30 de septiembre de 2010

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Despertando a la vida

 Hoy, un amigo, me hablaba de su hija de 5 años,. Estaba muy preocupado porque la niña se inventa hermanos, amigos invisibles,viajes que nunca ha realizado, le gusta el futbol, y se niega a ponerse faldas.
A medida que me contaba su “problema”, se iba despertando mi simpatía por esa criatura. Cuando ha terminado el discurso paternal, le he preguntado. Que es lo que ves de extraño en ese comportamiento?. No sera que la chiquilla tiene una imaginación portentosa y llena su pequeño mundo de grandes sueños?
Quizá los adultos perdemos la memoria de nuestro encuentro con la vida. Que como todos los primeros encuentros, se componen de inseguridades, de miedos, y eso hace que los maquillemos con otros colores mas vivos y alegres, para que el acercamiento sea mas dulce y sencillo.
Tengo conciencia de mi niñez a partir de los 4 o 5 años. Una época en que mi máximo afán era oler a la gente. Mis padres me advertían que besar a todo el mundo no era de buena educación,yo seguía dando besos a diestro y siniestro, porque tenia mi motivo, !olerlos!. Si olían bien pasaban a formar parte de mi grupo de héroes, si no me gustaba su olor, los expulsaba sin miramientos de mi historia.

También tenia amigos inventados, ayudas de cámara que me vestían como a Ana Bolena,un dia era invisible, otro enterraba cajas llenas de monedas en el jardin,  y también viajaba a la luna.
 
 Pero solo cuando la luna estaba llena.
 
Noah
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COLÒN VS LEIF ERICSSON


Siempre se ha tratado de demostrar que Cristòbal Colòn, NO fue el primero en descubrir Amèrica.

La teorìa màs fuerte, es que navegantes escandinavos llegaron mucho antes que èl. Esto, no se ha podido comprobar fehacientemente, aunque tampoco rebatir del todo.

Pero hay OTRAS teorìas, y algunas, muy bizarras.

A finales del siglo 17, se demostrò CIENTÌFICAMENTE, a travès del hallazgo comprobado de monedas romanas, que los itàlicos habìan colonizado centroamèrica, dando origen a las culturas maya y azteca.

Despuès se descubriò que las monedas habìan pertenecido a un experto en numismàtica, que las coleccionaba, y habìa escondido una caja con ellas, cuando los ingleses amenazaban Panamà.

En EEUU, en 1870, en el valle del Onandonga, se descubriò una estatua..FENICIA. Era seguro que los fenicios, expertos navegantes, habìan estado allì.

Pero despuès, encontraron al "escultor", un desequilibrado mental que querìa hacer plata cobrando entrada para verla.

Uno de los peores, fue Carlos Marìa de la Condamine. En el siglo 18, "descubriò", que el idioma Quechua.....estaba plagado de palabras HEBREAS!. Esto significaba que los hebreos, habìan colonizado Amèrica, sin lugar a dudas. (Nd.Mosquito: cagamos!!)

Hasta se hizo un estudio para mostrar que pasaron por el estrecho de Bering, ya que los hebreos nunca fueron navegantes.

Esta teorìa, aunque parezca increìble, sigue siendo creìda por algunas religiones. (Los Mormones la siguen, y sostienen que el Perù, es el reino de Ophir!)

Pero el màs serio, fue George Elliot Smith, arqueòlogo de la Universidad de Manchester, a principios del siglo 19.

Èl, y sus colaboradores, llamados "La Escuela de Manchester", sostenìan que toda la civilizaciòn, habìa comenzado en el valle del Nilo.

Y desde allì, se habìa desparramado por todo el globo terràqueo.

Su base principal, era el culto al Sol. Este culto està presente en casi todas las culturas conocidas, de un modo u otro. Por eso, se conociò a esta forma de pensar, como "Teorìa Heliocèntrica", ("Helios" = Sol).

Ademàs del sol, como deidad, habìa otras "coincidencias". Las piràmides, los bajorrelieves, los sistemas de regadìo, y las momias, entre otras cosas.

Los egipcios, habrìan llevado parte de su cultura hacia el occidente, dando origen a las culturas minoica, griega y romana. Y hacia el oriente, las culturas asirias, fenicia, y persa.

La "Escuela de Manchester", tuvo su cuarto de hora.

Hasta que un aguafiestas, llamado Leonard Woolley, descubriò la civilizaciòn Sumeria, que, como era anterior a los egipcios, mandò la "Teorìa Heliocèntrica" al tacho.

Para siempre? No tanto.

En la dècada de 1960, Thor Heyerdahl, ( el de la "Kon Tiki" ) intentò demostrar que la "Teorìa Heliocèntrica", era veraz.

Armò una barca egipcia, con papiro, y la llamò "Ra" ("sol").

Se largò desde Marruecos, para demostrar que los egipcios habìan llegado, desde allì, a centroamèrica, originando a los mayas.

Pero el papiro, y los egipcios, nunca habìan navegado en agua salada. La barca se desarmò, y Heyerdahl, se salvò raspando.

Despuès armò otra, (la "RA" II), pero la teorìa se habìa desacreditado. Si los egipcios se ahogaban una vez, no podìan armar otro barco!!

No hay nada que hacer, Cristòbal Colòn, (y su famoso huevo), sigue siendo el màs creìble!

Buenos dìas.

Autor: El Gaucho Santillan
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27 de septiembre de 2010

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Los vapores del wasabi


En este preciso momento noto una sensación muy similar al vapor del Wasabi subiendo por mis fosas nasales expandiendo mi conciencia hasta hacerme despertar de algún letargo excedido en el tiempo. Vislumbro una chispa de luz entrando por persianas que se abren en un amanecer cualquiera y rompen el cristal de mis sueños. Escucho ladridos lejanos en busca de amos. Huelo vapores de desayunos reiterados que se sazonan con risas de pequeños y charlas femeninas difíciles de detener en las crepitantes mañanas.
Todo se agolpa y apretuja en un momento. Esforzándose para entrar en tan poco espacio. En un instante tan solo de mi tiempo.
Frente a mí comienzan a formarse imágenes de contornos aún difuminados. Bordes fuera de foco imposibles de reparar que ondulan desafiando las leyes de la física.
Como en un caldo de cultivo primigenio veo pasar partículas que se arrastran movidas por vientos inexistentes que juegan con ellas como hojarasca de otoño. Luciérnagas sin vida propia, que se encienden y apagan interceptando los haces de luz.
La vista se aclara y emerge una forma conocida, una puerta, una planta, la claridad fraccionada por las rendijas de una cortina americana alejada de mi campo visual.
Alguien acaba de salir. La puerta frente a mí está cerrándose lentamente frenada por mecanismos neumáticos que la dominan y retrasan indefinidamente. Un letrero borroso aún por las nubes que opacan mis ojos, no me deja leer el mensaje que contiene, sujeto a los destinos del balanceo resultante del abre y cierra cotidiano. Pequeñas burbujas de placidez parecen rodearme como un colchón traslúcido que protegiera cualquier tipo de fragilidad existente. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan leve, sin los continuos dolores resultantes del peso de los excesos acumulados y que debo pagar cada día a precios más caros.
El cigarrillo debería estar ahora entre mis labios, primera fase ineludible de la rutina de cada mañana al despertar. Aún antes de poner un pie fuera de la cama siquiera. Pero hoy no, no siento esa dependiente necesidad que calma mis nervios y altera los de los demás. Ese vicio malherido por constantes intentos de ser vencido, parece haberse acallado y ya no tener intenciones de molestar.
Nada de apetito, ni voluntad de salir corriendo de este reposo para ir a orinar.
Casi diría que el paraíso ha retornado a mí una vez más. Cual de niño. Retozar sin pausa; sin requerimientos, urgencias, u obligaciones que lo pudieran evitar. Dejarme llevar en los brazos del dios del sueño, aquel que nos mima en la vida casi por la mitad. Dueño del país de lo posible, de las pesadillas de mentira y los sueños abonadores de esperanzas.
La puerta otra vez. Su vaivén delata en movimientos la llegada o partida de alguien más. Debo estar soñando, de lo contrario lo habría visto pasar. Pero no, solo veo el oscilar del cartel sobre la puerta que no deja leer su mensaje y lanza rayos de luz intermitentes hacia un potus abandonado, que bajo las rayas de sombra de la ventana americana, intenta crecer un poco más estirándose sin fin hacia las mismas líneas delicadas pero, en su preferencia, plenas de luz.
Debería levantarme, darme una ducha y lavarme los dientes, bajar a desayunar, salir al trabajo. Reiterar una tras otra todas las rutinas que cada día ocurren con solución de continuidad.
Reúno toda mi voluntad y lo intento.
Nada pasa. Tal vez ya no soy tan tozudo como antes. Tal vez ya no domino los disparadores ocultos de mi propia voluntad.
Una sombra blanca aparece en el borde de mi retina. Lo escucho murmurar.

-Habría que pedir más muestras…

No logro escuchar más, un cono de silencio parece encerrarme en una burbuja de cristal. Las informaciones comienzan a llegarme fraccionadas. La placidez comienza a abandonarme y la duda se establece como residente permanente de esta vecindad.

…dos frascos más… dextrosa con electrolitos…súbale el goteo…

Un terror inaudito me invade súbitamente. De intentar gritar lo haría con todas mis fuerzas. Sólo que lo estoy haciendo pero nada se escucha. La información fraccionada que me llega no me deja duda. Debo estar internado, enfermo, sedado, dopado. Victima de alguna enfermedad sorpresiva que impide que en mi memoria encuentre registros de cualquier agonía preliminar.
Intento moverme, incluso hablar. Preguntarle a aquellas sombras blancas de qué se trata todo esto, de si me voy a recuperar. Tal vez noqueado por drogas blandas, por morfina, o quien sabe que otra cosa, me es imposible articular palabras, coordinar movimientos, hacer señas. Decirles que estoy vivo atento y escuchando. Que hay esperanzas, que no dejen de luchar por mi bienestar.
Pasan las horas, el tiempo amansa la angustia y veo que solo es paciencia lo que resta, que hay que saber dominar a esa arpía asesina y simplemente esperar.
Mastico la idea de lo benéfico del darme cuenta, de estar consciente, de haber recuperado al menos una mitad. La otra, bueno, veremos. Con rehabilitación y esfuerzo, el cariño de los míos y un poco de voluntad, seguramente volveré a disfrutar esas pequeñas cosas que tanto gozo me dan.
Escuchar el susurro de las hojas en el viento identificando a cada una en particular, como si me hablaran de su alegría al poder alimentar al mundo con sus alientos de vida. El dulce gorjeo de los pájaros al despertar reclamando mis tímpanos con exclusividad, los olores del césped recién cortado recorriendo todos los conductos hasta dar impulso al viejo músculo de la emoción, de un asado chisporroteando grasas, ahumando ladrillos cansados de tanto calor de hogar, de la ropa de cama secada al sol con zumbidos de avispas sin aguijón. Los sonidos del un mar embravecido acariciando las rocas, de la montaña en una tempestad de vientos encajonados en valles cerrados, del desierto arrasado por tormentas de arena que pulen mis ojos hasta hacerlos brillar. En resumen: la vida tal como se me suele manifestar.
La puerta se bambolea y un hombre de bata azul entra con un carrito de hospital. Tal vez una merienda, un desayuno, almuerzo o cena que yo no podría degustar aunque supiera en que hora del día me encuentro.
El cartel sigue bamboleándose una y otra vez sin dejarse leer. ¿Dirá Terapia Intermedia? ¿Terapia Intensiva? ¿Cuál será mi nivel de gravedad? Sedado en post operatorio sería una grata…
Un dedo.
Sí, he movido un dedo. ¿Lo habrán visto? No sé, fue como un reflejo, así, de repente.
 ! Qué maravilla ¡ Un claro indicio de mejoría, sin lugar a dudas. Ahora debo poner todo mi esfuerzo en mover ese dedo. Por ahora solo ése. Tarde o temprano un médico lo verá y será como en las películas. Todos riendo en un final feliz con victoriosa música de fondo.
Concentración. Si, un, dos, tres…Si, ahí está otra vez. ¿Lo vieron?  ¿Hay alguien? Por dios ¿qué? ¿no ven que tengo motricidad? ¿En qué facultad se han recibido que no pueden darse cuenta que estoy activo y alerta?
¡!Pelotudos en guardapolvo y la reverenda puta madre que los parió¡!
Tranquilo, no debo angustiarme. Nada de esto me podrá beneficiar. Ya se darán cuenta, es cuestión de ponerle voluntad y un poco de esfuerzo.
Total, no tengo nada mejor que hacer.
¿Será de noche? Ahí pasó otro. Ese era de blanco. Se ve que los de blanco son médicos y los de celeste son maestranzas o enfermeros. Ahí pasó un enfermero. ¡Cuánta actividad¡ Seguro se van a dar cuenta. Ahí moví el dedo una vez más. ¿Qué les pasa que no lo ven? Ahí va otra.
Ése. Si ese doctor lo vio, seguro. No tiene cara de muy despierto, pero no importa. Si, efectivamente, ahí se acerca con un otoscopio. Probablemente me va a mirar el fondo de ojo y se va a dar cuenta que también tengo movilidad en mis pupilas.
Así es, este va a ser el día más feliz de mi vida. Salir del Coma debe ser como nacer de nuevo. Me ilumina. El cartelito de la puerta se mueve sin cesar. Se ve que hay gente corriendo para dar la buena noticia.
El médico se acerca y noto que se coloca sus anteojos de leer, dirige el haz de luz de su otoscopio hacia mí y logro observar con sorpresa que en el cristal de sus lentes, como en un espejo, se refleja la imagen que brilla ante sus ojos.
Veo mi cara, tal vez un poco más que demacrada, con una banda adhesiva pegada en la frente que muestra una inscripción en cursiva, reflejada en forma inversa, como si Leonardo mismo hubiera escrito en los cristales ese mensaje exclusivamente para mí. Me cuesta descifrarlo. No es fácil. Saco su foto mentalmente y la invierto en las marismas de mis sinapsis. Aparece una frase conocida, olvidada tal vez en algún aparador del tiempo:

“Yo fui lo que tú eres, tú serás lo que yo soy”…

Misteriosamente el cartel de la puerta deja de oscilar, insospechada  interrupción del tiempo y del espacio, mi vista al fin se ha aclarado y puedo leer al menos un borroso “Museo de Anato …

!Matías¡ Este frasco está filtrando…Dejá…seguí con eso…te lo relleno yo…

Recuerdo esta imagen repetida. Tal vez han sido miles de veces. Es un pequeño milagro bizarro que me persigue.
Ahora las nubes opacan mis ojos gradualmente y me arrastran hacia aquél largo y oscuro letargo, mientras un fuerte aroma a Wasabi sube raudamente por mis fosas nasales una vez más.

OPin
Buenos Aires 2010
© Copyright 2010
Once Cuentos sin Rumbo
ISBN 987-43-8446-9
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Para ti, que eres único

Te has preguntado alguna vez que hubiera sido de ti de nacer en Tailandia?pues seguramente estarías adorando a buda y comiendo calamares secados al sol, ambas cosas seductoras, pero lejanas de nuestros conceptos.
Creo que es bueno no poder elegir nuestro lugar de llegada al mundo, es la primera de las muchas sorpresas que nos da la vida.
Cabe la posibilidad de ser de cualquier raza o color, es algo que si lo pensáramos con detenimiento y amabilidad, nos haría totalmente tolerantes, con las religiones, con las culturas, con las costumbres, con las diferencias.
Porque tu podrías llamarte Mulan, que significa magnolia en flor, y hacer taichi cada mañana en el parque de Beihai en el mismo centro de Pekin, o haber nacido en Gambia, ser de la tribu de los mandigo, y alimentarte de mandioca y mijo.
No te parece absurdo que sigamos teniendo fronteras mentales, cuando en el fondo somos fruto del azar?.Me parece una perdida de posibilidades,marcar y rechazar desemejanzas, pudiendo enriquecernos de ellas, de hecho seria magnifico poder disfrutar de toda esa diversidad, sin cortapisas ni prejuicios, con el animo abierto y libre del que se siente ecuménico,
El mundo seria mucho mas razonable,y la vida mas sencilla

Autor Noah de Tutu de Tul
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Ficción

Me senté junto a la ventana que pegaba al río. En literatura romántica, podría decir que me senté junto al ventanuco mal ajustado que daba al río. En literatura erótica, diría que me senté, o nos sentamos, junto a la ventana que daba al río caudaloso. En literatura de ficción diré que me senté, sin más, junto a la ventana desde la que divisaba el rio.

Es éste, un encuentro de ficción. Junto a un río de ficción que atraviesa una ciudad que no existe. Una conversación gestada en mi cabeza, que nace cuando concilié, por fin, y una única vez, que recuerde, sueño y sueños. Cuando desperté, mis personajes seguían dilucidando qué hacer. Cómo actuar.

En la mesa de enfrente un hombre de unos cuarenta años, abogado mediático, famoso por sus escarceos con la justicia, suficientemente famoso como para aparecer en la prensa local y en prensa local de las provincias limítrofes, habla con una mujer mucho más joven que él. Él habla de literatura, ella lo mira. Él busca un adjetivo que defina cuán grande es su colección de libros. Ella hace mucho, desde los inicios de su relación, o de su historia, como le gusta decir a nuestro letrado, que ha encontrado el adjetivo que lo defina a él. Ella aliada de su silencio, con sus ojos que hablan, nos dice cuán infinita es su biblioteca de sentimientos. Y de pasión.

Se miran, sin tocarse. Se tocan con la mirada.

Los verbos tardan en aparecer. El duda qué decir o cómo decirlo. Y no le faltan recursos, él, que se gana la vida con las palabras. Escupiéndolas, esculpiéndolas, cuidándolas y hasta mimándolas para hacerlas creíbles a oídos que no saben si creer porque es él, el letrado mediático, de gestos suaves y sonrisa generosa, o porque realmente acuñe las palabras portadoras de verdad definida. La mujer no deja de mirarlo. De buscarlo. De encontrarlo siempre. Y siempre que lo encuentra, está hablando. Quiere cambiar palabras por besos. Le regalaría todos sus libros a cambio de una vida en común.

La cafetería a esas horas, bulle. La gente entra con prisa y sale, tras beberse el café con noticias asesinas y críticas, con más prisa si cabe.
Pero desde mi rincón, la pareja, hombre y mujer, enamorados, ahítos de gestos, de miradas expectantes y caricias furtivas nos descubren los avatares de su pasión, aún terrenal. El camarero se acerca, sin paso firme, tímido… Pero es su paso tímido el que le permite ver la mano de la mujer surcar su cielo protector para alcanzar el séptimo cielo de su acompañante. Lo acaricia debajo de la mesa, primero. Encima de la mesa, luego. El camarero se retira. No necesitan nada que no sean ellos. No más zumo de naranja. No más café. No más leer la prensa juntos. Quieren beberse, quieren desayunarse.

Ella se levanta, de golpe y se sienta a su lado. Rompe la barrera. Atraviesa el peaje. No pregunta, sólo obedece al único ápice de atrevimiento. No está a la altura de sus palabras pero sí de sus gestos. Ella guarda las palabras que él le regala para cuando no estén juntos. Ya tendrá tiempo para crucigramas. Ahora necesita también su olor, su sabor, su textura.

-Déjame sentarme a tu lado. Y lo dice cuando ya está. Cuando ha llegado. Cuando sus cuerpos son uno sólo.

Él duda unos segundos. Y ella nota que ha tensado algo. Que quizás ha llegado demasiado lejos. Que no deberían salir del anonimato. Que no deberían permitir que la gente viera de más, y hablara de mucho más. Pero el celo de la vida es así. Recurrente. Desobediente. Inoportuno.

Ella lo mira asustada y excitada. Excitada por su aturdimiento. Asustada por su no reacción.

-Perdona, no ha sido una buena idea. Vuelvo a mi sitio. Te asusta la gente. La que posiblemente conozcas. Sales en la prensa… a veces se me olvida.

Intenta nuestro letrado hablar con la precisión con que acostumbra. Pero su corazón, de blindaje débil, no le responde. No brotan las palabras. ¿Dónde se esconden? Escuchamos como tartamudea. Ni en sus inicios en el mundo de la toga y la balanza lo ha pasado tan mal buscando una explicación.

-No, no… Balbucea. No pasa nada. De verdad. Sólo que no te esperaba.

Ella, desde su sitio, lo mira. Lo mira con la mirada triste de quien pierde el último sueño. De quien queda varado y sin posibilidad de redimirse tras su último naufragio sentimental. Le llegan, uno a uno los recuerdos de cómo empezaron. De por qué. Todo pasa en un minuto. O menos. Como cuando la vida se suicida ante nuestros ojos. En su último aliento nos rinde cuentas y nos muestra lo bien acontecido.

Él fue el abogado que la ayudó en su separación.
Él fue quien la devolvió a la vida, tras su separación.

-Lo peor es que siempre llego sin avisar. Soy una inoportuna. No me acostumbro al protocolo de nuestra vida novelada. Le dice ella.

La sigue con la mirada de luna llena. Sus ojos orbitan alrededor de ese comentario. No sabe cómo asaltarlo. Declina decir nada. Depone las palabras… Inquieto. Cabizbajo.Ella sigue alimentando el malestar de su acompañante.

-Siempre te pillo con la guardia baja. O nunca te sorprendo o te sorprendo en exceso, hasta atizar tus miedos, como ahora.

Él, que hace rato se ha olvidado de sus libros, de su particular biblioteca de Alejandría, la mira con dulzura. La acaricia por encima de la mesa sin surcar el aire, y apoyándose en sus ojos recién estrenados a la luz. Se acerca y le da un beso en la comisura de los labios. Ella sonríe por primera vez desde que se encontraran en esa céntrica cafetería. Se queda a vivir, durante un segundo infinito, en su boca. Después, el beso se torna sonrisa y agradecimientos. Y el mismo beso los devuelve a su sitio. Y a su realidad. Y a su cotidianidad.

El hombre, tras saludar a alguien que no conocemos, pero que él si conoce y sí le incomoda, busca un tema conciliador. Un tema que cierre su mañana. Que destile, al menos, más felicidad que la de los periódicos con los que comenzaron su desayuno, su desayunarse.

-La Navidad llama a las puertas.

Ella que se acomoda de nuevo en la silla, que le suelta la mano, que le sostiene la mirada, que lo quiere, que lo desea también durante ese periodo del año en el que los comercios hacen su agosto y los hombres y mujeres vuelven a amarse sobre la faz de la tierra porque el espíritu navideño así lo exige, le dice:

-Navidad es cuando estoy contigo. A partir de ahora, empieza mi Vía crucis. Ni estreno Nochebuena el veinticuatro de diciembre, ni estreno año el día uno, ni los reyes me visitan el día seis. No. Pero volverá a ser fiesta, cambiaré de año, cuando vuelva a ti. O mejor, cuando vuelvas a mí. Cuando llames a mi puerta.

El gesto serio de nuestro hombre curtido en mil batallas judiciales, se tuerce hasta convertirse en una mueca, una torcedura un esguince en el alma. Está perdiendo este juicio. El jurado popular se posiciona del lado de ella. Tarda en contestarle unos segundos…

-Pero volveré. Lo sabes. Vuelvo siempre.

Ella no quiere hablar de su vida. Porque ella sabe que siempre encuentra el camino de regreso. Ése no es el problema. Su GPS emocional funciona. Las coordenadas de su pasión siguen intactas. Y su relación sería lo más parecido a un cubo de Rubik bien alineado, en caso de formar equipo en el juego de la vida. Pero no puede evitar un atisbo de maldad. Ese asomo de arrogancia cuando le comunica:

-Ayer, paseando por el centro comercial me encontré con tu mujer y con tu suegra.

La duda sombrea su rostro. Las pupilas dilatadas juegan con la luz del sol que se filtra, leve y coloniza su espacio vital. Abre los ojos, ahuyenta la claridad, sólo quiere verla a ella. Quiere hablarle. Pero las malditas palabras no están. Y no lo están cuando más las necesita. Ellas están, como el jurado popular, con la mujer joven.
Consigue articular, por fin, unas palabras, interroga buscando un empate.

-¿Ah, sí? Y qué tal… qué hacían ellas… y qué hacías tú… en el mismo centro comercial.

Se recoge el pelo, muerde los nudillos que se mojan de saliva al contacto con sus labios. Ahora luce una sonrisa, parece que sincera. Le coge la mano… porque no quiere tirar su tiempo en común al cubo de la basura… Ni aportar más material para su semana santa particular que llama a las puertas.

-Ellas compraban tu Navidad, mientras yo esquivaba a la soledad.

Autor Mario de Tunoerestaninteresanteparami

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26 de septiembre de 2010

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Liturgia

La chaira se deslizaba rápida por el filo de la brillante hoja. Su raspar irritante era parte de la liturgia cotidiana. Cada diez minutos de tarea comenzaba nuevamente ese responso fúnebre, preludio de otra sesión de descarnado trabajo. Una y otra vez se repetía el ritual en la sombría habitación.
Las manos que trabajaban aquel esmerado filo, tenían toda la delicadeza y precisión que un afamado cirujano envidiaría y la rudeza necesaria para quebrar los nudillos de cualquier persona en un apretón de manos incidental.
El abultado estómago fruto de constantes excesos, se apoyaba firmemente sobre el tablón de quebracho que hacía de mostrador. El delantal que alguna vez había sido amarillento (pues nadie podía recordar si alguna vez fue blanco) ostentaba las marcas rituales de miles de vidas ofrendadas al Dios Hambre.

-¿Se lo limpio doña?

-Si no me cobra más...

La cara de la enjuta mujer demostraba tal vez mil años de ansiedad, lamentos y decepciones. Vestía a la usanza de las viejas lavanderas de la baja Italia: negro sobre negro. Una larga falda ceñida a la cintura, sacón de hilo, medias media caña y zapatos con miles de leguas de tránsito en caminos de polvo y barro. Un único toque de color estaba dado por una blanca mantilla tejida al crochet, heredadas a través desde varias generaciones de madres a hijas.
El toque de gracia: un relicario que colgaba de su cuello. Dentro: la foto de algún ser querido junto con un mechón de pelo crispado por el paso del tiempo.
Oliverio apretó con fuerza sus fosas nasales y generó la presión de aire necesaria como para que al soltarlas, sus mucosidades salieran despedidas con envidiable puntería dentro del tacho de los residuos, pleno de sangre y excrementos. Las moscas emprendieron rápida huida mientras el chorro atravesaba las circunvoluciones que en desordenado equilibrio mantenían sobre él, para luego regresar a su persistente rutina.

-Con o sin cabeza doña?

-Con. Me sirve para el caldito. ¿Sabe?

El hacha cayó firme sobre las cervicales del animal separando tronco de cabeza. Oliverio sabía como seguir. Miró a la anciana que frente a él parecía otro espectro listo para su hacha y comenzó la cotidiana tarea. Cortó el extremo de cada pata y la cola. Tomó su estilete más filoso y pasándolo previamente varias veces por la chaira, abrió en canal el vientre del animal en medio de sus seis tetillas. Desde el cuello mutilado hasta el ano, dándolo vuelta y arrancando piel de carne mediante un solo tirón. Como un guante la piel se separó de la carne, dejando una copia en negativo de aquello que instantes antes contenía.
Hacha en mano nuevamente, un seco golpe al esternón abrió en canal a la pobre bestia que ya se encontraba lejos de poder ser reconocida. Con la mano izquierda Oliverio comenzó a revolver y retirar. Pulmones, hígado, intestinos, bollos de pelo, todo cuanto podía arrancar con sus dedos de dentro de aquel resto infame. Paquete de papel de diario mediante, todo fue a parar a la vieja balanza a contrapesos.

-Kilo ochocientos. ¿A la libreta?

La anciana asintió con la cabeza mientras sacaba de su bolsa una ajada libreta tan negra como sus vestiduras y se la acercó a Oliverio, el que mojando con su lengua el resto de un lápiz impregnado de restos de carne y grasa, comenzó a sumar.

-Con lo que me debe son treinta.

La vieja extendió su huesuda mano tomando la libreta y puso sobre el mostrador la bolsa abierta para que Oliverio le entregara el producto de su labor, que aún descansaba sobre la balanza.
Ya daba media vuelta para retirarse con su paso cansino, cuando escuchó que le decía:

-No me los traiga tan chiquitos. Déjelos engordar un poco más. Se lo digo por su bien.

La mujer de los gatos lo observó cansadamente y pensó, como tantas veces, que uno se encariña. ¿Vio?

Opin

Publicado en la antología “signos con sentidos”
Julio 1999 – tirada de 3000 ejemplares.
© Copyright 2010
Once Cuentos sin Rumbo
ISBN 987-43-8446-9
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