esencia de la biblioteca. ¡Qué lugar, ¿no creen?, para escribir una novela sobre la quema de libros en el Futuro!
Hasta aquí el pasado. ¿Qué hay de Fahrenheit 451 en este día y esta época? ¿He cambiado de idea sobre mucho de lo que me decía cuando era un escritor más joven? Sólo si cambiar significa que mi amor por las bibliotecas se ha vuelto más amplio y profundo, en cuyo caso la respuesta es un sí que rebota en las pilas de libros y sacude el talco de las mejillas de la bibliotecaria. Desde que escribí ese libro, he tejido más cuentos, novelas, ensayos y poemas sobre escritores que cualquier otro escritor que se me ocurra en la historia de la literatura. He escrito poemas sobre Melville, Melville y Emily Dickinson, Emily Dickinson y Charles Dickens, Hawthorne, Poe, Edgar Rice Burroughs, y por el camino he comparado a Julio Verne y su Capitán Loco con Melville y su marino igualmente obsesionado. He garabateado poemas sobre bibliotecarios, atravesado en trenes nocturnos los páramos continentales con mis autores favoritos, toda la noche en vela parloteando y bebiendo, bebiendo y charlando.
A Melville le previne, en un poema, que se mantuviera lejos de tierra (¡nunca fue material suyo!), y transformé a Bernard Shaw en robot, y lo estibé cómodamente en un cohete y lo desperté en el largo viaje a Alfa Centauro para que su lengua, como una flauta, derramara sus Prefacios en mi deleitado oído. He escrito una historia de Máquina del Tiempo retrocediendo con ella en un zumbido para sentarme junto a los lechos de muerte de Wilde, Melville y Poe y contarles mi amor y entibiarles los huesos en las últimas horas... Pero basta ya. Como podéis ver, tratándose de libros, escritores y los grandes silos donde se almacenan los ingenios, soy la locura enloquecida.
Hace poco, con la sala del Studio Theatre de Los Ángeles a mano, saqué de las sombras a los personajes de F. 451. ¿Qué hay de nuevo, les dije a Montag, Clarisse, Faber, Beatty, desde que nos conocimos en 1953?
Yo pregunté. Ellos contestaron.
Escribieron escenas nuevas, revelaron partes raras de sus almas y sueños aún no descubiertos. El producto fue una obra en dos actos, bien escenificada, y en general bien recibida.
El que de más lejos vino entre bastidores fue Beatty, cuando oyó que le preguntaba: ¿Cómo empezó todo? ¿Por qué decidiste hacerte jefe de bomberos, quemador de libros? La sorprendente respuesta surgió en una escena en que Beatty lleva al protagonista Guy Montag a su casa, un apartamento. Al entrar, Montag descubre atónito que en las paredes hay alineados miles y miles de libros, ¡toda una biblioteca oculta! Se vuelve hacia el superior y exclama:
—¡Pero tú eres el incinerador jefe! ¡En tu casa no puede haber libros!
A lo cual el jefe, con una sonrisita seca, replica: —El delito no es tener libros, Montag, ¡es leerlos! Sí, de acuerdo. Yo tengo libros. ¡Pero no los leo!
Aturdido, Montag aguarda la explicación de Beatty.
—¿No ves la belleza, Montag? Yo no leo nunca. Ni un libro, ni un capítulo, ni una página, ni un párrafo. Pero sé jugar con la ironía, ¿no es cierto? Tener miles de libros y no abrirlos nunca, darle al montón la espalda y decir: No. Es como tener una casa llena de hermosas mujeres y sonreír y no tocar... ni una sola. De modo que ya ves, no soy ningún delincuente. Si alguna vez me pillas leyendo, sí, ¡entrégame! Pero este lugar es tan puro como el dormitorio de una muchacha virgen en una lechosa noche de verano. Estos libros mueren en los estantes. ¿Por qué? Porque lo digo yo. Ni mi mano ni mis ojos ni mi lengua les dan alimento o esperanza. No valen más que el polvo.
Montag protesta: —No entiendo cómo no te sientes...
—¿Tentado? —exclama el jefe de bomberos—. Oh, eso fue hace mucho. La manzana fue comida y ya no existe. La serpiente ha vuelto al árbol. El jardín es hierbajos y moho.
—En un tiempo... —Montag titubea y luego sigue:— En un tiempo tú debes haber querido mucho los libros.
—¡Touché! —responde el jefe—. Por debajo del cinturón. En la mandíbula. Con el corazón partido. Las tripas abiertas. Oh, Montag, mírame. El hombre que amaba los libros; no, el muchacho disparatado, demente por ellos, que se trepaba a las pilas como un enloquecido chimpancé.
»Me los comía como si fueran ensalada; los libros eran para mí el sandwich del almuerzo, la merienda, la cena y el bocado de medianoche. ¡Arrancaba las páginas, me las comía con sal, las ensopaba con deleite, mordisqueaba las costuras, pasaba capítulos con la lengua! Docenas, cientos, billones de libros. Llevé tantos a casa que anduve años jorobado. Filosofía, historia del arte, política, ciencias sociales; nombra el poema, el ensayo, la obra de teatro que quieras: me los comí todos. Y después... después... —la voz del jefe de bomberos se apaga.
Montag lo apremia: —¿Y después?
—Bueno, me sucedió la vida —El jefe cierra los ojos para recordar—. La vida. Lo de costumbre. Lo mismo. El amor que no marcha del todo, el sueño que se vuelve agrio, el sexo que se hace pedazos, las muertes demasiado rápidas de amigos que no lo merecen, el asesinato de uno, la locura de otro, la lenta muerte de una madre, el suicidio brusco de un padre... una estampida de elefantes enfurecidos, un ataque total de la enfermedad. Y por ninguna parte, ninguna, el libro justo en el momento justo para rellenar la grieta de la presa que se viene abajo y contener la inundación, o recibir una metáfora, perder o encontrar un símil. Hacia el final de los treinta años, al borde ya de los treinta y uno, recogí mis pedazos, cada hueso roto, cada centímetro de carne escoriada, magullada o herida. Me miré en el espejo y perdido bajo el asustado rostro de un joven vi un viejo, vi odio por todo, por cualquier cosa, nombra la que sea y la maldeciré, y abrí las páginas de los magníficos libros de mi biblioteca y ¿qué encontré? ¿Qué, qué?
Montag se aventura: —¿Páginas vacías?
—¡Premio! ¡Sí, en blanco! Bah, estaban las palabras, de acuerdo, pero me resbalaban por los ojos como aceite caliente, sin ningún significado. Sin ofrecer ayuda, ni consuelo, ni paz, ni abrigo, ni amor verdadero, ni cama ni luz.
Montag recuerda: —Hace treinta años... Las quemas finales de bibliotecas...
—Acertado —Beatty asiente—. Y como no tenía trabajo, y era un romántico fracasado, o lo que fuese, me presenté para la primera clase de bomberos. Primero en subir los escalones, primero en entrar en la biblioteca, primero en ese horno, el corazón ardiente de sus compatriotas siempre en llamas, ¡rocíenme con kerosene, pásenme la antorcha!
»Fin de la conferencia. Por esa puerta, Montag. ¡Largo!
Montag se va, con más curiosidad que nunca por los libros, ya en camino de ser un proscrito, cerca ya de que lo persiga y casi destruya el Sabueso Mecánico, mi clon robótico de la gran bestia de los Baskerville creada por Conan Doyle.
En mi obra, el jefe de bomberos ultima al viejo Faber, ese profesor no del todo residente que le habla a Montag a través de la larga noche (por el radio-caracol). ¿Cómo? Beatty sospecha que mediante ese artefacto están adoctrinando a Montag, se lo arranca del oído y le grita al remoto maestro:
—¡Ya vamos por ti! ¡Estamos a la puerta! ¡Subimos la escalera! ¡Te tenemos!
Lo que aterroriza tanto a Faber que el corazón lo destruye.
Buen material, todo esto. Últimamente me ha tentado.
Ha sido una lucha no meterlo en la novela.
Por último, me han escrito muchos lectores protestando por la desaparición de Clarisse, preguntándose qué le pasó.
La misma curiosidad tenía François Truffaut, y en su versión cinematográfica rescató a Clarisse del olvido y la unió al Pueblo de los Libros, que vagan por el bosque recitando sus memorizadas letanías. Yo también tenía necesidad de salvarla, pues al fin y al cabo esa muchacha, aunque bordeara un parloteo embobado, era responsable en muchos sentidos de que Montag empezara a preguntarse por los libros y lo que había en ellos. Por eso en la obra Clarisse se adelanta a darle la bienvenida, poniendo un final algo más feliz a un asunto en esencia más bien lúgubre.
La novela, sin embargo, conserva su primera identidad. No soy partidario de alterar el material de un escritor joven, sobre todo cuando ese escritor joven fui yo. Montag, Beatty, Faber, Clarisse, todos se muestran, se mueven, entran y salen igual que cuando los escribí hace treinta y dos años, a diez centavos la media hora, en el sótano de la biblioteca de la UCLA. No he cambiado un solo pensamiento, ni una palabra.
Un descubrimiento final. Escribo todas mis novelas y cuentos, como han visto, en un chorro de pasión deliciosa.
Sólo hace poco, echando una mirada a la novela, me di cuenta de que Montag tiene el nombre de una fábrica de papel. ¡Y Faber, claro, es el fabricante de lápices! Qué taimado mi inconsciente, llamarlos así.
¡Y no habérmelo dicho!

Ray Bradbury 1982

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10 de febrero de 2011

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Si te tirás, me tiro


Me pasan el dato / me intriga / voy / lo constato.

No es un graffiti más, “si te tirás, me tiro” se lee en el muro de la estación.

Podemos pensar, a partir de ello, una adaptación: Julieta Lee y Romeo Park pertenecen a dos familias rivales, en lucha por el dominio de los supermercados de Belgrano. Ellos se aman, sus familias se odian. No obstante, ellos siguen adelante. Surge un incidente grave: Romeo decide bajar el precio de las gaseosas en sus locales más allá del límite tolerable y el padre de Julieta organiza una eliminación del heredero Park. Paralelamente, decide una boda para su hija.

Julieta, enterada, también planea una treta con la ayuda de su primo, un genio de la física y la química deportado de los Estados Unidos por acoso a una alumna en la universidad en que enseñaba. Este científico que durante el día apila cajones de cerveza en el súper, crea por las noches un holograma a imagen y semejanza de su prima (aunque visto de cerca también tiene algo de su alumna). Finalmente, lo dirige al tren a la vista de los vecinos, para que ellos atestigüen sobre el presunto suicidio que liberará a Julieta.

Ella, bien guardada, envía un mensaje de texto a su Romeo dando cuenta del plan que les permitirá escapar. La red telefónica se ve sorpresivamente interrumpida y el mensaje no llega. El holograma, en cambio, funciona a la perfección

Romeo cruza por la estación y se sorprende al ver a Julieta dirigirse al tren, le grita pero el holograma no escucha. Desesperado, desenfunda un aerosol que compró minutos antes para retocar el frente de uno de los locales de su padre y escribe grande en la pared “si te tirás, me tiro”.

Nada que hacer: holograma se tira, Romeo se tira, Julieta -que vio el mensaje aun en bandeja de salida y se acercó al lugar- al notar lo ocurrido también se tira. Las versiones de los vecinos son discordantes en cuanto al modo y momento en que Julieta se lanzó.

Autor S.A.L.
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Entre bambalinas



Su piel de gallina diagnosticaba que algo grande estaba a punto de suceder.

No sabía cómo había llegado hasta ese punto de la vida, atemorizada porque el lobo le mostrara sus dientes. No llegaba a comprender en qué momento se había transformado en alguien angustiado por las consecuencias.
 
Siempre fue libre, y el letargo que estaba experimentando no era usual en ella.

Estaba cansada de los revolcones en la alfombra del salón, del humo a escondidas, de los arrepentimientos.

Era el día, el día para plantarle cara a sus mayores miedos.

No pudo pensárselo dos veces, y alzándose entre bambalinas de cemento se promulgó reina de los cielos. Fijando su mirada en el horizonte, concentrada sólo en su ecléptico movimiento, se olvidó por un momento de sí misma, de todo aquello que le rondaba en la cabeza.

Volvió a sentir la libertad, allí, en una plataforma que mediaba entre el abismo. Después de tantos intentos lograba lo que buscaba desde hacía años, estar sola, sentirse a sí misma, contemplando al mundo desde otra perspectiva, eliminar esa rutina de la cual se definía presa.

Ahora, todo estaba en sus manos, seguir o quedarse quieta. Saltar o reproducir de nuevo la misma película. Ahora, todo era cuestión de tiempo.



Autor: Alice




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9 de febrero de 2011

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colegio de monjas (foto de una nena buena)


El uniforme
Los primeros días de marzo tenían un encanto especial. Nos preparábamos para empezar el colegio casi casi como esperábamos Navidad.
Seguro que iba a tener zapatos nuevos. Y claro que eran para el colegio y para fiestas familiares. A veces pasábamos todo el día con ellos.
Aunque me gustaban los de suela finita mamá nos compraba lo más duradero. Hasta que aparecieron los Gomycuer usábamos los de suela bien gruesa. Y entonces a rogar que no se le saliera el botón ya que iríamos a lo de Capri a hacerlo arreglar. Si él arreglaba media suela o taco, a desear que ningún clavito nos perforara el pie.
Casi siempre zoquetes bien gruesitos, el streech no existía y las medias zurcidas eran parte del vestuario. Y a guardarlas acomodaditas, del derecho, rollito y dobladas sobre sí mismas, eran lindos almohadoncitos.
No se te iba a ocurrir ir con medias con algún dibujito o fantasía. Todo liso…-esas medias no son de uniforme-! Te recibirías en público el bochorno.
En invierno y verano la pollera tableada...y fueres de la altura que fueres el largo se medía desde el piso y sería de 30 cms. el máximo de distancia hasta el borde de las tablas. Y semejante pollerón, de sarga de lana, te lo bancabas en verano y sin chistar. Además iba tomado a un corpiño de tela barata… de cintura, ni hablar.
Las blusitas de color crudo nunca eran frescas. De manga larga, no sea que muestres un pedacito de tu pielcita. Y con moño atado junto al cuello. Mamá nos hacía la ropa y por ahí llegaba alguna camisa vieja del Opapá y se transformaba en blusa de uniforme.
Todo era de uniforme. El ancho de las tablas de la pollera y del guardapolvo, porque encima de todo ese ropaje iba el delantal, que tenía que llevar tres tabloncitos, el cinto cocido y cuello que permitiera ver el cuellito del uniforme de invierno. Más que por supuesto, todo lo blanco: almidonado.
Si tenías frío el abrigo debía ir debajo del uniforme que para invierno tenía una casaca de la misma tela de la pollera, con los tres tabloncitos y manga larga, todo forrado, of course. Y el cuellito…. El cuellito vainillado tipo cuello de cura, debía estar impecable y reitero: almidonado.
Cuando había eventos festivos se acompañaba todo esto con guantes blancos que tendrían los tres pespuntes y nada de puntillitas ni pavadas. Aah y que no le falte botón.
Una boina acompañaba el uniforme de diario podríamos decir, que nos colocábamos para entrar a la capilla. Y no le cortes el pitutito…Y si la fiesta era súper fantástica iríamos de sombrero. Eso era para algún acontecimiento de visita de madre general, o algún obispo o qué se yo.
Para invierno el tapadito era igual de largo que la pollera y con botones marineros no lisos ni con otro chirimbolo. Y que no faltara ni uno.
Se podía usar un saquito azul, sin dibujitos y debajo del guardapolvo. Usábamos sacos que nos tejían las abuelas, o mamá cuando tuvo su primera máquina de tejer… qué tipa práctica. Pero a mí me gustaban los saquitos comprados que eran finitos y tenían botones transparentes, aunque te los harían cambiar por botones opacos. Igual los nuestros eran siempreartesanales. Como las bufandas, azul marino, de uniforme.
Nada de pelito largo suelto… -eh, qué estás por hacer con la libertad-? Cola de caballo, o rodete o vincha o trenzas que era mi caso, con moño azul bien planchadito. Para que todos los días las cintas estuvieran planchadas, mamá las mojaba y las planchaba escurriéndolas en el cilindro del toallero y ahí salían mis trenzas con sus moños perfectos.
Y bueno, …apurate a terminar la leche que ya viene el colectivo.. le decíamos por el nombre del chofer creo..
Como si esto fuera poco, en casa, mamá nos tenía preparados los guardapolvos de casa. Es decir que nunca había oportunidad de estar vestido de persona. Rafa y nosotras usábamos los cubre ropa que hacía mamá o la Oma.
Nos quejábamos? Yo no me acuerdo… recuerdo que me gustaba estar vestida sin esos cubregente, seguramente era un ahorro de lavado …
Y así empezaba mi vida uniforme. ………….. todo igual… todas nenas… los dos primeros años había algún varón que luego debería irse. Todas “blancas palomitas” en la jaulita de las hermanas azules……..en punto, entrábamos por la calle Acevedo. Y a rezar, izar la bandera y no torcer la fila, una baldosa entre cada niña!!! Distancia! Firmes! Bonjour ma soeur, bonjour ma mère.
Autor : Marga Grigera
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8 de febrero de 2011

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NSE recomienda : Revista Orsai

La mejor forma de terminar con la piratería de nuestras obras es regalándolas ¿cierto? , pero he aquí un dilema de subsistencia que no podemos obviar. ¿Cuales serán entonces los recursos para solventar las necesidades primarias del creador y su familia?. Hernán Casciari parece tener la respuesta. Seguro de la relación física ineludible entre el lector y el objeto libro, su textura y sus aromas, no duda ni por un segundo que el lector estará dispuesto a poseer un ejemplar, aún sin conocer el contenido y aunque se ofrezca en forma gratuita su descarga en la Red. Ya a mediados del año pasado entregó en su blog la descarga de su libro "El pibe que arruinaba las fotos" que la editorial  Plaza & Janés  estaba por distribuir a nivel mundial. No le tembló el pulso aquella vez y los resultados deben haber sido tan auspiciosos que ahora se da a la tarea de publicar una revista de 208 páginas (medio kilo de peso) en una tirada única de 10.080 ejemplares y al mismo tiempo regalarla por Internet. Si, usted ha acertado: la revista se agotó y ya está por salir el segundo número con autores de gran valía.
Veamos como lo expresa Hernán Casciari en sus propias palabras.

El fin de la piratería
Este es el texto más caro de Orsai. Y el que más ganas tenía de publicar. Lo que sigue, dividido en tres partes porque pesa mucho, es el pdf de una revista de 208 páginas que acabó de distribuirse ayer a más de diez mil lectores en todo el mundo. A este pdf no lo colgó un anónimo en Rapidshare, no está en la clandestinidad de la Red. Todos los artistas que escriben y dibujan en este pdf cobraron sus honorarios. Y ahora la obra es gratuita. En este sencillo acto, damos por finalizado el problema de la piratería editorial en Internet.
 Hernán Casciari
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El número dos ya está a la venta y tan solo por cuarenta días.
Ir a Orsai  
 Obras de este autor nacido de un blog:

Más respeto, que soy tu madre (2005). Plaza & Janés (ISBN 84-013-3563-1)
Diario de una mujer gorda (2006). Ed. Sudamericana / De Bolsillo. (ISBN 987-566-186-4)
España perdiste (2007). Plaza & Janés. (ISBN 84-013-7970-3)
España, decí alpiste (2008). Ed. Sudamericana. (ISBN 978-950-072-947-5)
El pibe que arruinaba las fotos (2009). Plaza & Janés. (ISBN 84-013-8973-3)
El nuevo paraíso de los tontos (2010). Plaza & Janés. (ISBN 978-84-01-33765-99)
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