31 de octubre de 2010

el comentario 11 comentarios

El ancla

Leve era el sueño en aquella tarde estival. Lejano se escuchaba el arrullo de las chicharras  junto a la laguna plena de destellos, remedando un espejo nacarado que iluminaba todo con luz robada al astro.
Libre por un momento de las ataduras de la vida cotidiana, el sortilegio de aquella embrujada imagen, realizó la magia hipnótica que todo ser humano espera.
Inmerso en vagos razonamientos inconexos, pasando de un hilo conductor a otro, las imágenes de un quizás, fueron tejiendo alguna trama fortuita para llevarlo hacia una aventura corta, sin atavismos, plena del encanto que un niño podría colocar en sus sueños.
En un pasado lejano creyó sentir parecidas sensaciones de atracciones naturalmente arcanas.
Sus pasos lo habrían llevado alguna vez en el pasado hacia una pequeña loma, lejos de los destellos de cualquier ciudad. Se habría recostado sobre la hierba, de cara al cielo estrellado de una noche donde la Luna ocultaba alguna de sus caras y habría observado en un juego de concentración extrema, esa imagen sin límites imposible de abarcar del espacio profundo.
Inadvertidamente sus dedos se habrían crispado asiendo las hierbas en un intento innecesario de aferrarse a la Madre Tierra sobrecogido por una sensación de pánico y caída, mientras un irrefrenable mareo iba tomando forma en sus entrañas.
Hoy, sin embargo, las chicharras anunciaban el pleno día y las imágenes a las que sus sueños lo transportaban, tenían mas que ver con la aventura pequeña, mensurable, de límites apetecibles.
Ninguna sensación de vértigo, ni necesidad de un ancla que le retuviera en la tierra.
Sueño repetido, recurrente en toda mente humana. Resabios de una memoria ancestral que sólo se hizo realidad mediante diversos artilugios mecánicos en los años cercanos, donde soñar era un don más valioso que la propia vida.
Así que soñó.
Soñó estar donde estaba, Soñó estar sobre una antigua y mullida cama.
Sin necesidad de temer ser un moderno Ícaro con alas de fracaso, se despidió de su ser cotidiano atando un hilo invisible de su traje mundano al barral de bronce de aquella cama que lo acunaba.
Se dejó llevar sin expectativas exageradas. A sabiendas que el vuelo de su mente corría el riesgo de tener las alas cortas, pues lo cotidiano siempre se encuentra ávido de consumir a aquellos pequeños seres libres que alguna vez fuimos. 
Autor OPin
Leer más

30 de octubre de 2010

el comentario 12 comentarios

down

Le veía cada noche al regresar a casa. Sentado en el portal, escuchando siempre la misma música. Insistiendo siempre, en compartir auriculares por unos minutos.
-Es buena,verdad Noah? -
-Muy buena, Jordi-
-Nos gustan las mismas cosas-
-Y a ti te gusta la misma canción cada día-
-Si, mañana la escuchamos otra vez. Dame un beso-
-No faltaré a la cita. Toma dos besos-
Se reía, nos reíamos. Me abrazaba, se dejaba abrazar. Nunca había sentido tanta ternura almacenada en un ser.
Hoy se lo han llevado. No quiero saber donde, ni el porque, ni hasta cuando.
A veces, se me cae el alma a los pies, y no tengo ganas ni de agacharme a recogerla.
Leer más

28 de octubre de 2010

el comentario 5 comentarios

Francis, cuarta parte

El hospital en las afueras de Aleksinac, a 200 kms. al sur de Belgrado, lo tuvo de inquilino sin conocer siquiera su nombre.
Un herido de un atentado.
Es todo.
La policía había ido insistentemente al principio.
La camioneta de la escuela parroquial se había salvado de milagro.
El negro había recibido la peor parte. Pero había muchas preguntas que contestar, formularios a llenar.
Un més después , casi sin interés, un solo hombre custodiaba su puerta...
El pobre infeliz seguía en coma, seguramente moriría...
Un brazo roto en cuatro partes, una pierna con quebradura expuesta, dos costillas rotas, cantidad de piel para coser, golpes aquí y allá, magulladuras, quemaduras y ...el ojo izquierdo.
Estuvo catorce semanas en coma, y un día sin saber porqué, se enteró que tendría otra oportunidad...
Se despertó una tarde.Tenía hambre, y eso fue todo...
Semanas y semanas de trabajo en el gimnasio del hospital le devolvieron movimiento a su cuerpo, endureciendo sus músculos, no todo quedaba perfecto, pero bueno, estaba vivo..., salvo la ligera cojera que se notaba solo si tenía que apurarse... y el ojo...
Es dificil acostumbrarse a estar tuerto. A quedar tuerto. A ser tuerto...
La psiquiatra se sentó a los pies de la cama y trató de charlar despreocupadamente, quién, de donde, como, porqué...
Fráncis la subestimó.
En Belfast lo habían detenido los profesionales, MI6, y él logró superar la prueba...
Acordaron verse a diario.Ella estaba intrigada, él no tenía donde ir...
Tres semanas después le dijo cual era su trabajo. Ella siguió adelante,
-por qué?
Y un día, muy tranquilamente le contó...
-no es lo que Ud piensa, no disfruto matando, simplemente no encuentro que esté mal, nada, soluciono un problema, o si prefiere, elimino una alimaña, que sea una cucaracha o una persona me dá igual..., no me afecta, ni moral, ni éticamente, creo, por lo que veo en los demás, que hay sentimientos que desconozco, es simple. A Ud hay cosas que parece que le disgustan de mi. Yo simplemente no entiendo el porqué, se da cuenta?.No LA entiendo...
-pero..., Ud cobra por matar gente!
-Ud tambien cobra por su trabajo...
Así de simple.
Año y medio de tratamiento y rehabilitación a diario.
Fráncis, avanzaba en su terapia. Lenta, dolorosamente... La Dra. le había conseguido un trabajo ayudando como enfermero de ambulancia. El hombre tenía un don para tratar heridos, sobre todo a los niños.
Transmitía calma y seguridad.
La relacion se fue afirmando..., y Fráncis fue aprendiendo, comprendiendo...
Ese año los pacientes de sector pediatría le festejaron el cumpleaños.
Por primera vez en mucho tiempo el hombre sintio humedecer sus ojos...
La Doctora esperaba ese martes para darle el alta, Fráncis habia ido a recolectar heridos con la ambulancia...
Dos años y cuatro dias después del atentado a las monjas, Aleksinac sufrió la visita de misiles...
Dejó el vehículo cerca del hospital.
Se quedó mirando los escombros desde la vereda de enfrente.
Esta vez sentía...
Definitivamente..., la vida apesta.
Leer más

25 de octubre de 2010

el comentario 10 comentarios

Jueves

Hoy es jueves, los jueves Iñaki trae mariscos...
A la semana de haberme instalado, una noche cayó Iñaki.
El tiempo malo, llovia fuerte y había viento.
El hombre entró observándolo todo, silencioso, mojado, cansado; y se desparramó en una silla cercana al fuego.
Recuerdo que le conté lo que había para comer, y me dijo que solo le importaba que estuviera caliente, ah! y una copa de vino.
Comió apurado al principio y después mas despacio, saboreando. Disfrutando el calor y la tranquilidad. Una hora y tres platos de comida después, me acerque con el café, había bebido bastante, pero estaba cómodo, nada más.
Me contó que vive en su barco, que todas las mañanas sale a echar las redes, que a veces hay y otras..., que tiene cinco hijos que viven con la madre, en la ciudad, que hace tiempo que la dejó, que en realidad ella lo había dejado antes, pero él no se había dado cuenta, que al principio el quería que sus hijos lo acompañaran, pero después de la muerte del mayor..., la cosa cambió, que la familia se mudó a la ciudad con la excusa de la escuela, y el se quedó, que viajaba los fines de semana y llevaba el dinero, hasta que una vez por una cosa y después por otra y así, los viajes se fueron espaciando.
Los hijos lo quieren, pero nada de demostraciones en público, Iñaki piensa que en el fondo, se avergüenzan un poco de él.
Hacía ya tres meses que no los veía, y noté que se le quebraba la voz. Aproveché para dejarlo con sus pensamientos, mientras saludaba a los últimos parroquianos que ya se marchaban.
Al volver con más café, lo encontré dormido.
Afuera seguía lloviendo, y el viento soplaba del mar.
Le arrimé una manta.
Apagué las luces y me fui yo tambien a dormir.
En la mañana ya se había ido, y esa misma noche, trajo mariscos. Fue un jueves.
Si, esta noche comemos mariscos
Leer más

24 de octubre de 2010

el comentario 7 comentarios

Gestos


Hay que hacerle un análisis al nene. Van a ser las once y el doctor todavía no llegó. No estaban seguras de la preparación para el estudio así que lo trajeron sin desayunar, por las dudas. El nene llora. Es chiquito, dos años quizás. Tiene hambre. Afuera la mañana es fresca y soleada, adentro la calefacción ahoga. El nene se tambalea sobre sus piernas inexpertas por toda la sala de espera, llorisqueando, y aterrizando cada dos o tres pasos en las piernas de su mamá o en las de su abuela. Una lo dobla en estatura y es difícil calcularle la edad. Un rostro maduro sobre un cuerpo aniñado. La otra es muy alta, alrededor de un metro setenta. Ambas corpulentas y de rasgos duros. La piel curtida y arrugada alrededor de unos ojos oscuros que insinúan juventud y fortaleza. La mirada amable. El nene tiene los cachetes húmedos, embadurnados de lágrimas y sudor mezclados con la mugre de sus manos que se lleva constantemente a la cara. Está abrigadísimo: una campera marrón de corderito, cerrada hasta arriba, un jean nevado y unas zapatillas diminutas de lona roja. Para que traspire, dice la abuela. Él se deja estar así. Se queja un poco pero sin capricho. Es buenito, explica la madre.

La abuela se pasea en círculos con una botella de Seven Up sin abrir en las manos.
- Ya va mamita, ya va, se dirige varias veces al nene con ternura. Ninguno de los tres se sienta aunque la sala de espera está vacía.
- Disculpe señorita, ¿podrá tomar algo la criatura?
La secretaria frunce los labios en señal de desconocimiento:
- Yo creo que sí porque no es de sangre. Pero espere que lo llamamos al doctor.

La abuela recuerda que, años atrás, cuando la mamá del nene tenía apenas un año de edad, tuvieron que hacerle el mismo estudio. Justo antes, hubo que darle, por indicación del doctor, una mamadera con leche caliente aunque fuera pleno enero. Para que transpirara. Lo relata dos veces mientras la secretaria llama al médico. La mamadera, la leche caliente. Era enero. El doctor dice que sí, hasta puede desayunar si quiere.

Por fin abren la Seven y la madre saca del bolso un paquete de galletitas Vocación de vainilla.
-¿Querés masita?
Se sientan los tres. Ellas conversan sobre las noticias que trasmite el canal informativo. Una mujer ofrece vender sus órganos a fin de reunir el dinero que necesita para salvar a su hija enferma. La contemplan y la escuchan absortas, llenas admiración. Si fuera necesario harían lo mismo. Sin pensarlo.

El nene come la galletita de a pequeños mordiscos que lo mantienen entretenido. Y transpira debajo de la ropa. No adivino por qué están allí. De sangre no es. Ellas siguen comentando la valentía de esa madre televisiva. Sufren ese dolor en carne propia. No coinciden con el conductor engominado de la cadena de noticias: no se trata de una acción desesperada sino de un acto de heroísmo. Desmesurado. ¿Cómo medir ese amor? ¿Cómo calificar ese gesto -de sangre-? Ellas lo comprenden sin calcular esa medida. Y sin embargo, se sienten tan lejanas a esa madre capaz de todo. ¿Qué relación podría haber entre el gesto desmedido y esos otros pequeños, más íntimos, cotidianos?

Como el recuerdo nítido de una escena ínfima: su hija, que ahora es una mujer, tenía apenas un año. La llevó al hospital para que le hicieran un análisis, entre tantos otros, como tantas veces. Era enero. Hacía calor. Le dio una mamadera con leche caliente, como tantas otras, como todos los días durante esos primeros años. Ella lo recuerda bien. Cada detalle. La humedad de esa mañana estival, el body rosa que le había puesto debajo de la camperita de algodón. El sudor, las lágrimas. Un gesto mínimo: la textura entrañable de un amor infinito. Inconmensurable.        


Leer más

el comentario 14 comentarios

Atrévete


Que fácil es asumir lo que esta dentro del reglamento social, y que difícil se pone el terreno, cuando tus parámetros de vida no encajan con lo que se supone normal.

Puedes usar durante algún tiempo, la mentira, el disimulo, la excusa, la evasión, y con ello vas dejando en tu trayecto, victimas de tus engaños, retazos tristes de tu disfraz, recelos de tus pretextos y un hondo vacío de tu deserción.

No existe peor rechazo, que el que se hace uno mismo. Te faltas al respeto, te ahogas en lagunas acotadas, y dejas de querer a la única persona de la que no puedes desvincularte, a ti mismo.

Echale valor, aceptate tal cual sientes. Todo lo que existe y sucede, tiene su dosis de naturalidad, de lo contrario no tendría subsistencia, por que negarte tu derecho a ser quien eres? .

Posiblemente desde tu aprobación, tu vida seria mas fácil, tu entorno mas amable, los afectos reales, harían acto de presencia.

Eso que tu pensabas que era inadmisible, pasaría a ser una simple característica de una persona, que por fin ha conquistado su propio mundo.

Deja de esconderte, apasionate, y vuélvete loco de amor.

Como la Juana.

 
Leer más

23 de octubre de 2010

el comentario 12 comentarios

Anouk




Anouk, nació en el seno de una familia circense, dedicada al funambulismo, desde hacia cerca de dos siglos.

Podría decirse, que aprendió ha andar por el alambre, antes que por el suelo. Tantas veces había pasado por el cable con una venda en sus ojos, que un buen día creyeron que no eran necesarios y dejaron de ver.

Su vida no experimento un gran cambio desde que sus ojos la abandonaron, porque los ensayos eran los mismos, y aparte de practicar horas y horas, no había lugar para muchas más cosas.

Era grande el sacrificio pero todo merecía la pena cuando la música, anunciaba su número, y los focos le marcaban el camino con su calor. Tal vez era difícil de percibir pero Anouk nació con el don de una piel sensible, unos oídos maestros, y unos pies más prensiles y ágiles que muchos de los monos del circo.

Después del sonido de la expectación venia el silencio de la duda y el miedo a una caída que siempre acompañaban a su número, pero al final de una actuación maestra una explosión de aplausos invadían la carpa llenando de alegría y felicidad el dulce corazón de la bella funambulista ciega.


Autor: Evaglauca
Leer más

22 de octubre de 2010

el comentario 9 comentarios

MALA JUGADA



Las cortinas de ésa ventana nunca estaban abiertas lo suficiente como para poder distinguir algo en su interior y por ello su imaginación volaba entretejiendo la posibilidad de mil historias.
Sin embargo, prefería pensar que esa ventana correspondía al departamento secreto de un hombre que llevaba allí a su “querida”.
Los imaginaba entrando entre besos ardientes mientras se iban despojando de las molestas prendas hasta terminar en la cama cuyas revueltas sábanas eran mudas testigos de lo que allí se desarrollaba, incluso creía oír los susurros y jadeos de los amantes.
Imaginaba que luego de un rato de estar juntos se marchaban ya que nunca vio que, al caer la tarde, se encendiera una lámpara.
Al caer la noche el aspecto de la ventana cambiaba, esto lo impulsaba a imaginar una historia de horror y allí volvía a dejar correr la imaginación.
Hasta ése día en que de imprevisto las blancas cortinas se movieron bruscamente en la oscuridad, el susto lo hizo retroceder hasta quedar oculto tras su propia cortina para espiar más cómodamente sin ser visto.
Desde su escondite pudo ver que las cortinas de la ventana, que tantas historias le habían inspirado, eran abiertas con brusquedad.
Sin embargo, su interior continuaba oscuro, negro, ni siquiera podía divisar a la persona que estaba allí parada…porque algo le decía que allí había alguien espiándolo a él, mirando hacía su ventana.
El horror le erizó la piel, el mismo horror que momentos antes estaba pronto a imaginar para esa ventana solitaria.
Sin pérdida de tiempo cerró lentamente ventana y cortinas y encendió todas las luces de la casa.
Sentado en el sofá con el control en mano buscó algún programa interesante para ver, algo que le quitara el miedo que se le había colado como un frío en el cuerpo…


Setiembre 2010



Leer más

el comentario 10 comentarios

El nombre de la hechicera


(ESTO ES UN VIEJO CUENTO QUE HICE A PARTIR DE UNA ESTRUCTURA DE RACHEL NEXUS 6, HACE TIEMPO. NUNCA SE PUBLICÒ, EN ESTA VERSIÒN. AGRADEZCO A BODEGAS "TITARELLI", SIN CUYO EXCELENTE CABERNET, ESTO NO HABRÌA SIDO POSIBLE.)

Santillan, tenía el oído derecho y la boca de metal, ya que podía entender y hablar todas las lenguas del mundo.
Era un famoso mago, que se enamoró de una hechicera, quien tenía la magia necesaria para curarlo.
La hechicera no sabía su nombre, pues debía ser nombrada por Santillan. Pero el, no podía besar, ni mucho menos nombrarla. Para ello debía ser redimido por "ella".
Entonces "ella", lo acercó a su pecho desnudo, para que oyera los santos sonidos de la vida, la sangre y el aliento penetrando en los pulmones.
Y Santillan pudo oír, y su oreja se hizo carne.
Y también pudo ver luz, una luz violeta, que brotaba del interior del pecho de su amada.
Entonces sus labios se hicieron carne para nombrarla : "Mónica".
Al oírlo Mónica se iluminó y repitió su nombre.
Y "ella", se entregó con profundo amor.
Hasta que una tarde, sintió el dolor de Santillan, atravesar como una lanza su pecho.
Sus ojos se dilataron de asombro y sorpresa. Sin pensarlo aferró fuertemente su brazo, para no dejarlo ir, mientras todo su cuerpo se encendía de una intensa, brillante luz violeta.
Una luz que subía por el brazo de su amado y lo envolvía mientras el trataba inútilmente de zafarse.
Y a medida que la luz lo envolvía, algo nuevo tomaba forma, en lo que antes fuera Santillan.
Era inmenso, oscuro y de poderosas alas negras.
Finalmente, el dragón lanzó un bramido al cielo y liberando su garra de las manos de Mónica, salió volando y escupiendo fuego, mientras "ella", se desvanecía.
--------------------------------------------------------------------------

Cuando despierte, Santillan estará a su lado, observándola con ternura.
Se inclinará hacia "ella", y la besará con sus nuevos labios.
Y ambos repetirán sus nombres.

- ¿Por qué?- dirá Mónica.

- Era necesario – dirá Santillán.


Buenas tardes.

---------------------------------------------------------------------------
Leer más

el comentario 10 comentarios

Otro cielo




Esta es una de esas noches en que se puede sentir, si uno extiende la palma de la mano por unos segundos, cómo se forman las gotas de un rocío que mañana cubrirá de escarcha el patio, la calle, el campo, los silos y las vías.
Esta es una de esas noches que por gélidas y silenciosas, se puede escuchar el rechinar de las estrellas caminando descalzas y cansadas por el terciopelo negro de un universo soñoliento e indiferente.
Más que nada, es una noche sin mañana.
Porque mirar al este es un signo de pregunta quieto, expectante, difuso. Cerrar los ojos da lo mismo que abrirlos o llorarlos. Apretar los puños solo hace girar los dedos un diámetro completo en la palma, para volverlos a abrir por el otro lado, tal como debería hacer el sol alguna vez, si esta noche, alguna vez también, decidiera terminar.
No tengo ganas de mañana. Ya no.
Tampoco tengo ganas de ayer, siquiera de esta madrugada, ni de hace un rato... No tengo ganas.
Y si esto saltó del papel a la pantalla habrá sido nomás porque todo es más fuerte que yo menos la decisión final de ya no ser nada y que por fin todo encaje.
Y si esta libreta es encontrada junto a una mano que ya no se mueve, bajo una lapicera seca y mordisqueada, les pido que nos quemen. La libreta no tendrá más que incoherencias garabateadas y mis ojos ausentes estarán mirando - envidiosos- a otro cielo.


Leer más

el comentario 8 comentarios

Escombros a disposición


"Las uvas viejas de un amor/en el placard
son esas cosas que te están/ amortajando.."

Seguramente sea notoria mi propensión a la credulidad. No es excusa pero, es por eso que creí cada palabra que me dijo. Su amor contenido que apenas dejaba entrever, alargando con malicia la hora de la cita, llegando tarde sin apuro, sin culpa. Cronometrando los espacios de silencio de mi teléfono, prorrogando brutalmente la hora del llamado. Manejando con calculada maestría sus ausencias y mis ansiedades, así, en plural.
Ansiedad de oír su voz, ansiedad por el momento del encuentro, ansiedad por saber que todos los reproches se me olvidarían apenas apareciera. Reclamos, argumentos prolijamente analizados, todo convertido en humo en la palma de la mano al son del taconeo, del vaivén de su llegada, ese movimiento.
Así me fue vaciando y con científica precisión fue vertiendo algo, un veneno lento, en los espacios vacíos. Aún sabiendo que me quería, mal tal vez, acercándose, alejándose, como los restos que el río empuja contra el paredón. Aun sabiéndolo, o tal vez por eso mismo, al acecho de las primeras luces de la madrugada tuve que detener la rotación del planeta.
A esa hora que solía ser nuestra, la ciudad que tan pobremente construimos nos redujo a escombros. Acaso no debí tener nunca el destino de los dos entre las manos.

Autor: O.Barales
Sin Blog aún
Leer más

21 de octubre de 2010

el comentario 8 comentarios

Francis, tercera parte



Le hablaron de habilidades y autocontrol, contestó de supervivencia y venganza
Le hablaron de honor, ética, salvar a occidente, al mundo!,... contestó que era sudafricano y negro.
Le hablaron de dinero, preguntó cuánto.
Así fue el inicio de la fructífera sociedad.
Cinco años ya.
Alguien le entregaba un attaché, su cuenta recibía un depósito y alguien moría.
Simple, sencillo, prolijo, esterilizado...
Y llegó la oferta.
Cinco muescas más en su alma, el depósito de siete cifras, y basta.
Entró por Albania, en pocos años Europa sería una sociedad musulmana, ser negro, bah, las balsas desde África cruzan todos los días..., y hay tanto soldado americano dando vueltas por la zona...
Qué tontería, el viejo cuento del elefante en la Quinta Avenida...
La primera muesca fue un general albano en Tirana, el viejo militar tuvo un "infarto" en el baño de su amante. Si hay un secreto que esconder, lo mejor es guardarlo dentro de otro...
La segunda muesca, un abogado serbio, intermediario en la venta de armas. Comida en mal estado en el restaurante del club, junto al lago Shkodra, a veces ocurre, el hombre era alérgico a los maríscos.
La tercera muesca, María Stepaunnolas, la mujer de un secretario griego en Budapest, trabajaba para una organización que traficaba refugiados de los Balcanes.
Un accidente en el baño, el secador de pelo en la bañera. Sucede.
Las muescas cuatro y cinco, dos activistas que hablaban mal del sistema...
Así no se llega a viejo, mi profesión es más segura, ironizó.
Fácil, sin protección.
Udvar, junto al lago Balaton, cerca de la frontera con Serbia, ni necesitaba aparentar un accidente.
Hasta que vio los uniformes, grises y azules, con la toca blanca y almidonada... monjas, francesas, tal vez senegalesas...
¡Merde! ¿Nunca aprenden?
Ese "pequeño detalle" no estaba en el informe.
Lo que pensaba solucionar en un callejón cualquiera..., se fue transformando en una molesta cruzada.
Bien, se podía hacer, plásticos en el viejo puente, no le gustaba meterse con monjas, traía mala suerte, pero si no veía sus rostros lo superaría...,cuando volvieran de dejar en casa a los alumnos del colegio católico.
Recuerdos del viejo Belfast...
La mañana primaveral auguraba un afortunado día, algunos pájaros trinaban en los árboles cercanos, y el futuro de Francis susurraba dinero cercano.
Sentado en una mesa en la vereda del soleado bar, pidió un café fuerte y esperó, leía la página de deportes distraídamente,...Cuando la destartalada camioneta dobló la esquina,
Plegó el periódico.
Terminó el café.
Pulsó la señal remota del timer, sólo tenía que esperar para confirmar la entrega...
El vehículo avanzaba lentamente por el empedrado...
Y los vio, en las ventanillas traseras, los rostros de los críos...
¡¿Por qué estaban ahí?!
Él no mataba críos.
50''
cruzó la calle corriendo, -malditas monjas...
40''
salto bajo el puente en busca del reloj, -nunca hacen las cosas bien...
30''
metió la mano entre los pilares, dÓnde mierda estaba...
20''
estiró el brazo en la grieta tanteando
10''
¡carajo!
00''
...
Leer más

el comentario 8 comentarios

Whisky de pizzería

Miguel tenía de Miguelito tan sólo el cariñoso diminutivo. Su metro ochentaicinco era llamativamente recalcitrante para los demás. Todos parecíamos acondroplásicos con tortícolis galopante de tanto mirar hacia las nubes y así encontrar las facciones de Miguelito, siempre brillantes de alegría colgadas en las alturas.
Su parada era casi siempre la misma, junto a la pizzería "San Miguel," donde sentado en alguna mesa de la vereda miraba pasar la vida de los demás con una falta de interés por lo menos llamativa. Cerca de su mano izquierda siempre se podía encontrar un vaso de whisky sin hielo, mientras la otra cansaba la quema automática de un cigarrillo sin pitar. 
Se perdía en su mundo interno, lo sabias por el frío glaciar que invadía sus ojos azules.
La pilcha siempre limpia, planchada y de marca, lo mostraba tal cual era: un treintañero con un buen pasar económico.
Al verlo las chicas ilusionaban amores, atrapaban casamientos y fabricaban vástagos que les asegurarían un buen pasar. Pero los del barrio sabían de los mil imposibles de esa tarea, de esas ilusiones prefabricadas por la sociedad. 
Miguelito no tenía trabajo. 
No había siquiera terminado la escuela secundaria. Y no era por falta de motivaciones, despreocupación tutelar o pocas entendederas. No, no había querido terminar.
A los quince descubrió que podía tener a casi todas las mujeres que quisiera. Descubrió el sabor del ocio sin límites. La vagancia sostenida sin esfuerzo, El efecto seductor del alcohol. la dulce alegría de la hierba, el poderío electrizante de la coca, y el cosquilleo frenético de los sentidos desatados por el éxtasis. 
Los padres siempre lo escoltaron al rescate en los malos momentos. Lo sometieron a diversas recuperaciones, Lo sostuvieron cuando creían que caía. Sufriendo bajo la piel mientras lo veían degradarse cada día más y más, perdiendo su identidad con cada trago o cada dosis. Al tiempo ya no era su Miguelito, ya era irreconocible, sin la llama interior que le habían conocido de chico.
La mayor parte del día vagaba en los alrededores de la "San Miguel" y charlaba con todos quienes desarrollaban sus actividades cotidianas. Por la noche lo encontrabas tumbado, durmiendo la borrachera en algún zaguan mientras el vómito manchaba sus pantalones de marca y el cuero de sus zapatos italianos dejaba de brillar.
Cuando tocaba fondo, luego de largos períodos de descontrol, sus padres lo internaban para desintoxicarlo. Invertían pequeñas fortunas para devolverle un poco de aquella sonrisa compartida en las playas de Villa Gesell o los abrazos que prodigaba a todos los que lo quisieran abrazar. Miguelito era un tierno. Incapaz de insultar, molestar o perturban al resto de la gente. Escondía su condición ocultándose en las sombras de aquellas calles muertas hasta que el efecto buscado perdiera su intensidad. Iba hasta su casa y la madre lo alimentaba, limpiaba sus prendas y lo mandaba a dormir haciendo que todos guardaran silencio para no perturbar su descanso.
Yo lo conocía desde hacía mucho tiempo, veía que la gente lo quería y trataba de encaminar, pero él con su sonrisa de oreja a oreja se ponía a hablar del partido de Boca, del último GP de F1 o de la película que ayer habían pasado en el canal oficial. 
Una noche en que regresaba a casa con mi hijo, cruzamos por una zona oscura, de aquellas que todos tratamos de evitar. Una sombra saltó desde la entrada de una casa hacia nosotros, se tambaleó y cayó de cara al piso. Me pareció escuchar sus dientes quebrase contra las baldosas. Mi hijo aún asustado en sus ocho años, me preguntó "qué" era esa cosa, ya que ni siquiera era reconocible como una persona. Pensaba que tal vez algún ser mitológico de película clase B, un monstruo, algo irreal,  había saltado hacia nosotros con la clásica consigna de beber nuestra sangre, decapitarnos o simplemente arrastrarnos hacia su escondite secreto, allá en las sombras. 
-Es Miguelito , le dije y pareció dudar de mi palabra.
Ese ser sobrenatural era el hombre de la mirada clara y la sonrisa amable, trepadas  ambas a su metro ochentaicinco, mientras pasaba una de sus peores noches. 
Con el celular discando el  "107" del SAME me acerqué y traté de socorrerlo o al menos contenerlo hasta que llegara la ambulancia y los policías que seguramente la acompañarían. En su afán de protegerlo varios amigos habían salido al encuentro y trataban que su estado no fuera visible ni público para nadie más. Interrumpieron mi intento y se llevaron en brazos aquél bulto inerte
Nunca olvidaremos esa escena. Una persona entera, buena, simpática, querida, había llegado al límite último al que uno mismo nunca quisiera llegar.
Asustados y tristes, seguimos el camino, convencidos que ésta era sólo una más de las tantas veces que Miguelito había limpiado la calle con su cara.
Al día siguiente estaba nuevamente sentado en la "San Miguel", con un vendaje clandestino en su barbilla y su vaso de whisky en la mano izquierda mientras el cigarrillo sin pitar se consumía en la otra. Una vez más con la mirada perdida en algún sueño que no se pudo concretar.
Porque Miguelito perdió repentinamente muchas cosas. Perdió el tiempo, los amigos, el amor, el respeto, el control, los límites, el orgullo, hasta que finalmente perdió la vida. 
Y ahí no hay una segunda oportunidad.
 
Autor: OPin
Leer más

20 de octubre de 2010

el comentario 6 comentarios

Sábado, in the morning, of course


Tipo - ¡¡ Dejate de joder !!,... ¡¡ ni loco voy !!

Esposa – Siempre el mismo.... ¡¡ boludo !!, ....así vamos a vivir siempre en esta pocilga de mierda.

Tipo – ¿ como pocilga de mierda ?, ¡¡ pero si… pero si… ¡¡ vos elegiste la casa ¡! … ¡! Me cago en la… ¡!! … ¡¿ dónde querés vivir, en la quinta presidencial ?!, son un par de cuadras nomás, te llevo y te dejo en la puerta,... con los guardias,.. si querés...

Esposa – Vos tomalo en joda, ¡ pero es tu nuevo jefe el que invita !....en realidad… la mujer de tu nuevo jefe…

Tipo – Pero el tipo es más pendejo, tiene otra onda,... yo que voy a hacer en.....

Esposa - ¡¡ Momia ¡! …sacate ese pijama ridículo y ponete el equipo que te compré.

Tipo - ¿ como ridículo ?,...me lo regalaste vos

Esposa – Ponete el equipo, te compré zapatillas también...

Tipo – Zapatillas tengo y me puedo poner la camiseta del Defe....

Esposa – Zapatillas con cámara de aire, para no lastimarte las rodillas,......además tu jefe es solo dos años más joven que vos....

Tipo – Sí, pero la mujer es mucho más joven, entonces el hombre para no desentonar es lógico que vaya a.....

Esposa – Seguí,...dale… no oigo nada sutil respecto de mi edad, yo sigo teniendo las curvas donde las tenía antes, pero vos pareces un extra del Titanic con ese salvavidas....

Tipo – Pará,...en serio, yo voy pero los espero afuera, en la pileta,...en serio... mirá si me vé alguien de la oficina, alguno de los muchachos...

Esposa - ¡¡¡ Los muchachos ¡!, todos fracasados !!!, que se pudran, les decís que te lo recomendó el médico para el colesterol,....además ¿que pueden estar haciendo allí esos inútiles? , por favor!!!

Tipo – Pero si yo no tengo colesterol.....

Esposa – Desde hoy tenés y basta....y lo tenés que bajar.....

Tipo – Los pantalones me van a bajar si aparezco por el barrio con esta pilcha.....

Esposa – Ropa...

Tipo -....con esta indumentaria... quise decir.....

Esposa - ¿Querés progresar?, tenés que intimar con tu jefe.

Tipo - ¿Cuanto querés que intime?, ¿me tiene que gustar el tipo también?

Esposa - ¡¡ Siempre el mismo !, sos igual que tus amigos, ¡ un inútil ¡. Mucha universidad, cursos, congresos pero de política de relación nada de nada, así te tienen en la empresa, para resolver todos los quilombos, pero la torta se reparte en la cancha de tenis....

Tipo - Yo no juego al tenis…

Esposa – ¡ Ahá… ¡ mirá vos ¡, ¡ el señor no juega al tenis ¡! …Ya lo veo, y al final tanto escándalo para ir un rato a...

Tipo - ......ir un rato a subir y bajar como un boludo de un banquito...

Esposa – ¡¡Step, …momia, ...step!!.


Autor: O.,Barales
Aún sin blog
Leer más

el comentario 7 comentarios

Entre Magia y Amor

Es la época Medieval...la habitación está a oscuras, apenas iluminada por unas velas que forman un círculo en el piso y la luna que entra por los grandes ventanales de la vieja casona.
Ella, arrodillada en el centro del círculo mágico que ha dibujado para su protección, y cerrado con las velas que alumbran el lugar, espera...por siglos ha esperado éste encuentro.
Sabe que él la está buscando, lo ha venido haciendo a través de todas sus vidas.
Jamás la eterna rivalidad que ha existido entre Magos y Hechiceros ha influido en la voracidad de la pasión que los consume.
Aún perteneciendo a familias que utilizan de modo distinto la magia, ellos se han venido amando de forma casi obscena desde el principio de los tiempos.
Tampoco en ésta época dejarán de hacerlo, a pesar de que lo desea con cada fibra de su ser aún así se protege dentro del círculo mágico, no quiere volver a dejarse subyugar por ésa pasión tan embotante.
En éstos pensamientos está cuando el viento comienza a soplar cada vez más fuerte al punto de abrir uno a uno los grandes ventanales, dejando entrar hojas por doquier y haciendo que algunas velas se apaguen y otras luchen por no dejar extinguir su luz.
Un extraño perfume se nota en el aire, la mujer lo presiente, ha quedado desprotegida al deshacerse el círculo...sabe que él está allí en la habitación observándola...y lo espera.
Un hombre joven se materializa ante ella, lentamente se va inclinando hasta quedar en cuclillas y la mira con deseo.
Sus ojos, negros y profundos, se pierden en el interior de los de la bella mujer y puede ver los momentos de placer que han vivido en distintas oportunidades de sus diversas existencias.
Igual de lento comienza a deslizarse hasta llegar a las piernas de su presa, piernas que el viento ha dejado al descubiertos y que él recuerda perfectamente.
Sus manos de hechicero, manos deseadas por ella, por fin...al fin se posan en sus tobillos y comienzan a acariciar sus piernas deslizándose ardientes por sus muslos hasta llegar a despojarla de sus prendas.
Ella se deja, cuanto tiempo esperando por esto...un latigazo de placer le recorre el cuerpo, su vientre arde de deseo y sus entrañas no pueden aguardar a sentirlo dentro pero...no es el momento.
Siempre ha sido así entre ellos, alargar el instante de la entrega fundiéndose en el placer de los instantes previos...
Ya sobre ella, busca su boca que lo recibe ansiosa, voluptuosa, lasciva...como siempre ha sido con él. Sus lenguas que se enredan, que se sorben hasta el último instante de vida juntos, hasta quién sabe cuando.
Ella que le arranca la ropa y él que arremete, como si fuera una lucha de enemigos cuerpo a cuerpo, a muerte, sin pausa ni tregua...y sus ojos que se buscan entre gemidos y jadeos de placer que ya no permiten retardar un minuto más el momento de la entrega.
Sus esencias vuelven a fundirse y a escribir nuevamente la desgracia de su amor y de su deseo en los cuerpos que se han vuelto etéreos y, en la danza de su mutuo amor, se han elevado del suelo.
Él, considerado un hechicero de poca monta por la familia de la aprendiz de maga, quien está destinada a ejercer la alta magia...pero nunca lo logra.
Su entrega a ésta pasión tan terrenal y física la aparta de toda posibilidad de aprender los grandes enigmas...y así...vida tras vida...
Cuando ella despierta él ya se ha ido, con su deseo y su pasión consumados y ése amor que le perfora el corazón y que lo acompañará hasta la próxima vez que se reencuentren...en otros cuerpos y en otro lugar, siempre con la misma esperanza pero también con las mismas barreras.
Ni siquiera la magia puede evitar el llanto que corre por sus mejillas, todo a causa de la maldición que otros han inventado con sus rivalidades.
El castigo de tener que vivir con el recuerdo del hombre que ama en la esencia que ha dejado en sus entrañas, en el deseo que le seguirá quemando la piel y en ése amor que sólo se le ahoga en el corazón esperando por una próxima vez...

Setiembre 2010
Leer más

19 de octubre de 2010

el comentario 15 comentarios

Una alegria gorda


Ha entrado como un tornado. La cara sofocada , la sonrisa crispada, diciendo a voz en grito.
¡Estoy hasta el mismísimo fandango! llevo quince días de régimen y solo he perdido 700 gramos.
Sabes que te digo? que paso de acelgas y pescado hervido, que ahora mismo me como un bocadillo de chorizo y queso, a quien no le guste que mire a un poste.
No pienso renunciar a ponerme el bikini amarillo limón que me compre, aunque me rebosen las mollas. Hasta ahí podíamos llegar! hija, que lo único que hago es tragar quina, casi lo único que trago, y eso no me engorda, pero me pone de los nervios.
Mira, te lo hablo desde mi tercer michelín, que se han acabado los batidos y los litros de agua, que tengo el estomago como un pantano.
Quiero darme gustazos, comer rosquillas, mojar pan en los huevos fritos , y si estoy gorda, pues ¡mira que bien!.
A ver, tu dime quien marca el peso ideal? a ver, quien? algún chichiribaila enclenque!. Mi madre me pario gordita, te enteras, esmirriao?(ahí chilla, para ser oída por el responsable) y no voy a ir en contra de mi condición, que una tiene otras cosas además de kilos, y sobre todo ! tengo hambre!, que prefiero estar satisfecha con grasa, que histérica en los huesos.
A mi no me han faltado novios, ni maridos, y a todos los he despachado yo! si, si, que tu sabes que soy yo, que los planto como si fueran geranios, con un par de ovarios que valen un potosí.
Lo que yo te diga, que a mi no me quita la alegría ningún hijo de Esparta, ni las ganas de playa, ni el capricho de quitarme el sujetador, que me gustan las tetas morenas, del color del chocolate.
Con los brazos en jarras, y con tono desafiante, me dice como remate..
-Por cierto, que sepas, querida, que a Barrichello, le gustan gorditas!
-Nooo, ese era otro Rubens, nena.

Ha salido igual que entro, a toda pastilla.
Leer más

18 de octubre de 2010

el comentario 6 comentarios

La esquina


No tendría ningún reparo en decir concretamente qué me trajo a esta esquina otra vez. No es como Truffaut tratando de explicar en casi cinco carillas lo que no se atrevió a confesar en toda su antología previa, ni siquiera la torpe argumentación (torpe y new-romantic) de Mc Owens en Un invierno al desnudo. Nada de eso. Entiendo –y en esto me planto- que con sólo articular la pregunta adecuada la catarsis será automática, prolija y sin lugar a dudas en lo que a su coherencia atañe.
Pero no será si te quedás así mirándome como si no me hubieras reconocido. Ya sé que los años, los golpes, las lágrimas, pero vos sabés perfectamente mi rostro, mi pelo, mis manos en el volante así como yo conozco tus lunares, la forma en que entrecerrás los ojos al pitar y el hombro escapando de la remera.
Queda tanto por decir, tanto por contar, no como vos querés imponer un silencio como quien pretende callar un trueno, no como vos dando todo por sabido para, sencillamente, no saber. Y sé que no vas a intentar la palabra ni el gesto. Sé que tus manos irán rápidamente a las llaves, las llaves a la puerta, los pies a la escalera y los recuerdos al tacho y las maldiciones otra vez a tu boca porque con los recuerdos suele pasar como tantas cosas que abollás y arrojás y rebotan y caen y quedan merodeando y volvés a encestarlos y de nuevo a atorarse con otras basuras y otra vez a saltar afuera y entonces te levantás furiosa y los aplastas con desesperación no porque temas a los bollos-recuerdos y su aparente autonomía o porque temas que eso signifique algo, como un mensaje esotérico que te negás a percibir, sino que simplemente sentís que las cosas fueron hechas para obedecer tu voluntad. Y no era tu voluntad este tipo un poco más gordo que el que habías conocido y por fin sin ese toldo de feria en la cabeza, No era tu voluntad este mendigo en el portal, este vendedor tardío, este cartero desorientado, este búho trasnochado con los ojos así abiertos y la mente así de cerrada, para vos. Tampoco es tu voluntad pero sí la mía, dejarte paso. Es tu voluntad pero no la mía verte subir tras los vidrios de la puerta y las cien imágenes de tus piernas en los biselados y los chasquidos finales de la cerradura allá arriba. Y no es tu voluntad pero sí la mía y esto te deja desorientada porque no lo ibas a hacer, no lo querías hacer, no lo pensabas siquiera considerar, pero algo mío que aún quedaba dentro tuyo –de ahí “mi voluntad”- tomó el control de tus manos, abrió un grifo oxidado de emociones olvidadas, llevó tus pies al balcón y arrojó las llaves al tipo que esperaba mirando hacia arriba, allí donde tu altillo espera cada noche a un ángel llamado Uriel, allí donde la luna se encuadra tres horas antes de un equinoccio, allí donde acaba de desprenderse una gota, una extraña gota jamás convocada a tus ojos por un criminal o un necio y sin embargo...
Entonces sí te explico como al final lo hace Truffaut, porque en definitiva se entiende (pero lo que no se entiende es semejante demora), aunque vos insistas en explicarla a través del miedo o la vergüenza. Entonces sí te explico por fin mirándote a los ojos porque me lo debés, porque te lo debo, porque estas manos estuvieron buscando las tuyas por casi dos años, porque estas palabras vienen corriendo carreras circulares en mis venas, porque estas lágrimas vienen secándose cada tres meses y este abrazo se acaba de marchitar y caer hecho cenizas, junto a las lágrimas, los bollos-recuerdos, las llaves, la escalera, los lunares, la esquina, el frío de un nuevo Julio. Porque sigo esperando, sentado en el cordón, con una caja de chocolates, que no tomes ese taxi, que no pises esos suelos, que no dobles –para siempre- esa otra esquina, esa nueva calle, este eterno desencuentro, este maldito pesar, este desolado mediodía, este viento en la avenida y el ruido de la caja del semáforo... ahora pasá, ahora pará, ahora pasá vos, ahora vos...

Autor: Uninvited
Leer más

17 de octubre de 2010

el comentario 7 comentarios

Suit


Había un par de parroquianos mirando por la ventana, reían por lo bajo haciendo comentarios y volviendo a reír.
El auto alemán, con maravillosa tozudez, se enterraba en la arena ayudado por la estupidez del conductor que aceleraba y aceleraba... y nada, cada vez peor. Finalmente el ruido del radiador sonó a amenaza.
Don Suit (¿de que otra manera llamarlo?) se bajó puteando duro y parejo, el traje empapado en sudor, los zapatos italianos llenos de arena, sin uno de los lentes de sus anteojos y maltratando al celular, ya que acá no hay señal.
Avanzó hacia la cantina bufando y maldiciendo.
Entró, y preguntó por un teléfono. Se lo alcancé.
Me preguntó por un auxilio. Le mostré el aviso de Anselmo.
Habló, pidió el remolque, "al mediodía, tal vez mas tarde" (Anselmo no cambia...), llamó a su despacho y habló con su asistente para reorganizar la agenda.
Y fin, solo quedaba esperar...
Me miró, lo miré y le dije "buen día". Momento en el cual empezó a despotricar contra el maldito GPS que habla y habla y solo dice pavadas, los de caminos que señalan tan mal las carreteras, siguió contra el mal mantenimiento de las mismas, después contra la empresa que le alquiló el auto que no se lo entregó con un mapa decente, luego contra el auto, que tenía tan poca estabilidad..., y así siguió y siguió... minutos y minutos...
Pidió un diario y le di el periódico local. Después de hojearlo un rato se quejó de las noticias..., cuando se acercó a temas áridos como el partido que perdió el último domingo el Sportivo, Paco le hizo un claro gesto de silencio.
El Sportivo es un tópico delicado.
Fermín y su hermano acababan de entrar y se metieron de lleno en el tema. Esa defensa...
Al rato un grupo de pescadores que venían a almorzar se unieron, y las voces fueron elevándose... Alguno ya estaba un poco picadito por el vino... En fin, el primer golpe lo recibió el hermano de Fermín, y de ahí en más se armó...
Por suerte Paco ha caminado un rato y me ayudó a "sugerirles" a unos y otros a tranquilizarse. A Don Suit le di carne fresca para su ojo, al resto con hielo fue suficiente.
Le serví guiso de conejo, y tinto de la casa, a medida que fue comiendo se fue calmando. Vi que había perdido la corbata y al saco le faltaba una manga, más algunos botones a la camisa. Los nudillos pelados y el ojo en deplorable estado. Por otro lado Fermín y su hermano le compartían la mesa como amigos de toda la vida.
Después del café me preguntó por Anselmo... sólo le sonreí. Y se fue a caminar por la playa. Un par de horas después me asomé y le vi jugando con un perro en la orilla, se había quitado los zapatos y arremangado el pantalón y disfrutaba como un crío.
De tardecita ya, volvió a la cantina, le dijo a Paco si le preparaba un "mojito", y un enorme emparedado. En eso entró Lola, y se lo llevó a una mesa para leerle las cartas...
Anselmo hizo su trabajo en minutos, le desenterró el auto, le revisó el motor, le encontró el lente perdido y le cobró. Además de agradecerle que defendiera a sus primos en semejante pelea.
Se acercó para despedirse y me entregó su tarjeta mientras me recitaba el clásico agradecimiento.
Lo miré, miré la cartulina en mis dedos y la tiré al fuego.
Don Suit se rió de buena gana, me dió la mano y me dijo "dígame Suit a secas, nos vemos el próximo miércoles", y se fue.

Autor: Zorgin
Leer más

15 de octubre de 2010

el comentario 8 comentarios

CAPPA Y EL GENIO BOSTERO.


EL GENIO DEL MATE:

Cuando esa noche caminaba por una calle desierta rumbo a mi casa, jamás sospeché lo que iba a sucederme. Hice un alto para encender un cigarrillo, y el encendedor resbaló de entre mis dedos. Me agaché a recogerlo, y mi mirada se posó en un objeto que yacía en el piso, pegado a una descascarada y cochambrosa pared. Lo levanté, y ví que era un antiguo mate de alpaca, o de plata tal vez, de eso no estaba muy seguro, de los que tienen tres patitas y están primorosamente trabajados.

Se me ocurrió que, con una mano de pulidor de metales, haría un buen adorno.
Pasé la manga de mi campera por su superficie, para ver si podía darle brillo, y entonces, algo extraordinario sucedió.

Del mate brotó un denso humo azulado, que me envolvió para empezar a condensarse tras breves instantes. La nube tomó forma corpórea, y se convirtió en un sujeto.

Tratando de controlar mi desconcierto, examiné a aquella improbable aparición.

Era éste un individuo de mediana edad, con una barba de tres días, vestido con un raído jean y un par de mugrosas zapatillas.

Completaban su atuendo una camiseta de Boca Juniors, y, a guisa de gorra, un pañuelo blanco anudado en las puntas.

Sin darme tiempo a reaccionar, me dijo:

-Buenas, jefe, soy Cacho,el genio del mate, y le puedo cumplir tres
deseos.

-No puede ser...-musité.

-Mire, don...te puedo tutear? Yo soy un genio, y laburo de esto, pero stamos trabajando a reglamento, asi que tenés cinco minutitos para decidir que querés, y después me vuelvo al mate a seguir atorrando. Un abanico de posibilidades se abrian ante mí: salud, riqueza, amor...Fue fácil elegir mi primer deseo:

-Quero una larga vida, a salvo de la decadencia de la vejez.

-Mirá, lo que pedís es jodido-dijo el genio-. Con la crisis, no podemos cumplir a full, vistes? Lo que sí, te puedo bajar un cacho el colesterol, hacer que las chapas no se te vuelen más, y alargarte la vida, a ver, no sé...digamos quince días más de lo que deberías vivir.

Agarrás viaje?

-Y, bueno, peor es nada. Mi segundo deseo es dinero, mucho dinero.

-Tomá-dijo el genio del mate, alargándome varios billetes que en total, sumaban quinientos pesos, junto con una tarjeta- es toda la guita en efectivo que tengo, pero en la tarjeta tenés la dirección de un concejal que yo conozco.

Andá y decile que vas de parte mía, y te consigue un puesto de ñoqui. No es mucha guita, pero no tenés que laburar.

Solamente ir una vez por mes a retirar el cheque.

Las cosas no son tan fáciles como yo creía, pensé. Tal vez, mi tercer deseo podría ser satisfecho sin limitaciones.

-Bueno, mi último deseo es ganar el amor de Natalia, que es una chica que conozco..

-Ya sé quien es, papá-me interrumpió Cacho-una rubia, tetona, que labura con vos. No te conviene, viejo. Es una histértica, esa mina. Además, el amor no entra en mis obligaciones. Ese es laburo de Cupido, el enano ese que anda jodiendo todo el día a los flechazos. Lo que sí, te paso unos números de teléfono-dijo, estirándome un papel-de unas minas que conozco que están muy buenas. Y ojo, esto de onda, loco-agregó, guiñandome un ojo- todavía te queda un deseo. Apurate.
Ya había sacado lo máximo posible en materia de salud, dinero y amor, y los cinco minutos se acercaban a su fin. De pronto, viendo el atuendo de Cacho, una pérfida idea cruzó por mi mente.

-Cacho, de que cuadro sos?

-Pero mirá la gilada que me preguntás! Con esta camiseta, que querés,
que sea hincha de Kimberley? De Boca soy, loco...

-Yo también-dije, emocionado-.Entonces, ya sé lo que voy a pedir.
Quiero que Passarella se quede para siempre en River!

-Concedido, macho!!! -dijo el genio-. Con esto, hicistes feliz a medio país, hicistes.

Bueno, flaco, chau y suerte.

Dicho esto, Cacho perdió su forma corpórea, y, transformándose nuevamente en una azulada nube de humo, se metió en el mate. Me alejé, seguro de que el cumplimiento del último deseo, era el que, sin duda, me iba a proporcionar más satisfacciones.

Buenas noches.

Autor: Gustavo / Gaucho Santillán
Leer más

14 de octubre de 2010

el comentario 12 comentarios

Francis, segunda parte


Fines de los 80'.
El gobierno de Suharto se tambalea. Jakarta se ha convertido en una ciudad peligrosa.
A sus 24 años, Francis camina por la Av.Gatot Subroto distraídamente, lleva una bolsa de compras, con dos ositos de peluche rosa en su interior.
Siete años hacía que estaba en la petrolera, haciendo excavaciones, trabajando con explosivos.
Después de los cinco encerrado en Pertridge, la idea de trabajar al aire libre, en los yacimientos en Java le pareció ideal.
Al año de establecerse, conoció a Mei-Ling, la hija de Ho, el cocinero del campamento. Una hermosa y joven muchacha, de dieciocho años y finos rasgos malayos. Tierna...
Francis, cruzó la calle y entró al Hilton como un pasajero más. Después de dar un par de vueltas por el vestíbulo, se dirigió al bar, todavía era temprano para la reunión. Pidió un Tom Collins y esperó.
El sudor corría por su espalda. El traje de hilo era fresco pero el calor del verano indonesio era sofocante.
Al principio, las citas con Mei-Ling, fueron a escondidas. Su padre no vería con buenos ojos que su única hija anduviera con un expresidiario y además negro. Sin embargo los jóvenes se amaban con pasión, y finalmente superaron la oposición paterna.
Una tarde de primavera la muchacha citó a sus dos hombres en la cafetería del campamento, y les dijo que estaba embarazada. La pequeña familia de tres se abrazó llena de alegría.
Mei-Ling había logrado cambiar el carácter recio de Francis. Con paciencia la muchacha lo había ido "domesticando". Tenían planes para los cuatro, incluido Ho. Pondrían una hostería para turistas europeos, en Bali.
Mei-Ling había logrado el milagro de la felicidad perfecta..., Mei-ling era dulce, buena, alegre, y paciente...
Mei-ling murió de un balazo diez días después, víctima de un secuestro fallido.
La trata de blancas sigue siendo un importante negocio en Indonesia.
El padre le pidió a Francis que se hiciera cargo de los trámites, para su corazón de hombre mayor era demasiado.
Dos días después la policía les entregó el cuerpo y pudieron enterrarla. Ho, se encerró en un hermético mutismo. Francis se dedicó a comprar información.
Desde la ventana del bar del hotel, vio como las limousinas se estacionaban rodeadas de un enjambre de hombres y niños famélicos, harapientos, mendigando por limosna.
Los servicios de seguridad privada del hotel se hicieron cargo de "limpiar la imagen" para el turismo.
Los tres empresarios se bajaron de sus autos y caminaron hacia el camión estacionado en la esquina. Sin preocuparse por los posibles testigos, abrieron las puertas traseras y revisaron la carga humana...Las mujeres encadenadas y amordazadas miraban suplicantes mientras la transacción llegaba a su fin.
Francis se levantó de su silla y caminó hacia el estacionamiento, al pasar junto a uno de los vehiculos trastabilló, uno de los ositos cayó de la bolsa...
El chofer/guardaespaldas le miró con curiosidad, Francis le mostró el otro muñeco, como si nada y siguió caminando.
Al llegar a la esquina, escuchó la explosión, la onda expansiva había destrozado todo en un radio de treinta metros, abrió la puerta del camión y soltó a las mujeres.
Escuchó las sirenas, y siguió caminando hacia el cementerio.
Mei-Ling amaba los ositos de peluche.
Leer más

13 de octubre de 2010

el comentario 16 comentarios

La vida ya nos despertó (madurez)

Periodo de reformas intimas. De preguntas inquietantes a uno mismo. En definitiva, un balance de lo aprendido, de lo asumido, y de lo vivido.
Presiento que deben ser las respuestas no gratas, las reformas inacabadas, y un saldo con el que no estamos de acuerdo, lo que desencadena esa famosa crisis de los cuarenta o de los cincuenta.
Divagando por ella, caemos en la trampa de la nostalgia, o en la rebeldía mas tajante. Lo primero, nos instala en el conformismo y la cómoda “estabilidad”, y lo segundo pone nuestra existencia en un trapecio, boca abajo, y con las patas arriba.
Llegan los acuerdos, o aparecen los divorcios. Pedimos un mejora salarial, o mandamos a paseo ese trabajo que nos pesa un mundo. Nos hacemos simpatizantes de nuestras arrugas y lípidos, o amigos inseparables del bisturí, con sus reparaciones a la desesperada.
También es la edad de tener amantes, esa tercera pata del taburete, la que equilibra y hace de soporte a cotidianidades aburridas hasta la saciedad. No sé si hay un santo para los amantes, pero debería haberlo, o al menos una calle con su nombre en cada pueblo y ciudad.
Tiempo de riesgo. Renuncias a los vicios de toda una vida, en nombre de una sístole y diástole conveniente. Pasas a formar parte del colectivo pre-achaque, y empiezas a divisar esas patologías incomodas, que entran en tu vida sin avisar ni pedir permiso,con una falta de elegancia, total y absoluta, y con quien tienes que aprender a compartir tu pan ,y tu verdura sin sal. Invitados inoportunos, que no traen ni los postres.
Sin lugar a dudas, y desde el máximo respeto, yo prefiero esa gente que se pone el universo por montera. Que se ríe ante el espejo, y acaricia sus surcos con el placer de lo vivido. Que no le da tregua a la melancolía. Esos que llevan la alegría tatuada, y que en la adversidad saben como manejar el resorte del optimismo.
Ni esta etapa, ni en ninguna, deberíamos perder eso que llaman ilusión. A esa hay que mimarla cada día, hay que seguir descubriendo, atrapando cualquier instante de risa y de gozo, porque lo contrario es renunciar a mantenerse en el arbol de la vida, e ir a parar al suelo como una fruta que madura prematuramente, por falta de aires renovados y del abono de la curiosidad.
Como un sagrado mandamiento, tenemos que retener siempre, un trocito de cielo.
Autor: Noah



Leer más

12 de octubre de 2010

el comentario 9 comentarios

La siesta del Unicornio



Cerca del lago de las siete corrientes, más allá del bosque donde duermen los sueños, juguetea con la hierba y persigue mariposas, el viejo unicornio.

Es tan bello a pesar del tiempo, su crin aún mantiene ese brillo que eclipsa al instante, es una lástima que su cuerno no sea tan grande y poderoso como antaño, aunque es casi un milagro que lo mantenga después de topar con caballeros negros ávidos de poder y sabiduría robada y de magos egoístas que lo retenían con hechizos para rascar cada día un poco de él y así hacer pociones que los hiciese más potentes y poderosos.

Aun recuerdo el día que lo vi por primera vez. Estaba sentada debajo de mi sauce llorón favorito conversando con la dama del lago, cuando vimos a una pobre criatura, asustada, herida, trotando sin rumbo .En su cuarto trasero tenia clavadas dos flechas. Tuvimos que hacer un gran esfuerzo para alcanzarlo, y una vez le dimos alcance, convencerlo de que solo queríamos ayudarlo tampoco fue tarea fácil.

Era difícil de creer, que alguien hubiese tenido el poder necesarios para transformar una alma tan pura como la suya, en un lugar lleno de recelos y desconfianza, pero ya se sabe una vez se entra el bosque tenebroso es muy difícil salir indemne de él.

La dama del lago le cubrió la herida con barro del fondo de las siete corrientes. Yo le explicaba cada día una historia diferente para que olvidase poco a poco los malos recuerdos y los sustituyera por nuevas esperanzas.

Siempre espero con anhelo la hora de la siesta del viejo unicornio, me encanta pasear mis dedos por su larga y sedosa crin mientras me acurruco a su lado para contarle una historia.

Evaglauca

Leer más

el comentario 6 comentarios

A mediodía.







Se estaba muriendo.

Moría con una muerte lenta que arrastraba de años atrás. Su peso había debilitado la fuerza de sus patas, sobre todo de las traseras, y la piel, y el pelaje mugriento, le apretaban los huesos como queriendo unirle los costados.

Sufría constantes escalofríos, aún echado al sol, y ni siquiera los trapos con que lo tapaba Hombre suavizaban los temblores que lo sacudían.

Como quien se encuentra perdido en el desierto, añoraba el agua con una desesperación inclemente: el día anterior había relamido hasta la última gota que tenía en su cuenco y hacía un rato no más había vuelto a beber hasta el hartazgo.

Ese día, como no tenía fuerzas para levantarse, Hombre le había puesto muy cerca el cuenco del agua, y también le había dado comida, no tanta como la que solía comer.

Esto le había animado un poco y llegó a sentirse más fuerte. Pero sus patas traseras se habían resignado a su destino, por lo visto, y por más que hizo sólo pudo arrastrarse unos metros ayudándose de las otras. Finalmente, logró sentarse y contemplar la puerta de la casa moviendo el rabo cuando alguien salía.

Se daba cuenta, del modo en que suelen hacerlo los perros, que su inesperada recuperación aliviaba y esperanzaba a los de la casa.

Por turnos, cada uno de ellos, el padre, el hijo y la hija, se sintieron impulsados a cruzar el amplio patio hasta él. Iban, lo miraban, le hablaban a veces y aunque no lo tocaban él se sentía contento de que estuvieran allí.

Secretamente, él sentía una especial adoración por Niño.

Aunque la memoria de los perros es selectiva, debido a que no es muy amplia, los recuerdos que conservan son vividos y eternos, recordaba nítidamente el día que se vieron por primera vez en una mañana húmeda.

Era pequeñito y o podía mantenerse en pie, por motivos menos indoloros que los actuales. Sentía un hambre atroz que lo hacía gimotear y aún tenía frío, mucho en realidad, pues durante la noche había sido rescatado por Hombre de la tormenta que le dañaba los oídos causándole pavor.

Su mente de cachorro reducía los hechos del modo negativo en que suelen hacerlo los jóvenes: antes tenía un cuerpo a su lado que lo mantenía abrigado, ahora no; antes, cuando sentía hambre, siempre estaba ese mismo cuerpo para que él pudiera saciarse y hartarse, ahora no; antes él y los otros estaban juntos y apilados, por así decir, ahora, por el contrario, estaba solo.

De repente, todo aquello dejaba de ser, como si nunca hubiera pasado, y sus pocos gramos de existencia perruna se concentraban en aquella cocina llena de olores, en las voces emocionadas de Niño y Niña, y en la sombra de Hombre que se interponía entre él y la lluvia.

Niño lo tomó entre sus manos. Lo agarró de los sobacos y lo acercó hasta su rostro, de modo que ambos cachorros, el de hombre y el de perro, se midieron mutuamente con brevedad. Fue entonces cuando él supo que le gustaba Niño, y comprendió que el sentimiento era compartido cuando éste le sonrió, a pesar de sus pulgas y mal olor. Decidió mostrarle su contento con una curiosa lamida de su lengua rosada y mínima.

Niño rió, y él recordaba el sonido de la risa porque llenó la cocina de un calor nuevo, anhelado.

Decenas de años perrunos después, él moría.

Allí, solo y desamparado como un viejo enfermo. Sentía la presencia de Muerte rondándolo cada día más cercana, casi a punto de devorarlo.

Él hubiera querido espantarla con ladridos y aullidos, pero su voz se perdía en algún canal de sus cuerdas vocales, seguiría confinada a su mente.

Continuó echado, sumido en varios pensamientos cortos e incoherentes.

De vez en cuando, su hocico parecía ser vencido por la gravedad y se estrellaba contra el suelo, con un sonido hueco de las mandíbulas.

Se quedó dormido en una de esas ocasiones, y así lo encontró Hombre rato después.

Se le acercó bastante y al ver que el perro no abría los ojos pensó que ya habría muerto. Pero al examinarlo con más detenimiento, notó el breve y casi imperceptible aliento que le hinchaba la zona de las costillas.

El hombre no comprendía por qué el pobre animal debía sufrir tanto, y se preguntó nuevamente cuánto más duraría eso.

El hombre se acuclilló ante el animal y se apiadó de él al ver las heridas en carne viva, como manchas sanguinolentas de un dálmata. Tenía dos o tres solamente. Pensó que, al menos, ya no le lloraba de los ojos aquella mucosidad verde y extraña. Hubo días que se encontraban velados por una fina película blanca, como ojos de ciego, y el pobre perro si sabía hacia donde iba.

El perro se moría y ya era un cadáver.

Lo apaleaba un sufrimiento que no encontraba su fin.

El hombre pensaba que no soportaría el invierno, pero éste había terminado y el perro empeoraba con la llegada de la primavera.

Se quedó unos minutos incalculables perdido en sus cavilaciones, hasta que, inconscientemente, su mano se estiró y sintió la textura apelmazada del pelaje canino.

El perro despertó entonces, no como suelen despertar los perros, con brusquedad; si no, más bien, sus ojos se fueron abriendo despacio, como ojos humanos acostumbrados a despertar con tranquilidad.

Un brillo de inagotable alegría surgió de sus pupilas. El rabo se movió tres, cuatro veces, y volvió a caer.

Hombre y perro se miraron.

Se comunicaban entre ellos. El hombre hablaba y escuchaba el perro; hablaba el perro y escuchaba el hombre, y en ningún momento bajo aquel sol de mediodía se oía un sonido.

Los ojos humanos miraban con compasión y los perrunos con aquella mirada de afecto liquido.

Sólo hubo un momento de vacilación en la mano del hombre.

Dio la impresión que enseguida se pondría en pie y volvería a la casa vacía.

Pero entonces, el perro, como adivinando la lucha interna de su amo, alzó el cuello delgado, ya al limite de sus fuerzas, y aproximándose lo obsequió con una lamida seca de su lengua larga y pálida, en la bota de goma.

Luego volvió a descansar la cabeza sobre el suelo de tierra mirando a Hombre.

Éste se sintió débil otro segundo.

Entonces, sacando la otra mano del bolsillo y propinándole unas suaves palmadas cariñosas entre las orejas, cerró los ojos.

Y apretó el gatillo.



Autora: Maga de Lioncourt.





(Fotografía de Oscar López.)






Leer más

11 de octubre de 2010

el comentario 10 comentarios

Anselmo y Cloe

Los sábados a media tarde llega el furgoncito con Anselmo y Cloe.
Cloe pasa con sus tortas para vender, y Anselmo viene con su acordeón, a quedarse.
En la medianoche canta Lola, y Anselmo la acompaña.Él dice, feliz, que Patxi Andión lo nombra en una de sus canciones.
Cloe es delgada, alta, ojos claros, mirada franca, lleva el cabello corto, de andar seguro. Es británica. Hija de un Lord, o algo así. Hace años fue joven, rebelde y activista. Una noche cometió un error, y sólo las conexiones de su padre lograron sacarla del país antes de que la detuvieran.
A condición de no volver.
Se unió a una organización internacional humanista y comenzó su deambular por el mundo. Asia, África y Medio Oriente fue su derrotero, donde hubo guerra estuvo Cloe...
Un día, después de hacer una ronda entre los críos de un hospital de campaña, se dió cuenta que ya no notaba la diferencia entre un bando y el otro.
Juntó sus petates, y marchó al puerto. Se embarcó como enfermera en un mercante de bandera panameña y desapareció nuevamente.
Dos años después, el barco naufragó frente a estas costas, entre los sobrevivientes, una mujer indocumentada ayudaba a los heridos.
Don Ramón, el alcalde, no hizo preguntas, y la puso a cargo del dispensario. Desde entonces, Cloe trae niños al mundo, entablilla brazos, y es lo más parecido a un médico, que tenemos en la aldea.
Vive del sueldo municipal, y los sábados vende sus tortas aquí y en otras cantinas, y con eso mantiene una guardería. Siente que todavía tiene muchas cuentas por saldar.
Frente al dispensario está el taller mecánico. Anselmo es bajo, sólido, tímido, de andar pausado. Tiene un don, los motores y él se entienden. Magia pura.
Trabajó en Italia un tiempo, pero el terruño tira... y se volvió. Vinieron a buscarlo de Maranello un par de veces, pero él, nada. La gente piensa que es algo lento.Yo no estoy tan seguro.
El día que conoció a Cloe, supo que era para él.
Para Cloe, Anselmo le da la paz que perdió hace tiempo.Es una mujer dura, con muchos fantasmas, sobre todo de noche..., y ahí está Anselmo, para cuidarla.
Después de la recorrida, y vender todas sus tortas vuelve a la cantina. Es de noche, busca la mesa de su hombre, y allí se quedan, juntos, disfrutando la mutua companía, agarrados de la mano en silencio.
Más tarde, cuando canta Lola, Anselmo se pasea entre las mesas tocando su acordeón, le guiña un ojo y Cloe sonríe...
Cuando todo termina, se van, abrazados, muy juntos. Se suben al furgoncito y se pierden en la noche...

Autor: Zorgin
Leer más

9 de octubre de 2010

el comentario 9 comentarios

SU CAFÉ


Me ha despertado el aullido del teléfono. Irreverente. Una vez, otra vez.

Tengo la voz silenciada. Voz sin cuerpo.

Me da tiempo, antes de descolgar de saber que son las ocho de la mañana. La voz de mi mejor amiga quiere parecer la de ese príncipe. Y ella no sabe que yo sé que no quiero ya, nunca ya, un príncipe. O sí, un príncipe solícito que me deje dormir por los siglos de los siglos.

No me deja hablar. Sólo anuncia que en media hora estará en casa. Que tomaremos café. Que hablaremos. Lo sé: hablará ella. Escucharé yo. Querrá que hable yo. Querré seguir escuchando.

Es mi último día en la ciudad. Busco un exilio para mí. Una huída. Pero muchas cosas han pasado. Me he separado de él. Y no consigo separarme de él. Está a la vuelta de la esquina. Mis pensamientos corren una y otra vez, todas las veces del mundo a esa esquina. Viven ahí, mientras que yo, con mi cuerpo, con mi alma huérfana de alegrías, con mi vestido de amargura habito esta madriguera de ochenta metros cuadrados. Ochenta metros cuadrados de sueños rotos.

Mientras tanto me ducho, me maquillo, me embadurno, como le gustaba definirlo a él. Mientras tanto busco unas zapatillas, cubro mi cuerpo con un albornoz robado en aquel hotel. Claro que ya no se roban los albornoces. Los dejan ahí para que te los lleves cuando gustes. Y yo siempre he gustado mucho. Así que también en este piso se quedarán muchas prendas que han sobrevivido a noches de hotel. Noches de amor. Noches de pasión. Noches.

Paseo por la terraza. Mi voz se materializa. Enciendo un cigarro para someterla al silencio. Fumo y pienso. Lloro y fumo. Pongo la cafetera. Dios mío, cómo está todo. Botellas vacías. Ceniceros llenos. Desorden en perfecto estado de revista. Aquí tendrían que venir los de Ikea a rodar uno de sus anuncios sobre la libertad de no sé quién y la república de no sé dónde.

Crespo me regala sus mimos. Sus ronroneos. Mi buen Crespo. Lanza zarpazos a diestro y siniestro persiguiendo un bicho que sólo él ve. Me sigue a todas partes. Es un verdadero príncipe azul. Acaricio su lomo. Golpea con su nariz fría y rosada mi brazo, mis piernas.

Ana es puntual. Para desgracia mía, nunca ha sabido no ser puntual. Crespo la increpa. Con sus patas la busca, quiere una ración de caricias. Pero ella no quiere gatos. No animales de más de dos patas. A lo sumo hombres entre las piernas y pájaros en la cabeza.

Entra en casa como la marabunta, como siempre. Arrolladora. Su exceso de energía me nubla la vista. Su exceso de palabras aniquila las mías. Quiero un abrazo mudo. Quiero un abrazo que no hable. Pero sé que se pondrá a llorar. Que querrá convencerme. Aún así no me dejaré convencer. La decisión está tomada.

La cafetera avisa justo cuando iba a empezar a hablar. Nos miramos y cumplimos con el ritual. Ella me ayuda con las tazas, el azúcar y las cucharillas también robadas de no sé qué sitio. Coge unas galletas y unas servilletas de papel con motivos gatunos.

Busco un cigarro entre los objetos dispersos que han tomado posiciones en la mesa de centro. Le ofrezco uno a ella. Y durante unos segundos deliciosos sólo fumamos y nos miramos. Y observamos y sabemos que digamos lo que digamos no nos vamos a dejar convencer.

Mi mejor amiga empieza a hablar. Mientras sacude las migajas de galleta que muerdo con desgana y arrecian sobre mi albornoz. Busca las palabras. Las mide. Las pesa. Las piensa, contra todo pronóstico, antes de pronunciar:

- Estás segura. Creo.
- Crees bien.
- No puedo hacer nada para que te lo replantees.
- No. No puedes hacer nada. He hablado con la empresa. Está todo listo. Sólo me queda irme. Sólo París espera.

Una conversación estúpida. Sin adornos. Ella sabe que mi decisión es irrevocable. Que me tengo que alejar de todo. Que cada vez bebo más y vivo menos. Que mi empresa tiene en París una delegación. Joder, al menos es en París. Si fuera en Siberia, igual, no sé… tendría que replanteármelo. Que quiero empezar de cero. O de uno y pico. Pero tengo que alejarme de todo lo que quiero y de todo lo que no me quiere. Si mis recuerdos quieren viajar conmigo, allá ellos.

Ella sonríe. Y llora, poco después.

Me contagia tornando mi sonrisa en llanto.

Me abraza.

Y la conversación busca desembocadura en este mar de lágrimas.

- Ya tienes atado todo. ¿No te queda nada por hacer?
- Todo atado. Todo. Mañana vendrá una chica a limpiar esta leonera. Y no es leonera por Crespo, créeme.

Se sirve más café. Me sirve más café.

Las dos bebemos ahora en silencio. Ella no sabe qué decir ni cómo decir lo que piensa una vez que se sabe vencida. Y yo no sé qué hacer ahora. Busco pretextos para salir de esta situación. No me apetece llorar más. Estamos tristísimas.

La tristeza de Ana es la que habla. Apenas mueve los labios. Musita:

- Joder qué triste.
- Suelen serlo las despedidas.
- Si estuviera de puta madre y no quisiera renacer, de alguna manera, no me iría. Seguiría naufragando una y otra vez en un océano de alcohol. No quiero acabar así. –Añado-

Y la primera mitad de la mañana transcurre entre los humedales que provocan las lágrimas compartidas y mezcladas. Entre café y café. Entre canción y canción que Ana insiste en poner en el equipo de música. Busca balada para una despedida.

Ana decide que tiene que irse. Que su empresa ha fracasado. Vuelve de la cocina con la cafetera. Se la queda como recuerdo, tal como habíamos acordado. Me despido evitando que nuestras miradas se encuentren. No quiero que el llanto nos atrape de nuevo. Mañana, en el aeropuerto, tendremos nuestro momento. Sí.

Que sí, que mañana a las ocho en punto pasa a recogerme. Insiste en lo de las ocho en punto. Que lo tenga todo preparado. Que sí, que todo estará preparado. Que un beso. Que un beso.

El resto de la mañana transcurre. O se escurre entre idas y venidas al banco. Ultimo detalles. Últimas llamadas. Transfiero las cuentas a otro banco. Hablo con la chica que tiene que venir a limpiar mañana. Que se quede con la llave. Que ya le daré indicaciones desde mi nuevo destino.
Hablo con la empresa, ahora que mi voz se ha entrenado con Ana y con la de la limpieza. Hablo bien, me hablan bien. Me animan y desean suerte. París, mañana, será otro principio.
De manera mecánica, abro la nevera. Y entre restos de serie, encuentro una lechuga, algunos frutos secos, pasas y un huevo que está al límite de la caducidad. Me preparo una ensalada. Como con desgana. No consigo saciar nada. Me tumbo en el sofá. La voz de Sabina me emplaza al templo de las borracheras.

Bajo al bar de siempre, a media tarde.

La radio suena enfurecida. Me siento en la barra y me pido un Gin tonic. Leo el periódico y me canso pronto de tanta estupidez política. Y humana, por supuesto. De tantos goles en porterías contrarias. De los triunfos y las derrotas. El diario sólo es eso: un compendio de triunfos y de derrotas. Como mi puta vida. Qué asco. Cada triunfo es efímero, cada derrota es para toda esta vida. Veremos allí. Veremos.

Me acomodo en la barra. La música estridente ha dejado paso a las voces de las personas que entran y salen de este pequeño santuario.
Las observo. Son trabajadores. No aparentan ser personas solitarias. Son padres de familia. Son madres de familia. Seguro que disfrutan de un receso en su jornada. Que volverán a sus casas convertidas en dulces hogares. Que hablarán antes de cenarse unos, que reirán antes de convertir la cama en un ring de boxeo otros. Que amarán. Que pelearán. Y, por fin, noche juntos. Mezcolanza de sueños recíprocos. El amanecer los encontrará tumbados, ahítos de amor, sobrados de pasión. Desterrado cualquier indicio de tristeza.

Paseo mi mirada por la barra y por las mesas. Advierto la felicidad de los contertulios que abrazan el optimismo sobre la próxima liga. Escruto el orgullo de la madre que irá, al día siguiente a recoger a sus hijos que vienen de colonias. Beben risas, destilan felicidad. De mi bolso rescato la novela: Trópico de cáncer.

Al fondo del local un hombre. Solo.
Por fin una persona sostiene un libro. No puedo evitarlo. Me gustan los idilios entre las personas y la literatura. Aunque sólo dure las doscientas páginas de la historia. Pero siempre, al final, queda una separación amistosa.
Ah, y mis tetas. También las sostiene con la mirada que vuela de letra en letra y de teta en teta. Seguro ha perdido el hilo.

Vuelvo a mí. Ahora soy yo quien tiene a Henry Miller abierto por la penúltima página. Me seduce esta literatura. Esta forma de vida. O de no vida. Esta maldita manera de no conformase. De revelarse contra un destino que una vez llegado a nosotros quiere violarnos. El método de algunos escritores de enfrentarse al miedo. De escribirlo, de describirlo, de destruirlo destruyéndose. Ese suicidio en cada frase que hace del lector un resucitado. Porque si estoy triste, no quiero cuentos alegres. Bendita ambivalencia. Quiero a Miller, Nin, Bukowski, Fante y sus historias de amor y odio. Sus verdades, sus mentiras de verdad.

Vuelvo al hombre solo. Sigue en su lectura. En su café. Y su mirada, otra vez en mí. No sé si habrá leído mucho. Lo dudo, al verlo así. Mirando, llevándose la taza a los labios y dejando que la mirada campe por mi cuerpo.

Y abandono mi puesto de observación en la barra. Con el libro en la mano, con el vaso en la mano, me acerco a él. Y él no tiene palabras para mí. Nos cuesta hablar. Entonces cojo su libro. Lee mi novela. Las mismas páginas que mis dedos separan.

Tras una alarde de locuacidad y unas breves palabras y tras mostrarle el libro, le invito a que me invite a sentarme a su lado.
Sigue bebiendo de una taza en la que no queda nada. Pero que le sirve de escudo protector. De atalaya. Y me recorre una y otra vez.

Pido otro Gin tonic. Pide otro café.

Le pregunto si sólo toma café. No se atreve a preguntarme si sólo tomo Gin tonic. No. No deja que sus dudas se conviertan en preguntas lacerantes. Me deja beber. Le dejo beber y mirar.

Hablamos de escritores. De obras. De música. De cine. De amores que son, de amores que fueron. De la escritura maldita, aunque redentora. De los escribientes malditos y condenados. Excomulgados por la sociedad. Estoy segura que sólo escribían para el futuro, sabiendo que en sus calles, en las casas cercanas, en los barrios por donde pasaban, en las ciudades limítrofes no encontrarían lectores. Ni apoyo de las instituciones. Escribían mirando hacia delante. Siempre.

Él es moreno. De pelo corto. De facciones marcadas. Su mirada expresiva remarca sus gestos. Aunque apenas mueve las manos, sus ojos no dejan de viajar.

Hablamos. Otro Gin tonic.
Café. Sigue buceándome.

Increíble. Hacía tanto que no me sentía así. Así de mirada, de admirada. Los libros lo llenan todo, la música todo lo conduce, el cine todo lo muestra. Repasamos los éxitos. Le recomiendo letras. Me recomienda letras. Es un intercambio constante. Un fuego cruzado de buenas intenciones literarias, artísticas. Un fuego que abraza. Unas palabras que comienzan a diluir mi día aciago. La vida me ofrece una tregua: deja de dolerme.

Aunque ahora hablo menos. Escucho más.

No deja de hablar. No quiero que deje de hacerlo.

Mi mano ha violado varias veces su espacio aéreo. Se ha acercado demasiado. Quiere acariciarlo. Locura. Sí. Locura.

El bar cierra y la camarera me regala la mejor de sus sonrisas. Camaradería femenina.

Como en muchas de las películas de las que hemos hablado, quiero la última copa en mi casa. . Le ofrezco café soluble y una colección de libros que adorna mi piso y habita en mi conciencia. Acepta.

Cruzamos el puente. La luna descansa en paz sobre la ciudad.

En mi piso, Crespo lanza zarpazos al aire y al visitante. Las botellas se agolpan en la mesa por doquier.
Miro cómo me observa. No me juzga. Sólo quiere libros y sexo. Lo leo en sus ojos. Le preparo el café soluble y me preparo un gin. Mi vista está cansada. Lucho por mantener la calma. Por estar atenta y despierta. Bebe café.

Mis ojos se cierran. Se demora mucho en volver junto a mí. Sigue acariciando los lomos de los libros. Pronuncia los títulos con voz cadenciosa. Cancioncilla de cuna para mí. Lo último que veo es a mi invitado curioseando entre los cedés que se han salvado de la criba de Ana. El cansancio se adueña de mí. No puedo más. Y lo quiero todo.

Y sueño.

Y sueño con sus manos en mis pechos. Con su boca en mis labios. Con su aliento convertido en huracán de placer.
Y sueño con sus manos en mis muslos. Con su boca en mis muslos. Con sus labios húmedos regando mi cuerpo.
Y sueño con sus dedos en mi sexo, con besos infinitos. Tsunami de placer que me arrastra al infierno del goce supremo.

Crespo me roza con sus patas. Me despierta. Mi cabeza va a explotar de tristeza. No hay rastro de mi sueño. De mi ayer convertido en recuerdo desde que mis ojos se han abierto. Voces. Voces de conversaciones regresan a mi cabeza. Y su voz encendida. Y mi voz cayendo por el barranco del sueño inoportuno.

Suena el timbre. Es Ana, con esa puntualidad exasperante. Poco a poco recobro la calma. Encuentro mi lugar. En una hora, todo listo.
Salimos.

El coche está cargado.
Le propongo tomar un café en el bar de siempre. Acepta. Sabe que es una prórroga. Un tiempo muerto. Un rato más juntas.

Nos sentamos en la mesa del fondo.

Busco su presencia. Apreso su recuerdo. Pido su café.

Autor: Mario
Leer más