29 de enero de 2011

el comentario 5 comentarios

Eclipse


Un fugaz resplandor rasgó la noche

en mil luciérnagas de iridiscente rayo,

se plegó el silencio en geométrico desmayo

y el sonido de mi voz brotó en el ángulo.

Enmudeció el espacio,

solo era yo vibrando, con

el sonido estelar

de un mantra planetario.

Llegó la luz

me puso en movimiento,

circunvalando lo que conozco y amo,

desplegué en órbita mis manos

hasta tocar el vértice cristal de tu recuerdo

y… despertarlo.

Autor : Maria Rosa Albarracín.
Leer más

28 de enero de 2011

el comentario 7 comentarios

Nos cuentan los maestros I - Edgar Allan Poe

Método de composición

Edgar Allan Poe (1809-1849)

En una nota que en estos momentos tengo a la vista, Charles Dickens dice lo siguiente, refiriéndose a un análisis que efectué del mecanismo de Barnaby Rudge: "¿Saben, dicho sea de paso, que Godwin escribió su Caleb Williams al revés? Comenzó enmarañando la materia del segundo libro y luego, para componer el primero, pensó en los medios de justificar todo lo que había hecho".

Se me hace difícil creer que fuera ése precisamente el modo de composición de Godwin; por otra parte, lo que él mismo confiesa no está de acuerdo en manera alguna con la idea de Dickens. Pero el autor de Caleb Williams era un autor demasiado entendido para no percatarse de las ventajas que se pueden lograr con algún procedimiento semejante.

Si algo hay evidente es que un plan cualquiera que sea digno de este nombre ha de haber sido trazado con vistas al desenlace antes que la pluma ataque el papel. Sólo si se tiene continuamente presente la idea del desenlace podemos conferir a un plan su indispensable apariencia de lógica y de causalidad, procurando que todas las incidencias y en especial el tono general tienda a desarrollar la intención establecida.

Creo que existe un radical error en el método que se emplea por lo general para construir un cuento. Algunas veces, la historia nos proporciona una tesis; otras veces, el escritor se inspira en un caso contemporáneo o bien, en el mejor de los casos, se las arregla para combinar los hechos sorprendentes que han de tratar simplemente la base de su narración, proponiéndose introducir las descripciones, el diálogo o bien su comentario personal donde quiera que un resquicio en el tejido de la acción brinde la ocasión de hacerlo.

A mi modo de ver, la primera de todas las consideraciones debe ser la de un efecto que se pretende causar. Teniendo siempre a la vista la originalidad (porque se traiciona a sí mismo quien se atreve a prescindir de un medio de interés tan evidente), yo me digo, ante todo: entre los innumerables efectos o impresiones que es capaz de recibir el corazón, la inteligencia o, hablando en términos más generales, el alma, ¿cuál será el único que yo deba elegir en el caso presente?

Habiendo ya elegido un tema novelesco y, a continuación, un vigoroso efecto que producir, indago si vale más evidenciarlo mediante los incidentes o bien el tono o bien por los incidentes vulgares y un tono particular o bien por una singularidad equivalente de tono y de incidentes; luego, busco a mi alrededor, o acaso mejor en mí mismo, las combinaciones de acontecimientos o de tomos que pueden ser más adecuados para crear el efecto en cuestión.
He pensado a menudo cuán interesante sería un artículo escrito por un autor que quisiera y que pudiera describir, paso a paso, la marcha progresiva seguida en cualquiera de sus obras hasta llegar al término definitivo de su realización.

Me sería imposible explicar por qué no se ha ofrecido nunca al público un trabajo semejante; pero quizá la vanidad de los autores haya sido la causa más poderosa que justifique esa laguna literaria. Muchos escritores, especialmente los poetas, prefieren dejar creer a la gente que escriben gracias a una especie de sutil frenesí o de intuición extática; experimentarían verdaderos escalofríos si tuvieran que permitir al público echar una ojeada tras el telón, para contemplar los trabajosos y vacilantes embriones de pensamientos. La verdadera decisión se adopta en el último momento, ¡a tanta idea entrevista!, a veces sólo como en un relámpago y que durante tanto tiempo se resiste a mostrarse a plena luz, el pensamiento plenamente maduro pero desechado por ser de índole inabordable, la elección prudente y los arrepentimientos, las dolorosas raspaduras y las interpolación. Es, en suma, los rodamientos y las cadenas, los artificios para los cambios de decoración, las escaleras y los escotillones, las plumas de gallo, el colorete, los lunares y todos los aceites que en el noventa y nueve por ciento de los casos son lo peculiar del histrión literario.
Por lo demás, no se me escapa que no es frecuente el caso en que un autor se halle en buena disposición para reemprender el camino por donde llegó a su desenlace.

Generalmente, las ideas surgieron mezcladas; luego fueron seguidas y finalmente olvidadas de la misma manera.
En cuanto a mí, no comparto la repugnancia de que acabo de hablar, ni encuentro la menor dificultad en recordar la marcha progresiva de todas mis composiciones. Puesto que el interés de este análisis o reconstrucción, que se ha considerado como un desiderátum en literatura, es enteramente independiente de cualquier supuesto ideal en lo analizado, no se me podrá censurar que salte a las conveniencias si revelo aquí el modus operandi con que logré construir una de mis obras. Escojo para ello El cuervo debido a que es la más conocida de todas. Consiste mi propósito en demostrar que ningún punto de la composición puede atribuirse a la intuición ni al azar; y que aquélla avanzó hacia su terminación, paso a paso, con la misma exactitud y la lógica rigurosa propias de un problema matemático.

Puesto que no responde directamente a la cuestión poética, prescindamos de la circunstancia, si lo prefieren, la necesidad, de que nació la intención de escribir un poema tal que satisficiera al propio tiempo el gusto popular y el gusto crítico.

Mi análisis comienza, por tanto, a partir de esa intención.

La consideración primordial fue ésta: la dimensión. Si una obra literaria es demasiado extensa para ser leída en una sola sesión, debemos resignarnos a quedar privados del efecto, soberanamente decisivo, de la unidad de impresión; porque cuando son necesarias dos sesiones se interponen entre ellas los asuntos del mundo, y todo lo que denominamos el conjunto o la totalidad queda destruido automáticamente. Pero, habida cuenta de que coeteris paribus, ningún poeta puede renunciar a todo lo que contribuye a servir su propósito, queda examinar si acaso hallaremos en la extensión alguna ventaja, cual fuere, que compense la pérdida de unidad aludida. Por el momento, respondo negativamente. Lo que solemos considerar un poema extenso en realidad no es más que una sucesión de poemas cortos, es decir, de efectos poéticos breves. Es inútil sostener que un poema no es tal sino en cuanto eleva el alma y te reporta una excitación intensa: por una necesidad psíquica, todas las excitaciones intensas son de corta duración. Por eso, al menos la mitad del "Paraíso perdido" no es más que pura prosa: hay en él una serie de excitaciones poéticas salpicadas inevitablemente de depresiones. En conjunto, la obra toda, a causa de su extensión excesiva, carece de aquel elemento artístico tan decisivamente importante: totalidad o unidad de efecto.

En lo que se refiere a las dimensiones hay, evidentemente, un límite positivo para todas las obras literarias: el límite de una sola sesión. Ciertamente, en ciertos géneros de prosa, como Robinson Crusoe, no se exige la unidad, por lo que aquel límite puede ser traspasado: sin embargo, nunca será conveniente traspasarlo en un poema. En el mismo límite, la extensión de un poema debe hallarse en relación matemática con el mérito del mismo, esto es, con la elevación o la excitación que comporta; dicho de otro modo, con la cantidad de auténtico efecto poético con que pueda impresionar las almas. Esta regla sólo tiene una condición restrictiva, a saber: que una relativa duración es absolutamente indispensable para causar un efecto, cualquiera que fuere.

Teniendo muy presentes en mí ánimo estas consideraciones, así como aquel grado de excitación que nos situaba por encima del gusto popular y por debajo del gusto crítico, concebí ante todo una idea sobre la extensión idónea para el poema proyectado: unos cien versos aproximadamente. En realidad cuenta exactamente ciento ocho.
Mi pensamiento se fijó seguidamente en la elevación de una impresión o de un efecto que causar. Aquí creo que conviene observar que, a través de este trabajo de construcción, tuve siempre presente la voluntad de lograr una obra universalmente apreciable.

Me alejaría demasiado de mi objeto inmediato presente si me entretuviese en demostrar un punto en que he insistido muchas veces: que lo bello es el único ámbito legítimo de la poesía. Con todo, diré unas palabras para presentar mi verdadero pensamiento, que algunos amigos míos se han apresurado demasiado a disimular. El placer a la vez más intenso, más elevado y más puro no se encuentra -según creo- más que en la contemplación de lo bello. Cuando los hombres hablan de belleza no entienden precisamente una cualidad, como se supone, sino una impresión: en suma, tienen presente la violenta y pura elevación del alma -no del intelecto ni del corazón- que ya he descrito y que resulta de la contemplación de lo bello. Ahora bien, yo considero la belleza como el ámbito de la poesía, porque es una regla evidente del arte que los efectos deben brotar necesariamente de causas directas, que los objetos deben ser alcanzados con los medios más apropiados para ello -ya que ningún hombre ha sido aún bastante necio para negar que la elevación singular de que estoy tratando se halle más fácilmente al alcance de la poesía. En cambio, el objeto verdad, o satisfacción del intelecto, y el objeto pasión, o excitación del corazón, son mucho más fáciles de alcanzar por medio de la prosa aunque, en cierta medida, queden también al alcance de la poesía.

En resumen, la verdad requiere una precisión, y la pasión una familiaridad (los hombres verdaderamente apasionados me comprenderán) radicalmente contrarias a aquella belleza, que no es sino la excitación -debo repetirlo- o el embriagador arrobamiento del alma.

De todo lo dicho hasta el presente no puede en modo alguno deducirse que la pasión ni la verdad no puedan ser introducidas en un poema, incluso con beneficio para éste; ya que pueden servir para aclarar o para potenciar el efecto global, como las disonancias por contraste. Pero el auténtico artista se esforzará siempre en reducirlas a un papel propicio al objeto principal que se pretenda, y además en rodearlas, tanto como pueda, de la nube de belleza que es atmósfera y esencia de la poesía. En consecuencia, considerando lo bello como mi terreno propio, me pregunté entonces: ¿cuál es el tono para su manifestación más alta? Éste había de ser el tema de mi siguiente meditación. Ahora bien, toda la experiencia humana coincide en que ese tono es el de la tristeza. Cualquiera que sea su parentesco, la belleza, en su desarrollo supremo, induce a las lágrimas, inevitablemente, a las almas sensibles. Así, pues, la melancolía es el más idóneo de los tonos poéticos.

Una vez determinados así la dimensión, el terreno y el tono de mi trabajo, me dediqué a la busca de alguna curiosidad artística e incitante, que pudiera actuar como clave en la construcción del poema: de algún eje sobre el que toda la máquina hubiera de girar; empleando para ello el sistema de la introducción ordinaria. Reflexionando detenidamente sobre todos los efectos de arte conocidos o, más propiamente, sobre todo los medios de efecto -entendiendo este término en su sentido escénico-, no podía escapárseme que ninguno había sido empleado con tanta frecuencia como el estribillo. La universalidad de éste bastaba para convencerme acerca de su intrínseco valor, evitándome la necesidad de someterlo a un análisis. En cualquier caso, yo no lo consideraba sino en cuanto susceptible de perfeccionamiento; y pronto advertí que se encontraba aún en un estado primitivo. Tal como habitualmente se emplea, el estribillo no sólo queda limitado a las composiciones líricas, sino que la fuerza de la impresión que debe causar depende del vigor de la monotonía en el sonido y en la idea. Solamente se logra el placer mediante la sensación de identidad o de repetición. Entonces yo resolví variar el efecto, con el fin de acrecentarlo, permaneciendo en general fiel a la monotonía del sonido, pero alterando continuamente el de la idea: es decir, me propuse causar una serie continua de efectos nuevos con una serie de variadas aplicaciones del estribillo, dejando que éste fuese casi siempre parecido.

Habiendo ya fijado estos puntos, me preocupé por la naturaleza de mi estribillo: puesto que su aplicación tenía que ser variada con frecuencia, era evidente que el estribillo en cuestión había de ser breve, pues hubiera sido una dificultad insuperable variar frecuentemente las aplicaciones de una frase un poco extensa. Por supuesto, la facilidad de variación estaría proporcionada a la brevedad de una frase. Ello me condujo seguidamente a adoptar como estribillo ideal una única palabra. Entonces me absorbió la cuestión sobre el carácter de aquella palabra. Habiendo decidido que habría un estribillo, la división del poema en estancias resultaba un corolario necesario, pues el estribillo constituye la conclusión de cada estrofa. No admitía duda para mí que semejante conclusión o término, para poseer fuerza, debía ser necesariamente sonora y susceptible de un énfasis prolongado: aquellas consideraciones me condujeron inevitablemente a la o larga, que es la vocal más sonora, asociada a la r, porque ésta es la consonante más vigorosa.

Ya tenía bien determinado el sonido del estribillo. A continuación era preciso elegir una palabra que lo contuviese y, al propio tiempo, estuviese en el acuerdo más armonioso posible con la melancolía que yo había adoptado como tono general del poema. En una búsqueda semejante, hubiera sido imposible no dar con la palabra nevermore (nunca más). En realidad, fue la primera que se me ocurrió.

El siguiente fue éste: ¿cual será el pretexto útil para emplear continuamente la palabra nevermore? Al advertir la dificultad que se me planteaba para hallar una razón válida de esa repetición continua, no dejé de observar que surgía tan sólo de que dicha palabra, repetida tan cerca y monótonamente, había de ser proferida por un ser humano: en resumen, la dificultad consistía en conciliar la monotonía aludida con el ejercicio de la razón en la criatura llamada a repetir la palabra. Surgió entonces la posibilidad de una criatura no razonable y, sin embargo, dotada de palabra: como lógico, lo primero que pensé fue un loro; sin embargo, éste fue reemplazado al punto por un cuervo, que también está dotado de palabra y además resulta infinitamente más acorde con el tono deseado en el poema.

Así, pues, había llegado por fin a la concepción de un cuervo. ¡El cuervo, ave de mal agüero!, repitiendo obstinadamente la palabra nevermore al final de cada estancia en un poema de tono melancólico y una extensión de unos cien versos aproximadamente. Entonces, sin perder de vista el superlativo o la perfección en todos los puntos, me pregunté: entre todos los temas melancólicos, ¿cuál lo es más, según lo entiende universalmente la humanidad? Respuesta inevitable: ¡la muerte! Y, ¿cuándo ese asunto, el más triste de todos, resulta ser también el más poético? Según lo ya explicado con bastante amplitud, la respuesta puede colegirse fácilmente: cuando se alíe íntimamente con la belleza. Luego la muerte de una mujer hermosa es, sin disputa de ninguna clase, el tema más poético del mundo; y queda igualmente fuera de duda que la boca más apta para desarrollar el tema es precisamente la del amante privado de su tesoro.

Tenía que combinar entonces aquellas dos ideas: un amante que llora a su amada perdida. Y un cuervo que repite continuamente la palabra nevermore. No sólo tenía que combinarlas, sino además variar cada vez la aplicación de la palabra que se repetía: pero el único medio posible para semejante combinación consistía en imaginar un cuervo que aplicase la palabra para responder a las preguntas del amante. Entonces me percaté de la facilidad que se me ofrecía para el efecto de que mi poema había de depender: es decir, el efecto que debía producirse mediante la variedad en la aplicación del estribillo.

Comprendí que podía hacer formular la primera pregunta por el amante, a la que respondería el cuervo: nevermore; que de esta primera pregunta podía hacer una especie de lugar común, de la segunda algo menos común, de la tercera algo menos común todavía, y así sucesivamente, hasta que por último el amante, arrancado de su indolencia por la índole melancólica de la palabra, su frecuente repetición y la fama siniestra del pájaro, se encontrase presa de una agitación supersticiosa y lanzase locamente preguntas del todo diversas, pero apasionadamente interesantes para su corazón: unas preguntas donde se diesen a medias la superstición y la singular desesperación que halla un placer en su propia tortura, no sólo por creer el amante en la índole profética o diabólica del ave (que, según le demuestra la razón, no hace más que repetir algo aprendido mecánicamente), sino por experimentar un placer inusitado al formularlas de aquel modo, recibiendo en el nevermore siempre esperado una herida reincidente, tanto más deliciosa por insoportable.

Viendo semejante facilidad que se me ofrecía o, mejor dicho, que se me imponía en el transcurso de mi trabajo, decidí primero la pregunta final, la pregunta definitiva, para la que el nevermore sería la última respuesta, a su vez: la más desesperada, llena de dolor y de horror que concebirse pueda.

Aquí puedo afirmar que mi poema había encontrado su comienzo por el fin, como debieran comenzar todas las obras de arte: entonces, precisamente en este punto de mis meditaciones, tomé por vez primera la pluma, para componer la siguiente estancia:

¡Profeta! Aire, ¡ente de mal agüero! ¡Ave o demonio, pero profeta siempre!
Por ese cielo tendido sobre nuestras cabezas, por ese Dios que ambos adoramos,
di a esta alma cargada de dolor si en el Paraíso lejano
podrá besar a una joven santa que los ángeles llaman Leonor,
besar a una preciosa y radiante joven que los ángeles llaman Leonor.
El cuervo dijo: "¡Nunca más!"

Sólo entonces escribí esta estancia: primero, para fijar el grado supremo y poder de este modo, más fácilmente, variar y graduar, según su gravedad y su importancia, las preguntas anteriores del amante; y en segundo término, para decidir definitivamente el ritmo, el metro, la extensión y la disposición general de la estrofa, así como graduar las que debieran anteceder, de modo que ninguna aventajase a ésta en su efecto rítmico. Si, en el trabajo de composición que debía subseguir, yo hubiera sido tan imprudente como para escribir estancias más vigorosas, me hubiera dedicado a debilitarlas, conscientemente y sin ninguna vacilación, de modo que no contrarrestasen el efecto de crescendo.

Podría decir también aquí algo sobre la versificación. Mi primer objeto era, como siempre, la originalidad. Una de las cosas que me resultan más inexplicables del mundo es cómo ha sido descuidada la originalidad en la versificación. Aun reconociendo que en el ritmo puro exista poca posibilidad de variación, es evidente que las variedades en materia de metro y estancia son infinitas: sin embargo, durante siglos, ningún hombre hizo nunca en versificación nada original, ni siquiera ha parecido desearlo.

Lo cierto es que la originalidad -exceptuando los espíritus de una fuerza insólita- no es en manera alguna, como suponen muchos, cuestión de instinto o de intuición. Por lo general, para encontrarla hay que buscarla trabajosamente; y aunque sea un positivo mérito de la más alta categoría, el espíritu de invención no participa tanto como el de negación para aportarnos los medios idóneos de alcanzarla.

Ni qué decir tiene que yo no pretendo haber sido original en el ritmo o en el metro de El cuervo. El primero es troqueo; el otro se compone de un verso octómetro acataléctico, alternando con un heptámetro cataléctico que, al repetirse, se convierte en estribillo en el quinto verso, y finaliza con un tetrámetro cataléctico. Para expresarme sin pedantería, los pies empleados, que son troqueos, consisten en una sílaba larga seguida de una breve; el primer verso de la estancia se compone de ocho pies de esa índole; el segundo, de siete y medio; el tercero, de ocho; el cuarto, de siete y medio; el quinto, también de siete y medio; el sexto, de tres y medio. Ahora bien, si se consideran aisladamente cada uno de esos versos habían sido ya empleados, de manera que la originalidad de El cuervo consiste en haberlos combinado en la misma estancia: hasta el presente no se había intentado nada que pudiera parecerse, ni siquiera de lejos, a semejante combinación. El efecto de esa combinación original se potencia mediante algunos otros efectos inusitados y absolutamente nuevos, obtenidos por una aplicación más amplia de la rima y de la aliteración.

El punto siguiente que considerar era el modo de establecer la comunicación entre el amante y el cuervo: el primer grado de la cuestión consistía, naturalmente, en el lugar. Pudiera parecer que debiese brotar espontáneamente la idea de una selva o de una llanura; pero siempre he estimado que para el efecto de un suceso aislado es absolutamente necesario un espacio estrecho: le presta el vigor que un marco añade a la pintura. Además, ofrece la ventaja moral indudable de concentrar la atención en un pequeño ámbito; ni que decir tiene que esta ventaja no debe confundirse con la que se obtenga de la mera unidad de lugar.

En consecuencia, decidí situar al amante en su habitación, en una habitación que había santificado con los recuerdos de la que había vivido allí. La habitación se describiría como ricamente amueblada: con objeto de satisfacer las ideas que ya expuse acerca de la belleza, en cuanto única tesis verdadera de la poesía.

Habiendo determinado así el lugar, era preciso introducir entonces el ave: la idea de que ésta penetrase por la ventana resultaba inevitable. Que al amante supusiera, en el primer momento, que el aleteo del pájaro contra el postigo fuese una llamada a su puerta era una idea brotada de mi deseo de aumentar la curiosidad del lector, obligándole a aguardar; pero también del deseo de colocar el efecto incidental de la puerta abierta de par en par por el amante, que no halla más que oscuridad, y que por ello puede adoptar en parte la ilusión de que el espíritu de su amada ha venido a llamar... Hice que la noche fuera tempestuosa, primero para explicar que el cuervo buscase la hospitalidad; también para crear el contraste con la serenidad material reinante en el interior de la habitación.
Así, también, hice posarse el ave sobre el busto de Palas para establecer el contraste entre su plumaje y el mármol. Se comprende que la idea del busto ha sido suscitada únicamente por el ave; que fuese precisamente un busto de Palas se debió en primer lugar a la relación íntima con la erudición del amante y en segundo término a causa de la propia sonoridad del nombre de Palas.

Hacia mediados del poema, exploté igualmente la fuerza del contraste con el objeto de profundizar la que sería la impresión final. Por eso, conferí a la entrada del cuervo un matiz fantástico, casi lindante con lo cómico, al menos hasta donde mi asunto lo permitía. El cuervo penetra con un tumultuoso aleteo.

No hizo ni la menor reverencia, no se detuvo, no vaciló ni un minuto;
pero con el aire de un señor o de una dama, colgóse sobre la puerta de mi habitación.

En las dos estancias siguientes, el propósito se manifiesta aun más:

Entonces aquel pájaro de ébano, que por la gravedad de su postura y la severidad
de su fisonomía inducía a mi triste imaginación a sonreír:

"Aunque tu cabeza", le dije, "no lleve ni capote ni cimera,
ciertamente no eres un cobarde, lúgubre y antiguo cuervo partido de las riberas de la noche.
¡Dime cuál es tu nombre señorial en las riberas de la noche plutónica!"
El cuervo dijo: "¡Nunca más!".

Me maravilló que aquel desgraciado volátil entendiera tan fácilmente la palabra,
si bien su respuesta no tuvo mucho sentido y no me sirvió de mucho;
porque hemos de convenir en que nunca más fue dado a un hombre vivo
el ver a un ave encima de la puerta de su habitación,
a un ave o una bestia sobre un busto esculpido encima de la puerta de su habitación,
llamarse un nombre tal como "¡Nunca más!".

Preparado así el efecto del desenlace, me apresuro a abandonar el tono fingido y adoptar el serio, más profundo: este cambio de tono se inicia en el primer verso de la estancia que sigue a la que acabo de citar:

Mas el cuervo, posado solitariamente en el busto plácido, no profirió..., etc.

A partir de este momento, el amante ya no bromea; ya no ve nada ficticio en el comportamiento del ave. Habla de ella en los términos de una triste, desgraciada, siniestra, enjuta y augural ave de los tiempos antiguos y siente los ojos ardientes que le abrasan hasta el fondo del corazón. Esa transición de su pensamiento y esa imaginación del amante tienen como finalidad predisponer al lector a otras análogas, conduciendo el espíritu hacia una posición propicia para el desenlace, que sobrevendrá tan rápida y directamente como sea posible. Con el desenlace propiamente dicho, expresado en el jamás del cuervo en respuesta a la última pregunta del amante -¿encontrará a su amada en el otro mundo?-, puede considerarse concluido el poema en su fase más clara y natural, la de simple narración. Hasta el presente, todo se ha mantenido en los límites de lo explicable y lo real.

Un cuervo ha aprendido mecánicamente la única palabra jamás; habiendo huido de su propietario, la furia de la tempestad le obliga, a medianoche, a pedir refugio en una ventana donde aún brilla una luz: la ventana de un estudiante que, divertido por el incidente, le pregunta en broma su nombre, sin esperar respuesta. Pero el cuervo, al ser interrogado, responde con su palabra habitual, nunca más: palabra que inmediatamente suscita un eco melancólico en el corazón del estudiante; y éste, expresando en voz alta los pensamientos que aquella circunstancia le sugiere, se emociona ante la repetición del jamás. El estudiante se entrega a las suposiciones que el caso le inspira; mas el ardor del corazón humano no tarda en inclinarle a martirizarse, así mismo y también por una especie de superstición a formularle preguntas que la respuesta inevitable, el intolerable "nunca más", le proporcione la más horrible secuela de sufrimiento, en cuanto amante solitario. La narración en lo que he designado como su primera fase o fase natural, halla su conclusión precisamente en esa tendencia del corazón a la tortura, llevada hasta el último extremo: hasta aquí, no se ha mostrado nada que pase los límites de la realidad.

Pero, en los temas manejados de esta manera, por mucha que sea la habilidad del artista y mucho el lujo de incidentes con que se adornen, siempre quedan cierta rudeza y cierta desnudez que dañan la mirada de la persona sensible. Dos elementos se exigen eternamente: por una parte, cierta suma de complejidad, dicho con mayor propiedad, de combinación; por otra cierta cantidad de espíritu sugestivo, algo así como una vena subterránea de pensamiento, invisible e indefinido. Esta última cualidad es la que le confiere a la obra de arte el aire opulento que a menudo cometemos la estupidez de confundir con el ideal. Lo que transmuta en prosa -y prosa de la más baja estofa-, la pretendida poesía de los que se denominan trascendentalistas, es justamente el exceso en la expresión del sentido que sólo debe quedar insinuado, la manía de convertir la corriente subterránea de una obra en la otra corriente, visible en la superficie.

Convencido de ello, añadí las dos estancias que concluyen el poema, porque su calidad sugestiva había de penetrar en toda la narración antecedente. La corriente subterránea del pensamiento se muestra por primera vez en estos versos:

Arranca tu pico de mi corazón y precipita tu espectro lejos de mi puerta.
El cuervo dijo: "Nunca más".

Quiero subrayar que la expresión "de mi corazón" encierra la primera expresión poética. Estas palabras, con la correspondiente respuesta, jamás, disponen el espíritu a buscar un sentido moral en toda la narración que se ha desarrollado anteriormente.
Entonces el lector comienza a considerar el cuervo como un ser emblemático pero sólo en el último verso de la última estancia puede ver con nitidez la intención de hacer del cuervo el símbolo del recuerdo fúnebre y eterno.

Y el cuervo, inmutable, sigue instalado, siempre instalado
sobre el busto plácido de Palas, justo encima de la puerta de mi habitación;
y sus ojos parecen los ojos de un demonio que medita;
y la luz de la lámpara, que le chorrea encima, proyecta su sombra en el suelo;
y mi alma, fuera del círculo de aquella sombra que yace flotando en el suelo,
no podrá elevarse ya más, ¡nunca más!

 
Método de composición - Edgar Allan Poe
Leer más

27 de enero de 2011

el comentario 4 comentarios

María


El agua, un elemento que da sensación de tranquilidad, de fluidez. Un elemento que siempre logra "hacer" su propio camino, que se abre paso, sin importar las piedras, tierras, ramas, que se interpongan en su caudal.
Quizás es un elemento que para muchas personas no es mas que un recurso vital, pero para otras significa mucho mas que eso, o por lo menos para mi es así.
Yo soy una persona muy extrovertida, alborotada y atrevida, en cambio mi mejor amiga, Maria, era mucho mas pacifica, tranquila, ella siempre estaba intentando buscar caminos alternativos. 
Para nosotras nuestra amistad era lo mejor que teníamos,  pero como siempre no todo estaba bien, pues, Maria, tenia un extraña y grave enfermedad lo cual hacia que disfrutemos cada momento, y obviamente siempre quede un gustillo a tristeza por el entorno que ella vivía. y esa tristeza se iba haciendo cada vez mas grande, porque ella empeoraba cada vez mas -creo que con decir que ya no pasaba tiempo en su casa sino en el hospital digo suficiente, ella estaba internada-
La mejoría se había convertido en una utopía para mi, y los médicos lo confirmaban, yo sabia lo que pensaban "esta comenzando una paulatina pero segura agonía"
Poco tiempo después, una noche de primavera, yo fui a un lago que maria y yo visitábamos seguido cuando ella estaba instalada en su casa. Mientras me acercaba vi la silueta de una chica, en un primer momento pensé que era Maria pero era imposible, pero por desgracia si era ella; cuando ella se acerco a mi me dijo que se había escapado porque quería estar cerca del lago. En ese momento yo sabia que era su ultimo deseo antes de partir, estar en ese lago que había presenciado la amistad de dos mejores amigas como nunca hubieron en el mundo , y las lagrimas plateadas comenzaron a caer por mi cara, ella se puso a llorar conmigo pero con la tranquilidad de siempre, luego de una milésima me abrazo y me dijo al oído con un susurro de tristeza pero lleno de paz, que tenia que ser fuerte que siempre a pesar de cualquier obstáculo encontraria la manera de seguir. una vez que termino de abrazarme, vi con una profunda tristeza como dejaba el mundo donde habia quedado nuestra amistad, como yo me iba alejando viéndola con su brillo pacifico.
Desde ese momento yo recuerdo a mi mejor amiga, a travez del agua, de ese lago en especial, siento como si dentro de ese pequeño lago hayan quedado inscriptas todas las vivencias con ella, y ella misma; como si toda nuestra amistad y junto con maría hayan quedado flotando en el agua.
 
Autor: Camila
Leer más

24 de enero de 2011

el comentario 3 comentarios

Hijos y caños



Desde hace unos cuantísimos días, en el depto que adquirió en la Capital para que los hijos evitaran las nefastas consecuencias del Ferrocarril Roca y las nocturnas calles solitarias de Temperley City, hubo que cambiar la instalación de gas del edificio…. así como lo digo: ¡La instalación de gas de tooodo el edificio!!!
Y no son dos pisos por escalera!!! Naaaaaaaaaa, son nueve pisos… sacá la cuenta.. de los kilómetros de caño…
Federico ya se quedó un día laboral cuando hicieron la canaleta en la cocina por donde pasaría la nueva cañería … no preguntes dónde se consiguen los azulejos como los que volaron porque no tiene la menor idea…
La cosa es que como hace diez días que ella es abuela, de la divina Catalina que vive con sus divinos papis en LA PATERNAL…. qué te puedo decir…. le queda a un paso.. ¿tiene un subte Temperley-La Paternal? ….. mmmmmmmm, noooooo…
Y … gracias a la Glucosamina no le duele más la rodilla así que puede trasladarse por sus propios medios en combi, subte y bondi y ya está a dos cuadras de Terrero y Alvarez Jonte Ah… no me digas que no sabés dónde queda? ¡Qué poca calle que tenés! Es a tres cuadras o seis del club donde se inició Maradona, el de La Paternal… cuántas veces habrás oído nombrar a “Los Cebollitas”! Eso, bueno, por ahí, vive Marina…. ¿ No es una divina donde vive? Pero son tan lindos, y la beba es un merenguito….
Entonces… como le gusta ir a ver cómo es de linda la nieta y recordar cómo aprende el bebé a tomar la teta y llora y vuelve a tomar y vuelve a llorar y para entonces la abuela se guarda todos los “¿no será que…? o por qué no probás...? shhh, la abuela calla.
Y así fue que combinó con su hijo que visitaban a los de La Paternal y luego se volvía con él para estar a la mañana temprano cuando fueran a terminar de colocar los caños…
Le cuesta bastante dormir fuera de casa desde hace tiempazo, … qué se yo, deben ser los años dice…. Igual se quedó….
Con todo amor Fede al irse a la cama dejó encendido el acondicionador porque hacía frío y cuando se hizo el silencio no le dejaba dormir el ruido del ´aire´. Pero dijo que había programado el apagado entonces era todo silencio, menos el ruido del aparato y pensaba a qué hora lo habría programado. No se iba a levantar a apagarlo porque tendría que buscar los anteojos, buscar la llave de la luz y ver cómo se apagaba, cuando encontrara el control del coso entre otros tres o cuatro controles de otras cosas….
Y … por fin ¡Se apagó! aahhh.....Y disfrutó que no funcionaba el ascensor (como están en el último piso se escucha bastaaaaaante) y disfrutó también que estaban en la hora en que no hay subte porque están justo justo arriba de la vía que va de Facultad de Medicina a Pueyrredón.
Está segura de que se durmió hasta que se despertó con el subte y el ascensor del nuevo dia y se durmió de a ratos otra vez hasta que se levantó Federico… siempre contento él… es un sol.
Se quedó a solas y se preparó unos mates. Por suerte tienen una jarra eléctrica que compraron en Madrid para hacerse sopa o té en el hotel. A Enrique le encantaba el camping en la pieza del hotel, fuera en el Hyatt o la pensión Rosetti…. Y no pierdas de vista que no hay gas estos días en el depto………..qué bien vino la jarrita....
Como a las dos horas tocaron el timbre y era el operario Uno que hizo algunas inspecciones de lo que ya se había hecho….
Para entonces ella ya había practicado una buena ejercitación de ´trapito´ por diversas mugrecitas de la vivienda… Imaginate que si su hijo de 25 tuviera todo impecable, sería algo muuuy raro.
Después apareció el operario Dos, quien empezó a surcar otra canaleta ya que justo su depto tienen una distribución distinta a los demás, entonces era necesario encontrar el mejor lugar para entrar el caño nuevo que dará alimento e higiene a la cotidiana vida. Y después llegó el operario Tres y el Cuatro, todos se turnaron y se retiraron.
A todo esto se hizo el mediodía y algo iba ella a comer… bueno, como esta gente se había ido, aprovechó para ver qué podía ingerir sin ir a la calle a comprar algo, no fuera cosa de que volvieran y no la encontraran….
Su muy amado hijo tenía en las rejillitas cantarinas de su heladera… una bandejita con algo que parecía ser zanahoria rallada en estado de mutación… un limón con unos interesantes tintes azulados tirando al ultramar o al azul de Prusia… el que más te guste.
Y había un paquetito de fiambrería que le hizo pensar… mmm….” esta es la mía”…
En el papel sulfito decía $ 3,60 cosa que le hizo dudar del contenido y tal cual: había lo que se salvó de un incendio, consistente en dos fetas de paleta. Pero bueno, a mal tiempo buena cara y a buen hambre no hay pan duro… Por ahí en la mesa había dos bolsitas de pan lactal, en cada una una rebanada de pan… acertaste, la del comienzo o del final de ambos panes… una era crocante por decir algo gracioso, la otra se doblegó y se dejó transformar en un canapé… había un poco de vino tinto en una botella que calculó contemporáneo de un pedazo de pan dulce que soñaba en una caja de bizcochos de Navidad en estado fosilizado del festejo de los Picapiedras en su última edición… el vinito, algo ajerezado… y se lo mandó mirando por la ventana…. A la mañana Fede había levantado la cortina cuya ventana da a la del vecino y le dijo: qué querés… vista al mar o a la montaña? A esa hora no veía nada , ni por donde los obreros metían el caño en su cocina…
Y entonces como tenía un poco de frío con esta gente trabajando y ventilando el ambiente, se fue a buscar unas medias de Fede y un pullover para no encender al pepe el Split… y medio puteando por el día ya casi vivido en este lugar, no va que se encuentra en el estante de sus remeras mal lavadas y sin planchar… la medalla dorada en cinta roja que le dieron hace poco cuando lo nombraron en su laburo el Mejor Compañero….
-Qué querés que te diga…me decía... me meaba encima....
¡ El mejor compañero! , una medallota grande como una luna llena…. Ahí en el estante de las remeras mal lavadas y sin planchar…. Con una cinta bien bien roja….
y… me dijo: - será el mejor compañero porque cuando viene a casa tiene los mimos de unas ricas milanesas con puré y el jamón Bocatti de lo de Russo… y qué no?… me decía -yo me la creo y listo, claro que tengo algo que ver con la medalla… es que es… es la vida………… tan preciosa!!!!!!!!!! ....me decía ...con un brillito en los ojos!

Autor: Marga Grigera
Leer más

19 de enero de 2011

el comentario 5 comentarios

Lagrimas

                               

Con cariño para mi hijo Alex
para que siga adelante en la vida.


                                                                                        
Las lagrimas inundan su cuerpo
mojan sus órganos derrumbados

emanando de sus ojos tristes

en el manantial del pensamiento presente

jugándole una mala pasada de un pasado que fue feliz.

Las lagrimas mojan poco a poco su almohada

empapando fotos rotas por el dolor

fraccionadas por un simple manotazo

imágenes que plasman de color la felicidad,

la rabia se apodera de esas lagrimas

que intenta calmar ese instante amargo

buscando ayuda y consuelo ante un presente húmedo

que rompe su vida en dos.

Sollozos solitarios que vagan y cabalgan

con el corcel de su vida

buscando un futuro en el tiempo.


Autor: Santiago Medina
Leer más

el comentario 8 comentarios

LA ESPADA EN LA FORJA



A veces, uno no entiende para que se sufre tanto.

O se da cuenta tarde.


Si a mi lado, caminó la muerte,
tantas lóbregas noches rabiosas;
Si caminó a mi lado, tan hermosa,
y no la seguí, habrá sido por verte.
Si yo, que tanto maldije mi suerte,
de no conocer de lechos de rosas,
y solo saber, de pena impiadosa;
y no enloquecí, habrá sido por verte.


Como aquella espada en la forja,
que tanta tortura, no entiende,
de la maza cruel, de la llama roja,
pero que, al fin, ya lista, comprende;
Que no hay triunfo, sin antes derrota;
Sufriría yo más.....si fuese por verte.

Buenas noches.



Autor : El Gaucho Santillán
Leer más

18 de enero de 2011

el comentario 5 comentarios

KASUMI


DEDICO:

Dedico este relato a Joaquín Sabina, que fue el primero que conocí en aquel número siete con sus metáforas cantadas, con sus mentiras de verdad y sus verdades de mentira. Le robó el otoño a los días y me lo entregó en aquel hotel dulce hotel.

Dedico este relato a Ismael Serrano, por atraparme. Porque gracias a él sé que un mundo mejor es posible. Por las utopías. Por los viajes y por su camino de regreso. Por la fragilidad y por la fuerza. Por alinearse con los débiles. Porque si las armas las carga el diablo, las canciones las carga Ismael.

Dedico este relato a Juan José Millás, por dejarme habitar su mundo.

Dedico este relato a S. King. El portador de mis primeros miedos literarios. El primero que me clavó una palabra de madera en el corazón y en mi memoria.

Dedico este relato a Miguel Ríos. Por paisano. Por dejarme nunca solo en el parque de las emociones y las canciones. Por regresar siempre a Granada. Por subir juntos a ese autobús de canciones tristes.

Dedico este relato a Lola Beccaria. Por hacerme el amor con su literatura desnuda y abierta. Por presentarme a su mujer vestida para amar y desnuda para creer y crecer. Por enseñarme a perder con arte y sin ensayo.

Dedico este relato a Bukowski, por prestarme su máquina de follar. Por contarme la verdad aun sin quererla. Por resucitarme al tercer capítulo. Dedico a Bukowski lo que soy y lo que no soy. Por dejar que ande y desande una y otra vez la senda de los perdedores.

Dedico este relato a Ángela Becerra, por los amores negados.

Dedico este relato a Gomaespuma, por hacerme reír en días de tormenta. Por hacerme estremecer con su solidaridad. Porque un día, sintonizándolos, escuché “papa cuéntame otra vez” y lloré.

Dedico este relato a Henry Miller por su París literario. Por hacerme partícipe de sus amores. Por presentarme a Anaïs Nin. Por contar con la riqueza de las palabras y la pobreza de la vida. Por servirme el desayuno en la bandeja de sus trópicos.

Dedico este relato a Anaïs Nin, por prestarme sus diarios. Por ser amante de amantes. Por contagiarse de Miller y retratarlo con palabras en su obra Henry and June.

Dedico este relato a García Lorca, por convertir en palabras todo lo que su alma tocaba. Por no irse. Por no morir, nunca.

Dedico este relato a Benjamín Prado, por polemizar poemizando. Por dejarme habitar sus silencios en voz alta.

Dedico este relato Extremoduro, porque no sólo de pan vive el hombre. Por la irreverencia de las canciones.

Dedico este relato a Fito y los Fitipaldis, por estar, lo más lejos, a mi lado cada vez que he necesitado una canción navegante.

Dedico este relato a Miguel Delibes, por alimentarme con sus ratas. Por los ratos prestados al borde del camino. Por cederme la sombra de su ciprés cargado de literatura perenne.

Dedico este relato a Mario Vargas Llosa, por mostrarme el sufrimiento y las travesuras de su niña mala. Por retratar con su literatura lacerante la caída de Trujillo.

Dedico este relato a Antonio Muñoz Molina, por sus vientos cargados de historias.

Dedico este relato a Zoé Valdés por lo mucho que disfruté con su nada cotidiana. Por escapar de La Habana y acoger la vida parisina siguiendo los pasos de Miller y los verbos de Sartre, Beauvois y Nin.

Dedico este relato a Pedro Juan Gutiérrez, por seguir escribiendo desde su decrépita Habana vieja. Por sus excesos convertidos en literatura. Porque la literatura enriquece aunque esté rodeada de la pobreza más extrema y de la indigencia política más estúpida.

Dedico este relato a John Fante, por inspirar a Bukowski. Por sus preguntas polvorientas y primaverales. Por no dejar que los días pasen en vano mientras se espera a la primavera.

Dedico este relato a Louis Ferdinand Celine, por coger el tren que conduce al fin de la noche. Por describir el sabor de las mujeres y por morir con crédito por ellas en cada una de sus novelas.

Dedico este relato a García Márquez, por sus amores de soledades centenarias. Por sus putas tristes. Por sus pasiones náufragas y redentoras en los tiempos envenenados.

Dedico este relato a Jack Kerouac, por su camino sembrado de literatura reaccionaria.

Dedico este relato a Sam Savage, por sus ratas de biblioteca. Por sus libros carcomidos y polvorientos. Por sucumbir a los encantos de la literatura adiestrada.

Dedico este relato a Catherine Millet, por mostrarme cómo hablan los cuerpos cuando la boca se cierra a cal y canto.

Dedico este relato a Silvio Rodríguez por novelizar sus canciones. Por la voz nunca silenciada. Por sus amores musicados.

Dedico este relato a José Luis Sampedro, por su sonrisa etrusca. Por mostrarme la destreza literaria de la vieja sirena.

Dedico este relato a Javier Álvarez por sus inicios. Por sus principios. Por ser amigo de poetas. Por cantarle a Ángel González. Por emocionarme con su “Padre”.

Dedico este relato a Quique González por su voz pausada cargada de historias aceleradas de amor y desamor. Por inspirar a otros, por acoger en su seno las letras del poeta Luis García Montero.

Dedico este relato a Luis García Montero, porque mañana no será lo que Dios quiera.

Dedico este relato a Pedro Zarraluki, por explicarme en silencio cómo tener éxito con los encargos difíciles. Por su literatura de sabores, por sus verbos cocinados a fuego lento.

Dedico este relato a Felipe Benítez Reyes, por compartir conmigo pensamientos monstruosos.

Dedico este relato a Jack London, por querer al indomable colmillo blanco. Por convertirme en su Martin Eden por el resto de mis días literarios.

Dedico este relato a Coetzee, por ayudarme a descender al infierno de las personas. Aún hoy me siento agraciado cada vez que acaricio con la punta de los dedos su "Desgracia".

Dedico este relato a Saramago, por cegarme con su literatura. Por amar a los nombres.

Dedico este relato a Tabucci, por sostener a Pereira.

Dedico este relato a Neruda, por inspirar a la mitad más unos de los que he citado hace unos segundos. Por prestarme sus frases. Por su literatura epistolar.

Dedico este relato a Andrés Suárez, por ser banda sonora y amigo a la vez. Por sus historias de piedras y charcos. Por su voz y su guitarra. Por posar para mis verbos.

Dedico este relato a Marwan, palabra por palabra.

Dedico este relato a Carlos Chaouen, por su intención de pintar el cielo. Por sus canciones que siembran mi camino.

Al anciano que encontré a las puertas de la Alhambra, por regalarme su historia, le dedico mi relato:

...

Amaba Japón.

Desde siempre había crecido con la ilusión de viajar algún día al país del sol naciente. Anhelaba recorrer sus calles y conocer sus gentes.
Conoció sus primeros dibujos animados antes que nadie gracias al padre de un amigo suyo que era capitán mercante y surcaba los mares y los océanos conocidos.
Y tuvo que callarse cuando apostó por Japón en la segunda guerra mundial, cuando no tuvo piedad de los otros que querían apagar ese sol con las primeras lluvias atómicas. Defendió a los nipones siempre. Voló, triunfó y murió con los camicaces que fenecían enterrándose entre el fuselaje de los acorazados enemigos. Y nunca dejó de amar ese país.

Cada vez que le preguntaban de dónde le venía ese amor patrio por las razones orientales no sabía qué contestar. A veces decía que la culpa la tenía Don Basilio, un maestro republicano que les mostró la bandera. Se enamoró de ese sol siempre rojo intenso. Y empezó a estudiar y a imitar sus costumbres. Cada día le preguntaba al profesor qué comían, cómo dormían, qué hábitos, en definitiva, conformaban su estilo de vida.

Poco a poco Japón se fue instalando en su vida.
Y poco a poco creció. No hubo remedio, así que Japón cedió su lugar a otros más exóticos portados de la mano de los escritores que fue conociendo. De vez en cuando volvía a acordarse del país adoptivo. Y sentía pena porque cada vez eran menos las veces que visitaba, que vivía, que cerraba los ojos para caer en manos de una geisha.

A los veinte años dejó el conservatorio aburrido de la doctrina musical. Quería ser autodidacta. Quería libertad para aprender en libertad. Quería sus ratos y sus silencios y quería comprender el mundo y sus habitantes.
Aprendió lo suficiente y se vio recompensado con una plaza de profesor de guitarra en una academia de flamenco en el Sacromonte granadino.

Cuando conoció a kasumi tenía veinticinco años. Estudiaba becada en la universidad. Y era alumna en la academia donde él enseñaba. Aprendía a bailar. Y entre clase y clase, espiaba las dotes para la docencia musical de Matías. Kasumi amaba el movimiento de sus manos. La calidez de sus notas. La elegancia de su mirada concentrada mientras la guitarra lloraba unas veces, se lamentaba otras y hablaba siempre. Decidió que aprendería a tocar. Solicitó al director del centro que le dejara instruirse junto al joven profesor.

Cuando la vio supo que era japonesa. Se cercioró en cuanto sus intenciones se exploraron. Cuando sus ojos fueron derramando la mirada por el atlas de su fisionomía. La cortedad de ella, la manera de darle la mano sin obsequiarle con la mirada. El temblor de sus labios. La opacidad de su acento. Y él, solícito, aceptó descubrirle los secretos de las seis cuerdas. Las clases serían particulares en el piso que compartía con algunos compañeros. Sellaron un pacto de reciprocidad: Ella le enseñaría el idioma nipón y él le descubriría los secretos de la guitarra.

Así que cada día, después de las clases en la Facultad, se dirigía al piso de Matías. Le gustaba ese lugar. Disfrutaba ese paseo que acompaña a la Alhambra junto al río Darro. Le gustaban los árboles centenarios, el sonido del agua, la luz del otoño casi infinito bañando la ciudad nazarí. Leía a Lorca, sentada en alguno de los puentes, cuando él se retrasaba. Era una procesión que acababa en el barrio del Albaicín.

Durante la primera hora tomaban café y tocaban la guitarra. Durante la segunda hora tomaban té y hablaban japonés. Docencia y aprendizaje. Cada vez con más soltura fluían los verbos y cada vez eran más los dedos que afinaban y construían notas yacentes sobre las palabras pronunciadas.

Durante un año aprendieron los dos lenguajes. Se defendían; él hablando japonés y ella acariciando las cuerdas para lograr una liturgia digna con el instrumento del que se prendó.

Ella se enamoró de la música y de la ciudad. Él se enamoró de ella y de su país. A menudo salieron juntos a contemplar el atardecer desde el mirador de San Nicolás. Y la noche los encontraba silentes, unidos por el cordón umbilical del deseo recién nacido.

Siguieron juntos hasta que el destino los separó. Pensaron que sería temporalmente. Erraron el pronóstico.
El director de la escuela de flamenco le anunció que les contrataban para realizar una gira por Japón y Corea. Les hacía falta un segundo guitarra. Aceptó sin pensárselo dos veces. Nunca pensaba dos veces las cosas en la vida. Nunca sometía a ningún tipo de estudio sus necesidades y sus preferencias. Nunca pedía ayuda ni consejo. Esta vez no hizo excepción alguna.
Le explicó a Kasumi lo de la gira. Y ella, en un español envidiable, le contestó que por fin su sueño se haría realidad. Conocería su país.

Dedicaron los tres meses que faltaban para el inicio de la gira a despedirse. A desacostumbrarse. Los paseos maratonianos dejaron paso a escuetas caminatas preceptivas. Las clases de guitarra fueron silenciándose. Y el idioma nipón se fue congelando en los labios de Matías cada vez que éste murmuraba algo tras besarla.

Ella lo acompañó al aeropuerto. Se despidieron en japonés y como japoneses. Dignos. Ni una sola lágrima, ni un abrazo candoroso. Un escueto beso silencioso y unas miradas anegadas que gritaban desesperadas.

La gira derivó en varias giras por países asiáticos.

Después de cada recital escribía una carta que depositaba en la entrada del hotel donde se hospedaba. Y cada tres semanas recibía respuesta. Así estuvieron hablándose con las misivas. Queriéndose con las letras impresas llenas de dibujos y símbolos. Así estuvieron hasta que la correspondencia cesó.
Nunca supo si fueron los cambios de hotel. Nunca supo qué fue realmente. Pero apremiaba al director a volver a Granada tras cada gira. Y tras cada gira, un éxito, tras cada éxito, otros contratos.

A los once meses volvió a Granada. La buscó en los sitios acordados. Paseó por la ciudad a todas las horas del día. La esperó en los bares donde conversaban y tocaban la guitarra. Montó guardia en la entrada de la Facultad. No dejaba de pensar en lo que le contaría de Japón en cuanto la viera. Sus experiencias, los éxitos cosechados y la promesa de nuevos recitales.

El otoño fue muriendo en los brazos impiadosos del invierno. Otras giras sin saber de ella.
Regresó a Japón y por las calles de Tokio la buscaba. En los bares, en los paseos tras el primer café del día. Tomaba té para mojar sus labios con el sabor de su recuerdo. Pensaba en Kasumi mientras ensayaba y la buscaba con la mirada entre los asistentes sentados en la platea.

Abandonó la compañía a principios de los años ochenta. Buscó refugio en la lectura y en las clases particulares que impartía a los extranjeros universitarios. Pero ella no era ninguna de las personas que requerían sus enseñanzas.

Con lo poco que ahorraba viajaba cada dos años a Japón. Practicaba el idioma y la melancolía practicaba con él.

Hizo caso omiso a la necesidad de opositar para acceder a una plaza de profesor en el conservatorio de la ciudad.
Cada vez los viajes a Japón se fueron espaciando más en el tiempo. Pocas veces no pensaba en ella cuando estaba en los brazos de otra mujer. Nunca le sedujo otro país ni le llamaron la atención otras costumbres que no fueran las niponas. Nunca iba al cine excepto cuando proyectaban alguna película donde tuviera como protagonista al pueblo japonés.

Miraba cada día el buzón. Facturas. Y cuando cambió de dirección, de vez en cuando volvía a su viejo piso del Albaicín. Se sentaba en algún bar a los pies de la Alhambra y se tomaba un café con leche muy caliente o un té muy caliente, mientras esperaba al cartero.
Lo asaltaba dejando la consumición a medio tomar y le preguntaba si tenía algo para él. Siempre fue negativa la respuesta. Ella nunca volvió por carta.

Dejó de frecuentar esa parte de la ciudad. Dejó de viajar a ese rincón donde la memoria guardaba su otrora vida naciente.

Como si le debiera algo al destino, acabó tocando por calles y plazas. Llegaron ofertas de festivales menores. Tocó cuanto supo y cuanto pudo. Y cuando empezó a cantar, supo que la locura se estaba apoderando de él. No sabía de dónde venía. No conocía los motivos por los que lloraba por las noches. Tampoco cómo había llegado a ese punto de no tener nada. Ignoraba lo mucho que duele el corazón cuando está vacío así como las muchas veces que estalla la cabeza cuando los recuerdos luchan por salir.

Un día se levantó temprano y recorrió el camino del Rey Chico. Subió la cuesta que llega hasta el patronato. Se quedó mirando los autobuses llenos de turistas. Rebosantes de gentes ávidas por conocer el país del agua, los palacios y jardines del reino nazarí.

Se sentó en el banco que quedaba libre. Y saludó a nadie en japonés. Habló en la lengua nipona a su recuerdo. Pensaba en ella. Musitó algo y las personas que bajaban del autocar se le quedaron mirando.

Le preguntaron y contestó a cuantas preguntas le formularon. Maravillados. Asombrado. Tenía voz, otra vez.
Cada vez que llegaba un autobús, el mismo proceder. Miraba cómo lo observaban. Y saludaba en japonés. Y fluía la conversación y el asombro se tornaba en admiración.

Los estudiantes universitarios que subían hasta los palacios para estudiar la cultura y la arquitectura del reino moro, se dirigían hasta donde descansaba. Hablaban con él. Le pedían consejo: qué entrada era la mejor, cómo decir en español esto o aquello, cómo solicitar ayuda a alguna azafata.

Y al final del día, cuando los turistas se retiraban a su merecido descanso, o cuando los estudiantes regresaban a sus campus; viejo, cansado y vacío emprendía el camino de regreso por el Paseo de los Tristes.

Arribaba a su piso, cenaba sin ganas y se tumbaba en la cama mientras la radio escupía las noticias recientes.
Sólo deseaba que las primeras luces del día no se demoraran mucho.

Pero no fue el sol quien lo despertó una de esas mañanas. Desde la calle atronó la voz:

- ¡Eh! ¡Matías!

La voz no le era familiar, pero se asomó al escuchar su nombre.
Un hombre de unos cuarenta años le preguntaba si podía bajar. Tenía algo para él.
Cuando abrió la puerta reconoció la figura de su antiguo cartero.

- Joder, hombre, llevo detrás de usted tres meses. He tenido que movilizar al cuerpo de correos de Granada para dar con usted. ¿Se acuerda de mí?

- Claro, claro que me acuerdo. Usted es el cartero del Albaicín. ¿Alguna multa, algún requerimiento de la alcaldía?

- Diría que no. Yo no hablo japonés. No sé usted.

Sostuvo el sobre en la mano. Apretaba con fuerza, como con miedo a que las letras se desvanecieran. Acariciaba los símbolos familiares que conformaban el membrete. Buscaba qué decir, cómo decir.
Sólo pudo esgrimir un lacónico agradecimiento dos veces:

- Gracias, gracias.

No sabía cómo despedirse del cartero. Cómo agradecerle la carta que sostenía en las manos y que sus ojos estaban a punto de devorar. Le ofreció café que el funcionario de correos rechazó con mirada cómplice.

Antes de irse le hizo prometer que otro día le acompañaría a comprar una guitarra para su hijo, justo ahora que empezaba a aprender. Aceptó. Claro.

Se quedó a solas con las letras que le retornaban a esos días de soles nacientes y futuro incierto. Y pronunció su nombre antes de volver a ella:

- Kasumi


Autor : Mario
Leer más

el comentario 6 comentarios

Solo de bandoneón


( En homenaje a Anibal Troilo "Pichuco")


Va cómo perdido
caminado por Corrientes ,
tu Bandoneón , Pichuco ,
va llorando...
Nunca anduvo sin vos
por esta calle...
jamás soñó recorrerla
" de callando "...
No sabe adonde ir
y no pregunta
porque es mudo
desde hace poco rato ,
y es probable
que no aprenda nunca
la parodia
para hacerse entender
sin tus dos manos...
Un cielo casi gris
baja a su lado ,
de pura pena ,
por acompañarlo...
El Obelisco , no mas
de entristecido ,
hasta parece
un poco menos alto...
Y Pompeya solloza
despacito
de la mano de un Boedo
acongojado...
Pero tu fueye ni los ve...
y entre lamentos
de milongas de luto
y tristes guapos ,
sigue solo
caminado por Corrientes ,
tu fabuloso Bandoneón
llorando...
Allá , en la esquina ,
la tuya , la de todos ,
lo ataja el que fue
su único hermano
y se abrazan con dolor
frente a tu muerte...
se unen en un tristicimo
llanto en dos por cuatro...
y en homenaje te suenan
su amargura ,
tu Bandoneón , Troilo ,
y el Tango...
Autor :  Elba González Dorfman
Leer más

el comentario 3 comentarios

La cartera


Le robaron la cartera.
Almorzaban cómodamente en el restorán de la esquina.
Salieron corriendo a atrapar al ladrón.
Ella le abría la puerta a un hombre que acababa de subir a un auto y su hija le gritaba al que subió al bus y era el que se la llevó...
Y volvieron al restorán ... con angustia... con rabia... mucha rabia.
Y volvieron a la mesa donde almorzaban... todos miraban... cuchicheaban... se disimulaban...
Y sin notarlo ella, la hija anuló la tarjeta y el celular, y la llevó al cajero y le dio dinero para viajar...
Y ese día que le robaron la cartera, de manera tan estúpida y sagaz, ella sintió que su hija era la madre y ella era la hija..
Y le faltaba una parte de ella, así sin cartera, por un rato largo le volvían a arrancar las llaves, la agendita, el libro y... lo que son ... cosas..
Solamente cosas donde nos vamos pegando y también a veces, por la fuerza... despegando.


Autor : Marga Grigera
Leer más

el comentario 3 comentarios

Tu llenas mi soledad


Tu llenas mi soledad,

tu presencia la siento en cada momento,

tu que eres mi personalidad,

tu la gran estrella de mi firmamento.

Cada espacio de tiempo vivido

cada momento que comparto con tu presencia

la vida empieza a tener sentido

aquí la muerte espera sin impaciencia.

Tu cuerpo es mi planeta

yo tu satélite que alrededor gravita,

cada giro que doy mi amor aumenta.

Mi alma sufre sin tu presencia

me apago como tea encendida

mi fuego y luz se terminan

cuando tu vida de mi se aleja.

Vida no conozco sin sentido

tan solo conozco esta

quiero yo pasarla contigo

es la idea que tengo en mi cabeza.

Pasado, futuro y presente

sentido me das sin compromiso en este barco que viajamos por este mar del destino.

Crucero de amor y pasión que recrea nuestros cuerpos,

crucero que lleva tu sabor,

tu luz me dirige a buen puerto.


Autor: Santiago Medina

Leer más

17 de enero de 2011

el comentario 4 comentarios

Postrado


Postrado en mi cama,

el tiempo pasa lentamente,

las estaciones no se detienen,

pero mi vida sí.

En esa posición miro el techo,

visión única pero no exclusiva

que me hace perder la esperanza

sin creer en la existencia.

Aquí tumbado,

con alguien a mi lado

que como si fueran mis manos,

me cuida y me asea,

es parte de mi,

los dos somos uno.

Confesor por motivos

de mis pensamientos y preguntas,

de la verdad y de la mentira

en definitiva de mi mismo.

El silencio se espesa y endurece

en mi habitación al preguntar….

¿Por qué estoy aquí? ,

¿Qué he hecho?,

preguntas sin respuesta.

La vida pasa y yo quisiera quitar,

más mi cuerpo inerte,

simplemente es cuerpo,

el espíritu se fue,

ese día que cambio mi vida,

ese día que deje de ser.

Esperanza perdida,

en este mundo infeliz,

esperando la huida,

esperando la muerte,

esperando dejar de existir.
 
 
 Autor : Santiago Medina
 
Leer más

13 de enero de 2011

el comentario 4 comentarios

Una flor y otra flor celeste....



Juntábamos las florcitas del jacarandá y cubríamos la punta de los dedos ... quién se ha resistido a esa tentación, y sentir el aterciopelado del hilito interior...

Es bonito descubrir un hijito del árbol de tu vereda luchando por sobrevivir entre los adoquines .

Así le di crianza a uno que había llegado tal vez después de un verano, no recuerdo la época.

Creció generosamente en la macetita.

Hoy es joven aún... pegó un tremendo estirón y regaló tímidas flores de pronto vuelo..

Lo traje de mi casa paterna cuando mamá partió... a veces tengo mis dudas de que haya partido realmente... o etéreamente como se podría decir .

Luego de esa partida, creíble o no, llevamos sus cenizas al agua, ahí donde el río y el mar se juntan ... y me guardé un puñadito de ella para tenerla en mi casa y entonces la puse debajo del jacarandá.

Y él ...crece y crece.

Hoy cuando cortaba el pasto caían las alitas azules que me traen mensajes desde abajo hasta el cielo ida y vuelta...

Autor: Marga Grigera
Leer más

el comentario 1 comentario

Torres se elevan


Dedicado a Miguel Hernández


Torres se elevan al cielo

verticales , verdes y leñosas son sus formas

la vista no alcanza a veces su gran esplendor,

majestuosas rodean la playa de Gandia

dando sombra al pajarillo y algún humano que olvido su sombrilla

dejando el calor del sol de Levante en la arena de su base.

Torres de vida de hojas grandes

columnas vistosas que se mueven al viento con el ritmo del Garbi

saludando a las gavotas blancas que en formación

dan los honores a los barcos pesqueros que reconocen en el horizonte,

tu eres inspiración de grandes poetas de esta tierra

alcanzando yo a entender el momento que dejaron su mente libre

para hablar de estas palmeras levantinas con versos bellos.

Palmera del Levante

bandera de su comunidad

símbolo de su cultura

déjame verte hasta el final de mi vida

déjame tocarte tu forma,

arraigada tú a estas playas que son la alegría de mi corazón.

Autor : Santiago Medina

Leer más

12 de enero de 2011

el comentario 2 comentarios

Como una vela



Como una vela tus besos se derriten en mi boca

se deshacen de amor incontrolado

tu llama quema mi cuerpo

siendo tu, la leña que más me calienta,

tu amor es inmenso

como el mar de mi deseo

grande y colosal

como el sol que ilumina nuestros cuerpos desnudos,

cada vez que siento tu aliento sobre mi cara

me embelesa como un perfume y no me deja pensar

tan solo intento abrazarte entre mis brazos

sentir el calor de tu belleza en mis manos.

Como una vela sigo así contigo

siendo la mecha la vida que quiero a tu lado

y la cera todo lo que nos rodea en este mundo.

Como una vela quiero seguir

dándote luz y calor

hasta que un día me consuma con nuestro destino.


Autor: Santiago Medina

Leer más

11 de enero de 2011

el comentario 4 comentarios

Sabor


Crece el amor. Con él,
la conciencia de todo. Mengua la paz,
la solitaria paz
del hombre solo.
Crece también
este sabor amargo.
Y la sed.

José Corredor Thomas


I


Estoy buscando el sabor,

el gusto de la vida,

saboreo todo intentando

encontrar el mejor bocado

pero el sabor no llega

no me deja pensar,

solo tengo olor,

el aroma del ser.

Busco y continuo,

tal vez necesite ayuda,

el ansia de degustar

me nubla las ideas.

Me gustaría saborear

el amor a la vida,

la naturaleza en si,

tan solo a veces la razón

se saborea en nuestras cabezas.

Como me gustaría saborear la existencia,

como me gustaría ser el sabor de su ombligo,

como me gustaría no saborear,

el odio, el rencor,

el sabor amargo.

Como me gustaría saborear,

el sabor dulce que nos une al unísono.



II


Sabor dulce del día anterior

momentos que quedan reflejos

la señal de la felicidad.

Intervalos lacrados,

con la luz,

perdiendo el sentido

en los comentarios del pasado.

La alegría invade

nuestros cuerpos al sol,

tranquilidad es el imperativo,

el amor absorbe

el tiempo en consecuencia,

mostrando el fotograma de la vida que se vive.

La amargura desaparecerá,

como un rayo,

en la tempestad de la discusión.

Adiós a la negación,

acogiendo la afirmación

de la relación que procede.

Quiero vivir este tiempo,

congelándolo y no avanzar,

para que siempre tenga,

el sabor dulce del día anterior.



III


El sabor amargo al alba

no quisiera haber amanecido,

miedo me da el presente,

de tu boca inocente

palabras con odio han salido.

Gestos de desaire

encerrándose como animal herido

buscando la forma innoble,

la presa fácil que has querido.

La incomprensión ha despertado

con reproches y odios,

el amor se ha abandonado,

el amor se ha desvanecido.

De tu boca salen

palabras y gestos agrios

dejando el animo hundido

de escuchar tantos agravios,

tu fin has conseguido.

Sabor amargo al alba,

no quiero seguir así contigo.



Autor : Yago
Leer más