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22 de febrero de 2018

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¿Dulce o Truco?


Mis manos rabian por enredarse en su escote y mi boca babea por recorrer su piel. Los ojos, únicos privilegiados, me empiezan a arder cuando ella se despoja del brassiere. Estoy a punto de perder la apuesta, no del primero en acabar desnudo, sino de quién desnuda más al acabar. Todavía puedo darme el lujo de llevar los pantalones puestos, sin embargo me pregunto por cuánto tiempo habrán de soportar la presión de mi entrepierna sin hacerla evidente a través de la tela del blue jean.
Debí haberme decido por “dulce”, puestos a elegir o comparar tentaciones a ellos soy con vasta diferencia inmune, pero otra vez me vuelvo marioneta de las ganas, el deseo y el morbo que rechaza con rotundidad la sensatez al atisbo de una curva femenina.
Para meternos en materia y resumir, ella consiente el placer si se le alegra el estómago y yo, si se me alegra la vista. No es de extrañar que ella esté más libre de prendas, aunque frecuentemente con la boca llena y yo, más vestido de lo que quisiera y con la boca echa agua por su culpa.
—De esta agua no beberás... —Susurra tal si adivinara el rumbo de mis pensamientos. Se relame un bocado maliciosa y yo, ya casi deshidratado por la sed que me provoca, le doy un sorbo al vaso de coñac. Se me forma un nudo en la garganta ante la visión de sus pechos bamboleándose y los movimientos perceptibles de mi manzana de Adán deben de enviarle señales de mi lucha interna. Sonríe a posta y sé que en silencio empieza a proclamar su victoria.
Vuelve a ser mi turno, pregunto si dulce o truco, mas a ésta regordeta no le apetece tanto verme desnudo como comer y va y se traga una cucharada entera del postre con un deleite solo comparable al tamaño de sus proporciones. A mí ya me comienza a morder de más el placer. Me pican en demasía las manos por encontrarse tan vacías cuando hay tanto con lo cual llenarlas a su alcance. La zurda, siempre preñada de malas intenciones, se rebela testaruda contra el frente delantero de mi verduga y es obligada a batirse en retirada con una rauda y contundente palmada de la zurda adversaria.
—Ca-ca —me reprende—. Mientras haya postre sobre la mesa el juego no se acaba.
—Gorda, no hagas trampa, es hasta que alguno se quede sin prendas y a ti nada más te queda la tanga.
—Dale, ahora inventa... ¿Vas a seguir mis reglas o las tuyas?
—Las tuyas, claro —convengo, calculando que siguiendo su pauta mis deseos conseguirán materializarse en menor tiempo. Solo queda un bocado del postre cuando me hace por enésima vez la pregunta y yo, no interesado en retrasar el asunto un turno más, decido cambiar por primera vez mi respuesta:
—Dulce.
Ante su mirada sorprendida me llevo el sobrante del postre a la boca, las órbitas parecen agrandársele a medida que mastico el pedazo de pastel. Está mejor de lo que creí, la crema se me adhiere al paladar, trazas de nueces o almendras rozan mis dientes y mi lengua se deshace complacida. Se me escapa un gemido de puro gusto y cuando termino de dar cuenta de tal delicia me percato de que, estupefacta, mi verduga me observa con los ojos en blanco.
— ¡Lambucio! ¡Ese pedazo era mío!
—Y todo lo que tú llevas ahí también... ¡Y ni siquiera me lo has dejado probar!
Replico sin sentirme culpable en tanto me aproximo dispuesto a darle a ella un buen mordisco. Da un paso atrás, levanta la diestra recriminadora con el índice como mensajero de su negativa. Me quedo plantado en el mismo sitio por unos minutos mientras la veo ir y volver de la cocina. Trae un vaso entre manos y, sin dejar entrever nada en su rostro, me lo ofrece.
—Ten, para la sed y el calor. Esta es la única agua de la que esta noche beberás.
Seria y resuelta me da la espalda, me abandona en la sala.
“¡No me lo puedo creer!”
Entretanto se bambolea hacia la habitación casi desnuda mi entrepierna eleva su queja, me arden no solo las manos por el deseo insatisfecho. Escucho al vaso de agua burlarse: “eso te pasa por comerte el dulce incorrecto”. Me desquito vaciándolo sobre mi cabeza.
Tarde me doy cuenta de que ni esa agua me bebí. Aunque para el calor y la sed... ni la ducha va a servir.


Fritzy Zamor

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31 de enero de 2018

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El don



Se dispararon las puertas y cajones de la cocina y los cacharros volaron hasta estrellarse contra el suelo. Los vasos y los platos se estamparon contra la pared de enfrente y entonces mi abuela Cayetana supo que yo acababa de nacer.

Así me lo contó ella, a mis quince años, en Villananitos, a orillas del Mar Menor, en la noche de San Juan, mientras me miraba con sus ojos amarillo vibrante:

—Apenas pesaste al nacer dos kilos, Coqui, hijica, ¡cómo serías de chiquitilla, que tu padre te mecía en la palma de su mano! Apoyaba tu cabeza en su dedo corazón, tu cuerpo caía a lo largo de la base de sus dedos y tus piernas apenas llegaban a sus muñecas. Si es que eras ochomesina y no estabas desarrollada. Tus orejas, tus ojos y tus puños estaban cerrados y cubiertos por un telo transparente que fue desapareciendo poco a poco. Eras tan prematura que te tuvieron a suero de una misma vaca hasta que tu estómago maduró. ¡Eres un milagro!

—No sé si te contó tu madre que, desde que naciste, una paloma te seguía a todas partes y volaba tras el coche cuando tu padre conducía contigo dentro. Recorrió Marruecos viajando con vosotras. Fueses donde fueses, ahí estaba. Eso indica que tienes mano santa. ¡Si hasta los pavos se duermen cuando los tocas!

Me explicó que algo parecido ocurrió al nacer ella. Su tía abuela Remedios supo que quien acaba de venir al mundo traía con ella el don porque los animales del corral y los perros se movían inquietos, como si hubiese un terremoto y, además, el cielo estaba azul a pesar de la granizada que caía. A sus quince años y en la noche de San Juan, le leyó el porvenir al igual que ella me lo haría a mí aquella noche.

—Por entonces, —me dijo—, vivía en Nador, frente a la Mar Chica. Varias familias de pescadores del Mar Menor emigramos a Nador y a Melilla cuando la guerra porque ambos mares tienen las mismas características: una laguna salada que está separada del Mediterráneo por una franja de tierra, el mismo idioma, temperatura, hasta el mismo langostino. Mi tía Remedios, esa noche, fundió el plomo y me anunció que me casaría con un capitán de los Regulares y que yo sería una buena costurera. Que tendría dos hijos y dos hijas y que regresaríamos de nuevo al Mar Menor porque al protectorado le quedaban dos días. —Así que ya ves hijica, con el don se nace, pero es en la noche de San Juan cuando hay que explicarlo para que una no crezca pensando que está loca. —Me contó.

El resto de la familia, en la calle junto a los vecinos, amontonaba maderas y trastos viejos, rellenaban un mono azul de mecánico con paja que serviría para hacer el San Juan con el que coronarían la hoguera al son de los petardos y al olor de la gasolina. Entonces, mi abuela aprovechó el jolgorio para escabullirse; me tomó de la mano y regresamos a casa. Salimos a la cocina del patio, cogió un bote vacío y limpio de leche condensada, lo puso en el infiernillo rojo desgastado y fundió en él un gran trozo de plomo.

—Es para ver tu futuro, hijica. —Dijo misteriosa mientras vertía el plomo derretido en un cazo con agua. Según ella, esas gotas de plomo se transformarían en distintas figuras que revelarían datos sobre mi destino.

—¡Mira, un ancla! Cruzarás mares. ¿Y esto?, a ver qué parece, mmm, te casarás con un médico. Hijica, tú como yo y mi tía abuela Remedios has nacido con el don; ya te he contado la que se lio en mi cocina cuando viniste al mundo. —Decía mientras observaba uno por uno los trozos de plomo.

Cuando acabó de mirarlos los envolvió en una tira del periódico y se los guardó en el canalillo. Se dirigió a la alacena y me dio una vaina con siete habas, que secó durante el invierno, para que la pusiera bajo mi almohada. Me pidió que, nada más despertar, anotase en un cuaderno todo lo que recordara porque a partir de esa noche mágica, lo que yo soñase, se cumpliría, adivinaría el porvenir leyendo los posos de plomo y sobre quien yo pusiese mis manos sanaría.

Al acabar, busqué a mis hermanos, les conté lo de la abuela y nos reímos de ella. Me sentí una traidora cuando la vi a lo lejos; me observaba con tal tristeza y decepción que aún hoy tengo esa mirada clavada en mi alma. Ese día juré no volver a reirme de nadie más en mi vida.

Por unos años renegué de mi don, era joven y descreída y desatendía a mi voz interior, pero la vida es como una caja de puzzle y, poco a poco, fui encajando piezas sin darme cuenta. Me hice fisioterapeuta y mis clientes me llamaban ‘mano de ángel’. Pasó el tiempo y se cumplió todo lo que vaticinó mi abuela. Aprendí a convivir con mis dones con discreción. Nunca sentí estar loca, sabía que era una chica normal que pertenecía a una saga particular.

Una noche me desperté sobresaltada porque mis abuelos visitaron mis sueños. Mi abuelo murió en la cama mientras dormía. Mi abuela estaba junto a él y se desconectó de la realidad porque para ella era demasiado perder a quien la acompañó más de sesenta años. Quedó hasta su muerte como un bebé: sonriente, con mirada limpia y pícara y con una piel cada día más blanca y juvenil. Solo despertaba cuando yo la acariciaba, entonces me miraba con sus ojos amarillo vibrante y sonreía: Hijica, eres un milagro.

Hoy el ordenador ha dejado de funcionar, la batería se ha descargado de forma inexplicable, ha caído el sistema eléctrico de la calle y el coche no había forma de arrancarlo. Mi nieta acaba de nacer. Tengo guardado un buen trozo de plomo.



Fotografía: http://www.egolandseduccion.com/la-importancia-de-la-mirada/



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28 de noviembre de 2017

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Tormenta








Se oculta el sol, palidece el cielo.
Lo blanco se torna gris.
Sopla el viento fuerte, eleva el polvo,
tú apareces.


Tú apareces,
Truena el cielo, se inclinan los árboles.
Pido clemencia, comienzo a mojarme
gotas de agua resbalan sobre mis mejillas.
tú apareces.


Tú apareces,
tormenta eléctrica que recorre mis sentidos,
mis pensamientos son un tornado,
un fuerte temblor sacude mis pies.



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19 de noviembre de 2017

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Hoja de reclamaciones


¡Dejadme en paz!, ¡que me dejéis!, espías, que sois unos espías. ¡Comunistas! ¡Malditos!

¿No veis que ya viene la señorita de la Oficina de Consumo a atenderme?

Buenos días, ya llevo un rato esperándola. Sus compañeros me han dicho que había ido a desayunar. ¿Os queréis callar?, no habléis los dos a la vez. ¡Ella tiene derecho a almorzar! 

Señorita, mire, he venido a poner una reclamación porque compré una caseta de madera, de esas de jardín, y resulta que ayer la que me entregaron era de resina, así que se la llevaron y cuando fui a que me devolvieran el dinero se negaron. Le traigo la factura y el contrato de financiación. ¡Callaos de una vez que no escucho a la señorita!, ya le hablo yo que a vosotros, con tanto chillido, no hay quien os entienda. Pero si no me entero ni yo cuando os ponéis así. ¡Comunistas! 

Ya sé que le tendría que haber traído la hoja de reclamaciones rellena y sellada por la tienda y si no se la presento es porque, discutiendo ayer con ellos, me puse muy nerviosa y me marché alterada. Se niegan a cambiarme y a llevarme la cabaña de nuevo y tampoco aceptan la posibilidad de anular la financiación. 

Por favor, hágame usted el escrito de la reclamación porque yo, aunque tengo estudios, ya veo poco y con estos temblores de manos apenas puedo escribir.

Mi nombre es Carmen, aquí le dejo mi carné que ya no me lo sé. Tengo la cabeza muy mala. Y tú, cállate ya. Maldito. Pero si en vida no me hablabas ¿por qué me das castigo ahora? Sí, ya le he dicho que la caseta era de resina en vez de madera.

Perdone usted, le explico todo. A ver, fui al centro comercial y vi una cabaña de aperos en la que yo, con todo lo grande que soy, cabía tumbada y de pie y, además, quedaba espacio para meter estos dos carros de la compra, que aunque están viejos y rotos, llevan mi vida dentro. Cabían hasta estos dos que no paran en todo el día de pelearse conmigo.

No, la dirección que va en el DNI ya no es la mía. Ahora vive ahí mi hija con su familia. De vez en cuando cojo un autobús y voy, pero poco, así que, mejor que allí no me envíen la respuesta a la reclamación. 

Míreme, señorita. ¿Tiene hijos?, ¿usted cree que no me avergüenzo cuando miro a mis nietos a la cara y que no me doy cuenta de todo lo que arrastro conmigo? 

Señorita, sé que es necesaria una dirección a efectos de notificaciones pero yo no tengo donde recibir cartas, qué quiere que le diga. Si no le importa me lo puede enviar al centro médico del barrio del Pilar que allí hay unas buenas personas. Me dejan dormir en el porche y no llaman a la Policía. Por la mañana, en cuanto llegan, me permiten entrar a los aseos a lavarme; me arreglo la trenza, me pinto los labios y cuando acabo me dan un café. Ahora es como si viviese ahí. 

Mire, cuando dejé de pagar el alquiler porque mi pensión no daba para todo, me fui a vivir a mi coche que, aunque ni arrancaba, al menos me daba cobijo, y un día que fui al mercado a hacer mi ruta, al volver se lo había llevado la grúa. Creo que me denunció un municipal, que es espía alemán, porque yo sabía mucho de cuando la guerra. 

Es que usted no sabe cómo está el mundo. Hay mucho espía. Mire, mire, seguro que algunos de sus compañeros lo son, ¿no ve cómo nos observan por el rabillo del ojo? Yo llevo encima dos. Uno es Roberto, mi marido, y el otro no sé quién es, pero es rojo. 

Estaba deseando quedarme viuda y me quedé en la gloria cuando se fue, pero a los pocos meses, de repente, un día empecé a oír voces, me asusté y eché a correr por la calle. Sentía que todo el mundo me miraba y me perseguía; me explotaba la cabeza de dolor y me caí y, cuando desperté, estaba en un hospital militar. Lo sé porque todo era blanco, con luces que parpadeaban y gente muy seria: alemana. Por más que me preguntaban no les di ninguna información sobre mí y en venganza por mi silencio, me inyectaron en la cabeza, para que me vigilasen, a mi marido y a un comunista ateo que es aún peor que él.

Disculpe, vale, me centro en la reclamación. 

Mire, me he cansado de vivir a la intemperie y aunque poco, gano lo suficiente como para pagar a plazos una caseta. Quedé por la tarde en el parque de los patos, ese de las mimosas y los pinos porque allí hay un ficus muy grande y bajo él quería que montasen la cabaña. Cuando llegaron con el camión se pusieron como fieras conmigo porque decían que sin una autorización no la montaban ahí porque era un parque público. Les dije que yo no necesita permiso porque era una persona muy importante cuando la guerra e incluso, si se fijaban, el parque llevaba mi nombre, así que podían instalarla sin problemas. Al final, como me puse muy nerviosa y estos dos no paraban de gritarme, los del camión llamaron a los municipales y se llevaron mi casa. Ahora no me quieren devolver el dinero porque dicen que la financiación está aceptada y la caseta está en perfecto estado, por lo que no procede la devolución. 

Entonces usted dice que estoy dentro del plazo de desestimiento del contrato con la financiera y, que en todo caso, el problema estaría con el establecimiento porque en realidad, ellos no han incumplido nada.

Señorita, en el porche del centro médico paso frío, me mira la gente al pasar y se ríen de mí porque como nadie ve a estos dos se creen que me peleo sola, y digo yo, por favor señorita, usted que trabaja en este ayuntamiento ¿por qué no puedo poner en el parque una caseta pequeña para dormir cuando tantas noches he pasado allí en un banco?

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17 de noviembre de 2017

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Ni prosa ni poesía


—Los poetas, amantes de la estética y lo bello,
hablan de ficción y obvian al mundo.
Olvidan que no solo hay ángeles de hebras doradas
ni son siempre los demonios oscuros.
Inmersos en ensoñaciones y fantasías
hacen oda a la pulcritud y a la pureza;
es cierto que recuerdan los suburbios,
pero solo si hay bar en que agriar sus penas.
Todos son versos al alba o a la plateada luna,
muchachas de ojos claros y piel de aceituna,
diosas o adonis, varones gallardos,
aunque de los últimos no se hable tanto.
Todo es vender el amor como enfermedad,
vitorear a la soledad como veneno y cura,
y entre más honda parezca la herida,
no es secreto,
más puede prescindir el poema de rima.
—Hay poesía en prosa...
—Y prosa en poesía,
¡qué congoja!
— ¿Defender la música y menospreciar la belleza?
—Defender la musicalidad y la armonía.
¿Ignora que es melodía sin acordes la poesía?
—Entre sus disertaciones se me pierde su queja.
—Pues es simple, caballero: la forma, el tema...
La maravilla opacando lo ordinario,
la hermosura vapuleando la fealdad,
ese existir por encima de las nubes
sin narrar que bajo las uñas hay tierra sin labrar.
Aunque a veces trágicos,
simulan ser todos cuentos de hadas
que, se coma o no perdices, encandilan sin parar.
Mucha ficción y poca realidad, ya le digo.
Es eso lo que me causa pesar.
— ¿Y por qué habrían de privarse estas gentes
de lo mágico y lo bello y lo sutil?
¿Qué importa a qué hagan oda
o a qué dediquen versos
si su sentir logran transmitir?
—Se engaña:
es lo despertado en otros su paga.
Son ágiles en moldear palabras
sin que por ello tenga que sufrir su alma.
Se engaña
si cree que el sentimiento plasmado en sus textos
es justamente el mismo que les da origen;
bien es sabido, por ejemplo,
que para escribir una tragedia
no es requisito estar triste.
— ¿Y qué peso tiene de qué emoción dispongan
si hacen arte por igual con la alegría o la congoja?
Enfrente usted si gusta a la sinceridad y al dramatismo
Que nunca acabará vencido éste último.
— ¡Adiós a la autenticidad de emociones!
¡Qué perfidia!
—En la invención, como en el mundo real,
Sentir y actuar según qué papel,
Es una necesidad.
— ¿Así osa usted hablar de realismo? ¿De qué tipo?
¿Ese que pregona la pureza en tiempos de corrupción?
—Todavía hay almas impolutas entre la multitud.
— ¿Que usa la beldad falsa o fabricada de protagonista
y a la fealdad y simpleza da un papel de segundón?
—Los horrores y lo simple
no son tema interesante de conversación.
— ¿Que lapida lo vulgar y lo corriente
aun siendo el pan y vino de las masas?
—Es ley encontrar más deleite
en los platos exóticos que en la dieta diaria.
— ¡¿Que rinde homenaje y pleitesía a la virtud y a las doncellas
y a la perversión y a las putas,
aunque gocen de sus gracias,
las desprecian?!
— ¡No siga! ¡Exponer lo grotesco es obsceno!
— ¡Obsceno es esconderlo!
Con todas las palabras que los necios
han dotado de oro y plata para engalanar sus textos
se podría erigir un templo.
—¿Y qué propone entonces?
—Profanarlo.
La funcionalidad del lenguaje se pierde cuando
solo sus mejores vocablos son utilizados.
¿Ha visto cada vez cuántos eufemismos han creado
para rehuir usar un mero término zafio?
— ¡Por Dios bendito!
¡Ojalá no esté aludiendo a las metáforas!
Va usted perdido…
¿No se da cuenta de que son los dotes de aquellos a quienes desdeña
lo que hace que cada cosa escrita suene dulce y placentera?
— ¿Acaso lee usted con las orejas?
—Tanto como posiblemente escuche usted con la vista.
Recuperemos la educación y la rima, si gusta,
¿No será el exceso de romanticismo lo que denuncia?
— ¡Ah, el romance...!
Desde que la estupidez y el melodrama lo apadrinan
ha dejado de ser arte.
—Discrepo.
Tales atributos…
no hacen más que resaltar su intensidad y sentimiento.
Sin duda ha de considerarlo extraño,
no obstante, siempre he tenido a bien pensar
que todo el que escribe es romántico,
aunque no necesariamente cualquiera sea poeta.
—Parece usted uno.
Y no suponga que es un cumplido.
Su observación, por apasionada que se ofrezca,
sin remedio me empuja
a juzgar estúpido y melodramático a cualquiera
dedicado a la escritura.
— ¡Bah! ¿Un prosista naturalista?
—Alguien que aborrece convertirse en su propia crítica.
— ¡Vaya! No lo hubiera imaginado.
Al final, ¿cuál era, caballero, su reclamo?
— ¿Se fija usted? Eso nunca queda claro.


Fritzy Zamor

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19 de octubre de 2017

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Cachito el Samurai


Hay un pueblito en la Provincia de Buenos Aires perdido en la distancia, de casas bajas y calles polvorientas. Lo que alguna vez fue una vía de tren, hoy es solo un terraplén sin vías, cubierto de pastizales que divide a este caserío en dos mitades: los del “Progreso” y los “otros”, pero todos unidos por un mismo sentimiento de añoranza por ese tren que ya no está. En ese pueblito vivo yo con mi esposa Ana.

Como buen paisano, mi habilidad es montar caballos y estaba necesitando para arrear mis vacas, un caballito fuerte y manso.

Me entere que un tal Anselmo, el puestero de la estancia “El Jagüel”, vendía un hermoso alazán y hacia ahí me dirigí esa misma tarde después de dormir una siesta corta. Hacía mucho calor, el sol achicharraba el pasto y las chicharras estaban de concierto.

Cuando llegué al lugar, abrí una tranquera grande y me encaminé por el rodado profundo dejado por un tractor con la lluvia pasada. Al poco andar una jauría de 8 perros de todos los pelajes me dieron la bienvenida, entre tarascones a las ruedas de mi auto y sus ladridos fui avanzando hasta un pilón de troncos que el puestero estaba hachando. Con dificultad baje del auto entre los saltos festivos de los perros, y después de haberme presentado le comenté el motivo de mi visita. Entonces, Anselmo, me llevó a los corrales.

Ahí estaba, era un pingo color canela como lo soñé con la cabeza altiva, como si estuviera esperándome. De pronto la jauría de perros empezó a pelear y con asombro vi como los perros mordían al más pequeño hasta sangrar. El pobre animal puro hueso y descarnado por el hambre, terminó apartándose del grupo con la cola entre sus patas, tembloroso de miedo, con sus orejas caídas.

Con Anselmo llegué a un buen arreglo y el caballo ya era mío. Cuando nos encaminábamos hacia la vivienda para hacer el recibo de compra el perro maltratado se nos cruza y fue entonces cuando el dueño le da un puntapié con fuerza. El pequeño animal se alejó rápidamente rengueando buscando refugio entre las ruedas de mi auto. Una vez firmado el recibo, me despedí no sin antes tomar unos mates que me ofreció doña Ramona, la esposa del puestero. Cuando vi el perrito acurrucado y aún tembloroso, me invadió una infinita compasión y fue entonces que me volví hacia Ramona y le pregunté:

- Señora…ya que tiene tantos perros…¿me daría el más chiquito?, aquel flacucho -

Ramona, ni lerda ni perezosa dijo -¡Pero siiii!..ese no sirve para nada-

-Mañana me llevo el caballo y el perro me lo llevo ahora. Gracias-

Cuando llegué a casa, Ana estaba sentada en el banquito de la vereda esperándome y pudo ver lo contento que estaba.

-Mira lo que tengo aquí Ana- mientras ella se acercaba,

- me lo regalaron….-

-Pero yo quería otra clase de perro.. - me dijo Ana

-Perdoname mi amor, yo también, pero este animalito, si continúa con ellos lo van a matar. Me gustaría que me acompañaras al veterinario para curar el daño que le hicieron-

Ana entre resignada y preocupada asintió y llevamos el pichicho tan rápido como pudimos. Estaba dolorido, tenía el miedo reflejado en sus ojitos.

- ¿Que tiene? - le preguntó Ana al veterinario

-Garrapatas, son esas inmundicias que se ven como granos, son bichos que le están chupando la sangre-

- Y ahora?- Volvió a preguntar Ana

- Un buen baño y los parásitos se desprenderán. Pobre bestia, estará bien, curaré sus heridas, comerá como un príncipe y recibirá la vacuna antirrábica. Impresiona un animal sanito, pero con muchas marcas, incluso le falta un pedazo de oreja. Lo voy a dejar como esos perritos que desfilan- y sonríe….- Mañana vengan a buscarlo-

Al mediodía fui a ver a Cachito, nombre que le eligió Ana. Estaba en una jaula bañado y alimentado.

-Decile a Ana que le compré la cama para dormir y el collar para que lo saque a pasear, es mi regalo. Este perrito lo que necesita es amor-

Con el paso del tiempo, Cachito estaba desconocido, ya no era el mismo por el gran cuidado, mimoso, pegado a los pies de sus amos.

Esa tarde estaba llegando a mi casa con algunas compras, cuando de repente, Cachito comenzó a dar alaridos de terror y salió corriendo, dejando una estela de orina a su paso desde la vereda, pasando por el garaje hasta la puerta de la cocina. Cachito había visto en la vereda a Ramona y en ese mismo instante el pánico se apoderó de él. La misma, entró para calmarlo fingiendo bondad y dulzura estirando sus brazos y acariciándolo pero Cachito dio un salto y se le prendió de la oreja. La esposa del puestero horrorizada quiso alejarse y Cachito enseñándole los dientes la saco hasta la vereda y siguió hostigándola hasta que la obligó cruzar la calle. Este buen perro quedó mirándola mientras ella se alejaba con el pañuelo en la oreja caminando ligerito sin mirar para atrás.

Cachito perdió el miedo a la agresión y aprendió a defenderse. Era el guardián de la casa, vigilante y atento como un Samurai. En cuanto Ana, no quiso otro perro, para ella Cachito era el más hermoso de todos.


Elvira Segura


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21 de septiembre de 2017

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Sobre la existencia de las cosas en la mente de un zorrito que conversaba con su amiga lechuza


«Hoy me siento mucho mejor», comentó el zorrito mientras se ponía pancita al sol.
«¿Te sientes mejor?», preguntó incrédula la lechuza, que se encontraba sobre la rama de un gran árbol, con grandes ramas y hojas grandes, y grandes frutos grandes. 
«¡Así es!», exclamó el zorrito. «Me siento mucho mejor ahora que se lo he dicho».
Al oír aquello la lechuza suspiró agotada. Intentaba recordar qué era lo que el zorrito tenía que hacer, y con quién tenía que hablar, que habría querido decir, y que sería lo que habría dicho. El zorrito le era un personaje muy cómico por varias razones. Cada tres o cuatro lunas en la noche, el zorrito siempre aparecía cabizbajo, agotado y triste; pensando en su pobre y mundana existencia en este mundo, en lo desgraciado que era por no ser feliz, y en lo feliz que era por ser un desgraciado... por ser rojito, pequeñito y peludito; por ser, y por sobre todo... siempre triste por no ser. 
La lechuza, como era paciente, lo escuchaba quejarse de su vida, y lo escuchaba quejarse de sus quejas, y se quejaba también de su escucha; pero la verdad es que nunca antes había visto al zorrito feliz. De hecho, ahora que lo pensaba, nunca había visto al zorrito a la luz que el sol compartía.
Entrecerró los ojitos por un momentito, y con las plumas alborotadas lo miró un ratito. Allí en lo bajo, el zorrito sonreía. Tenía sus ojitos cerrados, la pancita al descubierto y las patitas estiradas. Tomaba sol, y como tantos otros, se relamía feliz. El pelaje cobrizo que lo cubría brillaba con la radiante luz, y los bigotitos le repiqueteaban encantados de arriba a abajo y de abajo a arriba, sin preferencias ni por uno ni por otro.
«Así que se lo dijiste», murmuró la lechuza un tanto más alto que de constumbre para que el zorrito le escuchara. Las orejitas  dieron cuenta de la escucha que prestaba el zorrito, y luego de un tenue momento, ensanchó aún más la sonrisa, entreabrió los ojitos y se puso de pie sobre las cuatro patitas. «¡Se lo dije!, tenías razón amiga lechuza. Debí haberlo hecho hace tanto... pero tú sabes como soy...». 
«Lo sé perfectamente», respondió la lechuza, sin estar muy convencida ya de quién era el zorrito, cuál era su problema, y con quién había hablado; menos aún sobre lo que sabía, debía saber o debía no saber...
El zorrito la miró esperando una respuesta, y la lechuza, con sus ojitos cerraditos aclamó mientras pensaba: «Bueno... ¿y qué le dijiste... exactamente?».
«Le dije de los árboles», respondió feliz. «Le dije de los árboles, de las plantas y pasturas. Le dije de los frutos y las frutas... le dije mucho de las flores. ¿Recuerdas a las flores? Le dije de tí... y de mí. Le dije muchas cosas sobre ella, pero más aún sobre él. Le dije lo que sentía y lo que no sentía. Le dije verdades y también algunas mentiras. Le dije que me gusta mucho el color rojo, esa fue una mentira... tú sabes que mi color favorito es el azul, y que no soporto el rojo. Pero no quise desilusionar... a nadie... muchos quieren mucho al color rojo. Le dije también de la luna, y le dije de la luna en la noche, y la luna en el día... ¿has notado que son lunas diferentes? ¡Por supuesto que lo has notado! Una está alegre y responde, la otra duerme todo el día... son lunas raras, casi alunadas dirias tú, ¿verdad amiga lechuza..? ¡Ah cierto!, le dije también de la amistad, del amor y su importancia. Le dije del arte de cazar, del arte de comer... le dije mucho del arte, eso es cierto. Le dije también de las cosas que nunca han de decirse, porque lo creí necesario.... Le dije tanto amiga lechuza, que ya no sé que no le dije...».
«¿Le dijiste tu nombre?».
«Por supuesto que no...», respondió el zorrito un tanto alterado, para luego agregar entre susurros: «Mi nombre es mío».
«No hay nada "mío" o "tuyo" querido amigo, eso lo tienes tú bien claro. Lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío... no, no es así. Mejor sería decir 'no hay nada "tuyo" y no hay nada "mío", lo nuestro es nuestro...' no, eso tampoco suena muy bien. Nada es de nadie, querido amigo zorrito, o lo que es lo mismo: todo es de todos... ¿lo entiendes?»
«Nop», respondió el zorrito mientras olisqueaba una dulce flor.
«Déjame te lo explico... ¿Recuerdas cuando la luna en la noche, y la luna en el día se convierten en la misma luna? Pues bien, es sabido que la luna en la noche suele jugar con los lobos, las mareas y las lechuzas... y con los zorritos también, por supuesto... pero más que nada con las lechuzas. La luna en la noche es una buena amiga, ella comparte "la luz del sol", porque sabe que no es verdad que la luz sea del sol... ¿cómo explicarías que la luz que comparte la luna sea la luz del sol, sino, mejor, quizá y acaso, la luz no sea de ninguno de ellos, sino que es de ella misma? La luz también es amiga, querido zorrito. Pero es primero amiga del sol, después amiga de la luna, y gracias a la luna, la luz es amiga nuestra. Pero no es nuestra... eso que quede claro».
«Sigo sin enteder, amiga lechuza».
«Todo lo que la luz toca, es porque la luna así lo quiso, y la luz así lo quiso también, porque el sol así lo quiere, y los tres amigos lo quieren porque saben que son de los tres, porque ninguno es de ninguno. La luz, antes de ser luz, era luz... es decir, la luz siempre fue luz amigo zorrito. Pero la luz nunca fue de la luz, siempre fue de sí misma, pero no de sí misma solamente. Porque la luz no es de nadie, ¡ni de ella misma!, la luz es nuestra... pero no es nuestra... es de todos, porque no es de ninguno. La luz es... igual que el sol, que la luna, que los lobos y las mareas, que las lechuzas y los zorritos... todos somos, porque somos... y en tanto somos, no somos de nadie, y por tanto: somos todos de todos...».
«Eso no tiene ningún sentido, amiga lechuza... la luz es de la luna, o es del sol... no hay tal cosa como la luz de la luz ¡Qué cosas dices!».
La lechuza reflexionó un poco sobre las palabras del zorrito, y asintió. No porque el zorrito tuviera razón, sino porque el zorrito no la tenía; ni ella tampoco la tenía. Para la lechuza, la razón se tenía a sí misma, pero no solamente, la razón no era de nadie en particular; y por tanto, todos podrían tenerla. Entonces la razón era de todos.
«¿Y qué más le dijiste, zorrito?».
«Le dije que le dije cosas, pero eso ya lo sabía. Yo igual se lo dije, remarcar lo obvio nunca es algo obvio. Eso me lo enseñaste tú amiga lechuza, ¿no es verdad?», el zorrito se sonrrojó un poquito, y su color coloradito quedó aún más... más... coloradito. «le dije que me gustaban sus ojitos», murmuró casi un poquito más timido que el minu...tito anterior.
«Sus ojitos... entiendo... rojos me imagino».
«Rojitos», la corrigió «¿Cómo lo supo?», exclamó un poco asombrado el zorrito.
«Pues porque verdes no han de ser, zorrito; los ojitos verdes son ojitos de magia... y la magia nunca ha venido a visitar este planeta. La luna sabe bien de eso... al parecer no son buenas amigas... El negro es un color tan oscuro que brilla en la oscuridad, ¿has notado ese extraño y muy usual fenómeno?, a nadie le gustan esas cosas zorrito. Lo oscuro es demasiado mucho para ser tanto, entonces pasa a ser un poco más que nada... es casi nada... la nada no es muy linda. Hay mucha nada zorrito, a nadie le gusta lo que hay mucho. La luna sabe de eso y me lo ha dicho. Supongo que azul no serían zorrito, porque el azul es tu color favorito, y si hay algo que tienes tú, zorrito, es que siempre me tomas por sorpresa, eso no sería sorpresa, ¿o si?».
«¡No!, no lo sería, es cierto», río complacido el zorrito.
«Así que si ni negros, ni verdes, ni azules, tampoco serían blancos. Esa es la inferencia lógica».
Ambos asintieron en acuerdo que eso sería lo más lógico.
«Amarillo... amarillo podría ser zorrito pero no se me ocurrió, te seré franca. Así que en definitiva, el rojo, o bueno... el rojito... es el color seguro de los ojitos aquellos que te gustan».
El zorrito volvió a sonrojarse, y saltando sobre sus cuatro patitas se quedó sentado muy contento.
«Son ojitos tristes... sus ojitos rojitos».
«Como todos los ojitos que han vivido, zorrito. Si no son tristes, o no son ojitos, o no han vivido».

La lechuza y el zorrito intercambiaron algunas que otras de sus sabias reflexiones. El zorrito seguía encantado con su amiga la lechuza, y la lechuza disfrutaba del encanto del zorrito. Entre palabra y palabra, y algún que otro silencio, el sol que siempre gira, cedió el trono a la luna en la noche.
El zorrito y la lechuza, desprovistos de inocuidades, se saludaron gratamente el uno a la otra, y la otra a el uno. Aquella prendió el vuelo, en lo alto... y el zorrito la miró volar. Su sonrisa, aquella sonrisa que no le pertenecía siguió su rumbo a otras tierras, y volvió a sentirse triste como siempre.
«Me gustaría tener el poder del vuelo», murmuró el zorrito mientras rompía en el primer llanto de la noche... 
«Pero nada es de nadie, ni la nada, ni la nadie», le dije; y en seguida volvió a sonreir...
«¡Eso es muy cierto!», me dijo, y acto seguido, lloró otro poquito.


Texto: Eugene.
Imagen: Roeselien Raimond.

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25 de agosto de 2017

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Sexo salvaje



Esto de tener sexo una vez en la vida y morir por ello me empina las alas más que el Red Bull. Me excita hasta la extremaunción emanar más feromonas que la colonia Axe en su fragancia ‘almizcle & siete machos ’.

Aquí nosotros todos. Desquiciados. Salidos. Histéricos. Esperando a que ellas nos tomen para vaciar nuestra existencia aprisionados en su ranura vaginal para perpetuar la especie.

Si es que es primavera, todo tan en flor y esta llovizna entre limoneros, azahares y buganvillas a las faldas de la Fuensanta. El aire caliente, la tierra empapada, húmeda y blandita para excavar túneles. ¡Ay!

Ya llegan ellas, las divas. Una será mi reina; mi dueña. Me arrastrará frenética a los matorrales. Pero ahora he de pavonearme para ser elegido como semental. Que si me pongo aquí, que si me pongo allá, parezco Chiquito de la Calzada seduciendo a Tony Manero.

Me ha empotrado al vuelo. Mi diosa: tan grande, tan negra, tan voluptuosa. Tan hembra. He tenido que aferrarme a su enorme cuerpo para no salir despedido por el embiste. 

Porque ella no es cruel al pensar que soy una huevera portadora de material genético. No, ella es buena. Pero, pero tiene esa naturaleza salvaje, incontrolable y violenta que hará que, en cuanto consiga mi esperma, acabe su hospitalidad genital y entonces se girará con tanta furia que descuartizará mi cuerpo por la cintura. Luego se alzará y volará un rato con mis genitales aún colgando desde los suyos para terminar de exprimir mi semen. Después buscará una parcela fresquita de tierra mojada y tierna en la que taladrar y fundar su imperial hormiguero.



P.D. Fuente: reportaje en la revista Quo sobre la suerte que corren las hormigas macho tras la fecundación de las reinas. 


Foto: iStockphotos
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27 de julio de 2017

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Volví a pensarte


Hoy volví a pensar en tus ojos verdes
En tu pelo enrulado, desprolijo, largo...
En tu pequeña sonrisa,
En tus labios
—mierda, esos labios!—
Hoy volví a pensarte como hace tanto.

Y mis manos temblaron
Buscando tu cuerpo,
Tu cuello, tu nuca...
Y mi piel se erizó con el simple recuerdo
—la añoranza de un recuerdo que nunca fue—
El recuerdo de tus manos sobre las mías,
De tu fuerte abrazo comprimiendome el pecho.
—mierda! Ese abrazo!—

¿Y qué puedo hacer yo
Más que llorar en silencio
Al amor que te declaré vencido,
Tendido —desprovisto de todo— a tus pies?
¿Y qué puedo hacer yo
Más que recordar tus ojos verdes
Y sus hermosas motitas marrones
En una intermitencia incontrolable
Y pensarlos amables, y tercos como siempre?

Te extraño.
Extraño tus charlas tendidas en idiomas perdidos,
Extraño tu presencia en cada uno de mis momentos.
Extraño pensarte de a ratos y bien seguido,
Y pensarte pensándome: como algo posible
Y no algo prohibido.
Pero de seguro me olvidaste ya...
Me olvidaste antes de que yo me diera cuenta
Que todo lo que te digo
Que todo lo que te escribo
Era en realidad lo que sentía en mi pecho
Al estar en tu presencia.

¿No me querés mirar un rato más,
Así como me mirabas?
¿No querés reír conmigo,
De alguna que otra guarangada
Y pensar alguna burla improvisada?
¿No querés pasar por mi lado
Y rozarme la mano con dulzura?
¿No querés volver a verme,
Y abrazarme, y atarme a tu cintura?
¿No me querés amar
Así como yo te amo en silencio
Cada día y cada minuto
Desde el último en que te vi,
Hará ya casi un año?

Siempre dije mal tu nombre.
Hoy es en lo único que pienso.
—mierda! Esos ojos verdes!—


Eugene
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